Archivo de la categoría: internacional

Segundo Aniversario – Caso nº 00023: UNA DUDA DESDE EL PASADO (CERRADO)

Sentado a la mesa de la cafetería del aeropuerto, en compañía de dos de mis jefes de departamento, no dejaba de consultar el reloj una y otra vez. Podría decirse que estaba impaciente por volver a ver a mi viejo amigo y colaborador… pero lo cierto es que me intrigaba su llamada. Hacía ya casi una década que no recurría a mí. ¿En qué podía estar trabajando?

Las puertas de la zona de recogida de equipajes se abrieron para dejar pasar a una marabunta de viajeros. Pero él se destacaba sobre el resto. Sus dos metros de estatura, su considerable envergadura, su cabello gris ondulado y sus inseparables gabardina negra y bufanda roja. Se detuvo en la misma puerta, dio un rápido vistazo a su alrededor, identificó el letrero de la cafetería y prosiguió su avance. Llevaba un periódico doblado en una mano y un maletín en la otra. El sol de la mañana filtrándose por los grandes ventanales de la terminal arrancaba destellos de la cadena de su reloj.

Cuando llegó a nuestra mesa me estrechó la mano con firmeza y me dijo que se alegraba mucho de volver a verme. Pero sólo sus labios sonreían. Algo le preocupaba, y mucho.

—¿Sería posible que hablásemos a solas, Jack? —preguntó en un impecable castellano sin acento.
—El Profesor Boniatus y Zalaya son de confianza, están entre la élite de la Sociedad del Misterio. Caballeros, creo que ya habréis oído hablar del inspector O’Halloran, de la INTERPOL.

O’Halloran saludó educadamente a mis compañeros, pero se le seguía viendo incómodo con su presencia. No obstante, éste era un punto en el que yo no pensaba ceder: si la Sociedad del Misterio iba a involucrarse en un caso de INTERPOL, quería que mis jefes de departamento conocieran los detalles de primera mano.

El inspector soltó el periódico sobre la mesa. Lo primero que me llamó la atención fue que no era del día… sino de una semana atrás. La noticia de portada hablaba del asesinato de una mujer de la localidad, Leyre Úbeda (48 años, soltera, profesora de secundaria) en lo que parecía haber sido un crimen pasional. Siete puñaladas. La policía aún no nos había pedido nuestra colaboración, pero sí, reconocí la noticia, y así se lo dije a O’Halloran.

—Conoces lo que pedimos a la policía que dejase que se hiciera público, Jack —replicó—. Este caso se nos echa encima y necesito tu punto de vista, así que voy a revelar información confidencial. Confío en que todos los aquí presentes seremos unos caballeros y esto no saldrá de aquí.

Tan pronto como los tres dimos nuestra palabra, O’Halloran abrió su maletín y extrajo unas cuantas fotos. Cuando me pasó la primera supe inmediatamente lo que habría en las demás.

—Herida en forma de estrella —comentó Boniatus al recibir la primera foto de manos de Zalaya—. Pequeño diámetro. En la herida del cuello se aprecia una marca circular… como si al clavarse el arma hasta el fondo la empuñadura hubiese golpeado la piel. ¿Un destornillador, tal vez?
—Espera, espera, esta herida no encaja —musitó Zalaya con la segunda foto ante sus ojos—. Todas las heridas están causadas por encima de la ropa, sin contar claro la del cuello. Así que ¿por qué está desabrochado el penúltimo botón de la blusa?
—Porque ahí es donde les practica la incisión para llegar al estómago —murmuré mecánicamente. La tercera foto, tal y como me temía, mostraba la incisión a la que había hecho referencia.
—Ya te puedes imaginar el contenido del estómago entonces, ¿no, Jack? —preguntó O’Halloran.

Inspiré hondo antes de coger la cuarta foto. Aquello, que a ojos de un observador neófito podría y debería resultar ridículo, hizo que un escalofrío me recorriera la columna vertebral. El único dato que siempre se había mantenido oculto a la prensa. El pequeño patito de goma quirúrgicamente introducido en el estómago de las víctimas.

—Ruby —dije en un hilo de voz.

Ocho años atrás, el doctor Juan “Watson” Garzón encontró un patito de goma en el estómago de una víctima de asesinato. No había sido ingerido de forma natural. La incisión en el vientre se había practicado post-mortem. La muerte fue causada por una puñalada en el corazón con un destornillador de estrella, acompañada por seis heridas más de igual factura.

Antes de que pudiésemos investigar más, el inspector O’Halloran reclamó el cuerpo en nombre de INTERPOL. El comisario Regordán indicó que el asesinato se había cometido en su jurisdicción, y que si no había una buena razón para entregarlo no lo haría. El súbdito británico explicó entonces que se trataba de la undécima víctima del apodado por la prensa “Asesino del Destornillador”, y conocido dentro de INTERPOL como “Ruby” por el patito de goma que era su firma (y del que, obviamente, la prensa nunca supo nada). Ruby había cometido asesinatos en Texas, Nevada, Nueva York, México, Argentina, Francia, Escocia e Inglaterra; una víctima por estado (salvo en Texas y en Escocia, que cayeron dos), antes de llegar a nuestra ciudad.

Tras una ardua negociación, Regordán consiguió firmar una colaboración entre ambos departamentos. Pero O’Halloran sospechaba que Ruby huía del país en cuanto olía a un agente de la ley. Por eso en Texas asesinó a dos personas… la primera víctima tardó en aparecer, pero para cuando se hicieron públicas las dos muertes el asesino desapareció para resurgir en Nevada. En Escocia, de hecho, la segunda víctima fue un policía.

Si queríamos averiguar algo antes de que desapareciera, necesitaríamos a alguien que pudiese trabajar de incógnito. Y casualmente, había un joven estudiante sin rango alguno en la policía, con un buen dominio del inglés, a quien el forense jefe recomendó sin dudarlo.

Así fue como obtuve el alias de Jack Ryder, que utilicé para aquella operación encubierta y que retomé cuando fundé la Sociedad del Misterio. Así fue como, haciéndome pasar por periodista, logré seguir la pista del asesor forense y ciudadano americano Peter D. Gordon, a quien se había visto hablando con la última víctima en más de una ocasión, y de quien conseguimos averiguar que había estado trabajando en todas las ciudades en las que actuó Ruby, justo en las fechas señaladas.

Gracias a nuestra colaboración, Peter D. Gordon fue arrestado, extraditado, juzgado… y condenado a muerte. Su abogado ha recurrido la sentencia desde entonces, pero tras el último intento el juez dictó que el acusado sería llevado a la silla eléctrica el tres de Octubre.

—¿Crees que tenemos al hombre equivocado? —pregunté.
—Conoces los datos del caso mejor que nadie, Jack —replicó O’Halloran—. Los estuviste estudiando durante meses incluso después de la detención. Si tú me dices que el hombre que los americanos tienen en el corredor de la muerte es Ruby, no necesitaré más.

Suspiré.

—Matheson me metió el miedo en el cuerpo. Por eso seguí estudiando el caso. Y entonces llegué a la conclusión que ya conocemos: que las pruebas estaban blindadas, que Gordon tenía que ser Ruby. Pero eso no quita que el abogado tenga razón… si nos equivocamos, el culpable seguirá suelto y habremos causado la muerte de un inocente.
—¿Sí o no, Jack? ¿Tenemos a Ruby entre rejas, o no?
—Este trabajo me ha enseñado a asegurarme de todo antes de poder afirmar nada, O’Halloran, y menos aún algo tan serio como esto. Hace ocho años estaba convencido. Pero quiero repasarlo para estar seguro.

O’Halloran se derrumbó en su asiento. Pero su mirada desde el principio me decía que iba a hacerlo de todas formas. Si el hombre al que teníamos entre rejas era efectivamente Ruby, entonces es que había un segundo asesino; si no, es que el auténtico asesino seguía suelto. De cualquiera de las dos maneras, teníamos a un homicida que cazar.

—Podemos ayudar, pero necesitaré meter al equipo en esto.
—Regordán me ha dicho que me puedo fiar de vosotros. ¿Qué necesitáis?
—Acceso a la última escena del crimen. Quiero que Boniatus la estudie desde cero, sin influencia de los casos anteriores.
—Se puede conseguir.
—Una entrevista con Nuria Copano y otra con Carlos Ashmoor. Necesito que Zalaya conozca a los implicados.
—Con Ashmoor no creo que haya problemas. Copano puede estar algo menos dispuesta.
—Y los informes de los crímenes originales. Quiero repasarlos con calma, ahora que tengo algo más de experiencia.
—Sin problemas. Pero piensa que tenemos un límite de tiempo…
—Normalmente trabajamos con un margen de dos semanas. Justo el tiempo que tenemos antes de que Gordon sea ejecutado. Podemos hacerlo, O’Halloran. Puedes confiar en mí.

Intercambiamos algunas palabras más y nos separamos. O’Halloran debía volver a comisaría a ver si había nueva información, y nosotros teníamos que ponernos manos a la obra. Pero creo que intuyó que, en parte, le había mentido.

Claro que haríamos el trabajo. Pero ¿cómo podía decirle que confiase en mí… si yo mismo no estaba seguro de haber condenado al hombre correcto?

Anuncios

324 comentarios

Archivado bajo arma blanca, asesinato, asesinatos en serie, destornillador, internacional, O'Halloran, Patito de goma, Ruby

Caso nº 00017: ESCALERA AL CIELO (Segunda parte) (CERRADO)

Johann Radenauer era un hombre muy conocido y renombrado en determinados círculos, aunque menos cuanto más nos alejábamos de su Dusseldorf natal. Aunque su reputación había llegado al extremo de lo dudoso en varias ocasiones, y aunque se le conocía por sus pocos escrúpulos en sus métodos y a la hora de escoger clientes, seguía siendo considerado uno de los mejores detectives privados del mundo, y sin lugar a dudas el más caro de Alemania. El hecho de que ahora descansase en el depósito de cadáveres de nuestra ciudad no hacía sino complicar lo que prometía ser un caso sencillo.

En el momento de su muerte llevaba casos para tres clientes distintos, ninguno de ellos español. Por desgracia, y aunque los nombres de sus clientes eran conocidos, en su oficina no quedaba constancia alguna de la naturaleza de sus investigaciones. Según había informado su secretario, Radenauer solía tomar notas de sus progresos en una libreta de la que nunca se separaba, y no era hasta que el caso estaba cerrado que pasaba estos datos a su ordenador. Al parecer ya había sufrido el ataque de un hacker una vez y no había vuelto a confiar en las máquinas durante una investigación en curso.

La policía alemana estaba investigando a los clientes, intentando averiguar cuál era el motivo de sus tratos con Radenauer. Pero todos sus clientes eran hombres ricos y poderosos, con ejércitos de abogados dispuestos a litigar hasta la muerte para defender su privacidad. Dos de ellos estaban bajo sospecha de serias actividades criminales, pero la policía llevaba siguiéndoles el rastro durante años sin conseguir encontrar nada sólido. No, si queríamos descubrir quién le había asesinado tendríamos que trabajar desde el final en lugar de confiar en el principio.

Hasta ahora trabajábamos para el injustamente detenido padre Froilán, y nuestro cometido era demostrar su inocencia. Pero ahora era el propio inspector Garcete quien nos pedía ayuda. Ahora, todos nuestros esfuerzos estaban puestos en cazar al asesino.

El padre Piña esbozó una media sonrisa cuando me recibió en la iglesia. Supongo que para él aquello debía ser como su oportunidad para enfrentarse a Satanás en un combate de boxeo. Por fin el investigador jefe en persona. Me apresuré a dejarle claro que colaborábamos con la policía y que nuestra única intención era desenmascarar al asesino que había mancillado su parroquia.
Huelga decir que eso no le hizo mostrarse más cooperativo.

—Si el asesino fuese alguno de los pecadores de mi rebaño, tenga por seguro que yo lo descubriría y lo entregaría —protestó—. Su presencia aquí sólo sirve para perturbar una vez más la paz de la casa de Dios.
—El cuerpo apareció en la escalinata de su parroquia, padre Piña —repliqué, haciendo un esfuerzo sobrehumano para no decir su apellido en plural—. Es normal que la investigación tenga que pasar por aquí. Y las pruebas, como ya sabrá, apuntan a que alguien trató de escapar pasando por encima de su gallinero.
—¿Y el otro investigador? —dijo con una mueca de desprecio—. El profesor algo, no me acuerdo, se comía pero no me acuerdo de lo que era…
—Siguiendo otra pista, padre. Como verá, no todo nuestro trabajo implica molestarle a usted. ¿Dónde está el padre Froilán? Tenemos algunas preguntas que hacerle.
—No ha tenido suerte. Acaba de salir a visitar a una familia de feligreses enfermos.
—Zalaya, nos vendría bien su testimonio —dije a nuestro nuevo jefe de departamento—. A ver si todavía lo alcanzas. Tomaré nota de todo lo que se hable y te lo pasaré en la oficina.

Con un gesto de despedida, Zalaya salió a la caza del sacristán. Piña y yo nos quedamos a solas.

—¿Qué tal ha salido el mercadillo? —pregunté, para tratar de limar asperezas.
—Todo vendido, hemos obtenido una buena recaudación —replicó con un gesto de incomodidad al ver a la policía ir al patio trasero y volver con tablas en las manos—. Al final la mitad de las pertenencias han vuelto a sus legítimos dueños, que han pagado para recuperarlas… pero en fin, supongo que el padre Froilán acertó, que de esta forma el rebaño se mostraría más dispuesto a hacer donaciones.

Anoté lo dicho, tal y como le había prometido a Zalaya, incluyendo el detalle de que Piña hubiera tenido cuidado de no decir “El padre Froilán tenía razón”.

—¿Qué saben del asesinato? —preguntó finalmente sin tapujos.
—No puedo responder a su pregunta.
—¿Quieren mi ayuda o no?
—Queremos su cooperación, padre Piña. Pero no podemos compartir con usted información confidencial de una investigación en curso. Seguro que un hombre de su posición lo comprenderá.

Sabíamos cosas nuevas, por supuesto. Sabíamos que el arma homicida, un cuchillo de hoja ancha y plana, había perdido la punta en el interior del cuerpo. Sabíamos que la víctima había llegado a España cuatro días antes de su muerte. Pero no íbamos a compartir esa información, y menos con Piña… porque también sabíamos que Radenauer había alquilado un apartamento con vistas a la iglesia. Un apartamento desde el que vigilaba a alguien que frecuentaba San Conrado. Un apartamento que Boniatus se estaba encargando de peinar.

—Está bien —gruñó con un gesto de disconformidad—. ¿Qué debo hacer para que se vayan pronto de aquí?
—Proporcionarnos una lista de sus feligreses y de las personas que ayudaban en la iglesia, poniendo especial hincapié en quién estuvo aquí en los siete días anteriores al asesinato; permitirnos entrar y tomar lo que necesitemos para nuestra investigación, sabiendo que le devolveremos todo aquello que no sea una prueba del caso; y ayudaría que estuviera dispuesto a hacer una declaración.
—¿Qué quiere saber?
—Dice que no conocía a la víctima. ¿Aún lo piensa?
—Naturalmente, si no lo conocí en vida mucho menos ahora.
—¿No oyó nada en el momento del crimen?
—Mi despacho está lejos de la puerta principal. Aparte de que no oigo demasiado bien.
—¿Qué estuvo haciendo en su despacho aquella noche?
—Preparar mi sermón del día siguiente.
—¿Podría demostrarlo?
—¡Soy un hombre de Dios, por todos los santos! —tronó perdiendo la paciencia—. ¡No tengo que demostrar mi inocencia ante semejante atrocidad!
—Sin embargo tampoco veía necesario demostrar que su sacristán era culpable —respondí, y me arrepentí en el mismo momento en que lo dije.
—El padre Froilán carece de disciplina, y tengo serias dudas sobre su vocación.
—¿Basadas en qué?
—¡En su excesiva indulgencia hacia el pecado! ¡Si por ese hombre fuera, en el Reino de los Cielos entraría cualquiera!

Anoté todo esto y decidí no explotar más esta vía. Estaba claro que aquél era un tema en el que el padre Piña no atendería a razones.

—Le confeccionaré esa lista, ya que así me lo pide —gruñó—. Y la policía puede retirar de mi iglesia lo que necesite, si me prometen que luego nos será devuelto. Ahora, detective, buenas tardes y disculpe.

Se dio la vuelta y volvió a ocuparse de vigilar que la policía no causaba ningún estropicio irreparable. No íbamos a sacar nada más de él… aunque en realidad tampoco podía decir que esperase sacarle tanto.

Di una vuelta por San Conrado. No espero llegar al nivel de Boniatus en su propio campo, sólo intentaba encontrar rastros de sangre medianamente evidentes, medianamente ocultos. Por supuesto no tuve suerte. Sabíamos que el asesino apuñaló a Radenauer en la escalinata, entró en la iglesia y escapó por el gallinero. Pero no teníamos nada más. Ni un arma, ni ADN, ni un rastro de sangre. Habíamos hecho nuevos descubrimientos… pero seguíamos estando en el mismo punto.

119 comentarios

Archivado bajo arma blanca, asesinato, detective, Iglesia, internacional, una caja de porno