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MIENTRAS TANTO EN EL MUNDO: La Prueba Irrecuperable

Nuestro trabajo se basa en atar cabos. Eso es algo que todos sabemos. Disponemos de los hechos, de los testimonios y de las pruebas, y debemos descubrir cómo encajan unos con otros y, sobre todo, qué es lo que no encaja. Hallar la incoherencia en un misterio es siempre el primer paso para su resolución.

¿Pero qué pasa si una de las pruebas, digamos la pista clave, desaparece de forma irrecuperable?

Hace ya algún tiempo abrimos en La Sociedad del Misterio una nueva sección titulada “Mientras tanto en el mundo”, en la cual tendrán cabida sucesos policiales que podamos encontrar en los medios de comunicación y que nos puedan resultar, como mínimo, educativos. Lo cierto es que últimamente hemos tenido esa sección un tanto aparcada, y aunque llevo ya tiempo queriendo retomarla hemos tenido una cierta escasez de noticias interesantes.

Por suerte, desde los Estados Unidos, nos ha llegado la asombrosa historia de la Prueba Irrecuperable.

Streetsboro, Ohio. Banco FirstMerit, alrededor de las diez de la mañana. Sin llamar la atención, un hombre entra caminando tranquilamente, llega a la ventanilla y entrega al cajero un pedazo de papel en el que exige que se le entregue dinero en efectivo. No tengo más datos acerca del contenido exacto de la nota, como más adelante podréis comprender, pero debió de ser lo bastante amenazadora, ya que poco tiempo después el hombre salía del banco con una buena cantidad de billetes en su poder, se introducía en un Ford Escort oscuro y se alejó del lugar. En ningún momento se supo que portase arma alguna.

Pocos minutos después, la policía de Twinsburg intercepta a un Ford Escort negro en la interestatal 480. El conductor, John H. Ford (35 años, de Cleveland, sospechoso de dos atracos más), es inmediatamente esposado y registrado. No se encuentran armas en sus ropas, pero se halla una pistola del calibre 38 en el asiento del conductor y una pila de billetes cubiertos de tinta roja en el del pasajero. Tiene que ser él.

John H. Ford es entregado a la policía de Streetsboro, que inmediatamente hace la pregunta clave, la que ha de cerrar el caso en una sola jugada: ¿Dónde está la nota?

Los agentes de Twinsburg se miran unos a otros. Nadie tiene la nota. El pequeño pedazo de papel que el atracador entregase al cajero del banco para intimidarlo no está.

La cosa es que, durante el registro del sospechoso sobre el capó del coche patrulla, apareció un papelito por alguna parte. Y los agentes que lo detuvieron lo saben. Quizás sea la nota que buscan. Así que, dado que los coches patrulla estadounidenses van equipados con videocámaras, deciden revisar la grabación del registro y averiguar qué ha sido de dicho papel.

Esto es lo que encuentran:

De inmediato comprenden la situación. No se vio ningún arma en el banco durante el atraco, no se sabe si el atracador llevaba alguna o si sólo pretendía intimidar con la notita, así que el hallazgo de la pistola no demuestra nada; lo único que podría situar al sospechoso en la escena del crimen es la nota amenazante. Una nota que bien podría ser el papelito encontrado en el bolsillo del sospechoso. Un papelito que el sospechoso no dudó en comerse mientras lo registraban. En menos de tres segundos.

Ahora es imposible saber qué había escrito en ese papel. La cámara no lo recoge, y cuando la evidencia sea (ejém) “expulsada” del cuerpo del sospechoso, las fibras del papel ya se habrán disuelto y no será posible su reconstrucción. La prueba, la que la policía confiaba en que fuese la clave para la solución de este misterio, ha desaparecido para siempre… y ha dejado atrás un video para demostrarlo.

Todavía no sé cómo acaba la historia, tengo alguna idea de cómo se podría resolver aunque voy a pedir que el primero que descubra algo nuevo por favor aporte más información; pero lo cierto es que, aunque tenemos la incoherencia, no tenemos la prueba a la que va vinculada. Sí, es demasiado sospechoso que el detenido, así por las buenas, se coma un papel; pero sin saber qué había en el papel, ¿qué demuestra todo eso?

Aparte de que resulta mucho más práctico atracar por medio de notas intimidatorias que a punta de pistola, claro; porque menuda indigestión habría supuesto comerse el arma. Al final va a resultar que lo de “Mi perro se comió mis deberes” funciona mejor cuando te detienen por atraco.

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LA ACADEMIA DEL MISTERIO – Lección 00002: Pruebas e Incoherencias

La Academia del Misterio vuelve a abrir sus puertas, damas y caballeros. Consideradlo un “Curso de verano”.

Esta vez vamos a hablar de pruebas e incoherencias. Sabéis que siempre estoy machacando con eso de que “es un error teorizar sin pruebas”, así que me ha parecido un tema adecuado. Como investigadores, estamos acostumbrados a hacer preguntas, a pedir nuevos datos, a intentar encontrar toda aquella información que complete la que ya tenemos. Pero a veces, olvidamos analizar a fondo todos los datos de los que ya disponemos… y mientras pedimos nuevas pruebas, podemos peder de vista la pista clave. A veces basta con encontrar una incoherencia en nuestros archivos para descubrir que, en realidad, no necesitamos saber más. Valga como ejemplo este fragmento del caso de “El Pulgar del Ingeniero”, una de las aventuras más curiosas de Sherlock Holmes.

Antes de exponer el fragmento en cuestión, sería interesante que os resumiera brevemente el contexto: un ingeniero se presenta en la consulta del doctor Watson con el pulgar amputado, y explica a él y a su amigo Holmes que fue contratado por un tal Coronel Lysander Stark para revisar, por cincuenta guineas, una prensa hidráulica que no funcionaba como era debido. Siguiendo las indicaciones de su cliente, el ingeniero tomó el último tren de la noche hasta Eyford, en el Berkshire, donde fue recogido por un carruaje con las ventanillas cubiertas y tirado por un caballo de aspecto fresco y cabello reluciente. El trayecto en carruaje duró cerca de una hora hasta llegar a una casa. El carruaje aparcó directamente en el porche e hicieron entrar al ingeniero a casa sin darle tiempo a ver siquiera la fachada. Allí le hicieron esperar en una habitación, a la cual una criada fue a verle y a avisarle de que sería mejor que saliera corriendo de allí. El ingeniero decidió ignorar a la criada y fue a ver la prensa hidráulica en cuestión, pero al descubrir que no estaba destinada a los fines que su cliente le había asegurado, se convirtió en un testigo del que convenía prescindir… e intentaron aplastarlo con la prensa. Logró escapar y perder el pulgar en su huída. Se desmayó por la pérdida de sangre, y cuando despertó volvía a estar en la estación de tren. Quién le llevó hasta allí, nunca lo supo.

Ése es el contexto. Y ésta, la conversación que mantuvo Holmes con el inspector Bradstreet, Watson y el ingeniero en el tren que les llevaba a Eyford:

Éramos Sherlock Holmes, el ingeniero de obras hidráulicas, el inspector Bradstreet de Scotland Yard, un agente de paisano y yo. Bradstreet había desplegado un mapa del condado sobre el asiento y con un compás se dedicaba a trazar un círculo con Eyford como centro.
–Ya ven ustedes –dijo–. Este círculo ha sido trazado con un radio de diez millas respecto al pueblo. El lugar que nos interesa debe de estar próximo a esta línea. ¿Dijo diez millas, verdad, señor?
–Fue una hora de trayecto bien larga.
–¿Y usted cree que le llevaron de nuevo al punto de partida, cuando estaba inconsciente?
–Tuvieron que hacerlo. Tengo también el confuso recuerdo de haber sido levantado y conducido a alguna parte.
–Lo que no logro comprender –dije yo– es por qué le respetaron la vida cuando lo encontraron desmayado en el jardín. Tal vez el villano se ablandó ante las súplicas de la mujer.
–Esto no me parece nada probable. En toda mi vida he visto un rostro más inexorable.
–Muy pronto aclararemos todo esto –aseguró Bradstreet–. Bien, yo he dibujado mi circulo, y lo único que desearía saber es en qué punto se puede encontrar a la gente que andamos buscando.
–Creo que yo podría señalarlo –manifestó tranquilamente Holmes.
–¿De veras? –exclamó el inspector–. ¿De modo que ya se ha formado su opinión? Vamos a ver quien está de acuerdo con usted. Yo digo que está al sur, pues la campiña allí está más solitaria.
–Y yo digo al este –aventuró mi paciente.
–Yo me inclino por el oeste –observó el agente de paisano–. Hay allí unos cuantos pueblecillos muy tranquilos.
–Y yo por el norte –declaré–, porque allí no hay colinas y nuestro amigo asegura que no notó que el coche subiera ninguna cuesta.
–¡Vaya diversidad de opiniones! –exclamó el inspector, riéndose–. Entre todos hemos agotado las posibilidades del compás. ¿Y usted, a quien concede su voto decisorio?
–Todos ustedes están equivocados –afirmó Holmes.
–¡Es imposible que lo estemos todos!
–Ya lo creo que sí. Este es mi punto. –Puso el dedo en el centro del círculo–. Aquí es donde los encontraremos.
–Pero ¿y el trayecto de doce millas? –dijo Hatherley estupefacto.
–Seis de ida y seis de vuelta. Nada puede ser más simple. Antes ha dicho que, al subir usted al carruaje, observó que el caballo estaba tranquilo y tenía el pelo reluciente. ¿Cómo se explicaría esto, tras un recorrido de doce millas por caminos intransitables?

Como podéis ver, entre todos los datos que se proporcionaban se encontraba la incoherencia incriminatoria, y era algo tan aparentemente trivial como el cansancio del caballo. Pese a la verosimilitud de las teorías de Bradstreet, Watson y el policía de paisano (y a la especulación absolutamente vacía del ingeniero, que ni siquiera explica por qué cree que pudieron llevarle hacia el este), todas esas teorías están incompletas, ya que parten de una información que no ha sido verificada y que, aunque podría ser válida, en realidad no demuestra nada. Las tres teorías son posibles, pero ninguna es irrefutable (por lo que ninguna de estas teorías puede desmentir las otras dos). Sin embargo, la incoherencia del estado del caballo sólo puede dar un resultado lógico.

Si queréis ejemplos más cercanos, tenemos algunos de nuestros casos para demostrarlo. En el Caso de la Mano del Muerto, dedicamos una semana a investigar a la novia de la víctima, al enfermero de la madre, a los vecinos. Pero nada de eso servía para demostrar que se había tratado de un fratricidio (algo que en realidad ya sospechábamos desde el principio, como bien apuntó Mike_hdf en la primera conjetura de la Sociedad del Misterio) hasta que Ovidio reparó en que el ofrecimiento del asesino a hacer compañía a su cuñada durante toda una noche chocaba con su propia coartada (que por las noches cuidaba a su madre a todas horas). Otro caso, en esta última ocasión el tándem Vórtice-Virginia (¿puedo llamaros W para abreviar?) sospechaba del técnico de efectos especiales desde el principio, pero no podían demostrarlo; sin embargo las pruebas estaban ahí, a la espera de que alguien (en este caso, el Profesor Boniatus) las enlazara para descubrir que sólo el técnico podía haber hecho aquella fotografía.

Y hasta aquí la parte teórica de la clase de hoy. Antes de entrar de lleno en el ejercicio práctico, permitid que os recuerde cómo funciona esto: yo os planteo un sencillo acertijo relacionado con la teoría de la lección, y vosotros tenéis una semana para resolverla… SIN leer las conjeturas de los demás. Para hacerlo bien esta vez, voy a activar la moderación de comentarios, de tal manera que nadie podrá ver ninguna conjetura hasta que yo cierre el ejercicio el domingo. ¿Listos? Vamos allá:

Cuatro espiritistas de renombre deciden grabar en video una sesión. Su intención es apagar las luces, iniciar la invocación, y confiar en que el espíritu sea visible ante la cámara. Tres se sientan alrededor de la mesa, uno se levanta para apagar las luces y vuelve junto con sus compañeros. Cuando se vuelven a encender las luces un minuto después, tres de los espiritistas están muertos por herida de arma blanca, y el cuarto (el último en sentarse) permanece sentado en su sitio. La policía le considera el autor de los crímenes, pero él insiste en que había una presencia desconocida en la habitación.

¿HAY ALGO EN ESTA HISTORIA QUE CONFIRME SU VERSIÓN?

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