Archivo mensual: marzo 2009

MIENTRAS TANTO EN EL MUNDO: La Asesina Fantasma

Como bien sabéis, en la entrada de la Sociedad del Misterio tenemos una placa con las Reglas del Investigador. Las dos primeras son citas holmesianas bastante reconocibles. La tercera, más contemporánea, es una frase célebre del criminalista Gil Grissom (de Las Vegas, Nevada) que enuncia que, mientras que las personas mienten, las pruebas no lo hacen.

¿Es esto verdad en todos los casos? Más aún, en el caso de que las pruebas nos estén diciendo la verdad… ¿sabremos interpretar realmente lo que nos dicen?

He tenido noticias recientes de una investigación criminal en Alemania que, creo, servirá para ilustrar este supuesto a la perfección. Así que, si me lo permitís, me gustaría dar inicio a una nueva sección, a la que llamaremos “Mientras tanto en el mundo”, y en la que tendrán cabida las historias detectivescas que aparezcan en los medios y que puedan resultar interesantes.

Comenzaré, por tanto, con el caso de la Asesina Fantasma.

Se trata de una investigación que ha mantenido a Alemania en vilo durante años. Nada se sabía de esta asesina, salvo que su ADN había sido hallado no en una ni en dos, sino en treinta y nueve escenas del crimen aparentemente inconexas. Ninguna relación entre las víctimas. Nunca el mismo Modus Operandi. La mujer a la que perseguían no parecía tener ningún motivo para cometer todos esos crímenes. Sin embargo, todo apuntaba a que el rastro que estaban buscando (que no persiguiendo) era el de la asesina en serie más prolífica e impredecible de la historia de Alemania.

Cientos de agentes de policía, agrupados en seis comités especiales, agotaron sin éxito todas las vías de investigación que se les ocurrían. Llegaron a ofrecer una recompensa de trescientos mil euros por la captura de la Asesina Fantasma. Pero la falta de coherencia entre los crímenes, así como la imposibilidad de encontrar ningún indicio de la identidad de la culpable, empezaba a hacer flotar entre los investigadores la sombra de una duda: ¿y si no existía una Asesina Fantasma?

Esa conclusión desafiaba las pruebas encontradas. Pero supongo, me falta el dato de cómo ocurrió, que fue eso lo que llevó a los avances que finalmente han tenido lugar esta semana pasada. Y es que, en un vertiginoso giro de los acontecimientos, la policía ha logrado finalmente establecer la identidad de su sospechosa principal.

Damas, caballeros… el ADN encontrado en esas treinta y nueve escenas del crimen pertenece a una trabajadora de la fábrica que hace los bastoncillos de algodón que utilizan los de la científica para tomar muestras de ADN de las escenas del crimen. Lo que significa que en realidad no lo habían encontrado en ninguno de esos casos: se lo habían llevado ellos mismos al lugar.

¿Mintieron las pruebas? Bueno, técnicamente no. El ADN que la policía analizó Pero a veces, sólo a veces, una prueba que dice la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, puede llegar a resultar inesperadamente engañosa.

Supongo que a veces hay que pensar que, si te tocas en cualquier parte del cuerpo y te duele, es posible que tengas el dedo roto.

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LOS ARCHIVOS SECRETOS DEL DOCTOR WATSON. Archivo Nº 002: Dos muertes sospechosas

Bueno, compañeros y compañeras… como no se nos ha quedado el mejor sabor de boca posible de nuestro último caso, y mientras nos entra alguno nuevo, creo que este es un buen momento para desempolvar los Archivos Secretos del Doctor Watson.

Recordaréis, probablemente, que estos son los informes confidenciales que mi difunto amigo y mentor, el doctor en medicina forense Juan “Watson” Garzón, elaboró para demostrar que existía corrupción policial en el cuerpo. También es posible que recordéis que, en su testamento, Watson nos legaba estos informes… en forma de lecciones prácticas. Así que ya sabéis, aquí tenéis un caso ya resuelto, pero del que se omite el razonamiento que llevó a la deducción final.

Tenéis, como siempre, una semana para resolverlo. Como de costumbre, las conjeturas permanecerán ocultas hasta el cierre, de forma que si alguien acierta los demás no lo vean y puedan seguir participando.

Una cosa más… no es estrictamente necesario, pero si alguien quiere retomar el hilo desde la última lección recordad que tenéis aquí el primero de los Archivos Secretos.

¿Listos?

ARCHIVO Nº 002: DOS MUERTES SOSPECHOSAS
por el doctor Juan Garzón

La corrupción en el cuerpo de policía era ya una certeza en este punto, pero necesitaba más pruebas para asegurarme de blindar la investigación. Y lo más importante, aún me faltaba averiguar hasta dónde llegaba la corrupción. De momento tenía dos vías abiertas, el psiquiatra y la policía científica; y el compañero del difunto Fermín Bueno tampoco me terminaba de parecer trigo limpio, pero no tenía nada sólido que utilizar contra él

Fue entonces cuando me llegaron dos muertes más en dos días consecutivos.

La primera fue Elvira Prat, treinta y siete años, ama de casa. La esposa de Ramón Varela, cuarenta, policía. Había sido brutalmente golpeada hasta morir. La muerte fue causada por una fuerte contusión en el cráneo, sobre la sien derecha. Mi examen determinó que dicho golpe fue propinado con un objeto pesado y romo, de aproximadamente cinco centímetros de diámetro, y la posición de la herida indicaba que el agresor había estado frente a la víctima cuando la golpeó. De hecho, pocas heridas se encontraban en la parte posterior del cuerpo… el asesino la estaba mirando a los ojos mientras la mataba a golpes.

Varela casi se desmorona cuando vino a identificar el cadáver. Sus compañeros tuvieron que ayudarlo a salir de la morgue, de tanto que le temblaban las piernas. La última vez que lo vi, se lo llevaban al bar a tomar algo para reponerse.

Durante el resto del día me estuve informando. Varela no parecía tener enemigos. Era un poli de barrio honesto, no se veía involucrado en grandes crímenes ni en problemas con bandas. Como mucho había puesto alguna multa, pero nunca había tenido que llegar a la detención. Elvira apenas salía de casa, se habían mudado recientemente a un nuevo barrio así que sus vecinos apenas la conocían. Me intrigó el detalle de la mudanza, así que indagué un poco más: Varela había solicitado el traslado para poder vivir en una zona mejor de la ciudad.

¿El motivo? Lo sospeché antes de leerlo, las pruebas forenses señalaban en esa dirección: el matrimonio quería convertirse en una familia. Elvira Prat murió embarazada de cinco semanas.

Podía comprender la desesperación que había invadido a su marido. No sólo había perdido a su mujer, sino también a su futuro hijo.

Supongo que por eso no me terminó de sorprender lo que ocurrió al día siguiente. Apenas acababa de empezar mi turno cuando Ramón Varela entró en mi sala de autopsias en una bolsa negra. Suicidio, me dijeron. Lo que sí me cogió por sorpresa fue el presunto móvil: según me dijeron sus compañeros, la investigación de la muerte de su mujer había sacado a la luz una incómoda verdad que había empujado a Varela a quitarse la vida. Y esa verdad era que fue él mismo quien golpeó hasta la muerte a su mujer.

He visto casos de violencia de género, más de los que me gustaría, y debo reconocer que no había visto nada en la autopsia de Elvira Prat que desmintiese esa hipótesis. Además, según tenía entendido Varela era bastante dado a la bebida. Recordé su nerviosismo al ver el cadáver de su mujer (comprensible, por otra parte), y cómo lo primero que hizo fue bajar al bar a emborracharse.

¿Sería eso lo que había ocurrido? ¿Un nuevo caso de “mata a su pareja y se suicida”?

En el fondo quise que la autopsia desmintiera la teoría del suicidio. Pero no fue así. La bala que extraje del cráneo casaba a la perfección con su arma reglamentaria. La pistola se encontró en su mano derecha, la herida en su sien derecha, rastros de pólvora sobre la mano y la manga. La sangre en el cañón y la quemadura en torno a la herida de bala indicaban que el disparo fue efectuado a quemarropa.

No cabía duda. Ramón Varela se había quitado la vida. Sin embargo, y contra todo pronóstico… eso fue precisamente lo que me confirmó que existía corrupción en el cuerpo, que algunos policías estaban siendo eliminados, y que Ramón Varela no era sino la última víctima hasta la fecha:

[…]

¿QUÉ FUE LO QUE ENCONTRÓ WATSON EN ESTAS AUTOPSIAS?

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Apéndice al caso nº 00019: TRIUNFOS Y CAÍDAS

La mía era la única mesa de la cafetería que llevaba ocupada desde la hora de su apertura. Creo que, hasta la fecha, ninguna otra reunión con Arjona me había producido tal impaciencia. Su llamada decía que habían logrado hacer avances en el caso Duarte, nuestra más reciente espina clavada… probablemente el único caso en el que todos lamentamos haber recibido un regalo en la oscuridad. Arjona no había querido revelarme en qué consistían dichos avances, pero sí que me había dicho que me iban a resultar interesantes.

Con todo, no era esa la principal razón de mi impaciencia.

—Perdón por el retraso —dijo cuando finalmente se presentó—. Quería dejarlo todo bien atado antes de venir a contártelo… Café solo, gracias. ¿Tú quieres algo?
—Yo ya me he tomado un té.
—Me lo cobra a mí, caballero. Bien, Jack no te quiero tener en vilo más tiempo… teníais razón. Noriega fue quien citó a la víctima en Correos.
—¿Cómo lo habéis verificado?
—Bueno, en parte porque tenemos más recursos y las manos menos atadas de lo que las teníais vosotros… pero en parte también siguiendo vuestros pasos. ¿Recuerdas cómo confirmasteis que Noriega era el hombre de las fotos?
—Enseñando la foto de la orla a la señorita Vivo.
—Decidimos probar suerte en Correos, y tres funcionarios lo identificaron. Al parecer estaba bastante alterado cuando abrió el apartado de correos hace siete meses. Se le puso farruco a una jubilada sólo porque, decía, le miraba demasiado. Por desgracia no estaban demasiado seguros… piensa que hace ya más de medio año de aquello.
—¿Entonces?
—Bueno, ahí es donde entra la baza de nuestros recursos. Sabiendo que existía un motivo razonable para sospechar de la presencia de Noriega en esta historia, ya podíamos seguir investigando más a fondo. La tarjeta del móvil estaba registrada a su nombre, fue comprada en una tienda de telefonía en Marbella hace dos meses. Supongo que por eso quería que Duarte la destruyera después de usarla… ahí hemos tenido suerte… ah, gracias, cóbrese, caballero.

Dio un sorbo a su café antes de volverlo a soltar sobre la mesa. Demasiado caliente. Por alguna razón, a Arjona le gustaba saborearlo recién hecho… pero luego se esperaba a que estuviese más frío para terminar de tomárselo.

—Boniatus lo hace mejor, la verdad sea dicha —sentenció—. En fin. Ahora que sabíamos seguro que Noriega estaba en el ajo, las sospechas sobre vosotros quedan oficialmente disueltas. La postura oficial de la policía es que habéis sido víctimas colaterales. El cadáver apareció en vuestras oficinas, pero no había nada más que os vinculase con él… y la aparición en escena del fugitivo doctor Noriega, su antiguo mentor y quien le condujo a Correos el día de su muerte, le convierten en un sospechoso mucho más plausible.
—¿Crees que lo hizo él?
—No directamente —agregó sacando unas fotografías impresas—. Esto lo tomó la cámara de seguridad de la oficina de Correos. No sabemos quién es, pero definitivamente no es Noriega.

Observé las imágenes mientras Arjona se acababa el café. La calidad era bastante deficiente, pero podía verse con claridad a un hombre grande, musculoso y con la cabeza afeitada, observando a Duarte por encima de su periódico. Las últimas fotos lo mostraban saliendo de Correos justo detrás del doctor. En ningún momento se acercaba a ningún mostrador.

—¿Quién va a Correos para no acercarse a los mostradores? —reflexioné en voz alta.
—Exacto. Ese hombre es, ahora mismo, nuestro sospechoso número uno. Por desgracia no muestra nunca su cara a la cámara con claridad, pero ahora tenemos una descripción.
—¿Un asesino a sueldo?
—Cuando cojamos a Noriega le preguntaremos. Uf, qué tarde… Jack, tío, tengo que irme, mis padres vienen de visita y su avión llega en veinte minutos. Pero tenía que venir a contarte que habíais acertado.
—Se lo comunicaré a mi equipo, Arjona, gracias.
—A vosotros por facilitarnos el trabajo.

Se levantó de la silla, me estrechó la mano con una sonrisa y se dio la vuelta.

—¡Arjona! —le llamé.
—Dime.
—¿Tienes intención de explicarme esto —pregunté poniendo un ejemplar del periódico de hoy sobre la mesa—, o prefieres que me lo invente?

Los ojos de mi amigo se clavaron en el titular que había subrayado con rotulador. “LA SOCIEDAD DEL MISTERIO ES APARTADA DE UN CASO. Fuentes policiales declaran que su vinculación con el crimen puede haber puesto la investigación en peligro”. Su mirada se apagó un poco, pero no mostró sorpresa alguna.

—Aquí los dos somos detectives, Jack —me dijo—. ¿Tú qué crees que ha pasado?
—Mendoza.
—Pues ahí lo tienes. Ni siquiera él piensa que lo hicierais vosotros… pero os tiene atravesados desde lo de Verónica Salas. Puedo hablar con el comisario si quieres para que le…
—Tranquilo, sois compañeros, no te voy a pedir que lo traiciones, te la jugarías demasiado. Sólo quería saber si había sido él.

Nos despedimos. Arjona salió de la cafetería sin dejar de mirar el reloj. Yo no podía apartar los ojos del periódico.

Mala prensa. Ya nos iba tocando, supongo; y creo que, en el fondo, sabía desde el principio que encontrarnos con el cadáver en nuestro propio territorio no podía traer nada bueno. Pero saber que venía de un policía incompetente al que nosotros mismos habíamos puesto en tela de juicio… Podía aceptar la mala prensa cuando era completamente merecida, pero aquello olía a venganza.

Y por supuesto, estaba el otro detalle que no le había contado a Arjona. Quizás cuando lo pillara con más calma, pero antes necesitaba saber si la policía, en general, confiaba aún en nosotros.

Saqué del bolsillo de mi gabardina el sobre que nos había llegado hoy en el correo. Un sobre con un remitente identificado sólo con dos letras, sin dirección. Un sobre que Jnum ya había procesado a conciencia, al igual que su contenido, sin ningún éxito. Extraje la carta de su interior y la leí una vez más:

“No está mal señores. Y señoras. Interesantes aportes los que han hecho. Tendrán más noticias mías. Sin duda lo que ocurrió a este joven médico fue trágico, desde luego. E innecesario en principio. Pero todo el mundo es responsable de lo que hace. El “yo no quería”, el “si lo hubiera sabido” no vale. No es justo. Pero dejémonos de éticas y retóricas.
Una pena que les hayan sacado del caso. Señores, a más ver.

A.K.”

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