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Apéndice al caso nº 00026: CORRESPONDENCIA OCULTA

Las mañanas empezaban a ser frías. Arjona lo notó al cruzar la puerta de la comisaría para volver a ver el exterior. Pero no se podía decir que le importase mucho. Sintió el aire frío en su rostro, respiró hondo, desentumeció sus articulaciones… y sintió de pronto el cañón de un arma en su nuca.

—¿Creías que te ibas a librar tan fácilmente? —susurró una voz a las espaldas.

En un acto reflejo, Arjona se giró, agarrando el brazo de su asaltante y desviando el cañón. Entonces fue cuando se encontró con mi sonrisa burlona: acababa de ser encañonado con una grapadora.

—Estamos en paz —sonreí.
—¡Jack! —me saludó él con alegría, y me dio un abrazo de buena gana.
—Ahora en serio, ¿cómo has llegado a inspector si eres capaz de creerte que alguien te iba a apuntar con un arma en la puerta de comisaría?
—¿Y yo qué sé? Si hay gente como tú, puede haber asesinos tan gilipollas, ¿o no?

—¿Alguna idea de quién lo hizo? —preguntó.

Yo conducía y Arjona bebía café. Había echado de menos el café, tanto que no se lo pude negar, pero como se le ocurriese volcarlo sobre mi tapicería le iba a volver a encerrar.

—Nada de momento. Sabemos que no fuiste tú. Sabemos que fueron dos personas. Uno de ellos resultó herido en el forcejeo, y el otro tenía conocimientos de cirugía.
—¿Nada más?
—Mendoza les conocía. Hemos sugerido a la policía, a través de tu abogado, que investigue en esa línea.
—Puede que sea una vía muerta. Está más que comprobado que no sabíamos tanto de Mendoza como nos gustaba pensar.
—Ya.
—¿Viste sus papeles, por cierto?
—Qué va, todavía no me he puesto…
—¡Imperdonable! Menos mal que traigo una copia. ¿Te leo?
—Cuenta, cuenta.
—A ver qué te parece. Veinticuatro de Septiembre, 2007: Sigfrido Cornejo, asesor de imagen. Sus clientes eran renombrados criminales, su trabajo había servido de tapadera para muchos. Muerto en un tiroteo.
—¿El asesinato de un criminal?
—Pero espera, espera. Treinta y uno de Diciembre, 2007: Alberto Huesca, ayudante del fiscal, con fama de incorruptible. Su cadáver no apareció hasta el siete de Enero de 2008… partido en dos.
—¿Un criminal y un fiscal?
—¡Y la lista sigue! Veintiséis de Febrero, 2008: Salvador Manero, jefe criminal menor. Intentaba escalar en los bajos fondos a base de ordenar asesinatos. Le echaron de la carretera. Veinticuatro de Junio del mismo año: Raquel Dámaso, abogada, dirigió una operación crucial contra el crimen organizado. Hicieron volar su casa en pedazos. Diecisiete de Septiembre, mismo año: Miguel Huertas, inspector de policía, división de crimen organizado. Corrupto hasta las trancas, había asesinado a varios testigos y entregado a otros a la mafia. Disparo en la frente. Dieciséis de febrero, 2009: Cornelia Urquijo, jueza, especializada en casos de corrupción. Coche bomba. ¿Ves un patrón?
—Cada vez un lado distinto de la ley. Pero con los datos que me das, sería arriesgado suponer que las víctimas tenían algo más en común.
—Los dos abogados trabajaban juntos, pero ya está.
—¿Crees que siempre encubría al mismo asesino?
—No lo sé, Jack… No sé qué pensar.

Asentí, guardándome para mí lo que podía notar con facilidad: que Arjona me ocultaba algo.

—¿Te pasarás por la Sociedad? —pregunté, el motor de mi coche ronroneando en punto muerto junto al piso de Arjona—. Al equipo le hará ilusión ver que estás bien.
—Claro. Pero dame algo de tiempo para estirar las piernas en mi propia casa. Mañana me paso por allí sin falta.
—Tengo tu promesa.
—Y yo la tuya de que, cuando llegue, no estarán todos esperándome en plan pelotón de fusilamiento.
—¡Yo jamás he prometido tal cosa! —repliqué.

Hubo un instante de silencio. Sabía cuál era el tema que Arjona estaba intentando no sacar… y sabía que se nos estaban agotando todos los demás.

—No se lo has dado aún, ¿verdad? —preguntó finalmente.
—No me pareció apropiado.
—Jack…
—No pasa nada. Habrá otra oportunidad.
—Claro que pasa. Era tu gran sorpresa, Jack. Te morías de ganas.
—Habrá otras ocasiones, Arjona, no te preocupes.
—Ahora me siento culpable.
—Y una mierda —sentencié—. Hemos estado dos semanas trabajando a piñón sólo para demostrar que eras inocente, no vas a empezar a sentirte culpable ahora.
—Sabes a qué me refiero. ¿Qué va a pasar con la sorpresa?

Sopesé mis palabras. No, no había ninguna forma de decirlo que no hiciera que Arjona se sintiera peor.

Opté por la franqueza:

—Se pospone —dije—. Indefinidamente.
—En fin —suspiró Arjona—. Oye, no he querido decirte esto antes porque, bueno, ya sabemos cómo son estas cosas y en realidad siempre marean la perdiz más de lo que ayudan. Pero mi abogado encontró algo más entre los papeles de Mendoza.
—¿Qué es?
—Algo que ya le hemos pasado a Asuntos Internos, como comprenderás. Me habría gustado daros la exclusiva, pero no creo que fuese una buena idea. No creo que lo resuelva todo, ni mucho menos, pero…

Sacó un sobre arrugado del bolsillo interior de su chaqueta y me lo ofreció.

—Feliz cumpleaños —dijo—. A ver si podéis sacar algo en claro.

Abrí el sobre. En su interior había una fotocopia de una carta mecanografiada. Naturalmente Arjona había tenido que entregar el original a A. I., pero aún así podía reconocer el estilo:

“Estimado Longshanks;

Sin duda, en respuesta a tu atenta misiva previa, demandando retribuciones por tu silencio, siempre apreciado, en ese papel sudado y colmado de miedo, debo plegarme a ese deseo metálico tuyo.

Mañana en la sobremesa, un Jinete y Serafín acudirán con lo pactado.
Espero que la cantidad se la adecuada y que con ese sello de la confianza, roto ahora, no volvamos a tener contacto. Pues lo que tú sabes, lo sé yo y al acecho está A. I.

Recuerda a San Martín, y no penes.

A. K.”

—Esto… Esto es…
—Como de costumbre, Jack, esto no es nada. No sabemos qué o quién es A. K. en realidad, y aunque parece lógico asumir que la carta iba dirigida a Mendoza no sabemos si Longshanks es él o no. Esto es una pista incompleta que parece apuntar a que vuestro viejo amigo hacía tratos con Mendoza… pero nada más que eso.
—¿Y qué dice A. I.?
—Nada de momento. Ya sabes lo reservados que son, y más hablando con polis. Pero A. I. no son ninguna autoridad en el tema A. K. Vosotros lo sois. Así que pensé que querríais tener el dato.

Se bajó del coche y se despidió de mí con un firme apretón de manos. Me agradeció nuevamente el trabajo que habíamos hecho por sacarlo de allí y, sin mirar atrás, entró en su casa.

Yo tardé unos minutos en volver a poner el coche en marcha. La sombra de A. K. había vuelto a cernirse sobre nosotros… y esta vez había salpicado a Arjona. Y lo peor: como de costumbre, no podíamos demostrar nada.

Esto tenía que terminar. A. K. debía ser desenmascarado.

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Segundo Aniversario – Apéndice al caso nº 00022: EL REGALO DE ARJONA

El mensaje de Arjona era claro: el día, la hora y el canal, acompañados únicamente de las palabras “Feliz cumpleaños”. Así que ahí estábamos todos, pendientes del televisor, con las luces apagadas y las persianas bajadas, con palomitas preparadas y una bañera de grog burbujeando por si acaso. Pero creo que, en el fondo, nadie se terminaba de esperar esto:

»Desde siempre —anunciaba un locutor en off—, el ser humano se ha visto fascinado por esos personajes inteligentes y observadores, capaces de adivinar hasta el más mínimo detalle con solo un vistazo, que ponen su talento al servicio de los demás. Desde clásicos como Sherlock Holmes, Jane Marple, Hercules Poirot o Joseph Rouletabille, hasta figuras más contemporáneas como Jessica Fletcher, el Teniente Colombo, Gil Grissom o incluso el doctor Gregory House —las imágenes de todos ellos desfilaron por la pantalla—. Disfrutamos de sus aventuras de ficción, nos sorprendemos con la aplastante lógica de sus razonamientos y la espectacularidad de sus conclusiones, saboreamos sus historias con el amargo regusto de saber que es difícil encontrarlas en la vida real.

»Pero tal vez no resulta tan difícil. Sólo hay que saber investigar

.

La ya reconocible imagen del Palacio de Congresos nos dio la primera pista de lo que estaba por venir.

»Un congreso internacional de criminalistas. Uno de los asistentes es un asesino, otro será su víctima, y nadie sabe quién matará a quién ni cómo. El reloj corre en contra de la víctima desconocida, le quedan cinco días de vida. Y sin embargo, tres días antes de que se cometa el asesinato, el criminal es descubierto y arrestado. ¿Cómo pudo ocurrir?

»—Yo hice el arresto, sí, y la investigación desde dentro —anuncia Arjona ante las cámaras—; pero sería injusto atribuirme todo el mérito. Recibimos ayuda externa, la inestimable colaboración de una agencia de detectives consultores con los que hemos trabajado ya en muchas ocasiones… Me refiero, por supuesto, a la Sociedad del Misterio.

Y en ese momento aparece en pantalla la huella dactilar con su interrogante entre sus surcos que es nuestro emblema, y sobreimpreso el título del reportaje:

LA SOCIEDAD DEL MISTERIO
EL JUEGO HA EMPEZADO

»Una agencia de detectives consultores —prosigue el locutor ante un plano de nuestro edificio—. Una academia de investigación criminalística. Un centro donde se reúnen todos aquellos que creen que se puede utilizar el cerebro para hacer de este mundo un lugar más seguro. Pero ¿qué es en realidad la Sociedad del Misterio?

»Hace hoy dos años, el investigador jefe Jack Ryder, antiguo colaborador de la Policía —Dios, no me puedo creer que hayan cogido esa foto mía—, fundó la Sociedad del Misterio. El objetivo era muy simple: poner a disposición del público toda la información de un caso a la que se pudiera acceder, para contar con la colaboración ciudadana y desentrañar misterios sin resolver. Siempre dispuestos a ayudar a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, la Sociedad del Misterio abre sus puertas a todo aquél que quiera contribuir a una investigación. Y de momento, se puede decir, están ofreciendo unos resultados más que considerables.

»Más de una veintena de casos resueltos dan fe de la calidad de su trabajo. Asesinos descubiertos y cazados, algunos robos desentrañados, dos secuestrados rescatados, incluso una estafa relacionada con un robo perpetrado hace más de cincuenta años. Criminales desenmascarados gracias a pequeños detalles como la falta de sangre en el cuerpo, un salmón descongelado o, como en este último caso, la alergia de un invitado. Mentes brillantes, razonamientos deductivos, y todo ello puesto al servicio de la comunidad.

»Y siguen creciendo. Cuando la Sociedad del Misterio abrió sus puertas, apenas contaría con una docena de investigadores. A día de hoy ya se han creado tres departamentos de investigación, dirigidos por tres investigadores que han probado ya de sobra su valía: el Profesor Boniatus, el investigador Jnum, y el investigador Zalaya. Además, gracias a las nuevas tecnologías se recibe la participación de investigadores de todo el mundo —Un mapa del mundo iluminado con las visitas que recibe la Sociedad—. Desde España hasta Argentina, pasando por México, Canadá, Estados Unidos, Francia, Alemania, Suecia o Rumanía, la Sociedad del Misterio reúne a los mejores investigadores independientes para resolver las grandes interrogantes de nuestra sociedad.

»Pero ¿qué opina la policía, la fuerza oficial designada para proteger y servir, de la aparición de este fenómeno?

»INSPECTOR VÍCTOR ARJONA
Homicidios

—No es una competición. Nuestro trabajo consiste en garantizar la seguridad de la gente. La Sociedad del Misterio nos ayuda a alcanzar ese objetivo.
—Entonces, ¿no cree usted que entorpezcan sus investigaciones?
—Siempre han respetado mucho el papel de la policía. No intentan pisarnos el terreno, de hecho cuando algo es competencia nuestra nos lo sugieren, en lugar de intentar investigarlo ellos por su cuenta.

»INSPECTOR EVARISTO MENDOZA
Homicidios

—Son unos aficionados. ¿Dejaría usted que le operase del corazón un friki de las series de médicos? Mire, no digo que no hayan tenido suerte y acertado alguna que otra vez; pero por lo general, deberían apartarse y dejar el trabajo de investigación en manos más capacitadas… en nuestras manos, sin ir más lejos.
—Sin embargo, hace poco usted cerró la investigación por la muerte de un asesino a sueldo, y ellos vieron que había algo más en el caso y lograron evitar un segundo asesinato. ¿Qué dice a eso?
—Se acabaron las preguntas.

La Sociedad estalla en risas. Uno a uno, Mendoza, acabamos de empatar.

»Por supuesto no todo han sido triunfos en el currículum de la Sociedad del Misterio. En dos ocasiones hasta la fecha, el investigador jefe Ryder o la Sociedad al completo se han visto convertidos en sospechosos de asesinato… y han logrado demostrar siempre su inocencia con pruebas concluyentes. La segunda de estas ocasiones, que los despertó con la aparición del cuerpo sin vida del doctor Carlos Duarte en sus propias oficinas —la foto de la orla de Carlos Duarte—, es uno de los pocos casos que aún continúan sin resolver. Se sabe quién no lo hizo… pero sólo eso.

»Sin embargo, sería un error ignorar las estadísticas. A día de hoy, la Sociedad del Misterio ha logrado resolver un aplastante noventa y uno por ciento de sus casos. Misterios en los que las últimas palabras de un alemán moribundo parecían incriminar al humilde sacristán de una iglesia de barrio. Enigmas en los que una mano cortada desafía a los detectives a encontrar el resto del cuerpo. Intrigas en las que ancestrales tomos orientales se ven inexplicablemente transmutados en cajas de porno. Todos ellos resueltos, siempre en un máximo de catorce días.

»A veces sólo hace falta saber observar. Estudiantes, ingenieros, artistas, maestros. Tándemes formados por madres e hijos, por parejas sentimentales, demostrando lo útil del trabajo en equipo. Muchas veces la colaboración ciudadana ha ayudado a detener a criminales buscados por la Justicia… y ahora, gracias a la Sociedad del Misterio, sabemos que cualquiera con una mente lo bastante ágil puede descubrir al asesino.

Mientras los títulos de crédito desfilan por la pantalla, mostrándonos los nombres de los periodistas que nos sustituyeron en el Congreso, me repantigo en mi asiento y disfruto de los vítores de mi equipo. Dos años de impecable trabajo de investigación han recibido la recompensa que se merecían. “Bien hecho, damas y caballeros”, pienso para mí, cuando de pronto suena el teléfono.

—Ryder, dígame… —digo tratando de hacerme oír entre el jaleo de la celebración—. ¿Quién? ¡Ah, coño, qué de tiempo! Nada, que nos pillas aquí celebrando nuestro segundo cumpleaños… ¿qué? ¿Mañana? Sí, claro que te puedo ir a buscar, pero… ¿cómo? Oye, te noto… no sé, ¿va todo bien? Sí, sí, por supuesto, cuenta conmigo… ¿a qué hora llega tu avión? Vale, pues allí estaré. ¡Oh, y buen viaje!

Cuelgo. Hacía tiempo que no oía esa voz, y no hará mucho que me quedé con las ganas de reencontrarme con él. Pero estaba serio, preocupado. Podía notarlo en su voz. Incluso casi diría que había algo que le asustaba.

En fin. Es un error teorizar sin pruebas. Al día siguiente nos encontraríamos y me contaría cuál era el problema. Hasta entonces, teníamos una fiesta que celebrar.

Probablemente fue cuando teníamos las luces apagadas. O quizás después, mientras todos estábamos demasiado distraídos con la fiesta como para notarlo. Pero a la mañana siguiente, encontraríamos un pedazo de papel pisoteado demasiadas veces, con sólo dos palabras mecanografiadas: “Feliz Aniversario”.

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Los Archivos de la Sociedad del Misterio: Casos 00011 a 00020.

Veinte casos ya.

Quién lo iba a decir.

Llevamos poco más del año y medio de vida, pero ya hemos conseguido resolver veinte casos. Asesinatos, mayoritariamente, pero ha habido un poco de todo. Y aunque hemos tenido algún que otro varapalo, nuestras victorias siguen superando con creces a nuestras derrotas,

¿Queréis ver cómo hemos ido evolucionando? Los más veteranos recordaréis que ya se hizo un seguimiento de nuestros diez primeros casos; me gusta saber cómo les ha ido a aquellos en cuyas vidas nos hemos cruzado. Ahora que hemos llegado al número 20, creo que no estaría de más hacer una segunda etapa.

¿Qué os parece? ¿Os veis con ganas de saber qué hemos hecho?

Casos nº 00011 y 00012: La escena sin crimen y El crimen sin escena

David Jiménez volvió al centro psiquiátrico El Arca. Tras haber sido secuestrado, torturado, mutilado y enterrado vivo, el pronóstico de su psiquiatra no es demasiado favorable; puede que nunca se recupere del todo. Contra todo pronóstico, Cecilia Ordóñez (ex-cuñada de Jiménez, recordaréis que se trató de un fratricidio) ha comenzado a visitarlo en El Arca. Aún está por ver si esto le beneficiará en algo. Paralelamente a esta historia, conviene recordar que fue aquí donde primero tuvimos conocimiento del doctor Marcos Noriega, que imprudentemente dejó sus huellas en el instrumental quirúrgico empleado para amputar la mano de Jiménez.

Caso nº 00013: El Rabo del Diablo
Jenny Thales (o Vanesa Hurtado) finalizó con éxito el rodaje de “El Rabo del Diablo” (nos envió una copia dedicada). Actualmente vuelve a compartir plató con su compañera “desaparecida” Thathyana en una espectacular superproducción, “Los caballeros las prefieren furcias”. Iba a ser un musical, pero después de un par de meses de ensayos llegaron a la irrefutable conclusión de que no saben cantar. El abogado de Herminio Hinojosa (su admirador) ha conseguido reducirle la condena, así que saldrá en libertad de aquí a una semana. Mantendré un ojo puesto en él, por si vuelve a las andadas, pero parece que ha quedado bastante desencantado con su “musa”. En cuanto al Padre Piña… os sorprendería la cantidad de veces que ese hombre ha intentado aparecer en los medios para condenar esta película.

Caso nº 00014: Desde Prusia con amor

Fue a raíz de este caso que empecé a modificar, varias veces, las medidas de seguridad de nuestras oficinas. La primera vez, sin lugar a dudas, que A. K. nos la ha jugado. La familia de Verónica Salas sigue desolada por la muerte de la joven, pero han decidido aceptar la versión de la policía y creer que Verónica se suicidó. He intentado hablar con ellos, pero no han querido escuchar. Quizás más adelante se sientan más preparados. Aquí nos ganamos un nuevo adversario, el inspector Mendoza, de quien (como ya habéis visto recientemente) aún no hemos oído la última palabra. Seguimos sin saber quién era el misterioso novio de la víctima, pero viendo los pasos que ha seguido el doctor Noriega… no descartaría que fuese A. K.

Caso nº 00015: El último número del Gran Lipari

Enrique Martos, el joven asesino, cumple condena con orgullo. Sigue convencido de que hizo lo correcto. Su hermana, Melanie Roca, no ha vuelto a actuar. No se alegró demasiado de volver a verme, no nos culpa pero no puede evitar que nuestra presencia le traiga malos recuerdos. Álvaro Membrive se está tomando un año sabático para elaborar nuevos trucos mientras intenta encontrar a otro mago que quiera contratarle… pero el rumor de que su último número mató al Gran Lipari, aunque injustificado, genera tanto morbo como desconfianza. Rosalía Casauz ha abandonado el mundo de la magia y ha decidido probar suerte en otro campo… por recomendación mía, ahora trabaja en los vestuarios de “Muerte entre las Sombras”, la nueva ópera de Juan Nicolaides.

Casos nº 00016 y 00017: Escalera al Cielo (Primera y Segunda parte)

Los padres Piña y Froilán siguen oficiando en la parroquia de San Conrado. Piña ha admitido que su sacristán era inocente del asesinato de que se le acusaba, pero no por ello ha empezado a tratarlo mejor. Con todo, el padre Froilán ha decidido agradecer y aprovechar esta segunda oportunidad, y no dejarse derrotar por el temperamento del padre Piña. Loreto de León, la verdadera asesina, se está tomando un tiempo de descanso entre rejas… sabe que no debería sentirse aliviada, pero lo cierto es que, ahora que sabe que su ex-marido no podrá hacerle nada, no puede por menos que respirar tranquila. Con todo, lamenta haber asesinado al detective Radenauer. Se arrepiente, pero dice que no se le ocurría otra solución. A título personal, he empezado a investigar en mis ratos libres el caso de Sebastian Müller, el ex de Loreto de León, a ver si puedo encontrar algo que ayude a la policía alemana; es más un hobby que otra cosa, ya que estoy bastante convencido de que alguien como Müller habrá cubierto perfectamente sus huellas.

Caso nº 00018: Muerte en directo

Con Juani Reyes entre rejas, su hija Bárbara Molina abandonó el estudio. La presión de que sus compañeros supieran que su madre era una asesina pudo con ella. A día de hoy, está negociando con un viejo amigo suyo para montar entre los dos un estudio de fotografía. Paloma Cañizares ha seguido trabajando como azafata en otro programa, pero se ve que haber posado desnuda para Simón Yagüe le desagradaba aún menos de lo que parecía porque hace poco ha sido portada de una revista erótica (cuando hablé con ella me ofreció un ejemplar firmado para nuestro almacén de pruebas). La cadena ha decidido sustituir a Yagüe por un nuevo presentador, también de nombre Simón (para no tener que cambiar el título del programa). El nuevo Simón ha resultado ser un imitador del anterior, y el público lo ha notado, así que la audiencia se está resintiendo.

Caso nº 00019: Un regalo en la oscuridad

Mendoza se sigue regodeando porque no pudimos cerrar este caso. Lo cual, sinceramente, debería darnos igual. Gracias a nuestros avances, Arjona ha logrado elaborar una lista de posibles sospechosos del secuestro de Carlos Duarte en Correos, y probablemente también de su asesinato. Les están siguiendo la pista, tenemos su palabra de que nos avisarán cuando sepan algo. He investigado el apellido Korv, podría estar vinculado con las mafias de Europa del Este, pero de momento no tenemos gran cosa.

Caso nº 00020: El rufián, la furcia y la estantería

Tal y como Zalaya se temía, la fiscalía no ha sido demasiado clemente con Daniel Inclán. Al cargo de homicidio involuntario se han sumado acusaciones por obstrucción a la justicia, calumnias y premeditación. Aún se está discutiendo si se puede admitir este último cargo cuando lo primero que dice la lista es que el homicidio fue involuntario, y la fiscalía y la defensa debaten si declarar ante la policía que se sospechaba de Chema Pascual y de Yolanda Ferrán cuenta como calumnia o como difamación, pero lo cierto es que, salvando las discusiones terminológicas, a Inclán le habría venido mejor confesar desde el principio. En cuanto a la encantadora pareja de sospechosos… bueno, se libraron de ser encerrados por un crimen que no cometieron. Así que ahora ya les han podido encerrar tranquilamente por otros cinco crímenes que sí que han cometido… el allanamiento de la Caja del Porno entre ellos.

Ahí tenéis. La Historia de la Sociedad del Misterio hasta ahora. Como podéis ver, no hemos pasado precisamente inadvertidos… vuestro buen trabajo ha dejado su huella.

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Apéndice al caso nº 00019: TRIUNFOS Y CAÍDAS

La mía era la única mesa de la cafetería que llevaba ocupada desde la hora de su apertura. Creo que, hasta la fecha, ninguna otra reunión con Arjona me había producido tal impaciencia. Su llamada decía que habían logrado hacer avances en el caso Duarte, nuestra más reciente espina clavada… probablemente el único caso en el que todos lamentamos haber recibido un regalo en la oscuridad. Arjona no había querido revelarme en qué consistían dichos avances, pero sí que me había dicho que me iban a resultar interesantes.

Con todo, no era esa la principal razón de mi impaciencia.

—Perdón por el retraso —dijo cuando finalmente se presentó—. Quería dejarlo todo bien atado antes de venir a contártelo… Café solo, gracias. ¿Tú quieres algo?
—Yo ya me he tomado un té.
—Me lo cobra a mí, caballero. Bien, Jack no te quiero tener en vilo más tiempo… teníais razón. Noriega fue quien citó a la víctima en Correos.
—¿Cómo lo habéis verificado?
—Bueno, en parte porque tenemos más recursos y las manos menos atadas de lo que las teníais vosotros… pero en parte también siguiendo vuestros pasos. ¿Recuerdas cómo confirmasteis que Noriega era el hombre de las fotos?
—Enseñando la foto de la orla a la señorita Vivo.
—Decidimos probar suerte en Correos, y tres funcionarios lo identificaron. Al parecer estaba bastante alterado cuando abrió el apartado de correos hace siete meses. Se le puso farruco a una jubilada sólo porque, decía, le miraba demasiado. Por desgracia no estaban demasiado seguros… piensa que hace ya más de medio año de aquello.
—¿Entonces?
—Bueno, ahí es donde entra la baza de nuestros recursos. Sabiendo que existía un motivo razonable para sospechar de la presencia de Noriega en esta historia, ya podíamos seguir investigando más a fondo. La tarjeta del móvil estaba registrada a su nombre, fue comprada en una tienda de telefonía en Marbella hace dos meses. Supongo que por eso quería que Duarte la destruyera después de usarla… ahí hemos tenido suerte… ah, gracias, cóbrese, caballero.

Dio un sorbo a su café antes de volverlo a soltar sobre la mesa. Demasiado caliente. Por alguna razón, a Arjona le gustaba saborearlo recién hecho… pero luego se esperaba a que estuviese más frío para terminar de tomárselo.

—Boniatus lo hace mejor, la verdad sea dicha —sentenció—. En fin. Ahora que sabíamos seguro que Noriega estaba en el ajo, las sospechas sobre vosotros quedan oficialmente disueltas. La postura oficial de la policía es que habéis sido víctimas colaterales. El cadáver apareció en vuestras oficinas, pero no había nada más que os vinculase con él… y la aparición en escena del fugitivo doctor Noriega, su antiguo mentor y quien le condujo a Correos el día de su muerte, le convierten en un sospechoso mucho más plausible.
—¿Crees que lo hizo él?
—No directamente —agregó sacando unas fotografías impresas—. Esto lo tomó la cámara de seguridad de la oficina de Correos. No sabemos quién es, pero definitivamente no es Noriega.

Observé las imágenes mientras Arjona se acababa el café. La calidad era bastante deficiente, pero podía verse con claridad a un hombre grande, musculoso y con la cabeza afeitada, observando a Duarte por encima de su periódico. Las últimas fotos lo mostraban saliendo de Correos justo detrás del doctor. En ningún momento se acercaba a ningún mostrador.

—¿Quién va a Correos para no acercarse a los mostradores? —reflexioné en voz alta.
—Exacto. Ese hombre es, ahora mismo, nuestro sospechoso número uno. Por desgracia no muestra nunca su cara a la cámara con claridad, pero ahora tenemos una descripción.
—¿Un asesino a sueldo?
—Cuando cojamos a Noriega le preguntaremos. Uf, qué tarde… Jack, tío, tengo que irme, mis padres vienen de visita y su avión llega en veinte minutos. Pero tenía que venir a contarte que habíais acertado.
—Se lo comunicaré a mi equipo, Arjona, gracias.
—A vosotros por facilitarnos el trabajo.

Se levantó de la silla, me estrechó la mano con una sonrisa y se dio la vuelta.

—¡Arjona! —le llamé.
—Dime.
—¿Tienes intención de explicarme esto —pregunté poniendo un ejemplar del periódico de hoy sobre la mesa—, o prefieres que me lo invente?

Los ojos de mi amigo se clavaron en el titular que había subrayado con rotulador. “LA SOCIEDAD DEL MISTERIO ES APARTADA DE UN CASO. Fuentes policiales declaran que su vinculación con el crimen puede haber puesto la investigación en peligro”. Su mirada se apagó un poco, pero no mostró sorpresa alguna.

—Aquí los dos somos detectives, Jack —me dijo—. ¿Tú qué crees que ha pasado?
—Mendoza.
—Pues ahí lo tienes. Ni siquiera él piensa que lo hicierais vosotros… pero os tiene atravesados desde lo de Verónica Salas. Puedo hablar con el comisario si quieres para que le…
—Tranquilo, sois compañeros, no te voy a pedir que lo traiciones, te la jugarías demasiado. Sólo quería saber si había sido él.

Nos despedimos. Arjona salió de la cafetería sin dejar de mirar el reloj. Yo no podía apartar los ojos del periódico.

Mala prensa. Ya nos iba tocando, supongo; y creo que, en el fondo, sabía desde el principio que encontrarnos con el cadáver en nuestro propio territorio no podía traer nada bueno. Pero saber que venía de un policía incompetente al que nosotros mismos habíamos puesto en tela de juicio… Podía aceptar la mala prensa cuando era completamente merecida, pero aquello olía a venganza.

Y por supuesto, estaba el otro detalle que no le había contado a Arjona. Quizás cuando lo pillara con más calma, pero antes necesitaba saber si la policía, en general, confiaba aún en nosotros.

Saqué del bolsillo de mi gabardina el sobre que nos había llegado hoy en el correo. Un sobre con un remitente identificado sólo con dos letras, sin dirección. Un sobre que Jnum ya había procesado a conciencia, al igual que su contenido, sin ningún éxito. Extraje la carta de su interior y la leí una vez más:

“No está mal señores. Y señoras. Interesantes aportes los que han hecho. Tendrán más noticias mías. Sin duda lo que ocurrió a este joven médico fue trágico, desde luego. E innecesario en principio. Pero todo el mundo es responsable de lo que hace. El “yo no quería”, el “si lo hubiera sabido” no vale. No es justo. Pero dejémonos de éticas y retóricas.
Una pena que les hayan sacado del caso. Señores, a más ver.

A.K.”

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Caso nº 00019: UN REGALO EN LA OSCURIDAD (CERRADO)

La figura se desplazó dándole la espalda a las cámaras de seguridad. Era alto, voluminoso. Había abierto la puerta, y la alarma no sonó. Ni la normal ni la silenciosa. Se adelantó hasta el ordenador de seguridad, introdujo un disco en la unidad y las cámaras se apagaron.
Cuando se volvieron a conectar, una figura yacía en el suelo, desmadejada. Un cadáver en las oficinas de la Sociedad del Misterio.

El teléfono sonó a las seis cuarenta y cinco de la mañana. La mano tanteó, tiró un botellín de agua, aporreó la lamparilla hasta dar con el puñetero inalámbrico. Estaba al lado de un libro de criminología.
Ryder contestó.
—Mfffgl… ehem… Ryder… ¿Quién es?

Quince minutos después se había personado en la entrada de la Sociedad del Misterio.
Matilde López, señora de la limpieza que trabajaba para una empresa contratada por la Sociedad fue la que descubrió el cadáver, que, tirado, se hallaba en la misma entrada de las oficinas.
Ryder, quieto y con la mano en el mentón, analizó lo que veía, a saber:
1.- Un cadáver en la entrada de la Sociedad del Misterio.
2.- No había manchas de sangre ni arma homicida a la vista.
3.- Había una nota en el tablón de los anuncios.
4.- La nota sólo tenía en el exterior dos letras. A. K.
Rezaba lo siguiente:

“Siento despertarle, doctor, pero tenía algo entre manos y no sabía donde dejarlo. Confío en que aquí esté a resguardo, ya sabe, hay muchos carroñeros sueltos.
No lo he hecho por animadversión ninguna hacia ustedes. No quiero decirles mucho más, pero les diré que son los únicos en los que confiaría un asunto de ésta índole.
Atentamente:

A. K.

P.D: Dígale a Boniatus, de mi parte, que el café es excelente. Le alabo el gusto.”

Ryder llamó a la policía y a la plana mayor de la Sociedad: Tenía un cadáver en sus oficinas y había mucho que hacer…

Tan pronto como el juez de instrucción lo ordenó, la doctora Irene “Watson” Garzón se encargó de levantar el cadáver. El detective Ryder le dedicó una mirada de despedida mientras su rostro desaparecía en una bolsa para cadáveres. Por el momento sólo habían conseguido su identidad: Carlos Duarte de la Torre, 40 años recién cumplidos, cirujano. Aparte de eso, nada más.
-Esto va a ser complicado, Jack -dijo la forense.
-Lo sé, mi equipo y yo nos pondremos a trabajar en cuanto…
-No, no me has entendido. Quiero decir que me huele a encerrona.
-Encontraremos a ese asesino, tranquila.
-No deberíais hacerlo.
-¿Perdona?
-Deberíais dejar este caso en manos de la policía.
-¡Irene! ¡Por si no te has dado cuenta, nos han dejado un cadáver en casa!
-Lo sé.
-¿Te das cuenta de cómo nos hace quedar eso?
-Como los principales sospechosos. Por eso la policía no se mostrará muy abierta a colaborar.
-¡Exacto! Y por eso tenemos que encontrar al asesino. Es la única forma de demostrar nuestra inocencia.
-¿Recuerdas lo que decía papá en estos casos?
Ryder suspiró.
-Piensa en ajedrez -continuó la doctora-. Si A. K. es la mente criminal que me has dicho que es, cada jugada tiene que estar ensayada para obligarte a reaccionar. Y como tú mismo has dicho, encontrar al asesino es lo único que demostraría vuestra inocencia… así que eso tiene que ser lo que quiere que hagáis.
-¡Pero…!
-Ya os pilló la última vez, ¿recuerdas? No puedes entrar en su juego. No si no quieres que se vuelva a salir con la suya.
El detective cayó derrotado sobre su silla.
-Arjona y yo nos ocuparemos de que esto se haga bien -añadió la doctora Garzón-. Vosotros nos habéis ayudado con un montón de casos… deja que ahora ayudemos nosotros.
-¿Me avisarás cuando determines la causa de la muerte?
Esa fue toda la respuesta que la doctora recibió. El detective Ryder estaba sumido en sus propios pensamientos, atrapado por ellos y sin ninguna intención de escapar.

La forense se despidió y salió del despacho. En la puerta se cruzó con el Profesor Boniatus, que la saludó cordialmente y pasó a hablar con el jefe.
-No he podido evitar escuchar la conversación. ¿Entonces vamos a hacerle caso? ¿Nos vamos a mantener fuera de la investigación?
-Sí y no, respectivamente -respondió Ryder con media sonrisa-. Irene tiene razón, es una encerrona, y ya hemos pasado por eso y no nos gustó la primera vez; pero… ¿qué consigue A. K. con que nos pongamos a perseguir al asesino?
-¿Que nos acusen de obstrucción a la justicia?
-No, eso sería “qué gana”. Pero lo que consigue es distraernos del resto de las piezas de este caso.
-¿Qué resto de…?
-Averigua dónde estaba la consulta de la víctima. No menciones el asesinato. Vamos a seguir ese cabo, vamos a averiguar quién era Carlos Duarte para A. K. y por qué le quería muerto.

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Apéndice al caso nº 00014: REVERENCIA Y SALUDO

Llegué con determinación a nuestras oficinas, dispuesto a preparar la sorpresa del miércoles. Seguía siendo nuestro aniversario, seguíamos habiendo resuelto el caso, no debía haber lugar para el derrotismo en la Sociedad del Misterio. Mis hombres y mujeres necesitaban, y se merecían, mantener sus mentes ocupadas y sus espíritus arriba. Necesitaban nuevos desafíos.

Abrí el cajón de mi escritorio, en el que guardaba los documentos que necesitaría para el miércoles. Y el corazón me dio un vuelco.

—¡Jnum! —llamé.

Mientras nuestro jefe de departamento corría hacia mi despacho con una bolsa de pruebas y unos guantes (ya había aprendido a reconocer ese tono en mi voz), me pregunté cómo había podido llegar eso ahí. Mi cajón estaba cerrado con llave… quise pensar que podían haberlo deslizado por la rendija, y hasta que no tuviera pruebas de que alguien hubiera duplicado mi llave, esa sería la hipótesis de trabajo (por ser la explicación más sencilla).

—¿Qué tenemos? —preguntó Jnum.
—Otra nota —dije—. Parece impresa con tóner, no creo que podamos rastrearla pero busca lo que puedas.
—¿Aviso al resto de la Sociedad?
—Saca una fotocopia, cuélgala en el corcho y procesa y guarda el original. Y luego quiero que le eches un vistazo a esta cerradura.

Sabía de sobra que no encontraríamos nada. Nuestro ya clásico remitente se aseguraba siempre de ello. Pero no por ello iba a dejar de intentarlo.

Jnum procesó la nota con toda la minuciosidad de que era capaz. El papel era corriente, se podía comprar en cualquier sitio; no había huellas dactilares ni ADN por ninguna parte. En cuanto a la cerradura, no parecía haber sido manipulada ni presentaba residuos anómalos.

Así que colgamos la fotocopia en el tablero. Esa es la nota que ahora podéis leer:

Mis muy admirados detectives:

No está mal, aunque esperaba más agilidad por vuestra parte. De todas maneras, la verdad está a vuestro alcance, o lo estará. Por ahora nos despedimos, pero nos veremos en breve: os estoy observando.

Terrible lo de esa joven. Y muy triste.

Un saludo, pero de esgrima.

A.K.

P.D: Por cierto, a la cafetera hay que cambiarle el filtro.

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Caso nº 00014: DESDE PRUSIA CON AMOR (CERRADO)

La Sociedad del Misterio no había abierto aún ese día. El zumbido de los ordenadores y equipos era lo único que se dejaba escuchar.

Poco a poco la vida retornó a tomar pulso en los pasillos y despachos. Jack Ryder, investigador jefe, fue el segundo en llegar. Cruzó el pasillo tras encender todas las luces y se dirigió al despacho con el correo en la mano. Al poco el Profesor Boniatus llegó con una taza-termo y fue a ver directamente a Ryder. Jnum entró como una bala, periódico en mano y se dirigió igualmente al despacho de Ryder donde éste conversaba con Boniatus.

A las 10:13 minutos Ryder se incorporó de súbito y salió sin dar explicaciones hasta el panel de corcho donde los miembros de la sociedad se dejaban notas, se colgaban los memorándums, invitaciones y esas cosas.

Sacó de uno de sus bolsillos un guante de látex y cogió una nota. Con un gesto le indicó a Boniatus que trajera una bolsa de pruebas.

Con grueso rotulador negro de alcohol habían escrito:

Tercer cajón, archivador azul de su despacho, señor Ryder.

Efectivamente en el cajón había algo: un pequeño dossier, fotografías y una llave. Tras investigar un poco, Ryder descubrió que se trataba de la escena de un crimen. Pero lo que realmente le inquietó fue el post-it adherido a la cubierta del dossier, con las palabras “Feliz aniversario” mecanografiadas.

— o —

Tras ponerse en contacto con la policía, ésta le remitió al oficial que se hacía cargo de la investigación, Evaristo Mendoza, un leonés de unos cincuenta años, con un grueso bigote blanco y ojillos de ratón.

—La víctima por la que usted pregunta, señor Ryder se llamaba Verónica Salas, hija de una acaudalada familia de empresarios catalanes. Estudió —aspavienta unos papelazos, hasta coger uno de ellos—… Bioquímica, licenciada Cum Laude. Trabajó un tiempo para una empresa de desarrollo de prótesis de cirugía plástica. Allí conoció a un doctor que la reclutó para su equipo, pero lo dejó a los seis meses.

»Hasta la fecha de su muerte trabajó en una empresa química dedicada al desarrollo de tintes. Ahora viene lo curioso. Esta muchacha trabajando en un lugar repleto de productos tóxicos muere en su casa por intoxicación cianhídrica superaguda. O sea, cianuro, de lo más clásico. Muerte en unos dos o tres minutos.

»Barajamos la hipótesis del suicidio en primera instancia. No tenía problemas con el trabajo ni sus compañeros, pero sabemos que arrastraba unos serios problemas personales de índole más profunda: hacía un año había interpuesto una demanda por acoso sexual contra su anterior jefe que fue desestimada. Hace cosa de un mes el caso se retomó, después de un carpetazo de seis meses.

»Necesitó atención psiquiátrica después del acoso sexual, y posteriormente sufrió una leve depresión. Se incorporó a su nuevo puesto de trabajo perfectamente, pero los compañeros dicen que la veían distante, huidiza y fría. Nunca hablaba con nadie ni se relacionaba.

»El portero de su bloque afirma que tenía novio, si bien no pudo darnos una descripción útil. Se escucharon gritos en su apartamento dos días antes de su muerte y un fuerte portazo. Hecho una furia, dice el portero, que se fue el novio, calándose el sombrero. Y dos días después, muerta.

»Encontramos una poma de ácido prúsico, cianuro, en la mesita de café del salón. Una pena. Era hermosa la chavala.

El viejo policía le tiende a Ryder una carpeta con el archivo del caso y se despide de él cordialmente.

Boniatus le espera en el coche.

—¿Qué tal ha ido? —pregunta.
—Mucha información que no nos dice nada y mucha colaboración sobre un caso caliente en el que nadie investiga en condiciones. Demasiados cabos sueltos para mi gusto.
—¿Pero tenemos algo?
—Indicios de que podría ser un suicidio. Es difícil envenenarse con ácido cianhídrico sin darse cuenta, el olor del cianuro es demasiado característico, y más cuando trabajas habitualmente con él. La ausencia de nota de suicidio es algo contradictoria, pero no todos los suicidas se despiden.
—Entonces… ¿aceptamos el caso o no?

Ryder ojeaba distraído las fotos del expediente cuando se topó con una de la cocina. Nevera abierta. Bolsas de la compra sobre la encimera. Armarios de cocina abiertos.

—Creo que vamos a echarle un vistazo —respondió—. Sé que no es concluyente, pero ¿quién se suicida dejando la compra a medio colocar?

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