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Caso nº 00022: EL ASESINO ASESINADO (CERRADO)

—Sammy el Hurón —musité—. Quién iba a decir que acabaría así.

El flash de la cámara de Boniatus iluminó por un segundo el cadáver que yacía a mis pies. Samuel Preciados, alias “Sammy el Hurón”. Asesino a sueldo, de los más caros. Especializado en lo que él mismo llamaba “trabajos de limpieza”: la eliminación de cualquier rastro dejado atrás en un crimen… incluyendo al criminal.

Causa de la muerte, herida de bala en la cabeza. No dejaba de ser irónico.

—Gracias por venir tan rápido —me dijo el subinspector Roberto Alterio—. Esta semana estamos algo cortos de personal.
—Es lógico, con la mitad de Homicidios en el Congreso de Criminología. ¿Quién ha quedado al mando del departamento?
—Mendoza.
—Pues gracias a ti por llamarnos, Roberto.
—A mandar. Mendoza puede decir lo que quiera, pero en el departamento no hay nadie que se lo crea.
—Ya, pues si la gente se lo creyera un poquito menos quizás no nos habrían retirado la invitación al Congreso —gruñí entre dientes—. ¿Quién lo encontró?
—Un vecino oyó el disparo y nos llamó. Luego oyó un portazo, pero cuando salió a mirar ya no había nadie. Los demás vecinos de la planta confirman esta versión.
—Zalaya, ve a ver si puedes sacarle algo más a los vecinos —dije a nuestro jefe de departamento de testimonios y declaraciones —. Esto va a ser jodido, Roberto. El Hurón tenía enemigos en todo el submundo criminal. La lista de sospechosos va a ser interminable.
—Lo sé. Por eso os he llamado, si conozco bien a Mendoza cerrará el caso a la primera de cambio, por falta de pruebas, y encima se chuleará de que no podía pasarle a un cerdo que se lo mereciera más. Prefiero que lo veáis vosotros primero… y si hay que cerrarlo, al menos sabré que se ha hecho todo lo posible.
—Arjona escoge bien a su equipo, Roberto. ¿Profesor?
—Piso franco —opinó Boniatus—. Casi sin amueblar, sólo cosas de trabajo. No sacaba mucho la basura, pero sólo hay una bolsa llena y una segunda recién empezada… Se instaló hace poco. Las vistas no son gran cosa, una fachada da al supermercado y la otra a la fachada del edificio de al lado. Habría que asegurarse, pero dudo que escogiera el piso por la ubicación. Con la reputación del Hurón, no creo que su objetivo esté por esta zona.
—A ver si podemos averiguarlo pronto. ¿Qué tenemos del portátil?
—Los datos están encriptados, me llevará un ratillo —replicó uno de los técnicos de Jnum.

La víctima presentaba orificios de entrada y salida. La bala le atravesó la cabeza, así que debió acabar en alguna parte. Pregunté a Boniatus a ese respecto.

—Junto a la ventana —me indicó—. Necesitaremos algo más de equipo para determinar la trayectoria y calcular el punto de origen, me temo.
—¿Roberto?
—Haré lo que pueda, pero no podré pedir un equipo hasta que Mendoza haya sido informado… así que a partir de ahí depende de él.
—¿Y crees que estará dispuesto?
—Pues no sé yo, Jack. Entre tú y yo… está un poco de mala leche porque Arjona ha ido al Congreso de Criminología y él no.
—¿Cómo era aquello que decías antes? ¿Eso de “no podía pasarle a un cerdo que se lo mereciera más”?

Hubo algunas sonrisas de asentimiento entre mis jefes de departamento. Para mi sorpresa, también se nos unieron algunos de los uniformados personados en la escena.

—Jack, tenemos un problema —avisó el técnico de Jnum.

Me aproximé al ordenador. En pantalla aparecía un correo electrónico.

—¿Qué tenemos?
—El trabajo para el que fue contratado el Hurón. Una limpieza. No tenemos el nombre ni la descripción de su objetivo, me temo… Hay comunicaciones anteriores que no han dejado rastro, o al menos aquí se menciona una, quizás ahí hubiera más datos. Pero sabemos que su presa iba a ser otro asesino, que el Hurón no debía eliminarlo hasta que hubiera terminado su trabajo… y tenemos el momento y el lugar. Y no te va a gustar.

El cursor seleccionó una frase del correo para hacerla más visible.

—Oh, no.
—Sabemos que el Hurón no terminará su trabajo —explicó Jnum—. Pero eso nos sigue dejando con el primer asesinato. No sabemos quién y no sabemos a quién, pero van a matar a alguien este domingo a medianoche… durante la cena de clausura de las Primeras Jornadas Internacionales de Criminología y Derecho Penal.

Sopesé esta información. Un asesino sin rostro, una víctima sin nombre, y menos de cinco días para impedir el crimen… y si actuábamos antes de tiempo, si interveníamos sin saber tras quién debíamos ir, podíamos alertar al asesino de nuestra investigación.

—Deja que Boniatus termine de procesar la escena, danos diez minutos de ventaja y avisa a la central de lo que tenemos aquí —pedí a Alterio—. Os cedemos este caso, sabemos que Mendoza no nos querrá intentando resolver este asesinato y no nos vamos a meter; pero haremos todo lo que esté en nuestra mano para evitar el segundo crimen.

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Los Archivos de la Sociedad del Misterio: Casos 00001 a 00010.

Bien, equipo, lo hemos conseguido. La Sociedad del Misterio ha logrado resolver sus primeros diez casos. Robos, secuestros y, en su mayoría, asesinatos. Durante todo este tiempo hemos ido ganando renombre, algunos de vosotros habéis subido puestos en esta Sociedad, e incluso hemos llegado a ser tan importantes que nos hemos ganado un enemigo. Pero quizás algunos de vosotros os preguntéis en qué hemos ayudado, en qué hemos hecho cambiar las cosas.

Por eso he creído que os interesaría echarle un vistazo a esto. Durante estos diez últimos trabajos he estado haciendo un seguimiento de todas las personas implicadas. ¿Queréis saber qué ha sido de ellos?

Caso nº 00001: La Mano del Muerto

David Jiménez fue hallado culpable por el cargo de asesinato. Entró en prisión, pero pronto cometió dos intentos fallidos de suicidio. Su abogado recurrió la condena alegando enajenación mental. Actualmente está interno en el centro psiquiátrico El Arca. Si me lo preguntáis, diría que de la expresión “intentos fallidos de suicidio” nuestro buen David se volcó más en lo “fallido” que en lo demás. Su madre, enferma desde hacía tiempo y muy afectada por haber perdido a dos hijos, fue hospitalizada hace dos semanas; los médicos no le dan mucho tiempo de vida. Cecilia Ordóñez, ex-pareja sentimental de la víctima, había abandonado la ciudad para volver a casa de sus padres; pero cuando ha sabido del delicado estado de la anciana, volvió para hacerle compañía en el hospital. No hablan de Andrés; ninguna quiere hacerle daño a la otra. He sabido que, con ayuda de sus padres, Cecilia ha decidido empezar a estudiar Bellas Artes.

Caso nº 00002: El Asesinato del Doctor Watson

“Isabel Alterio”, la asesina a sueldo contratada para matar a Watson, cumple condena en una prisión de máxima seguridad; sin embargo debió conseguir un buen trato, porque a pesar de estar cumpliendo la condena íntegra tiene todos los privilegios imaginables. No así los policías corruptos que la contrataron. Ahora alguno de ellos dice que obedecían órdenes, y que por un buen acuerdo está dispuesto a revelar de quién provenían. Ninguno de los demás suelta prenda, pero tampoco parece importarles… la fiscalía no está muy convencida de que haya nada de verdad tras esa historia. En cuanto a la familia Watson, les está costando pero os alegrará saber que están saliendo adelante. Jaime ha pintado una serie de retratos de sus padres, basándose en viejas fotografías, y los expone ahora mismo en Nueva York; María ha decidido vender la casa, pero se la ha vendido a unos viejos amigos de la familia a los que visita con frecuencia, así que aún mantiene sus raíces; por supuesto ya sabéis cómo le va a Irene; y Samuel, el mayordomo, logró encontrar trabajo al servicio de un magnate del mundo editorial.

Caso nº 00003: Asesinatos Anticipados

Ernesto Núñez y Míriam Esquivel, los dos asesinos, cumplen sendas condenas por asesinato y conspiración para cometer asesinato en dos centros penitenciarios separados. El juez consideró que el riesgo de fuga era elevado, por lo que dictó sentencia sin fianza.

Caso nº 00004: La caza del Zorro

Diego Banderas, el asesino de Víctor García, cumple actualmente condena por asesinato. A día de hoy, sólo se arrepiente de haberse dejado coger con tanta facilidad. Simón Jimeno reunió el valor necesario y llamó a su antigua novia, Elena, a la que García había seducido en la fiesta de graduación. Pero como todos sabemos cuál es el cotilleo que realmente nos interesa… Antonio Vega y Patricia Mármol (la Catwoman de la fiesta) se estuvieron viendo durante dos semanas, antes de descubrir que se estaban poniendo los cuernos el uno al otro desde el principio. Ahora se habla de planes de boda.

Caso nº 00005: La escena y el crimen

Federico Aquino sigue escribiendo desde la cárcel. Especializado como estaba en crear personajes de criminales, para él la prisión es una especie de “oportunidad de oro”. Leopoldo Romero ya había decidido rodar el guión póstumo de Gabriel Rojas incluso antes de leerlo, a modo de homenaje. Cuando finalmente lo tuvo en sus manos, no se arrepintió de su decisión. La fecha de estreno está prevista para Diciembre de este año. En cuanto a Susana Montero, la secretaria, consiguió trabajo en la empresa de su novio. Hace dos meses cogió vacaciones y se fue de viaje. Desde entonces le tengo perdida la pista.

Caso nº 00006: El Faisán de Oro

Lo poco que sabemos del asesino es lo mismo que sabíamos hasta ahora. A. K. sigue burlándonos cada vez que nos lo encontramos. Ahora sabemos que fue un candidato a miembro del club, que se identificó como Edward Pierce, quien habló al presidente, Gerónimo Sáez de Vidal, de la Sociedad del Misterio seis días después del robo. La excusa fue la pasión de Sáez de Vidal por la literatura detectivesca. Edward Pierce es el nombre (probablemente falso) de la mente maestra que organizó el Gran Robo del Tren… así que creo que podemos adivinar quién era realmente ese candidato. Sáez de Vidal apenas recuerda nada de su cara, sólo que tenía una mirada penetrante y aguda. En cuanto al registro del barco de Quintanilla, por las marcas en el polvo sabemos que han desaparecido tres objetos de tamaño mediano, aunque no podemos saber qué tres objetos eran.

Caso nº 00007: Cinco días para morir

Ágata Castro sigue viva gracias a nosotros, pero también gracias a un enorme equipo médico. Su doctor le da poco tiempo de vida, esta vez por causas naturales. La enfermera, Berta Pocino, sigue cuidando de ella. Sus servicios los paga Ofelia Salazar, nuera de la víctima. Aída Cubero, la nieta, visita a su abuela todas las semanas y se asegura de que no le falte de nada. Nadie le ha contado nada de su secuestro, ni por qué su hijo, Héctor Cubero (actualmente cumpliendo condena por detención ilegal) no va ya nunca a visitarla. La buena mujer es feliz en su ignorancia.

Caso nº 00008: Réquiem por un payaso

Primero lo primero: os alegrará saber que el cuerpo de Jorge Brezo descansa ya finalmente en suelo sagrado gracias a nuestros descubrimientos. Su hermana Virginia nos da las gracias de todo corazón. En cuanto al resto de los implicados… Armando Mazas cumple condena por el asesinato de su compañero de escena. Su abogado está intentando recurrir su condena alegando enajenación mental. A la fiscalía le parece un poquito tarde para probar con ese farol. Violeta Sanpedro ha reforzado su amistad con Virginia Brezo, se han estado apoyando mutuamente; actualmente ensaya para su próxima ópera, Salomé, de Richard Strauss. Juan Nicolaides ha decidido dar un giro a su carrera y ha empezado a escribir una ópera por su cuenta. Y en cuanto a la participación de A. K. en este misterio… todavía no se ha determinado cómo supo nuestro viejo archienemigo que Mazas cometería el asesinato.

Caso nº 00009: Las tres muertes de Gonzalo Estrada

Águeda Benítez, la única víctima superviviente de Gonzalo Estrada, sufrió una recaída cuando supo que su hermano Pablo había sido detenido por asesinato; pero los cuidados médicos del Centro Arca para enfermos mentales la han ayudado a reponerse. Pablo sabe cuánto sufre su hermana, pero también piensa que ha hecho lo único que podía hacer para protegerla. Bernardo Ceballos opina lo mismo, aunque a día de hoy ha recapacitado sobre sus acciones y piensa que dejar escapar a un asesino sólo porque él mismo odiase a la víctima podría no haber sido una idea tan buena… ha comprendido que entonces no sabía si el asesino tenía intención de volver a matar. De quien apenas se ha vuelto a saber es de Alejandro Ruiz. Sigue vivo, pero ha cerrado la tienda y apenas sale de casa; según se rumorea, está pensando mudarse de barrio. Tal parece que su jugada de “decir que lo hice yo y convertirme así en el héroe de mis vecinos” le ha salido un poco al revés, y ahora es el hazmerreír del vecindario.

Caso nº 00010: El caso del tomo transformado

Simón Olazábal, el restaurador, aún está esperando al juicio, así que su abogado está preparando la mejor defensa que pueda fabricar. La fiscalía me ha pedido que participe como testigo, así que los que habéis participado en este caso estad atentos porque podría necesitar la colaboración de alguno de vosotros. El director del museo intenta limpiar su buen nombre tras el escándalo, pero por ahora no le va demasiado bien. Ahora que el director está demasiado ocupado con sus propios problemas, el becario, Casimiro Pino, y la secretaria, Nuria Osasuna, se han visto libres de la censura y han empezado una relación seria. Elías Monje, el vigilante nocturno, podría ser degradado por haber permitido el robo, pero personalmente no creo que le acabe pasando nada.

Ahí tenéis. La Historia de la Sociedad del Misterio hasta ahora. Como podéis ver, no hemos pasado precisamente inadvertidos… vuestro buen trabajo ha dejado su huella.

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Caso nº 00002: EL ASESINATO DEL DOCTOR WATSON (CERRADO)

Ante todo quiero daros a todos las gracias por venir, especialmente habiendo sido avisados con tan poca antelación. Pero supongo que comprenderéis que la situación es lo bastante seria como para requerir vuestra presencia.

Creo que convendría que os pusiera en antecedentes. La Sociedad del Misterio acaba de empezar a actuar, como ya sabéis, pero gran parte del equipo (yo mismo incluido) ya hemos trabajado antes como investigadores en distintas áreas. Por eso decidimos crear esta sociedad, para ayudar a esclarecer todos los misterios que la policía no consigue resolver por sí misma, o incluso para asesorar a particulares como detectives privados.

Me siento muy orgulloso de mi equipo de investigadores. Pero para mí, estaría incompleto sin la participación de uno de mis más viejos amigos: el doctor en medicina forense Juan “Watson” Garzón.

Watson, como le llamábamos cariñosamente, fue quien me introdujo en el mundo de la investigación criminal. El forense más despierto que jamás he visto. Fue su insistencia la que impidió que la policía cerrase algunos casos antes de tiempo. Un forofo de la literatura detectivesca, cuando trabajábamos juntos teníamos la costumbre de desafiarnos con frases memorables de Sherlock Holmes, a ver si éramos capaces de adivinar a qué caso pertenecían. Para mí fue mucho más que un maestro.

Cuando decidimos crear la Sociedad del Misterio, naturalmente Watson fue uno de los primeros a los que llamé. Imaginad mi sorpresa cuando me dijo que se había retirado. Fue una pena porque por ahora dependemos del departamento forense de la policía, pero a nivel personal me supuso una terrible decepción.

A pesar de ello no volví a pensar en esta historia. Hasta que, durante la investigación del caso de la Mano del Muerto, recibí una llamada de su hijo. Jaime Garzón, cuarenta y cinco años, pintor. Me informaba de que se acercaba el cumpleaños del viejo Watson, y que la familia quería darle una fiesta sorpresa. Tenían muchas ganas de que yo pudiese unirme a ellos. Le dije que tendría que darme unos días, hasta que cerrásemos el caso actual, y que aún así no podría garantizarle nada porque no sabía si surgiría algún nuevo caso.

Volví a llamarle tan pronto como cerramos nuestro primer caso. Le noté algo preocupado. Finalmente logré que me contase lo que pasaba.

-Es ese maldito caso, Jack –me dijo-. El caso que no fue capaz de cerrar. Sabes que fue por eso por lo que se retiró, ¿no?
-No quise preguntar –respondí-, pero ya me calculaba que había tenido que hacer falta algo realmente frustrante para que alguien como tu padre se retirase del juego.
-El problema es que no le bastó con retirarse. Cada día ha estado algo más huraño, algo más obsesionado. Y como sigue sin conseguir avanzar, cada día que pasa se deprime más. Está fatal, Jack. Por eso queremos montarle algo para su cumpleaños, y por eso sería genial que pudieras venir.

¿Cómo podía negarme? Dejé bien claro que el trabajo podía reclamarme a última hora y que no sabía si podría ir con seguridad, pero me comprometí a asistir a la fiesta si no surgía ninguna complicación. Me moría de ganas de ver a mi viejo amigo, y quién sabe… pensé que quizás, si le ayudaba (o le ayudábamos) a cerrar su caso, tal vez recuperase los ánimos y se uniera al equipo.

El sábado 22 de Septiembre llegué a la casa de mi viejo amigo y maestro. Lo primero que hice fue soltar un silbido de admiración.

Watson siempre había sido muy ahorrador. Y según parece, la jubilación le permitió invertir el dinero en lo que siempre había querido: una pequeña mansión en la montaña, aislada del ruido de la ciudad, donde poder retirarse a pensar… o pasar el tiempo con sus familiares y amigos sin miedo a molestar a los vecinos.

La ex-mujer de mi amigo fue quien me recibió a la entrada. María Morales, sesenta y tres años, maestra de primaria. Siempre me costó trabajo creerme la historia del divorcio de María y Watson. Según ellos contaban, llegó un momento en el que María comprendió que seguía queriendo a su marido, pero que no podía soportar el trabajo que él desempeñaba. Sea como sea, jamás he conocido pareja de divorciados mejor avenida. Se siguieron viendo con frecuencia, salían juntos a cenar, y aún acudían juntos a todos los eventos sociales. Uno no sabía si habían olvidado que hubieran estado casados y sólo recordaban que eran buenos amigos de toda la vida, o si lo que habían olvidado era que ya no estaban casados.

No me sorprendió demasiado descubrir que el ayudante del doctor Watson, Samuel Viñas, ahora compartía techo con él como su mayordomo. Samuel (treinta y nueve) había sido un delincuente juvenil al que se le fue un robo de las manos. La investigación de Watson ayudó a la policía a dar con la pista del joven homicida involuntario, pero mi viejo colega fue capaz de ver que el muchacho había cometido un error que le perseguiría durante años, quizás durante toda su vida. No vio en sus ojos a un asesino. Así que, tan pronto como Viñas salió en libertad, recibió una inesperada oferta de trabajo de Watson. Pese a que como ayudante era pésimo, Watson nunca desistió y lo cuidó como a un hijo, empeñado como estaba en enderezarlo. Verle de frac, con pulcros guantes blancos y un delantal a rayas, me convenció de que al final mi amigo había conseguido su objetivo.

Jaime me saludó efusivamente cuando lo encontré en el salón. Pude ver un destello de esperanza en sus ojos.

-¡El viejo Jack! Me alegra que hayas podido venir, amigo.
-Yo también. ¿No está tu padre por aquí?
-No, y gracias a Dios. ¿Qué clase de fiesta sorpresa podríamos organizarle con él en casa?
-La misma que le estáis organizando sin él, Jaime –respondí con media sonrisa-. Parece que no conozcas a tu padre; está clarísimo que ya ha tenido que encontrar como mínimo media docena de pistas de lo que estáis planeando.
-Eso esperamos –terció María-. Nos hemos esforzado mucho en dejarle pistas falsas.

Me reí de buena gana. Desde luego no creía que ese truco pudiera engañar al viejo Watson, pero en el fondo sabía que yo habría intentado lo mismo.

El resto de los invitados llegaron durante la siguiente hora. Se trataba de Irene Garzón, la hija de mi amigo (cuarenta y tres años, forense como su padre); Pablo Morales, sobrino y ahijado de Watson (treinta y siete años, cocinero); e Isabel Alterio, novia de Jaime desde hacía un par de meses (treinta y dos años, cantante en un piano-bar).

Mi curiosidad se impuso a mi corrección, así que lo primero que hice cuando conocí a esta última fue preguntar por la diferencia de edad entre Isabel y Jaime. Eso sí, al menos tuve la delicadeza de esperar a que saliera de la habitación y preguntar a María.

-Bueno, entendemos que no es como si se hubiera liado con una adolescente –respondió-, pero no sé, creo que a Juan no le gusta. No quiere hablar del tema, así que no te puedo dar más datos.
-¿Cuándo le han gustado a Papá alguno de nuestros novios, mamá? –intervino Irene con la suficiente discreción como para que la conversación siguiese quedando entre nosotros.
-¡No seas así! Ramón le caía bien.
-Todo un éxito, me ligo a un imbécil y a papá le cae bien –replicó ella con una sonrisa.

Aunque sabíamos que nuestro homenajeado tardaría aún en llegar, habíamos optado por celebrar la fiesta en el estudio, una habitación sin ventanas para evitar que Watson viese la luz encendida al llegar. Habíamos asignado a Samuel la tarea de avisarnos por radio tan pronto como viese el coche acercarse a la casa, para tener tiempo de ocultarnos. Hasta entonces, decidimos ponernos cómodos.

Me acerqué a Pablo, junto al mueble-bar que mi amigo tenía en su estudio. Me llamó la atención que el mueble bar tuviese una cerradura de combinación, pero Watson siempre había sido bastante excéntrico para algunas cosas. A Pablo se le veía levemente incómodo. Procuré que mi pregunta al respecto sonase más a preocupado interés que a interrogatorio.

-No es nada, señor Ryder –me dijo-. En serio, no es nada.
-¿Está seguro?
-Bueno, sí, es algo, pero no quiero hablar del tema.
-Lo comprendo, disculpe si le he ofendido…
-No se preocupe, entiendo que es usted curioso por naturaleza. Usted es detective privado, ¿no?
-Algo así.
-Hagamos una cosa. Intente deducir qué es lo que me preocupa. Si lo acierta, estoy dispuesto a contarle todos los detalles.
-No lo veo apropiado…
-Venga, hombre, seguro que se le ocurre algo.
-A ver, claro que se me ocurre algo, pero sigo pensando que no soy quién para decirle que esa mala racha financiera ya pasará, y que entiendo su frustración pero que a veces los artistas como su primo pasan por buenas etapas, lo que no significa que eso vaya a durar para siempre. Así que podría decirle que no se sienta inferior, que usted tiene un trabajo mucho más estable que Jaime y que, por lo tanto, su situación económica se normalizará pronto. Pero como ya le digo, no creo que yo sea quién para ahondar en esos temas.

Y me alejé con una sonrisa, dejando a un perplejo Pablo a mis espaldas. Quizás, pensé en ese momento, si en algún momento decidiera dejar de considerar el trabajo de investigación como un espectáculo de circo, podría llegar a explicarle que no sólo resultaba evidente cómo miraba su traje y el de su primo (de una excelente calidad) alternativamente y con una mirada de frustración, sino que su tía María ya me había hablado del pequeño escollo financiero en el que estaba. Pero por el momento, con eso tendría bastante información.

En ese momento recibimos el aviso por radio. Nuestro invitado de honor estaba llegando a la casa. A una orden de María, todos corrimos a buscar un escondite apropiado. Ella permaneció junto a la puerta para apagar las luces, ya que conocía la casa mejor que nadie y podía encontrar un buen escondite a oscuras. Corrí a ocultarme tras el sofá que estaba en el centro de la habitación. Jaime escogió un aparador, al lado de la misma puerta, como parapeto. Irene se escondió tras el sillón, junto al sofá. Pablo era un hombre de baja estatura, así que la planta de interior al otro lado de la puerta era un escondite bastante aceptable si íbamos a estar a oscuras. Isabel se deslizó hábilmente debajo del escritorio, al fondo de la habitación; buen escondite, pensé, ya que éste tenía un tablero de madera en la parte frontal.

María apagó las luces. De oídas, pude saber que caminaba en dirección el escritorio; pero dado que ella ya sabía que ese escondite estaba ocupado, sólo puedo suponer que planeaba ocultarse tras la librería de al lado.

Aguardamos unos minutos en el más absoluto silencio, hasta que finalmente oímos los pasos del doctor Watson aproximarse a la puerta. A partir de ahí, sólo debíamos esperar a que él encendiera las luces para salir de nuestros escondites gritando “¡Sorpresa!”. No podía adivinar lo que ocurrió a continuación.

La puerta se abrió. Desde mi escondite apenas podía distinguir la silueta de mi viejo amigo recortándose sobre las luces del pasillo. Entró y cerró la puerta tras de sí. Después de eso pudimos oírle trastabillar una vez, tantear la pared varias veces, emitir un extraño suspiro, volver a tantear la pared (esta vez con más fuerza) y, finalmente, desplomarse. Sentí a María pasar a mi lado como una exhalación, corriendo hacia el interruptor de la luz.

Cuando las luces se encendieron, todos salimos de nuestros escondites. El doctor Juan “Watson” Garzón yacía moribundo en la misma puerta de su estudio, con una daga clavada en su espalda. María gritó horrorizada y se desmayó junto a él.

Nadie sabía qué decir ni qué hacer. Yo mismo me encontré superado por el shock. Tardé un par de segundos en reaccionar.

-Atiéndela a ella –dije a Jaime.
-¡Pero…!
-¡Atiéndela a ella!

Sin quitar ojo de encima a su padre, Jaime corrió a reanimar a su madre. Yo traté de procesar mentalmente la escena. Todos habíamos salido de nuestros correspondientes escondites; quienquiera que fuese, tuvo tiempo de volver a su sitio. Pero no debió tener demasiado tiempo para llegar hasta la puerta y cometer la agresión desde que Watson entró.

-Jack… -gimió de pronto mi amigo.

Corrí hacia el cuerpo agonizante del doctor Watson y lo sostuve entre mis brazos. Error, como comprendí más tarde, porque ahora mis huellas estaban en el cuerpo.

-Dime, Watson.
-“Debería… haber entrado… en el bar más cercano” –recitó con voz temblorosa-. “Ese es… el centro… de todos los cotilleos…”

Quise decirle que ahorrase fuerzas. Quise decirle que intentase darnos alguna pista sobre su agresor. Pero instintivamente acabé por seguirle el juego, aquel viejo juego de las frases memorables que hacía años que no retomábamos. Y quizás fue porque él había escogido, probablemente a sabiendas, una de mis frases favoritas.

-“La Aventura de la Ciclista Solitaria” –le dije.
-No- respondió con una última sonrisa y un gesto que bien pudo ser un guiño.

Y fue en ese momento, mientras mi viejo amigo y mentor moría en mis brazos, mientras Isabel se apresuraba a buscar un teléfono para llamar a la policía y a una ambulancia que llegaría demasiado tarde, cuando comprendí la horrible verdad. No fue hasta entonces, cuando mi cerebro volvió a entrar en modo investigador, que me di cuenta del auténtico problema de este caso.

Los seis invitados éramos sospechosos; todos estábamos en la escena del crimen cuando se cometió el asesinato. Y ninguno de los seis teníamos coartada: en el momento del crimen, ninguno podía ver lo que hacían los demás, y por tanto ninguno de nosotros teníamos testigos.

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