Archivo de la categoría: allanamiento de morada

Caso nº 00031: LA CAJA DE PANDORA (CERRADO)

Admitámoslo, hay asesinos fáciles. Normalmente, cuando el crimen tiene un motivo, es fácil encontrar al culpable entre aquellos que conocían a la víctima. Una coartada que no encaja, una mentira que contrasta con los hechos, y la historia del asesino se derrumba.

Por desgracia no siempre es tan sencillo. A veces el asesino no tiene nada personal contra la víctima. A veces, lo único que se necesita para matar a alguien es cobrar por un trabajo bien hecho.

La víctima, Emilio Pelayo, aún estaba en su cama. Sería fácil tomarle por dormido, de no ser por el agujero de bala en la frente y la sangre que empapaba las sábanas.

—Esto es un trabajo profesional —apuntó Arjona levantando la sábana con una mano enguantada—. Un disparo en el pecho y otro en la frente. Una ejecución.
—¿Un sicario?
—Tiene toda la pinta.
—No lo entiendo.
—Sí, yo tampoco. Esto es… Yo creo que no sería capaz de matar a nadie por dinero, me cuesta entender que…
—No, si lo que digo es que no entiendo quién demonios contrataría a un asesino profesional para cargarse a un estudiante universitario.

Resultaba raro, admitámoslo. Cuando uno investiga un asesinato profesional, no espera que el escenario sea un piso cutre de estudiantes. Emilio era un estudiante de primer año de informática. Tenía diecinueve años, le faltaban dos meses para los veinte. Acababa de mudarse a la ciudad, justo a tiempo para empezar los estudios. No parecía el típico objetivo de un asesino a sueldo.

El crimen se cometió en mitad de la noche. Sus compañeros de piso estaban en casa, así que naturalmente se convirtieron en personas muy pero que muy interesantes para la policía. Pero hacía ya un rato que se habían aferrado a la historia de que ninguno de ellos vio ni oyó nada y de ahí no salían, así que decidí concentrarme en la escena. La víctima no vivía con excesivos lujos, ni siquiera llegué a ver un ordenador. Parecía totalmente dedicado a sus estudios. Aunque en una estantería se veían algunas fotos del difunto al volante de un lujoso deportivo, o vestido muy elegante y festejando con gente aparentemente rica.

—¿Opinión? —preguntó Arjona.
—Bueno —dijo Irene incorporándose—, tendré que hacer una autopsia completa, ya te lo imaginarás, pero yo fijaría la hora de la muerte entre las dos y las tres de la madrugada. Por el tamaño de la herida, yo descartaría los calibres más convencionales. Eso refuerza vuestra teoría del sicario, pero tendría que estudiar el cuerpo a fondo para poder asegurar nada.

Entonces tuve una idea.

—¿Cómo se llama el detective que está interrogando a los chavales? —pregunté.
—¿Qué? Ehm… Vidal, Pablo Vidal.
—Vale, gracias. ¡Vidal! ¿Puede venir un momento?

El detective Vidal, un hombre compacto (bajito pero fuerte), plegó su bloc de notas y se acercó a nosotros.

—Sí, dígame.
—¿Qué opina usted de este escenario del crimen?

Y Vidal me respondió. Pero no le presté ni la menor atención. Porque lo que realmente me interesaba era que los compañeros de piso de la víctima dejasen de tener a un policía al lado. Con la oreja puesta en su conversación más que en el detective que contestaba diligentemente a mis preguntas, escuché lo siguiente:

—¿Y ahora qué?
—Supongo que ya está. Nos hemos librado.
—¿Tú estás tonto? Viernes por la tarde, la Caja de Pandora, mañana, ¿recuerdas?
—Emilio iba de farol, seguro.
—Yo no me la quiero jugar. Si no era un farol, Emilio la ha palmado y nosotros estamos jodidos.
—Sí, sin duda muy interesante —interrumpí a Vidal, y me giré de pronto hacia los chavales—. ¡Buenas tardes! Jack Ryder, de la Sociedad del Misterio. ¿Me lo contáis o preferís que me lo invente?
—¿Qué? —balbució el primero, el de la camiseta desgastada de Mortadelo—. ¿De qué habla?
—¿Nadie?
—Oiga, ya le hemos dicho a ese detective que nosotros no vimos ni oímos nada —replicó el segundo, metiendo las manos en los bolsillos de su remendado pantalón vaquero.
—Que me lo invente yo, ¿no?

El tercero no dijo nada. Se limitó a bajar la vista hacia sus sucias y ajadas zapatillas deportivas.

—Muy bien. Voy a decir Pandora Tomorrow. Vuestro compañero os tenía amenazados. Y si él no hacía algo para evitarlo, mañana mismo lo que quiera que tenía contra vosotros saldrá a la luz. ¿Voy bien?
—¿Es un gamer? —exclamó uno de los chicos boquiabierto.
—Vale, hablaré —proclamó de pronto el que había estado en silencio hasta entonces.
—¡Isma! —protestó el otro.
—Tú mismo lo has dicho, acabará por salir a la luz. Y si nos callamos van a pensar que fuimos nosotros. ¿Ya qué más nos da?

- ? -

—La cosa es así —explicó Ismael Gómez (veintidós años, estudiante de medicina)—. Estamos aquí porque nuestros padres nos lo pagan. Piensan que nos dedicamos únicamente a estudiar, pero nadie puede pasarse la vida estudiando sin despejarse de vez en cuando. Así que salimos de fiesta, incluso una vez hicimos una fiesta aquí, pero ellos no lo saben.
—Hasta ahí no veo nada raro.
—Ya, pero Emilio nos sacó fotos.
—¿Y qué?
—Que el muy capullo nos amenazó con mandárselas a nuestros padres si no hacíamos lo que él quería —terció Guillermo Cebrián (veintiún años, estudiante de comunicación audiovisual).
—¿Y eso era…?
—Compartir piso con él —aportó Enrique Fuentes (veintitrés años, estudiante de biblioteconomía)—. Si no tenía compañeros, no podía permitirse el alquiler, así que nos tenía aquí contra nuestra voluntad.
—Pero sólo estabais de fiesta. Vuestros padres lo comprenderían.
—El muy cabrón pensaba decirles que nos habíamos ido de putas.
—¿Os habíais ido de putas?
—¡No! —respondieron los tres al unísono.
—Pero tonteamos con algunas chicas, y de eso son las fotos —explicó el primero—. Y aquí daba igual lo que nosotros supiéramos: si les decía a nuestros padres que las fotos eran de nosotros con putas, ya nos podíamos ir despidiendo de la carrera.
—Además se dedicó a sacar fotos en distintos momentos de la noche —puntualizó el segundo—. Como cada vez había gente nueva, pensaba decir que montamos más de una fiesta.
—Y tooodas con putas —redondeó el tercero.
—Entiendo. ¿Y la Caja de Pandora?
—No sabemos cómo pensaba hacerlo —explicó Cebrián—, pero nos dijo que, a menos que él lo evitara, nuestras fotos aparecerían publicadas en Internet el viernes a las seis de la tarde.
—Todas las semanas lo mismo. Yo creo que tenía un cómplice —añadió Gómez.
—Entiendo. Estabais todos aquí cuando ocurrió todo, ¿verdad?
—Sí, así es.
—¿Estabais dormidos ya?
—No, la verdad es que no.
—¿Y cómo lo hicisteis para no enteraros de que estaban asesinando a vuestro compañero?

Pausa. En sus ojos pude ver que ellos tampoco lo entendían.

—Bueno, yo estaba en mi cuarto —explicó Cebrián—. Y tenía los auriculares puestos.
—¿Y vosotros?
—Nosotros estábamos en el salón… —comenzó a decir Gómez, y entonces se le encendió la bombilla—. Anda, coño.
—¿Qué?
—Gears of War 2. Estábamos viciados al Gears of War 2, jugando online con otro pavo, y berreándole por el micro. Partida de despedida antes de irnos de puente.
—¿Nadie vio ni oyó nada?
—Mire, yo a las dos y media o así —comentó Cebrián —estuve en su cuarto. Antes de eso había estado viendo a estos dos jugar, y luego me retiré, pero me pasé por su cuarto primero a pedirle una cosa. Me lo encontré ya dormido… y me pareció que había alguien con él.
—¿Qué?
—No, pero resultó ser ropa. ¿No les ha pasado nunca? ¿Eh? ¿Qué ven un montón de ropa en la silla por la noche y se creen que es un asesino?

Tomé nota (de hecho apunté un “manda cojones”) y me aparté para hablar con Arjona.

—¿Cómo has sabido lo del chantaje? —me preguntó.
—Pandora Tomorrow es un videojuego. Si el terrorista al que tienes que atrapar no llama todos los días a un número y da una clave, se libera un virus mortal. La frase “La Caja de Pandora, mañana”, sumado a lo de que ahora que la víctima había muerto ellos estaban jodidos…
—O sea que estos tres tenían algo contra la víctima.
—Sin duda alguna.
—Bien. Podemos llevárnoslos para interrogarlos, vamos a pillar al cabrón que…
—No han sido ellos.
—¡Oh, venga, no me jodas! ¡A ti te gusta marearme!
—Vamos, Arjona, no eres tonto y lo sabes. Ellos sabían lo del blog, no les interesaba matarlo. Y aunque se les hubieran cruzado los cables… Mírales. Ropa vieja, videojuegos viejos. Están aquí con lo que les dan sus padres, y eso les da para vivir pero no para pagarse todos los caprichos que les gustaría, tanto menos para pagar a un profesional.
—Vale, ¿y entonces qué sugieres?
—Primero, averiguar cómo entró y salió de aquí un asesino sin ser visto. Y aparte de eso… mira sus fotos. Un cochazo, fiestas de lujo. No son las fotos de alguien que necesita ayuda para pagar el alquiler. ¿Qué nos hace pensar que sólo chantajeaba a estos tres?
—Si tu teoría del Pandora Tomorrow es correcta, dentro de veinticuatro horas debería salir la información de todas sus víctimas en Internet. Ahí sabremos si tienes razón, y si no pillamos al autor material, al menos sí que podríamos averiguar quién le pagó.
—Sí, es un sistema.
—¿Pero?
—Pero si hay más víctimas de chantaje y los descubrimos cuando sus secretos ya han sido expuestos, no estarán muy habladores… Si en veinticuatro horas no tenemos nada, trabajaremos así; pero si descubrimos antes cómo pensaba hacerlo el chantajista y lo impedimos, tendremos una nueva lista de sospechosos que de pronto nos deberán una.

Anuncios

227 comentarios

Archivado bajo allanamiento de morada, Amenaza, arma de fuego, asesinato, Asesinato profesional, Fotografía, robo, una caja de porno, venganza, verdad oculta

Caso nº 00020: EL RUFIÁN, LA FURCIA Y LA ESTANTERÍA (CERRADO)

Debo reconocer que en un principio no pensaba aceptar este caso. Cuando recibí la llamada de Arjona, estaba revisando por quinta vez que lo llevaba todo en la maleta y preparándome para un viaje de veinte días. Y el hecho de que mi viejo amigo se negase a proporcionarme datos, lejos de picar mi curiosidad (como habría hecho en cualquier otra situación), no estaba logrando otra cosa que irritarme. Sin embargo, siempre he sabido leer entre líneas, y cuando me dijo “Te juro que este caso está hecho para la Sociedad del Misterio” supe que algo de interés debía tener.
Aunque confieso que no me esperaba que tuviera tanto.

—Tenías razón —musité mientras contemplaba el rótulo del establecimiento—. Este caso nos estaba llamando a gritos.

Con una sonrisa de medio lado (de esas capaces de berrear “Te lo dije” desde la otra punta de la habitación sin despegar los labios), Arjona me dio una palmada en el hombro y me invitó a entrar en el sex-shop “La Caja del Porno”.

El lugar se encontraba patas arriba. El escaparate roto, la lencería por los suelos, consoladores y más consoladores de muy diversas formas, colores y (sobre todo) tamaños rodando por las baldosas. La alarma, según me comentó Arjona, había saltado a las tres de la madrugada con la rotura del cristal, pero cuando la policía llegó el asaltante (o los asaltantes) ya se habían dado a la fuga. No sin antes, eso sí, arramblar con todo el mobiliario.

—El dueño, Daniel Inclán —indicó señalando a un hombre de gesto compungido y agitado que hablaba con un par de agentes—. Le sacamos de la cama a las tres de la madrugada cuando saltó la alarma.
—¿Sospechosos?
—Yolanda Ferrán y Chema Pascual. Prostituta y su chulo, drogadictos los dos, de lo mejorcito del barrio. Al parecer ya habían robado alguna cosilla por aquí, y el dueño dice que se la tenían jurada porque él siempre les echaba. Las grabaciones de seguridad los muestran entrando en la tienda, pero sólo es unos segundos porque inmediatamente Pascual se carga la cámara. Ya les estamos buscando para interrogarlos.
—¿Ha notado si falta algo? ¿Dinero de la caja? ¿Género?
—Eso es lo más extraño. Hasta donde ha podido terminar del inventario, no falta nada. Pero claro, paró en cuanto abrió la puerta del almacén, como comprenderás…

Un agente uniformado nos franqueó el paso a la trastienda. La puerta no podía abrirse del todo, porque topaba con un par de voluminosas cajas al otro lado. Pero al cruzar el umbral, la estantería volcada quedaba directamente a la vista.

De debajo de ella, entre las cajas volcadas de pornografía y artículos eróticos, sobresalían una mano y parte de una cabeza.

—Israel Delgado, el socio del dueño —me informó Arjona—. Socio capitalista, por lo general no pisaba la tienda salvo para tratar alguna cuestión monetaria. Al parecer, y según Inclán, a Delgado no le hacía demasiada gracia este negocio… pero lo consideraba rentable, así que invertía en él.
—¿Asesinato? —pregunté.
—De momento lo trataremos como homicidio, pero aún no sé más. Hay señales de pelea, ¿ves?, así que es fácil deducir que había alguien más implicado y cabe suponer que la estantería cayó en el forcejeo. Pero de momento no lo hemos podido confirmar. Pudo haber sido un accidente aislado.
—Mmmhm. ¿Cómo crees que ocurrió?
—Supongo que Delgado vio el escaparate roto, entró para intentar detener al ladrón (o ladrones), pelearon y se cayó la estantería. O se la tiraron, aún no lo tengo claro.
—Debe haber sido un mal golpe —dije golpeándola con el nudillo—. La estantería es robusta, pero no sé yo si podría matar a un hombre. Aunque bueno, no soy forense. ¿Irene lleva el caso?
—No, ¿no te lo dijo? Se ha ido a pasar la Semana Santa con su madre. Está Fábrega sustituyéndola.
—Uff, Fábrega. Malo, esto va a frenar mucho la investigación. No me entiendas mal —agregué, viendo la expresión en el rostro de Arjona—, Fábrega es un gran experto forense y respeto, incluso admiro, su conocimiento y su sabiduría; pero no tiene pulso para hacer bien una autopsia y sus ojos ya no son lo que eran. Va a tardar en tener la autopsia completa, que lo sepas.
—Eso suena a interés, Jack —me dijo con una sonrisa—. ¿Cuento contigo en el caso?
—Lo siento, me encantaría, pero mi vuelo sale dentro de —consulté mi reloj— tres horas y media, y ya sabes que hay que facturar con tiempo. Tengo los billetes, tengo la reserva del hotel, tengo las entradas para el teatro, y lo más importante, tengo a mi señora esperándome al otro lado, así que me temo que esto es inapelable.
—¿¿¿Qué??? —exclamó Arjona—. Pero… pero… ¡Porno!
—Lo sé, viejo amigo, lo sé, y no creas que no me interesa este caso. Sata y yo intentaremos mantenernos en contacto, si podemos, para saber cómo evoluciona la investigación.
—¡Venga ya! ¡Un homicidio, una puta, cajas de porno por todas partes! ¡La víctima muerta por la estantería del porno! ¡No puedes decirme que te vas sin siquiera compartir una opinión conmigo!
—Arjona, amigo mío, claro que te voy a dar una opinión. Dices que fueron dos personas quienes entraron aquí, y las señales de pelea muestran que hubo, efectivamente, dos personas; si contamos entre esas dos a la víctima, nos sobra uno. Yo estudiaría bien esa versión de los hechos antes de darla por buena.
—No puedes irte, Jack, tío. ¡Esto es un trabajo para la Sociedad del Misterio!
—Exacto —repliqué sacando mi móvil—. Lo único que digo es que yo me tengo que ir. Pero Zalaya está de guardia, y ya que algún día le tiene que tocar dirigir su primera investigación… estoy seguro de que le encantará que sea esta.

52 comentarios

Archivado bajo allanamiento de morada, estantería, Homicidio, prostitución, proxenetismo, sex-shop, traumatismo craneal contundente, una caja de porno

Caso nº 00011: LA ESCENA SIN CRIMEN (CERRADO)

Estábamos Jack y yo revisando los antiguos casos en la sede de la sociedad, cuando por la tele dieron la noticia. Había explotado una casa abandonada. Se trataba de una casa en las afueras, cuyo propietario, Mariano Hormigo había muerto décadas atrás sin dejar descendencia. La explosión había tenido lugar la madrugada anterior y según parecía había sido debida a un fallo con el gas. En el interior habían encontrado un cadáver carbonizado y sin identificar. La policía creía que era de un vagabundo que había entrado en la casa para pasar la noche. En resumen, había sido un accidente y que el pobre diablo había tenido la mala suerte de estar en el sitio menos indicado en el momento más inoportuno. Jack saltó de su silla cuando empecé a gritarle a la tele…

Profesor… ¿Te ocurre algo?

¿Tú te crees esta mierda? ¡Esta claro que eso no es lo que ocurrió!

¿Y según tu que pasó?

Para empezar, el cadáver no es de un vagabundo… Tú has visto las mismas imágenes que yo… La casa estaba vacía excepto por el cuerpo y cuatro muebles. ¿Dónde has visto un vagabundo que no vaya con todas sus pertenencias encima?

Me temo que un tribunal no aceptaría eso como prueba…

Ya, pero ¿No te parece cuando menos curioso que haya una explosión de gas en una casa que lleva treinta años abandonada? Es decir… ¿Cuanto gas podría haber en esa casa?

Podía quedar algo en la instalación original.

Jack… No puedes creerte eso

Y no me lo creo. Lo único que te digo es que todo eso no es concluyente.

Si, pero analízalo desde fuera, Jack. Un cuerpo que no debería estar allí aparece carbonizado en una casa, que, mira que casualidad, acaba de explotar. Creo que hicieron explotar la casa para librarse del cuerpo.

La policía no ha encontrado ningún explosivo. Si lo hubieran encontrado, las noticias no dirían que fue un accidente.

Jack, sabes tan bien como yo que se puede preparar una instalación de gas para que explote, y mas si hablamos de una instalación antigua…

Profesor, no me entiendas mal, yo solo te digo que técnicamente tienes una escena sin crimen. ¿De verdad crees que puedes sacar algo de ahí?

Creo que solo hace falta buscar bien, si eso es lo que me preguntas.

Vale. Reúne un equipo y vete a tu escenario sin crimen.

Aquello me pilló a contrapié.

¿Lo dices en serio?

¡Claro! Creo que estas preparado para dirigir tus propios casos y esta es una buena oportunidad para empezar. Además, llevamos una temporadita sin novedades. No te lleves a todos los investigadores, por si entrase algún caso nuevo, pero no veo ningún impedimento para que investigues la explosión. Hablaré con la policía para que te permitan acceder al escenario.

Dándole las gracias a Jack, salí disparado revisando mi agenda. Había que reunir un equipo.

Mientras me dirigía hacia la casa fui rememorando lo que sabía de ella.

La familia Hormigo había vivido allí durante generaciones. La ciudad había ido creciendo hacia el norte y alejándose poco a poco de aquellas tierras, pero los Hormigo no quisieron dejar sus cultivos. Algunos se mudaron a la ciudad, pero conservaban la vieja finca como casa de veraneo. El último de los Hormigo, Mariano, vivió entre aquellas paredes hasta su muerte. No volvía a la ciudad si no era para vender lo que cosechaba o para comprar la bombona de butano de 12 kilos y medio que cargaba, según quienes lo recordaban, en su cochambrosa camioneta cada mes.

Los campos de cultivo ahora estaban secos. El sendero por el que la vieja camioneta de Hormigo viajaba a la ciudad permanecía escasamente cubierto de una vegetación aplastada. Según la policía, gracias a eso habían encontrado la forma de llegar hasta la hacienda, el lugar estaba en medio de ninguna parte. La casa, ahora medio derruida, conservaba el estilo rústico con el que había sido construida. La piedra no parecía de mala calidad, aunque la estructura se había debilitado con los años. La explosión solo había acelerado lo inevitable.

El inspector Cuervo me recibió al llegar, me acompañó a la entrada de la casa mientras esperaba que llegase el resto del equipo. “Aun podría haber algún nuevo derrumbe” me dijo, “Por si acaso no toquen nada que pudiera estar sosteniendo una pared” concluyó. Luego me dio una charla, insistiendo en que estábamos perdiendo el tiempo y que no había nada que averiguar.

¿Y si encontramos algo que demuestre que la explosión fue provocada? – Le dije

Si lo encuentran, que no lo van a encontrar, tendrán que demostrar también que el vagabundo no fue el que provocó la explosión.

En caso de que fuera un vagabundo.

Lo que usted diga, si consiguen demostrar algo de todo eso, nos plantearemos escuchar sus especulaciones. Hasta ese momento, esto es una investigación cerrada y lo único que me queda por hacer es recordarles que procuren no matarse en este desastre.

Cuervo se despidió y nos pusimos manos a la obra. Decidí empezar por donde se encontró el cuerpo. Las fotografías de la policía lo situaban boca abajo y medio enterrado por los cascotes. El punto donde fue hallado estaba a unos cuatro metros del origen de la explosión. El espacio entre ambos puntos estaba despejado, así que técnicamente el cuerpo podría haber sido catapultado hasta ese lugar por la explosión. Quizás Vortice y su afición por las explosiones podrían concretarme ese punto.

Aunque la casa llevaba décadas abandonada, aun quedaban algunos de los muebles originales. Especialmente los más aparatosos y difíciles de transportar. Durante años la casa había sido lentamente saqueada. Apenas quedaba una amplia vitrina medio hecha trizas, un piano que se caía de viejo y las encimeras chamuscadas y astilladas de la cocina. Aquellos muebles parecían no haber sido barnizados nunca y todos habían sufrido los estragos de la explosión.

La instalación del agua también parecía haber sido saqueada, el cobre de las tuberías era extremadamente tentador para los ladrones, aunque el retrete también había sido arrancado de cuajo de su sitio, por lo que parecía bastaba dejar una casa abandonada unos años para que cualquier cosa que no pese demasiado se convierta en un botín apetecible. De todas maneras el suministro de agua había sido cortado hace años.

Finalmente me concentré en la cocina, el punto de origen de la explosión. La bombona de seis kilos que había allí, estaba, tal como era de esperar, cubierta de hollín y con la espita reventada. Revisando la goma era difícil determinar si las quemaduras que tenía habían sido causadas por la explosión o ya estaban allí.

Cuando estábamos a punto de irnos, tropecé con algo. Era la cubierta roja de plástico de un mapa callejero. Estaba deformada por el calor, pero el plástico parecía haber sobrevivido a la quemadura, aunque su interior no había corrido la misma suerte. La edición era reciente, del año actual. Aquello demostraba que alguien había entrado recientemente en la casa antes de la explosión; pero ¿Se trataría del misterioso cadáver… o de alguien mas?

72 comentarios

Archivado bajo A. K., allanamiento de morada, explosión, forense, mapa, robo

Caso nº 00008: RÉQUIEM POR UN PAYASO (CERRADO)

Los que estéis más al tanto del panorama cultural ya habréis leído la noticia del fallecimiento del tenor Jorge Brezo, con tan solo 28 años. Era una joven promesa de la ópera, que había pasado de papeles de relleno al rol del barón Duophal en La Traviata y de ahí a Canio en I Pagliacci, su primer papel protagonista y sin duda el más dramático y sentido de todos. Su agente y sus compañeros de reparto se han mostrado desolados, como podréis leer en las siguientes declaraciones en prensa:

Juan Nicolaides (52 años, soltero, agente artístico del difunto): Se lo advertí. Le advertía que se implicaba demasiado con su personaje… Si eso no le mató, desde luego lo intentó. En las últimas semanas había llegado a tener hasta pesadillas. Aún no puedo creer que al final haya acabado así. Y en su mejor momento. La crítica aplaudió su Duophal, pero ¿su Canio? ¡Su Canio le iba a convertir en una leyenda! Conservaba todo el dramatismo, pero ¡qué amenazante! Hemos perdido a uno de los grandes, créanme.

Violeta Sanpedro (27 años, soltera, Nedda en I Pagliacci): No me lo creo. Sencillamente no me lo creo. No puede haber pasado. La noche anterior habíamos estado de cañas los tres, con Armi. Una noche de las buenas, de las que al final Armi y yo le tuvimos que llevar a su casa y todo. No me entiendan mal, Jorge apenas bebía salvo cuando teníamos algo que celebrar, y su Canio estaba cosechando tantos éxitos que esa noche salimos a festejarlo. Se le veía tan normal… No me puedo creer que haya pasado esto. No se lo merecía.

Armando Mazas (38 años, soltero, Beppe en I Pagliacci): Jorge era un genio. Era brillante, en serio. Con todos los años que llevaba yo ya en este mundillo, creo que no había visto a nadie tan joven llegar tan alto. ¡Canio antes de los treinta! El sueño de todo tenor. Sé que el espectáculo debe continuar… pero no va a ser nada fácil. Y por favor, dejen estar el tema de las drogas. Jorge no se drogaba, no tomaba nada que no le hubiera prescrito el médico, y esa noche me dijo que ni siquiera iba a necesitar su medicación. Un poco de respeto por un difunto, por el amor de Dios.

Falleció hace ya una semana en circunstancias aún por determinar: la autopsia ha encontrado somníferos en su cuerpo y en su dormitorio, pero las pruebas para determinar si se trataba o no de una sobredosis han resultado inconcluyentes. La prensa rosa y la amarilla, naturalmente, ya han apuntado a una no probada drogadicción, así como a un posible suicidio. Ya sabéis cómo son estos casos: la mayoría de las veces es imposible demostrar nada, pero a este tipo de revistas parece darle igual. Con todo, la versión oficial es que se trató de una muerte accidental.

Y ahí debió quedar la cosa. Pero cuando Virginia Brezo (30 años, casada, hermana del fallecido) quiso dar sepultura a su hermano, el padre Benito Piña (63 años, párroco, obviamente soltero) se negó en redondo, argumentando que “si Jorge resultaba haberse suicidado, habría cometido un pecado mortal y no podría ser enterrado en Suelo Sagrado”. Las súplicas de Virginia, feligresa de la parroquia del padre Piña desde pequeña al igual que su hermano, no sirvieron de nada.

Así que la señora Brezo solicitó nuevas pruebas. Según el forense que lleva el caso de Jorge Brezo, estas nuevas pruebas tardarán entre diez días y dos semanas, y aún no hay garantías de que vayan a dar mejores resultados. Pero ante la preocupación de la hermana, el forense habló del caso con una colega suya, nuestra buena amiga Irene Watson… y ella le habló de nosotros.

Reconozco que no acepté este caso con demasiada convicción. Conozco los detalles de la investigación. Es un callejón sin salida. Incluso si se confirmara la sobredosis, sería demasiado difícil determinar si fue accidental o voluntaria. Con todo, y como andábamos algo escasos de trabajo, decidí que bien podíamos echar un vistazo, sólo por si veíamos algo que a la policía se le hubiera escapado.

Esa misma noche, Boniatus y yo acudimos al apartamento del difunto. Un trabajo rápido: estudiar el lugar en el que se encontró el cuerpo, intentar aprender algo de cómo vivía Jorge Brezo, posibles motivos de suicidio, algún otro problema de salud que se les hubiera pasado por alto.

—¿Qué sabemos por ahora? —preguntó el Profesor.
—La mujer de la limpieza llamó un par de veces a la puerta antes de abrir con su llave, como hacía siempre. Encontró el cuerpo de Brezo tendido en la cama y se sorprendió, pero pensó que estaba durmiendo y le dejó a lo suyo mientras limpiaba el resto de la casa. Cuando intentó despertarle para limpiar el dormitorio, descubrió que ya era tarde. Tenemos fotografías de la escena, las traigo aquí, pero he preferido que lo veas in situ.
—¿Se ha interrogado a la mujer de la limpieza?
—Claro, pero ¿qué esperabas que descubrieran? No hay indicios de que sea algo más que un accidente o un suicidio.
—No sé, sólo pensaba que, si fuera un asesinato, sería muy conveniente para el asesino que alguien limpiara la casa antes de descubrir el cuerpo.
—Tienes mono de asesinatos, ¿eh? —comenté con media sonrisa.
—Bueno, es que el último caso fue un secuestro, y claro…
—¡Pero si tuvimos hasta caja de porno y todo!
—Eso sí te lo tengo que recono…

Rápidamente le hice una seña para que guardase silencio. No tardó en comprender lo que ocurría: al otro lado del rellano, la puerta del apartamento de Brezo estaba entreabierta.

Moviéndonos en silencio, con los cinco sentidos alerta, nos acercamos a la puerta del apartamento y nos pegamos a la pared. Desde el interior nos venía el ruido de cajones abriéndose y cerrándose, alguien revolviendo objetos. La leve luz de una linterna barría el apartamento. Oímos lo que nos pareció un suspiro de alivio. Al parecer no éramos los únicos que pensábamos que podíamos encontrar algo en ese lugar.

Desenfundé mi arma, hice una señal a Boniatus para que estuviera preparado y me dispuse a abrir cuidadosamente la puerta. Pero entonces se oyó el ruido de cristales rotos y unos pasos corriendo en dirección a la ventana. ¡Sabía que estábamos allí! Derribé la puerta de una patada e irrumpimos en el revuelto apartamento de lujo. Pero el intruso ya había salido por la ventana, el sonido de sus pisadas le situaba en la escalera de incendios.

—Quédate aquí —sugerí.
—Puedes necesitar ayuda…
—¡Quédate aquí y asegúrate de que no entre nadie más! —insistí—. Sea lo que sea que estuvieran buscando, no nos interesa que vuelvan a por ello.

Sin esperar respuesta, sabiendo que el tiempo apremiaba, salí a la escalera de incendios. Era rápido, había que concedérselo: para cuando puse el pie en el primer escalón, ya estaba en la calle. Corrí todo cuanto pude, le perseguí por entre el tráfico. Me llamó la atención que vestía ropa excesivamente colorida. También observé que corría agachado. Mi móvil vibraba en mi bolsillo, pero en ese momento tenía cosas más importantes que hacer.

Finalmente entró en un callejón. Pero cuando doblé la esquina, me encontré cara a cara con el cañón de una pistola. Sabía que no me daría tiempo a apuntarle con la mía antes de que disparase… Error de principiante. Al menos ahora estaba seguro: mi presa, la persona que me estaba apuntando a la cabeza, iba vestida de bufón y llevaba la cara pintada.

Retrocedió un par de pasos sin dejar de apuntarme. No dijo una palabra, pero yo ya creía estar bastante seguro de que no tenía intención de disparar si no era necesario. Decidí arriesgarme y levanté mi propia arma… el disparo del bufón me agujereó el sombrero. Cerré los ojos por impulso. Para cuando los volví a abrir, el bufón había desaparecido. Traté de dar con él, pero parecía haber desaparecido a la salida del callejón. Pregunté a los viandantes, rebusqué por los portales y finalmente di con una tapa de alcantarilla abierta. Pero el rastro ya se había enfriado. Había perdido al tirador.

Con un gruñido de frustración, me saqué el móvil del bolsillo y descolgué.

Jack, soy Irene— saludó la voz de nuestra buena amiga al otro lado de la línea—. Tengo novedades del laboratorio forense. Una dosis monstruosamente elevada de secobarbital.
—¿Secobarbital? ¿Barbitúricos?
Sí, ya sabes que se utilizan para el tratamiento del insomnio, y se sabía que el tenor lo padecía. También ha sido la causa de la muerte de más de una celebridad, como Marilyn Monroe o Charles Boyer. Una forma muy glamourosa de morir, si me perdonas el comentario. Siento haberte metido en esto, Jack, me temo que al final va a ser un suicidio.
—Ya, pues ¿sabes qué? Yo lo dudo bastante.

237 comentarios

Archivado bajo allanamiento de morada, arma de fuego, asesinato, autopsia, ópera, barbitúricos, botella rota, comida en mal estado, disfraz, envenenamiento