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ESPECIAL HALLOWEEN – Caso nº 00032: LA MALDICIÓN DE LA BRUJA (CERRADO)

La Maldición de la Bruja - Especial Halloween

La lluvia golpeaba ferozmente los cristales de las ventanas de la Sociedad del Misterio. El viento azotaba los árboles más altos de la calle, cuyas ramas parecían querer entrar y ponerse a cubierto. Un relámpago esporádico proyectó la silueta de la huella dactilar que nos anunciaba en la ventana sobre mi escritorio, e hizo que nuestro visitante ahogase un grito sobresaltado.

El botón del hervidor de agua de mi despacho recuperó su posición inicial. Introduje una bolsita de té de vainilla en una taza y la regué con agua hirviendo. Clientes tan aterrados como el que teníamos ante nosotros eran, quizás, el único tipo de personas a las que no recomendaría jamás el café del Profesor Boniatus.

—Bien, señor Pedraza —comencé—, recibimos su correo. Pero nos gustaría que nos volviera a explicar su historia en persona.

—¿Por qué? —preguntó nuestro aterrado visitante.

Pensé detenidamente en mis próximas palabras.

—La impresión personal del implicado siempre nos cuenta una parte de la historia —respondí.

Me sentí fatal por mentir a Severiano Pedraza (cincuenta y dos años, conservador del Museo Sonia Smith), pero sabía que “porque no nos creemos una palabra de lo que nos ha dicho” no era lo mejor que podía responder.

—Está bien —respondió tratando de serenarse—. Está bien. Pero lo que voy a contarles debe quedar entre nosotros. ¿Me entienden? No debe ser hecho público.

—No podemos comprometernos a nada hasta conocer el caso.

Aquello no le hizo gracia, pero sabía que no le quedaba alternativa. No si quería nuestra ayuda. Suspiró.

—Como saben, soy el conservador del Museo Sonia Smith. Con suerte no lo seré por mucho más tiempo… El caso es que a nuestro museo ha llegado un artefacto, un… un ídolo pagano del siglo XVIII. No sé si han leído algo en la prensa…

—El Ídolo Perdido de Niggurash —apuntó Nicolás—. Una reliquia de los Autos de Fe Inquisitoriales. Pero hasta donde he leído, aún no se ha confirmado su autenticidad.

—Yo creo que es auténtico, señores. Aún no han terminado con todas las pruebas, y sinceramente, es posible que nunca se terminen. Porque el ídolo de… El ídolo pagano está… ¡Está maldito!

Se hizo un silencio tenso en mi despacho. Seis personas, y nadie decía nada. Tan sólo el rítmico golpeteo de la lluvia sobre la ventana se empeñaba en romper ese silencio. Quizás un trueno habría ayudado un poco, pero ni eso.

—Mire… —dije para romper el hielo—, no es que no le creamos, ¿de acuerdo? Pero somos detectives, no espiritistas.

—Aunque a veces el nombre de la agencia llame a engaños —apuntó Zalaya, recordando el caso anterior.

—Trabajamos con hechos. Y en todos mis años de experiencia, aún no he encontrado ninguna maldición que se pueda demostrar. Entiendo que existen leyendas sobre ese ídolo, pero…

—¡Usted no lo entiende! —bramó Pedraza—. ¡Ya han muerto dos personas!

El retumbar del trueno que siguió a esas palabras sirvió como grave acompañamiento para nuestro repentino aumento de interés.

—Continúe.

Pedraza tragó saliva.

—Dos meses después de recibir el ídolo y formarse un grupo de estudio a su alrededor, recién instalado en su pedestal de la sala de conservación, supimos que un estudiante de Civilizaciones y Cultura Proto-céltica, Mariano Ugarte, se había colado en el laboratorio para estudiarlo en profundidad fuera de su turno. Después de aquello le sobrevino una fiebre feroz y empezó a sufrir alucinaciones. Dos días más tarde había muerto.

—¿Qué dijeron los médicos? —preguntó Celdelnord.

—Fallo respiratorio. Padecía una afección respiratoria desde hacía años.

—Entonces puede tratarse de una casualidad…

—Eso quise pensar yo… hasta que encontramos el segundo cadáver.

»Roberto Cantó de Entrambosmares. Ya habíamos tenido más de un encontronazo con él. Era un enfermo mental peligroso, había intentado colarse en nuestro museo más de una vez para  intentar destruir antiguas reliquias de valor incalculable sólo porque, según él, estaban malditas. Suponemos que eso fue lo que pasó esta vez. No tengo ni idea de cuándo se nos coló, pero cuando le encontramos, llevaba cerca de una semana muerto. Se había escondido en el almacén, no habíamos necesitado entrar hasta hace dos días, así que nadie lo había visto. Fue… Dios, no puedo ni explicarlo. Juzguen ustedes mismos.

Arrojó sobre mi mesa una fotografía sin siquiera atreverse a mirarla. En ella, el cadáver de un hombre de mediana edad yaciendo en un charco de excrementos. La cabeza abierta por brutales golpes, al parecer contra la pared. Las cuencas de los ojos vaciadas. Sangre en sus manos.

—¿Cree que se lo hizo él mismo?

—Encontramos un diario. Registró sus últimos momentos. Lo hizo él mismo.

—Señor Pedraza, investigaremos si es lo que desea; pero tiene usted dos cadáveres entre manos… La policía debe ser informada de esto.

—No lo entienden. Acudo a ustedes porque el alcalde me ha pedido que esta investigación se lleve a cabo por cauces paralelos a la policía. No quiere que tengamos aquí un escándalo.

—Zalaya, llama al alcalde y compruébalo —dije, y me volví de nuevo hacia nuestro visitante mientras el Jefe de Departamento de Declaraciones y Testimonios salía del despacho—. ¿Por qué el alcalde querría echar tierra sobre dos muertes?

—Bueno… Su Señoría ha contribuido muchas veces con el museo. Esta historia podría salpicarle. Además, quiere asegurarse de que no exista fraude alguno en toda esta historia.

—¿Fraude?

—Recuerdo haber leído algo —señaló Boniatus—. Este no es el primer ídolo de Niggurash que recibe el museo, ¿verdad?

—Así es, y ahora se ha revelado que el primero era falso. Si este segundo también lo fuera, imaginen las repercusiones.

—Dos personas han muerto. ¿En serio le preocupan las repercusiones?

Pedraza no supo qué contestar. Por suerte, Zalaya le evitó tener que responder al entrar de nuevo en mi despacho con el auricular en la mano. El alcalde quería hablar conmigo personalmente.

- ? -

Una hora más tarde, mis Jefes de Departamento y yo nos encontrábamos en el interior de la sala de conservación del Museo Sonia Smith. El señor Pedraza nos esperaba en la puerta… no se atrevía a entrar en la misma sala que el ídolo.

Ante nuestros ojos, sobre un pedestal negro laboriosamente ornamentado con una intrincada cenefa de relieves y hendiduras, descansaba el Ídolo Perdido de Niggurash. Se trataba de una estatuilla de unos treinta centímetros de alto tallada en piedra, que representaba a un hombre acuclillado que se abrazaba las piernas terminadas en pezuñas hendidas. La cabeza de la estatua parecía la de una cabra, con la salvedad de que tenía tres cuernos en lugar de dos. La enroscada cornamenta casi parecía una corona oscura y desvencijada. Bajo la pronunciada frente de la imagen, dos rubíes que hacían las veces de ojos brillaban al reflejo de las luces de la sala.

—Me lo imaginaba más grande —observó Boniatus.

—Habría dado más miedo, sí —respondí—. Celdelnord, procede.

La Jefa de Departamento de Pruebas Físicas se caló dos guantes de látex, abrió su maletín en la mesa más cercana y levantó con sumo cuidado el ídolo. Por un momento, cruzamos los dedos.

—Tiene un peso inusual para su tamaño —opinó Celdelnord.

—¿Alguien ha oído algo? —inquirió Nicolás.

—Ahí arriba hay un ambientador —observó Boniatus—. De los que rocían cada cierto tiempo.

—Te diría que empezaras a procesar esta escena, Profesor, pero creo que con todos aquí no vamos a hacer más que estorbarte.

—No pasa nada, puedo ir a ver dónde se encontró el segundo cadáver, si el señor Pedraza me acompaña…

—Hazlo. Te avisaremos si encontramos algo aquí.

Boniatus salió de la habitación y pidió a un reticente Severiano Pedraza que le guiase hasta el almacén. Celdelnord depositó cuidadosamente el ídolo sobre la mesa y comenzó a examinarlo.

—¿Tienes algo?

—Como he dicho, no pesa lo que debería.

—¿Pesa de más?

—Un poquito de menos, diría yo.

—Mierda, se me olvidaba… Zalaya, ve a buscar al Profesor y al señor Pedraza. Pídele a Pedraza una lista de los demás miembros del grupo de estudio, vas a tener que hablar con ellos.

—Hecho —respondió Zalaya, y corrió hacia fuera.

—¡Ajá! —exclamó Celdelnord, y se escuchó un ligero chasquido.

Me giré hacia el ídolo, para descubrir con asombro que sus piernas flexionadas ocultaban un compartimento secreto. El ídolo estaba hueco, y en su interior…

—¿Qué es eso? —pregunté.

—Ahora mismo nada —respondió Celdelnord con resignación—. Fue un mecanismo de alguna clase, eso está claro, pero está roto. Tendría que estudiarlo más detenidamente…

—A ver lo que puedes hacer. Nicolás, ¿tienes algo sobre mecanismos ocultos en estatuillas en el Siglo XVIII?

—Bueno, jefe, acabo de empezar, no se puede decir que tenga una base de datos monumental ahora mismo…

—Tienes razón. Busca a ver si encuentras algo, por favor. Y sobre el propio Niggurash, ya que estamos.

—Voy a ello —replicó el Jefe de Departamento de Documentación y Conexiones antes de salir.

Volví a girarme hacia el ídolo de Niggurash. Encontré a Celdelnord empapando un bastoncillo de algodón en un líquido y frotándolo con el interior del mecanismo, para luego proceder a rasparlo.

—¿Algo?

—Quizás, no prometo nada. Tengo que analizarlo.

—Adelante.

—Aquí no, Jack. Esto requiere un laboratorio en condiciones, no un maletín.

—Muy bien, termina con el ídolo y ve a tu laboratorio a seguir allí.

Quince minutos después Celdelnord estaba cerrando su maletín y saliendo por la puerta. Me disponía a seguirla, cuando Boniatus y Pedraza reaparecieron.

—Voy a tener que volver allí más tarde, Jack —dijo el Profesor—. Cuando venga a procesar esta sala me pasaré de nuevo por el almacén.

—¿Quiere explicarme por qué me ha pedido su ayudante una lista de los miembros del grupo de estudio del ídolo? —preguntó Pedraza visiblemente molesto.

Dediqué al conservador una sonrisa amable y franca. Aún hablábamos cada uno desde un lado de la puerta, y sabía que mientras no le diese una respuesta él no me iba a dejar salir.

—Jefe de Departamento —le corregí—. Y respondiendo a su pregunta… Nuestro trabajo es encontrar al culpable, señor Pedraza. Para eso tenemos que hablar con la gente…

—¿Es una broma? ¡Ya sabemos lo que está pasando! ¡El ídolo lleva maldito desde hace trescientos años!

—No lo pongo en duda, señor Pedraza. Pero las maldiciones no se echan solas. Tanto si se trata de una maldición como si no, lo que está claro es que alguien lo está orquestando todo. ¿Quiere que no muera nadie más? Entonces tenemos que descubrir quién está detrás de todo esto.

Aparté educadamente al conservador de mi camino y salí de la sala de conservación. El caso era interesante, sin lugar a dudas; pero tratar con una mente tan cerrada como la de Pedraza me estaba dando dolor de cabeza.

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Caso nº 00021: EL TESORO DEL EXILIADO (CERRADO)

Gervasio Peláez no podía tener menos de noventa años, y parecía estar más cerca del siglo. Sus ojos enmarcados en arrugas no eran capaces de ver más allá de su nariz, la cual goteaba constantemente. Su cuerpo, menguado con los años, no dejaba de temblar como una hoja. Le llevó casi dos minutos llegar desde la entrada de mi despacho hasta el asiento que se le ofrecía. Cuando finalmente consiguió sentarse, se quitó el raído sombrero con el que se tocaba y lo depositó sobre sus rodillas, descubriendo un rostro tostado por el sol pero marcado por cicatrices de toda una vida.

El tipo de persona, pensé, que aún enviaría cartas manuscritas a día de hoy. Y el tipo de persona que pediría ayuda para escribir una carta.

—En su carta decía que quería contratar nuestros servicios —dije para iniciar la conversación.
—Ustedes son detectives, ¿no es así? —titubeó con voz vacilante, pero con una firme determinación en sus ojos casi ciegos.
—Así es. Hemos resuelto ya un par de docenas de casos, asesinatos principalmente pero también robos y secuestros, e incluso un caso de amenazas…
—Necesito que me ayuden a buscar un tesoro.

Pausa dramática.

—Un tesoro —repetí.
—Me ha entendido mal. No estoy loco, joven. No es que tenga un mapa del tesoro perdido del pirata Barbanegra, si es lo que cree.
—No tengo datos suficientes aún para creer nada, señor Peláez. ¿Quiere contarme su historia?

Al saber que aún no estaba siendo juzgado, suavizó el gesto y comenzó.

—Mi padre, que Dios lo tenga en su gloria, era constructor. Estaba bastante bien situado, tenía algunos cuantos contratos para gente de confianza del mismísimo Alfonso XIII, por lo que nunca nos faltó de nada mientras él vivía. Pero cuando empezó todo lo del Expediente Picasso, se empezó a obsesionar con atesorar todo lo que teníamos. Así que escondió la fortuna familiar en algún lugar de nuestra casa, pero nunca nos dijo ni a mi madre ni a mí dónde la guardó. Recuerdo que siempre la llamaba “El salvavidas”.

»Murió durante el golpe de estado de Primo de Rivera, por lo que mi madre y yo quedamos solos, arruinados y frustrados. Sabíamos que teníamos bastante dinero, pero no teníamos ni idea de dónde estaba. Madre murió poco después, por enfermedad, teniendo yo trece años. Así que me quedé completamente solo…
—Disculpe la interrupción —intervine—… ¿cómo pudo esconderlo todo en algún lugar de la casa familiar sin que ni usted ni su madre vieran nada?
—Madre y yo solíamos ir a visitar a mi abuela, en paz descanse. Padre solía quedarse en casa. Supongo que lo haría en una de esas escapadas.

»De cualquier manera, de algo tenía que vivir. Así que tuve que dejar la casa y empecé a trabajar como mozo de cuadras. Pero al estallar la Guerra Civil, se supo que mi amo había colaborado con los comunistas y tuvimos que irnos todos al exilio, primero a Francia y de ahí a México. Ahí es donde he pasado los siguientes sesenta y siete años de mi vida.

»¡Y no es que me queje! Allí pude desarrollar mis actividades artísticas. Me he estado ganando bien la vida en Latinoamérica, hasta que me empezó a fallar la vista. Me retiré, olvidado ya el tesoro de mi padre y decidido a vivir mis últimos años de vida con tranquilidad y tirando de lo que había podido ganar como pintor.

»Entonces fue cuando encontré esto —dijo, sacando lentamente un sobre del bolsillo interior de su chaqueta—. Estaba entre las viejas pertenencias de mi padre, lo que me pude llevar conmigo. Es una especie de acertijo… no sabía lo que podía ser hasta que leí la última palabra.
—“Salvavidas” —leí—. Instrucciones dejadas por su padre para recordar dónde escondió el tesoro.
—Exactamente —replicó con un guiño—. Suponiendo que se trataría de eso, cogí el primer vuelo a España para comprobarlo. Pero yo ya no estoy para resolver adivinanzas, y mucho menos para poner la casa patas arriba buscando pistas. Mi memoria no es lo que era, y mis ojos ni le cuento.
—Por eso quiere contratarnos. Necesita ojos y cerebros extra.
—La fortuna es bastante grande, joven. Comprenderá que no tengo una cifra exacta. Pero si me ayudasen a encontrarla, les recompensaría con un veinte por ciento.
—Si me permite la curiosidad… ¿exactamente en qué consiste dicho tesoro?
—Dinero, joyas, y algunas obras de arte.

Carraspeé.

—¿Y qué… ejém… qué tipo de obras de arte?
—Jarrones, estatuillas, esas cosas.

Suspiré aliviado. Me preocupaba que don Gervasio entendiese como “Obras de Arte” lo que nosotros entendíamos como “almacén de pruebas, estanterías uno a treinta y ocho por ahora”.

—Es un poco arriesgado suponer que el tesoro sigue ahí después de más de medio siglo, si me permite el comentario…
—Tengo algunos ahorros. Si el tesoro no aparece, igualmente les pagaré por sus servicios. Pero sé que la vieja casa de mi familia sigue en pie, así que… estoy seguro de que el tesoro sigue donde mi padre lo dejó.
—Señor Peláez, tiene que entender unas cuantas cosas. En primer lugar, nosotros podemos encontrar lo que busca… si sigue estando ahí. Pero quizás le resultaría más fácil, rápido y económico derribar la casa y buscar entre los escombros. Si su padre era constructor, no me extrañaría que hubiera escondido el tesoro dentro de los tabiques.
—Oh, no, no, hay obras de arte en ese tesoro. No me gustaría dañarlas. A la casa claro que le tengo cariño, pero he vivido fuera de ella demasiados años como para ponerme sentimental.
—Y en segundo lugar, en la Sociedad del Misterio tenemos una política: si en dos semanas no hemos encontrado nada, consideraremos que el rastro se ha enfriado y que las posibilidades de éxito se reducen. Eso quiere decir que, si para entonces no tenemos resultados, cerraremos la investigación.
—Si eso ocurre… a menos que encuentre otra solución, haré caso de su sugerencia y derribaré los tabiques. Pero primero quiero intentarlo con las instrucciones de mi padre.

Las instrucciones. Sostuve el papel entre mis dedos, enguantados para no dejar huellas. Desde luego parecía una especie de acertijo demasiado largo… necesitaría saber cómo era la casa para encontrarle algo de sentido:

Empiezo mirando a mi ángel fijamente a los ojos. Un ángel siempre protege lo más sagrado, y me recuerdo que es eso lo que estoy haciendo. Desde ahí retrocedo seis pasos, giro tres cuartos de hora y avanzo hasta llegar a las escaleras. Al otro lado de las mismas, el pasado me recuerda que se me hace tarde, así que sigo caminando. Dejo que mi estómago me guíe, pero las paredes me oprimen así que huyo de ellas. Sin dejar de caminar en línea recta, pronto echo de menos las paredes, así que sin girarme vuelvo a ellas. Y desde aquí, donde guardo aquello que mi mujer y mi hijo nunca deben encontrar, escribo estas palabras en honor al salvavidas.

—Bien, creo que mi compañero el investigador Zalaya estará encantado de tomarle declaración. El Profesor Boniatus, que es ese amable caballero que vigila la cafetera como si le fuera la vida en ello, necesitará conocer la dirección de la casa. Y ya que lo menciono, ¿le apetece un café?

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Caso nº 00002: EL ASESINATO DEL DOCTOR WATSON (CERRADO)

Ante todo quiero daros a todos las gracias por venir, especialmente habiendo sido avisados con tan poca antelación. Pero supongo que comprenderéis que la situación es lo bastante seria como para requerir vuestra presencia.

Creo que convendría que os pusiera en antecedentes. La Sociedad del Misterio acaba de empezar a actuar, como ya sabéis, pero gran parte del equipo (yo mismo incluido) ya hemos trabajado antes como investigadores en distintas áreas. Por eso decidimos crear esta sociedad, para ayudar a esclarecer todos los misterios que la policía no consigue resolver por sí misma, o incluso para asesorar a particulares como detectives privados.

Me siento muy orgulloso de mi equipo de investigadores. Pero para mí, estaría incompleto sin la participación de uno de mis más viejos amigos: el doctor en medicina forense Juan “Watson” Garzón.

Watson, como le llamábamos cariñosamente, fue quien me introdujo en el mundo de la investigación criminal. El forense más despierto que jamás he visto. Fue su insistencia la que impidió que la policía cerrase algunos casos antes de tiempo. Un forofo de la literatura detectivesca, cuando trabajábamos juntos teníamos la costumbre de desafiarnos con frases memorables de Sherlock Holmes, a ver si éramos capaces de adivinar a qué caso pertenecían. Para mí fue mucho más que un maestro.

Cuando decidimos crear la Sociedad del Misterio, naturalmente Watson fue uno de los primeros a los que llamé. Imaginad mi sorpresa cuando me dijo que se había retirado. Fue una pena porque por ahora dependemos del departamento forense de la policía, pero a nivel personal me supuso una terrible decepción.

A pesar de ello no volví a pensar en esta historia. Hasta que, durante la investigación del caso de la Mano del Muerto, recibí una llamada de su hijo. Jaime Garzón, cuarenta y cinco años, pintor. Me informaba de que se acercaba el cumpleaños del viejo Watson, y que la familia quería darle una fiesta sorpresa. Tenían muchas ganas de que yo pudiese unirme a ellos. Le dije que tendría que darme unos días, hasta que cerrásemos el caso actual, y que aún así no podría garantizarle nada porque no sabía si surgiría algún nuevo caso.

Volví a llamarle tan pronto como cerramos nuestro primer caso. Le noté algo preocupado. Finalmente logré que me contase lo que pasaba.

-Es ese maldito caso, Jack –me dijo-. El caso que no fue capaz de cerrar. Sabes que fue por eso por lo que se retiró, ¿no?
-No quise preguntar –respondí-, pero ya me calculaba que había tenido que hacer falta algo realmente frustrante para que alguien como tu padre se retirase del juego.
-El problema es que no le bastó con retirarse. Cada día ha estado algo más huraño, algo más obsesionado. Y como sigue sin conseguir avanzar, cada día que pasa se deprime más. Está fatal, Jack. Por eso queremos montarle algo para su cumpleaños, y por eso sería genial que pudieras venir.

¿Cómo podía negarme? Dejé bien claro que el trabajo podía reclamarme a última hora y que no sabía si podría ir con seguridad, pero me comprometí a asistir a la fiesta si no surgía ninguna complicación. Me moría de ganas de ver a mi viejo amigo, y quién sabe… pensé que quizás, si le ayudaba (o le ayudábamos) a cerrar su caso, tal vez recuperase los ánimos y se uniera al equipo.

El sábado 22 de Septiembre llegué a la casa de mi viejo amigo y maestro. Lo primero que hice fue soltar un silbido de admiración.

Watson siempre había sido muy ahorrador. Y según parece, la jubilación le permitió invertir el dinero en lo que siempre había querido: una pequeña mansión en la montaña, aislada del ruido de la ciudad, donde poder retirarse a pensar… o pasar el tiempo con sus familiares y amigos sin miedo a molestar a los vecinos.

La ex-mujer de mi amigo fue quien me recibió a la entrada. María Morales, sesenta y tres años, maestra de primaria. Siempre me costó trabajo creerme la historia del divorcio de María y Watson. Según ellos contaban, llegó un momento en el que María comprendió que seguía queriendo a su marido, pero que no podía soportar el trabajo que él desempeñaba. Sea como sea, jamás he conocido pareja de divorciados mejor avenida. Se siguieron viendo con frecuencia, salían juntos a cenar, y aún acudían juntos a todos los eventos sociales. Uno no sabía si habían olvidado que hubieran estado casados y sólo recordaban que eran buenos amigos de toda la vida, o si lo que habían olvidado era que ya no estaban casados.

No me sorprendió demasiado descubrir que el ayudante del doctor Watson, Samuel Viñas, ahora compartía techo con él como su mayordomo. Samuel (treinta y nueve) había sido un delincuente juvenil al que se le fue un robo de las manos. La investigación de Watson ayudó a la policía a dar con la pista del joven homicida involuntario, pero mi viejo colega fue capaz de ver que el muchacho había cometido un error que le perseguiría durante años, quizás durante toda su vida. No vio en sus ojos a un asesino. Así que, tan pronto como Viñas salió en libertad, recibió una inesperada oferta de trabajo de Watson. Pese a que como ayudante era pésimo, Watson nunca desistió y lo cuidó como a un hijo, empeñado como estaba en enderezarlo. Verle de frac, con pulcros guantes blancos y un delantal a rayas, me convenció de que al final mi amigo había conseguido su objetivo.

Jaime me saludó efusivamente cuando lo encontré en el salón. Pude ver un destello de esperanza en sus ojos.

-¡El viejo Jack! Me alegra que hayas podido venir, amigo.
-Yo también. ¿No está tu padre por aquí?
-No, y gracias a Dios. ¿Qué clase de fiesta sorpresa podríamos organizarle con él en casa?
-La misma que le estáis organizando sin él, Jaime –respondí con media sonrisa-. Parece que no conozcas a tu padre; está clarísimo que ya ha tenido que encontrar como mínimo media docena de pistas de lo que estáis planeando.
-Eso esperamos –terció María-. Nos hemos esforzado mucho en dejarle pistas falsas.

Me reí de buena gana. Desde luego no creía que ese truco pudiera engañar al viejo Watson, pero en el fondo sabía que yo habría intentado lo mismo.

El resto de los invitados llegaron durante la siguiente hora. Se trataba de Irene Garzón, la hija de mi amigo (cuarenta y tres años, forense como su padre); Pablo Morales, sobrino y ahijado de Watson (treinta y siete años, cocinero); e Isabel Alterio, novia de Jaime desde hacía un par de meses (treinta y dos años, cantante en un piano-bar).

Mi curiosidad se impuso a mi corrección, así que lo primero que hice cuando conocí a esta última fue preguntar por la diferencia de edad entre Isabel y Jaime. Eso sí, al menos tuve la delicadeza de esperar a que saliera de la habitación y preguntar a María.

-Bueno, entendemos que no es como si se hubiera liado con una adolescente –respondió-, pero no sé, creo que a Juan no le gusta. No quiere hablar del tema, así que no te puedo dar más datos.
-¿Cuándo le han gustado a Papá alguno de nuestros novios, mamá? –intervino Irene con la suficiente discreción como para que la conversación siguiese quedando entre nosotros.
-¡No seas así! Ramón le caía bien.
-Todo un éxito, me ligo a un imbécil y a papá le cae bien –replicó ella con una sonrisa.

Aunque sabíamos que nuestro homenajeado tardaría aún en llegar, habíamos optado por celebrar la fiesta en el estudio, una habitación sin ventanas para evitar que Watson viese la luz encendida al llegar. Habíamos asignado a Samuel la tarea de avisarnos por radio tan pronto como viese el coche acercarse a la casa, para tener tiempo de ocultarnos. Hasta entonces, decidimos ponernos cómodos.

Me acerqué a Pablo, junto al mueble-bar que mi amigo tenía en su estudio. Me llamó la atención que el mueble bar tuviese una cerradura de combinación, pero Watson siempre había sido bastante excéntrico para algunas cosas. A Pablo se le veía levemente incómodo. Procuré que mi pregunta al respecto sonase más a preocupado interés que a interrogatorio.

-No es nada, señor Ryder –me dijo-. En serio, no es nada.
-¿Está seguro?
-Bueno, sí, es algo, pero no quiero hablar del tema.
-Lo comprendo, disculpe si le he ofendido…
-No se preocupe, entiendo que es usted curioso por naturaleza. Usted es detective privado, ¿no?
-Algo así.
-Hagamos una cosa. Intente deducir qué es lo que me preocupa. Si lo acierta, estoy dispuesto a contarle todos los detalles.
-No lo veo apropiado…
-Venga, hombre, seguro que se le ocurre algo.
-A ver, claro que se me ocurre algo, pero sigo pensando que no soy quién para decirle que esa mala racha financiera ya pasará, y que entiendo su frustración pero que a veces los artistas como su primo pasan por buenas etapas, lo que no significa que eso vaya a durar para siempre. Así que podría decirle que no se sienta inferior, que usted tiene un trabajo mucho más estable que Jaime y que, por lo tanto, su situación económica se normalizará pronto. Pero como ya le digo, no creo que yo sea quién para ahondar en esos temas.

Y me alejé con una sonrisa, dejando a un perplejo Pablo a mis espaldas. Quizás, pensé en ese momento, si en algún momento decidiera dejar de considerar el trabajo de investigación como un espectáculo de circo, podría llegar a explicarle que no sólo resultaba evidente cómo miraba su traje y el de su primo (de una excelente calidad) alternativamente y con una mirada de frustración, sino que su tía María ya me había hablado del pequeño escollo financiero en el que estaba. Pero por el momento, con eso tendría bastante información.

En ese momento recibimos el aviso por radio. Nuestro invitado de honor estaba llegando a la casa. A una orden de María, todos corrimos a buscar un escondite apropiado. Ella permaneció junto a la puerta para apagar las luces, ya que conocía la casa mejor que nadie y podía encontrar un buen escondite a oscuras. Corrí a ocultarme tras el sofá que estaba en el centro de la habitación. Jaime escogió un aparador, al lado de la misma puerta, como parapeto. Irene se escondió tras el sillón, junto al sofá. Pablo era un hombre de baja estatura, así que la planta de interior al otro lado de la puerta era un escondite bastante aceptable si íbamos a estar a oscuras. Isabel se deslizó hábilmente debajo del escritorio, al fondo de la habitación; buen escondite, pensé, ya que éste tenía un tablero de madera en la parte frontal.

María apagó las luces. De oídas, pude saber que caminaba en dirección el escritorio; pero dado que ella ya sabía que ese escondite estaba ocupado, sólo puedo suponer que planeaba ocultarse tras la librería de al lado.

Aguardamos unos minutos en el más absoluto silencio, hasta que finalmente oímos los pasos del doctor Watson aproximarse a la puerta. A partir de ahí, sólo debíamos esperar a que él encendiera las luces para salir de nuestros escondites gritando “¡Sorpresa!”. No podía adivinar lo que ocurrió a continuación.

La puerta se abrió. Desde mi escondite apenas podía distinguir la silueta de mi viejo amigo recortándose sobre las luces del pasillo. Entró y cerró la puerta tras de sí. Después de eso pudimos oírle trastabillar una vez, tantear la pared varias veces, emitir un extraño suspiro, volver a tantear la pared (esta vez con más fuerza) y, finalmente, desplomarse. Sentí a María pasar a mi lado como una exhalación, corriendo hacia el interruptor de la luz.

Cuando las luces se encendieron, todos salimos de nuestros escondites. El doctor Juan “Watson” Garzón yacía moribundo en la misma puerta de su estudio, con una daga clavada en su espalda. María gritó horrorizada y se desmayó junto a él.

Nadie sabía qué decir ni qué hacer. Yo mismo me encontré superado por el shock. Tardé un par de segundos en reaccionar.

-Atiéndela a ella –dije a Jaime.
-¡Pero…!
-¡Atiéndela a ella!

Sin quitar ojo de encima a su padre, Jaime corrió a reanimar a su madre. Yo traté de procesar mentalmente la escena. Todos habíamos salido de nuestros correspondientes escondites; quienquiera que fuese, tuvo tiempo de volver a su sitio. Pero no debió tener demasiado tiempo para llegar hasta la puerta y cometer la agresión desde que Watson entró.

-Jack… -gimió de pronto mi amigo.

Corrí hacia el cuerpo agonizante del doctor Watson y lo sostuve entre mis brazos. Error, como comprendí más tarde, porque ahora mis huellas estaban en el cuerpo.

-Dime, Watson.
-“Debería… haber entrado… en el bar más cercano” –recitó con voz temblorosa-. “Ese es… el centro… de todos los cotilleos…”

Quise decirle que ahorrase fuerzas. Quise decirle que intentase darnos alguna pista sobre su agresor. Pero instintivamente acabé por seguirle el juego, aquel viejo juego de las frases memorables que hacía años que no retomábamos. Y quizás fue porque él había escogido, probablemente a sabiendas, una de mis frases favoritas.

-“La Aventura de la Ciclista Solitaria” –le dije.
-No- respondió con una última sonrisa y un gesto que bien pudo ser un guiño.

Y fue en ese momento, mientras mi viejo amigo y mentor moría en mis brazos, mientras Isabel se apresuraba a buscar un teléfono para llamar a la policía y a una ambulancia que llegaría demasiado tarde, cuando comprendí la horrible verdad. No fue hasta entonces, cuando mi cerebro volvió a entrar en modo investigador, que me di cuenta del auténtico problema de este caso.

Los seis invitados éramos sospechosos; todos estábamos en la escena del crimen cuando se cometió el asesinato. Y ninguno de los seis teníamos coartada: en el momento del crimen, ninguno podía ver lo que hacían los demás, y por tanto ninguno de nosotros teníamos testigos.

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