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LOS ARCHIVOS SECRETOS DEL DOCTOR WATSON. Archivo Nº 003: El patrón oculto

Damas, caballeros, de momento tenemos una temporada tranquila. Parece que con el calor a los criminales les da perrera salir de casa, o algo así… pero lo cierto es que no nos ha entrado ningún caso nuevo todavía.

Pero no desesperéis, estamos preparados para esa contingencia. Creo que es un buen momento para sacar a la luz un nuevo Archivo Secreto del Doctor Watson. Los veteranos del lugar recordaréis que estos documentos, presentados aquí a modo de ejercicio práctico, son el testimonio que dejó mi difunto amigo y mentor, el doctor Juan “Watson” Garzón, de su último caso. Un caso de corrupción policial que decidió investigar por su cuenta, un caso que llegó a resolver pero que murió antes de poder cerrar. En la columna de la izquierda podéis consultar los dos archivos anteriores, si queréis poneros al día. Y quizás os interese… porque en este informe van a hacer su aparición un par de viejos conocidos. Uno de ellos es del primer Archivo Watson; pero al segundo lo hemos conocido en persona.

Bien, vamos allá. Como ya sabéis, el procedimiento es el siguiente: durante una semana, podréis ver la conclusión sacada por Watson pero me guardaré el párrafo en el que explica cómo llega a ella. Durante ese tiempo, activaré la moderación de conjeturas para que, aunque todas me lleguen, nadie pueda ver las de los demás. Cada día os avisaré de qué conjeturas se han recibido, y dentro de siete días… podréis verlas todas publicadas junto con la solución.

¿Listos?

ARCHIVO Nº 003: EL PATRÓN OCULTO
por el doctor Juan Garzón

El patrón parecía evidente. El asesinato de Fermín Bueno y la difamación de Ramón Varela lo indicaban con bastante claridad: alguien de dentro del cuerpo estaba eliminando a otros policías. Pero me faltaba el móvil. ¿Por qué un chico de azul mata a otro? ¿Qué podía tener nadie del cuerpo contra esos dos hombres?

Me enfrentaba a un problema bastante complejo, sin embargo: ¿cómo investigar? Los expedientes de las víctimas y los informes de las autopsias apenas podrían revelar nada acerca del motivo. La única opción era el interrogatorio… pero no sabía quién estaba detrás de todo esto, no podía arriesgarme a descubrir el objeto de mi investigación demasiado pronto. No, si quería indagar sobre este asunto necesitaba encontrar primero un buen pretexto.

Solicité consultar los expedientes de ambos agentes, con el pretexto de que había pequeñas inconsistencias en sus autopsias, nada serio, pero que quería verificar. Necesitaba encontrar conexiones entre ambas víctimas, algo que fuese evidente que no tuviera nada que ver con sus muertes, pero que justificase una investigación por mi parte. Busqué enfrentamientos con otros compañeros. Busqué posibles denuncias a Asuntos Internos. Busqué decomisos irregulares. Busqué indicios de corrupción. Pero no logré dar con absolutamente nada.

Fuera cual fuese el motivo, no había pasado por los registros. Nadie parecía poder tener nada en contra de Fermín Bueno o de Ramón Varela. Salvo algunas pequeñas irregularidades completamente pasables, se diría que los difuntos eran los policías menos problemáticos de la central.

Tres golpes en mi puerta me sobresaltaron. Pero llevo muchos años en el departamento como para perder la compostura en estas situaciones. Con un ademán de mi mano indiqué, sin mirar a quien esperaba al otro lado del cristal de la puerta, que esperase un momento. Guardé cuidadosamente los expedientes, asegurándome de que no quedase ningún nombre a la vista, y entonces invité a mi visitante a pasar.

El hombre que atravesó la puerta resultó no ser otro que el agente Gabriel Hernando, ex-compañero de la primera víctima. Con quien no había vuelto a hablar desde el juicio. Sabía que Hernando estaba furioso conmigo por no haber insistido todo lo posible para que encarcelasen a Carlos Bordes Ferrón por el asesinato del agente Bueno; pero creo que en el fondo era él quien me había estado esquivando a mí todo este tiempo. Suponía que ya iba siendo hora de asumir las consecuencias de mis acciones.

Pero la tarde aún me reservaba más sorpresas. Hernando se sentó frente a mí y, tras un incómodo silencio, acabó por pedirme perdón por su actitud. Claro que le indignó que yo no hiciera más por encarcelar al asesino de su compañero y amigo… pero, y aunque le costó casi un mes de reflexión, había acabado por ver la misma incoherencia que yo. Bordes no podía ser la mano detrás de la muerte de Fermín Bueno. Y de pronto le había preocupado estarse volcando en encerrar al hombre equivocado. Quería saber qué pensaba yo, de quién sospechaba, y si podía ayudarme en algo.

Escuché sus observaciones con gran interés. Pero no le dije que yo pensaba lo mismo. ¿Cómo saber que podía confiar en él? Quizás intentaba averiguar lo que yo había descubierto para saber si me había convertido en una amenaza. Me limité a decirle que le mantendría informado si averiguaba algo… cosa que pensaba hacer. Para bien o para mal, Hernando había contactado conmigo. Si era una artimaña podía utilizarla en mi beneficio, y si no lo era quizás había encontrado un aliado.

De cualquier manera, no estaba preparado para confiar en él. Pero no podía negar que esto me había dado una idea.

Consulté de nuevo los expedientes de ambas víctimas. Pero esta vez no buscaba nada sobre ellos… sino sobre sus entornos. Quería saber con quiénes habían trabajado. En qué misiones habían estado. Había intentado averiguar si ellos fueron acusados a Asuntos Internos, pero ¿y si fue al revés? ¿Y si estos dos policías, tan aparentemente incorruptibles, se convirtieron en el obstáculo de otros un poco más corruptibles? O aún más… ¿y si simplemente pasaron por donde no debían?

Encontré por fin un par de puntos en común. El agente Hernández, había sido el último compañero de Varela, y participó en la operación de captura de Carlos Bordes; y una redada a un laboratorio ilegal, hacía sólo tres meses, en la que ambos habían tomado parte (Varela sólo en el aspecto administrativo).

Analicé ambos puntos en común. Hernández no era tan honrado como las víctimas, pero tampoco parecía un mal poli. Al menos, según su expediente. Había algo que no me cuadraba, según su dirección vivía en uno de los mejores barrios de la ciudad, pero su sueldo no debería permitírselo. ¿Quizás se sacaba un sobresueldo? No obstante, su expediente aún no recogía nada sospechoso. Durante la captura de Bordes su actuación fue ejemplar. Nada relevante desde entonces, salvo que se había presentado un par de veces al examen para inspector.

La redada había perjudicado a un narco de los importantes, Emilio Moragas. Ese laboratorio era uno de sus principales; pero además, uno de los técnicos detenidos habló más de la cuenta y vinculó directamente el laboratorio con Moragas. En el momento de escribir estas líneas, la fiscalía ya está preparando su acusación, y parece bastante blindada. Lo que significa que todos los implicados con aquella redada, nuestras dos víctimas incluidas, se habían ganado un poderoso enemigo. Un enemigo tan poderoso, que podría perfectamente tener contactos en el departamento.

Después de estudiar detenidamente ambos casos, opté por quedarme con el tema de las drogas. Era muy visible, por lo que a nadie le extrañaría que yo lo investigara. Era un tema de actualidad, lo que implicaba que no me pedirían que pospusiera mis indagaciones. Y lo que es más importante… era claramente una pista falsa. Lo que me permitía investigar el auténtico rastro, el agente Hernández, sin levantar las sospechas de los responsables…

[…]

¿CÓMO SUPO WATSON QUE LA PISTA DE MORAGAS ERA FALSA?

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LOS ARCHIVOS SECRETOS DEL DOCTOR WATSON. Archivo Nº 002: Dos muertes sospechosas

Bueno, compañeros y compañeras… como no se nos ha quedado el mejor sabor de boca posible de nuestro último caso, y mientras nos entra alguno nuevo, creo que este es un buen momento para desempolvar los Archivos Secretos del Doctor Watson.

Recordaréis, probablemente, que estos son los informes confidenciales que mi difunto amigo y mentor, el doctor en medicina forense Juan “Watson” Garzón, elaboró para demostrar que existía corrupción policial en el cuerpo. También es posible que recordéis que, en su testamento, Watson nos legaba estos informes… en forma de lecciones prácticas. Así que ya sabéis, aquí tenéis un caso ya resuelto, pero del que se omite el razonamiento que llevó a la deducción final.

Tenéis, como siempre, una semana para resolverlo. Como de costumbre, las conjeturas permanecerán ocultas hasta el cierre, de forma que si alguien acierta los demás no lo vean y puedan seguir participando.

Una cosa más… no es estrictamente necesario, pero si alguien quiere retomar el hilo desde la última lección recordad que tenéis aquí el primero de los Archivos Secretos.

¿Listos?

ARCHIVO Nº 002: DOS MUERTES SOSPECHOSAS
por el doctor Juan Garzón

La corrupción en el cuerpo de policía era ya una certeza en este punto, pero necesitaba más pruebas para asegurarme de blindar la investigación. Y lo más importante, aún me faltaba averiguar hasta dónde llegaba la corrupción. De momento tenía dos vías abiertas, el psiquiatra y la policía científica; y el compañero del difunto Fermín Bueno tampoco me terminaba de parecer trigo limpio, pero no tenía nada sólido que utilizar contra él

Fue entonces cuando me llegaron dos muertes más en dos días consecutivos.

La primera fue Elvira Prat, treinta y siete años, ama de casa. La esposa de Ramón Varela, cuarenta, policía. Había sido brutalmente golpeada hasta morir. La muerte fue causada por una fuerte contusión en el cráneo, sobre la sien derecha. Mi examen determinó que dicho golpe fue propinado con un objeto pesado y romo, de aproximadamente cinco centímetros de diámetro, y la posición de la herida indicaba que el agresor había estado frente a la víctima cuando la golpeó. De hecho, pocas heridas se encontraban en la parte posterior del cuerpo… el asesino la estaba mirando a los ojos mientras la mataba a golpes.

Varela casi se desmorona cuando vino a identificar el cadáver. Sus compañeros tuvieron que ayudarlo a salir de la morgue, de tanto que le temblaban las piernas. La última vez que lo vi, se lo llevaban al bar a tomar algo para reponerse.

Durante el resto del día me estuve informando. Varela no parecía tener enemigos. Era un poli de barrio honesto, no se veía involucrado en grandes crímenes ni en problemas con bandas. Como mucho había puesto alguna multa, pero nunca había tenido que llegar a la detención. Elvira apenas salía de casa, se habían mudado recientemente a un nuevo barrio así que sus vecinos apenas la conocían. Me intrigó el detalle de la mudanza, así que indagué un poco más: Varela había solicitado el traslado para poder vivir en una zona mejor de la ciudad.

¿El motivo? Lo sospeché antes de leerlo, las pruebas forenses señalaban en esa dirección: el matrimonio quería convertirse en una familia. Elvira Prat murió embarazada de cinco semanas.

Podía comprender la desesperación que había invadido a su marido. No sólo había perdido a su mujer, sino también a su futuro hijo.

Supongo que por eso no me terminó de sorprender lo que ocurrió al día siguiente. Apenas acababa de empezar mi turno cuando Ramón Varela entró en mi sala de autopsias en una bolsa negra. Suicidio, me dijeron. Lo que sí me cogió por sorpresa fue el presunto móvil: según me dijeron sus compañeros, la investigación de la muerte de su mujer había sacado a la luz una incómoda verdad que había empujado a Varela a quitarse la vida. Y esa verdad era que fue él mismo quien golpeó hasta la muerte a su mujer.

He visto casos de violencia de género, más de los que me gustaría, y debo reconocer que no había visto nada en la autopsia de Elvira Prat que desmintiese esa hipótesis. Además, según tenía entendido Varela era bastante dado a la bebida. Recordé su nerviosismo al ver el cadáver de su mujer (comprensible, por otra parte), y cómo lo primero que hizo fue bajar al bar a emborracharse.

¿Sería eso lo que había ocurrido? ¿Un nuevo caso de “mata a su pareja y se suicida”?

En el fondo quise que la autopsia desmintiera la teoría del suicidio. Pero no fue así. La bala que extraje del cráneo casaba a la perfección con su arma reglamentaria. La pistola se encontró en su mano derecha, la herida en su sien derecha, rastros de pólvora sobre la mano y la manga. La sangre en el cañón y la quemadura en torno a la herida de bala indicaban que el disparo fue efectuado a quemarropa.

No cabía duda. Ramón Varela se había quitado la vida. Sin embargo, y contra todo pronóstico… eso fue precisamente lo que me confirmó que existía corrupción en el cuerpo, que algunos policías estaban siendo eliminados, y que Ramón Varela no era sino la última víctima hasta la fecha:

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¿QUÉ FUE LO QUE ENCONTRÓ WATSON EN ESTAS AUTOPSIAS?

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LOS ARCHIVOS SECRETOS DEL DOCTOR WATSON. Archivo Nº 001: El asesinato de Fermín Bueno

Damas, caballeros…

Hoy se cumple un año de la muerte de mi amigo y mentor, el doctor Juan “Watson” Garzón. Un turbio asesinato relacionado con una investigación por corrupción policial y en el que familiares y amigos de la víctima, yo mismo incluido, nos vimos implicados y convertidos en sospechosos. Un misterio cuya resolución nos dejó, quizá, con la sensación de que no lo habíamos descubierto todo.

El caso es que, os lo creáis o no, Watson nos nombraba en su testamento.

Así es. Si bien los bienes materiales han pasado a la familia, la Sociedad del Misterio hereda algo quizás más valioso, al menos para gente como nosotros. La única condición que figuraba en el testamento era que debíamos aguardar un año desde el día de la muerte de Watson, pero ahora que ese día ha llegado… Watson nos ha dejado en herencia sus archivos secretos, sus investigaciones sobre la corrupción que asolaba el departamento de policía.

Debo añadir que, aunque la única condición obligatoria era la del plazo de un año, Watson me sugería que os dosificase sus archivos, y que los utilizara como ejercicios prácticos para vosotros. Así pues, y siguiendo su voluntad, a continuación podéis leer el informe con el que Watson comienza su investigación… pero sin el razonamiento que le permitió llegar a la conclusión. Sabréis qué dedujo Watson, sólo tendréis que descubrir cómo lo hizo. ¿Qué os parece?

ARCHIVO Nº 001: EL ASESINATO DE FERMÍN BUENO
por el doctor Juan Garzón

Doy comienzo a este diario de investigación para asegurarme de que no me dejo nada en el tintero. Mi objeto de estudio es ni más ni menos que el cuerpo de policía de la ciudad. Puedo demostrar, y esta primera anotación servirá para ello, que existe una conspiración criminal entre algunos miembros del cuerpo. Lo que intentaré determinar en el resto de este diario es el alcance de dicha conspiración, tanto a quién implica como hasta dónde pretenden llegar.

Lo irónico es que probablemente no me habría dado cuenta de nada de esto si el agente Fermín Bueno no hubiera sido asesinado. Cuarenta y un años, casado, un hijo de siete años. Fue hallado muerto en una cabaña de campo de su propiedad, múltiples heridas y laceraciones pre-mortem, herida de bala mortal en la frente. Marcas de ligaduras en muñecas y tobillos. Había un lapso de doce horas entre la herida más antigua y la mortal.

La policía ya había detenido a un sospechoso. Carlos Bordes Ferrón, asesino convicto, cuarenta y siete años. Mató a su mujer en el noventa y ocho, y luego asesinó a seis personas más. Detenido por el agente Bueno. Los psiquiatras que le han estudiado le definen como un sádico y un psicópata obsesivo. En la cárcel se le oyó hablar más de una vez de sus deseos de venganza contra el hombre que le detuvo. Fugado de la cárcel tres días antes del crimen. Sin coartada. Se negaba a responder al interrogatorio, presentaba un comportamiento hostil.

Las pruebas físicas eran bastante claras. Huellas en la escena y el cadáver. Cotejadas por expertos de la policía, encontrada coincidencia con el sospechoso. Colillas halladas en el garaje y en el ascensor del edificio de la víctima. Bastantes más colillas en la casa de campo. El ADN encontrado en ambas, cotejado nuevamente por los mismos expertos, incrimina al sospechoso. Varias herramientas encontradas en la cabaña (martillos, alicates, tenazas, incluso un hacha), todas ellas con la sangre de la víctima. Las heridas casan con las herramientas. La pistola, sin embargo, no se pudo encontrar.

Se requirió mi testimonio como experto forense en el juicio contra Bordes. Realicé la autopsia y emití mi dictamen. La víctima fue atada a una silla, torturada durante doce horas con saña pero con cuidado para no matarlo, y finalmente asesinada de un disparo en la cabeza. No se hallaron signos de lucha ni indicios de narcóticos, así que el asesino debió persuadir a la víctima para que fuera motu proprio a la cabaña y se dejase atar.

El compañero de la víctima, el agente Gabriel Hernando, me llamó antes del juicio y me pidió un favor personal. Su amigo y compañero había sido asesinado por un salvaje. Hernando quería que, en mi comparecencia, me asegurase de hacer hincapié en la coincidencia entre las pruebas encontradas y el sospechoso. Quería que no cupiese ninguna duda. Y dado que había muerto un policía, no me desagradaba la idea de evitar que el asesino se escapase por un tecnicismo.

Llegó el juicio. Mi presentación estaba preparada, bien documentada con los informes psiquiátricos del sospechoso. Asistí a la comparecencia del agente Hernando, emotiva y desgarradora, hablando de lo buen policía que era su compañero, de cuántas vidas salvó en acto de servicio y de lo intachable de su conducta. De cómo nunca aceptó un soborno, de cómo nunca mintió a un superior. El historial de un hombre que había muerto con la cabeza bien alta. Todo para dejar su nombre impoluto antes de ahondar en su asesinato.

Después habló el psiquiatra de la policía, doctor Juan Montes. El cuadro clínico y el historial delictivo del sospechoso eran impresionantes. En los últimos años, había volcado todo su odio y su obsesión hacia la víctima. Se indicó su modus operandi, brutal y despiadado: torturas, vejaciones, violaciones. En dos casos llegó a quemar a sus víctimas, aunque se aseguró de que se las pudiera identificar: quería que la gente supiera cuánto les despreciaba. Era un hombre fuerte que gustaba de la intimidación. Incluso entre rejas, disfrutaba amenazando a las familias de sus carceleros.

La última comparecencia antes de la mía fue la de Ramón Sambenito, de la policía científica. Reconstruyó la escena tal cual ocurrió para que el jurado supiera a qué clase de monstruo nos enfrentábamos: cómo el asesino esperó a la víctima hasta que entró a solas en el ascensor, cómo le asaltó allí mismo y le amenazó con matar a su hijo si no le acompañaba, cómo le obligó a ir a la cabaña donde finalmente fue torturado y asesinado. El tiempo, la calma con la que se cometió el crimen. La premeditación.

Mi turno. Repasé mis notas, analicé lo que había oído en el juicio, subí al estrado y me limité a detallar cómo había muerto el agente Bueno. No ahondé en la psique del criminal, que a fin de cuentas no era mi campo. No profundicé en el contexto de la víctima, sobre el que quizás ya se había dicho todo lo que se podía decir. No relacioné mis hallazgos con las pruebas físicas, no tenía sentido aburrir al público con información que ya tenían. Pero sobre todo, no dije más que lo que yo había podido observar con mis propios ojos porque no quería que el jurado se dejase influenciar por una información errónea.

En cuanto salí de la sala, ignorando las protestas del agente Hernando, volví a mi despacho y comencé a investigar por mi cuenta. Ahora sabía que no sólo el asesino no era el hombre que estaba en el banquillo de los acusados, sino que alguien de la policía intentaba, en el mejor de los casos, encubrir al auténtico responsable…

[…]

¿CÓMO SUPO WATSON QUE EL ASESINO NO ERA CARLOS BORDES?

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Caso nº 00002: EL ASESINATO DEL DOCTOR WATSON (CERRADO)

Ante todo quiero daros a todos las gracias por venir, especialmente habiendo sido avisados con tan poca antelación. Pero supongo que comprenderéis que la situación es lo bastante seria como para requerir vuestra presencia.

Creo que convendría que os pusiera en antecedentes. La Sociedad del Misterio acaba de empezar a actuar, como ya sabéis, pero gran parte del equipo (yo mismo incluido) ya hemos trabajado antes como investigadores en distintas áreas. Por eso decidimos crear esta sociedad, para ayudar a esclarecer todos los misterios que la policía no consigue resolver por sí misma, o incluso para asesorar a particulares como detectives privados.

Me siento muy orgulloso de mi equipo de investigadores. Pero para mí, estaría incompleto sin la participación de uno de mis más viejos amigos: el doctor en medicina forense Juan “Watson” Garzón.

Watson, como le llamábamos cariñosamente, fue quien me introdujo en el mundo de la investigación criminal. El forense más despierto que jamás he visto. Fue su insistencia la que impidió que la policía cerrase algunos casos antes de tiempo. Un forofo de la literatura detectivesca, cuando trabajábamos juntos teníamos la costumbre de desafiarnos con frases memorables de Sherlock Holmes, a ver si éramos capaces de adivinar a qué caso pertenecían. Para mí fue mucho más que un maestro.

Cuando decidimos crear la Sociedad del Misterio, naturalmente Watson fue uno de los primeros a los que llamé. Imaginad mi sorpresa cuando me dijo que se había retirado. Fue una pena porque por ahora dependemos del departamento forense de la policía, pero a nivel personal me supuso una terrible decepción.

A pesar de ello no volví a pensar en esta historia. Hasta que, durante la investigación del caso de la Mano del Muerto, recibí una llamada de su hijo. Jaime Garzón, cuarenta y cinco años, pintor. Me informaba de que se acercaba el cumpleaños del viejo Watson, y que la familia quería darle una fiesta sorpresa. Tenían muchas ganas de que yo pudiese unirme a ellos. Le dije que tendría que darme unos días, hasta que cerrásemos el caso actual, y que aún así no podría garantizarle nada porque no sabía si surgiría algún nuevo caso.

Volví a llamarle tan pronto como cerramos nuestro primer caso. Le noté algo preocupado. Finalmente logré que me contase lo que pasaba.

-Es ese maldito caso, Jack –me dijo-. El caso que no fue capaz de cerrar. Sabes que fue por eso por lo que se retiró, ¿no?
-No quise preguntar –respondí-, pero ya me calculaba que había tenido que hacer falta algo realmente frustrante para que alguien como tu padre se retirase del juego.
-El problema es que no le bastó con retirarse. Cada día ha estado algo más huraño, algo más obsesionado. Y como sigue sin conseguir avanzar, cada día que pasa se deprime más. Está fatal, Jack. Por eso queremos montarle algo para su cumpleaños, y por eso sería genial que pudieras venir.

¿Cómo podía negarme? Dejé bien claro que el trabajo podía reclamarme a última hora y que no sabía si podría ir con seguridad, pero me comprometí a asistir a la fiesta si no surgía ninguna complicación. Me moría de ganas de ver a mi viejo amigo, y quién sabe… pensé que quizás, si le ayudaba (o le ayudábamos) a cerrar su caso, tal vez recuperase los ánimos y se uniera al equipo.

El sábado 22 de Septiembre llegué a la casa de mi viejo amigo y maestro. Lo primero que hice fue soltar un silbido de admiración.

Watson siempre había sido muy ahorrador. Y según parece, la jubilación le permitió invertir el dinero en lo que siempre había querido: una pequeña mansión en la montaña, aislada del ruido de la ciudad, donde poder retirarse a pensar… o pasar el tiempo con sus familiares y amigos sin miedo a molestar a los vecinos.

La ex-mujer de mi amigo fue quien me recibió a la entrada. María Morales, sesenta y tres años, maestra de primaria. Siempre me costó trabajo creerme la historia del divorcio de María y Watson. Según ellos contaban, llegó un momento en el que María comprendió que seguía queriendo a su marido, pero que no podía soportar el trabajo que él desempeñaba. Sea como sea, jamás he conocido pareja de divorciados mejor avenida. Se siguieron viendo con frecuencia, salían juntos a cenar, y aún acudían juntos a todos los eventos sociales. Uno no sabía si habían olvidado que hubieran estado casados y sólo recordaban que eran buenos amigos de toda la vida, o si lo que habían olvidado era que ya no estaban casados.

No me sorprendió demasiado descubrir que el ayudante del doctor Watson, Samuel Viñas, ahora compartía techo con él como su mayordomo. Samuel (treinta y nueve) había sido un delincuente juvenil al que se le fue un robo de las manos. La investigación de Watson ayudó a la policía a dar con la pista del joven homicida involuntario, pero mi viejo colega fue capaz de ver que el muchacho había cometido un error que le perseguiría durante años, quizás durante toda su vida. No vio en sus ojos a un asesino. Así que, tan pronto como Viñas salió en libertad, recibió una inesperada oferta de trabajo de Watson. Pese a que como ayudante era pésimo, Watson nunca desistió y lo cuidó como a un hijo, empeñado como estaba en enderezarlo. Verle de frac, con pulcros guantes blancos y un delantal a rayas, me convenció de que al final mi amigo había conseguido su objetivo.

Jaime me saludó efusivamente cuando lo encontré en el salón. Pude ver un destello de esperanza en sus ojos.

-¡El viejo Jack! Me alegra que hayas podido venir, amigo.
-Yo también. ¿No está tu padre por aquí?
-No, y gracias a Dios. ¿Qué clase de fiesta sorpresa podríamos organizarle con él en casa?
-La misma que le estáis organizando sin él, Jaime –respondí con media sonrisa-. Parece que no conozcas a tu padre; está clarísimo que ya ha tenido que encontrar como mínimo media docena de pistas de lo que estáis planeando.
-Eso esperamos –terció María-. Nos hemos esforzado mucho en dejarle pistas falsas.

Me reí de buena gana. Desde luego no creía que ese truco pudiera engañar al viejo Watson, pero en el fondo sabía que yo habría intentado lo mismo.

El resto de los invitados llegaron durante la siguiente hora. Se trataba de Irene Garzón, la hija de mi amigo (cuarenta y tres años, forense como su padre); Pablo Morales, sobrino y ahijado de Watson (treinta y siete años, cocinero); e Isabel Alterio, novia de Jaime desde hacía un par de meses (treinta y dos años, cantante en un piano-bar).

Mi curiosidad se impuso a mi corrección, así que lo primero que hice cuando conocí a esta última fue preguntar por la diferencia de edad entre Isabel y Jaime. Eso sí, al menos tuve la delicadeza de esperar a que saliera de la habitación y preguntar a María.

-Bueno, entendemos que no es como si se hubiera liado con una adolescente –respondió-, pero no sé, creo que a Juan no le gusta. No quiere hablar del tema, así que no te puedo dar más datos.
-¿Cuándo le han gustado a Papá alguno de nuestros novios, mamá? –intervino Irene con la suficiente discreción como para que la conversación siguiese quedando entre nosotros.
-¡No seas así! Ramón le caía bien.
-Todo un éxito, me ligo a un imbécil y a papá le cae bien –replicó ella con una sonrisa.

Aunque sabíamos que nuestro homenajeado tardaría aún en llegar, habíamos optado por celebrar la fiesta en el estudio, una habitación sin ventanas para evitar que Watson viese la luz encendida al llegar. Habíamos asignado a Samuel la tarea de avisarnos por radio tan pronto como viese el coche acercarse a la casa, para tener tiempo de ocultarnos. Hasta entonces, decidimos ponernos cómodos.

Me acerqué a Pablo, junto al mueble-bar que mi amigo tenía en su estudio. Me llamó la atención que el mueble bar tuviese una cerradura de combinación, pero Watson siempre había sido bastante excéntrico para algunas cosas. A Pablo se le veía levemente incómodo. Procuré que mi pregunta al respecto sonase más a preocupado interés que a interrogatorio.

-No es nada, señor Ryder –me dijo-. En serio, no es nada.
-¿Está seguro?
-Bueno, sí, es algo, pero no quiero hablar del tema.
-Lo comprendo, disculpe si le he ofendido…
-No se preocupe, entiendo que es usted curioso por naturaleza. Usted es detective privado, ¿no?
-Algo así.
-Hagamos una cosa. Intente deducir qué es lo que me preocupa. Si lo acierta, estoy dispuesto a contarle todos los detalles.
-No lo veo apropiado…
-Venga, hombre, seguro que se le ocurre algo.
-A ver, claro que se me ocurre algo, pero sigo pensando que no soy quién para decirle que esa mala racha financiera ya pasará, y que entiendo su frustración pero que a veces los artistas como su primo pasan por buenas etapas, lo que no significa que eso vaya a durar para siempre. Así que podría decirle que no se sienta inferior, que usted tiene un trabajo mucho más estable que Jaime y que, por lo tanto, su situación económica se normalizará pronto. Pero como ya le digo, no creo que yo sea quién para ahondar en esos temas.

Y me alejé con una sonrisa, dejando a un perplejo Pablo a mis espaldas. Quizás, pensé en ese momento, si en algún momento decidiera dejar de considerar el trabajo de investigación como un espectáculo de circo, podría llegar a explicarle que no sólo resultaba evidente cómo miraba su traje y el de su primo (de una excelente calidad) alternativamente y con una mirada de frustración, sino que su tía María ya me había hablado del pequeño escollo financiero en el que estaba. Pero por el momento, con eso tendría bastante información.

En ese momento recibimos el aviso por radio. Nuestro invitado de honor estaba llegando a la casa. A una orden de María, todos corrimos a buscar un escondite apropiado. Ella permaneció junto a la puerta para apagar las luces, ya que conocía la casa mejor que nadie y podía encontrar un buen escondite a oscuras. Corrí a ocultarme tras el sofá que estaba en el centro de la habitación. Jaime escogió un aparador, al lado de la misma puerta, como parapeto. Irene se escondió tras el sillón, junto al sofá. Pablo era un hombre de baja estatura, así que la planta de interior al otro lado de la puerta era un escondite bastante aceptable si íbamos a estar a oscuras. Isabel se deslizó hábilmente debajo del escritorio, al fondo de la habitación; buen escondite, pensé, ya que éste tenía un tablero de madera en la parte frontal.

María apagó las luces. De oídas, pude saber que caminaba en dirección el escritorio; pero dado que ella ya sabía que ese escondite estaba ocupado, sólo puedo suponer que planeaba ocultarse tras la librería de al lado.

Aguardamos unos minutos en el más absoluto silencio, hasta que finalmente oímos los pasos del doctor Watson aproximarse a la puerta. A partir de ahí, sólo debíamos esperar a que él encendiera las luces para salir de nuestros escondites gritando “¡Sorpresa!”. No podía adivinar lo que ocurrió a continuación.

La puerta se abrió. Desde mi escondite apenas podía distinguir la silueta de mi viejo amigo recortándose sobre las luces del pasillo. Entró y cerró la puerta tras de sí. Después de eso pudimos oírle trastabillar una vez, tantear la pared varias veces, emitir un extraño suspiro, volver a tantear la pared (esta vez con más fuerza) y, finalmente, desplomarse. Sentí a María pasar a mi lado como una exhalación, corriendo hacia el interruptor de la luz.

Cuando las luces se encendieron, todos salimos de nuestros escondites. El doctor Juan “Watson” Garzón yacía moribundo en la misma puerta de su estudio, con una daga clavada en su espalda. María gritó horrorizada y se desmayó junto a él.

Nadie sabía qué decir ni qué hacer. Yo mismo me encontré superado por el shock. Tardé un par de segundos en reaccionar.

-Atiéndela a ella –dije a Jaime.
-¡Pero…!
-¡Atiéndela a ella!

Sin quitar ojo de encima a su padre, Jaime corrió a reanimar a su madre. Yo traté de procesar mentalmente la escena. Todos habíamos salido de nuestros correspondientes escondites; quienquiera que fuese, tuvo tiempo de volver a su sitio. Pero no debió tener demasiado tiempo para llegar hasta la puerta y cometer la agresión desde que Watson entró.

-Jack… -gimió de pronto mi amigo.

Corrí hacia el cuerpo agonizante del doctor Watson y lo sostuve entre mis brazos. Error, como comprendí más tarde, porque ahora mis huellas estaban en el cuerpo.

-Dime, Watson.
-“Debería… haber entrado… en el bar más cercano” –recitó con voz temblorosa-. “Ese es… el centro… de todos los cotilleos…”

Quise decirle que ahorrase fuerzas. Quise decirle que intentase darnos alguna pista sobre su agresor. Pero instintivamente acabé por seguirle el juego, aquel viejo juego de las frases memorables que hacía años que no retomábamos. Y quizás fue porque él había escogido, probablemente a sabiendas, una de mis frases favoritas.

-“La Aventura de la Ciclista Solitaria” –le dije.
-No- respondió con una última sonrisa y un gesto que bien pudo ser un guiño.

Y fue en ese momento, mientras mi viejo amigo y mentor moría en mis brazos, mientras Isabel se apresuraba a buscar un teléfono para llamar a la policía y a una ambulancia que llegaría demasiado tarde, cuando comprendí la horrible verdad. No fue hasta entonces, cuando mi cerebro volvió a entrar en modo investigador, que me di cuenta del auténtico problema de este caso.

Los seis invitados éramos sospechosos; todos estábamos en la escena del crimen cuando se cometió el asesinato. Y ninguno de los seis teníamos coartada: en el momento del crimen, ninguno podía ver lo que hacían los demás, y por tanto ninguno de nosotros teníamos testigos.

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