Archivo mensual: julio 2013

LOS ARCHIVOS SECRETOS DEL DOCTOR WATSON. Archivo 004: Piezas del juego

Parece que estamos pasando por una etapa de sequía… cada vez estoy más convencido de que a los criminales les afecta el calor. Arjona conoce mi teoría y bromea diciendo que cualquier día de estos se presenta a una detención con un secador de pelo. Dice, cito textualmente, “Seguro que no funciona tan bien como una grapadora, pero eh, algo es algo”.

Mientras nos llegan nuevos casos, he creído que sería una buena idea rescatar una de nuestras secciones más clásicas: Los Archivos Secretos del Doctor Watson. Para los nuevos, permitidme que os ponga en situación: en nuestro segundo caso tuvimos que investigar el asesinato de mi amigo y mentor, el doctor forense Juan “Watson” Garzón (padre de nuestra colaboradora Irene). Fue asesinado por investigar por su cuenta una trama de corrupción policial. Y en su testamento nos legaba sus notas sobre ese caso… pero en forma de ejercicios prácticos. Esto es un poco como la Academia del Misterio, pero con una mecánica diferente: tendréis todos los hechos y la conclusión a la que llegó Watson, pero durante siete días se os esconderá el proceso que llevó al doctor a esa conclusión. Podéis expresar vuestras teorías en las conjeturas, y en una semana comprobaremos si habíais acertado.

Haciendo clic en el enlace de más arriba podéis leer los informes anteriores (aún no los tengo subidos a la Sala de Archivos, lo siento, dadme algo más de tiempo que aún tengo mucho papeleo pendiente). No son necesarios para resolver el ejercicio actual, pero para quien quiera saber de qué van, os pongo en situación: tras morir en circunstancias sospechosas dos policías intachables, y al saber que alguien del cuerpo estaba dificultando la investigación (cargando el primero a un asesino convicto, disfrazando el segundo de suicidio), el doctor Watson busca conexiones entre ambas víctimas y encuentra a un tercer policía que podría estar cobrando sobresueldos: el agente Hernández.

¿Listos?

Ismael Hernández. Mi punto de partida.

Sé que dejarme llevar sólo por una intuición es un error. Pero en este punto ya no tenía nada con lo que trabajar, estaba en un callejón sin salida, y el hecho de que este agente de policía (que había tenido relación reciente con las dos víctimas) hubiese estado percibiendo sobresueldos injustificados era el único cabo del que veía posibilidad de tirar.

Naturalmente no podía conseguir acceso a sus cuentas bancarias, no sin levantar sospechas. Comencé, pues, por su historial. Aquello no estaba limpio, aquello era… cómo decirlo… anodino. No había nada en el agente Hernández que llegase a destacar, ni para lo bueno ni para lo malo. Ninguna gran detención, ninguna pelea, ningún soborno, ninguna promoción. La nuestra nunca ha sido precisamente una comisaría tranquila, pero cuando ocurría algo el agente Hernández nunca estaba ahí.

Por ejemplo: a principios de 2004, su por entonces compañero, el agente Héctor Gasol, intervino en un altercado junto con otros policías; redujeron a los alborotadores, pero dos semanas más tarde se supo que tal alboroto nunca había tenido lugar y que los agentes involucrados habían sido demandados por brutalidad policial. Sin embargo, para entonces el agente Hernández se encontraba en Getxo en un congreso sobre nuevas herramientas de control de multitudes. A mediados de 2005, su unidad participó en la detención de un peligroso narcotraficante; hubo promociones, medallas y apariciones mediáticas, y la mayoría de estos agentes son a día de hoy considerados héroes. Sin embargo, Hernández se encontraba de baja por depresión. Tres meses después, Asuntos Internos comenzó a investigar a un compañero de su unidad, el agente Cárdenas, y hablaron con todos sus compañeros. Ni siquiera en eso Hernández destacaba: había sido transferido provisionalmente a la capital para ayudar en una operación contra un delincuente con el que ya había tenido trato en el pasado, y para cuando regresó A. I. ya había cerrado su investigación mes y medio atrás. Sólo se había notado su presencia en algunos casos contados, y sólo porque su nombre salía en los informes: cuando Fermín Bueno detuvo a Carlos Bordes, Hernández formaba parte de la unidad que controlaba el perímetro; cuando la redada al laboratorio ilegal de Emilio Moragas, Hernández controlaba la retaguardia.

Un viejo amigo en el cuerpo, seré prudente y no pondré su nombre por escrito, me hizo llegar algunos datos más. Como ya sabía, Hernández se había presentado al examen de inspector en tres ocasiones; pues bien, sus calificaciones siempre se quedaban raspando el aprobado, pero sin llegar a él. En las tres ocasiones había sido declarado no apto por muy poco. La definición de “mediocre” del diccionario, vaya. Revisé las fechas de sus convocatorias: mayo de 2004, septiembre de 2005, noviembre de 2006.Conocía a algunos de los inspectores que salieron de aquellas promociones bastante bien: dos o tres eran bastante remarcables, pero lo cierto es que el nivel de aquellas convocatorias había sido un tanto bajo. Debía de haber sido frustrante para Hernández saber que él no conseguía aprobar, pero que otros de no mucha más capacidad habían promocionado.

Poco más podría conseguir. Como cabía esperar, Hernández no estaba disponible para hablar conmigo (casualmente le había pillado en sus vacaciones). Pero no lo necesitaba. Con lo que tenía ya podía elaborar no uno, sino dos perfiles: Hernández no era más que un peón; la persona que dirigía la organización era alguien con más autoridad en comisaría, y su plan debía ser seguido al dedillo.

[…]

 

¿CÓMO SUPO WATSON QUE EL CEREBRO DE LA OPERACIÓN ERA ALGUIEN DE MÁS AUTORIDAD QUE HERNÁNDEZ Y QUE SU PLAN DEBÍA SEGUIRSE A RAJATABLA?

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