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Apéndice al caso nº 00031: EL AGENTE SMITH

No resultaba raro encontrarse la oficina en un estado extraño durante una fiesta post-caso. Una bañera con globos atados en medio del pasillo (lo de los globos es nuevo), un pie descalzo sobresaliendo de un cajón… Diablos, incluso una palmera que, aún no sé cómo, había llegado hasta aquí. ¿Y eso de allí era un pingüino? Por no mencionar la total ausencia de investigadores y los gritos de “matad a la bestia” que tronaban calle arriba y calle abajo, aderezados con algún “¡hidalgo!” que otro.

Al principio me sorprendía… Ahora ya me había acostumbrado.

Meneando la cabeza con media sonrisa, saqué de mi bolsillo la llave de mi despacho y me dispuse a entrar para terminar con el papeleo del ascenso de Nicolás. Pero para mi sorpresa, la puerta del despacho estaba abierta.

Junto a los archivadores de mi despacho había un hombre. Alto, atlético, traje verde oscuro y gafas de sol. Por lo demás, un aspecto terriblemente anodino. El tipo de persona a la que no reconocería si volviera a ver (por lo cual memoricé bien sus facciones).

—¿Quién es usted? —pregunté.

—¿Dónde están los archivos de su último caso, señor Ryder? —preguntó en un español un poco raro, enmascarando su acento de forma que me fuese difícil saber de dónde era.

—Su pregunta no es pertinente, yo he preguntado primero y además estamos en mi despacho —respondí sin inmutarme y tomando asiento—, así que insisto: ¿quién es usted?

—Enseguida hablaremos de la pertinencia de mi pregunta —replicó poniéndose en pie y sacando una placa de su bolsillo—. Agente Smith, Servicio Secreto de los Estados Unidos de América.

—Smith —repetí con una incrédula ceja arqueada.

—He venido a que me entregue usted toda la información que tengan sobre la señorita Sarah Innsbrook.

—¿Por qué?

—Eso es clasificado, señor Ryder.

—La información que nosotros obtenemos también. No nos dedicamos a hacer públicos los secretos de las personas que conocemos en nuestras investigaciones.

—La señorita Sarah Innsbrook es ciudadana americana, señor Ryder. Esto se sale de su jurisdicción.

—Algunos de mis agentes también son ciudadanos americanos —repliqué, preguntándome si captaría la idea de que América es un continente y no un país.

—Trate de no extralimitarse, señor Ryder. Me proporcionará inmediatamente las fotografías y documentos relacionados con la señorita Sarah Insbrook, y toda esta discusión podrá quedar terminada sin más problemas.

—Vale, está bien, mire, reconozco que me he puesto un poco a la defensiva al descubrir que alguien ha irrumpido ilegalmente en mi despacho (ya que hablamos de jurisdicciones, querría recordarle que esta oficina está fuera de la suya). Pero lo cierto es que no tenemos nada sobre dicha señorita.

—Ambos sabemos que eso no es cierto.

—No, no lo sabemos. Tenemos su nombre, sí, en una carpeta vacía. Sabemos que esa carpeta pertenecía a un chantajista actualmente fallecido. Si quiere que saquemos conclusiones, y aquí al menos condenamos las teorías sin pruebas, tendríamos que decir que la señorita Sarah Innsbrook podría haber estado en el punto de mira de dicho chantajista, pero qué pudiera tener él contra ella es algo que no conocemos. Y dado que el contenido de la carpeta fue borrado y que el chantajista está muerto, creo que nunca lo sabremos. Así que puede estar tranquilo: si existía algún tipo de información sensible sobre esa señorita, ahora ya no existe.

—Aún así quiero acceso a sus archivos. Su palabra no es suficiente, señor Ryder.

—Tendrá que serlo, dado que no trae nada para obligarme a entregar documentación confidencial. Usted pretende que vulnere el derecho a la intimidad de las personas con las que hemos trabajado, ofende nuestro honor y nuestra palabra, y todo eso tras haber entrado en esta oficina de forma ilegal; aún así, estoy siendo educado y respondiendo a sus preguntas.

—Este es mi último intento de ser razonable con usted, señor Ryder. Usted es un civil. Mi autoridad es superior a la suya. Puedo llevarme todo lo que tengan sobre Sarah Innsbrook por las malas, pero estoy tratando de que hagamos esto por las buenas. Entrégueme todo lo que tienen sobre Sarah Innsbrook.

—Ya lo he hecho. No tenemos nada.

—Muy bien. Sea por las malas entonces —sentenció llevándose la mano al bolsillo del móvil..

—Me parece justo —respondí con calma, y acto seguido marqué un número en el teléfono de mi mesa y me llevé el auricular a la oreja.

—¿Qué hace?

—Chst, que no oigo… Sí, hola, soy yo. Verás, tengo aquí a un agente Smith, del Servicio Secreto de los Estados Unidos, que dice que va a llevarse documentación de mi oficina… sí, espera, te lo paso —cubrí el auricular con la mano y se lo tendí al agente Smith—. Para usted.

—¿Quién es?

—Es para usted. Le estoy dando algo, no se queje.

Smith tomó el auricular y respondió. Su expresión fue cambiando gradualmente de la superioridad a la ira, de la ira a la frustración y de la frustración a la indignación. Finalmente me devolvió el teléfono.

—Bien jugado, señor Ryder.

—Supongo que mi palabra tendrá que bastar, ¿no?

—Supongo que su palabra tendrá que bastar.

Entonces apoyó ambas manos en mi escritorio y se adelantó hacia mí con una mirada amenazadora.

—Por ahora —añadió.

Sin mediar palabra se fue por donde había venido. Intrigados por lo ocurrido, los Jefes de Departamento fueron entrando y preguntando qué había pasado. Les expliqué quién era nuestro alegre visitante y qué quería.

—¿Y cómo has conseguido que se vaya? —preguntó Boniatus

—Bueno… él mismo me ha dicho que su autoridad está por encima de la mía.

—¿Y?

—Eso me dio la idea. Tengo un amigo en el Centro Nacional de Inteligencia. Si el Servicio Secreto entra en mi despacho pidiendo información, lo considero un asunto lo suficientemente delicado como para tratarlo con el CNI. Supongo que le habrá dicho que se está excediendo en sus funciones y que no puede exigir esta documentación.

—Pero si es que no tenemos nada —señaló Zalaya.

—Se lo he dicho. Pero no le ha interesado mucho. Os digo más: si no llegamos a encontrar la Caja de Pandora, ni siquiera sabríamos que Sarah Innsbrook existe.

—¿Y ahora qué? —quiso saber Celdelnord.

—Pues una de dos —respondí pensativo, mesándome la perilla—: o el agente Smith vuelve con una orden, exigiendo pleno acceso a nuestros archivos para acabar descubriendo que le hemos dicho la verdad; o bien sencillamente tendremos a un agente del Servicio Secreto de los Estados Unidos muy cabreado con nosotros.

—Jack —opinó Nicolás—, estamos de acuerdo en que ese tío no tenía derecho a exigirnos nada y que debemos respetar la confidencialidad, pero… vistos esos posibles resultados, ¿no habría sido más fácil enseñarle lo que teníamos para que viera que no tenemos nada?

—¿Os permito yo a vosotros hacer acusaciones en falso durante los casos? —pregunté, y los Jefes de Departamento negaron al unísono—. Pues entonces ya sabéis por qué he hecho lo que he hecho. Nadie acusa falsamente a la Sociedad del Misterio de mentir.

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Apéndice: ¡VAMOS A VER AL MAGO!

Saludos, equipo.

Os comento que hemos tenido problemas para conseguir entradas para el mago. El espectáculo de magia del Gran Lipari está causando sensación, y el desafío de adivinar cómo hace su número de escapismo atrae a las masas como un imán. Además, Lipari se apuesta dinero a que nadie logrará resolver el truco, y por lo visto cada semana sube la cuantía del premio… como entenderéis, es un éxito de taquilla.

Imaginad mi sorpresa cuando descubrí que uno de los que llevan semanas comprando sus entradas antes que nosotros es el inspector Víctor Arjona. Se ve que el pobre está empeñado en resolver el truco, pero por más que lo intenta se encuentra siempre con que las pruebas contradicen sus teorías. Las cuales, naturalmente, se niega a compartir.

Esta vez ha decidido que quiere ponernos a prueba. Dice que, si él no lo ha sacado todavía, duda que podamos nosotros, así que ha movido algunos hilos. ¡Y tenemos entradas para la semana que viene!

Las dos primeras filas son nuestras. Os quiero muy atentos, tomando notas a cada pequeño detalle, diseccionando el número de escapismo del Gran Lipari paso por paso. Como le ganemos la apuesta a Lipari, ¡nos vamos todos a cenar para celebrarlo y con lo que sobre nos montamos una oficina más grande!

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Apéndice al caso nº 00014: REVERENCIA Y SALUDO

Llegué con determinación a nuestras oficinas, dispuesto a preparar la sorpresa del miércoles. Seguía siendo nuestro aniversario, seguíamos habiendo resuelto el caso, no debía haber lugar para el derrotismo en la Sociedad del Misterio. Mis hombres y mujeres necesitaban, y se merecían, mantener sus mentes ocupadas y sus espíritus arriba. Necesitaban nuevos desafíos.

Abrí el cajón de mi escritorio, en el que guardaba los documentos que necesitaría para el miércoles. Y el corazón me dio un vuelco.

—¡Jnum! —llamé.

Mientras nuestro jefe de departamento corría hacia mi despacho con una bolsa de pruebas y unos guantes (ya había aprendido a reconocer ese tono en mi voz), me pregunté cómo había podido llegar eso ahí. Mi cajón estaba cerrado con llave… quise pensar que podían haberlo deslizado por la rendija, y hasta que no tuviera pruebas de que alguien hubiera duplicado mi llave, esa sería la hipótesis de trabajo (por ser la explicación más sencilla).

—¿Qué tenemos? —preguntó Jnum.
—Otra nota —dije—. Parece impresa con tóner, no creo que podamos rastrearla pero busca lo que puedas.
—¿Aviso al resto de la Sociedad?
—Saca una fotocopia, cuélgala en el corcho y procesa y guarda el original. Y luego quiero que le eches un vistazo a esta cerradura.

Sabía de sobra que no encontraríamos nada. Nuestro ya clásico remitente se aseguraba siempre de ello. Pero no por ello iba a dejar de intentarlo.

Jnum procesó la nota con toda la minuciosidad de que era capaz. El papel era corriente, se podía comprar en cualquier sitio; no había huellas dactilares ni ADN por ninguna parte. En cuanto a la cerradura, no parecía haber sido manipulada ni presentaba residuos anómalos.

Así que colgamos la fotocopia en el tablero. Esa es la nota que ahora podéis leer:

Mis muy admirados detectives:

No está mal, aunque esperaba más agilidad por vuestra parte. De todas maneras, la verdad está a vuestro alcance, o lo estará. Por ahora nos despedimos, pero nos veremos en breve: os estoy observando.

Terrible lo de esa joven. Y muy triste.

Un saludo, pero de esgrima.

A.K.

P.D: Por cierto, a la cafetera hay que cambiarle el filtro.

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Apéndice: ANIVERSARIOS

Sobre la mesa, un café con leche condensada y un té con cacao, coco y vainilla. En el equipo de música, Frank Sinatra canta lastimeramente “One for my baby”. Frente a mí, una vieja amiga reconvertida en compañera de batallas. Junto a las bebidas, los teléfonos móviles de los dos preparados para avisarnos de cualquier emergencia.

Irene “Watson” Garzón, nuestro contacto en el laboratorio forense, dio un sorbo de su café y se recostó en su sillón.

—¡Bueno! —me dijo—. Tú me has convocado. ¿Es por el aniversario de la Sociedad del Misterio? Tengo entendido que está a la vuelta de la esquina.
—El diecisiete, sí. Pero me temo que te he llamado por otro aniversario.

Una sombra de tristeza apareció momentáneamente en sus ojos.

—Ah —musitó—. Ya. Ese otro aniversario.
—¿Cómo lo llevas?
—Me mantengo ocupada. Pero de vez en cuando me encuentro con una víctima apuñalada por la espalda y…

La voz le temblaba levemente. La taza de café en su mano permanecía inmóvil.

—Lo siento. Si prefieres dejar el tema…
—El tema no me va a dejar a mí, Jack, no te preocupes por eso. ¿De qué querías hablarme?
—Bueno, tú estuviste en la lectura del testamento de tu padre, igual que yo. Sabes lo que ocurrirá el veinticuatro.
—Ah, sí. Su pequeño legado para la Sociedad del Misterio. ¿Lo tienes preparado ya?
—He estado preparándolo desde que supe que él lo quería. Me sorprendió, la verdad. No creí que nos tuviera tan en cuenta como para nombrarnos en su última voluntad. Quiero decir, investigamos su asesinato, pero eso es algo que él no podía saber.
—Con mi padre implicado, intenta adivinar cuánto podía saber y cuánto no —respondió medio en broma con una sonrisa—. Cuando llamaste a papá para comentarle tu proyecto, te dijo que no porque estaba demasiado ocupado con sus propias indagaciones, ya lo sabes. Pero la idea le encantó. Le pareció muy interesante, y siempre decía que, si conseguía quitarse de encima ese caso, le gustaría hacer algo por la Sociedad del Misterio.
—Bueno, en cierto modo ya nos ha dejado algo de lo mejor que nos podía dejar, teniendo en cuenta lo que no pudo dejarnos… —tanteé, tratando de halagarla con demasiadas palabras.
—Gracias —respondió ella, que había comprendido lo que quería decir antes de que lo embrollase más de la cuenta—. Pero como ves, todavía podía dejaros algo más.

Brindamos por el viejo Watson, en paz descanse, y seguimos bebiendo. Mi té seguía demasiado caliente para mi gusto. Irene pidió otra taza de café.

—¿Y para el otro aniversario? —preguntó—. ¿Has pensado ya qué vas a hacer?
—Hm, todavía no. Había pensado en una recopilación de nuestros mejores momentos, pero ya se hizo algo parecido después del robo al museo.
—Ah, sí, el caso del tomo transformado… Pero no sé, quizás una relación de las mejores preguntas o respuestas de tus investigadores… Rasudoque tiene algunas muy buenas.
—Sí, y el tándem que formaban Zemo y su madre también… A esos dos sí que se les echa de menos.
—Esa señora era un encanto. Podrías hacer algo de eso.
—Quizás. Me da miedo que sea poca cosa. Trece casos resueltos, dos de ellos simultáneos… Se merecen algo a lo grande.
—¿Sabes? El otro día en la tele salía un mago, no me acuerdo de cómo se llamaba, que tenía un truco que hasta ahora nadie ha podido desvelar. Llegó directamente a desafiar al público a descubrir cómo lo hacía. Podrías llevarte a la Sociedad del Misterio a su espectáculo. Sería una forma original de poner en práctica vuestro talento para la deducción.

Otro sorbo de mi té. Ahora que ya no me quemaba la lengua, podía dedicarme a detectar los matices del sabor. ¿Dónde está la gracia de una mezcla como esa si no?

—¿Pues sabes? No es una mala idea. Lo único que pasa es que eso es algo que se puede hacer en cualquier otro momento, pero si no se me ocurre nada mejor ni más exclusivo, la verdad es que la idea es buena.
—¿Ves? Si es que hace falta una mujer para tener buenas ideas…

Nos acabamos la bebida y dedicamos el resto de la tarde a hablar de cualquier otra cosa. Aparcamos trabajo y recuerdos dolorosos por unas horas. Después de eso, nos despedimos y ella volvió a su casa. Siempre es grato dedicar un poco de tiempo a cultivar una buena amistad, pero después de eso, la vuelta al trabajo es inevitable. Y en un mes con tantos aniversarios… la Sociedad del Misterio tiene que prepararse para volver al trabajo.

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Apéndice a los casos nº 00011 y nº 00012: LA PREGUNTA EN EL AIRE

El cursor parpadeaba en la pantalla de mi ordenador. Había reunido toda la información que teníamos sobre nuestros últimos dos casos. Pero seguía siendo insuficiente. No teníamos nada sobre A. K. Ni su edad, ni su sexo, ni su aspecto físico, ni tan siquiera su nombre completo. No sabíamos si trabajaba solo o con alguien. No sabíamos de dónde era. No sabíamos nada, salvo que por alguna extraña razón nos había escogido como compañeros de juegos.

Me sacaba de quicio. Nunca habíamos encontrado a nadie que cubriera tan bien sus huellas. Claro que, técnicamente, a éste tampoco lo habíamos encontrado aún.

—Jack —saludó Boniatus entrando en mi despacho.
—Profesor… ¿tienes buenas noticias?
—En parte. Verás, en la escena había huellas de pisadas, me llevará algún tiempo cribar las nuestras y las de la policía, pero quizás así podamos llegar a descubrir la estatura, puede que el sexo, de…
—… de quienquiera que llevase allí a David Jiménez personalmente —interrumpí—. No me mires así, profesor, sólo expongo la realidad. No sabemos quién hizo el trabajo. No sabemos si A. K. fue sólo el organizador.
—Sabemos un par de cosas, Jack. ¿Recuerdas al doctor Noriega?
—El que le hizo la autopsia a la madre, sí.
—Pues en la cripta encontramos instrumental quirúrgico. Se ha determinado no sólo que la sangre encontrada en él es de David Jiménez y su madre… sino que las huellas dactilares encontradas en el estuche y en los mangos son de Noriega.
—Lo que explica por qué cogió las vacaciones tan convenientemente.
—Hay más. Una de las herramientas, perdona pero no me acuerdo del nombre, fue la que se utilizó para cauterizar la mano cortada. Pero adivina qué más.
—¿La letra J?
—Exacto. Irene lo ha confirmado. Se grabó a fuego con la misma herramienta.
—¿Dirías que la amputación se produjo en esa misma cripta?
—No, me temo que esa escena aún está por encontrar.
—Entiendo. Lo que me estás diciendo entonces es que Marcos Noriega está implicado en los crímenes de A. K. Que podría ser él, pero que no tenemos pruebas.
—Podría ser él, en efecto. He hecho algunas averiguaciones más.
—Cuenta.
—El doctor Noriega estuvo de vacaciones en fin de año. Hasta ahí todo normal, sólo que su secretaria no sabe dónde fue. De momento, la gente con la que he hablado tampoco lo sabe.
—Lo que quiere decir…
—… que no tiene coartada para el asesinato de Arturo Quintanilla. La primera vez que nos enfrentamos a A. K.
—Sigue sin ser concluyente, pero es un paso. Investigaré si existía alguna relación entre los Jiménez, Arturo Quintanilla y Jorge Brezo. Tiene que haber un motivo detrás de estos crímenes.

Boniatus asintió y se dio la vuelta. La puerta de mi despacho se cerró a sus espaldas.

Inmediatamente me levanté y le seguí.

—¡Profesor! —le llamé.

Algunos investigadores de la Sociedad del Misterio, que estaban presentes, se volvieron para mirarle a él. Boniatus se giró y se encaró conmigo.

—Buen trabajo. Y no sólo con esto. Buen trabajo coordinando tu primera investigación.
—Fue fácil —respondió Boniatus con una amplia sonrisa—. He tenido un buen equipo.

Volví a mi despacho, dejando a Boniatus sumergido en aplausos. Se había ganado ese pequeño triunfo; pero yo aún tenía que terminar el trabajo, si es que alguna vez era capaz de terminarlo. La nueva información que el Profesor había recopilado sería útil, sin duda, pero aún no nos llevaba a nada concluyente, y lo sabía. La añadí al informe, pero no podía dejar de pensar que algo se nos escapaba.

En fin. Abrí otro documento y lo mandé a la cola de impresión. Rápidamente, la lista final de condecorados en el caso doble de la Escena sin Crimen y el Crimen sin Escena apareció por la bandeja de la impresora. La recogí y volví a salir de mi despacho, en dirección a la hilera de tableros de corcho del centro de las oficinas, como de costumbre, y lo clavé en el mismo centro, a la vista de todo el mundo.

Pero no volví inmediatamente a mi despacho. Paralela a la hilera de tableros de corcho hay una segunda hilera de pizarras blancas. Cogí un rotulador, lo agité para estar seguro de que escribiría, y dejé una pregunta para mi equipo de investigadores:

¿POR QUÉ LO HA HECHO?

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Apéndice al caso nº 00008: La carta

La celebración de nuestro último caso resuelto había hecho estragos en más de un miembro de la Sociedad del Misterio. Dos días después, prácticamente nadie se había presentado aún por las oficinas, parecía existir una situación tensa entre Scherezade y Vórtice Marxista, y mi calcetín derecho había desaparecido en circunstancias aún sin determinar. Pero habíamos resuelto un asesinato disfrazado de suicidio. Nos habíamos ganado esa celebración.

Quizás por eso me sorprendió, al llegar de nuevo a mi escritorio, encontrar un sobre firmado por Irene. Lo abrí con curiosidad. En el interior había un documento fotocopiado y unas palabras del puño y letra de nuestra aliada en el laboratorio forense: “La policía ha encontrado esto entre las pruebas del caso Brezo. Estás autorizado a disponer de una copia. Creo que os interesa”.

Desdoblé la fotocopia. Se trataba de un documento mecanografiado, máquina de escribir si la fotocopia no me engañaba. Parecía ser una carta de un admirador… bueno, Armando Mazas ya había mencionado una carta como esa. No parecía haber nada fuera de lo normal.

Hasta que llegué a la firma.

Dejo aquí en el tablón la carta para vuestro estudio. Supuestamente había dos cartas, veré si puedo conseguir una copia de la segunda. Creo que la encontraréis, como mínimo, interesante:

Estimado Armando:

Me avergüenza reconocer, a mis años, que me siento tan emocionado como un adolescente mientras escribo esta carta. Soy un gran admirador de su trabajo. He seguido su carrera desde sus inicios, desde que irrumpió en el panorama artístico como la nueva promesa del género lírico con su interpretación de Ruiz en Il Trovatore. ¡Qué voz! ¡Qué talento para la interpretación! Muy pocas veces un artista ha logrado hacerme olvidar que aquello que estaba contemplando no era sino ficción, pero juro que ese es el efecto que sus interpretaciones ejercen en mí.

Sinceramente, me alegró verle recibir cada vez papeles más importantes. Una señal, pensé, de que los directores habían sabido reconocer el talento que tenían entre su elenco. Grande fue mi desilusión cuando supe que iba usted a intervenir en I Pagliacci… pero en el papel de Beppe. Perplejo al oír que no interpretaría usted la inmortal aria de “Vesti la Giubba”, me apresuré a averiguar quién desempeñaría el rol de Canio… y grande fue mi desilusión al saber que se lo habían concedido a un jovenzuelo inexperto como Jorge Brezo.

No me entienda mal, por favor. Jorge Brezo tiene una muy buena voz. Pero ¿dónde está la experiencia? ¿Dónde el sufrimiento sobre las tablas? ¿Dónde la madurez necesaria para interpretar a un personaje tan profundo como Canio? No, mi admirado Armando. Una cara joven, nueva y bonita, probablemente atraiga las miradas del público inculto; pero para vestir los ropajes de Pagliaccio, para hacer llorar al público con el rol del payaso triste, sería mucho más necesario un actor más curtido. Creo firmemente que ha sido un serio error de reparto, y puedo asegurarle que no soy el único que lo piensa.

Pero no es ese el motivo de mi misiva, lamento haber ahondado en el tema pero necesitaba expresar mi opinión. Esta carta, Armando, tiene una finalidad bien distinta. Me considero un artista, por pretencioso que pueda parecer. Escribo, principalmente, aunque también hago mis pinitos en la composición. Lo cierto es que llevo algunos años dándole vueltas a una idea para una obra, y sé que esto puede parecerle estúpido pero me gustaría que la interpretara usted. A día de hoy, le considero prácticamente el único tenor adecuado para el rol protagonista… El libreto aún está en su primera etapa, pero para que se haga una idea, el argumento versaría sobre lo siguiente: un hombre atormentado por su deseo de un mayor éxito decide eliminar al único obstáculo en su carrera, pero lo hace de tal manera que las culpas caen sobre la propia víctima. Mi idea es que no se descubra lo que hace el protagonista hasta el final del tercer acto, que el elenco llore por el compañero caído y hasta el final no se sepa que todo fue orquestado por el protagonista desde el principio. Si se hace bien, seríamos capaces de engañar al público durante toda la obra… ¿y no radica ahí la magia del teatro y de la ópera? ¿En conmover y sorprender al espectador?

Sé que puede parecerle una tontería, una chiquillada impropia de un adulto. Pero si estuviera interesado en saber más de esta obra, le agradecería se pusiera en contacto conmigo. Lamentablemente viajo mucho por motivos de trabajo, así que la dirección del remite no es precisamente definitiva; pero alguien podría hacerme llegar su respuesta, si usted tuviera a bien escribir.

Sin más, se despide su más ferviente admirador:

A. K.

Ahí lo tenéis. La carta está escrita a máquina, al igual que la que encontramos en el caso del Faisán de Oro. Todavía no entiendo qué interés podría tener él (pues ya parece confirmado que es un hombre) en la muerte de Jorge Brezo, pero si este documento es auténtico… nuestro viejo amigo A. K. ha vuelto.

Esto no cambia nada. Armando Mazas fue el autor material del crimen, y aunque la idea le fue sugerida, él tomó la decisión de aplicarla al crimen. Pero si A. K. fue el incitador… ¿qué ganaba con ello?

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