Archivo mensual: enero 2008

Caso nº 00007: CINCO DÍAS PARA MORIR (CERRADO)

Eran las cinco treinta y siete de la tarde cuando llegué al escenario de nuestro nuevo misterio. Allí, junto con los implicados en el caso, me esperaba la policía… y nuestro nuevo jefe de procesamiento de la escena del crimen, el recién ascendido profesor Boniatus, que según la policía llevaba ya esperándome cuarenta y cinco minutos. Lo que confirmaba que su coche sí funcionaba.

—¿Qué tenemos?
—Desaparición, posible secuestro. Señales de violencia, pero no hay nota de rescate. La desaparecida es Ágata Castro, viuda, ochenta y dos años. Está impedida.
—¿Impedida? ¿Qué tiene?
—¡Qué no tiene! Artritis, insuficiencia renal, arterioesclerosis, diabetes, demencia senil, ataques epilépticos, episodios psicóticos… El armarito de su baño es una farmacia de tres plantas. Ahora iba a llamar a su médico para conseguir más información sobre su estado.
—Ya veo. ¿Qué llevas hecho?
—Primero he sacado fotos, nada más llegar. El resto de los tres cuartos de hora que llevo aquí esperándote me he dedicado a procesar la escena.

Carraspeé.

—Bueno, soy… —titubeé-, soy el investigador jefe, tengo… tengo… a veces tengo otros casos que atender y…
—Ya -interrumpió—. El puto coche, ¿no?
—Y que sigo sin saber qué es lo que le pasa.

Palmeé el hombro a mi compañero para felicitarle por un trabajo bien hecho y pedí a la policía que me pusiera al corriente. Ágata Castro vivía sola con la enfermera que su hijo contrató para ella, Berta Pocino (cuarenta y tres años, soltera). Su familia (hijo, nuera y nieta) apenas la visitaban. Todos los días entre semana, a las tres de la tarde, durante la siesta de la señora Castro, Berta bajaba a la tienda a comprar los avíos para el día. Esta tarde, sin embargo, cuando regresó de la compra media hora más tarde, se encontró con la casa revuelta… y sin la señora Castro. Inmediatamente se puso a buscarla y, al no dar con ella, fue preguntando a todos los vecinos hasta que, una hora después y presa de la desesperación, llamó a la policía y al señor Héctor Cubero, hijo de la señora Castro (cincuenta y cuatro años, casado, presidente de una empresa de importaciones textiles).

—¿Se ha verificado la historia de la señorita Pocino? —pregunté al sargento al mando.
—Estamos contrastándola ahora mismo. Por el momento tenemos varios testigos: el tendero que la atendió, cinco vecinos a los que preguntó en sus propias casas, y una señora que sacaba algo a reciclar cuando ella volvía a casa.
—Entonces parece que su versión se sostiene.
—No exactamente —me corrigió el sargento—. Esto certifica que salió de casa e hizo todo lo que ha declarado… pero no que no cometiera ella misma el crimen. No tiene testigos dentro de la propia casa.

Observé la escena del crimen. La habitación olía a cerrado, las persianas estaban casi bajadas y no parecían haber sido subidas en una semana. Había signos evidentes de pelea, o de forcejeo. La señora Castro se resistió. Una lámpara volcada, una silla caída, trozos de vidrio de una botella. Esto último me llamó la atención: ¿el secuestrador decidió utilizar una botella rota como arma para disuadir a su víctima de escapar? ¿La agredió? Busqué rastros de sangre, pero el suelo estaba completamente seco y las sábanas todo lo limpias que podían estar. ¿Faltaba algo, aparte de la víctima? No había marcas de polvo en los muebles ni de arrastre en el suelo salvo junto a la librería. Pero en este caso, parecía que sólo la habían desplazado levemente, como si la hubieran empujado sin querer.

Había postergado demasiado el siguiente paso. Fui directamente a hablar con la familia de la víctima. Además del ya citado Héctor Cubero, allí estaban Ofelia Salazar (cuarenta y ocho años, esposa de Héctor Cubero y marchante de arte) y Aída Cubero (treinta y tres años, hija de los Cubero, nieta de Ágata Castro, soltera, ejecutiva de cuentas de una agencia publicitaria).

—¡Ah, por fin! —exclamó el señor Cubero al verme llegar—. ¿Ha descubierto ya algo?
—Aún estamos investigando…
—Pues dese prisa, joven. He tenido que abandonar una reunión importantísima en la sede central de mi empresa, y me gustaría poder volver cuanto antes.
—No seas así, Héctor —le reprochó su esposa—. Todo el día trabajo, trabajo, trabajo. ¡Deberíamos ser capaces de sacar tiempo para los problemas de la familia!
—Sería la primera vez —masculló Aída por lo bajo.
—Verá, detective —prosiguió Ofelia Salazar—. Mi suegra siempre ha sido… digamos, “de trato difícil”. Pero sigo sin poder entender para qué querría nuestra Berta escondérnosla…
—Yo creo que se ha ido ella sola —gruñó Héctor Cubero—. Mi madre está loca, lo sabe todo el mundo.
—¡Papá! ¡No hables así de la abuela!
—No, Aída, hija, tu padre cuando se lo propone es así de “diplomático” pero ahí tiene razón. La abuela Ágata no está bien de la cabeza. Pero no sé, no creo yo que se hubiera ido por sí sola…
—Bueno, si quiere mi opinión —expresó Aída Cubero en voz baja—, yo no descartaría que la abuela esté muerta y que Berta se haya deshecho del cuerpo antes de llamar a nadie.
—¿Tiene alguna prueba que respalde esa teoría, señorita?
—Bueno, no… pero ¿no lo vería usted lógico? Berta es su enfermera, si algo le pasaba a la abuela ella sería la responsable directa, así que entierra el cadáver y luego llama diciendo que ha desaparecido. Así se libra de las sospechas.
—Necesito un trago —se lamentó Héctor Cubero.
—¿También ahora tenía que salir tu alcoholismo a relucir? —masculló Ofelia Salazar con un mohín de desprecio.
—¡Beber me ayuda a relajarme! ¡Y aquí tu hija está insinuando que mi madre está muerta!
—¡También es tu hija! ¡Y te recuerdo que, hace un momento, tú mismo estabas deseando volverte a tu reunión!
—Damas, caballero —interrumpí—, si queremos que esta investigación progrese voy a necesitar su colaboración. Veamos, ¿qué estaban haciendo cuando recibieron la llamada?
—Ya se lo he dicho, estaba en una reunión con el notario —replicó Héctor Cubero—. Fuera de la ciudad, además, o sea que encima he tenido que conducir una hora de vuelta para que, probablemente, mi madre se haya ido por su propio pie.
—Yo negociaba la compra de unos cuadros cuando me llamaron —explicó Ofelia Salazar—. Fui la primera en llegar.
—Y yo estaba en mi oficina, archivando una campaña recién cerrada —agregó Aída Cubero—. Pregunte a cualquiera de mi agencia. Llegué poco después que mi madre.

Tomé debida nota de las declaraciones de los tres implicados, cuando de pronto Boniatus me llamó para que acudiera de nuevo al dormitorio de la víctima. Al llegar a su encuentro, pude ver la preocupación reflejada en su rostro.

—Tenemos un problema serio, jefe —me dijo—. Acabo de hablar con el médico de la señora Castro.
—Informe.
—¿Todos esos medicamentos que tiene en el armarito del baño? Los necesita tomar a diario. Todos. Algunos dos veces al día.
—Dime que no significa lo que creo que significa.
—Me temo que así es, Jack —agregó con gesto grave—. Sin su medicación, su médico le da unos cinco días de vida.

Observé un par de detalles más de la casa y volví al salón. Allí me dirigí al sargento que llevaba el caso.

—La Sociedad del Misterio acepta este caso, pero tenemos que empezar pidiendo un favor.
—Adelante.
—Retengan a la señorita Pocino, por supuesto, es nuestra principal sospechosa… pero, si fuera posible, evite que estas tres personas abandonen la ciudad.

Los familiares de la víctima protestaron indignados. Amenazaron con demandarme. El señor Cubero incluso hizo un amago de agredirme físicamente. Yo traté de mantenerme imperturbable todo el tiempo que pude.

El sargento me llevó aparte.

—¿A qué ha venido eso, Ryder? —me increpó—.¿Es consciente de que acaba de insultar a los afectados familiares de una anciana desaparecida?
—La cerradura no ha sido forzada, así como ninguna de las ventanas—expliqué—. El secuestrador tenía llave… y eso apunta directamente a la familia.
—O a la enfermera, ¿no cree? A fin de cuentas, es nuestra sospechosa principal.
—Hay más. La familia Cubero es rica, ¿no es cierto?
—Sí, tienen negocios muy prósperos, ¿pero a qué viene…?
—Bien. ¿Quién secuestraría a un miembro de una familia rica y no pediría un rescate? Eso me hace pensar que no se trata de la enfermera.
—No son pruebas sólidas. No puede dedicarse a sospechar de cualquiera sin pruebas sólidas.

Bajé la mirada. Ciertamente, sólo teníamos indicios, pero no podía dejar que el secuestrador saliese indemne, no con tan poco tiempo.

—Cinco días —dije entonces—. Denos cinco días para investigar este caso. Si en cinco días no hemos logrado encontrar ninguna prueba, abandonaremos la investigación.
—Tendrán que trabajar con lo que tienen, Ryder —me replicó el sargento—. Dudo mucho que ahora mismo la familia se muestre muy abierta a hablar con usted o sus agentes.
—Pero necesitaremos…
—Traigan alguna prueba sólida contra alguna de estas tres personas, y yo mismo prepararé la sala de interrogatorios. Hasta entonces, trabajen con lo que tienen. Yo intentaré convencer a la familia de que lo mejor en este caso es que permanezcan en la ciudad… por si se supiera algo.

Agradecí al sargento su consideración y nos pusimos inmediatamente manos a la obra. Teníamos cinco días para resolver un secuestro… antes de que se convirtiera en un homicidio.

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Caso nº 00006: EL FAISÁN DE ORO (CERRADO PROVISIONALMENTE)

A veces el trabajo de investigador resulta frustrante. Todos hemos trabajado con casos en los que no parecía haber ninguna prueba, pero en ocasiones ni siquiera hay un punto de partida.

El Departamento de Policía tiene un caso de asesinato entre manos. Varón, más de sesenta años. Causa de la muerte: traumatismo craneal contundente. Fue golpeado hasta la muerte, desnudado y abandonado en el campo a primeros de año. Unos adolescentes que habían ido a acampar bajo las estrellas lo encontraron el pasado día 4.

Hasta ahí todo parecía normal. El problema es que no hay manera de identificar a la víctima. Sus huellas no figuran en ninguna base de datos. No había documentación alguna. Nadie ha reclamado el cuerpo. Nadie ha denunciado una desaparición en los últimos días. Por si fuera poco, Irene (la cual os desea un feliz año nuevo desde su posición en el laboratorio forense, por cierto) nos informa de que no hay forma de deducir qué objeto se utilizó como arma del crimen: base rectangular, aproximadamente el tamaño de un folio, pero ninguna marca identificativa. No hay huellas sobre el cuerpo, no hay piel bajo sus uñas, el ADN encontrado era animal. Considerando la causa de la muerte y que el cuerpo se encontró en medio del campo, podemos descartar que un animal lo matase. Se sabe que el cuerpo fue trasladado, porque la hierba que se encontró en sus encías no se corresponde con la del lugar en el que fue encontrado. Pero de momento no se sabe dónde se cometió el crimen.

Sintiéndome impotente ante este caso, presenté mis disculpas a Irene y acudí a la cita de trabajo que tenía en el exclusivo club de caballeros “El Faisán de Oro”. Tiene su sede en un lujoso local a las afueras de la ciudad, con un amplio comedor con capacidad para treinta personas (el número de socios), una sala de lectura con chimenea (la más frecuentada en esta época), auditorio, sala de trofeos, bodega, pistas de pádel y piscina climatizada. Sólo hay dos formas de entrar en este club: siendo asquerosamente rico, o siendo familiar de un socio.

Gerónimo Sáez de Vidal (78 años, presidente del club) nos llamó esta mañana para encargarnos un caso de robo. Sería poco honesto negar que me sentía un poco decepcionado de investigar un robo teniendo un asesinato tan intrigante a la vista. Pero el trabajo es el trabajo. Cuando el señor Sáez de Vidal me recibió, se disculpó por el ruido de las máquinas (estaban arreglando una de las pistas de pádel), me hizo pasar rápidamente a la sala de lectura (donde, decía, el estruendo era menor) y cerró la puerta tras de sí.

Miré a mi alrededor. Hacía frío, ya lo había notado al entrar pero ahora que nos quedábamos quietos se hacía bastante más insufrible. Había manchas oscuras en las molduras de las paredes. Se habían afanado en limpiarlas, pero siempre quedan restos. Hollín, me arriesgaría a aventurar. Quizás ese club era algo menos elegante y algo más decadente de lo que siempre hacían ver.

—Gracias por venir con tanta rapidez —me dijo—. Se trata de un caso extremadamente grave, y no quería llamar a la policía.
—¿Sería tan amable de explicarme por qué? —dije con cierta desgana.
—Bueno, porque estoy convencido de que el ladrón es un miembro de este club. No pudo ser de otra forma, el robo ocurrió durante nuestra cena de Nochevieja. He estado haciendo mis indagaciones por mi cuenta… yo también soy aficionado a la investigación, ¿sabe? Pero no he conseguido nada. Y por eso acudo a ustedes, que como sector privado podrán evitar un escándalo para nuestro club.
—Entiendo. Bien, ¿qué les ha sido sustraído?
—Nuestro emblema y orgullo, señor Ryder —se lamentó—. La escultura del faisán de oro que da nombre a nuestro club.

Noté que un escalofrío le recorría el cuerpo.

—Bien, empecemos por lo básico. De todos los miembros de su club, ¿cuántos abandonaron la sede entre la noche del robo y este momento?
—Prácticamente todos. Debe entender que muchos de nuestros socios viajan por el mundo, y sólo vienen al club para las ocasiones especiales.
—Eso significa que, si realmente fue uno de ellos, probablemente su estatua ya haya sido fundida y vendida como nuevas piezas. Es consciente de ello, ¿verdad?

Casi pareció que le acababa de comunicar la muerte de un ser querido.

—Ellos no lo harían… sería deshonrar el buen nombre de este club.
—Señor Sáez de Vidal, les está acusando de robo. Si tiene usted razón, y ahora mismo no tengo pruebas que lo indiquen, cabría pensar que el ladrón no tiene en muy alta estima el buen nombre del club.

—Tiene razón, supongo que tiene razón —musitó—. Debe haber sido alguno de los más jóvenes, nuestras nuevas adquisiciones… Gustavo Hormigo, probablemente; entró aquí ocupando la plaza de su difunto hermano, y nunca me ha parecido que encaje del todo en este club. O Simón Montenegro, que creo que sólo está en el club por las cacerías anuales.
—Entenderá que no debemos descartar a ningún sospechoso. Supongo que tendrá un archivo con los datos de todos los socios, ¿no?
—Naturalmente… Le agradecería que esta investigación se llevara de la forma más discreta posible.
—Por supuesto.
—Sin la intervención de la policía, quiero decir. Tenemos una reputación, ya sabe.
—Por supuesto.

Sáez de Vidal me hizo entrega de un abultado archivador de acordeón. En el interior estaban, por orden alfabético, los expedientes de todos los miembros del club. Les eché un vistazo por encima, dispuesto a estudiarlos con más detenimiento en la oficina.

Entonces algo me llamó la atención. Inmediatamente saqué uno de los expedientes del archivador y se lo mostré a Sáez de Vidal.

—Supongamos, por poner un ejemplo, que yo le preguntara por este socio…
—Arturo Quintanilla —respondió—. El Aventurero, le llamamos. Vendió todas sus pertenencias hace tres años, salvo su barco, y desde entonces se dedica a viajar por el mundo… Oh, cielos, ¿cree que fue él?
—Un poco pronto para creerlo, de momento sólo estoy tanteando, pero ya que utilizamos esta hipótesis de trabajo… ¿diría usted que el señor Quintanilla tenía enemigos en este club?
—Ni en este club ni fuera, que yo sepa. Es un hombre muy generoso. Vive de su herencia, pero siempre saca algo del dinero que hizo con la venta de sus pertenencias para donaciones. Y aquí nos encantan sus historias.
—Entiendo… ¿Cuándo le vio por última vez?
—Pues… la noche de fin de año, sin duda, vino para la cena anual. Pero se fue de los primeros.
—¿Y no ha vuelto?
—Ya le digo que no tiene un domicilio, ni siquiera le queda familia. Vive en su barco. Después de aquella noche, tenía previsto viajar a Egipto.
—Entiendo. Bien, me pondré con su caso de inmediato. Procure no contar al resto de los socios sus sospechas, podría hacer peligrar la investigación.
—¿Mantendrá a la policía al margen?
—No puedo prometerle nada. Haré lo que pueda.

Salí de la sede del club con los expedientes de los socios bajo el brazo. Tan pronto como entré en mi coche, saqué el expediente de Quintanilla y marqué un número en mi móvil.

—¿Irene? Soy Jack. Creo que acabo de identificar a tu cadáver.

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