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OCTAVO ANIVERSARIO – El Juego Vuelve a Empezar

Damas.

Caballeros.

Antes de que lo digáis, sí, esto ya se ha convertido en un mal hábito. Sólo aparezco por aquí cuando llega el aniversario, y siempre que vuelvo lo hago sin traeros un caso nuevo. Podría deciros que lo siento, que esto no me provoca ningún placer, que he tenido una serie de circunstancias que me han impedido retomar las riendas del juego…

Podría deciros todo eso y sería verdad. Pero no arreglaría el problema. Después de mucho pensarlo he llegado a la conclusión de que sólo hay una frase que os merezcáis que os diga: esto no volverá a pasar.

Merecéis como mínimo eso. La garantía de que La Sociedad del Misterio no se volverá a ir sin avisar. Un juego al que siempre sabréis que podéis volver a jugar. Un trabajo bien hecho.

Así pues, hoy, ocho años después de la inauguración de la Sociedad del Misterio, vengo a vosotros con las manos vacías… pero por una buena razón: porque lo que traigo para vosotros es demasiado grande.

Esta vez queremos hacerlo bien, y queremos saber que, una vez que arranquemos, no vamos a volver a parar. De modo que afilad vuestros lápices, sacad del armario vuestras gabardinas y quitad el polvo a vuestros sombreros, porque se avecina la mayor aventura de la Sociedad del Misterio hasta la fecha.

No vamos a spoilear de qué va la cosa, pero queremos que estéis preparados. Lo que estamos preparando, y por lo que aún tardaremos un poco más para poder dejarlo todo atado y bien atado, no es un caso. No.

Son veinticuatro.

Una temporada completa. Una historia más grande que ninguna que hayamos protagonizado hasta la fecha, construida a base de capítulos autoconclusivos. Nuevos personajes. Nuevos formatos de caso. Nuevas reglas del juego. Una aventura que lo cambiará todo.

La temporada lleva meses en el horno. Hemos querido guardar el secreto hasta hoy. Pero no vamos a cometer el error de otras veces: esta vez tendremos los guiones de los casos completos antes del estreno y planes de contingencia para cada uno para que, una vez que hayamos arrancado, esto no se detenga hasta que hayamos terminado de contar la historia.

Pero no he venido aquí, otra vez, a deciros “Que viene el lobo” y esconderme hasta el siguiente aniversario. Estoy aquí para volver a abrir las puertas de la Sociedad del Misterio. Para que, cuando finalmente arranquemos, el motor no esté frío.

Y por eso mismo, y porque es un error teorizar sin pruebas y no puedo pediros que creáis en mí sin demostraros que hemos vuelto para quedarnos… vamos a tener actualizaciones regulares en La Sociedad del Misterio empezando desde hoy. Si yo no tengo tiempo para traeros noticias, curiosidades, encuestas, juegos de ingenio o lecciones de la Academia del Misterio, alguien más lo hará. Mycroft, sin ir más lejos, ya tiene preparado un ejemplar de “Mientras tanto en el mundo” para empezar a calentar motores.

Y no pararemos aquí. Me comprometo a publicar, en el plazo de una semana y de una maldita vez, las condecoraciones a nuestro último caso. En cuanto me sea posible, además, tendréis el opening y los títulos de crédito, como es tradición. En breve tendréis noticias de índole editorial (permitidme que os deje ahí con la intriga, que sé que os gusta). Y hasta que llegue finalmente el estreno de la temporada, os iré trayendo sorpresas cuando menos os lo esperéis.

Los que seguís aquí os merecéis que el juego vuelva. A los que os habéis ido, esto era lo que tenía que haber hecho antes, espero que aún sepáis aceptarlo. Los nuevos, sed bienvenidos y sed pacientes, lo que está por llegar va a valer la pena. La Sociedad del Misterio sois vosotros, todos vosotros, y merecéis que os diga estas palabras. Así que allá van:

EL JUEGO VUELVE A EMPEZAR.

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SEXTO ANIVERSARIO: CONTRARRELOJ – Caso nº 00036: UNA NOCHE EN LA ÓPERA

—Es una situación poco ortodoxa —dije—. Quiero decir, lo correcto en este caso sería recurrir a las autoridades…

—No, eso sólo lo haría público —respondió Violeta—. Y eso no ayudaría a nadie, y definitivamente alertaría al ladrón. Entiéndame, señor Ryder… No sabía a quién acudir.

Casi seis años después de nuestro primer encuentro, Violeta Sanpedro (33 años, comprometida, soprano) había madurado mucho. Por aquél entonces era una joven promesa del bel canto, con voz y talento pero sin porte ni presencia, que compareció ante nosotros como testigo y sospechosa de la muerte de su compañero de escena el tenor Jorge Brezo. Ahora tenía ante mí a una diva y una dama.

—¿Y por qué nosotros? —quise saber.

—Ustedes… Cuando el pobre Jorge murió, no se limitaron a encontrar a su asesino. Después de aquello se siguieron interesando por nosotros, por saber cómo íbamos a seguir con nuestras vidas. El señor Nicolaides y yo siempre comentamos lo mucho que valoramos eso.

—Está bien. Vuélvamelo a contar, desde el principio, y no omita ningún detalle.

Violeta, con actitud serena y profesional, llenó de aire sus pulmones y comenzó su relato.

—Como sabe, el señor Nicolaides ha estrenado por fin su gran ópera, “Tetragrammaton”, basada en los estudios del historiador Glasseus Phillips sobre el pueblo judío. La obra narra la vida de los judíos en Ur hasta la huida de Abraham, luego su papel en la historia de la Venecia del siglo XVI, para finalmente contar la actual diatriba de un joven soldado israelí que tiene como mejor amigo a un palestino.

—Algo he leído, sí.

—Bien. Es una tradición en la ópera no utilizar joyas auténticas, trae mala suerte; pero esta vez, la firma de joyeros Logtier ha patrocinado todos los gastos de la obra con una única condición: que se vistieran sus joyas tanto en la propia obra como fuera de ella, en las fiestas post-representación.

»Como soprano principal de la obra, me corresponde a mí vestir un collar de perlas cultivadas, “Las Lágrimas de Shiraz”, creada especialmente para esta obra. Durante los ensayos usamos una réplica de bisutería, para evitar dañar la original. Siempre se usan réplicas de primera calidad, con el mismo peso, tacto y brillo, y en general esta réplica cumplía todos esos requisitos. Sin embargo, le diré que en la primera representación que hicimos con la original, el director quedó impresionado con mi interpretación, nunca me había visto cantar así. Empezó a circular el rumor de que el collar auténtico dotaba a la voz de una magia capaz de conmover sin esfuerzo.

—¿Y usted qué cree?

—Yo soy una mujer con los pies en la tierra, señor Ryder. El broche de la réplica de bisutería es mucho más basto que el del collar original y me resultaba incómodo, por eso en los ensayos lo hacía peor: estaba distraída.

»Bien. Como ya sabrá, “Tetragrammaton” lleva cinco días de representación, esta noche será la sexta y penúltima. Pero en la representación de anoche, ocurrió algo que no debería haber ocurrido. Durante un cambio de escena, cerca del final del primer acto, fui a mi camerino a cambiarme de vestuario y a que me retocasen el maquillaje. Pero cuando volví a salir a escena… estaba incómoda.

—El collar —deduje—. El cierre volvía a ser más tosco.

—La crítica ha dicho de mi representación que he perdido todo el empuje antes del final del segundo acto, que parecía como distraída. ¿Pero cómo no iba a estarlo? ¡Se había cometido un robo entre bambalinas!

—¿Quién más lo sabe?

—Sólo los Talleirand.

—¿Los Talleirand?

—La familia que lleva la firma de joyas Logtier. Tenía que avisarles, el collar es su propiedad, y además necesitaba estar segura de que el que llevaba era el de bisutería. Necesitaba la opinión de un experto.

—Lógico. ¿Y sus compañeros?

—No se lo he dicho a nadie. No sé en quién puedo confiar.

—Bien. Si mis Jefes de Departamento pudieran entrar en el Palacio de la Ópera y hablar con sus…

—No lo entiende, señor Ryder —me interrumpió Violeta—. Mañana es la última representación y las joyas deben ser devueltas a Logtier. No podemos devolverles un collar falso, y menos ahora que lo saben. Además, mis compañeros ya han firmado con otras compañías para el resto de la temporada, y algunos de ellos tienen previstas obras en otros países. Si queremos atrapar al ladrón, tiene que ser antes del final de la última representación.

Maldita sea. Otro Caso Relámpago.

—Bien —resolví poniéndome en pie—. No hay tiempo que perder. Sólo los joyeros saben lo que ha ocurrido, así que necesitaría hablar con ellos con total y absoluta franqueza; necesitaré una excusa para poder hablar con el resto de implicados sin levantar sospechas. Con las limitaciones que tenemos, tendrán que bastar los testimonios para encontrar al ladrón: quien miente, tiene algo que esconder.

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SEXTO ANIVERSARIO – Unas palabras del autor

Damas y caballeros.

Permitidme que hoy os hable como Javier Martínez, como el autor de todo esto, y no como Jack Ryder.

Hoy hace seis años que emprendí un proyecto en el que tenía mucha ilusión… pero no mucha esperanza. A fin de cuentas, pensaba, puede que al público le guste la temática de misterio, pero… ¿qué diablos es esto, en realidad? ¿Es literatura? ¿Es rol? ¿Son Historias Negras? La primera vez que le hablasteis a alguien de la Sociedad del Misterio… ¿cómo se lo explicasteis? Además, empecé directamente con un caso antes de saber si tendría jugadores… No sabía lo que iba a salir de aquí.

A nivel narrativo, he intentado transmitir esa misma sensación a Jack, mi alter ego. Es decir, la Sociedad del Misterio no es una agencia de detectives al uso, es más bien el eslabón perdido entre la colaboración ciudadana y el crimen organizado. ¿Cómo podía confiar en que tendría investigadores, o siquiera en que alguien quisiera contratar sus servicios?

No estoy tan alejado de la realidad como para mezclarla con la ficción. Sé dónde empieza el autor y dónde acaba el personaje. Pero creo que puedo afirmar que ninguno de los dos esperábamos lo que ocurrió a continuación.

Seis años ya, y la Sociedad del Misterio no ha dejado de crecer. Nuevos investigadores, mentes brillantes de todos los rincones del mundo. Los Departamentos, una justa recompensa a los investigadores más eficientes que a su vez permite desarrollar aún más cada misterio. Casos más elaborados, desde el pequeño y doméstico crimen de nuestro primer caso hasta nuestro reciente pacto con la Mafia. Nuevas herramientas de trabajo: la Sala de Archivos, nuestra Reputación y, por supuesto, Dyogenes Consulting. Más y más aliados: el inspector Arjona, la doctora Irene Watson, el doctor Carlos Ashmoor, el inspector O’Halloran de la INTERPOL, nuestro buen Mycroft, ahora Giancarlo Rosano. Adversarios formidables: el incansable Padre Piña, el arrogante Agente Smith, y naturalmente nuestra némesis, el enigmático A. K. Nuevos tipos de misterio: los casos Contrarreloj, los casos Relámpago, la Maratón, casos encadenados, casos simultáneos, y cómo olvidar nuestro primer Especial de Halloween. Una nueva dimensión en nuestra narrativa, al incorporar banda sonora y un opening para cada caso. Apariciones mediáticas, desde el apasionante mundo del webcómic hasta nuestras recientes incursiones en la radio.

Ha habido errores, por supuesto. Casos que no funcionaban, misterios mal construidos en los que no había forma de descubrir al culpable. Ideas demasiado ambiciosas a las que le fallaban los cimientos. Mecánicas de juego que no dieron el resultado que debían dar. Todo eso nos ha servido para aprender y mejorar, y para eso mismo nos servirán todos los fallos que aún están por llegar. Porque si la Sociedad del Misterio ha ido mejorando, aún tenemos la intención de que esto crezca todavía más.

No voy a mentiros: jamás en la vida habría esperado que esto llegase hasta donde ha llegado. Pero no tengo intención de atribuirme ni la mitad del mérito. Yo tuve una idea, sí; pero esa idea habría muerto antes de nacer de no haber sido por vosotros.

Así que quiero aprovechar este sexto aniversario para daros las gracias. Gracias a los que lleváis aquí desde nuestros comienzos, a los que nos habéis visto nacer y os habéis quedado para ver si el niño crecía feo o no. Gracias a los que os habéis ido incorporando, a los que habéis llegado con esto empezado y habéis decidido que valía la pena leer todos los casos atrasados antes de pillaros una mesa. Gracias a los que aún estáis por venir, porque la Sociedad del Misterio sólo puede seguir creciendo si lo hacen sus filas. Gracias a los que habéis ascendido a Jefes de Departamento, que hacéis de la Sociedad del Misterio una experiencia cada vez más disfrutable. Gracias a los que nos habéis regalado momentos inolvidables. Gracias a los que resolvéis en veinte horas un caso de dos semanas. Gracias a todos los que habéis estado ahí durante todos y cada uno de los errores que he cometido, gracias por quedaros a pesar de todo. Gracias a los que habéis sabido perdonar cada parón, cada pausa, cada silencio sin justificar. Gracias a los que hacéis de la Sociedad del Misterio lo que realmente es, lo que siempre debió ser: una comunidad. No un público que disfruta de un relato de misterio, sino una gran familia que comenta el capítulo en voz alta y se retan a descubrir al asesino antes que los demás.

Gracias, porque sin vosotros la Sociedad del Misterio no tendría sentido. Gracias, porque cuando perdí las esperanzas de que esto pudiera funcionar seguíais ahí. Gracias por darme un motivo para seguir.

Dicho esto… No penséis que os pienso dejar sólo con unas bonitas palabras de gratitud y escaquearme. La Sociedad del Misterio sigue teniendo sus puertas abiertas, y esto aún consiste en resolver casos, no lo he olvidado. Por desgracia, y como siempre digo, la Vida Real tiene preferencia por encima del juego, y diversos proyectos y situaciones personales me han dejado con poco tiempo para preparar el especial de este año (y mira que la idea estaba ya apuntada, pero… qué va, no ha dado tiempo).

Así pues, y si me permitís abusar un poco más de vuestra paciencia… el caso se abrirá mañana. Y va a ser un Caso Relámpago, lo que significa dos cosas: que sólo tendréis veinticuatro horas para resolverlo, y que los Jefes de Departamento también juegan.

Estad atentos… ¡y feliz aniversario!

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MARATÓN DEL MISTERIO – El informe

Aquella mañana no parecía haber nada destacable. Tan sólo un hombre sentado en un banco del parque, hojeando un periódico sin demasiado interés. Un hombre vestido con ropa ligera, tocado con una gorra. Nada sospechoso.

No para el ojo inexperto, al menos.

Pero un investigador cualificado podía ver mucho más. Podía ver que el periódico era de dos días atrás. Podía ver que era la única persona en el parque. Podía ver dónde estaba situado ese parque. Ni siquiera necesitaría ver el rostro del hombre para saber que no se trataba de un simple paseante disfrutando de un momento de relajación.

El investigador se aproximó al hombre. Se sentó junto a él sin mediar palabra y aguardó unos segundos, a ver si su compañero de banco tenía el valor de iniciar la conversación.

Fueron los segundos más tensos de mi vida. Pero al final, fue el investigador quien tuvo que dar el primer paso.

—¿Qué ha sido del sombrero y la gabardina, Jack? —preguntó.
Suspiré y levanté la mirada del periódico.
—Demasiado calor, Víctor —respondí—. ¿Cómo has sabido que estaría aquí?
—Era el único sitio en el que podías estar. Al menos, sabiendo que hoy la Sociedad cumple cuatro añitos y no te atreves a volver a tu oficina. ¿Quieres explicarme qué es esto?
Arjona soltó sobre mi regazo una abultada carpeta. Una carpeta con el emblema de la Sociedad del Misterio, el sello de la huella dactilar con el signo de interrogación entre sus dibujos.
—Mi informe —repliqué—, dado que el caso se nos ha quedado oficialmente grande. Un ciudadano responsable, en estas circunstancias, avisaría a la policía y les proporcionaría toda la información de que dispusiera.
—Déjate de tonterías, Jack, nos conocemos desde hace ya mucho. ¿Por qué me pasas esto?
—Porque eres el único en el Departamento que todavía me quiere ver con buenos ojos, y porque no quiero que esto se quede sin cerrar.
—Jack…
—Dos muertos, Víctor. Porque alguien nos robó una revista porno. Se nos ha ido de las manos.
—Jack, en serio, corta ya el rollo —espetó Arjona—. Tú no has dejado este caso. Puedes endosarme todos los papeles que quieras, puedes cerrar las oficinas y declarar que has abandonado la investigación. Pero los dos sabemos que sigues tras la pista del asesino.
—¿Y qué te hace pensar eso?
—Que estás sentado frente al escenario de la segunda muerte, escondiéndote detrás de un periódico que no estás leyendo.
Solté el periódico con frustración.
—Tú eres demasiado listo, Víctor —refunfuñé—. Tú SABES hacer trabajo de investigación, nos contratas para tener más tiempo libre.
—Jack, odio decirte esto, pero creo que estás teorizando sin pruebas. Sólo tenéis un muerto. El segundo ha sido, a falta de nuevos datos, una coincidencia.
—¿Sin pruebas? ¿Has repasado bien ese expediente? ¿Es que ya no recuerdas dónde se encontró el cadáver? ¿Y de verdad pretendes que me crea que la segunda víctima no tenía relación alguna con nosotros?
—Inconcluyente. Oye, ni siquiera deberíais culparos por el primer muerto… Joder, que no lo habéis matado vosotros. Pero el segundo no tiene nada que ver. Hazme caso.
—¿Es la postura oficial de la Policía?
—¿Pues sabes qué? Sí que lo es.
—¿Y la tuya?
Y ahí Arjona guardó silencio. Durante dos reveladores segundos.
—Tampoco te lo crees, ¿verdad?
—No tenemos pruebas, Jack, y eso es lo único que importa. Intenta no olvidar tus propias lecciones.
—¿Pero y si algo se nos hubiera pasado por alto? Ya se nos escapó lo de la furgoneta.
—¿Crees que vas a descubrir la clave de todos los misterios sentándote en un banco del parque?
—Asesinato en el Orient Express, Poirot resolvió el caso sentándose en una silla.
—Jack, odias esa novela, y los dos sabemos que Poirot se inventó la resolución del caso y acertó de chiripa. No intentes engañarme a mí, por favor, que nos conocemos. ¿Qué tramas?
—Los dos queremos que este caso se cierre de una vez por todas, ¿verdad?
—Sí.
—Pues déjame que me guarde mi pequeño as en la manga. No estoy haciendo nada ilegal, eso tenlo claro; pero necesito que me dejes guardarme esto.

Arjona me miró con suspicacia. Por toda respuesta, esbocé una media sonrisa de disculpa. Pero no me sacaría más. La Policía nos culpaba de la primera muerte, pensaban que habíamos abandonado nuestras responsabilidades y nos habían cerrado las puertas. Sólo Arjona seguía de nuestra parte en comisaría.
¿Cómo, entonces, iba a revelar que Irene Watson, la forense externa con la que trabajaba la Policía, también estaba intentando ayudarnos? ¿Cómo iba a exponerla tan pronto?

—Muy bien. Tienes tus secretos, te lo concedo. No me lo digas todo. Pero no me mientas, Jack. Si queréis volver a ser bien vistos en comisaría, no puedo jugar con malas cartas, así que dame respuestas sinceras.
—Es justo.
—Bien. Porque aunque el Comisario agradece tu gesto de buen ciudadano, no creo que nadie en comisaría tenga ni idea de cómo seguir con esto. Vosotros necesitáis volver y nosotros necesitamos ayuda, así que vas a tener que currártelo para que os vuelvan a dejar entrar.
—¿Crees que podremos hacerlo?

Con gesto grave, Arjona se levantó y miró hacia el edificio que teníamos frente a nosotros. El objetivo de mi intensa vigilancia.

—Eso espero —respondió—. Porque no creo que consigas entrar ahí sin nuestra ayuda.

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Apéndice al caso nº 00026: CORRESPONDENCIA OCULTA

Las mañanas empezaban a ser frías. Arjona lo notó al cruzar la puerta de la comisaría para volver a ver el exterior. Pero no se podía decir que le importase mucho. Sintió el aire frío en su rostro, respiró hondo, desentumeció sus articulaciones… y sintió de pronto el cañón de un arma en su nuca.

—¿Creías que te ibas a librar tan fácilmente? —susurró una voz a las espaldas.

En un acto reflejo, Arjona se giró, agarrando el brazo de su asaltante y desviando el cañón. Entonces fue cuando se encontró con mi sonrisa burlona: acababa de ser encañonado con una grapadora.

—Estamos en paz —sonreí.
—¡Jack! —me saludó él con alegría, y me dio un abrazo de buena gana.
—Ahora en serio, ¿cómo has llegado a inspector si eres capaz de creerte que alguien te iba a apuntar con un arma en la puerta de comisaría?
—¿Y yo qué sé? Si hay gente como tú, puede haber asesinos tan gilipollas, ¿o no?

—¿Alguna idea de quién lo hizo? —preguntó.

Yo conducía y Arjona bebía café. Había echado de menos el café, tanto que no se lo pude negar, pero como se le ocurriese volcarlo sobre mi tapicería le iba a volver a encerrar.

—Nada de momento. Sabemos que no fuiste tú. Sabemos que fueron dos personas. Uno de ellos resultó herido en el forcejeo, y el otro tenía conocimientos de cirugía.
—¿Nada más?
—Mendoza les conocía. Hemos sugerido a la policía, a través de tu abogado, que investigue en esa línea.
—Puede que sea una vía muerta. Está más que comprobado que no sabíamos tanto de Mendoza como nos gustaba pensar.
—Ya.
—¿Viste sus papeles, por cierto?
—Qué va, todavía no me he puesto…
—¡Imperdonable! Menos mal que traigo una copia. ¿Te leo?
—Cuenta, cuenta.
—A ver qué te parece. Veinticuatro de Septiembre, 2007: Sigfrido Cornejo, asesor de imagen. Sus clientes eran renombrados criminales, su trabajo había servido de tapadera para muchos. Muerto en un tiroteo.
—¿El asesinato de un criminal?
—Pero espera, espera. Treinta y uno de Diciembre, 2007: Alberto Huesca, ayudante del fiscal, con fama de incorruptible. Su cadáver no apareció hasta el siete de Enero de 2008… partido en dos.
—¿Un criminal y un fiscal?
—¡Y la lista sigue! Veintiséis de Febrero, 2008: Salvador Manero, jefe criminal menor. Intentaba escalar en los bajos fondos a base de ordenar asesinatos. Le echaron de la carretera. Veinticuatro de Junio del mismo año: Raquel Dámaso, abogada, dirigió una operación crucial contra el crimen organizado. Hicieron volar su casa en pedazos. Diecisiete de Septiembre, mismo año: Miguel Huertas, inspector de policía, división de crimen organizado. Corrupto hasta las trancas, había asesinado a varios testigos y entregado a otros a la mafia. Disparo en la frente. Dieciséis de febrero, 2009: Cornelia Urquijo, jueza, especializada en casos de corrupción. Coche bomba. ¿Ves un patrón?
—Cada vez un lado distinto de la ley. Pero con los datos que me das, sería arriesgado suponer que las víctimas tenían algo más en común.
—Los dos abogados trabajaban juntos, pero ya está.
—¿Crees que siempre encubría al mismo asesino?
—No lo sé, Jack… No sé qué pensar.

Asentí, guardándome para mí lo que podía notar con facilidad: que Arjona me ocultaba algo.

—¿Te pasarás por la Sociedad? —pregunté, el motor de mi coche ronroneando en punto muerto junto al piso de Arjona—. Al equipo le hará ilusión ver que estás bien.
—Claro. Pero dame algo de tiempo para estirar las piernas en mi propia casa. Mañana me paso por allí sin falta.
—Tengo tu promesa.
—Y yo la tuya de que, cuando llegue, no estarán todos esperándome en plan pelotón de fusilamiento.
—¡Yo jamás he prometido tal cosa! —repliqué.

Hubo un instante de silencio. Sabía cuál era el tema que Arjona estaba intentando no sacar… y sabía que se nos estaban agotando todos los demás.

—No se lo has dado aún, ¿verdad? —preguntó finalmente.
—No me pareció apropiado.
—Jack…
—No pasa nada. Habrá otra oportunidad.
—Claro que pasa. Era tu gran sorpresa, Jack. Te morías de ganas.
—Habrá otras ocasiones, Arjona, no te preocupes.
—Ahora me siento culpable.
—Y una mierda —sentencié—. Hemos estado dos semanas trabajando a piñón sólo para demostrar que eras inocente, no vas a empezar a sentirte culpable ahora.
—Sabes a qué me refiero. ¿Qué va a pasar con la sorpresa?

Sopesé mis palabras. No, no había ninguna forma de decirlo que no hiciera que Arjona se sintiera peor.

Opté por la franqueza:

—Se pospone —dije—. Indefinidamente.
—En fin —suspiró Arjona—. Oye, no he querido decirte esto antes porque, bueno, ya sabemos cómo son estas cosas y en realidad siempre marean la perdiz más de lo que ayudan. Pero mi abogado encontró algo más entre los papeles de Mendoza.
—¿Qué es?
—Algo que ya le hemos pasado a Asuntos Internos, como comprenderás. Me habría gustado daros la exclusiva, pero no creo que fuese una buena idea. No creo que lo resuelva todo, ni mucho menos, pero…

Sacó un sobre arrugado del bolsillo interior de su chaqueta y me lo ofreció.

—Feliz cumpleaños —dijo—. A ver si podéis sacar algo en claro.

Abrí el sobre. En su interior había una fotocopia de una carta mecanografiada. Naturalmente Arjona había tenido que entregar el original a A. I., pero aún así podía reconocer el estilo:

“Estimado Longshanks;

Sin duda, en respuesta a tu atenta misiva previa, demandando retribuciones por tu silencio, siempre apreciado, en ese papel sudado y colmado de miedo, debo plegarme a ese deseo metálico tuyo.

Mañana en la sobremesa, un Jinete y Serafín acudirán con lo pactado.
Espero que la cantidad se la adecuada y que con ese sello de la confianza, roto ahora, no volvamos a tener contacto. Pues lo que tú sabes, lo sé yo y al acecho está A. I.

Recuerda a San Martín, y no penes.

A. K.”

—Esto… Esto es…
—Como de costumbre, Jack, esto no es nada. No sabemos qué o quién es A. K. en realidad, y aunque parece lógico asumir que la carta iba dirigida a Mendoza no sabemos si Longshanks es él o no. Esto es una pista incompleta que parece apuntar a que vuestro viejo amigo hacía tratos con Mendoza… pero nada más que eso.
—¿Y qué dice A. I.?
—Nada de momento. Ya sabes lo reservados que son, y más hablando con polis. Pero A. I. no son ninguna autoridad en el tema A. K. Vosotros lo sois. Así que pensé que querríais tener el dato.

Se bajó del coche y se despidió de mí con un firme apretón de manos. Me agradeció nuevamente el trabajo que habíamos hecho por sacarlo de allí y, sin mirar atrás, entró en su casa.

Yo tardé unos minutos en volver a poner el coche en marcha. La sombra de A. K. había vuelto a cernirse sobre nosotros… y esta vez había salpicado a Arjona. Y lo peor: como de costumbre, no podíamos demostrar nada.

Esto tenía que terminar. A. K. debía ser desenmascarado.

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Interludio: CONSPIRACIÓN Y PARANOIA

Dejando atrás nuestra cafetería preferida, el inspector Arjona y yo dimos por concluida nuestra pequeña reunión de conspiradores. El contenido de dicha reunión no será divulgado… pero al menos ahora sabéis que existió tal encuentro.

—Cuento contigo entonces, ¿verdad? —pregunté.
—Por poco tiempo que tenga, es vuestro, Jack —dijo Arjona—. ¿Crees que les gustará la sorpresa?
—Espero que sí, no ha sido barata precisamente.
—Bueno, tenías algo ahorrado nada más que para esto, ¿o no?
—Eso desde luego. Y si Mycroft no me llega a dar el empujón, probablemente ni lo intentaba.
—Oye, ojalá salga todo bien —me dijo de pronto—. Todo este asunto, los preparativos y tal, la verdad es que te están afectando demasiado.
—Ya, bueno… Si sólo fuera eso.

Arjona se detuvo y me agarró del brazo.

—¿Qué es lo que no me cuentas, Jack?
—Víctor… Últimamente he estado…
—Ahí está Jack Ryder el entrometido—balbució una voz a mis espaldas.

Me giré para encararme con mi visitante. Pero antes de que mis ojos lo tuvieran a la vista, mi nariz ya había identificado esa marca de whisky. Tenía que ser él.

—Buenas tardes, inspector Mendoza —saludé con elegancia.
—Ryder el metomentodo —escupió Mendoza tambaleándose hacia mí.
—¿Disculpe?
—¡Ryder el correveidile del santurrón de Víctor Arjona! —estalló.
—Evaristo, estás borracho —terció Arjona conciliador—. Vete a tu casa…
—Estos amiguitos tuyos, Arjona, no son nada bueno, ¿te enteras? —protestó Mendoza apuntándome con un dedo acusador—. ¿Es que no ves lo que hacen?
—Nos ayudan a resolver casos, Evaristo.
—La policía ya sabe quién lo hizo, cómo y por qué. ¡Y entonces llega Ryder y su guardería de detectives, se inventan otra versión de los hechos y nos hacen quedar a nosotros como idiotas!
—Inspector, creo que… —traté de intervenir.
—¡Tú te callas o te detengo por obstrucción a la justicia, gilipollas! —bramó abalanzándose hacia mí.
—Vale, ya está bien, Evaristo —sentenció Arjona metiéndose entre los dos—. Te vas a venir conmigo…

En ese momento, y con una fuerza inesperada para todos… Mendoza tumbó a Arjona de un puñetazo.

—¡Tú a mí no me pones la mano encima! —gritó—. Te crees que estás a salvo porque tienes a tu amiguito Ryder cubriéndote las espaldas; pero el día que yo hable, niñato, van a rodar cabezas. ¿Me oyes? ¡El día que yo hable va a temblar la comisaría!

Arjona no respondió. Como tampoco lo hice yo. Mendoza nos miró primero a uno y luego al otro, con gesto perdido, y finalmente se alejó trastabillando de allí.

Tendí la mano a mi amigo y le ayudé a levantarse. Durante un instante ninguno dijo nada. Arjona estaba visiblemente humillado. Pero a mí me preocupaba otro asunto:

—¿Estaba… estaba tragándose las lágrimas? —pregunté.
—Mendoza siempre ha sido un problema —se lamentó Arjona—. Ya has visto cómo venía. Voy a tener que hablar con el comisario sobre él.

Convinimos un par de últimos detalles sobre la sorpresa del aniversario y nos despedimos. Aún teníamos mucho trabajo por delante y muy poco tiempo. Pero no pude evitar irme preocupado por Arjona… y por las enigmáticas palabras de Mendoza.

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Segundo Aniversario – Apéndice al caso nº 00022: EL REGALO DE ARJONA

El mensaje de Arjona era claro: el día, la hora y el canal, acompañados únicamente de las palabras “Feliz cumpleaños”. Así que ahí estábamos todos, pendientes del televisor, con las luces apagadas y las persianas bajadas, con palomitas preparadas y una bañera de grog burbujeando por si acaso. Pero creo que, en el fondo, nadie se terminaba de esperar esto:

»Desde siempre —anunciaba un locutor en off—, el ser humano se ha visto fascinado por esos personajes inteligentes y observadores, capaces de adivinar hasta el más mínimo detalle con solo un vistazo, que ponen su talento al servicio de los demás. Desde clásicos como Sherlock Holmes, Jane Marple, Hercules Poirot o Joseph Rouletabille, hasta figuras más contemporáneas como Jessica Fletcher, el Teniente Colombo, Gil Grissom o incluso el doctor Gregory House —las imágenes de todos ellos desfilaron por la pantalla—. Disfrutamos de sus aventuras de ficción, nos sorprendemos con la aplastante lógica de sus razonamientos y la espectacularidad de sus conclusiones, saboreamos sus historias con el amargo regusto de saber que es difícil encontrarlas en la vida real.

»Pero tal vez no resulta tan difícil. Sólo hay que saber investigar

.

La ya reconocible imagen del Palacio de Congresos nos dio la primera pista de lo que estaba por venir.

»Un congreso internacional de criminalistas. Uno de los asistentes es un asesino, otro será su víctima, y nadie sabe quién matará a quién ni cómo. El reloj corre en contra de la víctima desconocida, le quedan cinco días de vida. Y sin embargo, tres días antes de que se cometa el asesinato, el criminal es descubierto y arrestado. ¿Cómo pudo ocurrir?

»—Yo hice el arresto, sí, y la investigación desde dentro —anuncia Arjona ante las cámaras—; pero sería injusto atribuirme todo el mérito. Recibimos ayuda externa, la inestimable colaboración de una agencia de detectives consultores con los que hemos trabajado ya en muchas ocasiones… Me refiero, por supuesto, a la Sociedad del Misterio.

Y en ese momento aparece en pantalla la huella dactilar con su interrogante entre sus surcos que es nuestro emblema, y sobreimpreso el título del reportaje:

LA SOCIEDAD DEL MISTERIO
EL JUEGO HA EMPEZADO

»Una agencia de detectives consultores —prosigue el locutor ante un plano de nuestro edificio—. Una academia de investigación criminalística. Un centro donde se reúnen todos aquellos que creen que se puede utilizar el cerebro para hacer de este mundo un lugar más seguro. Pero ¿qué es en realidad la Sociedad del Misterio?

»Hace hoy dos años, el investigador jefe Jack Ryder, antiguo colaborador de la Policía —Dios, no me puedo creer que hayan cogido esa foto mía—, fundó la Sociedad del Misterio. El objetivo era muy simple: poner a disposición del público toda la información de un caso a la que se pudiera acceder, para contar con la colaboración ciudadana y desentrañar misterios sin resolver. Siempre dispuestos a ayudar a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, la Sociedad del Misterio abre sus puertas a todo aquél que quiera contribuir a una investigación. Y de momento, se puede decir, están ofreciendo unos resultados más que considerables.

»Más de una veintena de casos resueltos dan fe de la calidad de su trabajo. Asesinos descubiertos y cazados, algunos robos desentrañados, dos secuestrados rescatados, incluso una estafa relacionada con un robo perpetrado hace más de cincuenta años. Criminales desenmascarados gracias a pequeños detalles como la falta de sangre en el cuerpo, un salmón descongelado o, como en este último caso, la alergia de un invitado. Mentes brillantes, razonamientos deductivos, y todo ello puesto al servicio de la comunidad.

»Y siguen creciendo. Cuando la Sociedad del Misterio abrió sus puertas, apenas contaría con una docena de investigadores. A día de hoy ya se han creado tres departamentos de investigación, dirigidos por tres investigadores que han probado ya de sobra su valía: el Profesor Boniatus, el investigador Jnum, y el investigador Zalaya. Además, gracias a las nuevas tecnologías se recibe la participación de investigadores de todo el mundo —Un mapa del mundo iluminado con las visitas que recibe la Sociedad—. Desde España hasta Argentina, pasando por México, Canadá, Estados Unidos, Francia, Alemania, Suecia o Rumanía, la Sociedad del Misterio reúne a los mejores investigadores independientes para resolver las grandes interrogantes de nuestra sociedad.

»Pero ¿qué opina la policía, la fuerza oficial designada para proteger y servir, de la aparición de este fenómeno?

»INSPECTOR VÍCTOR ARJONA
Homicidios

—No es una competición. Nuestro trabajo consiste en garantizar la seguridad de la gente. La Sociedad del Misterio nos ayuda a alcanzar ese objetivo.
—Entonces, ¿no cree usted que entorpezcan sus investigaciones?
—Siempre han respetado mucho el papel de la policía. No intentan pisarnos el terreno, de hecho cuando algo es competencia nuestra nos lo sugieren, en lugar de intentar investigarlo ellos por su cuenta.

»INSPECTOR EVARISTO MENDOZA
Homicidios

—Son unos aficionados. ¿Dejaría usted que le operase del corazón un friki de las series de médicos? Mire, no digo que no hayan tenido suerte y acertado alguna que otra vez; pero por lo general, deberían apartarse y dejar el trabajo de investigación en manos más capacitadas… en nuestras manos, sin ir más lejos.
—Sin embargo, hace poco usted cerró la investigación por la muerte de un asesino a sueldo, y ellos vieron que había algo más en el caso y lograron evitar un segundo asesinato. ¿Qué dice a eso?
—Se acabaron las preguntas.

La Sociedad estalla en risas. Uno a uno, Mendoza, acabamos de empatar.

»Por supuesto no todo han sido triunfos en el currículum de la Sociedad del Misterio. En dos ocasiones hasta la fecha, el investigador jefe Ryder o la Sociedad al completo se han visto convertidos en sospechosos de asesinato… y han logrado demostrar siempre su inocencia con pruebas concluyentes. La segunda de estas ocasiones, que los despertó con la aparición del cuerpo sin vida del doctor Carlos Duarte en sus propias oficinas —la foto de la orla de Carlos Duarte—, es uno de los pocos casos que aún continúan sin resolver. Se sabe quién no lo hizo… pero sólo eso.

»Sin embargo, sería un error ignorar las estadísticas. A día de hoy, la Sociedad del Misterio ha logrado resolver un aplastante noventa y uno por ciento de sus casos. Misterios en los que las últimas palabras de un alemán moribundo parecían incriminar al humilde sacristán de una iglesia de barrio. Enigmas en los que una mano cortada desafía a los detectives a encontrar el resto del cuerpo. Intrigas en las que ancestrales tomos orientales se ven inexplicablemente transmutados en cajas de porno. Todos ellos resueltos, siempre en un máximo de catorce días.

»A veces sólo hace falta saber observar. Estudiantes, ingenieros, artistas, maestros. Tándemes formados por madres e hijos, por parejas sentimentales, demostrando lo útil del trabajo en equipo. Muchas veces la colaboración ciudadana ha ayudado a detener a criminales buscados por la Justicia… y ahora, gracias a la Sociedad del Misterio, sabemos que cualquiera con una mente lo bastante ágil puede descubrir al asesino.

Mientras los títulos de crédito desfilan por la pantalla, mostrándonos los nombres de los periodistas que nos sustituyeron en el Congreso, me repantigo en mi asiento y disfruto de los vítores de mi equipo. Dos años de impecable trabajo de investigación han recibido la recompensa que se merecían. “Bien hecho, damas y caballeros”, pienso para mí, cuando de pronto suena el teléfono.

—Ryder, dígame… —digo tratando de hacerme oír entre el jaleo de la celebración—. ¿Quién? ¡Ah, coño, qué de tiempo! Nada, que nos pillas aquí celebrando nuestro segundo cumpleaños… ¿qué? ¿Mañana? Sí, claro que te puedo ir a buscar, pero… ¿cómo? Oye, te noto… no sé, ¿va todo bien? Sí, sí, por supuesto, cuenta conmigo… ¿a qué hora llega tu avión? Vale, pues allí estaré. ¡Oh, y buen viaje!

Cuelgo. Hacía tiempo que no oía esa voz, y no hará mucho que me quedé con las ganas de reencontrarme con él. Pero estaba serio, preocupado. Podía notarlo en su voz. Incluso casi diría que había algo que le asustaba.

En fin. Es un error teorizar sin pruebas. Al día siguiente nos encontraríamos y me contaría cuál era el problema. Hasta entonces, teníamos una fiesta que celebrar.

Probablemente fue cuando teníamos las luces apagadas. O quizás después, mientras todos estábamos demasiado distraídos con la fiesta como para notarlo. Pero a la mañana siguiente, encontraríamos un pedazo de papel pisoteado demasiadas veces, con sólo dos palabras mecanografiadas: “Feliz Aniversario”.

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