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MARATÓN DEL MISTERIO – El informe

Aquella mañana no parecía haber nada destacable. Tan sólo un hombre sentado en un banco del parque, hojeando un periódico sin demasiado interés. Un hombre vestido con ropa ligera, tocado con una gorra. Nada sospechoso.

No para el ojo inexperto, al menos.

Pero un investigador cualificado podía ver mucho más. Podía ver que el periódico era de dos días atrás. Podía ver que era la única persona en el parque. Podía ver dónde estaba situado ese parque. Ni siquiera necesitaría ver el rostro del hombre para saber que no se trataba de un simple paseante disfrutando de un momento de relajación.

El investigador se aproximó al hombre. Se sentó junto a él sin mediar palabra y aguardó unos segundos, a ver si su compañero de banco tenía el valor de iniciar la conversación.

Fueron los segundos más tensos de mi vida. Pero al final, fue el investigador quien tuvo que dar el primer paso.

—¿Qué ha sido del sombrero y la gabardina, Jack? —preguntó.
Suspiré y levanté la mirada del periódico.
—Demasiado calor, Víctor —respondí—. ¿Cómo has sabido que estaría aquí?
—Era el único sitio en el que podías estar. Al menos, sabiendo que hoy la Sociedad cumple cuatro añitos y no te atreves a volver a tu oficina. ¿Quieres explicarme qué es esto?
Arjona soltó sobre mi regazo una abultada carpeta. Una carpeta con el emblema de la Sociedad del Misterio, el sello de la huella dactilar con el signo de interrogación entre sus dibujos.
—Mi informe —repliqué—, dado que el caso se nos ha quedado oficialmente grande. Un ciudadano responsable, en estas circunstancias, avisaría a la policía y les proporcionaría toda la información de que dispusiera.
—Déjate de tonterías, Jack, nos conocemos desde hace ya mucho. ¿Por qué me pasas esto?
—Porque eres el único en el Departamento que todavía me quiere ver con buenos ojos, y porque no quiero que esto se quede sin cerrar.
—Jack…
—Dos muertos, Víctor. Porque alguien nos robó una revista porno. Se nos ha ido de las manos.
—Jack, en serio, corta ya el rollo —espetó Arjona—. Tú no has dejado este caso. Puedes endosarme todos los papeles que quieras, puedes cerrar las oficinas y declarar que has abandonado la investigación. Pero los dos sabemos que sigues tras la pista del asesino.
—¿Y qué te hace pensar eso?
—Que estás sentado frente al escenario de la segunda muerte, escondiéndote detrás de un periódico que no estás leyendo.
Solté el periódico con frustración.
—Tú eres demasiado listo, Víctor —refunfuñé—. Tú SABES hacer trabajo de investigación, nos contratas para tener más tiempo libre.
—Jack, odio decirte esto, pero creo que estás teorizando sin pruebas. Sólo tenéis un muerto. El segundo ha sido, a falta de nuevos datos, una coincidencia.
—¿Sin pruebas? ¿Has repasado bien ese expediente? ¿Es que ya no recuerdas dónde se encontró el cadáver? ¿Y de verdad pretendes que me crea que la segunda víctima no tenía relación alguna con nosotros?
—Inconcluyente. Oye, ni siquiera deberíais culparos por el primer muerto… Joder, que no lo habéis matado vosotros. Pero el segundo no tiene nada que ver. Hazme caso.
—¿Es la postura oficial de la Policía?
—¿Pues sabes qué? Sí que lo es.
—¿Y la tuya?
Y ahí Arjona guardó silencio. Durante dos reveladores segundos.
—Tampoco te lo crees, ¿verdad?
—No tenemos pruebas, Jack, y eso es lo único que importa. Intenta no olvidar tus propias lecciones.
—¿Pero y si algo se nos hubiera pasado por alto? Ya se nos escapó lo de la furgoneta.
—¿Crees que vas a descubrir la clave de todos los misterios sentándote en un banco del parque?
—Asesinato en el Orient Express, Poirot resolvió el caso sentándose en una silla.
—Jack, odias esa novela, y los dos sabemos que Poirot se inventó la resolución del caso y acertó de chiripa. No intentes engañarme a mí, por favor, que nos conocemos. ¿Qué tramas?
—Los dos queremos que este caso se cierre de una vez por todas, ¿verdad?
—Sí.
—Pues déjame que me guarde mi pequeño as en la manga. No estoy haciendo nada ilegal, eso tenlo claro; pero necesito que me dejes guardarme esto.

Arjona me miró con suspicacia. Por toda respuesta, esbocé una media sonrisa de disculpa. Pero no me sacaría más. La Policía nos culpaba de la primera muerte, pensaban que habíamos abandonado nuestras responsabilidades y nos habían cerrado las puertas. Sólo Arjona seguía de nuestra parte en comisaría.
¿Cómo, entonces, iba a revelar que Irene Watson, la forense externa con la que trabajaba la Policía, también estaba intentando ayudarnos? ¿Cómo iba a exponerla tan pronto?

—Muy bien. Tienes tus secretos, te lo concedo. No me lo digas todo. Pero no me mientas, Jack. Si queréis volver a ser bien vistos en comisaría, no puedo jugar con malas cartas, así que dame respuestas sinceras.
—Es justo.
—Bien. Porque aunque el Comisario agradece tu gesto de buen ciudadano, no creo que nadie en comisaría tenga ni idea de cómo seguir con esto. Vosotros necesitáis volver y nosotros necesitamos ayuda, así que vas a tener que currártelo para que os vuelvan a dejar entrar.
—¿Crees que podremos hacerlo?

Con gesto grave, Arjona se levantó y miró hacia el edificio que teníamos frente a nosotros. El objetivo de mi intensa vigilancia.

—Eso espero —respondió—. Porque no creo que consigas entrar ahí sin nuestra ayuda.

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MARATÓN DEL MISTERIO – LLAMADA A LAS ARMAS

Buenas tardes, equipo.

Para todos los que aún no os hayáis enterado… la Maratón del Misterio, nuestro caso más grande hasta la fecha, quedó clausurada hace meses por falta de actividad. Es imposible investigar un caso tan grande si no hay suficientes investigadores de servicio. Fue una clausura dolorosa, la decisión más difícil que tuve que tomar.

Nunca quise hacer leña del árbol caído. Bastante teníamos con saber que no podíamos seguir investigando como para encima recordar lo que ninguno de nosotros quería expresar en voz alta: que habíamos fracasado.

Una idea que, por mediación de uno de nuestros investigadores… ahora está en boca de todos.

Y la respuesta de los que aún estaban atentos no se ha hecho esperar. La Sociedad del Misterio ha vivido horas bajas, pero la palabra “Fracaso” nunca ha estado en nuestro vocabulario. No nos habíamos rendido nunca, ¿por qué vamos a hacerlo ahora? En los últimos días, nuestras oficinas han hervido de actividad por parte de detectives reactivados dispuestos a repasar todos y cada uno de los hechos que conocemos de la Maratón, determinados a encontrar algo que se nos hubiera pasado por alto. Listos para proclamar a pleno pulmón que no existe un rastro lo bastante frío como para que nosotros lo perdamos.

Para los que aún no os hayáis enterado de eso… esta es oficialmente una llamada a las armas.

La Maratón del Misterio va a reactivarse, damas y caballeros. No será fácil después de todo el tiempo que ha pasado, pero nadie ha dicho que nuestro trabajo tenga que ser fácil. No vamos a dejar atrás un caso.

Sólo habrá un aviso. Faltan pocos días para que volvamos al servicio activo. En breve dejaré a vuestra disposición un documento con todos los hechos y antecedentes de la Maratón para que todo el mundo, tanto los que participaron como los que no, tanto los noveles como los veteranos, sepan a qué nos enfrentamos. Hasta entonces… que todo el que esté dispuesto a participar en esta reactivación de la Maratón diga “Yo”.

Estos son los hechos. COMIENZA LA INVESTIGACIÓN.

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MARATÓN DEL MISTERIO – Etapa 3 – Caso nº 00029: EL LADRÓN DESAPARECIDO (CLAUSURADO)

El amanecer traía consigo un viento helado que se agarraba a nuestros huesos en un abrazo cruel. La mañana se había despertado triste y lluviosa, como si el sol hubiera decidido que no merecíamos verle hoy.

Pese a todo, sabíamos que el recibimiento que nos esperaba iba a ser mucho, muchísimo más frío.

Jack, Zalaya y yo respiramos hondo al unísono, sin ensayarlo, preparándonos para lo que estaba por venir, y avanzamos hacia la escalinata de entrada. Una escalinata que, por suerte o por desgracia, conocíamos demasiado bien.

—¡No! —tronó una voz desde lo alto—. ¡Ni hablar! ¡Me niego en redondo! ¡Ustedes no pueden entrar aquí!

—¿De verdad tenemos que hacer esto? —pregunte con un hilillo de voz.

—Es la única pista que tenemos para encontrar a Martínez —respondió Jack entre dientes.

Suspire. Tenía razón. Martínez robó algo de nuestras oficinas y algo de las de Carlos Ashmoor. La única relación entre ambas víctimas era el caso Ruby… y la información robada a Ashmoor hacía referencia a una fundación pro-vida dispuesta a reabrir ese caso una vez más. Cada robo nos había conducido hasta el siguiente escenario, era lo único que teníamos.

La gran putada es que el promotor de dicha fundación no era otro que el padre Benito Piña.

El sacerdote descendió las escaleras de la Parroquia de San Conrado hecho un basilisco, su calva cabeza encendida en un tono rojo brillante y perlada de un sudor impropio para el clima que estábamos padeciendo. Detrás de él, asomándose atropelladamente por la puerta de la iglesia, su sacristán, el Padre Froilán, hacía tímidos amagos de detener al párroco. Pero incluso habiendo tratado pocas veces con él, nosotros ya habíamos aprendido que nada ni nadie detenía al Padre Piña.

—¡La última vez que les dejé entrar, pusieron mi parroquia patas arriba! ¡Detuvieron a una de mis feligresas! ¡Desbarataron todo mi mercadillo benéfico!

—Su feligresa era una asesina, padre, como bien recordará.

—¡La vez anterior, defendieron la blasfemia y la indecencia más indefendibles!

—Tratábamos de impedir un asesinato. Que éste fuese a producirse durante el rodaje de una película porno era irrelevante.

—¡Y la vez anterior a esa, cuestionaron mi buen juicio a la hora de dar o no sepultura a un suicida, por el amor de Dios!

—No fue su juicio lo que se puso en duda, sino la causa de la muerte.

—¡Son ustedes el mal encarnado! ¡Son personas non-gratas en esta Casa de Dios!

—Padre, debo protestar —terció el padre Froilán—. Usted mismo lo ha dicho, ésta es la Casa de Dios. No nos corresponde a nosotros cerrarle a nadie sus puertas.

—¿Pero qué se ha creído? ¡Esta es mi parroquia! ¡Estos hombres son unos sucios degenerados y entrometidos! ¡Y usted ya no es digno de mi confianza, se lo recuerdo!

—Mateo, siete uno —replicó el sacristán visiblemente hastiado del comportamiento del párroco.

Sorprendentemente, estas palabras consiguieron lo que nadie creía posible: callar a Benito Piña.

—Les ruego disculpen esta escena —se excusó el Padre Froilán—. ¿A qué debemos esta visita?

Saliendo del estupor que aún tenía atrapados a Zalaya y a Jack, recobre la compostura y avance un paso.

—Sí, perdone, no queremos molestar, pero estamos investigando una serie de robos y el nombre de la Fundación Pro-Vida San Conrado ha salido a relucir durante nuestra investigación.

—¿Somos sospechosos? —preguntó el párroco.

—Oh, no, sabemos quién fue el ladrón. Sólo intentamos seguirle la pista, y parece que ese hombre estaba especialmente interesado en la fundación que dirige el Padre Piña.

—Es una fundación legítima —puntualizó el párroco—. Defendemos el divino derecho de todo ser humano a la vida. La pena de muerte es una abominación a los ojos de Dios.

—No cuestionamos eso. ¿Pero tienen algún enemigo?

Los sacerdotes intercambiaron una mirada algo confusa.

—¿Quién iba a tener algo contra nosotros? —preguntó el sacristán.

—¡Somos hombres de Dios! —añadió el párroco—. ¡No hacemos daño a nadie!

—Con el debido respeto, quisieron negar la sepultura a una víctima de asesinato tomándolo por un suicida.

—¿Ve? —protestó Piña a su sacristán—. ¿Qué dice su Mateo ahora, eh?

—“Te lo advertí”, creo, ¿por?

El padre Piña contuvo sus palabras una vez más. Se volvió nuevamente hacia nosotros.

—Está bien. Pueden preguntar lo que quieran, y pueden echar un vistazo. Pero esto sigue siendo una Iglesia, aquí sigue viniendo gente a rezar, y no toleraré que perturben la paz de esta parroquia. Así que adelante; pero espero que se den prisa en comprender que no tenemos nada que ver con su investigación.

—Cinco días, padre, es lo único que necesitamos —dije—. Mi compañero Zalaya se encargará de hacerles algunas preguntas, y si no tienen inconveniente, el jefe Ryder echará un vistazo por su parroquia.

—Cinco días —repitió Piña—. Ni uno más.

Estreche la mano del padre Piña para dar el acuerdo por cerrado y nos apartamos de los sacerdotes para deliberar.

—¿Podrás encargarte? —Pregunto Jack.

—No es el primer caso que dirijo, y tenemos al padre Froilán en nuestro bando. No será tan difícil. ¿Tú tendrás algún problema con la escena?

—La única dificultad estará en qué considere Piña que es “perturbar la paz de la parroquia”. Pero tranquilo, sabré arreglármelas.

—Recordad el SMS —puntualizó Zalaya—. No estamos buscando sólo pistas del paradero de Martínez… también tenemos que averiguar quién nos mandó ese mensaje y qué quería decir.

—Cada cosa a su tiempo, pero sí, deberíamos estar pendientes. ¿Todos listos?

—Listo —replicó Zalaya.

—Listo —Asentí.

—Muy bien. Profesor, el caso es tuyo.

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MARATÓN DEL MISTERIO – Etapa 2 – Caso nº 00028: DE MENTIRAS Y ROBOS

Lo que empezó como una mentira se había convertido en una investigación por robo. El “señor Martínez”, que tanto anhelaba contratar nuestros servicios, había optado por irrumpir en nuestro almacén de pruebas y robarnos una revista. Sólo una revista. Boniatus había revisado el almacén una docena de veces y no había encontrado nada más fuera de lugar.

Eso nos dejaba con sólo una vía de investigación. Dado que ese hombre se había esforzado en no regalarnos ni tan siquiera una huella dactilar parcial, y dado que probablemente ni siquiera su nombre fuese auténtico, sólo teníamos el objeto del robo para investigar.

Así que, una semana después y tras asegurarnos de que no teníamos nada más, me presenté en el gabinete de relaciones públicas de Carlos Ashmoor. Hacía tiempo que no veía a aquel caballero, y en ocasiones pienso que me habría gustado visitarlo en otras circunstancias. Pero por desgracia, no tendría el placer de coincidir con él si no era por motivos de trabajo… y del mío, no del suyo.

Si he de ser sincero, lo primero que me extrañó fue cuánto tardó Ashmoor en recibirme. Quería creer que, a primera hora del lunes, le pillaría con poca faena por delante, y la infalible puntualidad británica de Ashmoor me confirmaba, fuera de todo género de dudas, que estaba en su despacho cuando llegué. Sin embargo me tuvieron esperando tres cuartos de hora antes de recibirme, cuarenta y cinco minutos de miradas inquietas por parte de una decena de empleados.

Cuando finalmente me hicieron pasar, quedé sorprendido por lo que encontré. La siempre aguda y penetrante mirada de Ashmoor había quedado reducida ahora a un par de puntos de angustia y stress por encima de su nariz. Me dedicó una cordial sonrisa cuando entré, pero podía notar que era forzada. A su invitación, tomé asiento y esperé a que me preguntase.

Aún así, la pregunta me cogió por sorpresa:

—No negaré que sus habilidades siempre me han impresionado, señor Ryder, y normalmente prefiero sentarme, disfrutar del espectáculo y tratar de seguir sus razonamientos por mí mismo; pero esta vez tengo que preguntárselo: ¿cómo ha sabido lo del robo?
—¿Disculpe?
—Por eso ha venido, ¿no es cierto? Por el robo.
—Así es… Disculpe, ¿cómo ha…?
—¿Qué quiere decir con…?

No sabría decir quién de los dos lo pilló primero. Pero él lo dijo en voz alta antes que yo.

—A ustedes también les han robado, ¿verdad?
—¿Cuándo ha sido? —pregunté.
—Hace dos semanas. ¿Ha sido la revista?
—Así es. La única explicación a mi visita, ¿verdad?
—¿Han podido ver al ladrón?
—Sí pero no sabemos quién es. No tenemos huellas, ni una identificación.
—Ya han tenido más suerte que nosotros.
—¿Cree que ambos robos están relacionados?
—Puede ser. Pero claro, es un error teorizar sin pruebas, ¿no es así?
—Sin duda —dije con una sonrisa franca.

Ashmoor me devolvió la sonrisa. Por un momento los dos lo tuvimos claro: ayudarle a él podría ayudarnos a nosotros.

—¿Qué les ha desaparecido?
—¿Qué puede desaparecernos a nosotros?
—Información.
—Comprenderá, supongo, que no puedo revelar la naturaleza de dicha información. Podría perjudicar la imagen de nuestros clientes, sin mencionar la de nuestro gabinete.
—Lo comprendo, pero nos ayudaría al menos saber sobre qué clientes trataba dicha información.
—Me es imposible revelar esa información.
—Señor Ashmoor, entienda que cualquier dato que nos ayude a esclarecer estos robos…
—Como hemos acordado hace un momento, sería un error teorizar sin pruebas. No sabemos si ambos robos están relacionados, y mientras no lo sepamos no veo que exista ningún motivo por el que dicha información deba ser revelada. Mi negocio se dedica a la imagen, señor Ryder. Muchos de mis clientes dependen de mi discreción.

Contuve mi impulso de responder. Ashmoor tenía razón, no podía basar mis argumentos en que resolver su robo esclarecería el nuestro, pero no por ello dejaba de ser una vía de investigación. Necesitábamos averiguar si existía una conexión. ¿Hasta qué punto podíamos prescindir de esa información?

—Le propongo algo —dije entonces—. Echaremos un vistazo al lugar del robo. Hablaremos con su gente, incluso con usted mismo, para recopilar toda la información posible. Investigaremos este robo, y si encontramos algo que lo relacione con el nuestro, usted compartirá algo más de información con nosotros. De esta forma no tendrá que revelar nada si no es estrictamente necesario.
—Hm, no es una mala opción —meditó Ashmoor—. Huelga decir que, en el caso de que dicha información deba revelarse, esperaré de ustedes la discreción de unos profesionales.
—Naturalmente.

En fin. No eran las condiciones óptimas, pero sabía que Carlos Ashmoor colaboraría con nosotros tanto como sinceramente pensase que podía. Además, era la única pista que teníamos para dar con “Martínez”.

—¡Bien! ¿Por dónde empezamos?

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MARATÓN DEL MISTERIO – Intermedio 1 –

Ya era tarde y el señor Martínez (si es que ese era su nombre) no se presentaba. Poco a poco, los investigadores de la Sociedad del Misterio dejaban que el cansancio pudiese con la curiosidad y se retiraban, instándome a avisarles si había alguna novedad en el caso. Al final, ya sólo quedábamos los jefes de departamento y yo.

A punto estábamos de darnos por vencidos cuando nuestro esperado visitante finalmente apareció. Se presentó con la misma mirada de desconfianza que la primera vez. Tomó asiento sin ser invitado y esperó un par de prudenciales segundos antes de preguntar.

—¿Cuándo pueden empezar con mi caso?

Zalaya carraspeó.

—Bueno, verá, señor Martínez… Esta es la situación. Somos una consultoría privada, lo que significa que nos reservamos el derecho a escoger a nuestros clientes. Y aunque su caso nos resulta francamente interesante, bueno… Existe una serie de impedimentos que deberían ser arreglados antes de…
—¿De qué está hablando? —inquirió Martínez con una mirada de desesperación.
—Iré directo al grano. Nos ha mentido. Sabemos por su reloj que su último destino no ha sido Canarias. Sabemos por su miedo que no es escultor. Sabemos por su historia que no huyó del país cuando nos dijo. Sabemos por su trabajo que no se dedicaba a la falsificación. Incluso sabemos por sus guantes que no es Eduardo Martínez. Estaremos encantados de ayudarle con su problema, pero primero usted tendrá que confiar en nosotros.
—¿Qué?
—Ya me ha oído. Si quiere que resolvamos su caso, tiene que ser sincero con nosotros. No podemos trabajar si no sabemos cuánta de la información que tenemos es veraz.

Martínez se levantó de la silla hecho un basilisco. Boniatus y yo nos tensamos en el acto, dispuestos a impedir cualquier tipo de agresión. Pero no hizo falta: nuestro visitante se contuvo en el último momento, como si hubiera decidido que eso no iba a servir de nada.

Como una exhalación, salió del despacho dando un nuevo portazo. Se habían convertido ya en su especialidad.

—¿Me he pasado? —preguntó Zalaya.
—¡Deja de preguntar eso! Le has puesto las cosas claras, simplemente. Si quiere nuestros servicios, que acepte nuestras condiciones.
—Si es que ya le vale, jefe… Yo en estos casos me pregunto qué pretende la gente. Engañarnos no, nos lo ha puesto muy fácil, así que ¿qué?
—¿No te has quedado con ganas de saber a quién quería que investigáramos? —pregunté.
—La verdad es que sí. Pero bueno, si se lo piensa ya volverá y nos contará la verdad para que podamos empezar a…
—Algo va mal —interrumpió Boniatus.
—¿Qué?
—Ha tardado más de lo normal en dar el segundo portazo.

Y sin decir más, salió corriendo del despacho. Zalaya y yo nos miramos y le seguimos a toda prisa. Pero antes de que diéramos con él…

—¡Agente caído!

Guiándonos por su voz, recorrimos la sala común, pasando entre las mesas de los investigadores, hasta llegar a la entrada del almacén de pruebas. Y allí estaba: el agente Rabbit, el guardián de nuestro almacén, tumbado en el suelo sin conocimiento.

—¿Cómo está?
—Saldrá de esta. Jack, ese tío ha cogido la llave del almacén.

Me fijé en la puerta de nuestro almacén de pruebas, a la espalda del Profesor Boniatus. La llave estaba aún en la cerradura, y la puerta abierta de par en par.

Relevé a Boniatus: si teníamos una escena del crimen, él era el mejor para investigarla. Mandé a Zalaya a perseguir a nuestro visitante, y verifiqué que el agente Rabbit no había sufrido daños irreparables. Después me uní a Boniatus en el almacén.

—¿Qué falta?
—Poca cosa, Jack. Martínez no parece haber tocado mucho. Tendría que echar un vistazo más a fondo, pero así a primera vista… diría que sólo falta esto.

Señaló hacia un estante donde yacía una caja vacía. Identifiqué inmediatamente el contenedor y, por tanto, el contenido desaparecido. Martínez había robado la revista que Carlos Ashmoor nos regaló tras el caso Ruby.

—Termina de revisar la escena. Yo voy a llamarlos a todos. De momento no vamos a aceptar más casos.
—¿Qué? ¿La Sociedad del Misterio cierra sus puertas?
—Sólo al público, profesor. Alguien nos ha mentido y robado en nuestras propias narices. Ahora mismo, nuestro cliente somos nosotros. Si vamos a darle caza al ladrón, será mejor que volquemos todos nuestros esfuerzos.
—¡Jack! —me llamó mientras me dirigía hacia el teléfono—. Oye, entiendo que el robo de una revista guarra en nuestras oficinas es motivo de indignación, pero ¿no crees que lo estás sacando un poco de quicio?

En ese momento no supe verlo con claridad. Pero cuando recuerdo la sonrisa que esbocé entonces, comprendo ahora que se trataba de la emoción de la caza.

—Esa caja estaba guardada al fondo del almacén. Si Martínez no ha tocado nada más es que ha ido a tiro hecho a por ella. ¿Sabía lo que buscaba? Esto se ha convertido en una Maratón del Misterio y el pistoletazo de salida ya ha sonado. ¿Cuánta ventaja más quieres dejar que nos lleve nuestro ladrón?

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MARATÓN DEL MISTERIO – Etapa 1 – Caso nº 00027: EMPEZÓ CON UNA MENTIRA

Por fin, después de una semana de mañanas frías sin remedio, la caldera del edificio había sido reparada. Aunque para nuestra desgracia, aún no funcionaba como era debido y tardaría todavía un poco en caldear nuestras oficinas. Y lo peor: no había manera de saber cuánto.

Boniatus, Jack y yo éramos, como de costumbre, los primeros en llegar. Así que el buen profesor ocupó su puesto junto a la cafetera para preparar provisiones calientes para todos. Yo me calentaba ya las manos con mi taza, disfrutando con el relato del último viaje de Boniatus, cuando alguien empezó a aporrear la puerta.

—¿Quién será a estas horas? —preguntó Jack mirando el reloj. Aún eran las ocho y media, faltaba media hora para que abriéramos al público.

Intrigado acudió a la puerta. Poco le faltó para ser arrollado por nuestro visitante. Se trataba de un hombre, cerca de los sesenta, cabeza afeitada y una poblada barba, con gafas. Sus ojos, aunque hundidos en su rostro, centelleaban de excitación. Sudaba copiosamente, quizás por el abrigo largo que vestía y los gruesos guantes de piel. Se le veía presa del pánico. No dejaba de mirar a su alrededor, de consultar su reloj de bolsillo y de hacer lo imposible por mantenerse alejado de las ventanas.

—¡Tienen que ayudarme! —suplicó en un hilo de voz—. ¡Mi vida corre peligro!

Pese a que aún no nos encontrábamos en nuestro horario de atención al cliente, el estado azorado de nuestro visitante nos hizo acceder, por una vez, a una reunión de emergencia en el despacho de Jack. Cerramos las persianas y nos dispusimos a escuchar su relato.

El hombre tragó saliva. Se le veía terriblemente incómodo.

—Mi nombre es… Martínez. Eduardo Martínez. Y a día de hoy, soy un hombre a la fuga. Y todo por una mala decisión que tomé en un momento de dificultad.

—Continúe.

—Verá. Hace tres años, yo era un hombre respetado en mi trabajo. Nadie lo hacía mejor que yo.

—¿A qué se dedicaba? —preguntó Jack.

—Era escultor. Bueno, antes había hecho otros trabajos, ya sabe, incluso había dado clases. Pero mi vocación era la escultura. Escultura de alto nivel. Lo que yo hacía, la gente rica lo compraba para exhibirlo con orgullo.

—¿Y qué pasó?

Su rostro se ensombreció.

—Tuve un… escarceo con una de mis ayudantes. La cosa no salió demasiado bien, y todo mi prestigio acabó por los suelos. Perdí mi clientela, perdí mi negocio, lo perdí todo. Y entonces apareció un hombre que me dijo que podía devolvérmelo todo… si trabajaba para él.

—¿Hablamos de la mafia?

—¿La mafia? —dijo Martínez con una sonrisa desquiciada—. ¡La mafia no tendría nada que hacer con este tío! No, el hombre del que hablo sólo tiene un objetivo, y está dedicado por completo a conseguirlo. Con una precisión quirúrgica, se lo digo yo y sé de lo que hablo.

El calor de la caldera entró de golpe en nuestra oficina. Por un momento creo que todos deseamos poder abrir las ventanas, pero podríamos ver que, si lo hacíamos, el corazón de nuestro cliente podía explotar.

—Al principio no parecía nada peligroso, ¿sabe? Sólo un hombre con problemas dispuesto a ayudar a otro hombre con problemas. Pero pronto empezó a pedirme que hiciera… cosas que no iban conmigo para nada. Entonces decidí dejar de trabajar con él en cuanto pudiera…

—Disculpe, ¿cosas que no iban con usted? —preguntó Boniatus—. ¿Qué era, falsificación?

—¡Sí! Sí, en cierto modo sí. Verán, al principio sólo tenía que poner mi firma en algo que no era mío. No me sentía muy cómodo con eso, pero pagaba bien. Luego… Luego me pidió que…

Le costaba trabajo hablar. Se quitó el abrigo.

—Me pidió que… Que destruyese una obra.

—¿Suya?

—¿Qué…? ¡No! ¿Cómo va a…? No, no era obra mía. Era una advertencia, ¿saben? Quería que sus objetivos supieran de lo que era capaz.

—¿Por destruir una escultura? —pregunté.

—Es algo más complicado de lo que le puedo explicar. Pero lo peor fue que… bueno… ¡que se aseguró de que se supiera que había sido yo!

—¿Cómo?

—¡Sabía que le iba a traicionar! Así que salí huyendo. Me fui del país un tiempo. Pero luego me di cuenta… Me di cuenta de que había dejado cabos sueltos. No me entiendan mal, no conducían a mí, pero sí a mis allegados. Intenté ponerles sobre aviso, pero para cuando llegué ya estaban muertos.

—¿Muertos?

—Ya les he dicho que hablamos de un hombre peligroso. ¿Es que no me escuchan? Cuando supe de la muerte de mis allegados, comprendí que en España no estaba a salvo. ¡Corro un gran peligro volviendo aquí!

—¿Volviendo aquí? —pregunté yo.

—Sí, bueno, a España digo. Acabo de volver de las Canarias, llegué hace… —forcejeó un rato con su reloj de bolsillo, maldiciendo por lo bajo hasta que por fin consiguió abrirlo— una hora y media, a las ocho, y he venido directamente a sus oficinas para hablar con ustedes, porque me he dado cuenta de que ya no puedo seguir huyendo. ¡Ese hombre tiene que acabar entre rejas!

—Verá, señor Martínez —explicó Jack—, si lo que usted dice es cierto, ese hombre acabará cayendo por su propio peso. Quiero decir, ha cometido varios asesinatos, ¿no?

Martínez sonrió como un diablo.

—No es tan sencillo. Ese viejo cuervo es muy listo. Sabe cómo volverlo todo a su favor, cómo controlar la opinión del público y ponerla de su parte. Siempre tiene un as en la manga, siempre sabe cómo quedar como el héroe de la película. Y nunca se le puede relacionar con nada, jamás se mancha las manos si puede evitarlo. Tiene toda una red de espías, informadores, asesinos y ladrones trabajando a sus órdenes, sin contar a sus lugartenientes. Lleva años acumulando riquezas y dedicándolas a sus fines. Si fuera fácil reunir pruebas que sirviesen de algo contra él, ya lo habría conseguido yo en estos años.

Jack abrió la boca para responderle algo, Pero en ese momento decidí adelantarme:

—Bien, caballero, su caso es francamente interesante, pero me temo que ahora mismo andamos algo hasta arriba de trabajo… Sin embargo habremos cerrado uno o dos casos para el fin de semana. Si fuera tan amable de volver para entonces…

Pude ver que, a mi lado, Jack se había quedado perplejo y con la palabra en la boca, pero aún así asentía con una sonrisa cordial. A nuestro visitante se le vino el mundo a los pies, al mismo tiempo que nos clavaba una mirada de absoluto estupor.

—Acabo de decirles que mi vida corre un grave peligro —murmuró.

—Lo sé, pero por desgracia nos pilla hasta arriba. Si fuera tan amable de volver el fin de semana…

Se levantó hecho una fiera, se volvió a poner el abrigo y se marchó dando un portazo en el despacho y otro aún más fuerte en la puerta principal. Inmediatamente, Jack se giró hacia mi.

—Bueno, qué, ¿me lo cuentas o me espero a tu informe?

—Miente. Está claro.

—¡Pero si ni siquiera nos ha contado quién le persigue!

—Porque no le he dado tiempo. No quería que nos utilizara y nos pusiera a investigar a quien no es.

—Entonces crees que lo de que le persiguen…

—Oh, no, eso lo ha dicho en serio. No sé si es verdad pero al menos él cree que sí.

—¿Entonces?

—Los guantes.

—¿Qué?

—No se ha quitado los guantes. El abrigo sí, tenía calor, pero no los guantes. Ni siquiera para abrir el reloj, que mira que le ha costado trabajo. Y yo pregunto: ¿por qué alguien que está acalorado no se quita unos guantes tan gruesos?

—¿Para no dejar huellas? —aventuró Boniatus.

—No tiene sentido, ya nos ha dicho quién es —apuntó Jack.

—A menos que eso sea mentira. Si no deja huellas no podemos verificar su identidad. Nos ha mentido, jefe, y antes de que nos metamos en este caso quiero estar seguro de cuánto de lo que nos ha contado es verdad y cuánto no.

Jack meditó sobre mis palabras. Tanto tiempo, quizás, que me empecé a temer lo peor.

—Me he colado, ¿verdad? Lo sabía. Lo siento, jefe, a veces me emociono, ya lo sabes, pero es que juraría que… Mierda, si corro mucho a lo mejor todavía le alcanzo…

—¿Para qué? Sabemos que volverá a venir el fin de semana.

—¿Qué?

Me sonrió.

—Uno no llega a jefe de departamento a base de no tener ni idea de lo que hace. Me fío de tu criterio como me fío del de Boniatus. ¿Crees que miente? El caso es tuyo. Tienes hasta el fin de semana.

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