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Caso nº 00021: EL TESORO DEL EXILIADO (CERRADO)

Gervasio Peláez no podía tener menos de noventa años, y parecía estar más cerca del siglo. Sus ojos enmarcados en arrugas no eran capaces de ver más allá de su nariz, la cual goteaba constantemente. Su cuerpo, menguado con los años, no dejaba de temblar como una hoja. Le llevó casi dos minutos llegar desde la entrada de mi despacho hasta el asiento que se le ofrecía. Cuando finalmente consiguió sentarse, se quitó el raído sombrero con el que se tocaba y lo depositó sobre sus rodillas, descubriendo un rostro tostado por el sol pero marcado por cicatrices de toda una vida.

El tipo de persona, pensé, que aún enviaría cartas manuscritas a día de hoy. Y el tipo de persona que pediría ayuda para escribir una carta.

—En su carta decía que quería contratar nuestros servicios —dije para iniciar la conversación.
—Ustedes son detectives, ¿no es así? —titubeó con voz vacilante, pero con una firme determinación en sus ojos casi ciegos.
—Así es. Hemos resuelto ya un par de docenas de casos, asesinatos principalmente pero también robos y secuestros, e incluso un caso de amenazas…
—Necesito que me ayuden a buscar un tesoro.

Pausa dramática.

—Un tesoro —repetí.
—Me ha entendido mal. No estoy loco, joven. No es que tenga un mapa del tesoro perdido del pirata Barbanegra, si es lo que cree.
—No tengo datos suficientes aún para creer nada, señor Peláez. ¿Quiere contarme su historia?

Al saber que aún no estaba siendo juzgado, suavizó el gesto y comenzó.

—Mi padre, que Dios lo tenga en su gloria, era constructor. Estaba bastante bien situado, tenía algunos cuantos contratos para gente de confianza del mismísimo Alfonso XIII, por lo que nunca nos faltó de nada mientras él vivía. Pero cuando empezó todo lo del Expediente Picasso, se empezó a obsesionar con atesorar todo lo que teníamos. Así que escondió la fortuna familiar en algún lugar de nuestra casa, pero nunca nos dijo ni a mi madre ni a mí dónde la guardó. Recuerdo que siempre la llamaba “El salvavidas”.

»Murió durante el golpe de estado de Primo de Rivera, por lo que mi madre y yo quedamos solos, arruinados y frustrados. Sabíamos que teníamos bastante dinero, pero no teníamos ni idea de dónde estaba. Madre murió poco después, por enfermedad, teniendo yo trece años. Así que me quedé completamente solo…
—Disculpe la interrupción —intervine—… ¿cómo pudo esconderlo todo en algún lugar de la casa familiar sin que ni usted ni su madre vieran nada?
—Madre y yo solíamos ir a visitar a mi abuela, en paz descanse. Padre solía quedarse en casa. Supongo que lo haría en una de esas escapadas.

»De cualquier manera, de algo tenía que vivir. Así que tuve que dejar la casa y empecé a trabajar como mozo de cuadras. Pero al estallar la Guerra Civil, se supo que mi amo había colaborado con los comunistas y tuvimos que irnos todos al exilio, primero a Francia y de ahí a México. Ahí es donde he pasado los siguientes sesenta y siete años de mi vida.

»¡Y no es que me queje! Allí pude desarrollar mis actividades artísticas. Me he estado ganando bien la vida en Latinoamérica, hasta que me empezó a fallar la vista. Me retiré, olvidado ya el tesoro de mi padre y decidido a vivir mis últimos años de vida con tranquilidad y tirando de lo que había podido ganar como pintor.

»Entonces fue cuando encontré esto —dijo, sacando lentamente un sobre del bolsillo interior de su chaqueta—. Estaba entre las viejas pertenencias de mi padre, lo que me pude llevar conmigo. Es una especie de acertijo… no sabía lo que podía ser hasta que leí la última palabra.
—“Salvavidas” —leí—. Instrucciones dejadas por su padre para recordar dónde escondió el tesoro.
—Exactamente —replicó con un guiño—. Suponiendo que se trataría de eso, cogí el primer vuelo a España para comprobarlo. Pero yo ya no estoy para resolver adivinanzas, y mucho menos para poner la casa patas arriba buscando pistas. Mi memoria no es lo que era, y mis ojos ni le cuento.
—Por eso quiere contratarnos. Necesita ojos y cerebros extra.
—La fortuna es bastante grande, joven. Comprenderá que no tengo una cifra exacta. Pero si me ayudasen a encontrarla, les recompensaría con un veinte por ciento.
—Si me permite la curiosidad… ¿exactamente en qué consiste dicho tesoro?
—Dinero, joyas, y algunas obras de arte.

Carraspeé.

—¿Y qué… ejém… qué tipo de obras de arte?
—Jarrones, estatuillas, esas cosas.

Suspiré aliviado. Me preocupaba que don Gervasio entendiese como “Obras de Arte” lo que nosotros entendíamos como “almacén de pruebas, estanterías uno a treinta y ocho por ahora”.

—Es un poco arriesgado suponer que el tesoro sigue ahí después de más de medio siglo, si me permite el comentario…
—Tengo algunos ahorros. Si el tesoro no aparece, igualmente les pagaré por sus servicios. Pero sé que la vieja casa de mi familia sigue en pie, así que… estoy seguro de que el tesoro sigue donde mi padre lo dejó.
—Señor Peláez, tiene que entender unas cuantas cosas. En primer lugar, nosotros podemos encontrar lo que busca… si sigue estando ahí. Pero quizás le resultaría más fácil, rápido y económico derribar la casa y buscar entre los escombros. Si su padre era constructor, no me extrañaría que hubiera escondido el tesoro dentro de los tabiques.
—Oh, no, no, hay obras de arte en ese tesoro. No me gustaría dañarlas. A la casa claro que le tengo cariño, pero he vivido fuera de ella demasiados años como para ponerme sentimental.
—Y en segundo lugar, en la Sociedad del Misterio tenemos una política: si en dos semanas no hemos encontrado nada, consideraremos que el rastro se ha enfriado y que las posibilidades de éxito se reducen. Eso quiere decir que, si para entonces no tenemos resultados, cerraremos la investigación.
—Si eso ocurre… a menos que encuentre otra solución, haré caso de su sugerencia y derribaré los tabiques. Pero primero quiero intentarlo con las instrucciones de mi padre.

Las instrucciones. Sostuve el papel entre mis dedos, enguantados para no dejar huellas. Desde luego parecía una especie de acertijo demasiado largo… necesitaría saber cómo era la casa para encontrarle algo de sentido:

Empiezo mirando a mi ángel fijamente a los ojos. Un ángel siempre protege lo más sagrado, y me recuerdo que es eso lo que estoy haciendo. Desde ahí retrocedo seis pasos, giro tres cuartos de hora y avanzo hasta llegar a las escaleras. Al otro lado de las mismas, el pasado me recuerda que se me hace tarde, así que sigo caminando. Dejo que mi estómago me guíe, pero las paredes me oprimen así que huyo de ellas. Sin dejar de caminar en línea recta, pronto echo de menos las paredes, así que sin girarme vuelvo a ellas. Y desde aquí, donde guardo aquello que mi mujer y mi hijo nunca deben encontrar, escribo estas palabras en honor al salvavidas.

—Bien, creo que mi compañero el investigador Zalaya estará encantado de tomarle declaración. El Profesor Boniatus, que es ese amable caballero que vigila la cafetera como si le fuera la vida en ello, necesitará conocer la dirección de la casa. Y ya que lo menciono, ¿le apetece un café?

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Caso nº 00012: EL CRIMEN SIN ESCENA (CERRADO)

La calma reinaba en las oficinas de la Sociedad del Misterio. Boniatus seguía investigando por su cuenta la explosión en la vieja finca de Mariano Hormigo… una escena sin crimen, como me gustaba llamarla; pero había que reconocer que, a medida que avanzaba la investigación del equipo reunido por el Profesor, cada vez parecía más claro que no se había tratado de un accidente.

De cualquier manera, no nos había entrado ningún caso nuevo, y Boniatus se había llevado a algunos cuantos para su investigación, así que nuestras oficinas estaban inusualmente tranquilas. Y por “tranquilas” quiero decir “soporíferas”. Cualquier defensor de la ley y la justicia diría que una temporada sin crímenes es una buena temporada; pero Sherlock Holmes sabía que para todo investigador particular estas rachas sólo traen la apatía, el aburrimiento y el indeseable deseo de que alguien infrinja alguna ley.

Los tres golpes del mensajero en la puerta casi tuvieron que despertarme. Me levanté bostezando, acudí a la puerta, recibí el paquete (algo más grande que una caja de zapatos), firmé la recepción y volví a mi escritorio. En ese momento me di cuenta de que el remite decía “Suministros médicos”. Creo que esa fue la primera vez que realmente le presté atención al paquete que tenía en mis manos.

En el interior del paquete había un contenedor isotérmico. Al levantar la tapa, encontré pegada en su cara interior una carta mecanografiada en una funda de plástico. Pero cuando vi el contenido del contenedor, aparqué la carta para un análisis más detallado en otro momento. Sobresaltado, llamé de inmediato a Irene, nuestra contacto en el laboratorio forense. Necesitaba hacer una prueba, sólo para hacer las cosas bien, pero en el fondo ya sabía cuál iba a ser la respuesta.

Sobre una capa de hielo descansaba una mano humana cercenada. Y sobre su palma, cinco cartas de la baraja francesa: dos ases, dos ochos y un siete.

—Las huellas coinciden —me explicó Irene—. Es la mano de David Jiménez.
—El fratricida de nuestro primer caso —musité—. La puesta en escena era bastante clara. Mano cortada, jugada de la Mano del Muerto sobre la palma. Tenía que ser él.
—Pero dijiste que seguía en el centro Arca.
—Su madre murió la semana pasada. De cáncer. Se le concedió un permiso para asistir al entierro. Esto es reciente.
—No sabría decírtelo, Jack. El hielo ha conservado bastante bien la mano, pero no sabría decir cuánto tiempo…
—Han tenido que hacerlo antes del regreso previsto de Jiménez al Arca, o su desaparición se habría sabido antes de que recibiéramos el paquete.
—Entiendo.
—¿Qué más puedes decirme?
—El corte ha sido cauterizado. Por el estado del hueso diría que ha sido bastante quirúrgico. Podrían haber limpiado la muñeca, pero aún así se aprecia poca sangre para lo que habría cabido esperar.
—¿Torniquete?
—Y bien hecho. La amputación fue premortem. No hemos tenido suerte, no había piel del agresor bajo sus manos. Tengo que hacer algunas pruebas más para intentar determinar si había sido sedado o si el agresor iba cubierto de la cabeza a los pies… pero si fue eso último, busca algún lugar frío; con este calor, nadie trabajaría cómodamente así vestido.
—¿No puedes decirme nada más sobre dónde se cometió el crimen?
—Sólo tengo esa especulación, y ya te digo que necesitaría saber si la víctima fue sedada o no. No hay nada más que ayude a saber dónde ocurrió. ¿Qué tienes tú?
—Las cartas son de casino. Son plásticas, resisten al agua y no se rompen. Son dos barajas distintas… ¿ves? La doble pareja está sacada del Casino Night, el siete del Comodín Salvaje.
—¿Por qué barajas distintas?
—Aún le estoy dando vueltas a eso.
—¿Y la carta? La mecanografiada, digo.
—Aún no la he leído, primero quería saber todo lo que podíamos sacar del resto del contenido del paquete.
—¿Por qué?
—Porque quienquiera que me haya enviado esto, y estoy bastante seguro de saber quién ha sido, podría querer crearme una primera impresión con su carta y lanzarme a investigar en la dirección equivocada.
—¿Qué dice Boniatus?
—Está en otro caso.
—¿¿No le has llamado??
—¿Tenemos escena del crimen?
—No.
—Entonces prefiero que siga con su investigación. No quiero abandonar un caso sólo porque nos llegue otro un día después. ¿Podrías llamar al centro Arca y verificar que David Jiménez no ha vuelto?
—Tenemos su mano.
—Lo sé. Verifícalo, por favor.

Irene fue a hacer esa llamada. Yo rescaté la carta mecanografiada en su funda de plástico y comencé a leer. La letra de máquina me resultaba alarmantemente familiar.

Mi muy admirado detective Ryder:

Lo que llega a vuestras manos
no es más que una imitación.
El fantasma de Morfeo
yo albergaba en mi interior.
Viendo con mi único ojo
el charco de vida ennegrecer,
ni tercios, quintos ni medias:
yo la clave he de esconder.

Considere esto mi regalo de cumpleaños atrasado. Motivos ajenos a mi control me han impedido hacer esto cuando lo tenía previsto; pero lo que cuenta es la intención, ¿no es así?
Encuentren el resto del cuerpo antes de que sea tarde. Que se diviertan.

A. K.

—En el centro Arca no consiguen contactar con los guardias ni el conductor que le escoltaban —dijo Irene—. ¿Qué dice la carta?
—Que David Jiménez sigue vivo, y que quizás no tengamos mucho tiempo.

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