Archivo mensual: septiembre 2007

Caso nº 00002: EL ASESINATO DEL DOCTOR WATSON (CERRADO)

Ante todo quiero daros a todos las gracias por venir, especialmente habiendo sido avisados con tan poca antelación. Pero supongo que comprenderéis que la situación es lo bastante seria como para requerir vuestra presencia.

Creo que convendría que os pusiera en antecedentes. La Sociedad del Misterio acaba de empezar a actuar, como ya sabéis, pero gran parte del equipo (yo mismo incluido) ya hemos trabajado antes como investigadores en distintas áreas. Por eso decidimos crear esta sociedad, para ayudar a esclarecer todos los misterios que la policía no consigue resolver por sí misma, o incluso para asesorar a particulares como detectives privados.

Me siento muy orgulloso de mi equipo de investigadores. Pero para mí, estaría incompleto sin la participación de uno de mis más viejos amigos: el doctor en medicina forense Juan “Watson” Garzón.

Watson, como le llamábamos cariñosamente, fue quien me introdujo en el mundo de la investigación criminal. El forense más despierto que jamás he visto. Fue su insistencia la que impidió que la policía cerrase algunos casos antes de tiempo. Un forofo de la literatura detectivesca, cuando trabajábamos juntos teníamos la costumbre de desafiarnos con frases memorables de Sherlock Holmes, a ver si éramos capaces de adivinar a qué caso pertenecían. Para mí fue mucho más que un maestro.

Cuando decidimos crear la Sociedad del Misterio, naturalmente Watson fue uno de los primeros a los que llamé. Imaginad mi sorpresa cuando me dijo que se había retirado. Fue una pena porque por ahora dependemos del departamento forense de la policía, pero a nivel personal me supuso una terrible decepción.

A pesar de ello no volví a pensar en esta historia. Hasta que, durante la investigación del caso de la Mano del Muerto, recibí una llamada de su hijo. Jaime Garzón, cuarenta y cinco años, pintor. Me informaba de que se acercaba el cumpleaños del viejo Watson, y que la familia quería darle una fiesta sorpresa. Tenían muchas ganas de que yo pudiese unirme a ellos. Le dije que tendría que darme unos días, hasta que cerrásemos el caso actual, y que aún así no podría garantizarle nada porque no sabía si surgiría algún nuevo caso.

Volví a llamarle tan pronto como cerramos nuestro primer caso. Le noté algo preocupado. Finalmente logré que me contase lo que pasaba.

-Es ese maldito caso, Jack –me dijo-. El caso que no fue capaz de cerrar. Sabes que fue por eso por lo que se retiró, ¿no?
-No quise preguntar –respondí-, pero ya me calculaba que había tenido que hacer falta algo realmente frustrante para que alguien como tu padre se retirase del juego.
-El problema es que no le bastó con retirarse. Cada día ha estado algo más huraño, algo más obsesionado. Y como sigue sin conseguir avanzar, cada día que pasa se deprime más. Está fatal, Jack. Por eso queremos montarle algo para su cumpleaños, y por eso sería genial que pudieras venir.

¿Cómo podía negarme? Dejé bien claro que el trabajo podía reclamarme a última hora y que no sabía si podría ir con seguridad, pero me comprometí a asistir a la fiesta si no surgía ninguna complicación. Me moría de ganas de ver a mi viejo amigo, y quién sabe… pensé que quizás, si le ayudaba (o le ayudábamos) a cerrar su caso, tal vez recuperase los ánimos y se uniera al equipo.

El sábado 22 de Septiembre llegué a la casa de mi viejo amigo y maestro. Lo primero que hice fue soltar un silbido de admiración.

Watson siempre había sido muy ahorrador. Y según parece, la jubilación le permitió invertir el dinero en lo que siempre había querido: una pequeña mansión en la montaña, aislada del ruido de la ciudad, donde poder retirarse a pensar… o pasar el tiempo con sus familiares y amigos sin miedo a molestar a los vecinos.

La ex-mujer de mi amigo fue quien me recibió a la entrada. María Morales, sesenta y tres años, maestra de primaria. Siempre me costó trabajo creerme la historia del divorcio de María y Watson. Según ellos contaban, llegó un momento en el que María comprendió que seguía queriendo a su marido, pero que no podía soportar el trabajo que él desempeñaba. Sea como sea, jamás he conocido pareja de divorciados mejor avenida. Se siguieron viendo con frecuencia, salían juntos a cenar, y aún acudían juntos a todos los eventos sociales. Uno no sabía si habían olvidado que hubieran estado casados y sólo recordaban que eran buenos amigos de toda la vida, o si lo que habían olvidado era que ya no estaban casados.

No me sorprendió demasiado descubrir que el ayudante del doctor Watson, Samuel Viñas, ahora compartía techo con él como su mayordomo. Samuel (treinta y nueve) había sido un delincuente juvenil al que se le fue un robo de las manos. La investigación de Watson ayudó a la policía a dar con la pista del joven homicida involuntario, pero mi viejo colega fue capaz de ver que el muchacho había cometido un error que le perseguiría durante años, quizás durante toda su vida. No vio en sus ojos a un asesino. Así que, tan pronto como Viñas salió en libertad, recibió una inesperada oferta de trabajo de Watson. Pese a que como ayudante era pésimo, Watson nunca desistió y lo cuidó como a un hijo, empeñado como estaba en enderezarlo. Verle de frac, con pulcros guantes blancos y un delantal a rayas, me convenció de que al final mi amigo había conseguido su objetivo.

Jaime me saludó efusivamente cuando lo encontré en el salón. Pude ver un destello de esperanza en sus ojos.

-¡El viejo Jack! Me alegra que hayas podido venir, amigo.
-Yo también. ¿No está tu padre por aquí?
-No, y gracias a Dios. ¿Qué clase de fiesta sorpresa podríamos organizarle con él en casa?
-La misma que le estáis organizando sin él, Jaime –respondí con media sonrisa-. Parece que no conozcas a tu padre; está clarísimo que ya ha tenido que encontrar como mínimo media docena de pistas de lo que estáis planeando.
-Eso esperamos –terció María-. Nos hemos esforzado mucho en dejarle pistas falsas.

Me reí de buena gana. Desde luego no creía que ese truco pudiera engañar al viejo Watson, pero en el fondo sabía que yo habría intentado lo mismo.

El resto de los invitados llegaron durante la siguiente hora. Se trataba de Irene Garzón, la hija de mi amigo (cuarenta y tres años, forense como su padre); Pablo Morales, sobrino y ahijado de Watson (treinta y siete años, cocinero); e Isabel Alterio, novia de Jaime desde hacía un par de meses (treinta y dos años, cantante en un piano-bar).

Mi curiosidad se impuso a mi corrección, así que lo primero que hice cuando conocí a esta última fue preguntar por la diferencia de edad entre Isabel y Jaime. Eso sí, al menos tuve la delicadeza de esperar a que saliera de la habitación y preguntar a María.

-Bueno, entendemos que no es como si se hubiera liado con una adolescente –respondió-, pero no sé, creo que a Juan no le gusta. No quiere hablar del tema, así que no te puedo dar más datos.
-¿Cuándo le han gustado a Papá alguno de nuestros novios, mamá? –intervino Irene con la suficiente discreción como para que la conversación siguiese quedando entre nosotros.
-¡No seas así! Ramón le caía bien.
-Todo un éxito, me ligo a un imbécil y a papá le cae bien –replicó ella con una sonrisa.

Aunque sabíamos que nuestro homenajeado tardaría aún en llegar, habíamos optado por celebrar la fiesta en el estudio, una habitación sin ventanas para evitar que Watson viese la luz encendida al llegar. Habíamos asignado a Samuel la tarea de avisarnos por radio tan pronto como viese el coche acercarse a la casa, para tener tiempo de ocultarnos. Hasta entonces, decidimos ponernos cómodos.

Me acerqué a Pablo, junto al mueble-bar que mi amigo tenía en su estudio. Me llamó la atención que el mueble bar tuviese una cerradura de combinación, pero Watson siempre había sido bastante excéntrico para algunas cosas. A Pablo se le veía levemente incómodo. Procuré que mi pregunta al respecto sonase más a preocupado interés que a interrogatorio.

-No es nada, señor Ryder –me dijo-. En serio, no es nada.
-¿Está seguro?
-Bueno, sí, es algo, pero no quiero hablar del tema.
-Lo comprendo, disculpe si le he ofendido…
-No se preocupe, entiendo que es usted curioso por naturaleza. Usted es detective privado, ¿no?
-Algo así.
-Hagamos una cosa. Intente deducir qué es lo que me preocupa. Si lo acierta, estoy dispuesto a contarle todos los detalles.
-No lo veo apropiado…
-Venga, hombre, seguro que se le ocurre algo.
-A ver, claro que se me ocurre algo, pero sigo pensando que no soy quién para decirle que esa mala racha financiera ya pasará, y que entiendo su frustración pero que a veces los artistas como su primo pasan por buenas etapas, lo que no significa que eso vaya a durar para siempre. Así que podría decirle que no se sienta inferior, que usted tiene un trabajo mucho más estable que Jaime y que, por lo tanto, su situación económica se normalizará pronto. Pero como ya le digo, no creo que yo sea quién para ahondar en esos temas.

Y me alejé con una sonrisa, dejando a un perplejo Pablo a mis espaldas. Quizás, pensé en ese momento, si en algún momento decidiera dejar de considerar el trabajo de investigación como un espectáculo de circo, podría llegar a explicarle que no sólo resultaba evidente cómo miraba su traje y el de su primo (de una excelente calidad) alternativamente y con una mirada de frustración, sino que su tía María ya me había hablado del pequeño escollo financiero en el que estaba. Pero por el momento, con eso tendría bastante información.

En ese momento recibimos el aviso por radio. Nuestro invitado de honor estaba llegando a la casa. A una orden de María, todos corrimos a buscar un escondite apropiado. Ella permaneció junto a la puerta para apagar las luces, ya que conocía la casa mejor que nadie y podía encontrar un buen escondite a oscuras. Corrí a ocultarme tras el sofá que estaba en el centro de la habitación. Jaime escogió un aparador, al lado de la misma puerta, como parapeto. Irene se escondió tras el sillón, junto al sofá. Pablo era un hombre de baja estatura, así que la planta de interior al otro lado de la puerta era un escondite bastante aceptable si íbamos a estar a oscuras. Isabel se deslizó hábilmente debajo del escritorio, al fondo de la habitación; buen escondite, pensé, ya que éste tenía un tablero de madera en la parte frontal.

María apagó las luces. De oídas, pude saber que caminaba en dirección el escritorio; pero dado que ella ya sabía que ese escondite estaba ocupado, sólo puedo suponer que planeaba ocultarse tras la librería de al lado.

Aguardamos unos minutos en el más absoluto silencio, hasta que finalmente oímos los pasos del doctor Watson aproximarse a la puerta. A partir de ahí, sólo debíamos esperar a que él encendiera las luces para salir de nuestros escondites gritando “¡Sorpresa!”. No podía adivinar lo que ocurrió a continuación.

La puerta se abrió. Desde mi escondite apenas podía distinguir la silueta de mi viejo amigo recortándose sobre las luces del pasillo. Entró y cerró la puerta tras de sí. Después de eso pudimos oírle trastabillar una vez, tantear la pared varias veces, emitir un extraño suspiro, volver a tantear la pared (esta vez con más fuerza) y, finalmente, desplomarse. Sentí a María pasar a mi lado como una exhalación, corriendo hacia el interruptor de la luz.

Cuando las luces se encendieron, todos salimos de nuestros escondites. El doctor Juan “Watson” Garzón yacía moribundo en la misma puerta de su estudio, con una daga clavada en su espalda. María gritó horrorizada y se desmayó junto a él.

Nadie sabía qué decir ni qué hacer. Yo mismo me encontré superado por el shock. Tardé un par de segundos en reaccionar.

-Atiéndela a ella –dije a Jaime.
-¡Pero…!
-¡Atiéndela a ella!

Sin quitar ojo de encima a su padre, Jaime corrió a reanimar a su madre. Yo traté de procesar mentalmente la escena. Todos habíamos salido de nuestros correspondientes escondites; quienquiera que fuese, tuvo tiempo de volver a su sitio. Pero no debió tener demasiado tiempo para llegar hasta la puerta y cometer la agresión desde que Watson entró.

-Jack… -gimió de pronto mi amigo.

Corrí hacia el cuerpo agonizante del doctor Watson y lo sostuve entre mis brazos. Error, como comprendí más tarde, porque ahora mis huellas estaban en el cuerpo.

-Dime, Watson.
-“Debería… haber entrado… en el bar más cercano” –recitó con voz temblorosa-. “Ese es… el centro… de todos los cotilleos…”

Quise decirle que ahorrase fuerzas. Quise decirle que intentase darnos alguna pista sobre su agresor. Pero instintivamente acabé por seguirle el juego, aquel viejo juego de las frases memorables que hacía años que no retomábamos. Y quizás fue porque él había escogido, probablemente a sabiendas, una de mis frases favoritas.

-“La Aventura de la Ciclista Solitaria” –le dije.
-No- respondió con una última sonrisa y un gesto que bien pudo ser un guiño.

Y fue en ese momento, mientras mi viejo amigo y mentor moría en mis brazos, mientras Isabel se apresuraba a buscar un teléfono para llamar a la policía y a una ambulancia que llegaría demasiado tarde, cuando comprendí la horrible verdad. No fue hasta entonces, cuando mi cerebro volvió a entrar en modo investigador, que me di cuenta del auténtico problema de este caso.

Los seis invitados éramos sospechosos; todos estábamos en la escena del crimen cuando se cometió el asesinato. Y ninguno de los seis teníamos coartada: en el momento del crimen, ninguno podía ver lo que hacían los demás, y por tanto ninguno de nosotros teníamos testigos.

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Caso nº 00001: LA MANO DEL MUERTO (CERRADO)

El vecino de al lado fue quien avisó a la policía. La víctima era muy hogareña, pero aún así salía todos los días a trabajar; tras dos días de encierro, el vecino intrigado llamó varias veces a su puerta para saber si se encontraba bien. Al no obtener respuesta, llamó a las autoridades. Y nuestro contacto en la policía me llamó a mí.

Cuando llegué, la policía ya se había hecho cargo de la escena del crimen. El cadáver fue encontrado en su dormitorio, en ropa de casa, con una herida de arma blanca en el corazón, la mano derecha cercenada y cinco cartas de una baraja francesa sobre ella. Se trataba de un hombre joven, no más de treinta años, contable, que respondía al nombre de Andrés Jiménez. Soltero, aunque en su habitación se encontraron fotografías de él y una mujer con la que luego supimos que mantenía una relación estable. Huérfano de padre, su única familia la constituían su madre y su hermano menor, que vivían juntos fuera de la ciudad.

Analicé la escena. La cama estaba hecha, lo que indicaba que el crimen ocurrió antes de que la víctima se acostase o después de que se hubiera levantado; más probablemente lo primero, dado que no iba vestido para ir a trabajar. Una amplia colección de pornografía en una caja de cartón, bajo la cama. Me pregunté si su chica sabría algo de aquella “galería de arte”. Sobre el escritorio, un ordenador portátil apagado, con la pantalla abierta. Una lata de cerveza medio vacía en la mesita de noche. Por lo demás, aquella habitación era de una pulcritud que casi daba asco. Austera, porque aquel hombre vivía sin grandes lujos, pero pulcra hasta rozar el umbral del dolor. Por supuesto, no tuvimos la suerte de encontrar el arma del crimen.

La policía se hizo cargo de la dura tarea de notificar la muerte de Jiménez a sus allegados. Se decidió ocultar el detalle escabroso de la mano y las cartas. El portátil y las cartas de baraja (dos ases, dos ochos y un dos) fueron procesadas como pruebas. El equipo del forense levantó el cuerpo.

Cuando la “viuda” llegó al domicilio del difunto, yo fui la primera persona que vio. Me fijé en sus ojos. Estaban deshechos en lágrimas.

La policía se encargó de tomarle los datos, pero ella no me quitaba ojo de encima. Era comprensible, yo había sido la primera persona a la que veía en el escenario. Aproveché para tomar mis propias notas. La chica se llamaba Cecilia Ordóñez. Veintiocho años. Era camarera. Conoció a la víctima en el trabajo. También conocía a su hermano, pero aún no le habían presentado a su madre. Observé que el agente que la interrogaba no caía en la cuenta, o quizás procuraba evitar, preguntar acerca de la pornografía del difunto. “Novato”, pensé.

Cuando se le preguntó dónde había estado hacía dos días, respondió que llevaba toda la semana trabajando dos turnos al día y que no había tenido tiempo para nada más. Una coartada lo bastante sólida, pensé, puesto que una camarera podía disponer de cerca de un centenar de testigos por cada turno trabajado.

El hermano llegó poco después. Aún le temblaban las piernas cuando cruzaba el umbral.

Su nombre era David. Veintiseis años. Estudiante universitario de medicina, repetidor compulsivo. Siempre se había sentido criado por su hermano mayor, desde la muerte de su padre quince años atrás. Su madre había caído en una fuerte depresión por aquellas fechas, y fueron los dos hermanos quienes tuvieron que cuidar de ella… y de ellos mismos.

Hacía cuatro días que no se separaba de su madre. Sus problemas de salud se habían agravado en los últimos meses. No podía dejarla sola más de unas horas. Ella podría corroborarlo.

La policía estaba a punto de dejarles ir, con la ya famosa frase de “no salgan de la ciudad”, cuando llegó una llamada del laboratorio. Habían enchufado el ordenador portátil. Resultaba que no estaba apagado, sino hibernando. Al parecer, el ordenador se quedó encendido después del asesinato hasta que se agotó la batería.

El equipo aún conservaba la última dirección visitada. Se trataba de un casino online.

La policía prosiguió su investigación; pero la Sociedad del Misterio ya había iniciado la suya propia. Lo primero que hicimos fue consultar el estado de las cuentas bancarias de la víctima. Si era aficionado al juego online, podía tener problemas de dinero. Eso nos daría un posible móvil.

Para mi asombro, nos encontramos justo con el caso contrario. A pesar de los pocos lujos con los que vivía la víctima, su cuenta bancaria estaba a reventar. Y así llevaba cerca de un año. Lo que, por supuesto, nos daba un móvil todavía más poderoso.

Volví a hablar con los allegados. Ni Cecilia ni David sabían nada de la situación económica de Andrés. Curiosamente, David sí que conocía la afición de su hermano por el póker… del mismo modo que Cecilia conocía la pasión de su novio por el porno. A ninguno de los dos le preocupaban estas cosas, siempre que no llegasen a convertirse en una enfermedad.

Pregunté a David por su propia situación financiera. Su respuesta no me sorprendió: vivía con un cierto desahogo, considerando que vivía en casa de su madre y que por tanto tenía vivienda y comida pagadas. Cecilia, por otra parte, estaba pasando apuros económicos. Por eso había tenido que empezar a trabajar dos turnos al día. Andrés no sabía nada de esta situación, o al menos Cecilia no se lo había querido contar.

Había algo que me inquietaba desde el principio. La autopsia no reveló ninguna herida defensiva. Sin embargo, la víctima tuvo que ver venir a su asesino, ya que el arma le vino de frente. Andrés se mantenía en buena forma. Practicaba taekwondo, según nos había dicho la novia. Así que ¿por qué no se defendió de su agresor?

Mantuve una última reunión con Cecilia y David. No quería seguir molestando a los allegados sin tener nada contra ellos, pero necesitaba la perspectiva de aquellos que le conocían. Ya se había creado un clima de confianza entre nosotros tres… no, de confianza no; tal vez la palabra más precisa sea “costumbre”. Si en algún momento habían estado a la defensiva, ese tiempo había quedado atrás.

-Es algo que tenía que pasar -acabó por murmurar David.
-¿Qué quieres decir? -inquirió Cecilia-. ¿Quién querría verle muerto?
-Bueno, Ceci, no lo sé, pero piensa que era un jugador empedernido de póker. Y debía ser la hostia de bueno, cuando se sacó tanto dinero. Nunca sabes con quién estás jugando, así que quizás alguno de sus rivales…
-Lo estamos investigando -interrumpí-. Hasta el momento nada. Todos tienen una coartada sólida. De muchos de ellos, incluso, nos creemos lo que nos dicen de que no habrían sabido cómo encontrar a Andrés fuera de la red.
-Yo desde luego no habría sabido -admitió Cecilia, y de nuevo las lágrimas se le agarraron a la garganta.
-Calma, calma, Ceci -la consoló David-. ¿Prefieres que me quede esta noche por aquí? Para que no te quedes sola…
-David, por favor -le espetó ella entre sollozos-. Qué pensará el detective… Por favor, no se lleve a engaños -me dijo-. David no está interesado sexualmente en mí, si lo estaba considerando como motivo.
-Yo no he dicho nada -me apresuré a aclarar.
-No, pero ella tiene razón, es mejor evitar los malentendidos -replicó David-: soy gay. Sólo me preocupo por mi cuñada, eso es todo, no intento aprovecharme de la situación.
-Entendido -respondí.
-Y de todas formas no hace falta que te quedes -añadió ella para su cuñado-. Se está quedando una amiga conmigo estos días.
-Como tú quieras.

Hubo un minuto de silencio inintencionado, y de pronto David volvió a suspirar.

-¿Sabe qué es lo más irónico? -me dijo-. En el póker hay una jugada que se dice que da mala suerte. ¿Sabe cuál es?
-No juego mucho al póker -admití.
-La pareja de ases y ochos. La llaman “La mano del muerto”.
-Disculpadme -se excusó de pronto Cecilia rompiendo otra vez a llorar-. Ahora mismo me siento una persona horrible.
-¿Y eso? -pregunté.
-Mi novio está muerto. No hace ni dos semanas que fue asesinado… y no puedo dejar de pensar en que no dejó testamento. Soy despreciable.
-Es algo natural, Ceci -explicó David-. En la facultad hemos dado algo de psicología, y creo que es comprensible que, después de un trauma como éste, tu mente busque una idea distinta a la que aferrarse. Yo por ejemplo pienso en mamá.
-¿Y te ayuda?
-No especialmente. Pero que ya te digo, que es algo natural.

Pagamos la cuenta de los cafés, nos despedimos y volví de nuevo a la Sociedad del Misterio. Algo se nos estaba pasando por alto, estaba seguro. El asesino siempre, SIEMPRE comete un error.

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