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Interludio: CONSPIRACIÓN Y PARANOIA

Dejando atrás nuestra cafetería preferida, el inspector Arjona y yo dimos por concluida nuestra pequeña reunión de conspiradores. El contenido de dicha reunión no será divulgado… pero al menos ahora sabéis que existió tal encuentro.

—Cuento contigo entonces, ¿verdad? —pregunté.
—Por poco tiempo que tenga, es vuestro, Jack —dijo Arjona—. ¿Crees que les gustará la sorpresa?
—Espero que sí, no ha sido barata precisamente.
—Bueno, tenías algo ahorrado nada más que para esto, ¿o no?
—Eso desde luego. Y si Mycroft no me llega a dar el empujón, probablemente ni lo intentaba.
—Oye, ojalá salga todo bien —me dijo de pronto—. Todo este asunto, los preparativos y tal, la verdad es que te están afectando demasiado.
—Ya, bueno… Si sólo fuera eso.

Arjona se detuvo y me agarró del brazo.

—¿Qué es lo que no me cuentas, Jack?
—Víctor… Últimamente he estado…
—Ahí está Jack Ryder el entrometido—balbució una voz a mis espaldas.

Me giré para encararme con mi visitante. Pero antes de que mis ojos lo tuvieran a la vista, mi nariz ya había identificado esa marca de whisky. Tenía que ser él.

—Buenas tardes, inspector Mendoza —saludé con elegancia.
—Ryder el metomentodo —escupió Mendoza tambaleándose hacia mí.
—¿Disculpe?
—¡Ryder el correveidile del santurrón de Víctor Arjona! —estalló.
—Evaristo, estás borracho —terció Arjona conciliador—. Vete a tu casa…
—Estos amiguitos tuyos, Arjona, no son nada bueno, ¿te enteras? —protestó Mendoza apuntándome con un dedo acusador—. ¿Es que no ves lo que hacen?
—Nos ayudan a resolver casos, Evaristo.
—La policía ya sabe quién lo hizo, cómo y por qué. ¡Y entonces llega Ryder y su guardería de detectives, se inventan otra versión de los hechos y nos hacen quedar a nosotros como idiotas!
—Inspector, creo que… —traté de intervenir.
—¡Tú te callas o te detengo por obstrucción a la justicia, gilipollas! —bramó abalanzándose hacia mí.
—Vale, ya está bien, Evaristo —sentenció Arjona metiéndose entre los dos—. Te vas a venir conmigo…

En ese momento, y con una fuerza inesperada para todos… Mendoza tumbó a Arjona de un puñetazo.

—¡Tú a mí no me pones la mano encima! —gritó—. Te crees que estás a salvo porque tienes a tu amiguito Ryder cubriéndote las espaldas; pero el día que yo hable, niñato, van a rodar cabezas. ¿Me oyes? ¡El día que yo hable va a temblar la comisaría!

Arjona no respondió. Como tampoco lo hice yo. Mendoza nos miró primero a uno y luego al otro, con gesto perdido, y finalmente se alejó trastabillando de allí.

Tendí la mano a mi amigo y le ayudé a levantarse. Durante un instante ninguno dijo nada. Arjona estaba visiblemente humillado. Pero a mí me preocupaba otro asunto:

—¿Estaba… estaba tragándose las lágrimas? —pregunté.
—Mendoza siempre ha sido un problema —se lamentó Arjona—. Ya has visto cómo venía. Voy a tener que hablar con el comisario sobre él.

Convinimos un par de últimos detalles sobre la sorpresa del aniversario y nos despedimos. Aún teníamos mucho trabajo por delante y muy poco tiempo. Pero no pude evitar irme preocupado por Arjona… y por las enigmáticas palabras de Mendoza.

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Caso nº 00004: LA CAZA DEL ZORRO (CERRADO)

Comenzó como una simple fiesta de disfraces. Pero ha terminado en tragedia.

Estos son los hechos. Todos los años, en Noviembre, trece de los antiguos alumnos de la promoción del 98 de la Facultad de Psicología se reúnen para celebrar una fiesta de disfraces. La de este año tuvo lugar el pasado fin de semana, la noche del 24 de Noviembre. Siempre se celebra en casa de alguno de los antiguos alumnos. Este año el anfitrión fue Víctor García (veintisiete años).

La fiesta comenzó a las diez de la noche y terminó, contra la voluntad de los participantes, a medianoche. En el transcurso de la velada, hubo algunas quejas por parte de los vecinos. Según parece, la música estaba tan alta que incluso los vecinos del bloque de enfrente llamaron para protestar. Es gracias a uno de estos vecinos, a una vecina más concretamente, que tenemos algunos datos acerca del trágico suceso.

Hacia las once cincuenta, Soraya Díaz (cuarenta y dos años, maestra de inglés, casada) llevaba cerca de hora y cuarto pendiente de la fiesta de sus ruidosos vecinos. Su hijo estaba de campamentos y ella acababa de encontrar una caja de porno bajo su cama, y se había quedado tan afectada por el descubrimiento que no podía dormir. En un principio miraba con la esperanza de ver apagarse las luces, pero poco después de las once vio a una pareja retozando en uno de los dormitorios y, aunque ahora se avergüenza de reconocerlo, le llamó la atención lo bastante como para dedicarse a cotillear. Entonces vio cómo una persona, disfrazada de cowboy, entraba en el dormitorio principal a solas se ponía a buscar algo entre los cajones de la cómoda, al principio con tranquilidad, luego cada vez más desesperadamente. En ese momento, una segunda persona disfrazada del Zorro entraba en la habitación envuelta en su capa. No llegaron a hablar un minuto, aunque el cowboy pareció reírse del Zorro, y entonces éste último sacó la mano de la capa y hubo un fuerte destello. La música estaba demasiado fuerte como para distinguir si el ruido que lo acompañó formaba parte de la percusión o si era, como a la señora Díaz le había parecido, un disparo. Pero lo cierto es que el cowboy caía al suelo. “El Zorro” depositó entonces un objeto metálico y reluciente junto al cuerpo del Cowboy y volvió a la fiesta.

A medianoche la policía, alertada por la señora Díaz, interrumpía la fiesta. Nadie había oído ningún disparo, pero en ese momento algunos empezaron a echar en falta al anfitrión. La policía entró en el dormitorio principal y allí encontraron a Víctor García, muerto por una herida de bala en el corazón. Junto al cadáver descansaba el arma del crimen, la cual por cierto resultó estar registrada nombre de la víctima. Ninguna huella aprovechable en la escena. Los invitados explicaron que Víctor García, totalmente borracho, había estado presumiendo de su pistola y que había ido a su cuarto a buscarla para enseñársela a todos.

El siguiente paso lógico era identificar a quien llevase el disfraz del Zorro. Pero naturalmente, las cosas no fueron tan simples… aquel año, tres invitados fueron disfrazados de Zorro. Según parece, sin ponerse previamente de acuerdo. Basándose en el testimonio de la señora Díaz, los tres Zorros han sido puestos bajo custodia y se ha pedido los restantes nueve invitados que no abandonen la ciudad.

Por desgracia, los posteriores interrogatorios no han ayudado a esclarecer las circunstancias de la muerte de Víctor García. Sus tres ex-compañeros tenían motivos para verle muerto. Os transcribo a continuación algunos extractos de las declaraciones de los tres:

SIMÓN JIMENO, 28 años:
“Víctor y yo no nos llevábamos precisamente bien. Cualquiera de mis compañeros se lo podría decir. Cuando íbamos a la facultad, yo salía con una chica, Elena; y en la fiesta de graduación, el muy cerdo me la robó. La emborrachó y se acostó con ella. Elena nunca pudo superar la depresión, no podía mirarme a la cara. Lo último que he sabido de ella es que se fue a Londres y que está intentando rehacer su vida.

¿Que si le quería muerto? Digamos sólo que no voy a llorar por él. Pero seguía viniendo a las fiestas, porque mi consulta es todo un éxito, estoy prometido con una mujer maravillosa y no tengo nada de qué esconderme. Aunque claro, ni se me habría ocurrido presentarle a mi mujer a ese cerdo.

¿Cómo quiere que sepa qué hacía exactamente a esa hora? No sé, no me dedicaba a mirar el reloj. Pero si fue unos diez minutos antes de que llegara la policía… Debía estar hablando con Marcos, el que iba disfrazado de Drácula. Estuve un rato hablando con él, supongo que pudo ser en ese momento.”

DIEGO BANDERAS, 27 años:
“Víctor, sí… Un hijo de puta, y odio hablar mal de los muertos. Cuando salimos de la facultad, hablábamos de montar nuestro propio gabinete. Mi tío es psiquiatra, y ya lo tenía hablado con él para que nos pasase a algunos de sus clientes. ¿Sabe lo que hizo Víctor? Se llevó a los clientes de mi tío, me dejó tirado y montó él solo su consulta.

¿Muerto? No, tampoco llegaría yo a tanto. A ver, quién de todas las víctimas no querría vengarse de él. Pero qué va, sería incapaz de hacerle nada, si de bueno que soy llego a ser tonto. Y me dan pánico las armas de fuego. No sé, alguien que se dedica a fardar de pistola y que la enseña en las fiestas como si fuera un juguete está pidiendo a gritos que le acabe pasando algo malo.

Bueno, esto casi da vergüenza decirlo, pero ya que lo pregunta… bebí más de lo que estoy acostumbrado y me puse malísimo. Eso sería a las diez y media, o así. Algunos compañeros, aunque sinceramente no recuerdo quiénes fueron, me llevaron a la salita y me tumbaron allí… me iban a dejar en uno de los dormitorios, pero Víctor no quería que me metieran en el principal y el otro estaba ocupado. Y allí estuve hasta que ustedes llegaron. De vez en cuando entraba alguien a ver cómo estaba, pregunten a los demás invitados.”

ANTONIO VEGA, 30 años:
“¿Víctor? Oh, sí, Víctor, el popular. ¿Sabe? Le caía bien a todo el mundo. Al menos, hasta que le conocías mejor. No le mentiré, era una rata. Yo tardé un año más en salir de la facultad por su culpa… en el último examen, el muy cabrón se copió de mí. Y luego consiguió convencer al profesor de que había sido a la inversa. Me colgó sus propias trampas.

Oh, no, ¿por qué iba yo a querer vengarme de él otra vez? Cómo, ¿no se lo ha dicho nadie? Verá, Víctor era una rata dispuesta a pisar a quien hiciera falta para salirse con la suya, pero de todas sus víctimas, yo fui el único que le devolvió la jugada. Durante su primer año de ejercicio me dediqué a pisarle todos los pacientes que sabía que tenían pensado ir a su consulta. Yo por entonces todavía estaba estudiando, pero me aseguré de recomendarles a otros psiquiatras más cualificados, no sé si me entiende. Así que, al final, ya que él me obligó a esperar un año antes de poder montar una consulta, yo le obligué a esperarme a mí.

A esas horas… Hmm… Vale, sí, a esas horas estaba en la cama. Con otra de las invitadas. Patricia Mármol, que iba de Catwoman esa noche. Estuve tirándole los tejos desde que llegué a la fiesta, y sobre las once nos fuimos a uno de los dormitorios de Víctor. De hecho, si le soy sincero, cuando terminamos me quedé dormido, porque recuerdo que me despertaron las voces de la policía al llegar.”

Los tres tienen coartadas aceptablemente sólidas. Marcos López (28 años) confirma que estuvo hablando con Simón Jimeno antes del final de la fiesta, pero tampoco está seguro de la hora exacta; Patricia Mármol ha corroborado la coartada de Antonio Vega, incluida la parte de “nos quedamos dormidos”; y el resto de los invitados vieron a Diego Banderas vomitar en la alfombra y se lo llevaron a la salita, pero reconocen que ninguno de ellos se quedó mirándolo toda la noche.

Así que ¿quién miente? ¿Quién mató a Víctor García? Y sobre todo, ¿cómo podemos demostrarlo?

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