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MARATÓN DEL MISTERIO – Intermedio 2 –

—Esto es lo que hemos averiguado —dije.

Carlos Ashmoor nos siguió por toda su sala de documentación mientras le explicaba, con todo lujo de detalles, los hallazgos de Boniatus. El falso techo, inviable. La ventilación, inaccesible. La única posibilidad: la puerta de entrada.

—Como puede ver —indicó Boniatus—, la única explicación lógica es que el ladrón entró del mismo modo que nosotros. A eso añadamos que tenía que saber dónde buscar… Sospecho que el ladrón conocía el lugar, o bien obtuvo información de alguien que lo conoce.
—¿Cree que compró esa información a uno de mis empleados?
—O que quizás sea uno de sus empleados—apuntó Zalaya—. Según he oído, uno de ellos se ha comprado un cochazo recientemente, y hay alguno de baja.
—En cualquier caso, el ladrón sabía lo que buscaba —concreté—. No se habría tomado tantas molestias sólo para robar algo al azar. Lo que cuadra con el modus operandi de nuestro ladrón.
—No creo que sea suficiente. Que el ladrón sepa lo que buscaba es algo demasiado genérico. ¿Cómo sabemos que no se trata de un caso idéntico a los anteriores?
—Es la primera vez que ha faltado algo en su sala de documentación —intervino Boniatus.
—¿Disculpe?
—Su empleado, el señor Ponce, me ha dicho que nunca antes habían llegado a echar nada en falta. Si les han robado antes, el ladrón copiaba los datos y devolvía el original. Esta vez se lo ha llevado. No es el mismo ladrón, o bien esta vez el cliente quería los originales.
—Encaja con nuestro caso, pero no con los suyos anteriores —concluí—. No es su mismo ladrón de siempre.
—No lo entiendo —musitó Ashmoor—. Lo único que la Sociedad del Misterio y Ashmoor Comunicación tienen en común es al Asesino del Destornillador.
—Quizás haya habido alguna novedad al respecto.
—No, ninguna, sigo el caso de forma activa…

De pronto algo pasó por la mente de Ashmoor.

—… a no ser…
—¿Qué?
—La información robada. Se trata de los datos de un cliente nuestro, una nueva fundación pro-vida. Tienen la intención de presentar batalla a la pena de muerte en Estados Unidos, para empezar. Que es, recordarán, donde Peter D. Gordon está condenado a muerte.
—Un nexo de unión. Tendremos que hablar con esa fundación. ¿Dónde podemos encontrarles?

Ashmoor nos pidió un momento y comenzó a buscar en su ordenador. En ese mismo momento sentí en mi bolsillo el zumbido de un SMS entrante… y por la reacción de mis jefes de departamento comprendí que a ellos también les había pasado.

—¡Lo tengo! —exclamó Ashmoor—. Aquí está la dirección.

Nuestro anfitrión imprimió los datos de la fundación. Razón social, dirección postal, nombre del promotor de la idea. Me lo tendió tan pronto como salió de la impresora.

Claro. Nosotros y nuestra suerte.

—¿Cree que les será de alguna ayuda? —preguntó.
—Habrá que hacer lo que se pueda —comenté, tratando de no traslucir mi descontento—. Seguiremos esta pista, gracias. A cambio, acepte nuestro consejo: averigüe qué pasa con esa baja y con ese cochazo.

Tan pronto como salíamos por la puerta del gabinete de Ashmoor, mis jefes de departamento me preguntaron qué era lo que me había disgustado tanto. A modo de respuesta, les puse en las manos el papel que Ashmoor me había impreso. Boniatus lo cogió de inmediato.

—Oh, mierda —se lamentó.
—¿Te encargas tú? A ti ya te conoce.
—Qué remedio.
—Uhm, chicos… —avisó Zalaya mirando su móvil—. ¿Vuestro SMS es igual que el mío?

Leímos la pantalla de su móvil, e inmediatamente consultamos los nuestros. Efectivamente, los tres habíamos recibido el mismo mensaje desde un número oculto:

“¿Le queréis? Le tengo. Venid a buscarlo”.

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Los Archivos de la Sociedad del Misterio: Casos 00001 a 00010.

Bien, equipo, lo hemos conseguido. La Sociedad del Misterio ha logrado resolver sus primeros diez casos. Robos, secuestros y, en su mayoría, asesinatos. Durante todo este tiempo hemos ido ganando renombre, algunos de vosotros habéis subido puestos en esta Sociedad, e incluso hemos llegado a ser tan importantes que nos hemos ganado un enemigo. Pero quizás algunos de vosotros os preguntéis en qué hemos ayudado, en qué hemos hecho cambiar las cosas.

Por eso he creído que os interesaría echarle un vistazo a esto. Durante estos diez últimos trabajos he estado haciendo un seguimiento de todas las personas implicadas. ¿Queréis saber qué ha sido de ellos?

Caso nº 00001: La Mano del Muerto

David Jiménez fue hallado culpable por el cargo de asesinato. Entró en prisión, pero pronto cometió dos intentos fallidos de suicidio. Su abogado recurrió la condena alegando enajenación mental. Actualmente está interno en el centro psiquiátrico El Arca. Si me lo preguntáis, diría que de la expresión “intentos fallidos de suicidio” nuestro buen David se volcó más en lo “fallido” que en lo demás. Su madre, enferma desde hacía tiempo y muy afectada por haber perdido a dos hijos, fue hospitalizada hace dos semanas; los médicos no le dan mucho tiempo de vida. Cecilia Ordóñez, ex-pareja sentimental de la víctima, había abandonado la ciudad para volver a casa de sus padres; pero cuando ha sabido del delicado estado de la anciana, volvió para hacerle compañía en el hospital. No hablan de Andrés; ninguna quiere hacerle daño a la otra. He sabido que, con ayuda de sus padres, Cecilia ha decidido empezar a estudiar Bellas Artes.

Caso nº 00002: El Asesinato del Doctor Watson

“Isabel Alterio”, la asesina a sueldo contratada para matar a Watson, cumple condena en una prisión de máxima seguridad; sin embargo debió conseguir un buen trato, porque a pesar de estar cumpliendo la condena íntegra tiene todos los privilegios imaginables. No así los policías corruptos que la contrataron. Ahora alguno de ellos dice que obedecían órdenes, y que por un buen acuerdo está dispuesto a revelar de quién provenían. Ninguno de los demás suelta prenda, pero tampoco parece importarles… la fiscalía no está muy convencida de que haya nada de verdad tras esa historia. En cuanto a la familia Watson, les está costando pero os alegrará saber que están saliendo adelante. Jaime ha pintado una serie de retratos de sus padres, basándose en viejas fotografías, y los expone ahora mismo en Nueva York; María ha decidido vender la casa, pero se la ha vendido a unos viejos amigos de la familia a los que visita con frecuencia, así que aún mantiene sus raíces; por supuesto ya sabéis cómo le va a Irene; y Samuel, el mayordomo, logró encontrar trabajo al servicio de un magnate del mundo editorial.

Caso nº 00003: Asesinatos Anticipados

Ernesto Núñez y Míriam Esquivel, los dos asesinos, cumplen sendas condenas por asesinato y conspiración para cometer asesinato en dos centros penitenciarios separados. El juez consideró que el riesgo de fuga era elevado, por lo que dictó sentencia sin fianza.

Caso nº 00004: La caza del Zorro

Diego Banderas, el asesino de Víctor García, cumple actualmente condena por asesinato. A día de hoy, sólo se arrepiente de haberse dejado coger con tanta facilidad. Simón Jimeno reunió el valor necesario y llamó a su antigua novia, Elena, a la que García había seducido en la fiesta de graduación. Pero como todos sabemos cuál es el cotilleo que realmente nos interesa… Antonio Vega y Patricia Mármol (la Catwoman de la fiesta) se estuvieron viendo durante dos semanas, antes de descubrir que se estaban poniendo los cuernos el uno al otro desde el principio. Ahora se habla de planes de boda.

Caso nº 00005: La escena y el crimen

Federico Aquino sigue escribiendo desde la cárcel. Especializado como estaba en crear personajes de criminales, para él la prisión es una especie de “oportunidad de oro”. Leopoldo Romero ya había decidido rodar el guión póstumo de Gabriel Rojas incluso antes de leerlo, a modo de homenaje. Cuando finalmente lo tuvo en sus manos, no se arrepintió de su decisión. La fecha de estreno está prevista para Diciembre de este año. En cuanto a Susana Montero, la secretaria, consiguió trabajo en la empresa de su novio. Hace dos meses cogió vacaciones y se fue de viaje. Desde entonces le tengo perdida la pista.

Caso nº 00006: El Faisán de Oro

Lo poco que sabemos del asesino es lo mismo que sabíamos hasta ahora. A. K. sigue burlándonos cada vez que nos lo encontramos. Ahora sabemos que fue un candidato a miembro del club, que se identificó como Edward Pierce, quien habló al presidente, Gerónimo Sáez de Vidal, de la Sociedad del Misterio seis días después del robo. La excusa fue la pasión de Sáez de Vidal por la literatura detectivesca. Edward Pierce es el nombre (probablemente falso) de la mente maestra que organizó el Gran Robo del Tren… así que creo que podemos adivinar quién era realmente ese candidato. Sáez de Vidal apenas recuerda nada de su cara, sólo que tenía una mirada penetrante y aguda. En cuanto al registro del barco de Quintanilla, por las marcas en el polvo sabemos que han desaparecido tres objetos de tamaño mediano, aunque no podemos saber qué tres objetos eran.

Caso nº 00007: Cinco días para morir

Ágata Castro sigue viva gracias a nosotros, pero también gracias a un enorme equipo médico. Su doctor le da poco tiempo de vida, esta vez por causas naturales. La enfermera, Berta Pocino, sigue cuidando de ella. Sus servicios los paga Ofelia Salazar, nuera de la víctima. Aída Cubero, la nieta, visita a su abuela todas las semanas y se asegura de que no le falte de nada. Nadie le ha contado nada de su secuestro, ni por qué su hijo, Héctor Cubero (actualmente cumpliendo condena por detención ilegal) no va ya nunca a visitarla. La buena mujer es feliz en su ignorancia.

Caso nº 00008: Réquiem por un payaso

Primero lo primero: os alegrará saber que el cuerpo de Jorge Brezo descansa ya finalmente en suelo sagrado gracias a nuestros descubrimientos. Su hermana Virginia nos da las gracias de todo corazón. En cuanto al resto de los implicados… Armando Mazas cumple condena por el asesinato de su compañero de escena. Su abogado está intentando recurrir su condena alegando enajenación mental. A la fiscalía le parece un poquito tarde para probar con ese farol. Violeta Sanpedro ha reforzado su amistad con Virginia Brezo, se han estado apoyando mutuamente; actualmente ensaya para su próxima ópera, Salomé, de Richard Strauss. Juan Nicolaides ha decidido dar un giro a su carrera y ha empezado a escribir una ópera por su cuenta. Y en cuanto a la participación de A. K. en este misterio… todavía no se ha determinado cómo supo nuestro viejo archienemigo que Mazas cometería el asesinato.

Caso nº 00009: Las tres muertes de Gonzalo Estrada

Águeda Benítez, la única víctima superviviente de Gonzalo Estrada, sufrió una recaída cuando supo que su hermano Pablo había sido detenido por asesinato; pero los cuidados médicos del Centro Arca para enfermos mentales la han ayudado a reponerse. Pablo sabe cuánto sufre su hermana, pero también piensa que ha hecho lo único que podía hacer para protegerla. Bernardo Ceballos opina lo mismo, aunque a día de hoy ha recapacitado sobre sus acciones y piensa que dejar escapar a un asesino sólo porque él mismo odiase a la víctima podría no haber sido una idea tan buena… ha comprendido que entonces no sabía si el asesino tenía intención de volver a matar. De quien apenas se ha vuelto a saber es de Alejandro Ruiz. Sigue vivo, pero ha cerrado la tienda y apenas sale de casa; según se rumorea, está pensando mudarse de barrio. Tal parece que su jugada de “decir que lo hice yo y convertirme así en el héroe de mis vecinos” le ha salido un poco al revés, y ahora es el hazmerreír del vecindario.

Caso nº 00010: El caso del tomo transformado

Simón Olazábal, el restaurador, aún está esperando al juicio, así que su abogado está preparando la mejor defensa que pueda fabricar. La fiscalía me ha pedido que participe como testigo, así que los que habéis participado en este caso estad atentos porque podría necesitar la colaboración de alguno de vosotros. El director del museo intenta limpiar su buen nombre tras el escándalo, pero por ahora no le va demasiado bien. Ahora que el director está demasiado ocupado con sus propios problemas, el becario, Casimiro Pino, y la secretaria, Nuria Osasuna, se han visto libres de la censura y han empezado una relación seria. Elías Monje, el vigilante nocturno, podría ser degradado por haber permitido el robo, pero personalmente no creo que le acabe pasando nada.

Ahí tenéis. La Historia de la Sociedad del Misterio hasta ahora. Como podéis ver, no hemos pasado precisamente inadvertidos… vuestro buen trabajo ha dejado su huella.

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Caso nº 00007: CINCO DÍAS PARA MORIR (CERRADO)

Eran las cinco treinta y siete de la tarde cuando llegué al escenario de nuestro nuevo misterio. Allí, junto con los implicados en el caso, me esperaba la policía… y nuestro nuevo jefe de procesamiento de la escena del crimen, el recién ascendido profesor Boniatus, que según la policía llevaba ya esperándome cuarenta y cinco minutos. Lo que confirmaba que su coche sí funcionaba.

—¿Qué tenemos?
—Desaparición, posible secuestro. Señales de violencia, pero no hay nota de rescate. La desaparecida es Ágata Castro, viuda, ochenta y dos años. Está impedida.
—¿Impedida? ¿Qué tiene?
—¡Qué no tiene! Artritis, insuficiencia renal, arterioesclerosis, diabetes, demencia senil, ataques epilépticos, episodios psicóticos… El armarito de su baño es una farmacia de tres plantas. Ahora iba a llamar a su médico para conseguir más información sobre su estado.
—Ya veo. ¿Qué llevas hecho?
—Primero he sacado fotos, nada más llegar. El resto de los tres cuartos de hora que llevo aquí esperándote me he dedicado a procesar la escena.

Carraspeé.

—Bueno, soy… —titubeé-, soy el investigador jefe, tengo… tengo… a veces tengo otros casos que atender y…
—Ya -interrumpió—. El puto coche, ¿no?
—Y que sigo sin saber qué es lo que le pasa.

Palmeé el hombro a mi compañero para felicitarle por un trabajo bien hecho y pedí a la policía que me pusiera al corriente. Ágata Castro vivía sola con la enfermera que su hijo contrató para ella, Berta Pocino (cuarenta y tres años, soltera). Su familia (hijo, nuera y nieta) apenas la visitaban. Todos los días entre semana, a las tres de la tarde, durante la siesta de la señora Castro, Berta bajaba a la tienda a comprar los avíos para el día. Esta tarde, sin embargo, cuando regresó de la compra media hora más tarde, se encontró con la casa revuelta… y sin la señora Castro. Inmediatamente se puso a buscarla y, al no dar con ella, fue preguntando a todos los vecinos hasta que, una hora después y presa de la desesperación, llamó a la policía y al señor Héctor Cubero, hijo de la señora Castro (cincuenta y cuatro años, casado, presidente de una empresa de importaciones textiles).

—¿Se ha verificado la historia de la señorita Pocino? —pregunté al sargento al mando.
—Estamos contrastándola ahora mismo. Por el momento tenemos varios testigos: el tendero que la atendió, cinco vecinos a los que preguntó en sus propias casas, y una señora que sacaba algo a reciclar cuando ella volvía a casa.
—Entonces parece que su versión se sostiene.
—No exactamente —me corrigió el sargento—. Esto certifica que salió de casa e hizo todo lo que ha declarado… pero no que no cometiera ella misma el crimen. No tiene testigos dentro de la propia casa.

Observé la escena del crimen. La habitación olía a cerrado, las persianas estaban casi bajadas y no parecían haber sido subidas en una semana. Había signos evidentes de pelea, o de forcejeo. La señora Castro se resistió. Una lámpara volcada, una silla caída, trozos de vidrio de una botella. Esto último me llamó la atención: ¿el secuestrador decidió utilizar una botella rota como arma para disuadir a su víctima de escapar? ¿La agredió? Busqué rastros de sangre, pero el suelo estaba completamente seco y las sábanas todo lo limpias que podían estar. ¿Faltaba algo, aparte de la víctima? No había marcas de polvo en los muebles ni de arrastre en el suelo salvo junto a la librería. Pero en este caso, parecía que sólo la habían desplazado levemente, como si la hubieran empujado sin querer.

Había postergado demasiado el siguiente paso. Fui directamente a hablar con la familia de la víctima. Además del ya citado Héctor Cubero, allí estaban Ofelia Salazar (cuarenta y ocho años, esposa de Héctor Cubero y marchante de arte) y Aída Cubero (treinta y tres años, hija de los Cubero, nieta de Ágata Castro, soltera, ejecutiva de cuentas de una agencia publicitaria).

—¡Ah, por fin! —exclamó el señor Cubero al verme llegar—. ¿Ha descubierto ya algo?
—Aún estamos investigando…
—Pues dese prisa, joven. He tenido que abandonar una reunión importantísima en la sede central de mi empresa, y me gustaría poder volver cuanto antes.
—No seas así, Héctor —le reprochó su esposa—. Todo el día trabajo, trabajo, trabajo. ¡Deberíamos ser capaces de sacar tiempo para los problemas de la familia!
—Sería la primera vez —masculló Aída por lo bajo.
—Verá, detective —prosiguió Ofelia Salazar—. Mi suegra siempre ha sido… digamos, “de trato difícil”. Pero sigo sin poder entender para qué querría nuestra Berta escondérnosla…
—Yo creo que se ha ido ella sola —gruñó Héctor Cubero—. Mi madre está loca, lo sabe todo el mundo.
—¡Papá! ¡No hables así de la abuela!
—No, Aída, hija, tu padre cuando se lo propone es así de “diplomático” pero ahí tiene razón. La abuela Ágata no está bien de la cabeza. Pero no sé, no creo yo que se hubiera ido por sí sola…
—Bueno, si quiere mi opinión —expresó Aída Cubero en voz baja—, yo no descartaría que la abuela esté muerta y que Berta se haya deshecho del cuerpo antes de llamar a nadie.
—¿Tiene alguna prueba que respalde esa teoría, señorita?
—Bueno, no… pero ¿no lo vería usted lógico? Berta es su enfermera, si algo le pasaba a la abuela ella sería la responsable directa, así que entierra el cadáver y luego llama diciendo que ha desaparecido. Así se libra de las sospechas.
—Necesito un trago —se lamentó Héctor Cubero.
—¿También ahora tenía que salir tu alcoholismo a relucir? —masculló Ofelia Salazar con un mohín de desprecio.
—¡Beber me ayuda a relajarme! ¡Y aquí tu hija está insinuando que mi madre está muerta!
—¡También es tu hija! ¡Y te recuerdo que, hace un momento, tú mismo estabas deseando volverte a tu reunión!
—Damas, caballero —interrumpí—, si queremos que esta investigación progrese voy a necesitar su colaboración. Veamos, ¿qué estaban haciendo cuando recibieron la llamada?
—Ya se lo he dicho, estaba en una reunión con el notario —replicó Héctor Cubero—. Fuera de la ciudad, además, o sea que encima he tenido que conducir una hora de vuelta para que, probablemente, mi madre se haya ido por su propio pie.
—Yo negociaba la compra de unos cuadros cuando me llamaron —explicó Ofelia Salazar—. Fui la primera en llegar.
—Y yo estaba en mi oficina, archivando una campaña recién cerrada —agregó Aída Cubero—. Pregunte a cualquiera de mi agencia. Llegué poco después que mi madre.

Tomé debida nota de las declaraciones de los tres implicados, cuando de pronto Boniatus me llamó para que acudiera de nuevo al dormitorio de la víctima. Al llegar a su encuentro, pude ver la preocupación reflejada en su rostro.

—Tenemos un problema serio, jefe —me dijo—. Acabo de hablar con el médico de la señora Castro.
—Informe.
—¿Todos esos medicamentos que tiene en el armarito del baño? Los necesita tomar a diario. Todos. Algunos dos veces al día.
—Dime que no significa lo que creo que significa.
—Me temo que así es, Jack —agregó con gesto grave—. Sin su medicación, su médico le da unos cinco días de vida.

Observé un par de detalles más de la casa y volví al salón. Allí me dirigí al sargento que llevaba el caso.

—La Sociedad del Misterio acepta este caso, pero tenemos que empezar pidiendo un favor.
—Adelante.
—Retengan a la señorita Pocino, por supuesto, es nuestra principal sospechosa… pero, si fuera posible, evite que estas tres personas abandonen la ciudad.

Los familiares de la víctima protestaron indignados. Amenazaron con demandarme. El señor Cubero incluso hizo un amago de agredirme físicamente. Yo traté de mantenerme imperturbable todo el tiempo que pude.

El sargento me llevó aparte.

—¿A qué ha venido eso, Ryder? —me increpó—.¿Es consciente de que acaba de insultar a los afectados familiares de una anciana desaparecida?
—La cerradura no ha sido forzada, así como ninguna de las ventanas—expliqué—. El secuestrador tenía llave… y eso apunta directamente a la familia.
—O a la enfermera, ¿no cree? A fin de cuentas, es nuestra sospechosa principal.
—Hay más. La familia Cubero es rica, ¿no es cierto?
—Sí, tienen negocios muy prósperos, ¿pero a qué viene…?
—Bien. ¿Quién secuestraría a un miembro de una familia rica y no pediría un rescate? Eso me hace pensar que no se trata de la enfermera.
—No son pruebas sólidas. No puede dedicarse a sospechar de cualquiera sin pruebas sólidas.

Bajé la mirada. Ciertamente, sólo teníamos indicios, pero no podía dejar que el secuestrador saliese indemne, no con tan poco tiempo.

—Cinco días —dije entonces—. Denos cinco días para investigar este caso. Si en cinco días no hemos logrado encontrar ninguna prueba, abandonaremos la investigación.
—Tendrán que trabajar con lo que tienen, Ryder —me replicó el sargento—. Dudo mucho que ahora mismo la familia se muestre muy abierta a hablar con usted o sus agentes.
—Pero necesitaremos…
—Traigan alguna prueba sólida contra alguna de estas tres personas, y yo mismo prepararé la sala de interrogatorios. Hasta entonces, trabajen con lo que tienen. Yo intentaré convencer a la familia de que lo mejor en este caso es que permanezcan en la ciudad… por si se supiera algo.

Agradecí al sargento su consideración y nos pusimos inmediatamente manos a la obra. Teníamos cinco días para resolver un secuestro… antes de que se convirtiera en un homicidio.

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