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Caso nº 00022: EL ASESINO ASESINADO (CERRADO)

—Sammy el Hurón —musité—. Quién iba a decir que acabaría así.

El flash de la cámara de Boniatus iluminó por un segundo el cadáver que yacía a mis pies. Samuel Preciados, alias “Sammy el Hurón”. Asesino a sueldo, de los más caros. Especializado en lo que él mismo llamaba “trabajos de limpieza”: la eliminación de cualquier rastro dejado atrás en un crimen… incluyendo al criminal.

Causa de la muerte, herida de bala en la cabeza. No dejaba de ser irónico.

—Gracias por venir tan rápido —me dijo el subinspector Roberto Alterio—. Esta semana estamos algo cortos de personal.
—Es lógico, con la mitad de Homicidios en el Congreso de Criminología. ¿Quién ha quedado al mando del departamento?
—Mendoza.
—Pues gracias a ti por llamarnos, Roberto.
—A mandar. Mendoza puede decir lo que quiera, pero en el departamento no hay nadie que se lo crea.
—Ya, pues si la gente se lo creyera un poquito menos quizás no nos habrían retirado la invitación al Congreso —gruñí entre dientes—. ¿Quién lo encontró?
—Un vecino oyó el disparo y nos llamó. Luego oyó un portazo, pero cuando salió a mirar ya no había nadie. Los demás vecinos de la planta confirman esta versión.
—Zalaya, ve a ver si puedes sacarle algo más a los vecinos —dije a nuestro jefe de departamento de testimonios y declaraciones —. Esto va a ser jodido, Roberto. El Hurón tenía enemigos en todo el submundo criminal. La lista de sospechosos va a ser interminable.
—Lo sé. Por eso os he llamado, si conozco bien a Mendoza cerrará el caso a la primera de cambio, por falta de pruebas, y encima se chuleará de que no podía pasarle a un cerdo que se lo mereciera más. Prefiero que lo veáis vosotros primero… y si hay que cerrarlo, al menos sabré que se ha hecho todo lo posible.
—Arjona escoge bien a su equipo, Roberto. ¿Profesor?
—Piso franco —opinó Boniatus—. Casi sin amueblar, sólo cosas de trabajo. No sacaba mucho la basura, pero sólo hay una bolsa llena y una segunda recién empezada… Se instaló hace poco. Las vistas no son gran cosa, una fachada da al supermercado y la otra a la fachada del edificio de al lado. Habría que asegurarse, pero dudo que escogiera el piso por la ubicación. Con la reputación del Hurón, no creo que su objetivo esté por esta zona.
—A ver si podemos averiguarlo pronto. ¿Qué tenemos del portátil?
—Los datos están encriptados, me llevará un ratillo —replicó uno de los técnicos de Jnum.

La víctima presentaba orificios de entrada y salida. La bala le atravesó la cabeza, así que debió acabar en alguna parte. Pregunté a Boniatus a ese respecto.

—Junto a la ventana —me indicó—. Necesitaremos algo más de equipo para determinar la trayectoria y calcular el punto de origen, me temo.
—¿Roberto?
—Haré lo que pueda, pero no podré pedir un equipo hasta que Mendoza haya sido informado… así que a partir de ahí depende de él.
—¿Y crees que estará dispuesto?
—Pues no sé yo, Jack. Entre tú y yo… está un poco de mala leche porque Arjona ha ido al Congreso de Criminología y él no.
—¿Cómo era aquello que decías antes? ¿Eso de “no podía pasarle a un cerdo que se lo mereciera más”?

Hubo algunas sonrisas de asentimiento entre mis jefes de departamento. Para mi sorpresa, también se nos unieron algunos de los uniformados personados en la escena.

—Jack, tenemos un problema —avisó el técnico de Jnum.

Me aproximé al ordenador. En pantalla aparecía un correo electrónico.

—¿Qué tenemos?
—El trabajo para el que fue contratado el Hurón. Una limpieza. No tenemos el nombre ni la descripción de su objetivo, me temo… Hay comunicaciones anteriores que no han dejado rastro, o al menos aquí se menciona una, quizás ahí hubiera más datos. Pero sabemos que su presa iba a ser otro asesino, que el Hurón no debía eliminarlo hasta que hubiera terminado su trabajo… y tenemos el momento y el lugar. Y no te va a gustar.

El cursor seleccionó una frase del correo para hacerla más visible.

—Oh, no.
—Sabemos que el Hurón no terminará su trabajo —explicó Jnum—. Pero eso nos sigue dejando con el primer asesinato. No sabemos quién y no sabemos a quién, pero van a matar a alguien este domingo a medianoche… durante la cena de clausura de las Primeras Jornadas Internacionales de Criminología y Derecho Penal.

Sopesé esta información. Un asesino sin rostro, una víctima sin nombre, y menos de cinco días para impedir el crimen… y si actuábamos antes de tiempo, si interveníamos sin saber tras quién debíamos ir, podíamos alertar al asesino de nuestra investigación.

—Deja que Boniatus termine de procesar la escena, danos diez minutos de ventaja y avisa a la central de lo que tenemos aquí —pedí a Alterio—. Os cedemos este caso, sabemos que Mendoza no nos querrá intentando resolver este asesinato y no nos vamos a meter; pero haremos todo lo que esté en nuestra mano para evitar el segundo crimen.

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Caso nº 00007: CINCO DÍAS PARA MORIR (CERRADO)

Eran las cinco treinta y siete de la tarde cuando llegué al escenario de nuestro nuevo misterio. Allí, junto con los implicados en el caso, me esperaba la policía… y nuestro nuevo jefe de procesamiento de la escena del crimen, el recién ascendido profesor Boniatus, que según la policía llevaba ya esperándome cuarenta y cinco minutos. Lo que confirmaba que su coche sí funcionaba.

—¿Qué tenemos?
—Desaparición, posible secuestro. Señales de violencia, pero no hay nota de rescate. La desaparecida es Ágata Castro, viuda, ochenta y dos años. Está impedida.
—¿Impedida? ¿Qué tiene?
—¡Qué no tiene! Artritis, insuficiencia renal, arterioesclerosis, diabetes, demencia senil, ataques epilépticos, episodios psicóticos… El armarito de su baño es una farmacia de tres plantas. Ahora iba a llamar a su médico para conseguir más información sobre su estado.
—Ya veo. ¿Qué llevas hecho?
—Primero he sacado fotos, nada más llegar. El resto de los tres cuartos de hora que llevo aquí esperándote me he dedicado a procesar la escena.

Carraspeé.

—Bueno, soy… —titubeé-, soy el investigador jefe, tengo… tengo… a veces tengo otros casos que atender y…
—Ya -interrumpió—. El puto coche, ¿no?
—Y que sigo sin saber qué es lo que le pasa.

Palmeé el hombro a mi compañero para felicitarle por un trabajo bien hecho y pedí a la policía que me pusiera al corriente. Ágata Castro vivía sola con la enfermera que su hijo contrató para ella, Berta Pocino (cuarenta y tres años, soltera). Su familia (hijo, nuera y nieta) apenas la visitaban. Todos los días entre semana, a las tres de la tarde, durante la siesta de la señora Castro, Berta bajaba a la tienda a comprar los avíos para el día. Esta tarde, sin embargo, cuando regresó de la compra media hora más tarde, se encontró con la casa revuelta… y sin la señora Castro. Inmediatamente se puso a buscarla y, al no dar con ella, fue preguntando a todos los vecinos hasta que, una hora después y presa de la desesperación, llamó a la policía y al señor Héctor Cubero, hijo de la señora Castro (cincuenta y cuatro años, casado, presidente de una empresa de importaciones textiles).

—¿Se ha verificado la historia de la señorita Pocino? —pregunté al sargento al mando.
—Estamos contrastándola ahora mismo. Por el momento tenemos varios testigos: el tendero que la atendió, cinco vecinos a los que preguntó en sus propias casas, y una señora que sacaba algo a reciclar cuando ella volvía a casa.
—Entonces parece que su versión se sostiene.
—No exactamente —me corrigió el sargento—. Esto certifica que salió de casa e hizo todo lo que ha declarado… pero no que no cometiera ella misma el crimen. No tiene testigos dentro de la propia casa.

Observé la escena del crimen. La habitación olía a cerrado, las persianas estaban casi bajadas y no parecían haber sido subidas en una semana. Había signos evidentes de pelea, o de forcejeo. La señora Castro se resistió. Una lámpara volcada, una silla caída, trozos de vidrio de una botella. Esto último me llamó la atención: ¿el secuestrador decidió utilizar una botella rota como arma para disuadir a su víctima de escapar? ¿La agredió? Busqué rastros de sangre, pero el suelo estaba completamente seco y las sábanas todo lo limpias que podían estar. ¿Faltaba algo, aparte de la víctima? No había marcas de polvo en los muebles ni de arrastre en el suelo salvo junto a la librería. Pero en este caso, parecía que sólo la habían desplazado levemente, como si la hubieran empujado sin querer.

Había postergado demasiado el siguiente paso. Fui directamente a hablar con la familia de la víctima. Además del ya citado Héctor Cubero, allí estaban Ofelia Salazar (cuarenta y ocho años, esposa de Héctor Cubero y marchante de arte) y Aída Cubero (treinta y tres años, hija de los Cubero, nieta de Ágata Castro, soltera, ejecutiva de cuentas de una agencia publicitaria).

—¡Ah, por fin! —exclamó el señor Cubero al verme llegar—. ¿Ha descubierto ya algo?
—Aún estamos investigando…
—Pues dese prisa, joven. He tenido que abandonar una reunión importantísima en la sede central de mi empresa, y me gustaría poder volver cuanto antes.
—No seas así, Héctor —le reprochó su esposa—. Todo el día trabajo, trabajo, trabajo. ¡Deberíamos ser capaces de sacar tiempo para los problemas de la familia!
—Sería la primera vez —masculló Aída por lo bajo.
—Verá, detective —prosiguió Ofelia Salazar—. Mi suegra siempre ha sido… digamos, “de trato difícil”. Pero sigo sin poder entender para qué querría nuestra Berta escondérnosla…
—Yo creo que se ha ido ella sola —gruñó Héctor Cubero—. Mi madre está loca, lo sabe todo el mundo.
—¡Papá! ¡No hables así de la abuela!
—No, Aída, hija, tu padre cuando se lo propone es así de “diplomático” pero ahí tiene razón. La abuela Ágata no está bien de la cabeza. Pero no sé, no creo yo que se hubiera ido por sí sola…
—Bueno, si quiere mi opinión —expresó Aída Cubero en voz baja—, yo no descartaría que la abuela esté muerta y que Berta se haya deshecho del cuerpo antes de llamar a nadie.
—¿Tiene alguna prueba que respalde esa teoría, señorita?
—Bueno, no… pero ¿no lo vería usted lógico? Berta es su enfermera, si algo le pasaba a la abuela ella sería la responsable directa, así que entierra el cadáver y luego llama diciendo que ha desaparecido. Así se libra de las sospechas.
—Necesito un trago —se lamentó Héctor Cubero.
—¿También ahora tenía que salir tu alcoholismo a relucir? —masculló Ofelia Salazar con un mohín de desprecio.
—¡Beber me ayuda a relajarme! ¡Y aquí tu hija está insinuando que mi madre está muerta!
—¡También es tu hija! ¡Y te recuerdo que, hace un momento, tú mismo estabas deseando volverte a tu reunión!
—Damas, caballero —interrumpí—, si queremos que esta investigación progrese voy a necesitar su colaboración. Veamos, ¿qué estaban haciendo cuando recibieron la llamada?
—Ya se lo he dicho, estaba en una reunión con el notario —replicó Héctor Cubero—. Fuera de la ciudad, además, o sea que encima he tenido que conducir una hora de vuelta para que, probablemente, mi madre se haya ido por su propio pie.
—Yo negociaba la compra de unos cuadros cuando me llamaron —explicó Ofelia Salazar—. Fui la primera en llegar.
—Y yo estaba en mi oficina, archivando una campaña recién cerrada —agregó Aída Cubero—. Pregunte a cualquiera de mi agencia. Llegué poco después que mi madre.

Tomé debida nota de las declaraciones de los tres implicados, cuando de pronto Boniatus me llamó para que acudiera de nuevo al dormitorio de la víctima. Al llegar a su encuentro, pude ver la preocupación reflejada en su rostro.

—Tenemos un problema serio, jefe —me dijo—. Acabo de hablar con el médico de la señora Castro.
—Informe.
—¿Todos esos medicamentos que tiene en el armarito del baño? Los necesita tomar a diario. Todos. Algunos dos veces al día.
—Dime que no significa lo que creo que significa.
—Me temo que así es, Jack —agregó con gesto grave—. Sin su medicación, su médico le da unos cinco días de vida.

Observé un par de detalles más de la casa y volví al salón. Allí me dirigí al sargento que llevaba el caso.

—La Sociedad del Misterio acepta este caso, pero tenemos que empezar pidiendo un favor.
—Adelante.
—Retengan a la señorita Pocino, por supuesto, es nuestra principal sospechosa… pero, si fuera posible, evite que estas tres personas abandonen la ciudad.

Los familiares de la víctima protestaron indignados. Amenazaron con demandarme. El señor Cubero incluso hizo un amago de agredirme físicamente. Yo traté de mantenerme imperturbable todo el tiempo que pude.

El sargento me llevó aparte.

—¿A qué ha venido eso, Ryder? —me increpó—.¿Es consciente de que acaba de insultar a los afectados familiares de una anciana desaparecida?
—La cerradura no ha sido forzada, así como ninguna de las ventanas—expliqué—. El secuestrador tenía llave… y eso apunta directamente a la familia.
—O a la enfermera, ¿no cree? A fin de cuentas, es nuestra sospechosa principal.
—Hay más. La familia Cubero es rica, ¿no es cierto?
—Sí, tienen negocios muy prósperos, ¿pero a qué viene…?
—Bien. ¿Quién secuestraría a un miembro de una familia rica y no pediría un rescate? Eso me hace pensar que no se trata de la enfermera.
—No son pruebas sólidas. No puede dedicarse a sospechar de cualquiera sin pruebas sólidas.

Bajé la mirada. Ciertamente, sólo teníamos indicios, pero no podía dejar que el secuestrador saliese indemne, no con tan poco tiempo.

—Cinco días —dije entonces—. Denos cinco días para investigar este caso. Si en cinco días no hemos logrado encontrar ninguna prueba, abandonaremos la investigación.
—Tendrán que trabajar con lo que tienen, Ryder —me replicó el sargento—. Dudo mucho que ahora mismo la familia se muestre muy abierta a hablar con usted o sus agentes.
—Pero necesitaremos…
—Traigan alguna prueba sólida contra alguna de estas tres personas, y yo mismo prepararé la sala de interrogatorios. Hasta entonces, trabajen con lo que tienen. Yo intentaré convencer a la familia de que lo mejor en este caso es que permanezcan en la ciudad… por si se supiera algo.

Agradecí al sargento su consideración y nos pusimos inmediatamente manos a la obra. Teníamos cinco días para resolver un secuestro… antes de que se convirtiera en un homicidio.

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