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LA ACADEMIA DEL MISTERIO — Lección 00005: Mentiras y contradicciones

Para ponernos en antecedentes: La Academia del Misterio es una sección en la que nos dedicamos a trabajar sobre aspectos puntuales de la investigación. Planteamos la teoría, vemos ejemplos extraídos de nuestros archivos y de la literatura y proponemos un ejercicio práctico para aplicar el teórico. Hoy retomamos esta sección hablando sobre la verdad.

El trabajo de detective consiste en diferenciar la verdad de la mentira. De esta forma, viendo quién mintió y quién dijo la verdad, llegamos a encontrar la solución de un caso. No siempre el que miente es el culpable del crimen (véanse casos nº 00032 y nº 00035). No siempre algunos nos dirán la verdad y otros nos mentirán (véase caso nº 00035).

Cuando tenemos muchas declaraciones solemos ver que algunas son sospechosas y otras parecen flaquear en algunos puntos. Pero claro, esas cosas son sugestivas; pueden indicarnos hacia dónde seguir investigando para demostrar que algo es falso o verdadero, pero no pueden ser usadas para demostrar la culpabilidad de una persona en un tribunal. Lo que solemos hacer, cuando creemos que alguien nos está mintiendo, es pedir pruebas que corroboren o desmientan las declaraciones (atendiendo a que las personas mienten, las pruebas no). Pero muchas veces esto también es difícil. Por falta de datos, por acotación de movimientos, por prohibición de las autoridades.

¿Cómo seguir entonces? ¿Cómo podemos estar seguros de si lo que nos dicen es cierto o es mentira? Lo que solemos hacer en estos casos es dar todo por cierto, seguir adelante y encontrar una contradicción con las cosas que ya tenemos. Puede sonar a la vieja historia de “Encontremos la incoherencia”, y es eso, en efecto. La lógica nos enseña que si decimos que lo falso es verdadero, nos encontraremos con una contradicción más pronto o más tarde, con algo que chirría, y entonces debemos remitirnos a aquello que hemos dado por verdadero, sabiendo ahora que es falso.

Veamos cómo lo hemos aplicado a lo largo de la historia de la Sociedad del Misterio. En Una Duda Desde El Pasado, por ejemplo, teníamos tres declaraciones. Dimos las tres por válidas, y siguiendo una de ellas, llegábamos a que tres personas que no se conocían ni se veían de hacía tiempo habían coordinado una mentira. En Cinco Días Para Morir nadie pensó que los relojes podían estar falseados. Durante la primera etapa de la investigación trabajamos con lo que teníamos (sin prestar atención), y luego terminamos notando las contradicciones que surgían. En El Cargamento Visto Y No Visto, por ejemplo, podíamos sospechar de las tres declaraciones; pero sólo dar por ciertas las tres nos llevó a descubrir que una de ellas era falsa. En uno de nuestros casos más recientes—Pesadilla Después De Navidad— vemos que este principio también podía aplicarse. Dimos por cierto todo lo que los sospechosos nos dijeron (en particular lo que Inmaculada Caballero nos contó sobre su marido), y llegamos a una contradicción al contrastarlo con los hechos que sí teníamos. En Omertá, nuestro último caso, nos encontramos con que todos los sospechosos de la Villa Rosano mentían, y la solución era hallar el punto en donde todas las verdades coincidían.

A veces no necesitamos confirmaciones externas. Otras veces sospechar de todos no nos lleva a ningún sitio. Basta con ver lo que ya tenemos y razonar un poco.

¿Queréis ver cómo aplica Holmes este principio? Nos ponemos en situación. Un rico terrateniente ha sido asesinado en medio de un claro de un bosque de su propiedad. El principal sospechoso es su hijo, y todo el mundo está de acuerdo en que él ha cometido el crimen. No obstante, una amiga no cree que él haya sido el asesino, por lo que Holmes es consultado para que deje en claro todo el caso. Y ante el abrumado Watson (que considera que el joven es culpable), Holmes dice lo siguiente:

“-Tanto usted como el inspector se han tomado el trabajo de señalar los puntos más fuertes en favor del joven, ¿Se da cuenta de que unas veces le conceden demasiada imaginación y otras muy poca? Muy poca si no fue capaz de inventar un motivo de disputa que atrajera sobre él la simpatía del jurado; demasiado, si de lo hondo de su conciencia sólo pudo sacar algo tan rebuscado como la referencia del moribundo a una rata, rat, y el episodio de la capa o chaqueta que desapareció sola. No, señor, yo enfocaré este caso desde el punto de vista de que lo dicho por el joven es verdad. Luego veremos adonde nos lleva esta hipótesis. Y basta por ahora. Aquí tengo mi Petrarca de bolsillo. No diré una sola palabra más hasta que estemos en el lugar de la acción. Almorzaremos en Swindon y, por lo que veo, ya estamos a veinte minutos de esa estación”.

Y ahora, como es tradición, os dejo un ejercicio práctico. Varía levemente con respecto a la teoría, pero es el mismo principio. Tenéis que encontrar contradicciones, asumiendo que tal cosa es verdadera y tal otra es falsa. ¿Listos?

Se cometió un asesinato. Después de investigar, la policía llega a dos conclusiones: 1- Una sola persona cometió el asesinato; 2- Sólo dos sospechosos dicen la verdad. Con las declaraciones de los seis sospechosos, deben encontrar al culpable y determinar quién miente y quién no.

Testimonios:

Sospechoso a: C es inocente.
Sospechoso b: A es culpable.
Sospechoso c: Yo soy culpable.
Sospechoso d: A es inocente.
Sospechoso e: B es inocente.
Sospechoso f: Yo soy culpable.

¿QUIÉNES MIENTEN? ¿QUIÉN ES EL CULPABLE? JUSTIFIQUE.

IMPORTANTE: Con el fin de que todos disfrutemos el ejercicio y nadie lea la respuesta de otro compañero, ahora mismo está activada la moderación de comentarios. Así que no os alarméis si vuestro comentario no aparece publicado. La moderación de comentarios estará activada durante una semana a partir de la fecha. Después de ese plazo, los comentarios serán visibles y se publicará la solución del ejercicio. ¡Suerte!

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LA ACADEMIA DEL MISTERIO – Lección 00004: Pruebas ambiguas

Bienvenidos una vez más a la Academia del Misterio. En la lección de hoy, vamos a hablar de algo que nos podemos encontrar en más de una ocasión: ambigüedad en las pruebas.

Como siempre os he dicho, nosotros trabajamos con pruebas, con hechos, con todo aquello que el culpable deja atrás a sabiendas o no. El trabajo del investigador consiste en recopilar esos hechos, atar los cabos y deducir a qué nos lleva todo eso.

El problema es… que muchas veces, las pruebas que tenemos (o al menos las que tenemos a la vista) pueden conducir perfectamente a más de una conclusión diferente. Y mientras no se conozcan más datos, probablemente será imposible descartar ninguna de esas conclusiones. Es por ello que conviene fijarse en todos los detalles que rodean al caso; la mayoría serán irrelevantes casi siempre, pero siempre habrá alguno que desmienta una teoría equivocada, y por tanto ignorar ese detalle sería un error demasiado arriesgado.

Sé que dicho así puede quedar un poco obtuso, así que permitid que os lo exponga, como ya es tradición, con un ejemplo extraído de los casos de Sherlock Holmes. Esta vez voy a extraer un fragmento de diálogo de “La Aventura del Constructor de Norwood”.

Os pongo en antecedentes. Un joven procurador, John Hector MacFarlane, recibe la visita de un viejo constructor retirado, el señor Jonas Oldacre, que le pide que le redacte su testamento partiendo del borrador que le proporciona. Para su sorpresa, MacFarlane descubre que, salvando un par de detalles, Oldacre se lo deja todo en herencia a él. Al parecer, Oldacre es un viejo amigo de sus padres. Le pide que acuda esa noche a su casa en Norwood para llevarle el testamento redactado, revisarlo, firmarlo y sellarlo. El joven se presenta allí esa noche, terminan tarde con el papeleo, se pregunta dónde habrá dejado su bastón la criada que le abrió la puerta y, como ya es noche cerrada, se queda en un hotel y regresa a su casa al día siguiente. Al día siguiente, el periódico cuenta que se ha producido un incendio en el almacén de madera en la parte posterior de la casa, que Oldacre había desaparecido, que su caja de caudales estaba abierta y que se había encontrado el bastón del joven MacFarlane manchado de sangre. El presente fragmento de diálogo, que ilustra a la perfección las múltiples interpretaciones que se pueden extraer de un número incompleto de pruebas, tiene lugar entre el Inspector Lestrade, quien está convencido de la culpabilidad de MacFarlane, y Sherlock Holmes, que no lo ve tan claro.

-¿Que no lo ve claro? Pues si esto no está claro, no sé qué puede estarlo. Tenemos un joven que se entera de repente de que si cierto anciano fallece, él heredará la fortuna. ¿Qué es lo que hace? No le dice nada a nadie v se las arregla, con cualquier pretexto, para visitar a su cliente esa misma noche; espera hasta que se haya acostado la única otra persona de la casa y entonces, en la soledad de la habitación, asesina al viejo, quema el cadáver en la pila de madera y se marcha a dormir a un hotel cercano. Las manchas de sangre encontradas en la habitación y en el bastón son muy ligeras. Es probable que creyera que el crimen no había derramado sangre, y confiara en que si el cuerpo quedaba consumido desaparecerían todas las huellas del método empleado, huellas que por una u otra razón lo señalarían a él. ¿No resulta evidente todo esto?
-Mi buen Lestrade, para mi gusto es un pelín demasiado evidente -dijo Holmes-. La imaginación no figura entre sus grandes cualidades, pero si pudiera por un momento ponerse en el lugar de este joven, ¿habría usted escogido para cometer el crimen precisamente la primera noche después de redactar el testamento? ¿No le habría parecido peligroso establecer una relación tan próxima entre los dos hechos? Y lo que es más: ¿habría usted elegido una ocasión en la que se sabía que estaba usted en la casa, ya que un sirviente le ha abierto la puerta? Y por último: ¿se tomaría usted tantas molestias para hacer desaparecer el cuerpo, dejando al mismo tiempo su bastón para que todos supieran que es usted el asesino? Confiese, Lestrade, todo eso es muy improbable.
-En cuanto al bastón, señor Holmes, usted sabe tan bien como yo que los criminales a veces se ofuscan y hacen cosas que un hombre sereno no haría. Probablemente, le dio miedo entrar otra vez en la habitación. A ver si puede presentarme otra teoría que encaje con los hechos.
-Podría presentarle media docena con toda facilidad -respondió Holmes-. Aquí tiene, por ejemplo, una muy posible, e incluso probable. Se la ofrezco gratis, como regalo. Un vagabundo que pasa por allí los ve a través de la ventana, que sólo tiene la persiana medio bajada. El abogado se marcha. El vagabundo entra. Coge un bastón que encuentra por ahí, mata a Oldacre v se larga después de quemar el cadáver.
-¿Para qué iba el vagabundo a quemar el cadáver?
-¿Y para qué iba a quemarlo McFarlane?
-Para hacer desaparecer alguna prueba.
-Puede que el vagabundo quisiera ocultar el hecho mismo de que se había cometido un asesinato.

Por supuesto, con lo que os he relatado no os resuelvo el misterio. Aún podéis disfrutar de su lectura si todavía no lo habéis hecho. Pero como podéis ver, las mismas pruebas parecen apuntar en más de una dirección posible.

A nosotros mismos nos ha pasado también más de una vez. El Padre Piña lo puede certificar en, al menos, dos ocasiones: el aparente suicidio de Jorge Brezo, que podría haber quedado sin resolver si no hubiéramos encontrado el pescado descongelado en su nevera; y las últimas palabras de un moribundo que parecían acusar al Padre Froilán, y que habrían sido consideradas como tales si la víctima no hubiese sido alemán. Nuestro último caso, sin ir más lejos, tenía todas las papeletas para acabar (como de hecho acabó, aunque fuese por motivos diferentes) con Chema Pascual y Yolanda Ferrán entre rejas. Las cámaras incluso les registraron entrando en el establecimiento. Y sin embargo, ya pudisteis ver lo diferente que fue el resultado.

Por eso es importante estudiar todos los hechos. Algunos serán irrelevantes, normalmente la mayoría de ellos; pero los habrá que le quiten todo el sentido a alguna de las teorías. Ese es el auténtico papel de lo que aquí llamamos “la incoherencia incriminatoria”.

A continuación, y para no perder las sanas costumbres, vamos a comprobar si habéis entendido el concepto. Los más veteranos ya sabéis cómo funciona esto: voy a plantearos un ejercicio práctico y a activar la moderación de comentarios; a partir de ese momento, vosotros disponéis de una semana para publicar vuestras conjeturas. Permancerán ocultas para que, si alguien acierta, los demás aún puedan seguir jugando. Dentro de siete días, sin embargo, sabréis cuál era la solución. Os aviso que el de hoy puede ser algo retorcido… que al final los resolvéis todos muy rápido 😉 ¿Listos?

Dos detectives van dando un paseo por la calle. Junto a ellos pasa una mujer, de algo menos de treinta años, riñendo a un niño de no más de cuatro. La mujer habla en español, pero su acento es claramente francés. Lleva anillo de casada. La mujer está muy bronceada, pero el niño no. Ella se refiere al padre del niño como “Tu padre”, y al niño por su nombre (Luis). El niño no la llama de ninguna forma, ni por su nombre ni “Mamá”, pero la trata con mucha confianza y se ríe cada vez que ella habla. Partiendo de esos datos, el primer detective dice “El idioma natal de ella es el francés, pero el de él es el español. No es su madre, probablemente es su niñera o una amiga de la familia que lo está cuidando”. El segundo, sin embargo, dice “Lleva anillo de casada, el niño es pequeño. El padre es español y están educando al niño en ese idioma”.

¿CUÁL DE LOS DOS ES MÁS PROBABLE QUE TENGA RAZÓN?

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LA ACADEMIA DEL MISTERIO – Lección 00003: Verdades ocultas

Bienvenidos una vez más a la Academia del Misterio. Lo sé, lo sé, después de las vacaciones de Navidad siempre es un engorro volver a clase, pero tengo la esperanza de que la lección de hoy os resulte, cuanto menos, curiosa.

Hoy hablaremos de las verdades ocultas. De buenas a primeras puede parecer que no os estoy contando nada nuevo. A fin de cuentas, esto es la Sociedad del Misterio; siempre hay alguien intentando ocultar la verdad por algún motivo, y siempre es esa verdad la que tenemos que encontrar. Para ello, como bien sabéis, nos dedicamos a buscar las incoherencias en los hechos y las declaraciones, para de esa forma dar con una solución a nuestras interrogantes.

El problema, no obstante, viene cuando las respuestas que obtenemos no parecen coincidir con nuestras preguntas.

¿Cuántas veces una prueba nos ha llevado a lo que parecía ser un callejón sin salida? ¿Y cuántas veces la verdad estaba oculta precisamente en la falta de soluciones? El primer paso en una buena investigación es trabajar con las pruebas de que se disponen y ponerlas todas en relación con los hechos; pero a veces, cuando este camino no da el resultado que esperamos, hay que ver las pruebas que no encajan por sí solas, en su propio contexto, para dar finalmente con el dato que se nos oculta.

Nuevamente, todo consiste en encontrar la incoherencia. Pero ya no sólo hablamos de incoherencias en hechos y declaraciones, de un dato útil que no encaja con lo demás; hablamos de datos que sabemos que deberían ser útiles, pero que sin embargo no parecen conducir a nada. A veces, algo que parece un detalle trivial por su falta de utilidad aparente resulta ser la clave. Valga como ejemplo holmesiano, que sabéis que siempre debe haber uno, el caso de Estrella de Plata.

Os pongo en situación: el caballo campeón de los establos del coronel Ross ha desaparecido poco antes de la siguiente carrera de la Copa Wessex, en la que era favorito, y su entrenador ha sido asesinado. La noche de la desaparición, un hombre se presentó en el establo con la intención de obtener, mediante sobornos, información sobre los caballos para jugar con ventaja en las carreras. El mozo de cuadras lo ahuyentó soltándole al feroz perro guardián e informó al entrenador, quien quedó bastante afectado; cuatro horas después, el entrenador se vistió y dijo que iba a ver si los caballos estaban bien. Seis horas después, no había rastro alguno de ninguno de los dos, y los dos mozos de cuadras que dormían en el establo no habían visto ni oído nada que los sobresaltase (uno de ellos, al que intentaron sobornar, había sido drogado). Poco después se encontró el cuerpo del entrenador, y ni rastro del caballo.

Os ahorraré más detalles, los que no hayáis leido ese caso aún podéis disfrutarlo, pero nos interesa el comentario que hace Holmes al coronel Ross tras varios interrogatorios e indagaciones:

-¿Existe algún otro detalle acerca del cual desearía usted llamar mi atención?
-Sí, acerca del incidente curioso del perro aquella noche.
-El perro no intervino para nada.
-Ese es precisamente el incidente curioso -dijo como comentario Sherlock Holmes.

Habéis visto que del perro sólo se menciona que el mozo de cuadras lo azuzó contra el apostador. No se ha dicho absolutamente nada más, así que se podría decir que se trata de un callejón sin salida. Sin embargo Holmes se da cuenta de lo que significa ese silencio: un feroz perro guardián, alerta ante la llegada de cualquier extraño… ¿no ladró cuando alguien se llevó a Estrella de Plata? Eso significaba que el ladrón tenía que ser alguien de la casa… y no diré más, si queréis saber quién fue os recomiendo que disfrutéis de la lectura de este relato.

Nuestro ejemplo más reciente lo hemos tenido en este último caso, en el que el ADN encontrado en el cuchillo había sido dispuesto únicamente para despistarnos. Un callejón sin salida, una contaminación de muestras de personas desconocidas y no implicadas en el caso. Por sí mismo ese ADN no nos servía de nada, no nos conduciría hasta el asesino; pero si pensamos en que quien “limpiara” el cuchillo en un aseo público tendría por lógica que haber entrado en uno de su mismo sexo, la verdad empieza a salir a la luz. Como veis, a veces tenemos más datos de los que creemos tener. Un silencio, una negación, una pista falsa oculta la verdadera solución.

Supongo que no está de más que nos entrenemos un poco a encontrar en los callejones sin salida una posible solución. Para lo cual viene estupendamente el siguiente ejercicio práctico. Esta vez debo decir que podéis encontrar este ejercicio por internet, igual que lo he hecho yo… así que sed honestos y no lo hagáis. Normalmente no me gusta recurrir a acertijos ya existentes, al menos no sin modificarlos, pero este me parece demasiado bueno y demasiado adecuado a nuestra lección como para dejarlo pasar. Si queréis un callejón sin salida del que poder salir, no creo que encontréis uno mejor que éste… los que no lo conozcáis intentadlo, que os juro que tiene solución:

Una mujer es 21 años mayor que su hijo. Dentro de 6 años, el niño será 5 veces menor que ella.

¿DÓNDE ESTÁ EL PADRE?

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LA ACADEMIA DEL MISTERIO – Lección 00002: Pruebas e Incoherencias

La Academia del Misterio vuelve a abrir sus puertas, damas y caballeros. Consideradlo un “Curso de verano”.

Esta vez vamos a hablar de pruebas e incoherencias. Sabéis que siempre estoy machacando con eso de que “es un error teorizar sin pruebas”, así que me ha parecido un tema adecuado. Como investigadores, estamos acostumbrados a hacer preguntas, a pedir nuevos datos, a intentar encontrar toda aquella información que complete la que ya tenemos. Pero a veces, olvidamos analizar a fondo todos los datos de los que ya disponemos… y mientras pedimos nuevas pruebas, podemos peder de vista la pista clave. A veces basta con encontrar una incoherencia en nuestros archivos para descubrir que, en realidad, no necesitamos saber más. Valga como ejemplo este fragmento del caso de “El Pulgar del Ingeniero”, una de las aventuras más curiosas de Sherlock Holmes.

Antes de exponer el fragmento en cuestión, sería interesante que os resumiera brevemente el contexto: un ingeniero se presenta en la consulta del doctor Watson con el pulgar amputado, y explica a él y a su amigo Holmes que fue contratado por un tal Coronel Lysander Stark para revisar, por cincuenta guineas, una prensa hidráulica que no funcionaba como era debido. Siguiendo las indicaciones de su cliente, el ingeniero tomó el último tren de la noche hasta Eyford, en el Berkshire, donde fue recogido por un carruaje con las ventanillas cubiertas y tirado por un caballo de aspecto fresco y cabello reluciente. El trayecto en carruaje duró cerca de una hora hasta llegar a una casa. El carruaje aparcó directamente en el porche e hicieron entrar al ingeniero a casa sin darle tiempo a ver siquiera la fachada. Allí le hicieron esperar en una habitación, a la cual una criada fue a verle y a avisarle de que sería mejor que saliera corriendo de allí. El ingeniero decidió ignorar a la criada y fue a ver la prensa hidráulica en cuestión, pero al descubrir que no estaba destinada a los fines que su cliente le había asegurado, se convirtió en un testigo del que convenía prescindir… e intentaron aplastarlo con la prensa. Logró escapar y perder el pulgar en su huída. Se desmayó por la pérdida de sangre, y cuando despertó volvía a estar en la estación de tren. Quién le llevó hasta allí, nunca lo supo.

Ése es el contexto. Y ésta, la conversación que mantuvo Holmes con el inspector Bradstreet, Watson y el ingeniero en el tren que les llevaba a Eyford:

Éramos Sherlock Holmes, el ingeniero de obras hidráulicas, el inspector Bradstreet de Scotland Yard, un agente de paisano y yo. Bradstreet había desplegado un mapa del condado sobre el asiento y con un compás se dedicaba a trazar un círculo con Eyford como centro.
–Ya ven ustedes –dijo–. Este círculo ha sido trazado con un radio de diez millas respecto al pueblo. El lugar que nos interesa debe de estar próximo a esta línea. ¿Dijo diez millas, verdad, señor?
–Fue una hora de trayecto bien larga.
–¿Y usted cree que le llevaron de nuevo al punto de partida, cuando estaba inconsciente?
–Tuvieron que hacerlo. Tengo también el confuso recuerdo de haber sido levantado y conducido a alguna parte.
–Lo que no logro comprender –dije yo– es por qué le respetaron la vida cuando lo encontraron desmayado en el jardín. Tal vez el villano se ablandó ante las súplicas de la mujer.
–Esto no me parece nada probable. En toda mi vida he visto un rostro más inexorable.
–Muy pronto aclararemos todo esto –aseguró Bradstreet–. Bien, yo he dibujado mi circulo, y lo único que desearía saber es en qué punto se puede encontrar a la gente que andamos buscando.
–Creo que yo podría señalarlo –manifestó tranquilamente Holmes.
–¿De veras? –exclamó el inspector–. ¿De modo que ya se ha formado su opinión? Vamos a ver quien está de acuerdo con usted. Yo digo que está al sur, pues la campiña allí está más solitaria.
–Y yo digo al este –aventuró mi paciente.
–Yo me inclino por el oeste –observó el agente de paisano–. Hay allí unos cuantos pueblecillos muy tranquilos.
–Y yo por el norte –declaré–, porque allí no hay colinas y nuestro amigo asegura que no notó que el coche subiera ninguna cuesta.
–¡Vaya diversidad de opiniones! –exclamó el inspector, riéndose–. Entre todos hemos agotado las posibilidades del compás. ¿Y usted, a quien concede su voto decisorio?
–Todos ustedes están equivocados –afirmó Holmes.
–¡Es imposible que lo estemos todos!
–Ya lo creo que sí. Este es mi punto. –Puso el dedo en el centro del círculo–. Aquí es donde los encontraremos.
–Pero ¿y el trayecto de doce millas? –dijo Hatherley estupefacto.
–Seis de ida y seis de vuelta. Nada puede ser más simple. Antes ha dicho que, al subir usted al carruaje, observó que el caballo estaba tranquilo y tenía el pelo reluciente. ¿Cómo se explicaría esto, tras un recorrido de doce millas por caminos intransitables?

Como podéis ver, entre todos los datos que se proporcionaban se encontraba la incoherencia incriminatoria, y era algo tan aparentemente trivial como el cansancio del caballo. Pese a la verosimilitud de las teorías de Bradstreet, Watson y el policía de paisano (y a la especulación absolutamente vacía del ingeniero, que ni siquiera explica por qué cree que pudieron llevarle hacia el este), todas esas teorías están incompletas, ya que parten de una información que no ha sido verificada y que, aunque podría ser válida, en realidad no demuestra nada. Las tres teorías son posibles, pero ninguna es irrefutable (por lo que ninguna de estas teorías puede desmentir las otras dos). Sin embargo, la incoherencia del estado del caballo sólo puede dar un resultado lógico.

Si queréis ejemplos más cercanos, tenemos algunos de nuestros casos para demostrarlo. En el Caso de la Mano del Muerto, dedicamos una semana a investigar a la novia de la víctima, al enfermero de la madre, a los vecinos. Pero nada de eso servía para demostrar que se había tratado de un fratricidio (algo que en realidad ya sospechábamos desde el principio, como bien apuntó Mike_hdf en la primera conjetura de la Sociedad del Misterio) hasta que Ovidio reparó en que el ofrecimiento del asesino a hacer compañía a su cuñada durante toda una noche chocaba con su propia coartada (que por las noches cuidaba a su madre a todas horas). Otro caso, en esta última ocasión el tándem Vórtice-Virginia (¿puedo llamaros W para abreviar?) sospechaba del técnico de efectos especiales desde el principio, pero no podían demostrarlo; sin embargo las pruebas estaban ahí, a la espera de que alguien (en este caso, el Profesor Boniatus) las enlazara para descubrir que sólo el técnico podía haber hecho aquella fotografía.

Y hasta aquí la parte teórica de la clase de hoy. Antes de entrar de lleno en el ejercicio práctico, permitid que os recuerde cómo funciona esto: yo os planteo un sencillo acertijo relacionado con la teoría de la lección, y vosotros tenéis una semana para resolverla… SIN leer las conjeturas de los demás. Para hacerlo bien esta vez, voy a activar la moderación de comentarios, de tal manera que nadie podrá ver ninguna conjetura hasta que yo cierre el ejercicio el domingo. ¿Listos? Vamos allá:

Cuatro espiritistas de renombre deciden grabar en video una sesión. Su intención es apagar las luces, iniciar la invocación, y confiar en que el espíritu sea visible ante la cámara. Tres se sientan alrededor de la mesa, uno se levanta para apagar las luces y vuelve junto con sus compañeros. Cuando se vuelven a encender las luces un minuto después, tres de los espiritistas están muertos por herida de arma blanca, y el cuarto (el último en sentarse) permanece sentado en su sitio. La policía le considera el autor de los crímenes, pero él insiste en que había una presencia desconocida en la habitación.

¿HAY ALGO EN ESTA HISTORIA QUE CONFIRME SU VERSIÓN?

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LA ACADEMIA DEL MISTERIO – Lección 00001: Los Tres Pilares de la Investigación

Bienvenidos a esta primera sesión de la Academia del Misterio. Aquí, de vez en cuando y entre caso y caso, os iré poniendo sencillos ejercicios prácticos para perfeccionar vuestra técnica de investigación. He creído que os ayudaría practicar esto en un entorno controlado, sin la presión de un crimen real pendiendo sobre nuestras cabezas.

En esta primera lección, repasaremos un poco lo que ya sabemos, sólo para asentar las bases. El trabajo de un investigador se basa siempre en tres pilares: observación, deducción y conocimientos. Si no observamos, no sabremos cuáles son los indicios presentes; si no deducimos, no encontraremos la relación ni el significado oculto tras ellos; y si no conocemos, muchas pistas se nos pasarán por alto. Observemos estos tres pilares en funcionamiento de la mano del ilustre detective Sherlock Holmes, de un pasaje del relato de su caso “El carbunclo azul”:

—¿Y qué pistas tiene usted de su identidad?
—Sólo lo que podemos deducir.
—¿De su sombrero?
—Exactamente.
—Está usted de broma. ¿Qué se podría sacar de esa ruina de fieltro?
—Aquí tiene mi lupa. Ya conoce usted mis métodos. ¿Qué puede deducir usted referente a la personalidad del hombre que llevaba esta prenda?
Tomé el pingajo en mis manos y le di un par de vueltas de mala gana. Era un vulgar sombrero negro de copa redonda, duro y muy gastado. El forro había sido de seda roja, pero ahora estaba casi completamente descolorido. No llevaba el nombre del fabricante, pero, tal como Holmes había dicho, tenía garabateadas en un costado las iniciales «H. B.». El ala tenía presillas para sujetar una goma elástica, pero faltaba ésta. Por lo demás, estaba agrietado, lleno de polvo y cubierto de manchas, aunque parecía que habían intentado disimular las partes descoloridas pintándolas con tinta.
—No veo nada —dije, devolviéndoselo a mi amigo.
—Al contrario, Watson, lo tiene todo a la vista. Pero no es capaz de razonar a partir de lo que ve. Es usted demasiado tímido a la hora de hacer deducciones.
—Entonces, por favor, dígame qué deduce usted de este sombrero.
Lo cogió de mis manos y lo examinó con aquel aire introspectivo tan característico.
—Quizás podría haber resultado más sugerente —dijo—, pero aun así hay unas cuantas deducciones muy claras, y otras que presentan, por lo menos, un fuerte saldo de probabilidad. Por supuesto, salta a la vista que el propietario es un hombre de elevada inteligencia, y también que hace menos de tres años era bastante rico, aunque en la actualidad atraviesa malos momentos. Era un hombre previsor, pero ahora no lo es tanto, lo cual parece indicar una regresión moral que, unida a su declive económico, podría significar que sobre él actúa alguna influencia maligna, probablemente la bebida. Esto podría explicar también el hecho evidente de que su mujer ha dejado de amarle.
—¡Pero… Holmes, por favor!
—Sin embargo, aún conserva un cierto grado de amor propio —continuó, sin hacer caso de mis protestas—. Es un hombre que lleva una vida sedentaria, sale poco, se encuentra en muy mala forma física, de edad madura, y con el pelo gris, que se ha cortado hace pocos días y en el que se aplica fijador. Éstos son los datos más aparentes que se deducen de este sombrero. Además, dicho sea de paso, es sumamente improbable que tenga instalación de gas en su casa.
—Se burla usted de mí, Holmes.
—Ni muchos menos. ¿Es posible que aún ahora, cuando le acabo de dar los resultados, sea usted incapaz de ver cómo los he obtenido?
—No cabe duda de que soy muy estúpido, pero tengo que confesar que soy incapaz de seguirle. Por ejemplo: ¿de dónde saca que el hombre es inteligente?
A modo de respuesta, Holmes se encasquetó el sombrero en la cabeza. Le cubría por completo la frente y quedó apoyado en el puente de la nariz.
—Cuestión de capacidad cúbica —dijo—. Un hombre con un cerebro tan grande tiene que tener algo dentro.
—¿Y su declive económico?
—Este sombrero tiene tres años. Fue por entonces cuando salieron estas alas planas y curvadas por los bordes. Es un sombrero de la mejor calidad. Fíjese en la cinta de seda con remates y en la excelente calidad del forro. Si este hombre podía permitirse comprar un sombrero tan caro hace tres años, y desde entonces no ha comprado otro, es indudable que ha venido a menos.
—Bueno, sí, desde luego eso está claro. ¿Y eso de que era previsor, y lo de la regresión moral?
Sherlock Holmes se echó a reír.
—Aquí está la previsión —dijo, señalando con el dedo la presilla para enganchar la goma sujetasombreros—. Ningún sombrero se vende con esto. El que nuestro hombre lo hiciera poner es señal de un cierto nivel de previsión, ya que se tomó la molestia de adoptar esta precaución contra el viento. Pero como vemos que desde entonces se le ha roto la goma y no se ha molestado en cambiarla, resulta evidente que ya no es tan previsor como antes, lo que demuestra claramente que su carácter se debilita. Por otra parte, ha procurado disimular algunas de las manchas pintándolas con tinta, señal de que no ha perdido por completo su amor propio.
—Desde luego, es un razonamiento plausible.
—Los otros detalles, lo de la edad madura, el cabello gris, el reciente corte de pelo y el fijador, se advierten examinando con atención la parte inferior del forro. La lupa revela una gran cantidad de puntas de cabello, limpiamente cortadas por la tijera del peluquero. Todos están pegajosos, y se nota un inconfundible olor a fijador. Este polvo, fíjese usted, no es el polvo gris y terroso de la calle, sino la pelusilla parda de las casas, lo cual demuestra que ha permanecido colgado dentro de casa la mayor parte del tiempo; y las manchas de sudor del interior son una prueba palpable de que el propietario transpira abundantemente y, por lo tanto, difícilmente puede encontrarse en buena forma física.
—Pero lo de su mujer… dice usted que ha dejado de amarle.
—Este sombrero no se ha cepillado en semanas. Cuando le vea a usted, querido Watson, con polvo de una semana acumulado en el sombrero, y su esposa le deje salir en semejante estado, también sospecharé que ha tenido la desgracia de perder el cariño de su mujer.
—Pero podría tratarse de un soltero.
—No, llevaba a casa el ganso como ofrenda de paz a su mujer. Recuerde la tarjeta atada a la pata del ave.
—Tiene usted respuesta para todo. Pero ¿cómo demonios ha deducido que no hay instalación de gas en su casa?
—Una mancha de sebo, e incluso dos, pueden caer por casualidad; pero cuando veo nada menos que cinco, creo que existen pocas dudas de que este individuo entra en frecuente contacto con sebo ardiendo; probablemente, sube las escaleras cada noche con el sombrero en una mano y un candil goteante en la otra. En cualquier caso, un aplique de gas no produce manchas de sebo. ¿Está usted satisfecho?

Algunos elementos de esta deducción podrían parecer algo exagerados. Por ejemplo, la frenología, que Holmes aplica para deducir el intelecto del propietario del sombrero, fue tildada de patraña algunos años después de la resolución de este misterio; y en mi opinión, al menos, la suposición de que la esposa de aquel hombre ya no le amaba fue una jugada algo arriesgada (aunque, la verdad sea dicha, le salió bien). Sin embargo, en todo lo demás habéis podido ver los tres pilares de la investigación en funcionamiento. Holmes ha observado los hechos, y partiendo de ellos ha fabricado una cadena, los ha enlazado por medio de sus deducciones y ha logrado encontrar el elemento oculto de la historia (el propietario del sombrero). Ahora bien: si para algunas de sus deducciones le ha bastado con las pruebas a su disposición (los cabellos encontrados en el interior del sombrero, así como la gomina y el sudor), para otros ha sido imprescindible el conocimiento (cuándo salieron a la venta ese tipo de sombreros, el hecho de que ninguno se vendiera con la goma).

Como podéis ver, los tres pilares son complementarios. Lo apreciaréis con más claridad en uno de nuestros casos más recientes, la muerte de Jorge Brezo: gracias a que Boniatus se fijó en el salmón cuando procesaba la escena, pudimos deducir que lo habían sacado del congelador antes de la muerte, lo que sirvió para descartar el suicidio; y gracias a que conocíamos el hecho de que el secobarbital es bastante soluble en agua y muy soluble en alcohol, supimos dónde buscar la droga y cómo le fue administrada. Una vez más: observación, deducción, conocimientos.

Bien, ya podemos ir terminando la clase de hoy, pero no sin antes plantearos un pequeño ejercicio práctico para el cual tendréis que aplicar los tres pilares. Probablemente muchos ya os conozcáis esta adivinanza, pero aún así os pido que la estudiéis con detenimiento y planteéis la solución aplicando los tres principios. Contestad sin leer las conjeturas de los demás, por favor; leedlas sólo después de haber contestado. Dentro de siete días, yo daré la respuesta. Ah, y… prestad atención al detalle si queréis resolverlo correctamente:

Estáis en una habitación orientada al norte. Si veis pasar un oso por la ventana… ¿DE QUÉ COLOR ES?

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