Archivo mensual: septiembre 2010

Caso nº 00026: LA LENGUA DEL MUERTO (CERRADO)

—Algo va mal —musité—. Arjona ya debería haber llamado.

Y salí de la oficina sin dar más explicaciones. Para que la sorpresa funcionase necesitábamos a Arjona, ¿dónde se había metido?

Fui a buscarlo a la comisaría, pero hacía horas que no le veían. Cambié de rumbo y conduje hacia su casa, pero por el camino encontré su coche aparcado frente a un edificio de apartamentos. Intrigado me bajé para ver si estaba cerca, y vi que el portal del edificio estaba abierto y que en el primer piso se oían pasos. Subí con curiosidad las escaleras.

Allí estaba Arjona. Totalmente lívido. Y del apartamento abierto del que salía, emanaba el inconfundible hedor de la muerte.

Entonces me vio.

—No —sentenció—. No, Jack, ni se te ocurra. Fuera. No quiero ni verte por aquí.
—¿Qué? ¡Pero…!
—Ya me has oído. Lárgate ahora mismo, ni se te ocurra asomarte ahí dentro.

Traté de asimilar lo que estaba ocurriendo. Pero mi cerebro se puso en modo automático y trató de identificar alguna pista, algo que me condujera a saber qué estaba ocurriendo. El apartamento estaba muy oscuro para distinguir nada desde el exterior. Nada en la puerta que sugiriese quién era el inquilino, salvo un considerable número de pestillos y cierres de seguridad.

La pistola en la cara me devolvió a la realidad. A la realidad más surrealista que jamás he vivido. Mi amigo Arjona me estaba apuntando con su arma.

—Último aviso, Jack. Tú no vas a meterte en esto.

Sin mediar palabra, retrocedí un par de pasos antes de darme la vuelta y bajar. De reojo busqué en los buzones de la entrada el apartamento en cuestión; la etiqueta con el nombre del inquilino había sido arrancada, pero quedaban la primera y la última letra: una E y una A.

Había pasado una hora. Una hora encerrado en mi despacho, esperando una explicación de mi amigo y contacto en la policía y negándome a dar una explicación a mi equipo. Estaba siendo el peor aniversario de nuestra historia.

Entonces sonó el teléfono. Debo confesar que me decepcionó un poco leer el nombre de Irene en la pantalla.

—Jack, tienes que hacer algo— me dijo—. Es Arjona.
—Lo sé, pero no quiere mi ayuda.
—¿Y eso qué más da? ¡Es tu amigo! ¡Tienes que intervenir, le guste o no!
—Mira, Irene, Arjona y yo no tenemos ningún contrato ni nada. Si él quiere meterse sólo en un caso está en su derecho. Las formas ya son otra cuestión.
—¿Meterse en un caso? ¿Pero qué dices?
—¿No es eso?

Se hizo un silencio tenso. Irene acababa de comprender que todavía no sabía lo que había ocurrido. Y yo acababa de comprender que el motivo por el que no lo sabía había dejado de importar.

—Cuéntamelo. No omitas detalles.
—Mendoza —dijo—. Esta tarde ha aparecido muerto en su casa. Con la boca cosida. Y ahora mismo, Arjona es el principal sospechoso. Hay testigos que le vieron discutir con Mendoza, y oyeron a la víctima decir “El día que yo hable…”
—“… rodarán cabezas”, sí, estaba allí. Pero es imposible que haya sido Arjona.
—Yo pienso lo mismo, no encaja con él para nada. Pero hay algo más.
—¿De qué se trata?
—He podido echarle un ojo al cuerpo. Cuando le han descosido la boca, han descubierto que a Mendoza le habían extirpado la lengua… y que en su lugar habían puesto la lengua de un cerdo.
—¿Qué?
—Como lo oyes. Hasta el esófago llegaba, una lengua de cerdo de 25 centímetros.
—Necesitaré el informe de la autopsia… mierda, Zalaya está en Londres consultando al gran maestro, en cuanto vuelva le quiero hablando con Arjona. ¿Cuándo crees que podrá la policía dejar pasar a Boniatus a la escena del crimen?

Un nuevo silencio tenso. Esta vez sabía a qué tipo de frase precedía.

—¿Qué no me has contado?
—Arjona podrá explicártelo mejor si conseguís hablar con él. Pero según parece, Mendoza iba a por vosotros. Estaba reuniendo pruebas, documentos, consultando precedentes legales. Intentaba desmontar la Sociedad del Misterio.
—¿Y qué? No podía tener nada contra nosotros.
—Yo sólo sé lo que Mendoza dejó caer en comisaría. Pero cuando la policía registró su casa y sus papeles, no encontraron nada sobre vosotros.
—¿Lo que quiere decir?

Irene suspiró.

—Si no encontró nada es lógico que no lo tuviera. Pero si realmente encontró algo, o si al menos tomó notas de sus investigaciones, y esas notas no aparecen… significa que vosotros tenéis un móvil.

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Interludio: CONSPIRACIÓN Y PARANOIA

Dejando atrás nuestra cafetería preferida, el inspector Arjona y yo dimos por concluida nuestra pequeña reunión de conspiradores. El contenido de dicha reunión no será divulgado… pero al menos ahora sabéis que existió tal encuentro.

—Cuento contigo entonces, ¿verdad? —pregunté.
—Por poco tiempo que tenga, es vuestro, Jack —dijo Arjona—. ¿Crees que les gustará la sorpresa?
—Espero que sí, no ha sido barata precisamente.
—Bueno, tenías algo ahorrado nada más que para esto, ¿o no?
—Eso desde luego. Y si Mycroft no me llega a dar el empujón, probablemente ni lo intentaba.
—Oye, ojalá salga todo bien —me dijo de pronto—. Todo este asunto, los preparativos y tal, la verdad es que te están afectando demasiado.
—Ya, bueno… Si sólo fuera eso.

Arjona se detuvo y me agarró del brazo.

—¿Qué es lo que no me cuentas, Jack?
—Víctor… Últimamente he estado…
—Ahí está Jack Ryder el entrometido—balbució una voz a mis espaldas.

Me giré para encararme con mi visitante. Pero antes de que mis ojos lo tuvieran a la vista, mi nariz ya había identificado esa marca de whisky. Tenía que ser él.

—Buenas tardes, inspector Mendoza —saludé con elegancia.
—Ryder el metomentodo —escupió Mendoza tambaleándose hacia mí.
—¿Disculpe?
—¡Ryder el correveidile del santurrón de Víctor Arjona! —estalló.
—Evaristo, estás borracho —terció Arjona conciliador—. Vete a tu casa…
—Estos amiguitos tuyos, Arjona, no son nada bueno, ¿te enteras? —protestó Mendoza apuntándome con un dedo acusador—. ¿Es que no ves lo que hacen?
—Nos ayudan a resolver casos, Evaristo.
—La policía ya sabe quién lo hizo, cómo y por qué. ¡Y entonces llega Ryder y su guardería de detectives, se inventan otra versión de los hechos y nos hacen quedar a nosotros como idiotas!
—Inspector, creo que… —traté de intervenir.
—¡Tú te callas o te detengo por obstrucción a la justicia, gilipollas! —bramó abalanzándose hacia mí.
—Vale, ya está bien, Evaristo —sentenció Arjona metiéndose entre los dos—. Te vas a venir conmigo…

En ese momento, y con una fuerza inesperada para todos… Mendoza tumbó a Arjona de un puñetazo.

—¡Tú a mí no me pones la mano encima! —gritó—. Te crees que estás a salvo porque tienes a tu amiguito Ryder cubriéndote las espaldas; pero el día que yo hable, niñato, van a rodar cabezas. ¿Me oyes? ¡El día que yo hable va a temblar la comisaría!

Arjona no respondió. Como tampoco lo hice yo. Mendoza nos miró primero a uno y luego al otro, con gesto perdido, y finalmente se alejó trastabillando de allí.

Tendí la mano a mi amigo y le ayudé a levantarse. Durante un instante ninguno dijo nada. Arjona estaba visiblemente humillado. Pero a mí me preocupaba otro asunto:

—¿Estaba… estaba tragándose las lágrimas? —pregunté.
—Mendoza siempre ha sido un problema —se lamentó Arjona—. Ya has visto cómo venía. Voy a tener que hablar con el comisario sobre él.

Convinimos un par de últimos detalles sobre la sorpresa del aniversario y nos despedimos. Aún teníamos mucho trabajo por delante y muy poco tiempo. Pero no pude evitar irme preocupado por Arjona… y por las enigmáticas palabras de Mendoza.

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