Archivo mensual: agosto 2010

Caso nº 00025: UN EQUIPAJE INESPERADO (CERRADO)

La habitación de paredes blancas se encontraba en un silencio sólo interrumpido por los rítmicos pitidos de un electrocardiógrafo. Ni nuestro nuevo cliente ni yo nos atrevíamos a articular palabra alguna. La pequeña niña de cinco años que descansaba en aquella cama llevaba ya más de una semana sin despertar.

Rodolfo Dantés, el abogado de la familia de la niña, me pidió que saliéramos al pasillo para hablar. Pude apreciar que estaba verdaderamente afectado por la tragedia.

—No debió pasar. Simón… mi cliente… se desvive por la pequeña Andrea. Estoy seguro de que él conducía con todo el cuidado del mundo.
—Los accidentes ocurren, señor Dantés. ¿Cómo fue?
—Simón metió a la niña en el coche cuando ya estaba dormida. Quería darle una sorpresa, la llevaba a Port Aventura. La niña duerme como un tronco, así que se habría despertado ya allí.
—Bonito detalle. ¿Qué ocurrió entonces?
—Un camión se salió de su carril. Simón intentó esquivarlo, perdió el control del coche y volcaron.
—Entiendo. Pero los accidentes no entran en nuestra jurisdicción, señor Dantés… usted nos ha llamado por otra cosa, ¿no es así?

El letrado suspiró y sacó una fotografía de su maletín. Se aseguró de que no hubiese gente cerca antes de mostrármela.

—La ambulancia llegó relativamente pronto, recogió a mi cliente y a su hija y los llevó al hospital, donde fueron debidamente atendidos. El problema vino cuando la grúa recogió el coche… y encontraron esto en el maletero.

Cogí la foto de su mano y se me heló la sangre en las venas. En toda esta historia, sinceramente, no me encajaba esa pieza… pero ahí estaba: un hombre joven, de unos treinta y pocos años, muerto por una herida de bala en la cabeza.

—Imposible que esto ocurriera durante el accidente.
—En cuanto Simón despertó, la policía le comunicó que estaba detenido como principal sospechoso del asesinato. Y no puedo culparlos, es comprensible que sospechen del propietario de la escena del crimen… pero mi cliente no pudo hacerlo, estoy seguro.
—Usted es un abogado competente —dije, demostrando que me había documentado sobre él antes de acceder a verlo—. Seguro que podrá demostrar su inocencia…
—No lo entiende. Simón es hijo único, huérfano y viudo. Andrea sólo le tiene a él. Cuando despierte del coma necesita tener a su padre cerca… y sólo Dios sabe cuánto podría alargarse el juicio antes de que pueda exonerarlo. Necesito ayuda externa, señor Ryder.

—¿Opinión? —pregunté.

Estaba de vuelta en la oficina, acompañado por nuestro cliente y por Zalaya. El abogado sostenía entre sus manos nerviosas una taza de mi mejor té de cacao, coco y vainilla.

—Habría que llamar a Boniatus —comentó Zalaya—. No querrá perderse esto…
—El profesor se ha ganado unas vacaciones, y se merece disfrutar de ellas sin interrupción. Además, dentro de lo malo, en este caso en concreto su departamento quizás iba a tener muy poco trabajo.
—Hm, cierto, es una ECM, no lo había pensado.
—¿ECM? —preguntó el abogado.
—Escena del Crimen Móvil —explicó Zalaya.
—Exacto. Sabemos dónde se encontró el cadáver, pero no dónde lo mataron. En estas fotos no se aprecia que haya apenas sangre en el maletero, y las heridas de bala en la cabeza tienen la mala costumbre de sangrar.
—¿Y entonces? ¿No tienen con qué trabajar?
—Yo no he dicho eso, pero necesitaría saber dónde buscar. Podemos empezar por el coche, pero ayudaría tener alguna idea aproximada de dónde más ha estado y de quién ha tenido acceso a él.
—Si me disculpan, voy a llamar a mi pasante para que me consiga esa lista —terció el abogado.
—Por supuesto. ¿Tú cómo lo ves, Zalaya?
—Coincido, necesitamos saber quién ha usado o tenido a mano ese coche. Pero no creo que debamos descartar que realmente el señor… ¿Cómo ha dicho que se llama su cliente?
—Simón Cañizares— replicó Dantés cubriendo el teléfono, y volvió a su llamada.
—Simón Cañizares. Que el señor Simón Cañizares estuviese deliberadamente trasladando un cadáver en su maletero hacia Port Aventura.
—A estas alturas yo ya no descarto nada —apunté—, pero ¿quién lleva un muerto al parque de atracciones con su hija de cinco años en el coche?
—Yo no, desde luego. Pero no digo que sea lógico, sino que no deja de ser posible. Acuérdate del Exiliado y de lo inocente que parecía.
—Hay una complicación añadida… he hablado con Irene, ha conseguido echarle un ojo al informe de la autopsia. Y hay algo que no termina de encajar… El cuerpo se ha empezado a descomponer a lo bestia durante el traslado. A día de hoy es imposible determinar exactamente cuándo se cometió el crimen.
—¿Cómo ha ocurrido eso? —inquirió Zalaya.
—Lo está investigando para nosotros, pero lo que sí que es cierto es que nos echa por tierra cualquier intento de cronología. Sabemos que ese cadáver se introdujo en ese maletero antes del accidente, pero no sabemos cuándo ni en qué momento lo mataron.
—¿Lo que quiere decir?
—Que aunque sepamos quién accedió cuándo al coche, no podremos relacionar eso con la fecha de la muerte. Necesitaremos algo más para descubrir quién lo hizo.

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Interludio: LAS REDES DEL MISTERIO

—¡Sabes de sobra que eso es imposible! —protestaba al teléfono cuando se abrió la puerta de mi despacho—. ¡Necesito más tiempo!

Levanté la mirada del escritorio y vi a Zalaya en la puerta. Y aunque era imposible que estuviese oyendo la voz al otro lado del teléfono… en cierto modo, sabía que estaba siguiendo la conversación.

—Ya hablaremos —dije, y colgué.
—¿Interrumpo? —preguntó Zalaya.
—Dejémoslo en que me salvas la vida un rato. ¿Qué pasa, Zalaya?

Mi jefe de departamento de Declaraciones y Testimonios tomó asiento frente a mi escritorio. Dedicó un rápido escrutinio a mi despacho, bastante más rápido de lo que esperaba, bastante menos discreto de lo que pensaba él.

—Jack, seré sincero. Nos tienes algo preocupados.
—¿Por?
—Hace meses que no aceptamos ningún caso.
—Hace meses que la policía no nos ha necesitado —dije con un cierto deje de rencor en mi voz, lo bastante obvio como para verme obligado a rectificar—. Mira, Arjona no se ha encontrado con demasiadas dificultades últimamente, y cuando ha surgido algo, según me dicen, Mendoza ha metido la mano para mantenernos lejos. No aceptamos casos porque no nos llegan.
—El caso es que, últimamente, tampoco se te ve por aquí con demasiada frecuencia…
—Tengo… tengo cosas de las que ocuparme.
—Ya, lo he visto —dijo depositando sobre mi escritorio una captura de pantalla impresa.

Eché un vistazo.

—¿Y?
—¿Quién es Mycroft y por qué dirige nuestra página de Facebook?

Suspiré. Entonces algo en la pantalla de mi ordenador captó mi atención.

—Cuando fundé la Sociedad del Misterio —dije con aire distraído mientras hacía clic—, intenté reclutar a Watson. Me dijo que estaba demasiado ocupado por entonces. Un mes después le vi morir.
—Lo recuerdo.
—Lo recuerdas pero no lo sabes. Porque Watson no fue el único caso. Mycroft es un viejo amigo, lo bastante inteligente como para formar parte de la Sociedad y lo bastante ocupado como para quedarse fuera. Hace tiempo que quiero reclutarlo y siempre ha tenido que rechazar mi oferta.
—¿Qué ha cambiado ahora?
—Facebook. Cuando Mycroft supo que íbamos a abrirnos una página, me dijo que ese era un trabajo para el que sí que se veía lo bastante disponible.
—¿Y cómo es que te ha dado ahora por el Facebook? ¿Y pretendes que me crea que una página de Facebook que ni siquiera diriges tú es lo que te ha mantenido tan ocupado?

No respondí. Mis ojos bailaban rápidamente por la pantalla, al principio entrecerrados con interés, cada vez más encendidos.

—¿Jack?

Hice clic en un punto concreto de la pantalla, y comencé a escribir a toda velocidad.

—El Profesor ya está de vacaciones, ¿verdad? —pregunté.
—Jack, ¿me estás escuchando?
—La Sociedad del Misterio no es una agencia de detectives, Zalaya. Es una comunidad. Un punto de encuentro para mentes inquietas, para personas que quieren hacer algo productivo con su cerebro y ayudar a la comunidad. Facebook es una de las redes sociales más grandes del mundo, así que se ajusta perfectamente a nuestras necesidades. Llevo más de un año pensando en esto, y Mycroft me ha dado el empujón que me faltaba. A tu segunda pregunta diré “No”, y de momento es todo lo que voy a decir. Y necesito saber si Boniatus está operativo o no y, sobre todo, cuánto café ha dejado preparado para emergencias.
—¿A qué diablos viene…? —comenzó a protestar Zalaya, pero entonces lo comprendió.
—Así es, muchacho —asentí con media sonrisa.
—¿Para cuándo? —quiso saber.
—Bueno, el fin de semana le viene fatal, así que… para el lunes.
—¿Oficial o particular?
—Particular esta vez. A ver si nos sale mejor que lo del Exiliado.
—¿Lo anunciamos ya al equipo?

Me levanté con una sonrisa de oreja a oreja.

—Voy a colgarlo ahora mismo en el tablón —proclamé—. Nuestra gente se merece saber que el próximo lunes tenemos un caso.

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