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Caso nº 00015: EL ÚLTIMO NÚMERO DEL GRAN LIPARI (CERRADO)

Las luces del Palacio de la Magia se encendieron durante el entreacto. El público, fascinado por el espectáculo, mostraba un enorme alivio al poder por fin comentarlo en voz alta. Sin lugar a dudas, El Gran Lipari estaba causando sensación.

Víctor Arjona era todo un ejemplo del efecto que el mago ejercía en su público. Aquella era la quinta vez que asistía al espectáculo. Y esta vez se había traído refuerzos… dos filas completas del patio de butacas ocupadas por la Sociedad del Misterio en pleno.

—Reconozco que es bueno —concedí—. Le he pillado ya un par de distracciones, pero por lo general las camufla bastante bien.
—Pues espérate a ver el truco del escapismo. ¡Yo todavía no tengo ni idea de cómo lo hace!
—Cuenta.
—Ni hablar, prefiero que lo veas tú mismo.
—Oh, vamos, llevas todo el espectáculo comentándome los casos sobre la marcha, ¿pretendes que me crea que…?
—Hay una apuesta de por medio, Jack. No pienso dejarte jugar con ventaja.
—Interesante comentario, viniendo de alguien que ya ha visto el truco cuatro veces.

A punto estuvo de contestarme, pero las luces volvieron a apagarse. El patio de butacas volvió a sumirse en un silencio casi ceremonial cuando El Gran Lipari reapareció en el escenario en un anillo de fuego, sus facciones duras dramáticamente iluminadas.

—Lo que están a punto de ver es un truco —sentenció con voz campanuda mientras el fuego del anillo perdía intensidad—. Una ilusión. No es real. En apariencia voy a desaparecer de mi confinamiento y a reaparecer en libertad, pero en realidad todo forma parte de una elaborada estratagema visual. Y sin embargo, aunque lo reconozco abiertamente ante todos ustedes, estoy dispuesto a apostar a que nadie podrá descubrir jamás cómo lo he hecho. Es más: como esta es la última semana que voy a representar este truco, voy a subir las apuestas… daría un millón de euros a quien lograse resolver el misterio, si eso fuera posible.

Cuando el fuego se hubo extinguido por completo, en el rostro del Gran Lipari aparecía una sonrisa de superioridad. Buena estrategia, pensé. Nada mejor que decir al público “Soy más inteligente que vosotros” para que acepten inconscientemente el desafío.

Lo siguiente que pensé fue “Voy a descubrir tu truco y te lo voy a estampar en los morros, chulo de mierda”.

—Mi encantadora ayudante Melanie me ayudará a poner el truco en marcha. Presten todos atención, por favor, porque cualquier mínimo detalle podría ser la clave para descubrir mi secreto.

Melanie, una exuberante rubia oxigenada que encajaba a la perfección en el perfil de “encantadora ayudante”, regresó al escenario contoneándose y sonriendo como un anuncio andante y portando en sus manos una camisa de fuerza. El mago extendió sus brazos con gesto sombrío y los introdujo por las mangas. Luego se dejó atar con firmeza por la chica.

—¿Querría alguien subir al escenario a comprobar que estoy bien sujeto? Señalaría a alguno de ustedes, pero me temo que tendrán que presentarse voluntarios…

Algunas risas. Diligentemente, y antes de que nadie (y sobre todo Arjona) pudiese levantar su mano, Jnum se puso en pie y saltó sobre el escenario.

—¿Le conozco de algo? —preguntó el mago. Jnum negó con la cabeza—. ¿Querría decirnos a qué se dedica?
—Dirijo el departamento de procesamiento de pruebas físicas de la Sociedad del Misterio —anunció con orgullo.
—¡Un investigador profesional! ¡Y especializado en pruebas físicas! No podía pedir un testimonio más fiable. ¿Diría usted que las correas están bien sujetas?
—Ésta está algo floja.
—Vaya por Dios. ¿Le importaría apretarla bien para que me resulte imposible escapar? Así, gracias. ¿Mejor?
—Las correas sí. Aunque veo por aquí una costura suelta que…
—No se corte, si no se fía podemos cambiar la camisa si hace falta, tengo de sobra.
—¿Quiere no distraerme mientras trabajo?

El público estalló en risas mientras Jnum examinaba la camisa palmo a palmo. Lipari no perdió la compostura en ningún momento.

—¿Su veredicto? —preguntó cuando Jnum se dio finalmente por satisfecho.
—La camisa está hecha a medida. No se trata de una prenda homologada de las de uso regular en centros psiquiátricos, ha sido confeccionada expresamente para usted. Tiene algunos errores de diseño, pero parece segura. El correaje es bueno, resistente y en los lugares adecuados, no restringe la movilidad de las piernas y se podría sacar por el cuello si tuviera las mangas sueltas, pero eso parece poco probable. Las correas son inaccesibles desde el interior, la tela es gruesa y no permite desgarrones. Aunque todavía podría salir corriendo.
—Impresionante. ¿Le importaría que le citáramos en próximas representaciones?
—A mí me va bien.

Jnum volvió a su asiento entre aplausos (en su mayoría por nuestra parte). Lipari se situó en el centro del escenario.

—Como se ha dicho, aún podría salir corriendo. Y más de un escapista ha sido capaz de burlar la seguridad de una camisa de fuerza. Pero ¿cómo se puede forcejear con gruesas mangas y recias correas… cuando no hay espacio para la movilidad?

Dicho esto, del techo descendieron cuatro paredes de grueso cristal que Melanie hizo encajar entre sí encerrando al Gran Lipari. La cabina resultante también había sido diseñada a medida del mago: sus codos comprimidos en torno a su pecho tocaban las paredes de cristal, su espalda estaba apoyada contra la pared posterior y sus brazos contra la anterior. Estaba completamente encerrado.

—Denme treinta segundos y habré escapado —sentenció sin mover más músculos que los necesarios para hablar—. Luego tendrán una hora para descubrir cómo lo hice.

Sobre la cabina cayó un pesado telón, y frente a él, un enorme reloj que pendía del techo se hizo visible y comenzó a correr con un sonoro tictac. La chica, Melanie, entró dos segundos entre las cortinas y luego volvió a salir.

—Eso es nuevo —musitó Arjona.
—¿Nunca antes se había metido ahí?
—No, normalmente espera fuera poniendo cara de que le interesa mucho el reloj.

Transcurridos los treinta segundos, las cortinas volvieron a alzarse automáticamente en medio de un nuevo anillo de fuego. Las llamas delanteras se extinguieron, dejando la cabina a la vista del público. Efectivamente, El Gran Lipari había desaparecido dejando la camisa de fuerza en el suelo tras de sí.

Pero durante veinte segundos, no ocurrió nada más.

—Esto sí que es raro —musitó Arjona—. Normalmente, a estas alturas Lipari ya habría reaparecido ahí, a la entrada de la sala, en la otra punta.

Un hombre se levantó de entre el público y caminó hacia la puerta de entrada, al principio con tranquilidad, luego cada vez más agitado. Cuando cruzó el umbral, oímos un grito de terror.

Arjona y yo fuimos los primeros en levantarnos. Así que fuimos de los primeros en encontrar, fuera de la sala, el cadáver degollado del Gran Lipari. La escena era grotesca, el rostro de horror de ese hombre, su impecable frac arrugado y sus piernas rotas y desencajadas.

Con el teatro acordonado, con la policía tomando declaración a los testigos, la velada adoptó un nuevo y lúgubre tono. Arjona, que hasta el momento se había mostrado ilusionado como un crío, contemplaba abatido el lugar donde se había encontrado el cuerpo del mago. Su último acto de desaparición, con una trágica reaparición.

Al fondo, el ingeniero, la costurera, el tramoyista y la encantadora ayudante estaban declarando ante cuatro agentes uniformados. El equipo de Lipari al completo. Pude escuchar parte de las declaraciones:

MELANIE ROCA, 25 años, soltera, encantadora ayudante: No puedo creerme que Francisco esté… ese es su verdadero nombre, Francisco Lopera. El Gran Lipari es su nombre artístico, ¿saben…? ¿Cómo dice? No, Melanie es mi nombre. Puede consultarlo, Melanie Roca es oficialmente mi nombre de verdad. No me puedo creer que esté muerto. Era… era una gran persona. Llevaba nuev… siete, siete años ya trabajando con él. Y este número era sin duda el mejor que había hecho.

ÁLVARO MEMBRIVE, 53 años, casado, ingeniero: Fui yo quien encontró el cuerpo, sí. Me gusta ver el espectáculo desde el patio de butacas, para ver si se nota algo, y cuando vi que Lipari no reaparecía me preocupé. Mi trabajo con El Gran Lipari consistía en diseñar sus trucos. Así de simple. El número del escapista fue idea mía… no, preferiría no revelarlo, es mi mejor obra. En cualquier caso es extremadamente complicado, no bastaría con una simple explicación, y Lipari firmó un acuerdo de confidencialidad que protege mi obra, así que si no es con una orden preferiría que no supieran en qué consiste.

ROSALÍA CASAUZ, 46 años, casada, diseñadora: Yo me encargaba de diseñar el vestuario para El Gran Lipari y para Melanie. Es un trabajo bastante sufrido, la verdad, porque tienes que preparar la ropa para esconder elementos de atrezzo y demás… ¿Cómo? Sí, claro que teníamos camisas de fuerza trucadas, diseño mío. Pero si le echa un vistazo a la camisa de la cabina verá que es cien por cien auténtica, sin trampa ni cartón. Lipari no quería ser tan obvio.

ENRIQUE MARTOS, 22 años, soltero, tramoyista: ¿Qué quiere que le diga? Me paso la representación entre bambalinas. Soy el encargado de operar los telones, anillos de fuego y demás elementos del escenario, y todo eso se hace desde el sótano. Hace ocho años que trabajo… bueno, que trabajaba con Lipari. Para mí era casi como un padre… aquí somos todos familia, por así decirlo.

—¿Cómo crees que lo haría? —comenté.
—Supongo que eso ya da igual.
—Jnum dice que la camisa quizás no era tan robusta como dijo, que aquella costura floja podría…
—Jack, déjalo. Lipari ha muerto, dudo mucho que la apuesta siga en pie. No tengo tiempo para ponerme a intentar adivinar cómo hacía su truco.
—Pues deberías.
—¿Ah, sí? Estamos investigando un asesinato, ¿se puede saber por qué debería seguir jugando?
—Lipari desapareció vivo y reapareció muerto. Ninguno de nosotros sabemos dónde estuvo durante ese minuto, pero allá donde estuviera, su asesino tuvo que estar con él.

Arjona levantó la mirada sorprendido. Los cuatro miembros del equipo de Lipari seguían tomando declaración.

—¿Crees que ha sido uno de ellos? —preguntó.
—Apostaría un millón de euros.

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Caso nº 00003: ASESINATOS ANTICIPADOS (CERRADO)

Tenemos un nuevo caso, equipo, y mucho me temo que éste puede habernos llegado algo tarde. Ya hay dos víctimas mortales. La única ventaja es que sabemos quién será la tercera.

Esta es la situación. Hace hoy exactamente dos semanas, el lunes 22 de Octubre, mientras investigábamos el Caso del Asesinato del Doctor Watson, la policía recibió una llamada de alguien que quería denunciar un asesinato. Dio el nombre de la víctima (Estela Muñoz, veintisiete años, soltera, azafata) y el lugar donde se había encontrado el cuerpo (el domicilio de la víctima). El denunciante, un varón, colgó antes de identificarse. La policía lo atribuyó al nerviosismo.

Inmediatamente acudieron a la supuesta escena del crimen. Imaginad su sorpresa cuando, al llegar a la dirección que se les había dado, encuentran a Estela Muñoz con vida, recién salida de la ducha, envuelta en una toalla.

Al principio pensaron que se había tratado de algún tipo de error, que quizás la dirección estaba mal, y basándose en esa suposición se dedicaron a visitar a los vecinos, puerta por puerta, por si acaso el crimen había sido cometido en el mismo edificio pero en otra casa. Tardaron quizás más de lo necesario en darse cuenta de que, aunque la dirección pudiera estar mal, el nombre se correspondía.

La señorita Muñoz trató de quitarle hierro al asunto. Parecía estar más extrañada que asustada. Explicó que acababa de volver del gimnasio, que durante un par de horas no había estado en casa y que lo único que se le ocurría era que algún vecino no la viera por casa y pensase algo raro. La policía se disculpó por las molestias y se retiró.

Al día siguiente, el 23 de Octubre, Estela Muñoz apareció muerta en su casa. Herida de bala en la cabeza. Hora estimada de la muerte: las nueve y cuarto de la noche, la misma hora a la que la policía la visitó el día anterior. Nuevamente recién salida de la ducha.

Una semana más tarde, el martes 30 de Octubre, la policía recibió una nueva llamada denunciando un asesinato. Esta vez la víctima era un varón (Pedro Elorriaga, treinta y ocho años, abogado, casado). El cuerpo “había sido encontrado”, presuntamente, en los lavabos del club nocturno “La jungla” a las once de la noche.

La policía, prevenida tras el fracaso anterior, envió una unidad al domicilio de Pedro Elorriaga, otra al club nocturno en cuestión. Como era de esperar, encontraron a Elorriaga vivo y ningún cadáver en el club. Elorriaga acababa de volver de un viaje de trabajo y había parado a recoger a su mujer en el trabajo, con lo que nuevamente no se encontraba en casa en el momento de la llamada.

Esta vez se quedaron vigilando la casa. Elorriaga recibió instrucciones precisas: si por cualquier motivo tenía que salir de casa, avisaría a la policía para que le siguieran. Y efectivamente, esa misma noche avisó diciendo que había recibido una llamada urgente de un cliente y que tendría que salir a reunirse con él. Dio la dirección del cliente y anunció que tardaría unos minutos en salir, ya que la llamada le había pillado en la ducha y estaba aún sin vestir.

A los diez minutos, tal y como se esperaba, su coche salió del garaje. La policía lo siguió, pero lo perdieron en el tráfico. Aunque el coche volvió a aparecer, y efectivamente en la dirección a la que había dicho que iría, Elorriaga ya no estaba. Rápidamente enviaron hombres al club nocturno… y allí encontraron el cadáver, esta vez degollado. El camarero que lo encontró no podía dejar de hablar del escalofriante contraste: vestido con un impecable traje de Armani, y envuelto en bolsas de basura.

Se ha verificado que, efectivamente, Elorriaga recibió una llamada de un cliente suyo, Ernesto Núñez (35 años, constructor, viudo), quien está intentando llevar a su socio a juicio por un presunto caso de corrupción urbanística del que intenta desvincularse. Se le ha interrogado, sólo por si acaso, pero no tenemos gran cosa: llamó a su abogado desde el coche, camino de su oficina, y acordó que le esperaría allí. La oficina en cuestión estaba en plena mudanza, así que quizás no era el lugar más cómodo para reunirse con él, pero sí el más discreto. He aquí unos fragmentos de su declaración:

“¿Que si yo habría querido…? ¡No! Oigan, entiendo que tengan que considerarme sospechoso, pero yo le necesitaba con vida para el juicio, ¿por qué iba a matarlo? ¿Se les ocurre algún motivo?”

“La mudanza, sí… No se crean que me voy muy lejos, me quedo en este mismo edificio, sólo estoy trasladando mi oficina. Verán, sé que puede sonar poco profesional, pero… he perdido a mi esposa recientemente, y esta oficina me traía muchos recuerdos de ella. Por favor, no me pregunten por qué.”

En realidad no hizo falta preguntar. La policía encontró, en el cajón inferior de un archivador, una caja con una enorme colección de fotografías porno amateur en las que aparecían él y su mujer. Al menos, quisieron pensar que se trataba de él y su mujer (las personas de las fotografías llevaban máscaras, y nadie se atrevió a preguntar).

Hacia estas alturas fue cuando conseguimos cerrar el Caso del Asesinato del Doctor Watson, así que cuando la policía recibió una tercera llamada, acudieron directamente a nosotros. Han localizado el origen de las tres llamadas, pero en cada caso fue una cabina pública distinta. Esta vez no hay miramientos: la policía ha puesto a la nueva futura víctima bajo vigilancia permanente, con dos hombres dentro de la casa y otros dos en el exterior. Presumiblemente, el cuerpo de esta nueva víctima aparecerá en su lugar de trabajo, así que allí también hay hombres vigilando.

La nueva futura víctima es la viuda de Elorriaga, Miriam Esquivel. Treinta y tres años, recepcionista de un gimnasio. Estaba muy afectada porque, en el momento que su marido salía de casa, ella había salido a sacar la basura, por lo que ni siquiera pudo despedirse de él antes de su muerte. Os podéis imaginar en qué estado se encuentra ahora que sabe que es la siguiente.

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