Archivo mensual: diciembre 2010

MARATÓN DEL MISTERIO – Etapa 3 – Caso nº 00029: EL LADRÓN DESAPARECIDO (CLAUSURADO)

El amanecer traía consigo un viento helado que se agarraba a nuestros huesos en un abrazo cruel. La mañana se había despertado triste y lluviosa, como si el sol hubiera decidido que no merecíamos verle hoy.

Pese a todo, sabíamos que el recibimiento que nos esperaba iba a ser mucho, muchísimo más frío.

Jack, Zalaya y yo respiramos hondo al unísono, sin ensayarlo, preparándonos para lo que estaba por venir, y avanzamos hacia la escalinata de entrada. Una escalinata que, por suerte o por desgracia, conocíamos demasiado bien.

—¡No! —tronó una voz desde lo alto—. ¡Ni hablar! ¡Me niego en redondo! ¡Ustedes no pueden entrar aquí!

—¿De verdad tenemos que hacer esto? —pregunte con un hilillo de voz.

—Es la única pista que tenemos para encontrar a Martínez —respondió Jack entre dientes.

Suspire. Tenía razón. Martínez robó algo de nuestras oficinas y algo de las de Carlos Ashmoor. La única relación entre ambas víctimas era el caso Ruby… y la información robada a Ashmoor hacía referencia a una fundación pro-vida dispuesta a reabrir ese caso una vez más. Cada robo nos había conducido hasta el siguiente escenario, era lo único que teníamos.

La gran putada es que el promotor de dicha fundación no era otro que el padre Benito Piña.

El sacerdote descendió las escaleras de la Parroquia de San Conrado hecho un basilisco, su calva cabeza encendida en un tono rojo brillante y perlada de un sudor impropio para el clima que estábamos padeciendo. Detrás de él, asomándose atropelladamente por la puerta de la iglesia, su sacristán, el Padre Froilán, hacía tímidos amagos de detener al párroco. Pero incluso habiendo tratado pocas veces con él, nosotros ya habíamos aprendido que nada ni nadie detenía al Padre Piña.

—¡La última vez que les dejé entrar, pusieron mi parroquia patas arriba! ¡Detuvieron a una de mis feligresas! ¡Desbarataron todo mi mercadillo benéfico!

—Su feligresa era una asesina, padre, como bien recordará.

—¡La vez anterior, defendieron la blasfemia y la indecencia más indefendibles!

—Tratábamos de impedir un asesinato. Que éste fuese a producirse durante el rodaje de una película porno era irrelevante.

—¡Y la vez anterior a esa, cuestionaron mi buen juicio a la hora de dar o no sepultura a un suicida, por el amor de Dios!

—No fue su juicio lo que se puso en duda, sino la causa de la muerte.

—¡Son ustedes el mal encarnado! ¡Son personas non-gratas en esta Casa de Dios!

—Padre, debo protestar —terció el padre Froilán—. Usted mismo lo ha dicho, ésta es la Casa de Dios. No nos corresponde a nosotros cerrarle a nadie sus puertas.

—¿Pero qué se ha creído? ¡Esta es mi parroquia! ¡Estos hombres son unos sucios degenerados y entrometidos! ¡Y usted ya no es digno de mi confianza, se lo recuerdo!

—Mateo, siete uno —replicó el sacristán visiblemente hastiado del comportamiento del párroco.

Sorprendentemente, estas palabras consiguieron lo que nadie creía posible: callar a Benito Piña.

—Les ruego disculpen esta escena —se excusó el Padre Froilán—. ¿A qué debemos esta visita?

Saliendo del estupor que aún tenía atrapados a Zalaya y a Jack, recobre la compostura y avance un paso.

—Sí, perdone, no queremos molestar, pero estamos investigando una serie de robos y el nombre de la Fundación Pro-Vida San Conrado ha salido a relucir durante nuestra investigación.

—¿Somos sospechosos? —preguntó el párroco.

—Oh, no, sabemos quién fue el ladrón. Sólo intentamos seguirle la pista, y parece que ese hombre estaba especialmente interesado en la fundación que dirige el Padre Piña.

—Es una fundación legítima —puntualizó el párroco—. Defendemos el divino derecho de todo ser humano a la vida. La pena de muerte es una abominación a los ojos de Dios.

—No cuestionamos eso. ¿Pero tienen algún enemigo?

Los sacerdotes intercambiaron una mirada algo confusa.

—¿Quién iba a tener algo contra nosotros? —preguntó el sacristán.

—¡Somos hombres de Dios! —añadió el párroco—. ¡No hacemos daño a nadie!

—Con el debido respeto, quisieron negar la sepultura a una víctima de asesinato tomándolo por un suicida.

—¿Ve? —protestó Piña a su sacristán—. ¿Qué dice su Mateo ahora, eh?

—“Te lo advertí”, creo, ¿por?

El padre Piña contuvo sus palabras una vez más. Se volvió nuevamente hacia nosotros.

—Está bien. Pueden preguntar lo que quieran, y pueden echar un vistazo. Pero esto sigue siendo una Iglesia, aquí sigue viniendo gente a rezar, y no toleraré que perturben la paz de esta parroquia. Así que adelante; pero espero que se den prisa en comprender que no tenemos nada que ver con su investigación.

—Cinco días, padre, es lo único que necesitamos —dije—. Mi compañero Zalaya se encargará de hacerles algunas preguntas, y si no tienen inconveniente, el jefe Ryder echará un vistazo por su parroquia.

—Cinco días —repitió Piña—. Ni uno más.

Estreche la mano del padre Piña para dar el acuerdo por cerrado y nos apartamos de los sacerdotes para deliberar.

—¿Podrás encargarte? —Pregunto Jack.

—No es el primer caso que dirijo, y tenemos al padre Froilán en nuestro bando. No será tan difícil. ¿Tú tendrás algún problema con la escena?

—La única dificultad estará en qué considere Piña que es “perturbar la paz de la parroquia”. Pero tranquilo, sabré arreglármelas.

—Recordad el SMS —puntualizó Zalaya—. No estamos buscando sólo pistas del paradero de Martínez… también tenemos que averiguar quién nos mandó ese mensaje y qué quería decir.

—Cada cosa a su tiempo, pero sí, deberíamos estar pendientes. ¿Todos listos?

—Listo —replicó Zalaya.

—Listo —Asentí.

—Muy bien. Profesor, el caso es tuyo.

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