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Apéndice a los casos nº 00011 y nº 00012: LA PREGUNTA EN EL AIRE

El cursor parpadeaba en la pantalla de mi ordenador. Había reunido toda la información que teníamos sobre nuestros últimos dos casos. Pero seguía siendo insuficiente. No teníamos nada sobre A. K. Ni su edad, ni su sexo, ni su aspecto físico, ni tan siquiera su nombre completo. No sabíamos si trabajaba solo o con alguien. No sabíamos de dónde era. No sabíamos nada, salvo que por alguna extraña razón nos había escogido como compañeros de juegos.

Me sacaba de quicio. Nunca habíamos encontrado a nadie que cubriera tan bien sus huellas. Claro que, técnicamente, a éste tampoco lo habíamos encontrado aún.

—Jack —saludó Boniatus entrando en mi despacho.
—Profesor… ¿tienes buenas noticias?
—En parte. Verás, en la escena había huellas de pisadas, me llevará algún tiempo cribar las nuestras y las de la policía, pero quizás así podamos llegar a descubrir la estatura, puede que el sexo, de…
—… de quienquiera que llevase allí a David Jiménez personalmente —interrumpí—. No me mires así, profesor, sólo expongo la realidad. No sabemos quién hizo el trabajo. No sabemos si A. K. fue sólo el organizador.
—Sabemos un par de cosas, Jack. ¿Recuerdas al doctor Noriega?
—El que le hizo la autopsia a la madre, sí.
—Pues en la cripta encontramos instrumental quirúrgico. Se ha determinado no sólo que la sangre encontrada en él es de David Jiménez y su madre… sino que las huellas dactilares encontradas en el estuche y en los mangos son de Noriega.
—Lo que explica por qué cogió las vacaciones tan convenientemente.
—Hay más. Una de las herramientas, perdona pero no me acuerdo del nombre, fue la que se utilizó para cauterizar la mano cortada. Pero adivina qué más.
—¿La letra J?
—Exacto. Irene lo ha confirmado. Se grabó a fuego con la misma herramienta.
—¿Dirías que la amputación se produjo en esa misma cripta?
—No, me temo que esa escena aún está por encontrar.
—Entiendo. Lo que me estás diciendo entonces es que Marcos Noriega está implicado en los crímenes de A. K. Que podría ser él, pero que no tenemos pruebas.
—Podría ser él, en efecto. He hecho algunas averiguaciones más.
—Cuenta.
—El doctor Noriega estuvo de vacaciones en fin de año. Hasta ahí todo normal, sólo que su secretaria no sabe dónde fue. De momento, la gente con la que he hablado tampoco lo sabe.
—Lo que quiere decir…
—… que no tiene coartada para el asesinato de Arturo Quintanilla. La primera vez que nos enfrentamos a A. K.
—Sigue sin ser concluyente, pero es un paso. Investigaré si existía alguna relación entre los Jiménez, Arturo Quintanilla y Jorge Brezo. Tiene que haber un motivo detrás de estos crímenes.

Boniatus asintió y se dio la vuelta. La puerta de mi despacho se cerró a sus espaldas.

Inmediatamente me levanté y le seguí.

—¡Profesor! —le llamé.

Algunos investigadores de la Sociedad del Misterio, que estaban presentes, se volvieron para mirarle a él. Boniatus se giró y se encaró conmigo.

—Buen trabajo. Y no sólo con esto. Buen trabajo coordinando tu primera investigación.
—Fue fácil —respondió Boniatus con una amplia sonrisa—. He tenido un buen equipo.

Volví a mi despacho, dejando a Boniatus sumergido en aplausos. Se había ganado ese pequeño triunfo; pero yo aún tenía que terminar el trabajo, si es que alguna vez era capaz de terminarlo. La nueva información que el Profesor había recopilado sería útil, sin duda, pero aún no nos llevaba a nada concluyente, y lo sabía. La añadí al informe, pero no podía dejar de pensar que algo se nos escapaba.

En fin. Abrí otro documento y lo mandé a la cola de impresión. Rápidamente, la lista final de condecorados en el caso doble de la Escena sin Crimen y el Crimen sin Escena apareció por la bandeja de la impresora. La recogí y volví a salir de mi despacho, en dirección a la hilera de tableros de corcho del centro de las oficinas, como de costumbre, y lo clavé en el mismo centro, a la vista de todo el mundo.

Pero no volví inmediatamente a mi despacho. Paralela a la hilera de tableros de corcho hay una segunda hilera de pizarras blancas. Cogí un rotulador, lo agité para estar seguro de que escribiría, y dejé una pregunta para mi equipo de investigadores:

¿POR QUÉ LO HA HECHO?

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Caso nº 00011: LA ESCENA SIN CRIMEN (CERRADO)

Estábamos Jack y yo revisando los antiguos casos en la sede de la sociedad, cuando por la tele dieron la noticia. Había explotado una casa abandonada. Se trataba de una casa en las afueras, cuyo propietario, Mariano Hormigo había muerto décadas atrás sin dejar descendencia. La explosión había tenido lugar la madrugada anterior y según parecía había sido debida a un fallo con el gas. En el interior habían encontrado un cadáver carbonizado y sin identificar. La policía creía que era de un vagabundo que había entrado en la casa para pasar la noche. En resumen, había sido un accidente y que el pobre diablo había tenido la mala suerte de estar en el sitio menos indicado en el momento más inoportuno. Jack saltó de su silla cuando empecé a gritarle a la tele…

Profesor… ¿Te ocurre algo?

¿Tú te crees esta mierda? ¡Esta claro que eso no es lo que ocurrió!

¿Y según tu que pasó?

Para empezar, el cadáver no es de un vagabundo… Tú has visto las mismas imágenes que yo… La casa estaba vacía excepto por el cuerpo y cuatro muebles. ¿Dónde has visto un vagabundo que no vaya con todas sus pertenencias encima?

Me temo que un tribunal no aceptaría eso como prueba…

Ya, pero ¿No te parece cuando menos curioso que haya una explosión de gas en una casa que lleva treinta años abandonada? Es decir… ¿Cuanto gas podría haber en esa casa?

Podía quedar algo en la instalación original.

Jack… No puedes creerte eso

Y no me lo creo. Lo único que te digo es que todo eso no es concluyente.

Si, pero analízalo desde fuera, Jack. Un cuerpo que no debería estar allí aparece carbonizado en una casa, que, mira que casualidad, acaba de explotar. Creo que hicieron explotar la casa para librarse del cuerpo.

La policía no ha encontrado ningún explosivo. Si lo hubieran encontrado, las noticias no dirían que fue un accidente.

Jack, sabes tan bien como yo que se puede preparar una instalación de gas para que explote, y mas si hablamos de una instalación antigua…

Profesor, no me entiendas mal, yo solo te digo que técnicamente tienes una escena sin crimen. ¿De verdad crees que puedes sacar algo de ahí?

Creo que solo hace falta buscar bien, si eso es lo que me preguntas.

Vale. Reúne un equipo y vete a tu escenario sin crimen.

Aquello me pilló a contrapié.

¿Lo dices en serio?

¡Claro! Creo que estas preparado para dirigir tus propios casos y esta es una buena oportunidad para empezar. Además, llevamos una temporadita sin novedades. No te lleves a todos los investigadores, por si entrase algún caso nuevo, pero no veo ningún impedimento para que investigues la explosión. Hablaré con la policía para que te permitan acceder al escenario.

Dándole las gracias a Jack, salí disparado revisando mi agenda. Había que reunir un equipo.

Mientras me dirigía hacia la casa fui rememorando lo que sabía de ella.

La familia Hormigo había vivido allí durante generaciones. La ciudad había ido creciendo hacia el norte y alejándose poco a poco de aquellas tierras, pero los Hormigo no quisieron dejar sus cultivos. Algunos se mudaron a la ciudad, pero conservaban la vieja finca como casa de veraneo. El último de los Hormigo, Mariano, vivió entre aquellas paredes hasta su muerte. No volvía a la ciudad si no era para vender lo que cosechaba o para comprar la bombona de butano de 12 kilos y medio que cargaba, según quienes lo recordaban, en su cochambrosa camioneta cada mes.

Los campos de cultivo ahora estaban secos. El sendero por el que la vieja camioneta de Hormigo viajaba a la ciudad permanecía escasamente cubierto de una vegetación aplastada. Según la policía, gracias a eso habían encontrado la forma de llegar hasta la hacienda, el lugar estaba en medio de ninguna parte. La casa, ahora medio derruida, conservaba el estilo rústico con el que había sido construida. La piedra no parecía de mala calidad, aunque la estructura se había debilitado con los años. La explosión solo había acelerado lo inevitable.

El inspector Cuervo me recibió al llegar, me acompañó a la entrada de la casa mientras esperaba que llegase el resto del equipo. “Aun podría haber algún nuevo derrumbe” me dijo, “Por si acaso no toquen nada que pudiera estar sosteniendo una pared” concluyó. Luego me dio una charla, insistiendo en que estábamos perdiendo el tiempo y que no había nada que averiguar.

¿Y si encontramos algo que demuestre que la explosión fue provocada? – Le dije

Si lo encuentran, que no lo van a encontrar, tendrán que demostrar también que el vagabundo no fue el que provocó la explosión.

En caso de que fuera un vagabundo.

Lo que usted diga, si consiguen demostrar algo de todo eso, nos plantearemos escuchar sus especulaciones. Hasta ese momento, esto es una investigación cerrada y lo único que me queda por hacer es recordarles que procuren no matarse en este desastre.

Cuervo se despidió y nos pusimos manos a la obra. Decidí empezar por donde se encontró el cuerpo. Las fotografías de la policía lo situaban boca abajo y medio enterrado por los cascotes. El punto donde fue hallado estaba a unos cuatro metros del origen de la explosión. El espacio entre ambos puntos estaba despejado, así que técnicamente el cuerpo podría haber sido catapultado hasta ese lugar por la explosión. Quizás Vortice y su afición por las explosiones podrían concretarme ese punto.

Aunque la casa llevaba décadas abandonada, aun quedaban algunos de los muebles originales. Especialmente los más aparatosos y difíciles de transportar. Durante años la casa había sido lentamente saqueada. Apenas quedaba una amplia vitrina medio hecha trizas, un piano que se caía de viejo y las encimeras chamuscadas y astilladas de la cocina. Aquellos muebles parecían no haber sido barnizados nunca y todos habían sufrido los estragos de la explosión.

La instalación del agua también parecía haber sido saqueada, el cobre de las tuberías era extremadamente tentador para los ladrones, aunque el retrete también había sido arrancado de cuajo de su sitio, por lo que parecía bastaba dejar una casa abandonada unos años para que cualquier cosa que no pese demasiado se convierta en un botín apetecible. De todas maneras el suministro de agua había sido cortado hace años.

Finalmente me concentré en la cocina, el punto de origen de la explosión. La bombona de seis kilos que había allí, estaba, tal como era de esperar, cubierta de hollín y con la espita reventada. Revisando la goma era difícil determinar si las quemaduras que tenía habían sido causadas por la explosión o ya estaban allí.

Cuando estábamos a punto de irnos, tropecé con algo. Era la cubierta roja de plástico de un mapa callejero. Estaba deformada por el calor, pero el plástico parecía haber sobrevivido a la quemadura, aunque su interior no había corrido la misma suerte. La edición era reciente, del año actual. Aquello demostraba que alguien había entrado recientemente en la casa antes de la explosión; pero ¿Se trataría del misterioso cadáver… o de alguien mas?

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Caso nº 00002: EL ASESINATO DEL DOCTOR WATSON (CERRADO)

Ante todo quiero daros a todos las gracias por venir, especialmente habiendo sido avisados con tan poca antelación. Pero supongo que comprenderéis que la situación es lo bastante seria como para requerir vuestra presencia.

Creo que convendría que os pusiera en antecedentes. La Sociedad del Misterio acaba de empezar a actuar, como ya sabéis, pero gran parte del equipo (yo mismo incluido) ya hemos trabajado antes como investigadores en distintas áreas. Por eso decidimos crear esta sociedad, para ayudar a esclarecer todos los misterios que la policía no consigue resolver por sí misma, o incluso para asesorar a particulares como detectives privados.

Me siento muy orgulloso de mi equipo de investigadores. Pero para mí, estaría incompleto sin la participación de uno de mis más viejos amigos: el doctor en medicina forense Juan “Watson” Garzón.

Watson, como le llamábamos cariñosamente, fue quien me introdujo en el mundo de la investigación criminal. El forense más despierto que jamás he visto. Fue su insistencia la que impidió que la policía cerrase algunos casos antes de tiempo. Un forofo de la literatura detectivesca, cuando trabajábamos juntos teníamos la costumbre de desafiarnos con frases memorables de Sherlock Holmes, a ver si éramos capaces de adivinar a qué caso pertenecían. Para mí fue mucho más que un maestro.

Cuando decidimos crear la Sociedad del Misterio, naturalmente Watson fue uno de los primeros a los que llamé. Imaginad mi sorpresa cuando me dijo que se había retirado. Fue una pena porque por ahora dependemos del departamento forense de la policía, pero a nivel personal me supuso una terrible decepción.

A pesar de ello no volví a pensar en esta historia. Hasta que, durante la investigación del caso de la Mano del Muerto, recibí una llamada de su hijo. Jaime Garzón, cuarenta y cinco años, pintor. Me informaba de que se acercaba el cumpleaños del viejo Watson, y que la familia quería darle una fiesta sorpresa. Tenían muchas ganas de que yo pudiese unirme a ellos. Le dije que tendría que darme unos días, hasta que cerrásemos el caso actual, y que aún así no podría garantizarle nada porque no sabía si surgiría algún nuevo caso.

Volví a llamarle tan pronto como cerramos nuestro primer caso. Le noté algo preocupado. Finalmente logré que me contase lo que pasaba.

-Es ese maldito caso, Jack –me dijo-. El caso que no fue capaz de cerrar. Sabes que fue por eso por lo que se retiró, ¿no?
-No quise preguntar –respondí-, pero ya me calculaba que había tenido que hacer falta algo realmente frustrante para que alguien como tu padre se retirase del juego.
-El problema es que no le bastó con retirarse. Cada día ha estado algo más huraño, algo más obsesionado. Y como sigue sin conseguir avanzar, cada día que pasa se deprime más. Está fatal, Jack. Por eso queremos montarle algo para su cumpleaños, y por eso sería genial que pudieras venir.

¿Cómo podía negarme? Dejé bien claro que el trabajo podía reclamarme a última hora y que no sabía si podría ir con seguridad, pero me comprometí a asistir a la fiesta si no surgía ninguna complicación. Me moría de ganas de ver a mi viejo amigo, y quién sabe… pensé que quizás, si le ayudaba (o le ayudábamos) a cerrar su caso, tal vez recuperase los ánimos y se uniera al equipo.

El sábado 22 de Septiembre llegué a la casa de mi viejo amigo y maestro. Lo primero que hice fue soltar un silbido de admiración.

Watson siempre había sido muy ahorrador. Y según parece, la jubilación le permitió invertir el dinero en lo que siempre había querido: una pequeña mansión en la montaña, aislada del ruido de la ciudad, donde poder retirarse a pensar… o pasar el tiempo con sus familiares y amigos sin miedo a molestar a los vecinos.

La ex-mujer de mi amigo fue quien me recibió a la entrada. María Morales, sesenta y tres años, maestra de primaria. Siempre me costó trabajo creerme la historia del divorcio de María y Watson. Según ellos contaban, llegó un momento en el que María comprendió que seguía queriendo a su marido, pero que no podía soportar el trabajo que él desempeñaba. Sea como sea, jamás he conocido pareja de divorciados mejor avenida. Se siguieron viendo con frecuencia, salían juntos a cenar, y aún acudían juntos a todos los eventos sociales. Uno no sabía si habían olvidado que hubieran estado casados y sólo recordaban que eran buenos amigos de toda la vida, o si lo que habían olvidado era que ya no estaban casados.

No me sorprendió demasiado descubrir que el ayudante del doctor Watson, Samuel Viñas, ahora compartía techo con él como su mayordomo. Samuel (treinta y nueve) había sido un delincuente juvenil al que se le fue un robo de las manos. La investigación de Watson ayudó a la policía a dar con la pista del joven homicida involuntario, pero mi viejo colega fue capaz de ver que el muchacho había cometido un error que le perseguiría durante años, quizás durante toda su vida. No vio en sus ojos a un asesino. Así que, tan pronto como Viñas salió en libertad, recibió una inesperada oferta de trabajo de Watson. Pese a que como ayudante era pésimo, Watson nunca desistió y lo cuidó como a un hijo, empeñado como estaba en enderezarlo. Verle de frac, con pulcros guantes blancos y un delantal a rayas, me convenció de que al final mi amigo había conseguido su objetivo.

Jaime me saludó efusivamente cuando lo encontré en el salón. Pude ver un destello de esperanza en sus ojos.

-¡El viejo Jack! Me alegra que hayas podido venir, amigo.
-Yo también. ¿No está tu padre por aquí?
-No, y gracias a Dios. ¿Qué clase de fiesta sorpresa podríamos organizarle con él en casa?
-La misma que le estáis organizando sin él, Jaime –respondí con media sonrisa-. Parece que no conozcas a tu padre; está clarísimo que ya ha tenido que encontrar como mínimo media docena de pistas de lo que estáis planeando.
-Eso esperamos –terció María-. Nos hemos esforzado mucho en dejarle pistas falsas.

Me reí de buena gana. Desde luego no creía que ese truco pudiera engañar al viejo Watson, pero en el fondo sabía que yo habría intentado lo mismo.

El resto de los invitados llegaron durante la siguiente hora. Se trataba de Irene Garzón, la hija de mi amigo (cuarenta y tres años, forense como su padre); Pablo Morales, sobrino y ahijado de Watson (treinta y siete años, cocinero); e Isabel Alterio, novia de Jaime desde hacía un par de meses (treinta y dos años, cantante en un piano-bar).

Mi curiosidad se impuso a mi corrección, así que lo primero que hice cuando conocí a esta última fue preguntar por la diferencia de edad entre Isabel y Jaime. Eso sí, al menos tuve la delicadeza de esperar a que saliera de la habitación y preguntar a María.

-Bueno, entendemos que no es como si se hubiera liado con una adolescente –respondió-, pero no sé, creo que a Juan no le gusta. No quiere hablar del tema, así que no te puedo dar más datos.
-¿Cuándo le han gustado a Papá alguno de nuestros novios, mamá? –intervino Irene con la suficiente discreción como para que la conversación siguiese quedando entre nosotros.
-¡No seas así! Ramón le caía bien.
-Todo un éxito, me ligo a un imbécil y a papá le cae bien –replicó ella con una sonrisa.

Aunque sabíamos que nuestro homenajeado tardaría aún en llegar, habíamos optado por celebrar la fiesta en el estudio, una habitación sin ventanas para evitar que Watson viese la luz encendida al llegar. Habíamos asignado a Samuel la tarea de avisarnos por radio tan pronto como viese el coche acercarse a la casa, para tener tiempo de ocultarnos. Hasta entonces, decidimos ponernos cómodos.

Me acerqué a Pablo, junto al mueble-bar que mi amigo tenía en su estudio. Me llamó la atención que el mueble bar tuviese una cerradura de combinación, pero Watson siempre había sido bastante excéntrico para algunas cosas. A Pablo se le veía levemente incómodo. Procuré que mi pregunta al respecto sonase más a preocupado interés que a interrogatorio.

-No es nada, señor Ryder –me dijo-. En serio, no es nada.
-¿Está seguro?
-Bueno, sí, es algo, pero no quiero hablar del tema.
-Lo comprendo, disculpe si le he ofendido…
-No se preocupe, entiendo que es usted curioso por naturaleza. Usted es detective privado, ¿no?
-Algo así.
-Hagamos una cosa. Intente deducir qué es lo que me preocupa. Si lo acierta, estoy dispuesto a contarle todos los detalles.
-No lo veo apropiado…
-Venga, hombre, seguro que se le ocurre algo.
-A ver, claro que se me ocurre algo, pero sigo pensando que no soy quién para decirle que esa mala racha financiera ya pasará, y que entiendo su frustración pero que a veces los artistas como su primo pasan por buenas etapas, lo que no significa que eso vaya a durar para siempre. Así que podría decirle que no se sienta inferior, que usted tiene un trabajo mucho más estable que Jaime y que, por lo tanto, su situación económica se normalizará pronto. Pero como ya le digo, no creo que yo sea quién para ahondar en esos temas.

Y me alejé con una sonrisa, dejando a un perplejo Pablo a mis espaldas. Quizás, pensé en ese momento, si en algún momento decidiera dejar de considerar el trabajo de investigación como un espectáculo de circo, podría llegar a explicarle que no sólo resultaba evidente cómo miraba su traje y el de su primo (de una excelente calidad) alternativamente y con una mirada de frustración, sino que su tía María ya me había hablado del pequeño escollo financiero en el que estaba. Pero por el momento, con eso tendría bastante información.

En ese momento recibimos el aviso por radio. Nuestro invitado de honor estaba llegando a la casa. A una orden de María, todos corrimos a buscar un escondite apropiado. Ella permaneció junto a la puerta para apagar las luces, ya que conocía la casa mejor que nadie y podía encontrar un buen escondite a oscuras. Corrí a ocultarme tras el sofá que estaba en el centro de la habitación. Jaime escogió un aparador, al lado de la misma puerta, como parapeto. Irene se escondió tras el sillón, junto al sofá. Pablo era un hombre de baja estatura, así que la planta de interior al otro lado de la puerta era un escondite bastante aceptable si íbamos a estar a oscuras. Isabel se deslizó hábilmente debajo del escritorio, al fondo de la habitación; buen escondite, pensé, ya que éste tenía un tablero de madera en la parte frontal.

María apagó las luces. De oídas, pude saber que caminaba en dirección el escritorio; pero dado que ella ya sabía que ese escondite estaba ocupado, sólo puedo suponer que planeaba ocultarse tras la librería de al lado.

Aguardamos unos minutos en el más absoluto silencio, hasta que finalmente oímos los pasos del doctor Watson aproximarse a la puerta. A partir de ahí, sólo debíamos esperar a que él encendiera las luces para salir de nuestros escondites gritando “¡Sorpresa!”. No podía adivinar lo que ocurrió a continuación.

La puerta se abrió. Desde mi escondite apenas podía distinguir la silueta de mi viejo amigo recortándose sobre las luces del pasillo. Entró y cerró la puerta tras de sí. Después de eso pudimos oírle trastabillar una vez, tantear la pared varias veces, emitir un extraño suspiro, volver a tantear la pared (esta vez con más fuerza) y, finalmente, desplomarse. Sentí a María pasar a mi lado como una exhalación, corriendo hacia el interruptor de la luz.

Cuando las luces se encendieron, todos salimos de nuestros escondites. El doctor Juan “Watson” Garzón yacía moribundo en la misma puerta de su estudio, con una daga clavada en su espalda. María gritó horrorizada y se desmayó junto a él.

Nadie sabía qué decir ni qué hacer. Yo mismo me encontré superado por el shock. Tardé un par de segundos en reaccionar.

-Atiéndela a ella –dije a Jaime.
-¡Pero…!
-¡Atiéndela a ella!

Sin quitar ojo de encima a su padre, Jaime corrió a reanimar a su madre. Yo traté de procesar mentalmente la escena. Todos habíamos salido de nuestros correspondientes escondites; quienquiera que fuese, tuvo tiempo de volver a su sitio. Pero no debió tener demasiado tiempo para llegar hasta la puerta y cometer la agresión desde que Watson entró.

-Jack… -gimió de pronto mi amigo.

Corrí hacia el cuerpo agonizante del doctor Watson y lo sostuve entre mis brazos. Error, como comprendí más tarde, porque ahora mis huellas estaban en el cuerpo.

-Dime, Watson.
-“Debería… haber entrado… en el bar más cercano” –recitó con voz temblorosa-. “Ese es… el centro… de todos los cotilleos…”

Quise decirle que ahorrase fuerzas. Quise decirle que intentase darnos alguna pista sobre su agresor. Pero instintivamente acabé por seguirle el juego, aquel viejo juego de las frases memorables que hacía años que no retomábamos. Y quizás fue porque él había escogido, probablemente a sabiendas, una de mis frases favoritas.

-“La Aventura de la Ciclista Solitaria” –le dije.
-No- respondió con una última sonrisa y un gesto que bien pudo ser un guiño.

Y fue en ese momento, mientras mi viejo amigo y mentor moría en mis brazos, mientras Isabel se apresuraba a buscar un teléfono para llamar a la policía y a una ambulancia que llegaría demasiado tarde, cuando comprendí la horrible verdad. No fue hasta entonces, cuando mi cerebro volvió a entrar en modo investigador, que me di cuenta del auténtico problema de este caso.

Los seis invitados éramos sospechosos; todos estábamos en la escena del crimen cuando se cometió el asesinato. Y ninguno de los seis teníamos coartada: en el momento del crimen, ninguno podía ver lo que hacían los demás, y por tanto ninguno de nosotros teníamos testigos.

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