Archivo mensual: octubre 2012

ESPECIAL HALLOWEEN – Caso nº 00032: LA MALDICIÓN DE LA BRUJA (CERRADO)

La Maldición de la Bruja - Especial Halloween

La lluvia golpeaba ferozmente los cristales de las ventanas de la Sociedad del Misterio. El viento azotaba los árboles más altos de la calle, cuyas ramas parecían querer entrar y ponerse a cubierto. Un relámpago esporádico proyectó la silueta de la huella dactilar que nos anunciaba en la ventana sobre mi escritorio, e hizo que nuestro visitante ahogase un grito sobresaltado.

El botón del hervidor de agua de mi despacho recuperó su posición inicial. Introduje una bolsita de té de vainilla en una taza y la regué con agua hirviendo. Clientes tan aterrados como el que teníamos ante nosotros eran, quizás, el único tipo de personas a las que no recomendaría jamás el café del Profesor Boniatus.

—Bien, señor Pedraza —comencé—, recibimos su correo. Pero nos gustaría que nos volviera a explicar su historia en persona.

—¿Por qué? —preguntó nuestro aterrado visitante.

Pensé detenidamente en mis próximas palabras.

—La impresión personal del implicado siempre nos cuenta una parte de la historia —respondí.

Me sentí fatal por mentir a Severiano Pedraza (cincuenta y dos años, conservador del Museo Sonia Smith), pero sabía que “porque no nos creemos una palabra de lo que nos ha dicho” no era lo mejor que podía responder.

—Está bien —respondió tratando de serenarse—. Está bien. Pero lo que voy a contarles debe quedar entre nosotros. ¿Me entienden? No debe ser hecho público.

—No podemos comprometernos a nada hasta conocer el caso.

Aquello no le hizo gracia, pero sabía que no le quedaba alternativa. No si quería nuestra ayuda. Suspiró.

—Como saben, soy el conservador del Museo Sonia Smith. Con suerte no lo seré por mucho más tiempo… El caso es que a nuestro museo ha llegado un artefacto, un… un ídolo pagano del siglo XVIII. No sé si han leído algo en la prensa…

—El Ídolo Perdido de Niggurash —apuntó Nicolás—. Una reliquia de los Autos de Fe Inquisitoriales. Pero hasta donde he leído, aún no se ha confirmado su autenticidad.

—Yo creo que es auténtico, señores. Aún no han terminado con todas las pruebas, y sinceramente, es posible que nunca se terminen. Porque el ídolo de… El ídolo pagano está… ¡Está maldito!

Se hizo un silencio tenso en mi despacho. Seis personas, y nadie decía nada. Tan sólo el rítmico golpeteo de la lluvia sobre la ventana se empeñaba en romper ese silencio. Quizás un trueno habría ayudado un poco, pero ni eso.

—Mire… —dije para romper el hielo—, no es que no le creamos, ¿de acuerdo? Pero somos detectives, no espiritistas.

—Aunque a veces el nombre de la agencia llame a engaños —apuntó Zalaya, recordando el caso anterior.

—Trabajamos con hechos. Y en todos mis años de experiencia, aún no he encontrado ninguna maldición que se pueda demostrar. Entiendo que existen leyendas sobre ese ídolo, pero…

—¡Usted no lo entiende! —bramó Pedraza—. ¡Ya han muerto dos personas!

El retumbar del trueno que siguió a esas palabras sirvió como grave acompañamiento para nuestro repentino aumento de interés.

—Continúe.

Pedraza tragó saliva.

—Dos meses después de recibir el ídolo y formarse un grupo de estudio a su alrededor, recién instalado en su pedestal de la sala de conservación, supimos que un estudiante de Civilizaciones y Cultura Proto-céltica, Mariano Ugarte, se había colado en el laboratorio para estudiarlo en profundidad fuera de su turno. Después de aquello le sobrevino una fiebre feroz y empezó a sufrir alucinaciones. Dos días más tarde había muerto.

—¿Qué dijeron los médicos? —preguntó Celdelnord.

—Fallo respiratorio. Padecía una afección respiratoria desde hacía años.

—Entonces puede tratarse de una casualidad…

—Eso quise pensar yo… hasta que encontramos el segundo cadáver.

»Roberto Cantó de Entrambosmares. Ya habíamos tenido más de un encontronazo con él. Era un enfermo mental peligroso, había intentado colarse en nuestro museo más de una vez para  intentar destruir antiguas reliquias de valor incalculable sólo porque, según él, estaban malditas. Suponemos que eso fue lo que pasó esta vez. No tengo ni idea de cuándo se nos coló, pero cuando le encontramos, llevaba cerca de una semana muerto. Se había escondido en el almacén, no habíamos necesitado entrar hasta hace dos días, así que nadie lo había visto. Fue… Dios, no puedo ni explicarlo. Juzguen ustedes mismos.

Arrojó sobre mi mesa una fotografía sin siquiera atreverse a mirarla. En ella, el cadáver de un hombre de mediana edad yaciendo en un charco de excrementos. La cabeza abierta por brutales golpes, al parecer contra la pared. Las cuencas de los ojos vaciadas. Sangre en sus manos.

—¿Cree que se lo hizo él mismo?

—Encontramos un diario. Registró sus últimos momentos. Lo hizo él mismo.

—Señor Pedraza, investigaremos si es lo que desea; pero tiene usted dos cadáveres entre manos… La policía debe ser informada de esto.

—No lo entienden. Acudo a ustedes porque el alcalde me ha pedido que esta investigación se lleve a cabo por cauces paralelos a la policía. No quiere que tengamos aquí un escándalo.

—Zalaya, llama al alcalde y compruébalo —dije, y me volví de nuevo hacia nuestro visitante mientras el Jefe de Departamento de Declaraciones y Testimonios salía del despacho—. ¿Por qué el alcalde querría echar tierra sobre dos muertes?

—Bueno… Su Señoría ha contribuido muchas veces con el museo. Esta historia podría salpicarle. Además, quiere asegurarse de que no exista fraude alguno en toda esta historia.

—¿Fraude?

—Recuerdo haber leído algo —señaló Boniatus—. Este no es el primer ídolo de Niggurash que recibe el museo, ¿verdad?

—Así es, y ahora se ha revelado que el primero era falso. Si este segundo también lo fuera, imaginen las repercusiones.

—Dos personas han muerto. ¿En serio le preocupan las repercusiones?

Pedraza no supo qué contestar. Por suerte, Zalaya le evitó tener que responder al entrar de nuevo en mi despacho con el auricular en la mano. El alcalde quería hablar conmigo personalmente.

- ? -

Una hora más tarde, mis Jefes de Departamento y yo nos encontrábamos en el interior de la sala de conservación del Museo Sonia Smith. El señor Pedraza nos esperaba en la puerta… no se atrevía a entrar en la misma sala que el ídolo.

Ante nuestros ojos, sobre un pedestal negro laboriosamente ornamentado con una intrincada cenefa de relieves y hendiduras, descansaba el Ídolo Perdido de Niggurash. Se trataba de una estatuilla de unos treinta centímetros de alto tallada en piedra, que representaba a un hombre acuclillado que se abrazaba las piernas terminadas en pezuñas hendidas. La cabeza de la estatua parecía la de una cabra, con la salvedad de que tenía tres cuernos en lugar de dos. La enroscada cornamenta casi parecía una corona oscura y desvencijada. Bajo la pronunciada frente de la imagen, dos rubíes que hacían las veces de ojos brillaban al reflejo de las luces de la sala.

—Me lo imaginaba más grande —observó Boniatus.

—Habría dado más miedo, sí —respondí—. Celdelnord, procede.

La Jefa de Departamento de Pruebas Físicas se caló dos guantes de látex, abrió su maletín en la mesa más cercana y levantó con sumo cuidado el ídolo. Por un momento, cruzamos los dedos.

—Tiene un peso inusual para su tamaño —opinó Celdelnord.

—¿Alguien ha oído algo? —inquirió Nicolás.

—Ahí arriba hay un ambientador —observó Boniatus—. De los que rocían cada cierto tiempo.

—Te diría que empezaras a procesar esta escena, Profesor, pero creo que con todos aquí no vamos a hacer más que estorbarte.

—No pasa nada, puedo ir a ver dónde se encontró el segundo cadáver, si el señor Pedraza me acompaña…

—Hazlo. Te avisaremos si encontramos algo aquí.

Boniatus salió de la habitación y pidió a un reticente Severiano Pedraza que le guiase hasta el almacén. Celdelnord depositó cuidadosamente el ídolo sobre la mesa y comenzó a examinarlo.

—¿Tienes algo?

—Como he dicho, no pesa lo que debería.

—¿Pesa de más?

—Un poquito de menos, diría yo.

—Mierda, se me olvidaba… Zalaya, ve a buscar al Profesor y al señor Pedraza. Pídele a Pedraza una lista de los demás miembros del grupo de estudio, vas a tener que hablar con ellos.

—Hecho —respondió Zalaya, y corrió hacia fuera.

—¡Ajá! —exclamó Celdelnord, y se escuchó un ligero chasquido.

Me giré hacia el ídolo, para descubrir con asombro que sus piernas flexionadas ocultaban un compartimento secreto. El ídolo estaba hueco, y en su interior…

—¿Qué es eso? —pregunté.

—Ahora mismo nada —respondió Celdelnord con resignación—. Fue un mecanismo de alguna clase, eso está claro, pero está roto. Tendría que estudiarlo más detenidamente…

—A ver lo que puedes hacer. Nicolás, ¿tienes algo sobre mecanismos ocultos en estatuillas en el Siglo XVIII?

—Bueno, jefe, acabo de empezar, no se puede decir que tenga una base de datos monumental ahora mismo…

—Tienes razón. Busca a ver si encuentras algo, por favor. Y sobre el propio Niggurash, ya que estamos.

—Voy a ello —replicó el Jefe de Departamento de Documentación y Conexiones antes de salir.

Volví a girarme hacia el ídolo de Niggurash. Encontré a Celdelnord empapando un bastoncillo de algodón en un líquido y frotándolo con el interior del mecanismo, para luego proceder a rasparlo.

—¿Algo?

—Quizás, no prometo nada. Tengo que analizarlo.

—Adelante.

—Aquí no, Jack. Esto requiere un laboratorio en condiciones, no un maletín.

—Muy bien, termina con el ídolo y ve a tu laboratorio a seguir allí.

Quince minutos después Celdelnord estaba cerrando su maletín y saliendo por la puerta. Me disponía a seguirla, cuando Boniatus y Pedraza reaparecieron.

—Voy a tener que volver allí más tarde, Jack —dijo el Profesor—. Cuando venga a procesar esta sala me pasaré de nuevo por el almacén.

—¿Quiere explicarme por qué me ha pedido su ayudante una lista de los miembros del grupo de estudio del ídolo? —preguntó Pedraza visiblemente molesto.

Dediqué al conservador una sonrisa amable y franca. Aún hablábamos cada uno desde un lado de la puerta, y sabía que mientras no le diese una respuesta él no me iba a dejar salir.

—Jefe de Departamento —le corregí—. Y respondiendo a su pregunta… Nuestro trabajo es encontrar al culpable, señor Pedraza. Para eso tenemos que hablar con la gente…

—¿Es una broma? ¡Ya sabemos lo que está pasando! ¡El ídolo lleva maldito desde hace trescientos años!

—No lo pongo en duda, señor Pedraza. Pero las maldiciones no se echan solas. Tanto si se trata de una maldición como si no, lo que está claro es que alguien lo está orquestando todo. ¿Quiere que no muera nadie más? Entonces tenemos que descubrir quién está detrás de todo esto.

Aparté educadamente al conservador de mi camino y salí de la sala de conservación. El caso era interesante, sin lugar a dudas; pero tratar con una mente tan cerrada como la de Pedraza me estaba dando dolor de cabeza.

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Archivado bajo asesinato, asesinatos en serie, cliente particular, compartimento secreto, envenenamiento, Especial, Halloween, suicidio, traumatismo craneal contundente

ESPECIAL HALLOWEEN – Un breve relato de terror

Una ráfaga de viento frío se enroscó lentamente en la alta cruz que culminaba del pináculo, un oscuro exponente del gótico flamígero encerchada en un negro breoso. Los remanentes de la lluvia se deslizaban lentamente hacia las gárgolas en las que pendían jirones de niebla como legañas etéreas. Un rayo blanqueó el cielo por un instante, y la ráfaga de viento llevó noticias de un cielo nublado que ocultaba los oscuros deseos palpitantes de un dios malévolo.

La misma ráfaga de viento descendió por la granítica fachada, acariciando levemente la vidriera del viejo rosetón. Bajó como una sierpe etérea y se paseó por los recovecos de un recoleto cementerio de lápidas torcidas y recuerdos tristes, enredaderas secas como huesos limpios y añosos emergidos de la profundidad telúrica.

Fluctuó el jirón de aire hasta estrellarse en una escalinata que en un lateral tenía una vieja rendija que había visto tiempos mejores, cuando los embellecedores y hasta las rejillas eran de dorado bronce. Ahora solo restaba una pátina vieja de oscuridad y banal olvido que daba acceso a las turbinas de aire. Serpenteó lentamente, perdiendo fuerza por el conducto. Subió y descendió golpeando tuberías antiguas de soldadura de estaño hasta llegar al distribuidor, bajo los múltiples cadáveres que atesoraban en las viejas salas. Salió reconvertida y con más grados, cambiando el aroma de lluvia por el del aire calefactado. Fue al descender por una rejilla a varios metros del suelo cuando se posó lentamente alrededor de unos ojos vaciados de sus cuencas, que aun retenían en lo profundo de la retina la imagen terrible de unos dedos acercándose a ellos, impresos por los gritos de agonía mientras las uñas se clavaban y el brusco tirón precedía a la oscuridad. Los restos del aire que empezó en las nubes lluviosas cayó hasta el rostro surcado por arañazos y la pestilencia de un cuerpo que se enfriaba, rodeado de glifos extraños grabados con la sangre de los mordiscos infligidos a un antebrazo tumefacto. Símbolos que no había visto el hombre salvo en los recovecos de las esquinas del saber, perdidos hace siglos en las ciudades europeas donde el saber era premiado con la tortura y la muerte.

Ahora el lugar yacía en silencio, con guardando los secretos en sus cajas y en el silencio vigilante de estatuas mudas que guardan en su interior los horrores de hombres y demonios, amenazando con hablar a aquel que sepa interpretar sus rostros hieráticos, arrancarle esos arcanos que enmudecen en mármol bronce y granito, oro y lapislázuli, rubíes brillantes que son ojos fulgurantes y el abrazo frío de la roca.

Es en ese silencio que se estrella contra los sigilos aun sin solucionar cuando truenan las antiguas palabras que presiden una de las estelas de piedra en caracteres olvidados de la entrada del lugar: “Pues no hay Misterio sin Solución… y a veces la Vida es el precio”

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Apéndice al caso nº 00031: EL AGENTE SMITH

No resultaba raro encontrarse la oficina en un estado extraño durante una fiesta post-caso. Una bañera con globos atados en medio del pasillo (lo de los globos es nuevo), un pie descalzo sobresaliendo de un cajón… Diablos, incluso una palmera que, aún no sé cómo, había llegado hasta aquí. ¿Y eso de allí era un pingüino? Por no mencionar la total ausencia de investigadores y los gritos de “matad a la bestia” que tronaban calle arriba y calle abajo, aderezados con algún “¡hidalgo!” que otro.

Al principio me sorprendía… Ahora ya me había acostumbrado.

Meneando la cabeza con media sonrisa, saqué de mi bolsillo la llave de mi despacho y me dispuse a entrar para terminar con el papeleo del ascenso de Nicolás. Pero para mi sorpresa, la puerta del despacho estaba abierta.

Junto a los archivadores de mi despacho había un hombre. Alto, atlético, traje verde oscuro y gafas de sol. Por lo demás, un aspecto terriblemente anodino. El tipo de persona a la que no reconocería si volviera a ver (por lo cual memoricé bien sus facciones).

—¿Quién es usted? —pregunté.

—¿Dónde están los archivos de su último caso, señor Ryder? —preguntó en un español un poco raro, enmascarando su acento de forma que me fuese difícil saber de dónde era.

—Su pregunta no es pertinente, yo he preguntado primero y además estamos en mi despacho —respondí sin inmutarme y tomando asiento—, así que insisto: ¿quién es usted?

—Enseguida hablaremos de la pertinencia de mi pregunta —replicó poniéndose en pie y sacando una placa de su bolsillo—. Agente Smith, Servicio Secreto de los Estados Unidos de América.

—Smith —repetí con una incrédula ceja arqueada.

—He venido a que me entregue usted toda la información que tengan sobre la señorita Sarah Innsbrook.

—¿Por qué?

—Eso es clasificado, señor Ryder.

—La información que nosotros obtenemos también. No nos dedicamos a hacer públicos los secretos de las personas que conocemos en nuestras investigaciones.

—La señorita Sarah Innsbrook es ciudadana americana, señor Ryder. Esto se sale de su jurisdicción.

—Algunos de mis agentes también son ciudadanos americanos —repliqué, preguntándome si captaría la idea de que América es un continente y no un país.

—Trate de no extralimitarse, señor Ryder. Me proporcionará inmediatamente las fotografías y documentos relacionados con la señorita Sarah Insbrook, y toda esta discusión podrá quedar terminada sin más problemas.

—Vale, está bien, mire, reconozco que me he puesto un poco a la defensiva al descubrir que alguien ha irrumpido ilegalmente en mi despacho (ya que hablamos de jurisdicciones, querría recordarle que esta oficina está fuera de la suya). Pero lo cierto es que no tenemos nada sobre dicha señorita.

—Ambos sabemos que eso no es cierto.

—No, no lo sabemos. Tenemos su nombre, sí, en una carpeta vacía. Sabemos que esa carpeta pertenecía a un chantajista actualmente fallecido. Si quiere que saquemos conclusiones, y aquí al menos condenamos las teorías sin pruebas, tendríamos que decir que la señorita Sarah Innsbrook podría haber estado en el punto de mira de dicho chantajista, pero qué pudiera tener él contra ella es algo que no conocemos. Y dado que el contenido de la carpeta fue borrado y que el chantajista está muerto, creo que nunca lo sabremos. Así que puede estar tranquilo: si existía algún tipo de información sensible sobre esa señorita, ahora ya no existe.

—Aún así quiero acceso a sus archivos. Su palabra no es suficiente, señor Ryder.

—Tendrá que serlo, dado que no trae nada para obligarme a entregar documentación confidencial. Usted pretende que vulnere el derecho a la intimidad de las personas con las que hemos trabajado, ofende nuestro honor y nuestra palabra, y todo eso tras haber entrado en esta oficina de forma ilegal; aún así, estoy siendo educado y respondiendo a sus preguntas.

—Este es mi último intento de ser razonable con usted, señor Ryder. Usted es un civil. Mi autoridad es superior a la suya. Puedo llevarme todo lo que tengan sobre Sarah Innsbrook por las malas, pero estoy tratando de que hagamos esto por las buenas. Entrégueme todo lo que tienen sobre Sarah Innsbrook.

—Ya lo he hecho. No tenemos nada.

—Muy bien. Sea por las malas entonces —sentenció llevándose la mano al bolsillo del móvil..

—Me parece justo —respondí con calma, y acto seguido marqué un número en el teléfono de mi mesa y me llevé el auricular a la oreja.

—¿Qué hace?

—Chst, que no oigo… Sí, hola, soy yo. Verás, tengo aquí a un agente Smith, del Servicio Secreto de los Estados Unidos, que dice que va a llevarse documentación de mi oficina… sí, espera, te lo paso —cubrí el auricular con la mano y se lo tendí al agente Smith—. Para usted.

—¿Quién es?

—Es para usted. Le estoy dando algo, no se queje.

Smith tomó el auricular y respondió. Su expresión fue cambiando gradualmente de la superioridad a la ira, de la ira a la frustración y de la frustración a la indignación. Finalmente me devolvió el teléfono.

—Bien jugado, señor Ryder.

—Supongo que mi palabra tendrá que bastar, ¿no?

—Supongo que su palabra tendrá que bastar.

Entonces apoyó ambas manos en mi escritorio y se adelantó hacia mí con una mirada amenazadora.

—Por ahora —añadió.

Sin mediar palabra se fue por donde había venido. Intrigados por lo ocurrido, los Jefes de Departamento fueron entrando y preguntando qué había pasado. Les expliqué quién era nuestro alegre visitante y qué quería.

—¿Y cómo has conseguido que se vaya? —preguntó Boniatus

—Bueno… él mismo me ha dicho que su autoridad está por encima de la mía.

—¿Y?

—Eso me dio la idea. Tengo un amigo en el Centro Nacional de Inteligencia. Si el Servicio Secreto entra en mi despacho pidiendo información, lo considero un asunto lo suficientemente delicado como para tratarlo con el CNI. Supongo que le habrá dicho que se está excediendo en sus funciones y que no puede exigir esta documentación.

—Pero si es que no tenemos nada —señaló Zalaya.

—Se lo he dicho. Pero no le ha interesado mucho. Os digo más: si no llegamos a encontrar la Caja de Pandora, ni siquiera sabríamos que Sarah Innsbrook existe.

—¿Y ahora qué? —quiso saber Celdelnord.

—Pues una de dos —respondí pensativo, mesándome la perilla—: o el agente Smith vuelve con una orden, exigiendo pleno acceso a nuestros archivos para acabar descubriendo que le hemos dicho la verdad; o bien sencillamente tendremos a un agente del Servicio Secreto de los Estados Unidos muy cabreado con nosotros.

—Jack —opinó Nicolás—, estamos de acuerdo en que ese tío no tenía derecho a exigirnos nada y que debemos respetar la confidencialidad, pero… vistos esos posibles resultados, ¿no habría sido más fácil enseñarle lo que teníamos para que viera que no tenemos nada?

—¿Os permito yo a vosotros hacer acusaciones en falso durante los casos? —pregunté, y los Jefes de Departamento negaron al unísono—. Pues entonces ya sabéis por qué he hecho lo que he hecho. Nadie acusa falsamente a la Sociedad del Misterio de mentir.

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Caso nº 00031: LA CAJA DE PANDORA (CERRADO)

Admitámoslo, hay asesinos fáciles. Normalmente, cuando el crimen tiene un motivo, es fácil encontrar al culpable entre aquellos que conocían a la víctima. Una coartada que no encaja, una mentira que contrasta con los hechos, y la historia del asesino se derrumba.

Por desgracia no siempre es tan sencillo. A veces el asesino no tiene nada personal contra la víctima. A veces, lo único que se necesita para matar a alguien es cobrar por un trabajo bien hecho.

La víctima, Emilio Pelayo, aún estaba en su cama. Sería fácil tomarle por dormido, de no ser por el agujero de bala en la frente y la sangre que empapaba las sábanas.

—Esto es un trabajo profesional —apuntó Arjona levantando la sábana con una mano enguantada—. Un disparo en el pecho y otro en la frente. Una ejecución.
—¿Un sicario?
—Tiene toda la pinta.
—No lo entiendo.
—Sí, yo tampoco. Esto es… Yo creo que no sería capaz de matar a nadie por dinero, me cuesta entender que…
—No, si lo que digo es que no entiendo quién demonios contrataría a un asesino profesional para cargarse a un estudiante universitario.

Resultaba raro, admitámoslo. Cuando uno investiga un asesinato profesional, no espera que el escenario sea un piso cutre de estudiantes. Emilio era un estudiante de primer año de informática. Tenía diecinueve años, le faltaban dos meses para los veinte. Acababa de mudarse a la ciudad, justo a tiempo para empezar los estudios. No parecía el típico objetivo de un asesino a sueldo.

El crimen se cometió en mitad de la noche. Sus compañeros de piso estaban en casa, así que naturalmente se convirtieron en personas muy pero que muy interesantes para la policía. Pero hacía ya un rato que se habían aferrado a la historia de que ninguno de ellos vio ni oyó nada y de ahí no salían, así que decidí concentrarme en la escena. La víctima no vivía con excesivos lujos, ni siquiera llegué a ver un ordenador. Parecía totalmente dedicado a sus estudios. Aunque en una estantería se veían algunas fotos del difunto al volante de un lujoso deportivo, o vestido muy elegante y festejando con gente aparentemente rica.

—¿Opinión? —preguntó Arjona.
—Bueno —dijo Irene incorporándose—, tendré que hacer una autopsia completa, ya te lo imaginarás, pero yo fijaría la hora de la muerte entre las dos y las tres de la madrugada. Por el tamaño de la herida, yo descartaría los calibres más convencionales. Eso refuerza vuestra teoría del sicario, pero tendría que estudiar el cuerpo a fondo para poder asegurar nada.

Entonces tuve una idea.

—¿Cómo se llama el detective que está interrogando a los chavales? —pregunté.
—¿Qué? Ehm… Vidal, Pablo Vidal.
—Vale, gracias. ¡Vidal! ¿Puede venir un momento?

El detective Vidal, un hombre compacto (bajito pero fuerte), plegó su bloc de notas y se acercó a nosotros.

—Sí, dígame.
—¿Qué opina usted de este escenario del crimen?

Y Vidal me respondió. Pero no le presté ni la menor atención. Porque lo que realmente me interesaba era que los compañeros de piso de la víctima dejasen de tener a un policía al lado. Con la oreja puesta en su conversación más que en el detective que contestaba diligentemente a mis preguntas, escuché lo siguiente:

—¿Y ahora qué?
—Supongo que ya está. Nos hemos librado.
—¿Tú estás tonto? Viernes por la tarde, la Caja de Pandora, mañana, ¿recuerdas?
—Emilio iba de farol, seguro.
—Yo no me la quiero jugar. Si no era un farol, Emilio la ha palmado y nosotros estamos jodidos.
—Sí, sin duda muy interesante —interrumpí a Vidal, y me giré de pronto hacia los chavales—. ¡Buenas tardes! Jack Ryder, de la Sociedad del Misterio. ¿Me lo contáis o preferís que me lo invente?
—¿Qué? —balbució el primero, el de la camiseta desgastada de Mortadelo—. ¿De qué habla?
—¿Nadie?
—Oiga, ya le hemos dicho a ese detective que nosotros no vimos ni oímos nada —replicó el segundo, metiendo las manos en los bolsillos de su remendado pantalón vaquero.
—Que me lo invente yo, ¿no?

El tercero no dijo nada. Se limitó a bajar la vista hacia sus sucias y ajadas zapatillas deportivas.

—Muy bien. Voy a decir Pandora Tomorrow. Vuestro compañero os tenía amenazados. Y si él no hacía algo para evitarlo, mañana mismo lo que quiera que tenía contra vosotros saldrá a la luz. ¿Voy bien?
—¿Es un gamer? —exclamó uno de los chicos boquiabierto.
—Vale, hablaré —proclamó de pronto el que había estado en silencio hasta entonces.
—¡Isma! —protestó el otro.
—Tú mismo lo has dicho, acabará por salir a la luz. Y si nos callamos van a pensar que fuimos nosotros. ¿Ya qué más nos da?

- ? -

—La cosa es así —explicó Ismael Gómez (veintidós años, estudiante de medicina)—. Estamos aquí porque nuestros padres nos lo pagan. Piensan que nos dedicamos únicamente a estudiar, pero nadie puede pasarse la vida estudiando sin despejarse de vez en cuando. Así que salimos de fiesta, incluso una vez hicimos una fiesta aquí, pero ellos no lo saben.
—Hasta ahí no veo nada raro.
—Ya, pero Emilio nos sacó fotos.
—¿Y qué?
—Que el muy capullo nos amenazó con mandárselas a nuestros padres si no hacíamos lo que él quería —terció Guillermo Cebrián (veintiún años, estudiante de comunicación audiovisual).
—¿Y eso era…?
—Compartir piso con él —aportó Enrique Fuentes (veintitrés años, estudiante de biblioteconomía)—. Si no tenía compañeros, no podía permitirse el alquiler, así que nos tenía aquí contra nuestra voluntad.
—Pero sólo estabais de fiesta. Vuestros padres lo comprenderían.
—El muy cabrón pensaba decirles que nos habíamos ido de putas.
—¿Os habíais ido de putas?
—¡No! —respondieron los tres al unísono.
—Pero tonteamos con algunas chicas, y de eso son las fotos —explicó el primero—. Y aquí daba igual lo que nosotros supiéramos: si les decía a nuestros padres que las fotos eran de nosotros con putas, ya nos podíamos ir despidiendo de la carrera.
—Además se dedicó a sacar fotos en distintos momentos de la noche —puntualizó el segundo—. Como cada vez había gente nueva, pensaba decir que montamos más de una fiesta.
—Y tooodas con putas —redondeó el tercero.
—Entiendo. ¿Y la Caja de Pandora?
—No sabemos cómo pensaba hacerlo —explicó Cebrián—, pero nos dijo que, a menos que él lo evitara, nuestras fotos aparecerían publicadas en Internet el viernes a las seis de la tarde.
—Todas las semanas lo mismo. Yo creo que tenía un cómplice —añadió Gómez.
—Entiendo. Estabais todos aquí cuando ocurrió todo, ¿verdad?
—Sí, así es.
—¿Estabais dormidos ya?
—No, la verdad es que no.
—¿Y cómo lo hicisteis para no enteraros de que estaban asesinando a vuestro compañero?

Pausa. En sus ojos pude ver que ellos tampoco lo entendían.

—Bueno, yo estaba en mi cuarto —explicó Cebrián—. Y tenía los auriculares puestos.
—¿Y vosotros?
—Nosotros estábamos en el salón… —comenzó a decir Gómez, y entonces se le encendió la bombilla—. Anda, coño.
—¿Qué?
—Gears of War 2. Estábamos viciados al Gears of War 2, jugando online con otro pavo, y berreándole por el micro. Partida de despedida antes de irnos de puente.
—¿Nadie vio ni oyó nada?
—Mire, yo a las dos y media o así —comentó Cebrián —estuve en su cuarto. Antes de eso había estado viendo a estos dos jugar, y luego me retiré, pero me pasé por su cuarto primero a pedirle una cosa. Me lo encontré ya dormido… y me pareció que había alguien con él.
—¿Qué?
—No, pero resultó ser ropa. ¿No les ha pasado nunca? ¿Eh? ¿Qué ven un montón de ropa en la silla por la noche y se creen que es un asesino?

Tomé nota (de hecho apunté un “manda cojones”) y me aparté para hablar con Arjona.

—¿Cómo has sabido lo del chantaje? —me preguntó.
—Pandora Tomorrow es un videojuego. Si el terrorista al que tienes que atrapar no llama todos los días a un número y da una clave, se libera un virus mortal. La frase “La Caja de Pandora, mañana”, sumado a lo de que ahora que la víctima había muerto ellos estaban jodidos…
—O sea que estos tres tenían algo contra la víctima.
—Sin duda alguna.
—Bien. Podemos llevárnoslos para interrogarlos, vamos a pillar al cabrón que…
—No han sido ellos.
—¡Oh, venga, no me jodas! ¡A ti te gusta marearme!
—Vamos, Arjona, no eres tonto y lo sabes. Ellos sabían lo del blog, no les interesaba matarlo. Y aunque se les hubieran cruzado los cables… Mírales. Ropa vieja, videojuegos viejos. Están aquí con lo que les dan sus padres, y eso les da para vivir pero no para pagarse todos los caprichos que les gustaría, tanto menos para pagar a un profesional.
—Vale, ¿y entonces qué sugieres?
—Primero, averiguar cómo entró y salió de aquí un asesino sin ser visto. Y aparte de eso… mira sus fotos. Un cochazo, fiestas de lujo. No son las fotos de alguien que necesita ayuda para pagar el alquiler. ¿Qué nos hace pensar que sólo chantajeaba a estos tres?
—Si tu teoría del Pandora Tomorrow es correcta, dentro de veinticuatro horas debería salir la información de todas sus víctimas en Internet. Ahí sabremos si tienes razón, y si no pillamos al autor material, al menos sí que podríamos averiguar quién le pagó.
—Sí, es un sistema.
—¿Pero?
—Pero si hay más víctimas de chantaje y los descubrimos cuando sus secretos ya han sido expuestos, no estarán muy habladores… Si en veinticuatro horas no tenemos nada, trabajaremos así; pero si descubrimos antes cómo pensaba hacerlo el chantajista y lo impedimos, tendremos una nueva lista de sospechosos que de pronto nos deberán una.

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Los Archivos de la Sociedad del Misterio: Casos 00021 a 00030

Treinta casos.

Con o sin parón, lo cierto es que llevamos treinta casos resueltos. Que se dice pronto. Y algunos casos, además, bastante espectaculares, si me permitís la observación.

Puede que ya no lo recordéis, pero aquí tenemos esta pequeña costumbre… Cada diez casos que cerramos, hacemos un seguimiento de cómo han evolucionado las personas con las que nos hemos cruzado en ellos. Para saber si hemos marcado o no alguna diferencia. Así, por ejemplo, se publicaron en su momento estos pequeños “epílogos” de los casos uno al diez y once al veinte, respectivamente.

¿Tenéis curiosidad por saber qué ha pasado desde el veintiuno al treinta?

Caso nº 00021: El Tesoro del Exiliado

Gervasio Peláez, el Exiliado, nunca fue detenido. Técnicamente, no nos constaba que él fuese un ladrón, sólo un mentiroso manipulador y el hijo de un ladrón. Su memoria siguió deteriorándose con el paso del tiempo. Hace dos semanas me lo encontré en el parque al que suele ir a pasar la tarde. Estuve sentado un rato con él en un banco, hablando de cualquier cosa que se me ocurriera. No pareció reconocerme, pero disfruta mucho alimentando a los patos. Podríamos decir que la persona que era Gervasio Peláez murió con sus esperanzas de hacerse con el tesoro familiar del capitán Trujillo; la persona que quedó en libertad es un hombrecillo inofensivo.

Caso nº 00022: El Asesino Asesinado

Os alegrará saber que, gracias a nuestra intervención, el excomisario Regordán sigue gozando de una excelente salud (siempre y cuando tenga cuidado con su alergia). En cuanto al señor Cornejo, el intérprete del fiscal Cadwell y asesino encargado de asesinar a Regordán, sigue cumpliendo condena. Al principio estaba bastante aterrorizado, temiendo que en cualquier momento la misteriosa mano negra que le obligó a hacerlo fuese a por él, pero después de dos años ya se ha tranquilizado. O nunca existió esa mano negra, o para ellos Cornejo nunca ha sido una amenaza.

Caso nº 00023: Una Duda Desde el Pasado

Peter D. Gordon sigue vivo. William F. Carlyle, su nuevo abogado ha aprovechado al máximo los crímenes perpetrados por su antiguo defensor para sembrar la duda razonable, por lo que su ejecución ha sido postergada indefinidamente. Sigue condenado a muerte, pero por el momento no hay fecha. En cuanto a su antiguo abogado, el señor Matheson, su jugada de cometer el crimen en un país sin pena de muerte ha funcionado: aunque O’Halloran lo haya detenido en relación al caso Ruby, su extradición a España ya es efectiva y lo tenemos cumpliendo condena en nuestro terreno. Nuria Copano, exnovia de Gordon, supo de la existencia de la Fundación San Conrado y decidió apoyar su causa, aparcando por el momento la creación de su propia fundación pro-vida. En cuanto a Carlos Ashmoor, como ya sabéis, volvimos a cruzarnos con él… podéis saber más de él en el informe sobre la Maratón del Misterio.

Caso nº 00024: El Secreto de los Caparrós

Andrés Caparrós aún no ha confesado el secreto de su hermano a nadie salvo a mí. He vuelto a visitarlo con una cierta frecuencia. Normalmente no quiere hablar, pero de vez en cuando sacamos algún tema no comprometedor (cuando decide hablar de fútbol no tengo ni idea de dónde meterme). Se ve que le sientan bien estas conversaciones. Un día me dijo que estaba pensando confesar. Pero no ha vuelto a mencionarlo, y me consta que no lo ha hecho. No debe ser fácil hundir la memoria de su hermano a estas alturas… Pero creo que ya está algo más dispuesto a aceptar que todo fue un accidente.

Caso nº 00025: Un Equipaje Inesperado

Simón y Andrea Cañizares se han recuperado casi del todo del accidente. A Simón aún le cuesta algo caminar, pero por suerte su trabajo lo desempeñaba desde casa así que pueden hacer vida normal. A día de hoy, disfrutan de cada día que pasan juntos. Lucas Mendizábal, el anciano portero, aún conserva su trabajo. Sus vecinos nunca descubrieron su pequeño taller fotográfico. Sabiendo la suerte que había tenido, desmontó el tinglado y no lo ha vuelto a hacer. Yo le he enseñado a usar Internet, así que ya no necesita estas cosas. Jaime Salgado sigue triunfando en la vida, y Carmelo Esteso sigue en prisión por asesinato en segundo grado, conspiración para cometer asesinato, tenencia ilícita de armas y obstrucción a la justicia. Y sigue pensando que no es justo. En cuanto a mí, aún no me he recuperado de haber dicho la frase “Prueba que es usted un sospechoso probable. El resto podemos probarlo”.

Caso nº 00026: La Lengua del Muerto

Hay poco que decir sobre este caso. Arjona sigue siendo inocente, Mendoza sigue muerto y A. K. sigue detrás de toda esta historia, pero seguimos sin saber quiénes fueron los autores materiales del crimen. Cosa que a mí personalmente me desquicia.

Casos nº 00027, 00028 y 00029: La Maratón del Misterio

En su momento se compiló y publicó un informe con todos los hechos relevantes de nuestra Primera Maratón del Misterio… así como los sucesos que se dieron a continuación. Os remito a ese informe, que podéis encontrar en la Sala de Archivos, para saber no sólo lo ocurrido, sino todo lo que hay que saber sobre los viejos conocidos a los que nos encontramos en aquella investigación.

Caso nº 00030: El Cargamento Visto y No Visto

De este caso poco podemos añadir. La policía está investigando para intentar descubrir a quién se vendieron los iPods, pero a poco que lo hayan hecho bien no debería quedar ni rastro de la transacción. Balenciaga se ha negado a volver a hablar conmigo, sus únicas palabras al respecto fueron “Usted lo que quiere es que mi abogado me mande al carajo, ¿verdad?”. Los otros dos siguen como estaban: Gordillo sin levantar cabeza y Murrieta sin bajarla. En cuanto a Iván Ávila… su madre le ha comprado un iPod nuevecito, como recompensa porque, sin él, el caso nunca se habría cerrado. Él considera que se lo merecía porque, por intervención de su madre, se quedó sin el otro (no escarmienta, el chaval, ¿eh?).

Y ahí lo tenéis. La Sociedad del Misterio puede haber desaparecido durante dos años; pero su huella ha seguido ahí. Siempre ha estado ahí.

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Caso nº 00030: EL CARGAMENTO VISTO Y NO VISTO (CERRADO)

Durante el último año, la falta de actividad en las oficinas de la Sociedad del Misterio no había hecho sino avivar los rescoldos que aún pudieran quedar de nuestras ansias de cacería. Reactivar nuestras células grises, volver a enfrentar nuestros cerebros con las mentes criminales de la ciudad, era todo cuanto podíamos anhelar. Volver a ser nosotros mismos.

No obstante, y aunque agradecíamos la reincorporación al servicio activo, el caso que Arjona nos proponía no podía por menos que ser… decepcionante.

—Un robo —murmuré.
—Es lo que hay, Jack, lo tomas o lo dejas.
—Lo tomo, lo tomo…
—Pues entonces no te quejes. Que no sabes la cantidad de papeleo que he tenido que rellenar sólo para que me dejen contártelo.
—Me has hecho pegarme el madrugón por un robo, ya te vale…
—¿Qué te acabo de decir? Ya sé que no es mucho, pero créeme, sé lo que me hago.
—Arjona, nos conocemos desde hace mucho. Dime que no nos estás castigando por nuestra inactividad.
—No os estoy castigando por vuestra inactividad.
—¿Es eso cierto?
—¡Claro que no, os estoy castigando por vuestra inactividad! Oye, Jack, eres mi amigo, pero eres un civil y tus chicos son todavía más civiles. Me he jugado el cuello demasiadas veces para que intervengáis en todos esos casos, y si vamos a volver a trabajar juntos necesito algo con lo que convencer a mis superiores de que no nos vais a dejar colgados. Tuvisteis suerte de que el fiasco de la Maratón fuese en un caso propio, pero hay mucha gente en comisaría que no se fían de que no nos hagáis lo mismo a nosotros.
—Entiendo. Pero un robo… Ni siquiera es tu departamento.
—No es la primera vez que los de robos me comentan que necesitan ayuda y os paso el marrón. ¿O ya no te acuerdas del Tomo Transformado?
—Está bien, vale, necesitas comprobar que vamos a cumplir y nosotros necesitamos a la policía si queremos volver. Lo acepto. ¿De qué se trata?
—Caso sin resolver, un robo de un cargamento de iPods, iban de camino a una cadena de tiendas de electrónica y desapareció sin dejar rastro antes de llegar. Sólo se ha recuperado uno. El rastro se ha enfriado, el robo es de finales de 2010, así que no sé lo que…
—Para, para —interrumpí—. ¿Has dicho que se recuperó uno?
—Sí.
—¿Y cómo se ha recuperado uno si no hay rastro del cargamento? ¿Es que el ladrón lo mandó como si fuera un dedo amputado para pedir rescate o qué?

Arjona sonrió.

—Veo que sigues ahí —respondió—. Esa es la parte curiosa del caso. Iván Ávila, un chaval de unos diecisiete años iba en bici por un polígono industrial cuando se encontró una pila de cajas tiradas en plena calle. Por curiosidad, abrió una para ver lo que era… y se encontró un iPod nuevecito sin dueño cerca. Se lo quedó, tonto no era el niñato, se alejó un poco por si acaso le pillaban, y llamó corriendo a un amigo para que le acompañara a llevarse todos los que pudieran. Pero cuando colgó y volvió al lugar, ya no había ni una sola caja.
—Pero Víctor, tío, se empieza por ahí. Esta es la parte interesante de la historia. Se ha comprobado que el iPod recuperado forma parte del cargamento robado, ¿verdad?
—Verificado por el número de serie.
—Eso descarta que se inventase la historia. Tuvo que tener contacto con el cargamento, o al menos con una parte de él. ¿Cuánto dirías que se alejó?
—¿Qué? Espera… —Arjona revisó sus notas—. Se alejó unos cinco minutos en bici.
—Alejarse, llamar y volver. Eso son diez minutos, mas el tiempo de llamada. ¿Habéis verificado que se hizo esa llamada y cuánto tiempo duró?
—Joder, lo has pillado con ganas —farfulló Arjona pasando páginas frenéticamente hasta encontrar lo que yo buscaba—. Aquí está, la llamada duró tres minutos veinticuatro segundos.
—Catorce minutos en total, redondeando a la alta. Pongamos doce y redondeemos a la baja, que “cinco minutos” es una unidad de tiempo demasiado genérica. ¿De cuántas cajas estaríamos hablando?
—Cito textualmente, “una pila”. A base de insistir, conseguimos que concretase hacia cerca de cien cajas. Coincide con el volumen de mercancía desaparecido.
—Vale, esto es una estimación porque no tenemos los datos exactos, pero aproximadamente, se llevaron noventa y nueve cajas en menos de doce minutos. Este chaval tuvo que llamar a un amigo para poder hacerlo, y esa es la primera pista clara que deberíais haber seguido… Bien, necesito un listado de las empresas que tengan naves en ese polígono, específicamente en la zona en la que se encontraron los iPods. También quiero un plano del lugar, márcame si no te importa el itinerario del joven Iván, ¿quieres? Mandaré a Boniatus al lugar, tus chicos no tendrán inconvenientes, ¿verdad? Y Zalaya en cuanto me pases esa lista que te he pedido, Zalaya se pasará a hacer algunas visitas. En principio no deberían suponer ninguna molestia…
—Para, para un momento, Jack. ¿De qué estás hablando?

Ese fue el momento en que me di cuenta de que no había parado de hablar. Sin dar ninguna explicación. Expresando mi tren de pensamientos en voz alta sin preguntar siquiera si alguien estaba esperando un tren.

Sonreí. Dios, cómo lo echaba de menos…

—Vuestra única pista es un callejón sin salida —expuse—. Si el chaval no tuviera una coartada a prueba de balas, o si realmente tuvierais algo con lo que encerrarle, ya habríais resuelto este caso hace un año. Por tanto, la clave de este misterio no está ni en el iPod recuperado, en la persona que lo encontró ni en dónde se lo llevaron después, sino en dónde lo encontró nuestro testigo. Analiza los hechos, Víctor: nadie podría llevarse todo ese cargamento en doce minutos sin ir preparado para ello. Eso nos dice que había un vehículo de carga, o en su defecto que lo trasladaron a algún lugar cercano. Sea como fuere, quien se lo llevó sabía que esas cajas estaban allí y tuvo tiempo para prepararlo. O bien alguien lo dejó allí sin motivo alguno para luego recogerlo, cosa que no tendría sentido porque alguien podría habérselo llevado del polígono, o bien quien se lo llevó ya estaba allí. Por eso quiero la lista de las empresas de la zona y el plano, y una vez que los tenga mis chicos podrán empezar a trabajar.

Me calé de nuevo el sombrero y salí hecho una exhalación del despacho de Arjona, los faldones de mi gabardina ondeando al viento. De nuevo era como en los viejos tiempos. Y en los viejos tiempos, no podía irme del escenario sin pronunciar una última frase lapidaria.

—¿Quieres cerrar este caso? —sentencié desde la puerta—. Empieza por preguntarte quién sabía dónde estaba el cargamento robado.

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