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Caso nº 00034 – PESADILLA DESPUÉS DE NAVIDAD (CERRADO)

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Uno de los trucos más habituales para un detective consiste en buscar incoherencias visibles. Ya sabéis, cosas que están donde no deberían o viceversa. Fijarse en estos pequeños detalles agiliza bastante el trabajo de investigación, así que es de lo primero en que un detective suele entrenarse.

Nuestro próximo caso comienza precisamente con una incoherencia visible. Algo fuera de lugar y a plena vista. Se trata de una de las aventuras más insólitas en las que la Sociedad del Misterio ha tenido el privilegio de participar.

- ? -

—Mes y medio—protestó Arjona entrando en mi despacho—. Los vecinos tardaron mes y medio más de la cuenta en fijarse en esto.

—No sé lo que habrá ocurrido esta vez —respondí a modo de saludo—, pero me arriesgaré a decir que podrías montar un departamento de crímenes raros en comisaría.

—Llevo tiempo pensándolo, creo que lo llamaré “Crímenes que Parecen Coña” —replicó mientras tomaba asiento—. Vale, esta foto se tomó hace una semana en la urbanización Las Lagunas.

Sacó una foto de una carpeta y la dejó sobre mi escritorio. Parecía el típico Papá Noel de adorno que la gente cuelga de sus balcones como si estuviera escalando para entrar por la ventana, aunque quizás un poco demasiado grande.

—Hace una semana… Pero eso significa que esto llevaba estando ahí colgado todo Enero y la mitad de Febrero.

—Exacto. Pues no se dieron cuenta de que eso no debería estar ahí.

—A ver, Arjona, tú y yo estamos entrenados para ver estas cosas, ellos son vecinos de una urbanización…

—La señora Mari Ángeles —sentenció tajantemente.

—Cierto.

Como esta referencia puede ser bastante oscura, interrumpo un momento el informe para hacer una aclaración. La señora Mari Ángeles es la vecina de Arjona, una mujer mayor de unos ochenta años con artritis reumática y un leve principio de demencia senil, que ha hecho del cotilleo un arte. Si en el bloque de Arjona se fuese a cometer un delito, la señora Mari Ángeles ya se habría fijado en todas las pistas dos semanas antes de que se empezase a planear y le habría pasado a Arjona una lista de todos los vecinos sospechosos, indicando específicamente cuáles son los que “siempre saludaban”. Un ejemplo perfecto de que hay pocas fuentes de información más valiosas que los cotillas.

—Vale, centrémonos. ¿Estaba ahí desde Navidades?

—Sí.

—Entonces los vecinos pensaron que al inquilino de esa casa debía haberle pasado algo e indagaron, ¿no?

—Y tenían razón —replicó soltando sobe mi mesa una segunda fotografía.
El mismo Papá Noel. Lo habían bajado al suelo cortando la cuerda. La cara estaba deshidratada, descompuesta y, al parecer, mordida por algún tipo de pequeño animal, pero era definitivamente humana.

—Óscar Herrero —dijo—. Cuarenta y un años. Broker. Heredó esta casa cuando sus padres murieron en un accidente de coche, la comparte con su hermano gemelo. Todas las personas con las que hemos hablado coinciden en que Herrero era un mal bicho: agresivo, maleducado, borde, putero, tirano…

—Lo tenía todo, desde luego. ¿Causa de la muerte?

—Estrangulado.

—¿Fecha de la muerte?

—Irene aún no está segura. Había una plaga de ratas en el vecindario, estuvieron fumigando y desratizando, por eso los vecinos estaban fuera, y las ratas han hecho un pequeño estropicio con el cuerpo… Pero fue en algún momento de la última semana de 2012, probablemente entre el veintiséis y el veintinueve.

—Durante Navidades, qué propio.

—El vecino que lo encontró, Manuel Portillo, llamó corriendo a la policía en cuanto se dio cuenta de que esto no era un simple adorno navideño. Naturalmente ha puesto a parir a Herrero, como todos, pero le preocupaba más que sus hijos no se enterasen de lo que había pasado… Padre soltero con la custodia, no quiere joderla, ya me entiendes.

—Ya veo. ¿Algún sospechoso?

—Uno, y con casi todas las papeletas.

—¿Oh?

—Emmeran Studza. Rumano, cincuenta años, proxeneta. Llevábamos años detrás de él por su red de trata de blancas. Sabemos que Óscar Herrero desfiguró a una de sus chicas, y que Studza le había amenazado varias veces. Se le ha visto por el vecindario poco antes del asesinato. Oportunidad y motivo, y al parecer la cuerda se sacó de la casa de la víctima así que también tenía el medio.

—Suena prometedor. ¿Cuándo crees que podréis detenerle?

—Ese es el problema… Ya está detenido.

Fue a estas alturas cuando Arjona consiguió captar mi atención.

—Explícate.

—Lo arrestaron por un altercado el veintisiete de Diciembre. Lleva desde entonces en los calabozos, en detención preventiva mientras intentamos cogerlo por todo lo demás. Pero claro… No sabemos cuándo, exactamente, murió Óscar Herrero. Lo que significa que, a menos que hayamos atrapado a un asesino por un golpe de suerte, le hemos dado una coartada perfecta.

—¿Y el propio Studza qué dice?

—Nada.

—¿Nada?

—Ni confirma ni desmiente. No parece tener ningún interés en negar el crimen, se diría que le gusta que pensemos que ha sido él, pero no piensa admitirlo.

—Vale, podemos hacerlo, no te preocupes. Necesitaré todo lo que tengáis sobre la víctima para Nicolás, y posiblemente Parmacenda tenga que hablar con ese hermano con el que comparte casa y con el vecino que encontró el cuerpo. Celdelnord querrá echarle un vistazo, como poco, a la cuerda y el disfraz de Papá Noel, y claro, a lo que encuentre el Profesor en la casa cuando la visite…

—Espera, espera, ¿con el hermano y con el vecino sólo? ¿No vais a hablar con Studza?

—Llegaríamos de nuevas después de una semana de interrogatorios por vuestra parte, no, nos torearía como le diera la gana. Studza es vuestro, deja que nosotros sigamos los demás cabos.

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Caso nº 00002: EL ASESINATO DEL DOCTOR WATSON (CERRADO)

Ante todo quiero daros a todos las gracias por venir, especialmente habiendo sido avisados con tan poca antelación. Pero supongo que comprenderéis que la situación es lo bastante seria como para requerir vuestra presencia.

Creo que convendría que os pusiera en antecedentes. La Sociedad del Misterio acaba de empezar a actuar, como ya sabéis, pero gran parte del equipo (yo mismo incluido) ya hemos trabajado antes como investigadores en distintas áreas. Por eso decidimos crear esta sociedad, para ayudar a esclarecer todos los misterios que la policía no consigue resolver por sí misma, o incluso para asesorar a particulares como detectives privados.

Me siento muy orgulloso de mi equipo de investigadores. Pero para mí, estaría incompleto sin la participación de uno de mis más viejos amigos: el doctor en medicina forense Juan “Watson” Garzón.

Watson, como le llamábamos cariñosamente, fue quien me introdujo en el mundo de la investigación criminal. El forense más despierto que jamás he visto. Fue su insistencia la que impidió que la policía cerrase algunos casos antes de tiempo. Un forofo de la literatura detectivesca, cuando trabajábamos juntos teníamos la costumbre de desafiarnos con frases memorables de Sherlock Holmes, a ver si éramos capaces de adivinar a qué caso pertenecían. Para mí fue mucho más que un maestro.

Cuando decidimos crear la Sociedad del Misterio, naturalmente Watson fue uno de los primeros a los que llamé. Imaginad mi sorpresa cuando me dijo que se había retirado. Fue una pena porque por ahora dependemos del departamento forense de la policía, pero a nivel personal me supuso una terrible decepción.

A pesar de ello no volví a pensar en esta historia. Hasta que, durante la investigación del caso de la Mano del Muerto, recibí una llamada de su hijo. Jaime Garzón, cuarenta y cinco años, pintor. Me informaba de que se acercaba el cumpleaños del viejo Watson, y que la familia quería darle una fiesta sorpresa. Tenían muchas ganas de que yo pudiese unirme a ellos. Le dije que tendría que darme unos días, hasta que cerrásemos el caso actual, y que aún así no podría garantizarle nada porque no sabía si surgiría algún nuevo caso.

Volví a llamarle tan pronto como cerramos nuestro primer caso. Le noté algo preocupado. Finalmente logré que me contase lo que pasaba.

-Es ese maldito caso, Jack –me dijo-. El caso que no fue capaz de cerrar. Sabes que fue por eso por lo que se retiró, ¿no?
-No quise preguntar –respondí-, pero ya me calculaba que había tenido que hacer falta algo realmente frustrante para que alguien como tu padre se retirase del juego.
-El problema es que no le bastó con retirarse. Cada día ha estado algo más huraño, algo más obsesionado. Y como sigue sin conseguir avanzar, cada día que pasa se deprime más. Está fatal, Jack. Por eso queremos montarle algo para su cumpleaños, y por eso sería genial que pudieras venir.

¿Cómo podía negarme? Dejé bien claro que el trabajo podía reclamarme a última hora y que no sabía si podría ir con seguridad, pero me comprometí a asistir a la fiesta si no surgía ninguna complicación. Me moría de ganas de ver a mi viejo amigo, y quién sabe… pensé que quizás, si le ayudaba (o le ayudábamos) a cerrar su caso, tal vez recuperase los ánimos y se uniera al equipo.

El sábado 22 de Septiembre llegué a la casa de mi viejo amigo y maestro. Lo primero que hice fue soltar un silbido de admiración.

Watson siempre había sido muy ahorrador. Y según parece, la jubilación le permitió invertir el dinero en lo que siempre había querido: una pequeña mansión en la montaña, aislada del ruido de la ciudad, donde poder retirarse a pensar… o pasar el tiempo con sus familiares y amigos sin miedo a molestar a los vecinos.

La ex-mujer de mi amigo fue quien me recibió a la entrada. María Morales, sesenta y tres años, maestra de primaria. Siempre me costó trabajo creerme la historia del divorcio de María y Watson. Según ellos contaban, llegó un momento en el que María comprendió que seguía queriendo a su marido, pero que no podía soportar el trabajo que él desempeñaba. Sea como sea, jamás he conocido pareja de divorciados mejor avenida. Se siguieron viendo con frecuencia, salían juntos a cenar, y aún acudían juntos a todos los eventos sociales. Uno no sabía si habían olvidado que hubieran estado casados y sólo recordaban que eran buenos amigos de toda la vida, o si lo que habían olvidado era que ya no estaban casados.

No me sorprendió demasiado descubrir que el ayudante del doctor Watson, Samuel Viñas, ahora compartía techo con él como su mayordomo. Samuel (treinta y nueve) había sido un delincuente juvenil al que se le fue un robo de las manos. La investigación de Watson ayudó a la policía a dar con la pista del joven homicida involuntario, pero mi viejo colega fue capaz de ver que el muchacho había cometido un error que le perseguiría durante años, quizás durante toda su vida. No vio en sus ojos a un asesino. Así que, tan pronto como Viñas salió en libertad, recibió una inesperada oferta de trabajo de Watson. Pese a que como ayudante era pésimo, Watson nunca desistió y lo cuidó como a un hijo, empeñado como estaba en enderezarlo. Verle de frac, con pulcros guantes blancos y un delantal a rayas, me convenció de que al final mi amigo había conseguido su objetivo.

Jaime me saludó efusivamente cuando lo encontré en el salón. Pude ver un destello de esperanza en sus ojos.

-¡El viejo Jack! Me alegra que hayas podido venir, amigo.
-Yo también. ¿No está tu padre por aquí?
-No, y gracias a Dios. ¿Qué clase de fiesta sorpresa podríamos organizarle con él en casa?
-La misma que le estáis organizando sin él, Jaime –respondí con media sonrisa-. Parece que no conozcas a tu padre; está clarísimo que ya ha tenido que encontrar como mínimo media docena de pistas de lo que estáis planeando.
-Eso esperamos –terció María-. Nos hemos esforzado mucho en dejarle pistas falsas.

Me reí de buena gana. Desde luego no creía que ese truco pudiera engañar al viejo Watson, pero en el fondo sabía que yo habría intentado lo mismo.

El resto de los invitados llegaron durante la siguiente hora. Se trataba de Irene Garzón, la hija de mi amigo (cuarenta y tres años, forense como su padre); Pablo Morales, sobrino y ahijado de Watson (treinta y siete años, cocinero); e Isabel Alterio, novia de Jaime desde hacía un par de meses (treinta y dos años, cantante en un piano-bar).

Mi curiosidad se impuso a mi corrección, así que lo primero que hice cuando conocí a esta última fue preguntar por la diferencia de edad entre Isabel y Jaime. Eso sí, al menos tuve la delicadeza de esperar a que saliera de la habitación y preguntar a María.

-Bueno, entendemos que no es como si se hubiera liado con una adolescente –respondió-, pero no sé, creo que a Juan no le gusta. No quiere hablar del tema, así que no te puedo dar más datos.
-¿Cuándo le han gustado a Papá alguno de nuestros novios, mamá? –intervino Irene con la suficiente discreción como para que la conversación siguiese quedando entre nosotros.
-¡No seas así! Ramón le caía bien.
-Todo un éxito, me ligo a un imbécil y a papá le cae bien –replicó ella con una sonrisa.

Aunque sabíamos que nuestro homenajeado tardaría aún en llegar, habíamos optado por celebrar la fiesta en el estudio, una habitación sin ventanas para evitar que Watson viese la luz encendida al llegar. Habíamos asignado a Samuel la tarea de avisarnos por radio tan pronto como viese el coche acercarse a la casa, para tener tiempo de ocultarnos. Hasta entonces, decidimos ponernos cómodos.

Me acerqué a Pablo, junto al mueble-bar que mi amigo tenía en su estudio. Me llamó la atención que el mueble bar tuviese una cerradura de combinación, pero Watson siempre había sido bastante excéntrico para algunas cosas. A Pablo se le veía levemente incómodo. Procuré que mi pregunta al respecto sonase más a preocupado interés que a interrogatorio.

-No es nada, señor Ryder –me dijo-. En serio, no es nada.
-¿Está seguro?
-Bueno, sí, es algo, pero no quiero hablar del tema.
-Lo comprendo, disculpe si le he ofendido…
-No se preocupe, entiendo que es usted curioso por naturaleza. Usted es detective privado, ¿no?
-Algo así.
-Hagamos una cosa. Intente deducir qué es lo que me preocupa. Si lo acierta, estoy dispuesto a contarle todos los detalles.
-No lo veo apropiado…
-Venga, hombre, seguro que se le ocurre algo.
-A ver, claro que se me ocurre algo, pero sigo pensando que no soy quién para decirle que esa mala racha financiera ya pasará, y que entiendo su frustración pero que a veces los artistas como su primo pasan por buenas etapas, lo que no significa que eso vaya a durar para siempre. Así que podría decirle que no se sienta inferior, que usted tiene un trabajo mucho más estable que Jaime y que, por lo tanto, su situación económica se normalizará pronto. Pero como ya le digo, no creo que yo sea quién para ahondar en esos temas.

Y me alejé con una sonrisa, dejando a un perplejo Pablo a mis espaldas. Quizás, pensé en ese momento, si en algún momento decidiera dejar de considerar el trabajo de investigación como un espectáculo de circo, podría llegar a explicarle que no sólo resultaba evidente cómo miraba su traje y el de su primo (de una excelente calidad) alternativamente y con una mirada de frustración, sino que su tía María ya me había hablado del pequeño escollo financiero en el que estaba. Pero por el momento, con eso tendría bastante información.

En ese momento recibimos el aviso por radio. Nuestro invitado de honor estaba llegando a la casa. A una orden de María, todos corrimos a buscar un escondite apropiado. Ella permaneció junto a la puerta para apagar las luces, ya que conocía la casa mejor que nadie y podía encontrar un buen escondite a oscuras. Corrí a ocultarme tras el sofá que estaba en el centro de la habitación. Jaime escogió un aparador, al lado de la misma puerta, como parapeto. Irene se escondió tras el sillón, junto al sofá. Pablo era un hombre de baja estatura, así que la planta de interior al otro lado de la puerta era un escondite bastante aceptable si íbamos a estar a oscuras. Isabel se deslizó hábilmente debajo del escritorio, al fondo de la habitación; buen escondite, pensé, ya que éste tenía un tablero de madera en la parte frontal.

María apagó las luces. De oídas, pude saber que caminaba en dirección el escritorio; pero dado que ella ya sabía que ese escondite estaba ocupado, sólo puedo suponer que planeaba ocultarse tras la librería de al lado.

Aguardamos unos minutos en el más absoluto silencio, hasta que finalmente oímos los pasos del doctor Watson aproximarse a la puerta. A partir de ahí, sólo debíamos esperar a que él encendiera las luces para salir de nuestros escondites gritando “¡Sorpresa!”. No podía adivinar lo que ocurrió a continuación.

La puerta se abrió. Desde mi escondite apenas podía distinguir la silueta de mi viejo amigo recortándose sobre las luces del pasillo. Entró y cerró la puerta tras de sí. Después de eso pudimos oírle trastabillar una vez, tantear la pared varias veces, emitir un extraño suspiro, volver a tantear la pared (esta vez con más fuerza) y, finalmente, desplomarse. Sentí a María pasar a mi lado como una exhalación, corriendo hacia el interruptor de la luz.

Cuando las luces se encendieron, todos salimos de nuestros escondites. El doctor Juan “Watson” Garzón yacía moribundo en la misma puerta de su estudio, con una daga clavada en su espalda. María gritó horrorizada y se desmayó junto a él.

Nadie sabía qué decir ni qué hacer. Yo mismo me encontré superado por el shock. Tardé un par de segundos en reaccionar.

-Atiéndela a ella –dije a Jaime.
-¡Pero…!
-¡Atiéndela a ella!

Sin quitar ojo de encima a su padre, Jaime corrió a reanimar a su madre. Yo traté de procesar mentalmente la escena. Todos habíamos salido de nuestros correspondientes escondites; quienquiera que fuese, tuvo tiempo de volver a su sitio. Pero no debió tener demasiado tiempo para llegar hasta la puerta y cometer la agresión desde que Watson entró.

-Jack… -gimió de pronto mi amigo.

Corrí hacia el cuerpo agonizante del doctor Watson y lo sostuve entre mis brazos. Error, como comprendí más tarde, porque ahora mis huellas estaban en el cuerpo.

-Dime, Watson.
-“Debería… haber entrado… en el bar más cercano” –recitó con voz temblorosa-. “Ese es… el centro… de todos los cotilleos…”

Quise decirle que ahorrase fuerzas. Quise decirle que intentase darnos alguna pista sobre su agresor. Pero instintivamente acabé por seguirle el juego, aquel viejo juego de las frases memorables que hacía años que no retomábamos. Y quizás fue porque él había escogido, probablemente a sabiendas, una de mis frases favoritas.

-“La Aventura de la Ciclista Solitaria” –le dije.
-No- respondió con una última sonrisa y un gesto que bien pudo ser un guiño.

Y fue en ese momento, mientras mi viejo amigo y mentor moría en mis brazos, mientras Isabel se apresuraba a buscar un teléfono para llamar a la policía y a una ambulancia que llegaría demasiado tarde, cuando comprendí la horrible verdad. No fue hasta entonces, cuando mi cerebro volvió a entrar en modo investigador, que me di cuenta del auténtico problema de este caso.

Los seis invitados éramos sospechosos; todos estábamos en la escena del crimen cuando se cometió el asesinato. Y ninguno de los seis teníamos coartada: en el momento del crimen, ninguno podía ver lo que hacían los demás, y por tanto ninguno de nosotros teníamos testigos.

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