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MARATÓN DEL MISTERIO – Etapa 2 – Caso nº 00028: DE MENTIRAS Y ROBOS

Lo que empezó como una mentira se había convertido en una investigación por robo. El “señor Martínez”, que tanto anhelaba contratar nuestros servicios, había optado por irrumpir en nuestro almacén de pruebas y robarnos una revista. Sólo una revista. Boniatus había revisado el almacén una docena de veces y no había encontrado nada más fuera de lugar.

Eso nos dejaba con sólo una vía de investigación. Dado que ese hombre se había esforzado en no regalarnos ni tan siquiera una huella dactilar parcial, y dado que probablemente ni siquiera su nombre fuese auténtico, sólo teníamos el objeto del robo para investigar.

Así que, una semana después y tras asegurarnos de que no teníamos nada más, me presenté en el gabinete de relaciones públicas de Carlos Ashmoor. Hacía tiempo que no veía a aquel caballero, y en ocasiones pienso que me habría gustado visitarlo en otras circunstancias. Pero por desgracia, no tendría el placer de coincidir con él si no era por motivos de trabajo… y del mío, no del suyo.

Si he de ser sincero, lo primero que me extrañó fue cuánto tardó Ashmoor en recibirme. Quería creer que, a primera hora del lunes, le pillaría con poca faena por delante, y la infalible puntualidad británica de Ashmoor me confirmaba, fuera de todo género de dudas, que estaba en su despacho cuando llegué. Sin embargo me tuvieron esperando tres cuartos de hora antes de recibirme, cuarenta y cinco minutos de miradas inquietas por parte de una decena de empleados.

Cuando finalmente me hicieron pasar, quedé sorprendido por lo que encontré. La siempre aguda y penetrante mirada de Ashmoor había quedado reducida ahora a un par de puntos de angustia y stress por encima de su nariz. Me dedicó una cordial sonrisa cuando entré, pero podía notar que era forzada. A su invitación, tomé asiento y esperé a que me preguntase.

Aún así, la pregunta me cogió por sorpresa:

—No negaré que sus habilidades siempre me han impresionado, señor Ryder, y normalmente prefiero sentarme, disfrutar del espectáculo y tratar de seguir sus razonamientos por mí mismo; pero esta vez tengo que preguntárselo: ¿cómo ha sabido lo del robo?
—¿Disculpe?
—Por eso ha venido, ¿no es cierto? Por el robo.
—Así es… Disculpe, ¿cómo ha…?
—¿Qué quiere decir con…?

No sabría decir quién de los dos lo pilló primero. Pero él lo dijo en voz alta antes que yo.

—A ustedes también les han robado, ¿verdad?
—¿Cuándo ha sido? —pregunté.
—Hace dos semanas. ¿Ha sido la revista?
—Así es. La única explicación a mi visita, ¿verdad?
—¿Han podido ver al ladrón?
—Sí pero no sabemos quién es. No tenemos huellas, ni una identificación.
—Ya han tenido más suerte que nosotros.
—¿Cree que ambos robos están relacionados?
—Puede ser. Pero claro, es un error teorizar sin pruebas, ¿no es así?
—Sin duda —dije con una sonrisa franca.

Ashmoor me devolvió la sonrisa. Por un momento los dos lo tuvimos claro: ayudarle a él podría ayudarnos a nosotros.

—¿Qué les ha desaparecido?
—¿Qué puede desaparecernos a nosotros?
—Información.
—Comprenderá, supongo, que no puedo revelar la naturaleza de dicha información. Podría perjudicar la imagen de nuestros clientes, sin mencionar la de nuestro gabinete.
—Lo comprendo, pero nos ayudaría al menos saber sobre qué clientes trataba dicha información.
—Me es imposible revelar esa información.
—Señor Ashmoor, entienda que cualquier dato que nos ayude a esclarecer estos robos…
—Como hemos acordado hace un momento, sería un error teorizar sin pruebas. No sabemos si ambos robos están relacionados, y mientras no lo sepamos no veo que exista ningún motivo por el que dicha información deba ser revelada. Mi negocio se dedica a la imagen, señor Ryder. Muchos de mis clientes dependen de mi discreción.

Contuve mi impulso de responder. Ashmoor tenía razón, no podía basar mis argumentos en que resolver su robo esclarecería el nuestro, pero no por ello dejaba de ser una vía de investigación. Necesitábamos averiguar si existía una conexión. ¿Hasta qué punto podíamos prescindir de esa información?

—Le propongo algo —dije entonces—. Echaremos un vistazo al lugar del robo. Hablaremos con su gente, incluso con usted mismo, para recopilar toda la información posible. Investigaremos este robo, y si encontramos algo que lo relacione con el nuestro, usted compartirá algo más de información con nosotros. De esta forma no tendrá que revelar nada si no es estrictamente necesario.
—Hm, no es una mala opción —meditó Ashmoor—. Huelga decir que, en el caso de que dicha información deba revelarse, esperaré de ustedes la discreción de unos profesionales.
—Naturalmente.

En fin. No eran las condiciones óptimas, pero sabía que Carlos Ashmoor colaboraría con nosotros tanto como sinceramente pensase que podía. Además, era la única pista que teníamos para dar con “Martínez”.

—¡Bien! ¿Por dónde empezamos?

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MARATÓN DEL MISTERIO – Intermedio 1 –

Ya era tarde y el señor Martínez (si es que ese era su nombre) no se presentaba. Poco a poco, los investigadores de la Sociedad del Misterio dejaban que el cansancio pudiese con la curiosidad y se retiraban, instándome a avisarles si había alguna novedad en el caso. Al final, ya sólo quedábamos los jefes de departamento y yo.

A punto estábamos de darnos por vencidos cuando nuestro esperado visitante finalmente apareció. Se presentó con la misma mirada de desconfianza que la primera vez. Tomó asiento sin ser invitado y esperó un par de prudenciales segundos antes de preguntar.

—¿Cuándo pueden empezar con mi caso?

Zalaya carraspeó.

—Bueno, verá, señor Martínez… Esta es la situación. Somos una consultoría privada, lo que significa que nos reservamos el derecho a escoger a nuestros clientes. Y aunque su caso nos resulta francamente interesante, bueno… Existe una serie de impedimentos que deberían ser arreglados antes de…
—¿De qué está hablando? —inquirió Martínez con una mirada de desesperación.
—Iré directo al grano. Nos ha mentido. Sabemos por su reloj que su último destino no ha sido Canarias. Sabemos por su miedo que no es escultor. Sabemos por su historia que no huyó del país cuando nos dijo. Sabemos por su trabajo que no se dedicaba a la falsificación. Incluso sabemos por sus guantes que no es Eduardo Martínez. Estaremos encantados de ayudarle con su problema, pero primero usted tendrá que confiar en nosotros.
—¿Qué?
—Ya me ha oído. Si quiere que resolvamos su caso, tiene que ser sincero con nosotros. No podemos trabajar si no sabemos cuánta de la información que tenemos es veraz.

Martínez se levantó de la silla hecho un basilisco. Boniatus y yo nos tensamos en el acto, dispuestos a impedir cualquier tipo de agresión. Pero no hizo falta: nuestro visitante se contuvo en el último momento, como si hubiera decidido que eso no iba a servir de nada.

Como una exhalación, salió del despacho dando un nuevo portazo. Se habían convertido ya en su especialidad.

—¿Me he pasado? —preguntó Zalaya.
—¡Deja de preguntar eso! Le has puesto las cosas claras, simplemente. Si quiere nuestros servicios, que acepte nuestras condiciones.
—Si es que ya le vale, jefe… Yo en estos casos me pregunto qué pretende la gente. Engañarnos no, nos lo ha puesto muy fácil, así que ¿qué?
—¿No te has quedado con ganas de saber a quién quería que investigáramos? —pregunté.
—La verdad es que sí. Pero bueno, si se lo piensa ya volverá y nos contará la verdad para que podamos empezar a…
—Algo va mal —interrumpió Boniatus.
—¿Qué?
—Ha tardado más de lo normal en dar el segundo portazo.

Y sin decir más, salió corriendo del despacho. Zalaya y yo nos miramos y le seguimos a toda prisa. Pero antes de que diéramos con él…

—¡Agente caído!

Guiándonos por su voz, recorrimos la sala común, pasando entre las mesas de los investigadores, hasta llegar a la entrada del almacén de pruebas. Y allí estaba: el agente Rabbit, el guardián de nuestro almacén, tumbado en el suelo sin conocimiento.

—¿Cómo está?
—Saldrá de esta. Jack, ese tío ha cogido la llave del almacén.

Me fijé en la puerta de nuestro almacén de pruebas, a la espalda del Profesor Boniatus. La llave estaba aún en la cerradura, y la puerta abierta de par en par.

Relevé a Boniatus: si teníamos una escena del crimen, él era el mejor para investigarla. Mandé a Zalaya a perseguir a nuestro visitante, y verifiqué que el agente Rabbit no había sufrido daños irreparables. Después me uní a Boniatus en el almacén.

—¿Qué falta?
—Poca cosa, Jack. Martínez no parece haber tocado mucho. Tendría que echar un vistazo más a fondo, pero así a primera vista… diría que sólo falta esto.

Señaló hacia un estante donde yacía una caja vacía. Identifiqué inmediatamente el contenedor y, por tanto, el contenido desaparecido. Martínez había robado la revista que Carlos Ashmoor nos regaló tras el caso Ruby.

—Termina de revisar la escena. Yo voy a llamarlos a todos. De momento no vamos a aceptar más casos.
—¿Qué? ¿La Sociedad del Misterio cierra sus puertas?
—Sólo al público, profesor. Alguien nos ha mentido y robado en nuestras propias narices. Ahora mismo, nuestro cliente somos nosotros. Si vamos a darle caza al ladrón, será mejor que volquemos todos nuestros esfuerzos.
—¡Jack! —me llamó mientras me dirigía hacia el teléfono—. Oye, entiendo que el robo de una revista guarra en nuestras oficinas es motivo de indignación, pero ¿no crees que lo estás sacando un poco de quicio?

En ese momento no supe verlo con claridad. Pero cuando recuerdo la sonrisa que esbocé entonces, comprendo ahora que se trataba de la emoción de la caza.

—Esa caja estaba guardada al fondo del almacén. Si Martínez no ha tocado nada más es que ha ido a tiro hecho a por ella. ¿Sabía lo que buscaba? Esto se ha convertido en una Maratón del Misterio y el pistoletazo de salida ya ha sonado. ¿Cuánta ventaja más quieres dejar que nos lleve nuestro ladrón?

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MARATÓN DEL MISTERIO – Etapa 1 – Caso nº 00027: EMPEZÓ CON UNA MENTIRA

Por fin, después de una semana de mañanas frías sin remedio, la caldera del edificio había sido reparada. Aunque para nuestra desgracia, aún no funcionaba como era debido y tardaría todavía un poco en caldear nuestras oficinas. Y lo peor: no había manera de saber cuánto.

Boniatus, Jack y yo éramos, como de costumbre, los primeros en llegar. Así que el buen profesor ocupó su puesto junto a la cafetera para preparar provisiones calientes para todos. Yo me calentaba ya las manos con mi taza, disfrutando con el relato del último viaje de Boniatus, cuando alguien empezó a aporrear la puerta.

—¿Quién será a estas horas? —preguntó Jack mirando el reloj. Aún eran las ocho y media, faltaba media hora para que abriéramos al público.

Intrigado acudió a la puerta. Poco le faltó para ser arrollado por nuestro visitante. Se trataba de un hombre, cerca de los sesenta, cabeza afeitada y una poblada barba, con gafas. Sus ojos, aunque hundidos en su rostro, centelleaban de excitación. Sudaba copiosamente, quizás por el abrigo largo que vestía y los gruesos guantes de piel. Se le veía presa del pánico. No dejaba de mirar a su alrededor, de consultar su reloj de bolsillo y de hacer lo imposible por mantenerse alejado de las ventanas.

—¡Tienen que ayudarme! —suplicó en un hilo de voz—. ¡Mi vida corre peligro!

Pese a que aún no nos encontrábamos en nuestro horario de atención al cliente, el estado azorado de nuestro visitante nos hizo acceder, por una vez, a una reunión de emergencia en el despacho de Jack. Cerramos las persianas y nos dispusimos a escuchar su relato.

El hombre tragó saliva. Se le veía terriblemente incómodo.

—Mi nombre es… Martínez. Eduardo Martínez. Y a día de hoy, soy un hombre a la fuga. Y todo por una mala decisión que tomé en un momento de dificultad.

—Continúe.

—Verá. Hace tres años, yo era un hombre respetado en mi trabajo. Nadie lo hacía mejor que yo.

—¿A qué se dedicaba? —preguntó Jack.

—Era escultor. Bueno, antes había hecho otros trabajos, ya sabe, incluso había dado clases. Pero mi vocación era la escultura. Escultura de alto nivel. Lo que yo hacía, la gente rica lo compraba para exhibirlo con orgullo.

—¿Y qué pasó?

Su rostro se ensombreció.

—Tuve un… escarceo con una de mis ayudantes. La cosa no salió demasiado bien, y todo mi prestigio acabó por los suelos. Perdí mi clientela, perdí mi negocio, lo perdí todo. Y entonces apareció un hombre que me dijo que podía devolvérmelo todo… si trabajaba para él.

—¿Hablamos de la mafia?

—¿La mafia? —dijo Martínez con una sonrisa desquiciada—. ¡La mafia no tendría nada que hacer con este tío! No, el hombre del que hablo sólo tiene un objetivo, y está dedicado por completo a conseguirlo. Con una precisión quirúrgica, se lo digo yo y sé de lo que hablo.

El calor de la caldera entró de golpe en nuestra oficina. Por un momento creo que todos deseamos poder abrir las ventanas, pero podríamos ver que, si lo hacíamos, el corazón de nuestro cliente podía explotar.

—Al principio no parecía nada peligroso, ¿sabe? Sólo un hombre con problemas dispuesto a ayudar a otro hombre con problemas. Pero pronto empezó a pedirme que hiciera… cosas que no iban conmigo para nada. Entonces decidí dejar de trabajar con él en cuanto pudiera…

—Disculpe, ¿cosas que no iban con usted? —preguntó Boniatus—. ¿Qué era, falsificación?

—¡Sí! Sí, en cierto modo sí. Verán, al principio sólo tenía que poner mi firma en algo que no era mío. No me sentía muy cómodo con eso, pero pagaba bien. Luego… Luego me pidió que…

Le costaba trabajo hablar. Se quitó el abrigo.

—Me pidió que… Que destruyese una obra.

—¿Suya?

—¿Qué…? ¡No! ¿Cómo va a…? No, no era obra mía. Era una advertencia, ¿saben? Quería que sus objetivos supieran de lo que era capaz.

—¿Por destruir una escultura? —pregunté.

—Es algo más complicado de lo que le puedo explicar. Pero lo peor fue que… bueno… ¡que se aseguró de que se supiera que había sido yo!

—¿Cómo?

—¡Sabía que le iba a traicionar! Así que salí huyendo. Me fui del país un tiempo. Pero luego me di cuenta… Me di cuenta de que había dejado cabos sueltos. No me entiendan mal, no conducían a mí, pero sí a mis allegados. Intenté ponerles sobre aviso, pero para cuando llegué ya estaban muertos.

—¿Muertos?

—Ya les he dicho que hablamos de un hombre peligroso. ¿Es que no me escuchan? Cuando supe de la muerte de mis allegados, comprendí que en España no estaba a salvo. ¡Corro un gran peligro volviendo aquí!

—¿Volviendo aquí? —pregunté yo.

—Sí, bueno, a España digo. Acabo de volver de las Canarias, llegué hace… —forcejeó un rato con su reloj de bolsillo, maldiciendo por lo bajo hasta que por fin consiguió abrirlo— una hora y media, a las ocho, y he venido directamente a sus oficinas para hablar con ustedes, porque me he dado cuenta de que ya no puedo seguir huyendo. ¡Ese hombre tiene que acabar entre rejas!

—Verá, señor Martínez —explicó Jack—, si lo que usted dice es cierto, ese hombre acabará cayendo por su propio peso. Quiero decir, ha cometido varios asesinatos, ¿no?

Martínez sonrió como un diablo.

—No es tan sencillo. Ese viejo cuervo es muy listo. Sabe cómo volverlo todo a su favor, cómo controlar la opinión del público y ponerla de su parte. Siempre tiene un as en la manga, siempre sabe cómo quedar como el héroe de la película. Y nunca se le puede relacionar con nada, jamás se mancha las manos si puede evitarlo. Tiene toda una red de espías, informadores, asesinos y ladrones trabajando a sus órdenes, sin contar a sus lugartenientes. Lleva años acumulando riquezas y dedicándolas a sus fines. Si fuera fácil reunir pruebas que sirviesen de algo contra él, ya lo habría conseguido yo en estos años.

Jack abrió la boca para responderle algo, Pero en ese momento decidí adelantarme:

—Bien, caballero, su caso es francamente interesante, pero me temo que ahora mismo andamos algo hasta arriba de trabajo… Sin embargo habremos cerrado uno o dos casos para el fin de semana. Si fuera tan amable de volver para entonces…

Pude ver que, a mi lado, Jack se había quedado perplejo y con la palabra en la boca, pero aún así asentía con una sonrisa cordial. A nuestro visitante se le vino el mundo a los pies, al mismo tiempo que nos clavaba una mirada de absoluto estupor.

—Acabo de decirles que mi vida corre un grave peligro —murmuró.

—Lo sé, pero por desgracia nos pilla hasta arriba. Si fuera tan amable de volver el fin de semana…

Se levantó hecho una fiera, se volvió a poner el abrigo y se marchó dando un portazo en el despacho y otro aún más fuerte en la puerta principal. Inmediatamente, Jack se giró hacia mi.

—Bueno, qué, ¿me lo cuentas o me espero a tu informe?

—Miente. Está claro.

—¡Pero si ni siquiera nos ha contado quién le persigue!

—Porque no le he dado tiempo. No quería que nos utilizara y nos pusiera a investigar a quien no es.

—Entonces crees que lo de que le persiguen…

—Oh, no, eso lo ha dicho en serio. No sé si es verdad pero al menos él cree que sí.

—¿Entonces?

—Los guantes.

—¿Qué?

—No se ha quitado los guantes. El abrigo sí, tenía calor, pero no los guantes. Ni siquiera para abrir el reloj, que mira que le ha costado trabajo. Y yo pregunto: ¿por qué alguien que está acalorado no se quita unos guantes tan gruesos?

—¿Para no dejar huellas? —aventuró Boniatus.

—No tiene sentido, ya nos ha dicho quién es —apuntó Jack.

—A menos que eso sea mentira. Si no deja huellas no podemos verificar su identidad. Nos ha mentido, jefe, y antes de que nos metamos en este caso quiero estar seguro de cuánto de lo que nos ha contado es verdad y cuánto no.

Jack meditó sobre mis palabras. Tanto tiempo, quizás, que me empecé a temer lo peor.

—Me he colado, ¿verdad? Lo sabía. Lo siento, jefe, a veces me emociono, ya lo sabes, pero es que juraría que… Mierda, si corro mucho a lo mejor todavía le alcanzo…

—¿Para qué? Sabemos que volverá a venir el fin de semana.

—¿Qué?

Me sonrió.

—Uno no llega a jefe de departamento a base de no tener ni idea de lo que hace. Me fío de tu criterio como me fío del de Boniatus. ¿Crees que miente? El caso es tuyo. Tienes hasta el fin de semana.

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Caso nº 00021: EL TESORO DEL EXILIADO (CERRADO)

Gervasio Peláez no podía tener menos de noventa años, y parecía estar más cerca del siglo. Sus ojos enmarcados en arrugas no eran capaces de ver más allá de su nariz, la cual goteaba constantemente. Su cuerpo, menguado con los años, no dejaba de temblar como una hoja. Le llevó casi dos minutos llegar desde la entrada de mi despacho hasta el asiento que se le ofrecía. Cuando finalmente consiguió sentarse, se quitó el raído sombrero con el que se tocaba y lo depositó sobre sus rodillas, descubriendo un rostro tostado por el sol pero marcado por cicatrices de toda una vida.

El tipo de persona, pensé, que aún enviaría cartas manuscritas a día de hoy. Y el tipo de persona que pediría ayuda para escribir una carta.

—En su carta decía que quería contratar nuestros servicios —dije para iniciar la conversación.
—Ustedes son detectives, ¿no es así? —titubeó con voz vacilante, pero con una firme determinación en sus ojos casi ciegos.
—Así es. Hemos resuelto ya un par de docenas de casos, asesinatos principalmente pero también robos y secuestros, e incluso un caso de amenazas…
—Necesito que me ayuden a buscar un tesoro.

Pausa dramática.

—Un tesoro —repetí.
—Me ha entendido mal. No estoy loco, joven. No es que tenga un mapa del tesoro perdido del pirata Barbanegra, si es lo que cree.
—No tengo datos suficientes aún para creer nada, señor Peláez. ¿Quiere contarme su historia?

Al saber que aún no estaba siendo juzgado, suavizó el gesto y comenzó.

—Mi padre, que Dios lo tenga en su gloria, era constructor. Estaba bastante bien situado, tenía algunos cuantos contratos para gente de confianza del mismísimo Alfonso XIII, por lo que nunca nos faltó de nada mientras él vivía. Pero cuando empezó todo lo del Expediente Picasso, se empezó a obsesionar con atesorar todo lo que teníamos. Así que escondió la fortuna familiar en algún lugar de nuestra casa, pero nunca nos dijo ni a mi madre ni a mí dónde la guardó. Recuerdo que siempre la llamaba “El salvavidas”.

»Murió durante el golpe de estado de Primo de Rivera, por lo que mi madre y yo quedamos solos, arruinados y frustrados. Sabíamos que teníamos bastante dinero, pero no teníamos ni idea de dónde estaba. Madre murió poco después, por enfermedad, teniendo yo trece años. Así que me quedé completamente solo…
—Disculpe la interrupción —intervine—… ¿cómo pudo esconderlo todo en algún lugar de la casa familiar sin que ni usted ni su madre vieran nada?
—Madre y yo solíamos ir a visitar a mi abuela, en paz descanse. Padre solía quedarse en casa. Supongo que lo haría en una de esas escapadas.

»De cualquier manera, de algo tenía que vivir. Así que tuve que dejar la casa y empecé a trabajar como mozo de cuadras. Pero al estallar la Guerra Civil, se supo que mi amo había colaborado con los comunistas y tuvimos que irnos todos al exilio, primero a Francia y de ahí a México. Ahí es donde he pasado los siguientes sesenta y siete años de mi vida.

»¡Y no es que me queje! Allí pude desarrollar mis actividades artísticas. Me he estado ganando bien la vida en Latinoamérica, hasta que me empezó a fallar la vista. Me retiré, olvidado ya el tesoro de mi padre y decidido a vivir mis últimos años de vida con tranquilidad y tirando de lo que había podido ganar como pintor.

»Entonces fue cuando encontré esto —dijo, sacando lentamente un sobre del bolsillo interior de su chaqueta—. Estaba entre las viejas pertenencias de mi padre, lo que me pude llevar conmigo. Es una especie de acertijo… no sabía lo que podía ser hasta que leí la última palabra.
—“Salvavidas” —leí—. Instrucciones dejadas por su padre para recordar dónde escondió el tesoro.
—Exactamente —replicó con un guiño—. Suponiendo que se trataría de eso, cogí el primer vuelo a España para comprobarlo. Pero yo ya no estoy para resolver adivinanzas, y mucho menos para poner la casa patas arriba buscando pistas. Mi memoria no es lo que era, y mis ojos ni le cuento.
—Por eso quiere contratarnos. Necesita ojos y cerebros extra.
—La fortuna es bastante grande, joven. Comprenderá que no tengo una cifra exacta. Pero si me ayudasen a encontrarla, les recompensaría con un veinte por ciento.
—Si me permite la curiosidad… ¿exactamente en qué consiste dicho tesoro?
—Dinero, joyas, y algunas obras de arte.

Carraspeé.

—¿Y qué… ejém… qué tipo de obras de arte?
—Jarrones, estatuillas, esas cosas.

Suspiré aliviado. Me preocupaba que don Gervasio entendiese como “Obras de Arte” lo que nosotros entendíamos como “almacén de pruebas, estanterías uno a treinta y ocho por ahora”.

—Es un poco arriesgado suponer que el tesoro sigue ahí después de más de medio siglo, si me permite el comentario…
—Tengo algunos ahorros. Si el tesoro no aparece, igualmente les pagaré por sus servicios. Pero sé que la vieja casa de mi familia sigue en pie, así que… estoy seguro de que el tesoro sigue donde mi padre lo dejó.
—Señor Peláez, tiene que entender unas cuantas cosas. En primer lugar, nosotros podemos encontrar lo que busca… si sigue estando ahí. Pero quizás le resultaría más fácil, rápido y económico derribar la casa y buscar entre los escombros. Si su padre era constructor, no me extrañaría que hubiera escondido el tesoro dentro de los tabiques.
—Oh, no, no, hay obras de arte en ese tesoro. No me gustaría dañarlas. A la casa claro que le tengo cariño, pero he vivido fuera de ella demasiados años como para ponerme sentimental.
—Y en segundo lugar, en la Sociedad del Misterio tenemos una política: si en dos semanas no hemos encontrado nada, consideraremos que el rastro se ha enfriado y que las posibilidades de éxito se reducen. Eso quiere decir que, si para entonces no tenemos resultados, cerraremos la investigación.
—Si eso ocurre… a menos que encuentre otra solución, haré caso de su sugerencia y derribaré los tabiques. Pero primero quiero intentarlo con las instrucciones de mi padre.

Las instrucciones. Sostuve el papel entre mis dedos, enguantados para no dejar huellas. Desde luego parecía una especie de acertijo demasiado largo… necesitaría saber cómo era la casa para encontrarle algo de sentido:

Empiezo mirando a mi ángel fijamente a los ojos. Un ángel siempre protege lo más sagrado, y me recuerdo que es eso lo que estoy haciendo. Desde ahí retrocedo seis pasos, giro tres cuartos de hora y avanzo hasta llegar a las escaleras. Al otro lado de las mismas, el pasado me recuerda que se me hace tarde, así que sigo caminando. Dejo que mi estómago me guíe, pero las paredes me oprimen así que huyo de ellas. Sin dejar de caminar en línea recta, pronto echo de menos las paredes, así que sin girarme vuelvo a ellas. Y desde aquí, donde guardo aquello que mi mujer y mi hijo nunca deben encontrar, escribo estas palabras en honor al salvavidas.

—Bien, creo que mi compañero el investigador Zalaya estará encantado de tomarle declaración. El Profesor Boniatus, que es ese amable caballero que vigila la cafetera como si le fuera la vida en ello, necesitará conocer la dirección de la casa. Y ya que lo menciono, ¿le apetece un café?

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