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Caso nº 00031: LA CAJA DE PANDORA (CERRADO)

Admitámoslo, hay asesinos fáciles. Normalmente, cuando el crimen tiene un motivo, es fácil encontrar al culpable entre aquellos que conocían a la víctima. Una coartada que no encaja, una mentira que contrasta con los hechos, y la historia del asesino se derrumba.

Por desgracia no siempre es tan sencillo. A veces el asesino no tiene nada personal contra la víctima. A veces, lo único que se necesita para matar a alguien es cobrar por un trabajo bien hecho.

La víctima, Emilio Pelayo, aún estaba en su cama. Sería fácil tomarle por dormido, de no ser por el agujero de bala en la frente y la sangre que empapaba las sábanas.

—Esto es un trabajo profesional —apuntó Arjona levantando la sábana con una mano enguantada—. Un disparo en el pecho y otro en la frente. Una ejecución.
—¿Un sicario?
—Tiene toda la pinta.
—No lo entiendo.
—Sí, yo tampoco. Esto es… Yo creo que no sería capaz de matar a nadie por dinero, me cuesta entender que…
—No, si lo que digo es que no entiendo quién demonios contrataría a un asesino profesional para cargarse a un estudiante universitario.

Resultaba raro, admitámoslo. Cuando uno investiga un asesinato profesional, no espera que el escenario sea un piso cutre de estudiantes. Emilio era un estudiante de primer año de informática. Tenía diecinueve años, le faltaban dos meses para los veinte. Acababa de mudarse a la ciudad, justo a tiempo para empezar los estudios. No parecía el típico objetivo de un asesino a sueldo.

El crimen se cometió en mitad de la noche. Sus compañeros de piso estaban en casa, así que naturalmente se convirtieron en personas muy pero que muy interesantes para la policía. Pero hacía ya un rato que se habían aferrado a la historia de que ninguno de ellos vio ni oyó nada y de ahí no salían, así que decidí concentrarme en la escena. La víctima no vivía con excesivos lujos, ni siquiera llegué a ver un ordenador. Parecía totalmente dedicado a sus estudios. Aunque en una estantería se veían algunas fotos del difunto al volante de un lujoso deportivo, o vestido muy elegante y festejando con gente aparentemente rica.

—¿Opinión? —preguntó Arjona.
—Bueno —dijo Irene incorporándose—, tendré que hacer una autopsia completa, ya te lo imaginarás, pero yo fijaría la hora de la muerte entre las dos y las tres de la madrugada. Por el tamaño de la herida, yo descartaría los calibres más convencionales. Eso refuerza vuestra teoría del sicario, pero tendría que estudiar el cuerpo a fondo para poder asegurar nada.

Entonces tuve una idea.

—¿Cómo se llama el detective que está interrogando a los chavales? —pregunté.
—¿Qué? Ehm… Vidal, Pablo Vidal.
—Vale, gracias. ¡Vidal! ¿Puede venir un momento?

El detective Vidal, un hombre compacto (bajito pero fuerte), plegó su bloc de notas y se acercó a nosotros.

—Sí, dígame.
—¿Qué opina usted de este escenario del crimen?

Y Vidal me respondió. Pero no le presté ni la menor atención. Porque lo que realmente me interesaba era que los compañeros de piso de la víctima dejasen de tener a un policía al lado. Con la oreja puesta en su conversación más que en el detective que contestaba diligentemente a mis preguntas, escuché lo siguiente:

—¿Y ahora qué?
—Supongo que ya está. Nos hemos librado.
—¿Tú estás tonto? Viernes por la tarde, la Caja de Pandora, mañana, ¿recuerdas?
—Emilio iba de farol, seguro.
—Yo no me la quiero jugar. Si no era un farol, Emilio la ha palmado y nosotros estamos jodidos.
—Sí, sin duda muy interesante —interrumpí a Vidal, y me giré de pronto hacia los chavales—. ¡Buenas tardes! Jack Ryder, de la Sociedad del Misterio. ¿Me lo contáis o preferís que me lo invente?
—¿Qué? —balbució el primero, el de la camiseta desgastada de Mortadelo—. ¿De qué habla?
—¿Nadie?
—Oiga, ya le hemos dicho a ese detective que nosotros no vimos ni oímos nada —replicó el segundo, metiendo las manos en los bolsillos de su remendado pantalón vaquero.
—Que me lo invente yo, ¿no?

El tercero no dijo nada. Se limitó a bajar la vista hacia sus sucias y ajadas zapatillas deportivas.

—Muy bien. Voy a decir Pandora Tomorrow. Vuestro compañero os tenía amenazados. Y si él no hacía algo para evitarlo, mañana mismo lo que quiera que tenía contra vosotros saldrá a la luz. ¿Voy bien?
—¿Es un gamer? —exclamó uno de los chicos boquiabierto.
—Vale, hablaré —proclamó de pronto el que había estado en silencio hasta entonces.
—¡Isma! —protestó el otro.
—Tú mismo lo has dicho, acabará por salir a la luz. Y si nos callamos van a pensar que fuimos nosotros. ¿Ya qué más nos da?

- ? -

—La cosa es así —explicó Ismael Gómez (veintidós años, estudiante de medicina)—. Estamos aquí porque nuestros padres nos lo pagan. Piensan que nos dedicamos únicamente a estudiar, pero nadie puede pasarse la vida estudiando sin despejarse de vez en cuando. Así que salimos de fiesta, incluso una vez hicimos una fiesta aquí, pero ellos no lo saben.
—Hasta ahí no veo nada raro.
—Ya, pero Emilio nos sacó fotos.
—¿Y qué?
—Que el muy capullo nos amenazó con mandárselas a nuestros padres si no hacíamos lo que él quería —terció Guillermo Cebrián (veintiún años, estudiante de comunicación audiovisual).
—¿Y eso era…?
—Compartir piso con él —aportó Enrique Fuentes (veintitrés años, estudiante de biblioteconomía)—. Si no tenía compañeros, no podía permitirse el alquiler, así que nos tenía aquí contra nuestra voluntad.
—Pero sólo estabais de fiesta. Vuestros padres lo comprenderían.
—El muy cabrón pensaba decirles que nos habíamos ido de putas.
—¿Os habíais ido de putas?
—¡No! —respondieron los tres al unísono.
—Pero tonteamos con algunas chicas, y de eso son las fotos —explicó el primero—. Y aquí daba igual lo que nosotros supiéramos: si les decía a nuestros padres que las fotos eran de nosotros con putas, ya nos podíamos ir despidiendo de la carrera.
—Además se dedicó a sacar fotos en distintos momentos de la noche —puntualizó el segundo—. Como cada vez había gente nueva, pensaba decir que montamos más de una fiesta.
—Y tooodas con putas —redondeó el tercero.
—Entiendo. ¿Y la Caja de Pandora?
—No sabemos cómo pensaba hacerlo —explicó Cebrián—, pero nos dijo que, a menos que él lo evitara, nuestras fotos aparecerían publicadas en Internet el viernes a las seis de la tarde.
—Todas las semanas lo mismo. Yo creo que tenía un cómplice —añadió Gómez.
—Entiendo. Estabais todos aquí cuando ocurrió todo, ¿verdad?
—Sí, así es.
—¿Estabais dormidos ya?
—No, la verdad es que no.
—¿Y cómo lo hicisteis para no enteraros de que estaban asesinando a vuestro compañero?

Pausa. En sus ojos pude ver que ellos tampoco lo entendían.

—Bueno, yo estaba en mi cuarto —explicó Cebrián—. Y tenía los auriculares puestos.
—¿Y vosotros?
—Nosotros estábamos en el salón… —comenzó a decir Gómez, y entonces se le encendió la bombilla—. Anda, coño.
—¿Qué?
—Gears of War 2. Estábamos viciados al Gears of War 2, jugando online con otro pavo, y berreándole por el micro. Partida de despedida antes de irnos de puente.
—¿Nadie vio ni oyó nada?
—Mire, yo a las dos y media o así —comentó Cebrián —estuve en su cuarto. Antes de eso había estado viendo a estos dos jugar, y luego me retiré, pero me pasé por su cuarto primero a pedirle una cosa. Me lo encontré ya dormido… y me pareció que había alguien con él.
—¿Qué?
—No, pero resultó ser ropa. ¿No les ha pasado nunca? ¿Eh? ¿Qué ven un montón de ropa en la silla por la noche y se creen que es un asesino?

Tomé nota (de hecho apunté un “manda cojones”) y me aparté para hablar con Arjona.

—¿Cómo has sabido lo del chantaje? —me preguntó.
—Pandora Tomorrow es un videojuego. Si el terrorista al que tienes que atrapar no llama todos los días a un número y da una clave, se libera un virus mortal. La frase “La Caja de Pandora, mañana”, sumado a lo de que ahora que la víctima había muerto ellos estaban jodidos…
—O sea que estos tres tenían algo contra la víctima.
—Sin duda alguna.
—Bien. Podemos llevárnoslos para interrogarlos, vamos a pillar al cabrón que…
—No han sido ellos.
—¡Oh, venga, no me jodas! ¡A ti te gusta marearme!
—Vamos, Arjona, no eres tonto y lo sabes. Ellos sabían lo del blog, no les interesaba matarlo. Y aunque se les hubieran cruzado los cables… Mírales. Ropa vieja, videojuegos viejos. Están aquí con lo que les dan sus padres, y eso les da para vivir pero no para pagarse todos los caprichos que les gustaría, tanto menos para pagar a un profesional.
—Vale, ¿y entonces qué sugieres?
—Primero, averiguar cómo entró y salió de aquí un asesino sin ser visto. Y aparte de eso… mira sus fotos. Un cochazo, fiestas de lujo. No son las fotos de alguien que necesita ayuda para pagar el alquiler. ¿Qué nos hace pensar que sólo chantajeaba a estos tres?
—Si tu teoría del Pandora Tomorrow es correcta, dentro de veinticuatro horas debería salir la información de todas sus víctimas en Internet. Ahí sabremos si tienes razón, y si no pillamos al autor material, al menos sí que podríamos averiguar quién le pagó.
—Sí, es un sistema.
—¿Pero?
—Pero si hay más víctimas de chantaje y los descubrimos cuando sus secretos ya han sido expuestos, no estarán muy habladores… Si en veinticuatro horas no tenemos nada, trabajaremos así; pero si descubrimos antes cómo pensaba hacerlo el chantajista y lo impedimos, tendremos una nueva lista de sospechosos que de pronto nos deberán una.

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MIENTRAS TANTO EN EL MUNDO: La Prueba Irrecuperable

Nuestro trabajo se basa en atar cabos. Eso es algo que todos sabemos. Disponemos de los hechos, de los testimonios y de las pruebas, y debemos descubrir cómo encajan unos con otros y, sobre todo, qué es lo que no encaja. Hallar la incoherencia en un misterio es siempre el primer paso para su resolución.

¿Pero qué pasa si una de las pruebas, digamos la pista clave, desaparece de forma irrecuperable?

Hace ya algún tiempo abrimos en La Sociedad del Misterio una nueva sección titulada “Mientras tanto en el mundo”, en la cual tendrán cabida sucesos policiales que podamos encontrar en los medios de comunicación y que nos puedan resultar, como mínimo, educativos. Lo cierto es que últimamente hemos tenido esa sección un tanto aparcada, y aunque llevo ya tiempo queriendo retomarla hemos tenido una cierta escasez de noticias interesantes.

Por suerte, desde los Estados Unidos, nos ha llegado la asombrosa historia de la Prueba Irrecuperable.

Streetsboro, Ohio. Banco FirstMerit, alrededor de las diez de la mañana. Sin llamar la atención, un hombre entra caminando tranquilamente, llega a la ventanilla y entrega al cajero un pedazo de papel en el que exige que se le entregue dinero en efectivo. No tengo más datos acerca del contenido exacto de la nota, como más adelante podréis comprender, pero debió de ser lo bastante amenazadora, ya que poco tiempo después el hombre salía del banco con una buena cantidad de billetes en su poder, se introducía en un Ford Escort oscuro y se alejó del lugar. En ningún momento se supo que portase arma alguna.

Pocos minutos después, la policía de Twinsburg intercepta a un Ford Escort negro en la interestatal 480. El conductor, John H. Ford (35 años, de Cleveland, sospechoso de dos atracos más), es inmediatamente esposado y registrado. No se encuentran armas en sus ropas, pero se halla una pistola del calibre 38 en el asiento del conductor y una pila de billetes cubiertos de tinta roja en el del pasajero. Tiene que ser él.

John H. Ford es entregado a la policía de Streetsboro, que inmediatamente hace la pregunta clave, la que ha de cerrar el caso en una sola jugada: ¿Dónde está la nota?

Los agentes de Twinsburg se miran unos a otros. Nadie tiene la nota. El pequeño pedazo de papel que el atracador entregase al cajero del banco para intimidarlo no está.

La cosa es que, durante el registro del sospechoso sobre el capó del coche patrulla, apareció un papelito por alguna parte. Y los agentes que lo detuvieron lo saben. Quizás sea la nota que buscan. Así que, dado que los coches patrulla estadounidenses van equipados con videocámaras, deciden revisar la grabación del registro y averiguar qué ha sido de dicho papel.

Esto es lo que encuentran:

De inmediato comprenden la situación. No se vio ningún arma en el banco durante el atraco, no se sabe si el atracador llevaba alguna o si sólo pretendía intimidar con la notita, así que el hallazgo de la pistola no demuestra nada; lo único que podría situar al sospechoso en la escena del crimen es la nota amenazante. Una nota que bien podría ser el papelito encontrado en el bolsillo del sospechoso. Un papelito que el sospechoso no dudó en comerse mientras lo registraban. En menos de tres segundos.

Ahora es imposible saber qué había escrito en ese papel. La cámara no lo recoge, y cuando la evidencia sea (ejém) “expulsada” del cuerpo del sospechoso, las fibras del papel ya se habrán disuelto y no será posible su reconstrucción. La prueba, la que la policía confiaba en que fuese la clave para la solución de este misterio, ha desaparecido para siempre… y ha dejado atrás un video para demostrarlo.

Todavía no sé cómo acaba la historia, tengo alguna idea de cómo se podría resolver aunque voy a pedir que el primero que descubra algo nuevo por favor aporte más información; pero lo cierto es que, aunque tenemos la incoherencia, no tenemos la prueba a la que va vinculada. Sí, es demasiado sospechoso que el detenido, así por las buenas, se coma un papel; pero sin saber qué había en el papel, ¿qué demuestra todo eso?

Aparte de que resulta mucho más práctico atracar por medio de notas intimidatorias que a punta de pistola, claro; porque menuda indigestión habría supuesto comerse el arma. Al final va a resultar que lo de “Mi perro se comió mis deberes” funciona mejor cuando te detienen por atraco.

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Caso nº 00018: MUERTE EN DIRECTO (CERRADO)

»Buenas noches, damas y caballeros, bienvenidos una noche más a “Simón Dice”. Hoy tendremos un programa muy especial, con la presencia de dos grandes personalidades enfrentadas: el controvertido documentalista Javier Rodríguez, autor de la polémica cinta que ustedes pueden ver en cines, “Atraque a mano armada”, como parte atacante; y el empresario naviero Eddy Puccio, propietario de cinco puertos deportivos en nuestro país, como parte ofendida. Creo que coincidirán conmigo en que hoy el debate va a ser de los buenos.

»Pero no es esa la única razón por la que digo que el programa de hoy va a ser especial. Antes de comenzar, me gustaría tener con ustedes una pequeña confesión.

»Recientemente, he sido víctima de serias amenazas si continuaba con el programa como hasta ahora. Al parecer, alguien se ha sentido tan ofendido con alguno de mis anteriores debates, que ha pensado que se imponían medidas desesperadas… no les mentiré, damas y caballeros: las amenazas eran de muerte.

»La cadena me pidió que me tomara en serio las amenazas. Y si he de ser sincero, estos últimos días yo mismo me planteé hacerles caso. Honestamente, estuve a punto de no presentarme hoy, de disculparme con mis dos invitados de la noche y de hacer que emitieran un especial con los mejores momentos de “Simón Dice”. Y sí, lo confieso, pensaba mantenerlo en secreto, no quería que nadie lo supiera, más que los ejecutivos de la cadena y yo.

»Pero entonces pensé: ¿de qué tengo que esconderme? Sé que este programa siempre ha sido polémico, sé que suelo escoger los temas de debate más controvertidos, y siempre he sabido que no a todo el mundo le gustará lo que hago. Pero sigo teniendo un público fiel, un público al que no le asusta escuchar la verdad, al que no le asusta que se le contradiga. Un público que, incluso en mis momentos más oscuros, me ha mostrado siempre su apoyo. ¿Y acaso no me debo yo a ese público?

»Así que aquí me tienen, damas y caballeros. Desafiante y provocador como siempre. Si alguien quiere matarme, si esas amenazas no eran palabras vacías… que vengan, si se atreven.

»Bien, no quiero que se nos vaya toda la noche con este tema, el debate de hoy es muy interesante, así que vamos a comenzar…

Un relámpago iluminó las oficinas de la Sociedad del Misterio mientras en el video se cortaba la emisión. Un corte que había tenido lugar un segundo demasiado tarde.

—Esas fueron las últimas palabras de Simón Yagüe —expliqué parando la reproducción—. Seguro que alguno de vosotros lo vio la semana pasada. Justo después de esas palabras, alguien entre el público le disparó en toda la cara, en directo para todo el país.
—Ahora la policía ha acudido a nosotros —apuntó Boniatus—. Según parece, han llegado a un callejón sin salida. Después de una semana interrogando a espectadores, no parecen tener nada sólido.
—El caso está frío, pero tiene que quedar algo que la policía haya pasado por alto. Esto es lo que tenemos: el arma del crimen estaba en un cubo de basura. No se han encontrado huellas. O el asesino usaba guantes, o sabe bien cómo limpiar un arma. La pistola estaba registrada a nombre de la víctima, así que cabe suponer que tenía enemigos. Balística ha determinado que el disparo se efectuó desde la entrada del plató, en medio de las gradas. Se ha interrogado a los espectadores que tenían asientos contiguos a esa zona, pero todos estaban mirando a Yagüe así que nadie vio nada. La policía nos prestará las pruebas que les pidamos, siempre y cuando las devolvamos en un plazo de veinticuatro horas.
—Dado que creemos que el propio Yagüe era consciente de tener enemigos —aportó Zalaya—, voy a ir al estudio a hablar con todos los miembros del equipo. Quizás alguien sepa algo, o quizás incluso encontremos a alguien con motivos para matarlo.
—Voy contigo —dijo Boniatus—. Quiero echarle un vistazo al estudio, tanto a la escena del crimen como a los camerinos, los pasillos, todo.
—Yo estudiaré las pruebas que nos pase la policía —terció Jnum—. Boniatus, ya sabes, si encuentras algo…
—De acuerdo. A los dos que vais a salir, id con cuidado que con este temporal la carretera no es muy segura… ¿se puede saber de qué te ríes, Ceres?
—No, de nada, Jack.
—Muy bien, mientras nuestros jefes de departamento nos elaboran sus informes, quiero que los demás nos dediquemos a trabajar con lo que tenemos. Estudiemos el video. No vamos a ver al asesino, eso creo que está bastante claro; pero podría haber alguna pista en las palabras de Yagüe, y no quiero que se nos escape. Tendré el DVD en mi despacho durante toda la investigación, si alguien quiere volverlo a ver no tenéis más que pasaros a preguntar.

»Ah, y una cosa más… Sabéis que me da cosa plantearos un misterio mientras algunos de vosotros estáis de exámenes, así que participad sólo cuando tengáis tiempo. Podéis venir a mi despacho y pedirme un resumen de lo que os hayáis perdido para no perder el hilo.

»¿Todo claro? Muy bien, vamos allá. El asesino tiene que haber cometido un error, y nosotros lo vamos a encontrar.

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Caso nº 00013: EL RABO DEL DIABLO (CERRADO)

La Sociedad del Misterio lleva ya doce casos en su historial, y todos ellos resueltos con éxito. En cada uno de nuestros trabajos nos hemos enfrentado a enigmas más o menos difíciles de resolver. Pero si ha habido un punto en común entre casi todos los casos, si de algo podemos presumir de entender, sin duda es del que se convirtió en punto de partida de nuestra decimotercera aventura.

El Profesor Boniatus y yo llegamos al plató en compañía de nuestra clienta, la actriz protagonista de la película “El Rabo del Diablo”. El escenario, que simulaba ser una iglesia, hervía de actividad ante la perspectiva del rodaje de una de las escenas más complejas de la producción. La iluminación acababa de fallar, y el director estaba histérico llamando al técnico de efectos especiales para que corrigiera el problema. Algunos de los actores aún no se habían presentado. Y los de Maquillaje amenazaban con dimitir.

Ciertamente, el tipo de película en la que tenía sentido que la Sociedad del Misterio tuviese que investigar.

—Muy bien, tenemos que movernos con discreción. Profesor, investiga la escena sin llamar demasiado la atención. Si alguien te pregunta, hemos venido a ver el rodaje invitados por nuestra amiga la señorita… ehm…
—Jenny Thales —completó nuestra asiliconada clienta.
—Por supuesto. Busca cualquier cosa extraña, lo que sea. No sabemos a qué nos enfrentamos.

Boniatus se puso manos a la obra. Yo invité a nuestra clienta a incorporarse al trabajo con normalidad y reflexioné sobre el misterio que teníamos entre manos. Jenny Thales, la célebre actriz porno, estaba en nuestra ciudad rodando su última película, una gran producción cuyo (ejém) “argumento” giraba en torno a la idea de un demonio apareciendo en un convento para poseer (con perdón) a las monjas, las cuales a su vez debían combatirlo y expulsarlo. A los pocos días de empezar el rodaje, comenzó a recibir cartas amenazantes y fotografías acuchilladas de ella en el plató, tanto entre escena y escena como durante el propio rodaje. Las fotos estaban ahora en una caja en poder de Jnum, nuestro nuevo Jefe de Departamento de Pruebas Físicas, y siendo sometidas a un análisis intensivo. Las cartas decían siempre lo mismo: “Morirás en tu cumpleaños, puta”.

La policía no se había tomado esto en serio, porque al parecer Jenny Thales recibía amenazas constantemente y siempre resultaban ser bromas de sus novios. Sin embargo, dos días después de que se recibieran la primera carta y las tres primeras fotos, una de sus compañeras de reparto, Thathyana, desapareció sin dejar rastro.

—¿Quién es usted? —inquirió de pronto un hombre con coleta y gorra.
—Soy un amigo de Jenny, me ha dicho que podía venir…
—No lo he autorizado. ¿Seguro que no está con el grupo de Piña?
—¿Quién es Piña?
—El cura. El que no hace más que protestar desde que empezamos el rodaje. Tiene su propio grupito de manifestantes.

Benito Piña. Cómo no. El cura que se negó a enterrar a Jorge Brezo porque cabía la remota posibilidad de que quizás se pudiera haber suicidado a lo mejor. Eso explicaba los manifestantes de la entrada.

—Oh, no, créame, yo no estoy en contra… Le sorprendería la cantidad de porno que tengo en mi oficina.
—¡En su oficina! ¡Esa ha estado bien! —replicó el hombre con una carcajada—. Soy Aitor Larroca, el director.
—Jack —dije estrechándole la mano—. ¿Dice entonces que han recibido quejas por la película?
—Uno intenta hacer algo más artístico y con argumento y no veas la que te montan. Tenemos guardias de seguridad para impedir que la gente entre. Por eso me había extrañado verle por aquí.

La iluminación del plató cambió momentáneamente a rojo y luego desapareció. El cambio brusco me hizo desviar mi mirada por un momento, buscando su origen con curiosidad, y así fue como vi a la señorita Thales discutir con un hombre. Era muy, MUY claramente, un hombre. Lo bastante claramente como para que el tatuaje de su muslo fuese visible y, al mismo tiempo, permaneciera parcialmente cubierto. Al parecer, él estaba bastante furioso con ella y eso la había ofendido. Decidí esperar un tiempo prudencial para hablar con él, y seguí hablando con el director sin perder de vista al otro.

—Ya le digo, he entrado con Jenny. ¿Esto está siempre tan ajetreado?
—Hoy rodamos la escena final. Es la más complicada, necesitamos más efectos especiales, una coreografía impecable con todas las actrices para el mismo actor, están fallando los efectos de luces y humo y nos falta una actriz.
—Thathyana, sí, Jenny me ha comentado algo.
—Le habrá comentado también entonces que la muy cerda tiene costumbre de marcharse en mitad del rodaje sin avisar, ¿no? Porque ya es la tercera película en la que me hace lo mismo. Estamos teniendo que reescribir el guión para cubrir su parte.
—Claro, lógico —respondí, pensando que la señorita Thales no me había comentado esta tendencia de su compañera a los actos de desaparición—. ¿Y los efectos?
—Son cruciales para esta escena. No las usamos para nada más. Las probamos hace una semana y dieron fallos, tuvimos que arreglarlas y probar hasta que conseguimos que se encendieran, y ya desde entonces dejé dicho que nadie las tocase más hasta que las tuviéramos que usar de verdad. Juro que no se han usado sin tener al técnico de efectos especiales hurgando detrás. ¡Se supone que no tendrían que fallar!
—Entiendo. Y dígame…
—Disculpe, acabo de ver a otro que no debería estar aquí. ¡Eh, usted!

Y se perdió entre el gentío. Si de verdad había visto entre tanta gente a alguien que estuviera fuera de lugar, tendríamos que ofrecerle un trabajo en la Sociedad del Misterio. Total, porno no le iba a faltar.

En fin. El hombre con quien discutía la señorita Thales ya se había quedado a solas. Me acerqué a él, con el reparo justo y necesario con el que un hombre vestido se acerca a uno con el que no tiene ese punto en común, y le saludé.

—¿Qué quiere?
—Oh, sólo saludar. Verá, soy amigo de Jenny, me ha invitado a venir al rodaje, y pensé…
—¿Le ha traído para sustituirme?

Eso me extrañó, halagó y espantó al mismo tiempo.

—¿Qué? ¡No! ¡Sólo soy un aficionado al género!
—Ya, claro. O sea, que la muy puta frígida me corta el rollo dos veces, me quedo dos días sin cobrar por su culpa y ahora me trae un suplente.
—Oiga, que le digo que yo no… perdone, ¿sin cobrar?
—¿No era un aficionado al género? ¡Los actores porno no cobramos si no “acabamos la faena”! ¡Creí que sabía algo más!
—Vaya, perdone, me temo que sólo soy aficionado a nivel espectador.

Eso pareció tranquilizarle. Si no sabía cómo trabaja un actor porno, difícilmente podía ser su reemplazo.

—Bueno. Pues que disfrute del espectáculo. Hoy es mi gran escena, todas las chicas para mí. Espero que Jenny no me vuelva a joder. O bueno, o que sí, usted ya me entiende.
—Por supuesto. Pues mucha mierda para esta escena, señor…
—Rick. Rick Grande.

El actor se puso los cuernos que constituían casi por completo su disfraz de diablo y se fue al centro del escenario, a la espera de que las luces estuviesen arregladas y la coreografía reorganizada para empezar a rodar.

Yo allí ya tenía bastante. Y la verdad, sentía curiosidad por lo que Jnum hubiera podido encontrar en las fotos. Como no conseguía encontrar a Boniatus entre el gentío, le llamé al móvil; pero me dijo que aún seguía trabajando, que de hecho se había metido a investigar en el camerino de la actriz desaparecida, y que le llevaría algún tiempo.

Había trabajo que hacer. El cumpleaños de Jenny Thales era el próximo jueves 24. Si realmente había alguien intentando asesinarla (y la verdad, no las tenía todas conmigo), apenas teníamos una semana para resolver el misterio, así que abandoné el plató. Ya esperaría a que sacaran la película. O incluso el libro.

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