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Caso nº 00031: LA CAJA DE PANDORA (CERRADO)

Admitámoslo, hay asesinos fáciles. Normalmente, cuando el crimen tiene un motivo, es fácil encontrar al culpable entre aquellos que conocían a la víctima. Una coartada que no encaja, una mentira que contrasta con los hechos, y la historia del asesino se derrumba.

Por desgracia no siempre es tan sencillo. A veces el asesino no tiene nada personal contra la víctima. A veces, lo único que se necesita para matar a alguien es cobrar por un trabajo bien hecho.

La víctima, Emilio Pelayo, aún estaba en su cama. Sería fácil tomarle por dormido, de no ser por el agujero de bala en la frente y la sangre que empapaba las sábanas.

—Esto es un trabajo profesional —apuntó Arjona levantando la sábana con una mano enguantada—. Un disparo en el pecho y otro en la frente. Una ejecución.
—¿Un sicario?
—Tiene toda la pinta.
—No lo entiendo.
—Sí, yo tampoco. Esto es… Yo creo que no sería capaz de matar a nadie por dinero, me cuesta entender que…
—No, si lo que digo es que no entiendo quién demonios contrataría a un asesino profesional para cargarse a un estudiante universitario.

Resultaba raro, admitámoslo. Cuando uno investiga un asesinato profesional, no espera que el escenario sea un piso cutre de estudiantes. Emilio era un estudiante de primer año de informática. Tenía diecinueve años, le faltaban dos meses para los veinte. Acababa de mudarse a la ciudad, justo a tiempo para empezar los estudios. No parecía el típico objetivo de un asesino a sueldo.

El crimen se cometió en mitad de la noche. Sus compañeros de piso estaban en casa, así que naturalmente se convirtieron en personas muy pero que muy interesantes para la policía. Pero hacía ya un rato que se habían aferrado a la historia de que ninguno de ellos vio ni oyó nada y de ahí no salían, así que decidí concentrarme en la escena. La víctima no vivía con excesivos lujos, ni siquiera llegué a ver un ordenador. Parecía totalmente dedicado a sus estudios. Aunque en una estantería se veían algunas fotos del difunto al volante de un lujoso deportivo, o vestido muy elegante y festejando con gente aparentemente rica.

—¿Opinión? —preguntó Arjona.
—Bueno —dijo Irene incorporándose—, tendré que hacer una autopsia completa, ya te lo imaginarás, pero yo fijaría la hora de la muerte entre las dos y las tres de la madrugada. Por el tamaño de la herida, yo descartaría los calibres más convencionales. Eso refuerza vuestra teoría del sicario, pero tendría que estudiar el cuerpo a fondo para poder asegurar nada.

Entonces tuve una idea.

—¿Cómo se llama el detective que está interrogando a los chavales? —pregunté.
—¿Qué? Ehm… Vidal, Pablo Vidal.
—Vale, gracias. ¡Vidal! ¿Puede venir un momento?

El detective Vidal, un hombre compacto (bajito pero fuerte), plegó su bloc de notas y se acercó a nosotros.

—Sí, dígame.
—¿Qué opina usted de este escenario del crimen?

Y Vidal me respondió. Pero no le presté ni la menor atención. Porque lo que realmente me interesaba era que los compañeros de piso de la víctima dejasen de tener a un policía al lado. Con la oreja puesta en su conversación más que en el detective que contestaba diligentemente a mis preguntas, escuché lo siguiente:

—¿Y ahora qué?
—Supongo que ya está. Nos hemos librado.
—¿Tú estás tonto? Viernes por la tarde, la Caja de Pandora, mañana, ¿recuerdas?
—Emilio iba de farol, seguro.
—Yo no me la quiero jugar. Si no era un farol, Emilio la ha palmado y nosotros estamos jodidos.
—Sí, sin duda muy interesante —interrumpí a Vidal, y me giré de pronto hacia los chavales—. ¡Buenas tardes! Jack Ryder, de la Sociedad del Misterio. ¿Me lo contáis o preferís que me lo invente?
—¿Qué? —balbució el primero, el de la camiseta desgastada de Mortadelo—. ¿De qué habla?
—¿Nadie?
—Oiga, ya le hemos dicho a ese detective que nosotros no vimos ni oímos nada —replicó el segundo, metiendo las manos en los bolsillos de su remendado pantalón vaquero.
—Que me lo invente yo, ¿no?

El tercero no dijo nada. Se limitó a bajar la vista hacia sus sucias y ajadas zapatillas deportivas.

—Muy bien. Voy a decir Pandora Tomorrow. Vuestro compañero os tenía amenazados. Y si él no hacía algo para evitarlo, mañana mismo lo que quiera que tenía contra vosotros saldrá a la luz. ¿Voy bien?
—¿Es un gamer? —exclamó uno de los chicos boquiabierto.
—Vale, hablaré —proclamó de pronto el que había estado en silencio hasta entonces.
—¡Isma! —protestó el otro.
—Tú mismo lo has dicho, acabará por salir a la luz. Y si nos callamos van a pensar que fuimos nosotros. ¿Ya qué más nos da?

- ? -

—La cosa es así —explicó Ismael Gómez (veintidós años, estudiante de medicina)—. Estamos aquí porque nuestros padres nos lo pagan. Piensan que nos dedicamos únicamente a estudiar, pero nadie puede pasarse la vida estudiando sin despejarse de vez en cuando. Así que salimos de fiesta, incluso una vez hicimos una fiesta aquí, pero ellos no lo saben.
—Hasta ahí no veo nada raro.
—Ya, pero Emilio nos sacó fotos.
—¿Y qué?
—Que el muy capullo nos amenazó con mandárselas a nuestros padres si no hacíamos lo que él quería —terció Guillermo Cebrián (veintiún años, estudiante de comunicación audiovisual).
—¿Y eso era…?
—Compartir piso con él —aportó Enrique Fuentes (veintitrés años, estudiante de biblioteconomía)—. Si no tenía compañeros, no podía permitirse el alquiler, así que nos tenía aquí contra nuestra voluntad.
—Pero sólo estabais de fiesta. Vuestros padres lo comprenderían.
—El muy cabrón pensaba decirles que nos habíamos ido de putas.
—¿Os habíais ido de putas?
—¡No! —respondieron los tres al unísono.
—Pero tonteamos con algunas chicas, y de eso son las fotos —explicó el primero—. Y aquí daba igual lo que nosotros supiéramos: si les decía a nuestros padres que las fotos eran de nosotros con putas, ya nos podíamos ir despidiendo de la carrera.
—Además se dedicó a sacar fotos en distintos momentos de la noche —puntualizó el segundo—. Como cada vez había gente nueva, pensaba decir que montamos más de una fiesta.
—Y tooodas con putas —redondeó el tercero.
—Entiendo. ¿Y la Caja de Pandora?
—No sabemos cómo pensaba hacerlo —explicó Cebrián—, pero nos dijo que, a menos que él lo evitara, nuestras fotos aparecerían publicadas en Internet el viernes a las seis de la tarde.
—Todas las semanas lo mismo. Yo creo que tenía un cómplice —añadió Gómez.
—Entiendo. Estabais todos aquí cuando ocurrió todo, ¿verdad?
—Sí, así es.
—¿Estabais dormidos ya?
—No, la verdad es que no.
—¿Y cómo lo hicisteis para no enteraros de que estaban asesinando a vuestro compañero?

Pausa. En sus ojos pude ver que ellos tampoco lo entendían.

—Bueno, yo estaba en mi cuarto —explicó Cebrián—. Y tenía los auriculares puestos.
—¿Y vosotros?
—Nosotros estábamos en el salón… —comenzó a decir Gómez, y entonces se le encendió la bombilla—. Anda, coño.
—¿Qué?
—Gears of War 2. Estábamos viciados al Gears of War 2, jugando online con otro pavo, y berreándole por el micro. Partida de despedida antes de irnos de puente.
—¿Nadie vio ni oyó nada?
—Mire, yo a las dos y media o así —comentó Cebrián —estuve en su cuarto. Antes de eso había estado viendo a estos dos jugar, y luego me retiré, pero me pasé por su cuarto primero a pedirle una cosa. Me lo encontré ya dormido… y me pareció que había alguien con él.
—¿Qué?
—No, pero resultó ser ropa. ¿No les ha pasado nunca? ¿Eh? ¿Qué ven un montón de ropa en la silla por la noche y se creen que es un asesino?

Tomé nota (de hecho apunté un “manda cojones”) y me aparté para hablar con Arjona.

—¿Cómo has sabido lo del chantaje? —me preguntó.
—Pandora Tomorrow es un videojuego. Si el terrorista al que tienes que atrapar no llama todos los días a un número y da una clave, se libera un virus mortal. La frase “La Caja de Pandora, mañana”, sumado a lo de que ahora que la víctima había muerto ellos estaban jodidos…
—O sea que estos tres tenían algo contra la víctima.
—Sin duda alguna.
—Bien. Podemos llevárnoslos para interrogarlos, vamos a pillar al cabrón que…
—No han sido ellos.
—¡Oh, venga, no me jodas! ¡A ti te gusta marearme!
—Vamos, Arjona, no eres tonto y lo sabes. Ellos sabían lo del blog, no les interesaba matarlo. Y aunque se les hubieran cruzado los cables… Mírales. Ropa vieja, videojuegos viejos. Están aquí con lo que les dan sus padres, y eso les da para vivir pero no para pagarse todos los caprichos que les gustaría, tanto menos para pagar a un profesional.
—Vale, ¿y entonces qué sugieres?
—Primero, averiguar cómo entró y salió de aquí un asesino sin ser visto. Y aparte de eso… mira sus fotos. Un cochazo, fiestas de lujo. No son las fotos de alguien que necesita ayuda para pagar el alquiler. ¿Qué nos hace pensar que sólo chantajeaba a estos tres?
—Si tu teoría del Pandora Tomorrow es correcta, dentro de veinticuatro horas debería salir la información de todas sus víctimas en Internet. Ahí sabremos si tienes razón, y si no pillamos al autor material, al menos sí que podríamos averiguar quién le pagó.
—Sí, es un sistema.
—¿Pero?
—Pero si hay más víctimas de chantaje y los descubrimos cuando sus secretos ya han sido expuestos, no estarán muy habladores… Si en veinticuatro horas no tenemos nada, trabajaremos así; pero si descubrimos antes cómo pensaba hacerlo el chantajista y lo impedimos, tendremos una nueva lista de sospechosos que de pronto nos deberán una.

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MARATÓN DEL MISTERIO – Intermedio 1 –

Ya era tarde y el señor Martínez (si es que ese era su nombre) no se presentaba. Poco a poco, los investigadores de la Sociedad del Misterio dejaban que el cansancio pudiese con la curiosidad y se retiraban, instándome a avisarles si había alguna novedad en el caso. Al final, ya sólo quedábamos los jefes de departamento y yo.

A punto estábamos de darnos por vencidos cuando nuestro esperado visitante finalmente apareció. Se presentó con la misma mirada de desconfianza que la primera vez. Tomó asiento sin ser invitado y esperó un par de prudenciales segundos antes de preguntar.

—¿Cuándo pueden empezar con mi caso?

Zalaya carraspeó.

—Bueno, verá, señor Martínez… Esta es la situación. Somos una consultoría privada, lo que significa que nos reservamos el derecho a escoger a nuestros clientes. Y aunque su caso nos resulta francamente interesante, bueno… Existe una serie de impedimentos que deberían ser arreglados antes de…
—¿De qué está hablando? —inquirió Martínez con una mirada de desesperación.
—Iré directo al grano. Nos ha mentido. Sabemos por su reloj que su último destino no ha sido Canarias. Sabemos por su miedo que no es escultor. Sabemos por su historia que no huyó del país cuando nos dijo. Sabemos por su trabajo que no se dedicaba a la falsificación. Incluso sabemos por sus guantes que no es Eduardo Martínez. Estaremos encantados de ayudarle con su problema, pero primero usted tendrá que confiar en nosotros.
—¿Qué?
—Ya me ha oído. Si quiere que resolvamos su caso, tiene que ser sincero con nosotros. No podemos trabajar si no sabemos cuánta de la información que tenemos es veraz.

Martínez se levantó de la silla hecho un basilisco. Boniatus y yo nos tensamos en el acto, dispuestos a impedir cualquier tipo de agresión. Pero no hizo falta: nuestro visitante se contuvo en el último momento, como si hubiera decidido que eso no iba a servir de nada.

Como una exhalación, salió del despacho dando un nuevo portazo. Se habían convertido ya en su especialidad.

—¿Me he pasado? —preguntó Zalaya.
—¡Deja de preguntar eso! Le has puesto las cosas claras, simplemente. Si quiere nuestros servicios, que acepte nuestras condiciones.
—Si es que ya le vale, jefe… Yo en estos casos me pregunto qué pretende la gente. Engañarnos no, nos lo ha puesto muy fácil, así que ¿qué?
—¿No te has quedado con ganas de saber a quién quería que investigáramos? —pregunté.
—La verdad es que sí. Pero bueno, si se lo piensa ya volverá y nos contará la verdad para que podamos empezar a…
—Algo va mal —interrumpió Boniatus.
—¿Qué?
—Ha tardado más de lo normal en dar el segundo portazo.

Y sin decir más, salió corriendo del despacho. Zalaya y yo nos miramos y le seguimos a toda prisa. Pero antes de que diéramos con él…

—¡Agente caído!

Guiándonos por su voz, recorrimos la sala común, pasando entre las mesas de los investigadores, hasta llegar a la entrada del almacén de pruebas. Y allí estaba: el agente Rabbit, el guardián de nuestro almacén, tumbado en el suelo sin conocimiento.

—¿Cómo está?
—Saldrá de esta. Jack, ese tío ha cogido la llave del almacén.

Me fijé en la puerta de nuestro almacén de pruebas, a la espalda del Profesor Boniatus. La llave estaba aún en la cerradura, y la puerta abierta de par en par.

Relevé a Boniatus: si teníamos una escena del crimen, él era el mejor para investigarla. Mandé a Zalaya a perseguir a nuestro visitante, y verifiqué que el agente Rabbit no había sufrido daños irreparables. Después me uní a Boniatus en el almacén.

—¿Qué falta?
—Poca cosa, Jack. Martínez no parece haber tocado mucho. Tendría que echar un vistazo más a fondo, pero así a primera vista… diría que sólo falta esto.

Señaló hacia un estante donde yacía una caja vacía. Identifiqué inmediatamente el contenedor y, por tanto, el contenido desaparecido. Martínez había robado la revista que Carlos Ashmoor nos regaló tras el caso Ruby.

—Termina de revisar la escena. Yo voy a llamarlos a todos. De momento no vamos a aceptar más casos.
—¿Qué? ¿La Sociedad del Misterio cierra sus puertas?
—Sólo al público, profesor. Alguien nos ha mentido y robado en nuestras propias narices. Ahora mismo, nuestro cliente somos nosotros. Si vamos a darle caza al ladrón, será mejor que volquemos todos nuestros esfuerzos.
—¡Jack! —me llamó mientras me dirigía hacia el teléfono—. Oye, entiendo que el robo de una revista guarra en nuestras oficinas es motivo de indignación, pero ¿no crees que lo estás sacando un poco de quicio?

En ese momento no supe verlo con claridad. Pero cuando recuerdo la sonrisa que esbocé entonces, comprendo ahora que se trataba de la emoción de la caza.

—Esa caja estaba guardada al fondo del almacén. Si Martínez no ha tocado nada más es que ha ido a tiro hecho a por ella. ¿Sabía lo que buscaba? Esto se ha convertido en una Maratón del Misterio y el pistoletazo de salida ya ha sonado. ¿Cuánta ventaja más quieres dejar que nos lleve nuestro ladrón?

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Caso nº 00025: UN EQUIPAJE INESPERADO (CERRADO)

La habitación de paredes blancas se encontraba en un silencio sólo interrumpido por los rítmicos pitidos de un electrocardiógrafo. Ni nuestro nuevo cliente ni yo nos atrevíamos a articular palabra alguna. La pequeña niña de cinco años que descansaba en aquella cama llevaba ya más de una semana sin despertar.

Rodolfo Dantés, el abogado de la familia de la niña, me pidió que saliéramos al pasillo para hablar. Pude apreciar que estaba verdaderamente afectado por la tragedia.

—No debió pasar. Simón… mi cliente… se desvive por la pequeña Andrea. Estoy seguro de que él conducía con todo el cuidado del mundo.
—Los accidentes ocurren, señor Dantés. ¿Cómo fue?
—Simón metió a la niña en el coche cuando ya estaba dormida. Quería darle una sorpresa, la llevaba a Port Aventura. La niña duerme como un tronco, así que se habría despertado ya allí.
—Bonito detalle. ¿Qué ocurrió entonces?
—Un camión se salió de su carril. Simón intentó esquivarlo, perdió el control del coche y volcaron.
—Entiendo. Pero los accidentes no entran en nuestra jurisdicción, señor Dantés… usted nos ha llamado por otra cosa, ¿no es así?

El letrado suspiró y sacó una fotografía de su maletín. Se aseguró de que no hubiese gente cerca antes de mostrármela.

—La ambulancia llegó relativamente pronto, recogió a mi cliente y a su hija y los llevó al hospital, donde fueron debidamente atendidos. El problema vino cuando la grúa recogió el coche… y encontraron esto en el maletero.

Cogí la foto de su mano y se me heló la sangre en las venas. En toda esta historia, sinceramente, no me encajaba esa pieza… pero ahí estaba: un hombre joven, de unos treinta y pocos años, muerto por una herida de bala en la cabeza.

—Imposible que esto ocurriera durante el accidente.
—En cuanto Simón despertó, la policía le comunicó que estaba detenido como principal sospechoso del asesinato. Y no puedo culparlos, es comprensible que sospechen del propietario de la escena del crimen… pero mi cliente no pudo hacerlo, estoy seguro.
—Usted es un abogado competente —dije, demostrando que me había documentado sobre él antes de acceder a verlo—. Seguro que podrá demostrar su inocencia…
—No lo entiende. Simón es hijo único, huérfano y viudo. Andrea sólo le tiene a él. Cuando despierte del coma necesita tener a su padre cerca… y sólo Dios sabe cuánto podría alargarse el juicio antes de que pueda exonerarlo. Necesito ayuda externa, señor Ryder.

—¿Opinión? —pregunté.

Estaba de vuelta en la oficina, acompañado por nuestro cliente y por Zalaya. El abogado sostenía entre sus manos nerviosas una taza de mi mejor té de cacao, coco y vainilla.

—Habría que llamar a Boniatus —comentó Zalaya—. No querrá perderse esto…
—El profesor se ha ganado unas vacaciones, y se merece disfrutar de ellas sin interrupción. Además, dentro de lo malo, en este caso en concreto su departamento quizás iba a tener muy poco trabajo.
—Hm, cierto, es una ECM, no lo había pensado.
—¿ECM? —preguntó el abogado.
—Escena del Crimen Móvil —explicó Zalaya.
—Exacto. Sabemos dónde se encontró el cadáver, pero no dónde lo mataron. En estas fotos no se aprecia que haya apenas sangre en el maletero, y las heridas de bala en la cabeza tienen la mala costumbre de sangrar.
—¿Y entonces? ¿No tienen con qué trabajar?
—Yo no he dicho eso, pero necesitaría saber dónde buscar. Podemos empezar por el coche, pero ayudaría tener alguna idea aproximada de dónde más ha estado y de quién ha tenido acceso a él.
—Si me disculpan, voy a llamar a mi pasante para que me consiga esa lista —terció el abogado.
—Por supuesto. ¿Tú cómo lo ves, Zalaya?
—Coincido, necesitamos saber quién ha usado o tenido a mano ese coche. Pero no creo que debamos descartar que realmente el señor… ¿Cómo ha dicho que se llama su cliente?
—Simón Cañizares— replicó Dantés cubriendo el teléfono, y volvió a su llamada.
—Simón Cañizares. Que el señor Simón Cañizares estuviese deliberadamente trasladando un cadáver en su maletero hacia Port Aventura.
—A estas alturas yo ya no descarto nada —apunté—, pero ¿quién lleva un muerto al parque de atracciones con su hija de cinco años en el coche?
—Yo no, desde luego. Pero no digo que sea lógico, sino que no deja de ser posible. Acuérdate del Exiliado y de lo inocente que parecía.
—Hay una complicación añadida… he hablado con Irene, ha conseguido echarle un ojo al informe de la autopsia. Y hay algo que no termina de encajar… El cuerpo se ha empezado a descomponer a lo bestia durante el traslado. A día de hoy es imposible determinar exactamente cuándo se cometió el crimen.
—¿Cómo ha ocurrido eso? —inquirió Zalaya.
—Lo está investigando para nosotros, pero lo que sí que es cierto es que nos echa por tierra cualquier intento de cronología. Sabemos que ese cadáver se introdujo en ese maletero antes del accidente, pero no sabemos cuándo ni en qué momento lo mataron.
—¿Lo que quiere decir?
—Que aunque sepamos quién accedió cuándo al coche, no podremos relacionar eso con la fecha de la muerte. Necesitaremos algo más para descubrir quién lo hizo.

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Caso nº 00022: EL ASESINO ASESINADO (CERRADO)

—Sammy el Hurón —musité—. Quién iba a decir que acabaría así.

El flash de la cámara de Boniatus iluminó por un segundo el cadáver que yacía a mis pies. Samuel Preciados, alias “Sammy el Hurón”. Asesino a sueldo, de los más caros. Especializado en lo que él mismo llamaba “trabajos de limpieza”: la eliminación de cualquier rastro dejado atrás en un crimen… incluyendo al criminal.

Causa de la muerte, herida de bala en la cabeza. No dejaba de ser irónico.

—Gracias por venir tan rápido —me dijo el subinspector Roberto Alterio—. Esta semana estamos algo cortos de personal.
—Es lógico, con la mitad de Homicidios en el Congreso de Criminología. ¿Quién ha quedado al mando del departamento?
—Mendoza.
—Pues gracias a ti por llamarnos, Roberto.
—A mandar. Mendoza puede decir lo que quiera, pero en el departamento no hay nadie que se lo crea.
—Ya, pues si la gente se lo creyera un poquito menos quizás no nos habrían retirado la invitación al Congreso —gruñí entre dientes—. ¿Quién lo encontró?
—Un vecino oyó el disparo y nos llamó. Luego oyó un portazo, pero cuando salió a mirar ya no había nadie. Los demás vecinos de la planta confirman esta versión.
—Zalaya, ve a ver si puedes sacarle algo más a los vecinos —dije a nuestro jefe de departamento de testimonios y declaraciones —. Esto va a ser jodido, Roberto. El Hurón tenía enemigos en todo el submundo criminal. La lista de sospechosos va a ser interminable.
—Lo sé. Por eso os he llamado, si conozco bien a Mendoza cerrará el caso a la primera de cambio, por falta de pruebas, y encima se chuleará de que no podía pasarle a un cerdo que se lo mereciera más. Prefiero que lo veáis vosotros primero… y si hay que cerrarlo, al menos sabré que se ha hecho todo lo posible.
—Arjona escoge bien a su equipo, Roberto. ¿Profesor?
—Piso franco —opinó Boniatus—. Casi sin amueblar, sólo cosas de trabajo. No sacaba mucho la basura, pero sólo hay una bolsa llena y una segunda recién empezada… Se instaló hace poco. Las vistas no son gran cosa, una fachada da al supermercado y la otra a la fachada del edificio de al lado. Habría que asegurarse, pero dudo que escogiera el piso por la ubicación. Con la reputación del Hurón, no creo que su objetivo esté por esta zona.
—A ver si podemos averiguarlo pronto. ¿Qué tenemos del portátil?
—Los datos están encriptados, me llevará un ratillo —replicó uno de los técnicos de Jnum.

La víctima presentaba orificios de entrada y salida. La bala le atravesó la cabeza, así que debió acabar en alguna parte. Pregunté a Boniatus a ese respecto.

—Junto a la ventana —me indicó—. Necesitaremos algo más de equipo para determinar la trayectoria y calcular el punto de origen, me temo.
—¿Roberto?
—Haré lo que pueda, pero no podré pedir un equipo hasta que Mendoza haya sido informado… así que a partir de ahí depende de él.
—¿Y crees que estará dispuesto?
—Pues no sé yo, Jack. Entre tú y yo… está un poco de mala leche porque Arjona ha ido al Congreso de Criminología y él no.
—¿Cómo era aquello que decías antes? ¿Eso de “no podía pasarle a un cerdo que se lo mereciera más”?

Hubo algunas sonrisas de asentimiento entre mis jefes de departamento. Para mi sorpresa, también se nos unieron algunos de los uniformados personados en la escena.

—Jack, tenemos un problema —avisó el técnico de Jnum.

Me aproximé al ordenador. En pantalla aparecía un correo electrónico.

—¿Qué tenemos?
—El trabajo para el que fue contratado el Hurón. Una limpieza. No tenemos el nombre ni la descripción de su objetivo, me temo… Hay comunicaciones anteriores que no han dejado rastro, o al menos aquí se menciona una, quizás ahí hubiera más datos. Pero sabemos que su presa iba a ser otro asesino, que el Hurón no debía eliminarlo hasta que hubiera terminado su trabajo… y tenemos el momento y el lugar. Y no te va a gustar.

El cursor seleccionó una frase del correo para hacerla más visible.

—Oh, no.
—Sabemos que el Hurón no terminará su trabajo —explicó Jnum—. Pero eso nos sigue dejando con el primer asesinato. No sabemos quién y no sabemos a quién, pero van a matar a alguien este domingo a medianoche… durante la cena de clausura de las Primeras Jornadas Internacionales de Criminología y Derecho Penal.

Sopesé esta información. Un asesino sin rostro, una víctima sin nombre, y menos de cinco días para impedir el crimen… y si actuábamos antes de tiempo, si interveníamos sin saber tras quién debíamos ir, podíamos alertar al asesino de nuestra investigación.

—Deja que Boniatus termine de procesar la escena, danos diez minutos de ventaja y avisa a la central de lo que tenemos aquí —pedí a Alterio—. Os cedemos este caso, sabemos que Mendoza no nos querrá intentando resolver este asesinato y no nos vamos a meter; pero haremos todo lo que esté en nuestra mano para evitar el segundo crimen.

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Caso nº 00021: EL TESORO DEL EXILIADO (CERRADO)

Gervasio Peláez no podía tener menos de noventa años, y parecía estar más cerca del siglo. Sus ojos enmarcados en arrugas no eran capaces de ver más allá de su nariz, la cual goteaba constantemente. Su cuerpo, menguado con los años, no dejaba de temblar como una hoja. Le llevó casi dos minutos llegar desde la entrada de mi despacho hasta el asiento que se le ofrecía. Cuando finalmente consiguió sentarse, se quitó el raído sombrero con el que se tocaba y lo depositó sobre sus rodillas, descubriendo un rostro tostado por el sol pero marcado por cicatrices de toda una vida.

El tipo de persona, pensé, que aún enviaría cartas manuscritas a día de hoy. Y el tipo de persona que pediría ayuda para escribir una carta.

—En su carta decía que quería contratar nuestros servicios —dije para iniciar la conversación.
—Ustedes son detectives, ¿no es así? —titubeó con voz vacilante, pero con una firme determinación en sus ojos casi ciegos.
—Así es. Hemos resuelto ya un par de docenas de casos, asesinatos principalmente pero también robos y secuestros, e incluso un caso de amenazas…
—Necesito que me ayuden a buscar un tesoro.

Pausa dramática.

—Un tesoro —repetí.
—Me ha entendido mal. No estoy loco, joven. No es que tenga un mapa del tesoro perdido del pirata Barbanegra, si es lo que cree.
—No tengo datos suficientes aún para creer nada, señor Peláez. ¿Quiere contarme su historia?

Al saber que aún no estaba siendo juzgado, suavizó el gesto y comenzó.

—Mi padre, que Dios lo tenga en su gloria, era constructor. Estaba bastante bien situado, tenía algunos cuantos contratos para gente de confianza del mismísimo Alfonso XIII, por lo que nunca nos faltó de nada mientras él vivía. Pero cuando empezó todo lo del Expediente Picasso, se empezó a obsesionar con atesorar todo lo que teníamos. Así que escondió la fortuna familiar en algún lugar de nuestra casa, pero nunca nos dijo ni a mi madre ni a mí dónde la guardó. Recuerdo que siempre la llamaba “El salvavidas”.

»Murió durante el golpe de estado de Primo de Rivera, por lo que mi madre y yo quedamos solos, arruinados y frustrados. Sabíamos que teníamos bastante dinero, pero no teníamos ni idea de dónde estaba. Madre murió poco después, por enfermedad, teniendo yo trece años. Así que me quedé completamente solo…
—Disculpe la interrupción —intervine—… ¿cómo pudo esconderlo todo en algún lugar de la casa familiar sin que ni usted ni su madre vieran nada?
—Madre y yo solíamos ir a visitar a mi abuela, en paz descanse. Padre solía quedarse en casa. Supongo que lo haría en una de esas escapadas.

»De cualquier manera, de algo tenía que vivir. Así que tuve que dejar la casa y empecé a trabajar como mozo de cuadras. Pero al estallar la Guerra Civil, se supo que mi amo había colaborado con los comunistas y tuvimos que irnos todos al exilio, primero a Francia y de ahí a México. Ahí es donde he pasado los siguientes sesenta y siete años de mi vida.

»¡Y no es que me queje! Allí pude desarrollar mis actividades artísticas. Me he estado ganando bien la vida en Latinoamérica, hasta que me empezó a fallar la vista. Me retiré, olvidado ya el tesoro de mi padre y decidido a vivir mis últimos años de vida con tranquilidad y tirando de lo que había podido ganar como pintor.

»Entonces fue cuando encontré esto —dijo, sacando lentamente un sobre del bolsillo interior de su chaqueta—. Estaba entre las viejas pertenencias de mi padre, lo que me pude llevar conmigo. Es una especie de acertijo… no sabía lo que podía ser hasta que leí la última palabra.
—“Salvavidas” —leí—. Instrucciones dejadas por su padre para recordar dónde escondió el tesoro.
—Exactamente —replicó con un guiño—. Suponiendo que se trataría de eso, cogí el primer vuelo a España para comprobarlo. Pero yo ya no estoy para resolver adivinanzas, y mucho menos para poner la casa patas arriba buscando pistas. Mi memoria no es lo que era, y mis ojos ni le cuento.
—Por eso quiere contratarnos. Necesita ojos y cerebros extra.
—La fortuna es bastante grande, joven. Comprenderá que no tengo una cifra exacta. Pero si me ayudasen a encontrarla, les recompensaría con un veinte por ciento.
—Si me permite la curiosidad… ¿exactamente en qué consiste dicho tesoro?
—Dinero, joyas, y algunas obras de arte.

Carraspeé.

—¿Y qué… ejém… qué tipo de obras de arte?
—Jarrones, estatuillas, esas cosas.

Suspiré aliviado. Me preocupaba que don Gervasio entendiese como “Obras de Arte” lo que nosotros entendíamos como “almacén de pruebas, estanterías uno a treinta y ocho por ahora”.

—Es un poco arriesgado suponer que el tesoro sigue ahí después de más de medio siglo, si me permite el comentario…
—Tengo algunos ahorros. Si el tesoro no aparece, igualmente les pagaré por sus servicios. Pero sé que la vieja casa de mi familia sigue en pie, así que… estoy seguro de que el tesoro sigue donde mi padre lo dejó.
—Señor Peláez, tiene que entender unas cuantas cosas. En primer lugar, nosotros podemos encontrar lo que busca… si sigue estando ahí. Pero quizás le resultaría más fácil, rápido y económico derribar la casa y buscar entre los escombros. Si su padre era constructor, no me extrañaría que hubiera escondido el tesoro dentro de los tabiques.
—Oh, no, no, hay obras de arte en ese tesoro. No me gustaría dañarlas. A la casa claro que le tengo cariño, pero he vivido fuera de ella demasiados años como para ponerme sentimental.
—Y en segundo lugar, en la Sociedad del Misterio tenemos una política: si en dos semanas no hemos encontrado nada, consideraremos que el rastro se ha enfriado y que las posibilidades de éxito se reducen. Eso quiere decir que, si para entonces no tenemos resultados, cerraremos la investigación.
—Si eso ocurre… a menos que encuentre otra solución, haré caso de su sugerencia y derribaré los tabiques. Pero primero quiero intentarlo con las instrucciones de mi padre.

Las instrucciones. Sostuve el papel entre mis dedos, enguantados para no dejar huellas. Desde luego parecía una especie de acertijo demasiado largo… necesitaría saber cómo era la casa para encontrarle algo de sentido:

Empiezo mirando a mi ángel fijamente a los ojos. Un ángel siempre protege lo más sagrado, y me recuerdo que es eso lo que estoy haciendo. Desde ahí retrocedo seis pasos, giro tres cuartos de hora y avanzo hasta llegar a las escaleras. Al otro lado de las mismas, el pasado me recuerda que se me hace tarde, así que sigo caminando. Dejo que mi estómago me guíe, pero las paredes me oprimen así que huyo de ellas. Sin dejar de caminar en línea recta, pronto echo de menos las paredes, así que sin girarme vuelvo a ellas. Y desde aquí, donde guardo aquello que mi mujer y mi hijo nunca deben encontrar, escribo estas palabras en honor al salvavidas.

—Bien, creo que mi compañero el investigador Zalaya estará encantado de tomarle declaración. El Profesor Boniatus, que es ese amable caballero que vigila la cafetera como si le fuera la vida en ello, necesitará conocer la dirección de la casa. Y ya que lo menciono, ¿le apetece un café?

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Caso nº 00020: EL RUFIÁN, LA FURCIA Y LA ESTANTERÍA (CERRADO)

Debo reconocer que en un principio no pensaba aceptar este caso. Cuando recibí la llamada de Arjona, estaba revisando por quinta vez que lo llevaba todo en la maleta y preparándome para un viaje de veinte días. Y el hecho de que mi viejo amigo se negase a proporcionarme datos, lejos de picar mi curiosidad (como habría hecho en cualquier otra situación), no estaba logrando otra cosa que irritarme. Sin embargo, siempre he sabido leer entre líneas, y cuando me dijo “Te juro que este caso está hecho para la Sociedad del Misterio” supe que algo de interés debía tener.
Aunque confieso que no me esperaba que tuviera tanto.

—Tenías razón —musité mientras contemplaba el rótulo del establecimiento—. Este caso nos estaba llamando a gritos.

Con una sonrisa de medio lado (de esas capaces de berrear “Te lo dije” desde la otra punta de la habitación sin despegar los labios), Arjona me dio una palmada en el hombro y me invitó a entrar en el sex-shop “La Caja del Porno”.

El lugar se encontraba patas arriba. El escaparate roto, la lencería por los suelos, consoladores y más consoladores de muy diversas formas, colores y (sobre todo) tamaños rodando por las baldosas. La alarma, según me comentó Arjona, había saltado a las tres de la madrugada con la rotura del cristal, pero cuando la policía llegó el asaltante (o los asaltantes) ya se habían dado a la fuga. No sin antes, eso sí, arramblar con todo el mobiliario.

—El dueño, Daniel Inclán —indicó señalando a un hombre de gesto compungido y agitado que hablaba con un par de agentes—. Le sacamos de la cama a las tres de la madrugada cuando saltó la alarma.
—¿Sospechosos?
—Yolanda Ferrán y Chema Pascual. Prostituta y su chulo, drogadictos los dos, de lo mejorcito del barrio. Al parecer ya habían robado alguna cosilla por aquí, y el dueño dice que se la tenían jurada porque él siempre les echaba. Las grabaciones de seguridad los muestran entrando en la tienda, pero sólo es unos segundos porque inmediatamente Pascual se carga la cámara. Ya les estamos buscando para interrogarlos.
—¿Ha notado si falta algo? ¿Dinero de la caja? ¿Género?
—Eso es lo más extraño. Hasta donde ha podido terminar del inventario, no falta nada. Pero claro, paró en cuanto abrió la puerta del almacén, como comprenderás…

Un agente uniformado nos franqueó el paso a la trastienda. La puerta no podía abrirse del todo, porque topaba con un par de voluminosas cajas al otro lado. Pero al cruzar el umbral, la estantería volcada quedaba directamente a la vista.

De debajo de ella, entre las cajas volcadas de pornografía y artículos eróticos, sobresalían una mano y parte de una cabeza.

—Israel Delgado, el socio del dueño —me informó Arjona—. Socio capitalista, por lo general no pisaba la tienda salvo para tratar alguna cuestión monetaria. Al parecer, y según Inclán, a Delgado no le hacía demasiada gracia este negocio… pero lo consideraba rentable, así que invertía en él.
—¿Asesinato? —pregunté.
—De momento lo trataremos como homicidio, pero aún no sé más. Hay señales de pelea, ¿ves?, así que es fácil deducir que había alguien más implicado y cabe suponer que la estantería cayó en el forcejeo. Pero de momento no lo hemos podido confirmar. Pudo haber sido un accidente aislado.
—Mmmhm. ¿Cómo crees que ocurrió?
—Supongo que Delgado vio el escaparate roto, entró para intentar detener al ladrón (o ladrones), pelearon y se cayó la estantería. O se la tiraron, aún no lo tengo claro.
—Debe haber sido un mal golpe —dije golpeándola con el nudillo—. La estantería es robusta, pero no sé yo si podría matar a un hombre. Aunque bueno, no soy forense. ¿Irene lleva el caso?
—No, ¿no te lo dijo? Se ha ido a pasar la Semana Santa con su madre. Está Fábrega sustituyéndola.
—Uff, Fábrega. Malo, esto va a frenar mucho la investigación. No me entiendas mal —agregué, viendo la expresión en el rostro de Arjona—, Fábrega es un gran experto forense y respeto, incluso admiro, su conocimiento y su sabiduría; pero no tiene pulso para hacer bien una autopsia y sus ojos ya no son lo que eran. Va a tardar en tener la autopsia completa, que lo sepas.
—Eso suena a interés, Jack —me dijo con una sonrisa—. ¿Cuento contigo en el caso?
—Lo siento, me encantaría, pero mi vuelo sale dentro de —consulté mi reloj— tres horas y media, y ya sabes que hay que facturar con tiempo. Tengo los billetes, tengo la reserva del hotel, tengo las entradas para el teatro, y lo más importante, tengo a mi señora esperándome al otro lado, así que me temo que esto es inapelable.
—¿¿¿Qué??? —exclamó Arjona—. Pero… pero… ¡Porno!
—Lo sé, viejo amigo, lo sé, y no creas que no me interesa este caso. Sata y yo intentaremos mantenernos en contacto, si podemos, para saber cómo evoluciona la investigación.
—¡Venga ya! ¡Un homicidio, una puta, cajas de porno por todas partes! ¡La víctima muerta por la estantería del porno! ¡No puedes decirme que te vas sin siquiera compartir una opinión conmigo!
—Arjona, amigo mío, claro que te voy a dar una opinión. Dices que fueron dos personas quienes entraron aquí, y las señales de pelea muestran que hubo, efectivamente, dos personas; si contamos entre esas dos a la víctima, nos sobra uno. Yo estudiaría bien esa versión de los hechos antes de darla por buena.
—No puedes irte, Jack, tío. ¡Esto es un trabajo para la Sociedad del Misterio!
—Exacto —repliqué sacando mi móvil—. Lo único que digo es que yo me tengo que ir. Pero Zalaya está de guardia, y ya que algún día le tiene que tocar dirigir su primera investigación… estoy seguro de que le encantará que sea esta.

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