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SEXTO ANIVERSARIO: CONTRARRELOJ – Caso nº 00036: UNA NOCHE EN LA ÓPERA

—Es una situación poco ortodoxa —dije—. Quiero decir, lo correcto en este caso sería recurrir a las autoridades…

—No, eso sólo lo haría público —respondió Violeta—. Y eso no ayudaría a nadie, y definitivamente alertaría al ladrón. Entiéndame, señor Ryder… No sabía a quién acudir.

Casi seis años después de nuestro primer encuentro, Violeta Sanpedro (33 años, comprometida, soprano) había madurado mucho. Por aquél entonces era una joven promesa del bel canto, con voz y talento pero sin porte ni presencia, que compareció ante nosotros como testigo y sospechosa de la muerte de su compañero de escena el tenor Jorge Brezo. Ahora tenía ante mí a una diva y una dama.

—¿Y por qué nosotros? —quise saber.

—Ustedes… Cuando el pobre Jorge murió, no se limitaron a encontrar a su asesino. Después de aquello se siguieron interesando por nosotros, por saber cómo íbamos a seguir con nuestras vidas. El señor Nicolaides y yo siempre comentamos lo mucho que valoramos eso.

—Está bien. Vuélvamelo a contar, desde el principio, y no omita ningún detalle.

Violeta, con actitud serena y profesional, llenó de aire sus pulmones y comenzó su relato.

—Como sabe, el señor Nicolaides ha estrenado por fin su gran ópera, “Tetragrammaton”, basada en los estudios del historiador Glasseus Phillips sobre el pueblo judío. La obra narra la vida de los judíos en Ur hasta la huida de Abraham, luego su papel en la historia de la Venecia del siglo XVI, para finalmente contar la actual diatriba de un joven soldado israelí que tiene como mejor amigo a un palestino.

—Algo he leído, sí.

—Bien. Es una tradición en la ópera no utilizar joyas auténticas, trae mala suerte; pero esta vez, la firma de joyeros Logtier ha patrocinado todos los gastos de la obra con una única condición: que se vistieran sus joyas tanto en la propia obra como fuera de ella, en las fiestas post-representación.

»Como soprano principal de la obra, me corresponde a mí vestir un collar de perlas cultivadas, “Las Lágrimas de Shiraz”, creada especialmente para esta obra. Durante los ensayos usamos una réplica de bisutería, para evitar dañar la original. Siempre se usan réplicas de primera calidad, con el mismo peso, tacto y brillo, y en general esta réplica cumplía todos esos requisitos. Sin embargo, le diré que en la primera representación que hicimos con la original, el director quedó impresionado con mi interpretación, nunca me había visto cantar así. Empezó a circular el rumor de que el collar auténtico dotaba a la voz de una magia capaz de conmover sin esfuerzo.

—¿Y usted qué cree?

—Yo soy una mujer con los pies en la tierra, señor Ryder. El broche de la réplica de bisutería es mucho más basto que el del collar original y me resultaba incómodo, por eso en los ensayos lo hacía peor: estaba distraída.

»Bien. Como ya sabrá, “Tetragrammaton” lleva cinco días de representación, esta noche será la sexta y penúltima. Pero en la representación de anoche, ocurrió algo que no debería haber ocurrido. Durante un cambio de escena, cerca del final del primer acto, fui a mi camerino a cambiarme de vestuario y a que me retocasen el maquillaje. Pero cuando volví a salir a escena… estaba incómoda.

—El collar —deduje—. El cierre volvía a ser más tosco.

—La crítica ha dicho de mi representación que he perdido todo el empuje antes del final del segundo acto, que parecía como distraída. ¿Pero cómo no iba a estarlo? ¡Se había cometido un robo entre bambalinas!

—¿Quién más lo sabe?

—Sólo los Talleirand.

—¿Los Talleirand?

—La familia que lleva la firma de joyas Logtier. Tenía que avisarles, el collar es su propiedad, y además necesitaba estar segura de que el que llevaba era el de bisutería. Necesitaba la opinión de un experto.

—Lógico. ¿Y sus compañeros?

—No se lo he dicho a nadie. No sé en quién puedo confiar.

—Bien. Si mis Jefes de Departamento pudieran entrar en el Palacio de la Ópera y hablar con sus…

—No lo entiende, señor Ryder —me interrumpió Violeta—. Mañana es la última representación y las joyas deben ser devueltas a Logtier. No podemos devolverles un collar falso, y menos ahora que lo saben. Además, mis compañeros ya han firmado con otras compañías para el resto de la temporada, y algunos de ellos tienen previstas obras en otros países. Si queremos atrapar al ladrón, tiene que ser antes del final de la última representación.

Maldita sea. Otro Caso Relámpago.

—Bien —resolví poniéndome en pie—. No hay tiempo que perder. Sólo los joyeros saben lo que ha ocurrido, así que necesitaría hablar con ellos con total y absoluta franqueza; necesitaré una excusa para poder hablar con el resto de implicados sin levantar sospechas. Con las limitaciones que tenemos, tendrán que bastar los testimonios para encontrar al ladrón: quien miente, tiene algo que esconder.

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CASO RELÁMPAGO – Caso nº 00033: EL SÉPTIMO INVITADO (CERRADO)

El Séptimo Invitado - Caso Relámpago

El inspector Arjona cerró la puerta de mi despacho tras de sí. Sus ojos delataban no menos de dos noches sin dormir. Se llevaba con frecuencia la mano al pecho, como comprobando que algo siguiera en el bolsillo de su camisa.

—Estás hecho polvo, Víctor, ¿estás bien? —le pregunté.

—No, no estoy bien —respondió—. Estaba intentando no acudir a vosotros, Jack, pero se nos echa el tiempo encima y necesito una respuesta…

—Una contrarreloj, entiendo.

—No, no, olvídate de tus contrarreloj. Esto es un caso relámpago, Jack, tenemos veinticuatro horas.

Esas palabras captaron mi interés. Me incorporé en mi butaca y entrelacé los dedos frente a mis labios.

—Se puede hacer, mi equipo ya lo ha demostrado más de una vez. ¿Qué tienes?

—Te aviso que este caso quita el sueño…

—Ya traigo insomnio de casa, cuéntame.

—Está bien. Hace un par de días, unos jóvenes habían ido al campo de excursión. Aún no habían terminado de montar el campamento, cuando se encontraron con un par de manos amputadas a medio enterrar.

»No había rastro del resto del cuerpo, pero Irene pudo hacer algo con las manos. Por las huellas determinó la identidad, el Doctor Baltasar Caballero Montenegro, y tras un completo análisis determinó que la amputación había sido post-mortem.

»Su familia llevaba ya dos días sin saber nada del doctor Caballero. Pero estaba registrado en Latitude, así que pudimos determinar la última ubicación en la que se había conectado: la vieja mansión de su familia materna, en la colina. A una hora de camino de donde se encontraron las manos. Una casona abandonada desde hace cuatro décadas.

»Naturalmente nos presentamos en esa casa de inmediato. La encontramos vacía, pero en la entrada había una cesta sobre un pedestal. En la cesta, siete móviles, uno de ellos el del doctor Caballero. En el comedor, una mesa puesta con siete platos vacíos, con sus correspondientes cubiertos y copas. Todo apuntaba a que allí se había celebrado una fiesta. En la chimenea del despacho encontramos lo que faltaba del cuerpo del doctor Caballero, descuartizado y parcialmente quemado. Aún no se ha podido dictaminar la causa exacta de la muerte.

—¿Los demás móviles?

—Veo que me sigues. Los móviles estaban descargados, pero mediante las tarjetas SIM pudimos identificar a sus propietarios. Y ahora es cuando empieza lo escalofriante.

»Los seis propietarios estaban todos en el mismo sitio: el ala psiquiátrica del Hospital Nuestra Señora de la Candelaria. Los habían encontrado deambulando por el bosque, desorientados, desnudos, con claras lagunas de memoria. Recuerdan vagamente haber estado en aquella fiesta, y recuerdan haber conocido al Doctor. Pero lo demás lo tienen todo borroso. Les han diagnosticado a todos estrés post-traumático: han presenciado algo demasiado perturbador y sus mentes, como mecanismo de defensa, han bloqueado esos recuerdos. En otras palabras: recuerdan retazos del resto de la velada, pero han bloqueado el asesinato.

—Y creéis que uno de ellos es el asesino.

—Estamos convencidos. No se han encontrado indicios de la presencia de nadie más en la casa.

—Entendido. ¿Has hablado ya con ellos?

—Sí, ha costado horrores sacarles algo en claro, te he traído las transcripciones.

—¿Habéis averiguado al menos dónde lo mataron?

—Creemos que en la propia casa, pero no hemos conseguido encontrar nada concluyente. Hay rastros de sangre de la víctima por todas las habitaciones. Como las víctimas iban desnudas, no sabemos si había sangre en la ropa de alguna de ellas.

—¿Indicios de drogas en las copas o los platos?

—Cóctel de alucinógenos en cada copa.

—¿En los sospechosos?

—Todos lo ingirieron.

—Bien. ¿Y por qué tenemos sólo veinticuatro horas?

Arjona suspiró.

—Burocracia, Jack. Ninguno de ellos presenta ningún problema físico, y en el hospital no pueden seguir cediéndoles la cama más tiempo. A medianoche los soltarán.

—Lo que significa que un asesino saldrá en libertad.

—Y nadie sabrá quién es.

—Has hecho bien en traerme este caso. Llamo ahora mismo a los Jefes de Departamento…

—No hay tiempo, Jack —me interrumpió—. No podemos investigar a todos los sospechosos, volver a hablar con ellos, ni siquiera examinar el escenario y lo que haya en él. Se nos echa el caso encima.

—Entiendo. Entonces dame esas transcripciones, y me interesarían los planos de la casa para contrastar. Probablemente la gente estará de vacaciones con sus familias, pero a ver qué podemos hacer.

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