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Apéndice a los casos nº 00011 y nº 00012: LA PREGUNTA EN EL AIRE

El cursor parpadeaba en la pantalla de mi ordenador. Había reunido toda la información que teníamos sobre nuestros últimos dos casos. Pero seguía siendo insuficiente. No teníamos nada sobre A. K. Ni su edad, ni su sexo, ni su aspecto físico, ni tan siquiera su nombre completo. No sabíamos si trabajaba solo o con alguien. No sabíamos de dónde era. No sabíamos nada, salvo que por alguna extraña razón nos había escogido como compañeros de juegos.

Me sacaba de quicio. Nunca habíamos encontrado a nadie que cubriera tan bien sus huellas. Claro que, técnicamente, a éste tampoco lo habíamos encontrado aún.

—Jack —saludó Boniatus entrando en mi despacho.
—Profesor… ¿tienes buenas noticias?
—En parte. Verás, en la escena había huellas de pisadas, me llevará algún tiempo cribar las nuestras y las de la policía, pero quizás así podamos llegar a descubrir la estatura, puede que el sexo, de…
—… de quienquiera que llevase allí a David Jiménez personalmente —interrumpí—. No me mires así, profesor, sólo expongo la realidad. No sabemos quién hizo el trabajo. No sabemos si A. K. fue sólo el organizador.
—Sabemos un par de cosas, Jack. ¿Recuerdas al doctor Noriega?
—El que le hizo la autopsia a la madre, sí.
—Pues en la cripta encontramos instrumental quirúrgico. Se ha determinado no sólo que la sangre encontrada en él es de David Jiménez y su madre… sino que las huellas dactilares encontradas en el estuche y en los mangos son de Noriega.
—Lo que explica por qué cogió las vacaciones tan convenientemente.
—Hay más. Una de las herramientas, perdona pero no me acuerdo del nombre, fue la que se utilizó para cauterizar la mano cortada. Pero adivina qué más.
—¿La letra J?
—Exacto. Irene lo ha confirmado. Se grabó a fuego con la misma herramienta.
—¿Dirías que la amputación se produjo en esa misma cripta?
—No, me temo que esa escena aún está por encontrar.
—Entiendo. Lo que me estás diciendo entonces es que Marcos Noriega está implicado en los crímenes de A. K. Que podría ser él, pero que no tenemos pruebas.
—Podría ser él, en efecto. He hecho algunas averiguaciones más.
—Cuenta.
—El doctor Noriega estuvo de vacaciones en fin de año. Hasta ahí todo normal, sólo que su secretaria no sabe dónde fue. De momento, la gente con la que he hablado tampoco lo sabe.
—Lo que quiere decir…
—… que no tiene coartada para el asesinato de Arturo Quintanilla. La primera vez que nos enfrentamos a A. K.
—Sigue sin ser concluyente, pero es un paso. Investigaré si existía alguna relación entre los Jiménez, Arturo Quintanilla y Jorge Brezo. Tiene que haber un motivo detrás de estos crímenes.

Boniatus asintió y se dio la vuelta. La puerta de mi despacho se cerró a sus espaldas.

Inmediatamente me levanté y le seguí.

—¡Profesor! —le llamé.

Algunos investigadores de la Sociedad del Misterio, que estaban presentes, se volvieron para mirarle a él. Boniatus se giró y se encaró conmigo.

—Buen trabajo. Y no sólo con esto. Buen trabajo coordinando tu primera investigación.
—Fue fácil —respondió Boniatus con una amplia sonrisa—. He tenido un buen equipo.

Volví a mi despacho, dejando a Boniatus sumergido en aplausos. Se había ganado ese pequeño triunfo; pero yo aún tenía que terminar el trabajo, si es que alguna vez era capaz de terminarlo. La nueva información que el Profesor había recopilado sería útil, sin duda, pero aún no nos llevaba a nada concluyente, y lo sabía. La añadí al informe, pero no podía dejar de pensar que algo se nos escapaba.

En fin. Abrí otro documento y lo mandé a la cola de impresión. Rápidamente, la lista final de condecorados en el caso doble de la Escena sin Crimen y el Crimen sin Escena apareció por la bandeja de la impresora. La recogí y volví a salir de mi despacho, en dirección a la hilera de tableros de corcho del centro de las oficinas, como de costumbre, y lo clavé en el mismo centro, a la vista de todo el mundo.

Pero no volví inmediatamente a mi despacho. Paralela a la hilera de tableros de corcho hay una segunda hilera de pizarras blancas. Cogí un rotulador, lo agité para estar seguro de que escribiría, y dejé una pregunta para mi equipo de investigadores:

¿POR QUÉ LO HA HECHO?

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Caso nº 00012: EL CRIMEN SIN ESCENA (CERRADO)

La calma reinaba en las oficinas de la Sociedad del Misterio. Boniatus seguía investigando por su cuenta la explosión en la vieja finca de Mariano Hormigo… una escena sin crimen, como me gustaba llamarla; pero había que reconocer que, a medida que avanzaba la investigación del equipo reunido por el Profesor, cada vez parecía más claro que no se había tratado de un accidente.

De cualquier manera, no nos había entrado ningún caso nuevo, y Boniatus se había llevado a algunos cuantos para su investigación, así que nuestras oficinas estaban inusualmente tranquilas. Y por “tranquilas” quiero decir “soporíferas”. Cualquier defensor de la ley y la justicia diría que una temporada sin crímenes es una buena temporada; pero Sherlock Holmes sabía que para todo investigador particular estas rachas sólo traen la apatía, el aburrimiento y el indeseable deseo de que alguien infrinja alguna ley.

Los tres golpes del mensajero en la puerta casi tuvieron que despertarme. Me levanté bostezando, acudí a la puerta, recibí el paquete (algo más grande que una caja de zapatos), firmé la recepción y volví a mi escritorio. En ese momento me di cuenta de que el remite decía “Suministros médicos”. Creo que esa fue la primera vez que realmente le presté atención al paquete que tenía en mis manos.

En el interior del paquete había un contenedor isotérmico. Al levantar la tapa, encontré pegada en su cara interior una carta mecanografiada en una funda de plástico. Pero cuando vi el contenido del contenedor, aparqué la carta para un análisis más detallado en otro momento. Sobresaltado, llamé de inmediato a Irene, nuestra contacto en el laboratorio forense. Necesitaba hacer una prueba, sólo para hacer las cosas bien, pero en el fondo ya sabía cuál iba a ser la respuesta.

Sobre una capa de hielo descansaba una mano humana cercenada. Y sobre su palma, cinco cartas de la baraja francesa: dos ases, dos ochos y un siete.

—Las huellas coinciden —me explicó Irene—. Es la mano de David Jiménez.
—El fratricida de nuestro primer caso —musité—. La puesta en escena era bastante clara. Mano cortada, jugada de la Mano del Muerto sobre la palma. Tenía que ser él.
—Pero dijiste que seguía en el centro Arca.
—Su madre murió la semana pasada. De cáncer. Se le concedió un permiso para asistir al entierro. Esto es reciente.
—No sabría decírtelo, Jack. El hielo ha conservado bastante bien la mano, pero no sabría decir cuánto tiempo…
—Han tenido que hacerlo antes del regreso previsto de Jiménez al Arca, o su desaparición se habría sabido antes de que recibiéramos el paquete.
—Entiendo.
—¿Qué más puedes decirme?
—El corte ha sido cauterizado. Por el estado del hueso diría que ha sido bastante quirúrgico. Podrían haber limpiado la muñeca, pero aún así se aprecia poca sangre para lo que habría cabido esperar.
—¿Torniquete?
—Y bien hecho. La amputación fue premortem. No hemos tenido suerte, no había piel del agresor bajo sus manos. Tengo que hacer algunas pruebas más para intentar determinar si había sido sedado o si el agresor iba cubierto de la cabeza a los pies… pero si fue eso último, busca algún lugar frío; con este calor, nadie trabajaría cómodamente así vestido.
—¿No puedes decirme nada más sobre dónde se cometió el crimen?
—Sólo tengo esa especulación, y ya te digo que necesitaría saber si la víctima fue sedada o no. No hay nada más que ayude a saber dónde ocurrió. ¿Qué tienes tú?
—Las cartas son de casino. Son plásticas, resisten al agua y no se rompen. Son dos barajas distintas… ¿ves? La doble pareja está sacada del Casino Night, el siete del Comodín Salvaje.
—¿Por qué barajas distintas?
—Aún le estoy dando vueltas a eso.
—¿Y la carta? La mecanografiada, digo.
—Aún no la he leído, primero quería saber todo lo que podíamos sacar del resto del contenido del paquete.
—¿Por qué?
—Porque quienquiera que me haya enviado esto, y estoy bastante seguro de saber quién ha sido, podría querer crearme una primera impresión con su carta y lanzarme a investigar en la dirección equivocada.
—¿Qué dice Boniatus?
—Está en otro caso.
—¿¿No le has llamado??
—¿Tenemos escena del crimen?
—No.
—Entonces prefiero que siga con su investigación. No quiero abandonar un caso sólo porque nos llegue otro un día después. ¿Podrías llamar al centro Arca y verificar que David Jiménez no ha vuelto?
—Tenemos su mano.
—Lo sé. Verifícalo, por favor.

Irene fue a hacer esa llamada. Yo rescaté la carta mecanografiada en su funda de plástico y comencé a leer. La letra de máquina me resultaba alarmantemente familiar.

Mi muy admirado detective Ryder:

Lo que llega a vuestras manos
no es más que una imitación.
El fantasma de Morfeo
yo albergaba en mi interior.
Viendo con mi único ojo
el charco de vida ennegrecer,
ni tercios, quintos ni medias:
yo la clave he de esconder.

Considere esto mi regalo de cumpleaños atrasado. Motivos ajenos a mi control me han impedido hacer esto cuando lo tenía previsto; pero lo que cuenta es la intención, ¿no es así?
Encuentren el resto del cuerpo antes de que sea tarde. Que se diviertan.

A. K.

—En el centro Arca no consiguen contactar con los guardias ni el conductor que le escoltaban —dijo Irene—. ¿Qué dice la carta?
—Que David Jiménez sigue vivo, y que quizás no tengamos mucho tiempo.

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