Archivo mensual: septiembre 2008

LOS ARCHIVOS SECRETOS DEL DOCTOR WATSON. Archivo Nº 001: El asesinato de Fermín Bueno

Damas, caballeros…

Hoy se cumple un año de la muerte de mi amigo y mentor, el doctor Juan “Watson” Garzón. Un turbio asesinato relacionado con una investigación por corrupción policial y en el que familiares y amigos de la víctima, yo mismo incluido, nos vimos implicados y convertidos en sospechosos. Un misterio cuya resolución nos dejó, quizá, con la sensación de que no lo habíamos descubierto todo.

El caso es que, os lo creáis o no, Watson nos nombraba en su testamento.

Así es. Si bien los bienes materiales han pasado a la familia, la Sociedad del Misterio hereda algo quizás más valioso, al menos para gente como nosotros. La única condición que figuraba en el testamento era que debíamos aguardar un año desde el día de la muerte de Watson, pero ahora que ese día ha llegado… Watson nos ha dejado en herencia sus archivos secretos, sus investigaciones sobre la corrupción que asolaba el departamento de policía.

Debo añadir que, aunque la única condición obligatoria era la del plazo de un año, Watson me sugería que os dosificase sus archivos, y que los utilizara como ejercicios prácticos para vosotros. Así pues, y siguiendo su voluntad, a continuación podéis leer el informe con el que Watson comienza su investigación… pero sin el razonamiento que le permitió llegar a la conclusión. Sabréis qué dedujo Watson, sólo tendréis que descubrir cómo lo hizo. ¿Qué os parece?

ARCHIVO Nº 001: EL ASESINATO DE FERMÍN BUENO
por el doctor Juan Garzón

Doy comienzo a este diario de investigación para asegurarme de que no me dejo nada en el tintero. Mi objeto de estudio es ni más ni menos que el cuerpo de policía de la ciudad. Puedo demostrar, y esta primera anotación servirá para ello, que existe una conspiración criminal entre algunos miembros del cuerpo. Lo que intentaré determinar en el resto de este diario es el alcance de dicha conspiración, tanto a quién implica como hasta dónde pretenden llegar.

Lo irónico es que probablemente no me habría dado cuenta de nada de esto si el agente Fermín Bueno no hubiera sido asesinado. Cuarenta y un años, casado, un hijo de siete años. Fue hallado muerto en una cabaña de campo de su propiedad, múltiples heridas y laceraciones pre-mortem, herida de bala mortal en la frente. Marcas de ligaduras en muñecas y tobillos. Había un lapso de doce horas entre la herida más antigua y la mortal.

La policía ya había detenido a un sospechoso. Carlos Bordes Ferrón, asesino convicto, cuarenta y siete años. Mató a su mujer en el noventa y ocho, y luego asesinó a seis personas más. Detenido por el agente Bueno. Los psiquiatras que le han estudiado le definen como un sádico y un psicópata obsesivo. En la cárcel se le oyó hablar más de una vez de sus deseos de venganza contra el hombre que le detuvo. Fugado de la cárcel tres días antes del crimen. Sin coartada. Se negaba a responder al interrogatorio, presentaba un comportamiento hostil.

Las pruebas físicas eran bastante claras. Huellas en la escena y el cadáver. Cotejadas por expertos de la policía, encontrada coincidencia con el sospechoso. Colillas halladas en el garaje y en el ascensor del edificio de la víctima. Bastantes más colillas en la casa de campo. El ADN encontrado en ambas, cotejado nuevamente por los mismos expertos, incrimina al sospechoso. Varias herramientas encontradas en la cabaña (martillos, alicates, tenazas, incluso un hacha), todas ellas con la sangre de la víctima. Las heridas casan con las herramientas. La pistola, sin embargo, no se pudo encontrar.

Se requirió mi testimonio como experto forense en el juicio contra Bordes. Realicé la autopsia y emití mi dictamen. La víctima fue atada a una silla, torturada durante doce horas con saña pero con cuidado para no matarlo, y finalmente asesinada de un disparo en la cabeza. No se hallaron signos de lucha ni indicios de narcóticos, así que el asesino debió persuadir a la víctima para que fuera motu proprio a la cabaña y se dejase atar.

El compañero de la víctima, el agente Gabriel Hernando, me llamó antes del juicio y me pidió un favor personal. Su amigo y compañero había sido asesinado por un salvaje. Hernando quería que, en mi comparecencia, me asegurase de hacer hincapié en la coincidencia entre las pruebas encontradas y el sospechoso. Quería que no cupiese ninguna duda. Y dado que había muerto un policía, no me desagradaba la idea de evitar que el asesino se escapase por un tecnicismo.

Llegó el juicio. Mi presentación estaba preparada, bien documentada con los informes psiquiátricos del sospechoso. Asistí a la comparecencia del agente Hernando, emotiva y desgarradora, hablando de lo buen policía que era su compañero, de cuántas vidas salvó en acto de servicio y de lo intachable de su conducta. De cómo nunca aceptó un soborno, de cómo nunca mintió a un superior. El historial de un hombre que había muerto con la cabeza bien alta. Todo para dejar su nombre impoluto antes de ahondar en su asesinato.

Después habló el psiquiatra de la policía, doctor Juan Montes. El cuadro clínico y el historial delictivo del sospechoso eran impresionantes. En los últimos años, había volcado todo su odio y su obsesión hacia la víctima. Se indicó su modus operandi, brutal y despiadado: torturas, vejaciones, violaciones. En dos casos llegó a quemar a sus víctimas, aunque se aseguró de que se las pudiera identificar: quería que la gente supiera cuánto les despreciaba. Era un hombre fuerte que gustaba de la intimidación. Incluso entre rejas, disfrutaba amenazando a las familias de sus carceleros.

La última comparecencia antes de la mía fue la de Ramón Sambenito, de la policía científica. Reconstruyó la escena tal cual ocurrió para que el jurado supiera a qué clase de monstruo nos enfrentábamos: cómo el asesino esperó a la víctima hasta que entró a solas en el ascensor, cómo le asaltó allí mismo y le amenazó con matar a su hijo si no le acompañaba, cómo le obligó a ir a la cabaña donde finalmente fue torturado y asesinado. El tiempo, la calma con la que se cometió el crimen. La premeditación.

Mi turno. Repasé mis notas, analicé lo que había oído en el juicio, subí al estrado y me limité a detallar cómo había muerto el agente Bueno. No ahondé en la psique del criminal, que a fin de cuentas no era mi campo. No profundicé en el contexto de la víctima, sobre el que quizás ya se había dicho todo lo que se podía decir. No relacioné mis hallazgos con las pruebas físicas, no tenía sentido aburrir al público con información que ya tenían. Pero sobre todo, no dije más que lo que yo había podido observar con mis propios ojos porque no quería que el jurado se dejase influenciar por una información errónea.

En cuanto salí de la sala, ignorando las protestas del agente Hernando, volví a mi despacho y comencé a investigar por mi cuenta. Ahora sabía que no sólo el asesino no era el hombre que estaba en el banquillo de los acusados, sino que alguien de la policía intentaba, en el mejor de los casos, encubrir al auténtico responsable…

[…]

¿CÓMO SUPO WATSON QUE EL ASESINO NO ERA CARLOS BORDES?

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Apéndice al caso nº 00014: REVERENCIA Y SALUDO

Llegué con determinación a nuestras oficinas, dispuesto a preparar la sorpresa del miércoles. Seguía siendo nuestro aniversario, seguíamos habiendo resuelto el caso, no debía haber lugar para el derrotismo en la Sociedad del Misterio. Mis hombres y mujeres necesitaban, y se merecían, mantener sus mentes ocupadas y sus espíritus arriba. Necesitaban nuevos desafíos.

Abrí el cajón de mi escritorio, en el que guardaba los documentos que necesitaría para el miércoles. Y el corazón me dio un vuelco.

—¡Jnum! —llamé.

Mientras nuestro jefe de departamento corría hacia mi despacho con una bolsa de pruebas y unos guantes (ya había aprendido a reconocer ese tono en mi voz), me pregunté cómo había podido llegar eso ahí. Mi cajón estaba cerrado con llave… quise pensar que podían haberlo deslizado por la rendija, y hasta que no tuviera pruebas de que alguien hubiera duplicado mi llave, esa sería la hipótesis de trabajo (por ser la explicación más sencilla).

—¿Qué tenemos? —preguntó Jnum.
—Otra nota —dije—. Parece impresa con tóner, no creo que podamos rastrearla pero busca lo que puedas.
—¿Aviso al resto de la Sociedad?
—Saca una fotocopia, cuélgala en el corcho y procesa y guarda el original. Y luego quiero que le eches un vistazo a esta cerradura.

Sabía de sobra que no encontraríamos nada. Nuestro ya clásico remitente se aseguraba siempre de ello. Pero no por ello iba a dejar de intentarlo.

Jnum procesó la nota con toda la minuciosidad de que era capaz. El papel era corriente, se podía comprar en cualquier sitio; no había huellas dactilares ni ADN por ninguna parte. En cuanto a la cerradura, no parecía haber sido manipulada ni presentaba residuos anómalos.

Así que colgamos la fotocopia en el tablero. Esa es la nota que ahora podéis leer:

Mis muy admirados detectives:

No está mal, aunque esperaba más agilidad por vuestra parte. De todas maneras, la verdad está a vuestro alcance, o lo estará. Por ahora nos despedimos, pero nos veremos en breve: os estoy observando.

Terrible lo de esa joven. Y muy triste.

Un saludo, pero de esgrima.

A.K.

P.D: Por cierto, a la cafetera hay que cambiarle el filtro.

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Caso nº 00014: DESDE PRUSIA CON AMOR (CERRADO)

La Sociedad del Misterio no había abierto aún ese día. El zumbido de los ordenadores y equipos era lo único que se dejaba escuchar.

Poco a poco la vida retornó a tomar pulso en los pasillos y despachos. Jack Ryder, investigador jefe, fue el segundo en llegar. Cruzó el pasillo tras encender todas las luces y se dirigió al despacho con el correo en la mano. Al poco el Profesor Boniatus llegó con una taza-termo y fue a ver directamente a Ryder. Jnum entró como una bala, periódico en mano y se dirigió igualmente al despacho de Ryder donde éste conversaba con Boniatus.

A las 10:13 minutos Ryder se incorporó de súbito y salió sin dar explicaciones hasta el panel de corcho donde los miembros de la sociedad se dejaban notas, se colgaban los memorándums, invitaciones y esas cosas.

Sacó de uno de sus bolsillos un guante de látex y cogió una nota. Con un gesto le indicó a Boniatus que trajera una bolsa de pruebas.

Con grueso rotulador negro de alcohol habían escrito:

Tercer cajón, archivador azul de su despacho, señor Ryder.

Efectivamente en el cajón había algo: un pequeño dossier, fotografías y una llave. Tras investigar un poco, Ryder descubrió que se trataba de la escena de un crimen. Pero lo que realmente le inquietó fue el post-it adherido a la cubierta del dossier, con las palabras “Feliz aniversario” mecanografiadas.

— o —

Tras ponerse en contacto con la policía, ésta le remitió al oficial que se hacía cargo de la investigación, Evaristo Mendoza, un leonés de unos cincuenta años, con un grueso bigote blanco y ojillos de ratón.

—La víctima por la que usted pregunta, señor Ryder se llamaba Verónica Salas, hija de una acaudalada familia de empresarios catalanes. Estudió —aspavienta unos papelazos, hasta coger uno de ellos—… Bioquímica, licenciada Cum Laude. Trabajó un tiempo para una empresa de desarrollo de prótesis de cirugía plástica. Allí conoció a un doctor que la reclutó para su equipo, pero lo dejó a los seis meses.

»Hasta la fecha de su muerte trabajó en una empresa química dedicada al desarrollo de tintes. Ahora viene lo curioso. Esta muchacha trabajando en un lugar repleto de productos tóxicos muere en su casa por intoxicación cianhídrica superaguda. O sea, cianuro, de lo más clásico. Muerte en unos dos o tres minutos.

»Barajamos la hipótesis del suicidio en primera instancia. No tenía problemas con el trabajo ni sus compañeros, pero sabemos que arrastraba unos serios problemas personales de índole más profunda: hacía un año había interpuesto una demanda por acoso sexual contra su anterior jefe que fue desestimada. Hace cosa de un mes el caso se retomó, después de un carpetazo de seis meses.

»Necesitó atención psiquiátrica después del acoso sexual, y posteriormente sufrió una leve depresión. Se incorporó a su nuevo puesto de trabajo perfectamente, pero los compañeros dicen que la veían distante, huidiza y fría. Nunca hablaba con nadie ni se relacionaba.

»El portero de su bloque afirma que tenía novio, si bien no pudo darnos una descripción útil. Se escucharon gritos en su apartamento dos días antes de su muerte y un fuerte portazo. Hecho una furia, dice el portero, que se fue el novio, calándose el sombrero. Y dos días después, muerta.

»Encontramos una poma de ácido prúsico, cianuro, en la mesita de café del salón. Una pena. Era hermosa la chavala.

El viejo policía le tiende a Ryder una carpeta con el archivo del caso y se despide de él cordialmente.

Boniatus le espera en el coche.

—¿Qué tal ha ido? —pregunta.
—Mucha información que no nos dice nada y mucha colaboración sobre un caso caliente en el que nadie investiga en condiciones. Demasiados cabos sueltos para mi gusto.
—¿Pero tenemos algo?
—Indicios de que podría ser un suicidio. Es difícil envenenarse con ácido cianhídrico sin darse cuenta, el olor del cianuro es demasiado característico, y más cuando trabajas habitualmente con él. La ausencia de nota de suicidio es algo contradictoria, pero no todos los suicidas se despiden.
—Entonces… ¿aceptamos el caso o no?

Ryder ojeaba distraído las fotos del expediente cuando se topó con una de la cocina. Nevera abierta. Bolsas de la compra sobre la encimera. Armarios de cocina abiertos.

—Creo que vamos a echarle un vistazo —respondió—. Sé que no es concluyente, pero ¿quién se suicida dejando la compra a medio colocar?

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Off-Topic: Llamada a las urnas

Sé que esto es un poco off-topic, pero creo que puede valer la pena.

Damas, caballeros, se ha abierto el plazo de inscripción para (que yo haya encontrado al menos) dos concursos de blogs: los Premios Bitácoras y los Premios 20Blogs.

La Sociedad del Misterio empezó como un experimento, a ver si funcionaba. A día de hoy, ya casi llevamos un año de andadura, así que creo que podemos afirmar que la cosa va bien. Sabiendo esto, me gustaría que nos presentáramos a alguno de estos concursos, si no a los dos. ¿Os imagináis que ganamos en algo? ¡Sería un buen regalo de cumpleaños!

Esto es lo que he averiguado por el momento:

– CATEGORÍAS: En los Premios Bitácoras es el público quien decide para qué tres categorías va a votar a un mismo blog. De entre las categorías que hay para elegir, yo las únicas que veo viables para La Sociedad del Misterio son “Blog Revelación”, “Blog Personal” y “Blog Cultural”. Si alguien ve alguna más adecuada, que lo diga, pero si todo el mundo vota en las mismas tres categorías supongo que ganaremos más peso en esas tres 😉 En los Premios 20Blogs, por otra parte, hay que elegir en qué categoría (una sola) se inscribe el blog… así que si alguien tiene alguna sugerencia, estoy dispuesto a escucharlas.

– INSCRIPCIÓN: En Bitácoras tenemos hasta el 7 de octubre (de cualquier manera yo nos inscribo ya). En 20Blogs, hasta el 12 de Octubre.

– VOTACIÓN: En Bitácoras se puede votar a un mismo blog para tres categorías distintas, pero sólo se lo puede votar una vez. En una misma categoría, cada votante puede elegir tres blogs distintos. En 20Blogs sólo se puede votar a un único blog por cada categoría. Los plazos de votación van desde ya hasta el 7 de octubre (Bitácoras) y desde el 15 de octubre hasta el 2 de noviembre (20Blogs).

A la izquierda podréis ver ya el botón para votarnos en Bitácoras. En cuanto a alguien se le ocurra una categoría a la que presentarnos para el 20Blogs nos inscribo.

¡Deseémonos suerte!

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Apéndice: ANIVERSARIOS

Sobre la mesa, un café con leche condensada y un té con cacao, coco y vainilla. En el equipo de música, Frank Sinatra canta lastimeramente “One for my baby”. Frente a mí, una vieja amiga reconvertida en compañera de batallas. Junto a las bebidas, los teléfonos móviles de los dos preparados para avisarnos de cualquier emergencia.

Irene “Watson” Garzón, nuestro contacto en el laboratorio forense, dio un sorbo de su café y se recostó en su sillón.

—¡Bueno! —me dijo—. Tú me has convocado. ¿Es por el aniversario de la Sociedad del Misterio? Tengo entendido que está a la vuelta de la esquina.
—El diecisiete, sí. Pero me temo que te he llamado por otro aniversario.

Una sombra de tristeza apareció momentáneamente en sus ojos.

—Ah —musitó—. Ya. Ese otro aniversario.
—¿Cómo lo llevas?
—Me mantengo ocupada. Pero de vez en cuando me encuentro con una víctima apuñalada por la espalda y…

La voz le temblaba levemente. La taza de café en su mano permanecía inmóvil.

—Lo siento. Si prefieres dejar el tema…
—El tema no me va a dejar a mí, Jack, no te preocupes por eso. ¿De qué querías hablarme?
—Bueno, tú estuviste en la lectura del testamento de tu padre, igual que yo. Sabes lo que ocurrirá el veinticuatro.
—Ah, sí. Su pequeño legado para la Sociedad del Misterio. ¿Lo tienes preparado ya?
—He estado preparándolo desde que supe que él lo quería. Me sorprendió, la verdad. No creí que nos tuviera tan en cuenta como para nombrarnos en su última voluntad. Quiero decir, investigamos su asesinato, pero eso es algo que él no podía saber.
—Con mi padre implicado, intenta adivinar cuánto podía saber y cuánto no —respondió medio en broma con una sonrisa—. Cuando llamaste a papá para comentarle tu proyecto, te dijo que no porque estaba demasiado ocupado con sus propias indagaciones, ya lo sabes. Pero la idea le encantó. Le pareció muy interesante, y siempre decía que, si conseguía quitarse de encima ese caso, le gustaría hacer algo por la Sociedad del Misterio.
—Bueno, en cierto modo ya nos ha dejado algo de lo mejor que nos podía dejar, teniendo en cuenta lo que no pudo dejarnos… —tanteé, tratando de halagarla con demasiadas palabras.
—Gracias —respondió ella, que había comprendido lo que quería decir antes de que lo embrollase más de la cuenta—. Pero como ves, todavía podía dejaros algo más.

Brindamos por el viejo Watson, en paz descanse, y seguimos bebiendo. Mi té seguía demasiado caliente para mi gusto. Irene pidió otra taza de café.

—¿Y para el otro aniversario? —preguntó—. ¿Has pensado ya qué vas a hacer?
—Hm, todavía no. Había pensado en una recopilación de nuestros mejores momentos, pero ya se hizo algo parecido después del robo al museo.
—Ah, sí, el caso del tomo transformado… Pero no sé, quizás una relación de las mejores preguntas o respuestas de tus investigadores… Rasudoque tiene algunas muy buenas.
—Sí, y el tándem que formaban Zemo y su madre también… A esos dos sí que se les echa de menos.
—Esa señora era un encanto. Podrías hacer algo de eso.
—Quizás. Me da miedo que sea poca cosa. Trece casos resueltos, dos de ellos simultáneos… Se merecen algo a lo grande.
—¿Sabes? El otro día en la tele salía un mago, no me acuerdo de cómo se llamaba, que tenía un truco que hasta ahora nadie ha podido desvelar. Llegó directamente a desafiar al público a descubrir cómo lo hacía. Podrías llevarte a la Sociedad del Misterio a su espectáculo. Sería una forma original de poner en práctica vuestro talento para la deducción.

Otro sorbo de mi té. Ahora que ya no me quemaba la lengua, podía dedicarme a detectar los matices del sabor. ¿Dónde está la gracia de una mezcla como esa si no?

—¿Pues sabes? No es una mala idea. Lo único que pasa es que eso es algo que se puede hacer en cualquier otro momento, pero si no se me ocurre nada mejor ni más exclusivo, la verdad es que la idea es buena.
—¿Ves? Si es que hace falta una mujer para tener buenas ideas…

Nos acabamos la bebida y dedicamos el resto de la tarde a hablar de cualquier otra cosa. Aparcamos trabajo y recuerdos dolorosos por unas horas. Después de eso, nos despedimos y ella volvió a su casa. Siempre es grato dedicar un poco de tiempo a cultivar una buena amistad, pero después de eso, la vuelta al trabajo es inevitable. Y en un mes con tantos aniversarios… la Sociedad del Misterio tiene que prepararse para volver al trabajo.

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