Archivo mensual: septiembre 2011

MARATÓN DEL MISTERIO – El informe

Aquella mañana no parecía haber nada destacable. Tan sólo un hombre sentado en un banco del parque, hojeando un periódico sin demasiado interés. Un hombre vestido con ropa ligera, tocado con una gorra. Nada sospechoso.

No para el ojo inexperto, al menos.

Pero un investigador cualificado podía ver mucho más. Podía ver que el periódico era de dos días atrás. Podía ver que era la única persona en el parque. Podía ver dónde estaba situado ese parque. Ni siquiera necesitaría ver el rostro del hombre para saber que no se trataba de un simple paseante disfrutando de un momento de relajación.

El investigador se aproximó al hombre. Se sentó junto a él sin mediar palabra y aguardó unos segundos, a ver si su compañero de banco tenía el valor de iniciar la conversación.

Fueron los segundos más tensos de mi vida. Pero al final, fue el investigador quien tuvo que dar el primer paso.

—¿Qué ha sido del sombrero y la gabardina, Jack? —preguntó.
Suspiré y levanté la mirada del periódico.
—Demasiado calor, Víctor —respondí—. ¿Cómo has sabido que estaría aquí?
—Era el único sitio en el que podías estar. Al menos, sabiendo que hoy la Sociedad cumple cuatro añitos y no te atreves a volver a tu oficina. ¿Quieres explicarme qué es esto?
Arjona soltó sobre mi regazo una abultada carpeta. Una carpeta con el emblema de la Sociedad del Misterio, el sello de la huella dactilar con el signo de interrogación entre sus dibujos.
—Mi informe —repliqué—, dado que el caso se nos ha quedado oficialmente grande. Un ciudadano responsable, en estas circunstancias, avisaría a la policía y les proporcionaría toda la información de que dispusiera.
—Déjate de tonterías, Jack, nos conocemos desde hace ya mucho. ¿Por qué me pasas esto?
—Porque eres el único en el Departamento que todavía me quiere ver con buenos ojos, y porque no quiero que esto se quede sin cerrar.
—Jack…
—Dos muertos, Víctor. Porque alguien nos robó una revista porno. Se nos ha ido de las manos.
—Jack, en serio, corta ya el rollo —espetó Arjona—. Tú no has dejado este caso. Puedes endosarme todos los papeles que quieras, puedes cerrar las oficinas y declarar que has abandonado la investigación. Pero los dos sabemos que sigues tras la pista del asesino.
—¿Y qué te hace pensar eso?
—Que estás sentado frente al escenario de la segunda muerte, escondiéndote detrás de un periódico que no estás leyendo.
Solté el periódico con frustración.
—Tú eres demasiado listo, Víctor —refunfuñé—. Tú SABES hacer trabajo de investigación, nos contratas para tener más tiempo libre.
—Jack, odio decirte esto, pero creo que estás teorizando sin pruebas. Sólo tenéis un muerto. El segundo ha sido, a falta de nuevos datos, una coincidencia.
—¿Sin pruebas? ¿Has repasado bien ese expediente? ¿Es que ya no recuerdas dónde se encontró el cadáver? ¿Y de verdad pretendes que me crea que la segunda víctima no tenía relación alguna con nosotros?
—Inconcluyente. Oye, ni siquiera deberíais culparos por el primer muerto… Joder, que no lo habéis matado vosotros. Pero el segundo no tiene nada que ver. Hazme caso.
—¿Es la postura oficial de la Policía?
—¿Pues sabes qué? Sí que lo es.
—¿Y la tuya?
Y ahí Arjona guardó silencio. Durante dos reveladores segundos.
—Tampoco te lo crees, ¿verdad?
—No tenemos pruebas, Jack, y eso es lo único que importa. Intenta no olvidar tus propias lecciones.
—¿Pero y si algo se nos hubiera pasado por alto? Ya se nos escapó lo de la furgoneta.
—¿Crees que vas a descubrir la clave de todos los misterios sentándote en un banco del parque?
—Asesinato en el Orient Express, Poirot resolvió el caso sentándose en una silla.
—Jack, odias esa novela, y los dos sabemos que Poirot se inventó la resolución del caso y acertó de chiripa. No intentes engañarme a mí, por favor, que nos conocemos. ¿Qué tramas?
—Los dos queremos que este caso se cierre de una vez por todas, ¿verdad?
—Sí.
—Pues déjame que me guarde mi pequeño as en la manga. No estoy haciendo nada ilegal, eso tenlo claro; pero necesito que me dejes guardarme esto.

Arjona me miró con suspicacia. Por toda respuesta, esbocé una media sonrisa de disculpa. Pero no me sacaría más. La Policía nos culpaba de la primera muerte, pensaban que habíamos abandonado nuestras responsabilidades y nos habían cerrado las puertas. Sólo Arjona seguía de nuestra parte en comisaría.
¿Cómo, entonces, iba a revelar que Irene Watson, la forense externa con la que trabajaba la Policía, también estaba intentando ayudarnos? ¿Cómo iba a exponerla tan pronto?

—Muy bien. Tienes tus secretos, te lo concedo. No me lo digas todo. Pero no me mientas, Jack. Si queréis volver a ser bien vistos en comisaría, no puedo jugar con malas cartas, así que dame respuestas sinceras.
—Es justo.
—Bien. Porque aunque el Comisario agradece tu gesto de buen ciudadano, no creo que nadie en comisaría tenga ni idea de cómo seguir con esto. Vosotros necesitáis volver y nosotros necesitamos ayuda, así que vas a tener que currártelo para que os vuelvan a dejar entrar.
—¿Crees que podremos hacerlo?

Con gesto grave, Arjona se levantó y miró hacia el edificio que teníamos frente a nosotros. El objetivo de mi intensa vigilancia.

—Eso espero —respondió—. Porque no creo que consigas entrar ahí sin nuestra ayuda.

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