Archivo de la categoría: robo

SEXTO ANIVERSARIO: CONTRARRELOJ – Caso nº 00036: UNA NOCHE EN LA ÓPERA

—Es una situación poco ortodoxa —dije—. Quiero decir, lo correcto en este caso sería recurrir a las autoridades…

—No, eso sólo lo haría público —respondió Violeta—. Y eso no ayudaría a nadie, y definitivamente alertaría al ladrón. Entiéndame, señor Ryder… No sabía a quién acudir.

Casi seis años después de nuestro primer encuentro, Violeta Sanpedro (33 años, comprometida, soprano) había madurado mucho. Por aquél entonces era una joven promesa del bel canto, con voz y talento pero sin porte ni presencia, que compareció ante nosotros como testigo y sospechosa de la muerte de su compañero de escena el tenor Jorge Brezo. Ahora tenía ante mí a una diva y una dama.

—¿Y por qué nosotros? —quise saber.

—Ustedes… Cuando el pobre Jorge murió, no se limitaron a encontrar a su asesino. Después de aquello se siguieron interesando por nosotros, por saber cómo íbamos a seguir con nuestras vidas. El señor Nicolaides y yo siempre comentamos lo mucho que valoramos eso.

—Está bien. Vuélvamelo a contar, desde el principio, y no omita ningún detalle.

Violeta, con actitud serena y profesional, llenó de aire sus pulmones y comenzó su relato.

—Como sabe, el señor Nicolaides ha estrenado por fin su gran ópera, “Tetragrammaton”, basada en los estudios del historiador Glasseus Phillips sobre el pueblo judío. La obra narra la vida de los judíos en Ur hasta la huida de Abraham, luego su papel en la historia de la Venecia del siglo XVI, para finalmente contar la actual diatriba de un joven soldado israelí que tiene como mejor amigo a un palestino.

—Algo he leído, sí.

—Bien. Es una tradición en la ópera no utilizar joyas auténticas, trae mala suerte; pero esta vez, la firma de joyeros Logtier ha patrocinado todos los gastos de la obra con una única condición: que se vistieran sus joyas tanto en la propia obra como fuera de ella, en las fiestas post-representación.

»Como soprano principal de la obra, me corresponde a mí vestir un collar de perlas cultivadas, “Las Lágrimas de Shiraz”, creada especialmente para esta obra. Durante los ensayos usamos una réplica de bisutería, para evitar dañar la original. Siempre se usan réplicas de primera calidad, con el mismo peso, tacto y brillo, y en general esta réplica cumplía todos esos requisitos. Sin embargo, le diré que en la primera representación que hicimos con la original, el director quedó impresionado con mi interpretación, nunca me había visto cantar así. Empezó a circular el rumor de que el collar auténtico dotaba a la voz de una magia capaz de conmover sin esfuerzo.

—¿Y usted qué cree?

—Yo soy una mujer con los pies en la tierra, señor Ryder. El broche de la réplica de bisutería es mucho más basto que el del collar original y me resultaba incómodo, por eso en los ensayos lo hacía peor: estaba distraída.

»Bien. Como ya sabrá, “Tetragrammaton” lleva cinco días de representación, esta noche será la sexta y penúltima. Pero en la representación de anoche, ocurrió algo que no debería haber ocurrido. Durante un cambio de escena, cerca del final del primer acto, fui a mi camerino a cambiarme de vestuario y a que me retocasen el maquillaje. Pero cuando volví a salir a escena… estaba incómoda.

—El collar —deduje—. El cierre volvía a ser más tosco.

—La crítica ha dicho de mi representación que he perdido todo el empuje antes del final del segundo acto, que parecía como distraída. ¿Pero cómo no iba a estarlo? ¡Se había cometido un robo entre bambalinas!

—¿Quién más lo sabe?

—Sólo los Talleirand.

—¿Los Talleirand?

—La familia que lleva la firma de joyas Logtier. Tenía que avisarles, el collar es su propiedad, y además necesitaba estar segura de que el que llevaba era el de bisutería. Necesitaba la opinión de un experto.

—Lógico. ¿Y sus compañeros?

—No se lo he dicho a nadie. No sé en quién puedo confiar.

—Bien. Si mis Jefes de Departamento pudieran entrar en el Palacio de la Ópera y hablar con sus…

—No lo entiende, señor Ryder —me interrumpió Violeta—. Mañana es la última representación y las joyas deben ser devueltas a Logtier. No podemos devolverles un collar falso, y menos ahora que lo saben. Además, mis compañeros ya han firmado con otras compañías para el resto de la temporada, y algunos de ellos tienen previstas obras en otros países. Si queremos atrapar al ladrón, tiene que ser antes del final de la última representación.

Maldita sea. Otro Caso Relámpago.

—Bien —resolví poniéndome en pie—. No hay tiempo que perder. Sólo los joyeros saben lo que ha ocurrido, así que necesitaría hablar con ellos con total y absoluta franqueza; necesitaré una excusa para poder hablar con el resto de implicados sin levantar sospechas. Con las limitaciones que tenemos, tendrán que bastar los testimonios para encontrar al ladrón: quien miente, tiene algo que esconder.

Anuncios

177 comentarios

Archivado bajo Aniversario, ópera, Caso Relámpago, robo

Caso nº 00035 – OMERTÁ (CERRADO)

omerta-cerrado

En estos cinco años y medio, la Sociedad del Misterio ha tenido clientes de todo tipo. La policía suele recurrir a nosotros con bastante frecuencia, pero también hemos ayudado a una joven desconsolada por la muerte de su hermano, a un sacristán injustamente acusado de asesinato, incluso a una actriz porno amenazada de muerte. Nunca hemos hecho distinción: si alguien nos necesita, allí estamos.

Aún así, creo que nunca imaginamos que llegaríamos a trabajar para un cliente así.

- ? -

Firmé el acuerdo de confidencialidad que tenía frente a mí y pasé la pluma de oro al Profesor Boniatus. Rechacé educadamente el sin duda excelente vino que me ofrecía el anciano mayordomo y, mientras el resto de la Junta Directiva firmaba el documento legal, sostuve la mirada de nuestro nuevo cliente.

Giancarlo Rosano me contemplaba con interés desde el otro lado de su enorme escritorio de caoba, con los dedos entrelazados frente al mentón y una mirada gris y cansada. Oficialmente, el hombre que requería nuestros servicios era un empresario de la construcción, un hombre de negocios que estaba consiguiendo capear con éxito la crisis económica mundial. Junto a él, como una torre, se erguía Antonio Pesci, abogado de la familia y mano derecha de Rosano. Un hombre alto y espigado de mirada astuta y hosca.

Mycroft fue el último de nosotros en firmar. Pese a que no iba a participar de forma activa en el caso, su vinculación con la Sociedad del Misterio hacía que su rúbrica también fuese necesaria. Con calma, empezó a leer el documento.

—Es una mera formalidad, Mycroft —dijo Pesci.

—Me hago cargo, Antonio —respondió Mycroft sin apartar la mirada del contrato.

Finalmente estampó su firma sobre el papel. Acto seguido lo hicieron Pesci y Rosano. Ahora era oficialmente nuestro cliente.

—Son ustedes detectives —dijo Pesci—, así que no les insultaré negando nuestro conflictivo pasado. A cambio, ustedes no nos insultarán negando nuestro presente.

—Nos debemos a los hechos, señor Pesci —respondí—. Las pruebas demuestran que la familia Rosano aún tiene una buena relación con los Sidone, aunque sigue enemistada con los Vitti y los Manetta. Pero a día de hoy, esa parece ser la única conexión del apellido Rosano con el Sindicato.

No es elegante decir “Crimen Organizado” delante de un mafioso, aunque sea uno reformado. Poco elegante y peligroso.

—Usted muestra respeto —musitó Pesci—. Hoy en día eso es algo que cuesta encontrar.

—Nuestro acuerdo es muy sencillo, caballero. Hemos venido aquí porque ustedes necesitan ayuda para esclarecer un misterio y quieren dejar a las autoridades fuera. Como asesores privados, no  estamos obligados a meter a la policía en esto, y mientras no seamos testigos ni partícipes de algo manifiestamente ilegal esta situación no tiene por qué cambiar. Quedando atrás su pasado, como usted bien dice, no tiene por qué darse esta situación, así que ¿por qué no tratarle con el mismo respeto que a cualquier cliente?

Por el rabillo del ojo pude ver que Boniatus estaba inquieto. Y podía entenderlo: la imponente verja de hierro por la que nos habían conducido se había cerrado a nuestras espaldas y no parecía querer volver a abrirse. Estábamos aislados del mundo.

Entonces, cuando Pesci estaba a punto de decir algo, Rosano alzó su mano derecha para detenerlo y tomó la palabra por primera vez.

—Acompáñenme, por favor —dijo levantándose de la silla. Al verlo de pie, nos dimos cuenta de que era mucho más bajo de lo que pudiera parecer… pero aún así seguía teniendo una presencia ominosa y amenazadora.

Precedidos por el mayordomo, que iba abriendo las puertas al paso de su señor, fuimos conducidos por los amplios pasillos hacia la cocina, de ahí a un atrio con suelo de tierra y elegantes columnas romanas, y finalmente al garaje. Se trataba de una monumental cochera que daba acceso directo al exterior. Estaba completamente equipada para el mantenimiento de los tres automóviles que descansaban en el interior: un banco de trabajo, un completo surtido de herramientas, incluso una fuente de piedra para lavarse las manos, con una rejilla de hierro en el suelo que hacía de desagüe. La puerta abatible parecía enormemente pesada, a juzgar por el tamaño del motor que la levantaba.

Uno de los tres vehículos era un Chrysler Imperial Roadster de 1933, un coche clásico y elegante. En el estado en que nos lo mostraron, se trataba de un carísimo colador con ruedas.

—Hace tres días falleció un asociado mío, Giovanni Palmintieri. En su poder tenía cierta información que declaró sensible, y dejó instrucciones de que, si le ocurría algo antes de poder entregármela, mi gente la recogiera y me la trajera aquí. Ayer por la tarde, dos de mis hombres de confianza, Luca Buonarotti y Aldo Bassi, volvían del taller, de recoger el Imperial, y ya que estaban por la zona se encargaron de recoger la bolsa en la que Palmintieri guardaba esa información. Volvieron a la finca y activaron el Protocolo de Seguridad hasta poner dicha bolsa a buen recaudo…  —respiró hondo antes de continuar—. Fueron abatidos a tiros tan pronto como bajaron del coche.

—¿Qué es el Protocolo de Seguridad? —preguntó Parmacenda.

—Todos los accesos a la finca cerrados —aclaró Pesci—. Nadie puede entrar ni salir sin mi autorización expresa. Lo han experimentado al entrar.

—Luego el asesino debió entrar antes de que se implantara ese protocolo. ¿Cómo salió?

El silencio de Rosano nos hizo comprender la situación: con el protocolo de seguridad implantado, el asesino no había podido salir. Estaba en la finca con nosotros.

—¿La bolsa? —preguntó Mycroft.

—Desaparecida.

—¿El arma? —inquirió Celdelnord.

Nuevamente, Rosano se mostró incómodo.

—Es una Tommy del 28 —explicó Pesci.

—Vaya —exclamó Nicolás—. Eso a día de hoy es casi una pieza de museo. Quiero decir, incluso si hablamos dentro de los parámetros del cr… del Sindicato, ¿quién tiene un arma así hoy en día?

—Yo —admitió Rosano—. Adquirí una hace dos semanas, para mi colección. Había sido autentificada como el arma que Elliot Ness usó en una de sus redadas contra los soldados de Capone. Estaba en mi sala de trofeos. Se encontró tirada en el suelo junto al coche, justo ahí.

No pude contener un silbido de admiración. ¡El arma de Elliot Ness!

—¿No estaba inutilizada?

—¿Compraría usted la Giocconda original para cortarle la sonrisa? ¿El David original para hacerle añicos la cabeza? No se puede inutilizar el arte.

—Sigue sin ser legal.

—La Peacemaker de Wyatt Earp. La Luger de Göring. Incluso las Astra de ese Caudillo que tuvieron ustedes. Cuando se justifica el valor histórico de un arma, cuando está documentado que dicha arma perteneció a una figura de relevancia en la Historia, no se la inutiliza. Este arma está documentada, tengo los papeles del FBI que cerfitican que ha estado en un almacén de pruebas.

—¿De quién sospechan? —pregunté directamente.

—Hemos registrado la casa a fondo y no hay nadie más que los que normalmente están aquí. Tiene que ser uno de los míos.

—Omertá —musitó entonces Boniatus.

—¿Perdón? —dije.

—La Ley del Silencio —explicó—. La prohibición categórica de la cooperación con las autoridades estatales o el empleo de sus servicios, incluso cuando uno ha sido víctima de un crimen. Por eso han acudido a nosotros, y por eso el acuerdo de confidencialidad. Piensan que uno de los suyos es un chacal de una de las familias rivales.

—Estoy fuera de ese juego —explicó Rosano—. Pero si es eso lo que ha pasado, si esto es obra de los Vitti o de los Manetta… No, meter a la policía en esto sólo sería complicar las cosas. ¿Pueden resolverlo ustedes?

—Tendremos que hablar con toda la gente de la casa —dijo Parmacenda.

—Contándome a mí, somos nueve.

—Aquí nos vendría bien Zalaya —musitó.

—Sí, pero mientras no termine su investigación no puede regresar al país, ya lo sabes —expliqué.

—Necesitaré pleno acceso a la hacienda —argumentó Boniatus.

—Yo al coche y al arma en todo momento, y posiblemente a más objetos que encuentre mi compañero—agregó Celdelnord.

—Concedido.

—Yo necesitaré saber todo cuanto sea posible sobre su familia —solicitó Nicolás.

—Le proporcionaré toda la información que necesite —terció Pesci.

—Podemos resolver este caso, señor Rosano —dije—. El asesino ya ha cometido su primer error: ha atacado cuando no podía entrar ni salir nadie. Pero debo hacerle una pregunta, y necesito una respuesta totalmente franca.

—Adelante.

—Cuando encontremos al asesino, ¿qué hará usted?

El silencio que siguió a aquella pregunta heló la sangre en las venas de los presentes. Rosano me taladró con la mirada.

—Si cree que puede insultar al señor Rosano en su propia casa… —objetó Pesci.

—No es mi intención —me apresuré a explicar—; pero si la policía se queda fuera de esto, necesitamos saber cuáles son sus planes, dado que según los términos de nuestro acuerdo no vamos a ser cómplices de nada ilegal.

—Su deber, señor Ryder, es encontrar a un asesino —respondió Rosano—. Cumpla usted con su deber, y yo cumpliré con el mío. ¿Va a cumplir con ese acuerdo que tan diligentemente acaba de esgrimir contra mí, o tendré que buscar a alguien que sí lo haga?

Agaché la cabeza, oculté mi mirada bajo el ala del sombrero. Habíamos firmado. Nos había enseñado lo ocurrido. Nos había revelado que sospechaba de su propia familia. Ahora ya no había vuelta atrás.

—Soy un hombre de palabra, señor Rosano —concluí—. En esta casa hay un asesino, y la Sociedad del Misterio dará con él.

286 comentarios

Archivado bajo arma de fuego, asesinato, Mafia, robo

Caso nº 00031: LA CAJA DE PANDORA (CERRADO)

Admitámoslo, hay asesinos fáciles. Normalmente, cuando el crimen tiene un motivo, es fácil encontrar al culpable entre aquellos que conocían a la víctima. Una coartada que no encaja, una mentira que contrasta con los hechos, y la historia del asesino se derrumba.

Por desgracia no siempre es tan sencillo. A veces el asesino no tiene nada personal contra la víctima. A veces, lo único que se necesita para matar a alguien es cobrar por un trabajo bien hecho.

La víctima, Emilio Pelayo, aún estaba en su cama. Sería fácil tomarle por dormido, de no ser por el agujero de bala en la frente y la sangre que empapaba las sábanas.

—Esto es un trabajo profesional —apuntó Arjona levantando la sábana con una mano enguantada—. Un disparo en el pecho y otro en la frente. Una ejecución.
—¿Un sicario?
—Tiene toda la pinta.
—No lo entiendo.
—Sí, yo tampoco. Esto es… Yo creo que no sería capaz de matar a nadie por dinero, me cuesta entender que…
—No, si lo que digo es que no entiendo quién demonios contrataría a un asesino profesional para cargarse a un estudiante universitario.

Resultaba raro, admitámoslo. Cuando uno investiga un asesinato profesional, no espera que el escenario sea un piso cutre de estudiantes. Emilio era un estudiante de primer año de informática. Tenía diecinueve años, le faltaban dos meses para los veinte. Acababa de mudarse a la ciudad, justo a tiempo para empezar los estudios. No parecía el típico objetivo de un asesino a sueldo.

El crimen se cometió en mitad de la noche. Sus compañeros de piso estaban en casa, así que naturalmente se convirtieron en personas muy pero que muy interesantes para la policía. Pero hacía ya un rato que se habían aferrado a la historia de que ninguno de ellos vio ni oyó nada y de ahí no salían, así que decidí concentrarme en la escena. La víctima no vivía con excesivos lujos, ni siquiera llegué a ver un ordenador. Parecía totalmente dedicado a sus estudios. Aunque en una estantería se veían algunas fotos del difunto al volante de un lujoso deportivo, o vestido muy elegante y festejando con gente aparentemente rica.

—¿Opinión? —preguntó Arjona.
—Bueno —dijo Irene incorporándose—, tendré que hacer una autopsia completa, ya te lo imaginarás, pero yo fijaría la hora de la muerte entre las dos y las tres de la madrugada. Por el tamaño de la herida, yo descartaría los calibres más convencionales. Eso refuerza vuestra teoría del sicario, pero tendría que estudiar el cuerpo a fondo para poder asegurar nada.

Entonces tuve una idea.

—¿Cómo se llama el detective que está interrogando a los chavales? —pregunté.
—¿Qué? Ehm… Vidal, Pablo Vidal.
—Vale, gracias. ¡Vidal! ¿Puede venir un momento?

El detective Vidal, un hombre compacto (bajito pero fuerte), plegó su bloc de notas y se acercó a nosotros.

—Sí, dígame.
—¿Qué opina usted de este escenario del crimen?

Y Vidal me respondió. Pero no le presté ni la menor atención. Porque lo que realmente me interesaba era que los compañeros de piso de la víctima dejasen de tener a un policía al lado. Con la oreja puesta en su conversación más que en el detective que contestaba diligentemente a mis preguntas, escuché lo siguiente:

—¿Y ahora qué?
—Supongo que ya está. Nos hemos librado.
—¿Tú estás tonto? Viernes por la tarde, la Caja de Pandora, mañana, ¿recuerdas?
—Emilio iba de farol, seguro.
—Yo no me la quiero jugar. Si no era un farol, Emilio la ha palmado y nosotros estamos jodidos.
—Sí, sin duda muy interesante —interrumpí a Vidal, y me giré de pronto hacia los chavales—. ¡Buenas tardes! Jack Ryder, de la Sociedad del Misterio. ¿Me lo contáis o preferís que me lo invente?
—¿Qué? —balbució el primero, el de la camiseta desgastada de Mortadelo—. ¿De qué habla?
—¿Nadie?
—Oiga, ya le hemos dicho a ese detective que nosotros no vimos ni oímos nada —replicó el segundo, metiendo las manos en los bolsillos de su remendado pantalón vaquero.
—Que me lo invente yo, ¿no?

El tercero no dijo nada. Se limitó a bajar la vista hacia sus sucias y ajadas zapatillas deportivas.

—Muy bien. Voy a decir Pandora Tomorrow. Vuestro compañero os tenía amenazados. Y si él no hacía algo para evitarlo, mañana mismo lo que quiera que tenía contra vosotros saldrá a la luz. ¿Voy bien?
—¿Es un gamer? —exclamó uno de los chicos boquiabierto.
—Vale, hablaré —proclamó de pronto el que había estado en silencio hasta entonces.
—¡Isma! —protestó el otro.
—Tú mismo lo has dicho, acabará por salir a la luz. Y si nos callamos van a pensar que fuimos nosotros. ¿Ya qué más nos da?

- ? -

—La cosa es así —explicó Ismael Gómez (veintidós años, estudiante de medicina)—. Estamos aquí porque nuestros padres nos lo pagan. Piensan que nos dedicamos únicamente a estudiar, pero nadie puede pasarse la vida estudiando sin despejarse de vez en cuando. Así que salimos de fiesta, incluso una vez hicimos una fiesta aquí, pero ellos no lo saben.
—Hasta ahí no veo nada raro.
—Ya, pero Emilio nos sacó fotos.
—¿Y qué?
—Que el muy capullo nos amenazó con mandárselas a nuestros padres si no hacíamos lo que él quería —terció Guillermo Cebrián (veintiún años, estudiante de comunicación audiovisual).
—¿Y eso era…?
—Compartir piso con él —aportó Enrique Fuentes (veintitrés años, estudiante de biblioteconomía)—. Si no tenía compañeros, no podía permitirse el alquiler, así que nos tenía aquí contra nuestra voluntad.
—Pero sólo estabais de fiesta. Vuestros padres lo comprenderían.
—El muy cabrón pensaba decirles que nos habíamos ido de putas.
—¿Os habíais ido de putas?
—¡No! —respondieron los tres al unísono.
—Pero tonteamos con algunas chicas, y de eso son las fotos —explicó el primero—. Y aquí daba igual lo que nosotros supiéramos: si les decía a nuestros padres que las fotos eran de nosotros con putas, ya nos podíamos ir despidiendo de la carrera.
—Además se dedicó a sacar fotos en distintos momentos de la noche —puntualizó el segundo—. Como cada vez había gente nueva, pensaba decir que montamos más de una fiesta.
—Y tooodas con putas —redondeó el tercero.
—Entiendo. ¿Y la Caja de Pandora?
—No sabemos cómo pensaba hacerlo —explicó Cebrián—, pero nos dijo que, a menos que él lo evitara, nuestras fotos aparecerían publicadas en Internet el viernes a las seis de la tarde.
—Todas las semanas lo mismo. Yo creo que tenía un cómplice —añadió Gómez.
—Entiendo. Estabais todos aquí cuando ocurrió todo, ¿verdad?
—Sí, así es.
—¿Estabais dormidos ya?
—No, la verdad es que no.
—¿Y cómo lo hicisteis para no enteraros de que estaban asesinando a vuestro compañero?

Pausa. En sus ojos pude ver que ellos tampoco lo entendían.

—Bueno, yo estaba en mi cuarto —explicó Cebrián—. Y tenía los auriculares puestos.
—¿Y vosotros?
—Nosotros estábamos en el salón… —comenzó a decir Gómez, y entonces se le encendió la bombilla—. Anda, coño.
—¿Qué?
—Gears of War 2. Estábamos viciados al Gears of War 2, jugando online con otro pavo, y berreándole por el micro. Partida de despedida antes de irnos de puente.
—¿Nadie vio ni oyó nada?
—Mire, yo a las dos y media o así —comentó Cebrián —estuve en su cuarto. Antes de eso había estado viendo a estos dos jugar, y luego me retiré, pero me pasé por su cuarto primero a pedirle una cosa. Me lo encontré ya dormido… y me pareció que había alguien con él.
—¿Qué?
—No, pero resultó ser ropa. ¿No les ha pasado nunca? ¿Eh? ¿Qué ven un montón de ropa en la silla por la noche y se creen que es un asesino?

Tomé nota (de hecho apunté un “manda cojones”) y me aparté para hablar con Arjona.

—¿Cómo has sabido lo del chantaje? —me preguntó.
—Pandora Tomorrow es un videojuego. Si el terrorista al que tienes que atrapar no llama todos los días a un número y da una clave, se libera un virus mortal. La frase “La Caja de Pandora, mañana”, sumado a lo de que ahora que la víctima había muerto ellos estaban jodidos…
—O sea que estos tres tenían algo contra la víctima.
—Sin duda alguna.
—Bien. Podemos llevárnoslos para interrogarlos, vamos a pillar al cabrón que…
—No han sido ellos.
—¡Oh, venga, no me jodas! ¡A ti te gusta marearme!
—Vamos, Arjona, no eres tonto y lo sabes. Ellos sabían lo del blog, no les interesaba matarlo. Y aunque se les hubieran cruzado los cables… Mírales. Ropa vieja, videojuegos viejos. Están aquí con lo que les dan sus padres, y eso les da para vivir pero no para pagarse todos los caprichos que les gustaría, tanto menos para pagar a un profesional.
—Vale, ¿y entonces qué sugieres?
—Primero, averiguar cómo entró y salió de aquí un asesino sin ser visto. Y aparte de eso… mira sus fotos. Un cochazo, fiestas de lujo. No son las fotos de alguien que necesita ayuda para pagar el alquiler. ¿Qué nos hace pensar que sólo chantajeaba a estos tres?
—Si tu teoría del Pandora Tomorrow es correcta, dentro de veinticuatro horas debería salir la información de todas sus víctimas en Internet. Ahí sabremos si tienes razón, y si no pillamos al autor material, al menos sí que podríamos averiguar quién le pagó.
—Sí, es un sistema.
—¿Pero?
—Pero si hay más víctimas de chantaje y los descubrimos cuando sus secretos ya han sido expuestos, no estarán muy habladores… Si en veinticuatro horas no tenemos nada, trabajaremos así; pero si descubrimos antes cómo pensaba hacerlo el chantajista y lo impedimos, tendremos una nueva lista de sospechosos que de pronto nos deberán una.

227 comentarios

Archivado bajo allanamiento de morada, Amenaza, arma de fuego, asesinato, Asesinato profesional, Fotografía, robo, una caja de porno, venganza, verdad oculta

Caso nº 00030: EL CARGAMENTO VISTO Y NO VISTO (CERRADO)

Durante el último año, la falta de actividad en las oficinas de la Sociedad del Misterio no había hecho sino avivar los rescoldos que aún pudieran quedar de nuestras ansias de cacería. Reactivar nuestras células grises, volver a enfrentar nuestros cerebros con las mentes criminales de la ciudad, era todo cuanto podíamos anhelar. Volver a ser nosotros mismos.

No obstante, y aunque agradecíamos la reincorporación al servicio activo, el caso que Arjona nos proponía no podía por menos que ser… decepcionante.

—Un robo —murmuré.
—Es lo que hay, Jack, lo tomas o lo dejas.
—Lo tomo, lo tomo…
—Pues entonces no te quejes. Que no sabes la cantidad de papeleo que he tenido que rellenar sólo para que me dejen contártelo.
—Me has hecho pegarme el madrugón por un robo, ya te vale…
—¿Qué te acabo de decir? Ya sé que no es mucho, pero créeme, sé lo que me hago.
—Arjona, nos conocemos desde hace mucho. Dime que no nos estás castigando por nuestra inactividad.
—No os estoy castigando por vuestra inactividad.
—¿Es eso cierto?
—¡Claro que no, os estoy castigando por vuestra inactividad! Oye, Jack, eres mi amigo, pero eres un civil y tus chicos son todavía más civiles. Me he jugado el cuello demasiadas veces para que intervengáis en todos esos casos, y si vamos a volver a trabajar juntos necesito algo con lo que convencer a mis superiores de que no nos vais a dejar colgados. Tuvisteis suerte de que el fiasco de la Maratón fuese en un caso propio, pero hay mucha gente en comisaría que no se fían de que no nos hagáis lo mismo a nosotros.
—Entiendo. Pero un robo… Ni siquiera es tu departamento.
—No es la primera vez que los de robos me comentan que necesitan ayuda y os paso el marrón. ¿O ya no te acuerdas del Tomo Transformado?
—Está bien, vale, necesitas comprobar que vamos a cumplir y nosotros necesitamos a la policía si queremos volver. Lo acepto. ¿De qué se trata?
—Caso sin resolver, un robo de un cargamento de iPods, iban de camino a una cadena de tiendas de electrónica y desapareció sin dejar rastro antes de llegar. Sólo se ha recuperado uno. El rastro se ha enfriado, el robo es de finales de 2010, así que no sé lo que…
—Para, para —interrumpí—. ¿Has dicho que se recuperó uno?
—Sí.
—¿Y cómo se ha recuperado uno si no hay rastro del cargamento? ¿Es que el ladrón lo mandó como si fuera un dedo amputado para pedir rescate o qué?

Arjona sonrió.

—Veo que sigues ahí —respondió—. Esa es la parte curiosa del caso. Iván Ávila, un chaval de unos diecisiete años iba en bici por un polígono industrial cuando se encontró una pila de cajas tiradas en plena calle. Por curiosidad, abrió una para ver lo que era… y se encontró un iPod nuevecito sin dueño cerca. Se lo quedó, tonto no era el niñato, se alejó un poco por si acaso le pillaban, y llamó corriendo a un amigo para que le acompañara a llevarse todos los que pudieran. Pero cuando colgó y volvió al lugar, ya no había ni una sola caja.
—Pero Víctor, tío, se empieza por ahí. Esta es la parte interesante de la historia. Se ha comprobado que el iPod recuperado forma parte del cargamento robado, ¿verdad?
—Verificado por el número de serie.
—Eso descarta que se inventase la historia. Tuvo que tener contacto con el cargamento, o al menos con una parte de él. ¿Cuánto dirías que se alejó?
—¿Qué? Espera… —Arjona revisó sus notas—. Se alejó unos cinco minutos en bici.
—Alejarse, llamar y volver. Eso son diez minutos, mas el tiempo de llamada. ¿Habéis verificado que se hizo esa llamada y cuánto tiempo duró?
—Joder, lo has pillado con ganas —farfulló Arjona pasando páginas frenéticamente hasta encontrar lo que yo buscaba—. Aquí está, la llamada duró tres minutos veinticuatro segundos.
—Catorce minutos en total, redondeando a la alta. Pongamos doce y redondeemos a la baja, que “cinco minutos” es una unidad de tiempo demasiado genérica. ¿De cuántas cajas estaríamos hablando?
—Cito textualmente, “una pila”. A base de insistir, conseguimos que concretase hacia cerca de cien cajas. Coincide con el volumen de mercancía desaparecido.
—Vale, esto es una estimación porque no tenemos los datos exactos, pero aproximadamente, se llevaron noventa y nueve cajas en menos de doce minutos. Este chaval tuvo que llamar a un amigo para poder hacerlo, y esa es la primera pista clara que deberíais haber seguido… Bien, necesito un listado de las empresas que tengan naves en ese polígono, específicamente en la zona en la que se encontraron los iPods. También quiero un plano del lugar, márcame si no te importa el itinerario del joven Iván, ¿quieres? Mandaré a Boniatus al lugar, tus chicos no tendrán inconvenientes, ¿verdad? Y Zalaya en cuanto me pases esa lista que te he pedido, Zalaya se pasará a hacer algunas visitas. En principio no deberían suponer ninguna molestia…
—Para, para un momento, Jack. ¿De qué estás hablando?

Ese fue el momento en que me di cuenta de que no había parado de hablar. Sin dar ninguna explicación. Expresando mi tren de pensamientos en voz alta sin preguntar siquiera si alguien estaba esperando un tren.

Sonreí. Dios, cómo lo echaba de menos…

—Vuestra única pista es un callejón sin salida —expuse—. Si el chaval no tuviera una coartada a prueba de balas, o si realmente tuvierais algo con lo que encerrarle, ya habríais resuelto este caso hace un año. Por tanto, la clave de este misterio no está ni en el iPod recuperado, en la persona que lo encontró ni en dónde se lo llevaron después, sino en dónde lo encontró nuestro testigo. Analiza los hechos, Víctor: nadie podría llevarse todo ese cargamento en doce minutos sin ir preparado para ello. Eso nos dice que había un vehículo de carga, o en su defecto que lo trasladaron a algún lugar cercano. Sea como fuere, quien se lo llevó sabía que esas cajas estaban allí y tuvo tiempo para prepararlo. O bien alguien lo dejó allí sin motivo alguno para luego recogerlo, cosa que no tendría sentido porque alguien podría habérselo llevado del polígono, o bien quien se lo llevó ya estaba allí. Por eso quiero la lista de las empresas de la zona y el plano, y una vez que los tenga mis chicos podrán empezar a trabajar.

Me calé de nuevo el sombrero y salí hecho una exhalación del despacho de Arjona, los faldones de mi gabardina ondeando al viento. De nuevo era como en los viejos tiempos. Y en los viejos tiempos, no podía irme del escenario sin pronunciar una última frase lapidaria.

—¿Quieres cerrar este caso? —sentencié desde la puerta—. Empieza por preguntarte quién sabía dónde estaba el cargamento robado.

154 comentarios

Archivado bajo Desaparición, Polígono industrial, Rastro frío, robo

MARATÓN DEL MISTERIO – Intermedio 2 –

—Esto es lo que hemos averiguado —dije.

Carlos Ashmoor nos siguió por toda su sala de documentación mientras le explicaba, con todo lujo de detalles, los hallazgos de Boniatus. El falso techo, inviable. La ventilación, inaccesible. La única posibilidad: la puerta de entrada.

—Como puede ver —indicó Boniatus—, la única explicación lógica es que el ladrón entró del mismo modo que nosotros. A eso añadamos que tenía que saber dónde buscar… Sospecho que el ladrón conocía el lugar, o bien obtuvo información de alguien que lo conoce.
—¿Cree que compró esa información a uno de mis empleados?
—O que quizás sea uno de sus empleados—apuntó Zalaya—. Según he oído, uno de ellos se ha comprado un cochazo recientemente, y hay alguno de baja.
—En cualquier caso, el ladrón sabía lo que buscaba —concreté—. No se habría tomado tantas molestias sólo para robar algo al azar. Lo que cuadra con el modus operandi de nuestro ladrón.
—No creo que sea suficiente. Que el ladrón sepa lo que buscaba es algo demasiado genérico. ¿Cómo sabemos que no se trata de un caso idéntico a los anteriores?
—Es la primera vez que ha faltado algo en su sala de documentación —intervino Boniatus.
—¿Disculpe?
—Su empleado, el señor Ponce, me ha dicho que nunca antes habían llegado a echar nada en falta. Si les han robado antes, el ladrón copiaba los datos y devolvía el original. Esta vez se lo ha llevado. No es el mismo ladrón, o bien esta vez el cliente quería los originales.
—Encaja con nuestro caso, pero no con los suyos anteriores —concluí—. No es su mismo ladrón de siempre.
—No lo entiendo —musitó Ashmoor—. Lo único que la Sociedad del Misterio y Ashmoor Comunicación tienen en común es al Asesino del Destornillador.
—Quizás haya habido alguna novedad al respecto.
—No, ninguna, sigo el caso de forma activa…

De pronto algo pasó por la mente de Ashmoor.

—… a no ser…
—¿Qué?
—La información robada. Se trata de los datos de un cliente nuestro, una nueva fundación pro-vida. Tienen la intención de presentar batalla a la pena de muerte en Estados Unidos, para empezar. Que es, recordarán, donde Peter D. Gordon está condenado a muerte.
—Un nexo de unión. Tendremos que hablar con esa fundación. ¿Dónde podemos encontrarles?

Ashmoor nos pidió un momento y comenzó a buscar en su ordenador. En ese mismo momento sentí en mi bolsillo el zumbido de un SMS entrante… y por la reacción de mis jefes de departamento comprendí que a ellos también les había pasado.

—¡Lo tengo! —exclamó Ashmoor—. Aquí está la dirección.

Nuestro anfitrión imprimió los datos de la fundación. Razón social, dirección postal, nombre del promotor de la idea. Me lo tendió tan pronto como salió de la impresora.

Claro. Nosotros y nuestra suerte.

—¿Cree que les será de alguna ayuda? —preguntó.
—Habrá que hacer lo que se pueda —comenté, tratando de no traslucir mi descontento—. Seguiremos esta pista, gracias. A cambio, acepte nuestro consejo: averigüe qué pasa con esa baja y con ese cochazo.

Tan pronto como salíamos por la puerta del gabinete de Ashmoor, mis jefes de departamento me preguntaron qué era lo que me había disgustado tanto. A modo de respuesta, les puse en las manos el papel que Ashmoor me había impreso. Boniatus lo cogió de inmediato.

—Oh, mierda —se lamentó.
—¿Te encargas tú? A ti ya te conoce.
—Qué remedio.
—Uhm, chicos… —avisó Zalaya mirando su móvil—. ¿Vuestro SMS es igual que el mío?

Leímos la pantalla de su móvil, e inmediatamente consultamos los nuestros. Efectivamente, los tres habíamos recibido el mismo mensaje desde un número oculto:

“¿Le queréis? Le tengo. Venid a buscarlo”.

5 comentarios

Archivado bajo Carlos Ashmoor, Martínez, robo, Secuestro, teléfono

MARATÓN DEL MISTERIO – Etapa 2 – Caso nº 00028: DE MENTIRAS Y ROBOS

Lo que empezó como una mentira se había convertido en una investigación por robo. El “señor Martínez”, que tanto anhelaba contratar nuestros servicios, había optado por irrumpir en nuestro almacén de pruebas y robarnos una revista. Sólo una revista. Boniatus había revisado el almacén una docena de veces y no había encontrado nada más fuera de lugar.

Eso nos dejaba con sólo una vía de investigación. Dado que ese hombre se había esforzado en no regalarnos ni tan siquiera una huella dactilar parcial, y dado que probablemente ni siquiera su nombre fuese auténtico, sólo teníamos el objeto del robo para investigar.

Así que, una semana después y tras asegurarnos de que no teníamos nada más, me presenté en el gabinete de relaciones públicas de Carlos Ashmoor. Hacía tiempo que no veía a aquel caballero, y en ocasiones pienso que me habría gustado visitarlo en otras circunstancias. Pero por desgracia, no tendría el placer de coincidir con él si no era por motivos de trabajo… y del mío, no del suyo.

Si he de ser sincero, lo primero que me extrañó fue cuánto tardó Ashmoor en recibirme. Quería creer que, a primera hora del lunes, le pillaría con poca faena por delante, y la infalible puntualidad británica de Ashmoor me confirmaba, fuera de todo género de dudas, que estaba en su despacho cuando llegué. Sin embargo me tuvieron esperando tres cuartos de hora antes de recibirme, cuarenta y cinco minutos de miradas inquietas por parte de una decena de empleados.

Cuando finalmente me hicieron pasar, quedé sorprendido por lo que encontré. La siempre aguda y penetrante mirada de Ashmoor había quedado reducida ahora a un par de puntos de angustia y stress por encima de su nariz. Me dedicó una cordial sonrisa cuando entré, pero podía notar que era forzada. A su invitación, tomé asiento y esperé a que me preguntase.

Aún así, la pregunta me cogió por sorpresa:

—No negaré que sus habilidades siempre me han impresionado, señor Ryder, y normalmente prefiero sentarme, disfrutar del espectáculo y tratar de seguir sus razonamientos por mí mismo; pero esta vez tengo que preguntárselo: ¿cómo ha sabido lo del robo?
—¿Disculpe?
—Por eso ha venido, ¿no es cierto? Por el robo.
—Así es… Disculpe, ¿cómo ha…?
—¿Qué quiere decir con…?

No sabría decir quién de los dos lo pilló primero. Pero él lo dijo en voz alta antes que yo.

—A ustedes también les han robado, ¿verdad?
—¿Cuándo ha sido? —pregunté.
—Hace dos semanas. ¿Ha sido la revista?
—Así es. La única explicación a mi visita, ¿verdad?
—¿Han podido ver al ladrón?
—Sí pero no sabemos quién es. No tenemos huellas, ni una identificación.
—Ya han tenido más suerte que nosotros.
—¿Cree que ambos robos están relacionados?
—Puede ser. Pero claro, es un error teorizar sin pruebas, ¿no es así?
—Sin duda —dije con una sonrisa franca.

Ashmoor me devolvió la sonrisa. Por un momento los dos lo tuvimos claro: ayudarle a él podría ayudarnos a nosotros.

—¿Qué les ha desaparecido?
—¿Qué puede desaparecernos a nosotros?
—Información.
—Comprenderá, supongo, que no puedo revelar la naturaleza de dicha información. Podría perjudicar la imagen de nuestros clientes, sin mencionar la de nuestro gabinete.
—Lo comprendo, pero nos ayudaría al menos saber sobre qué clientes trataba dicha información.
—Me es imposible revelar esa información.
—Señor Ashmoor, entienda que cualquier dato que nos ayude a esclarecer estos robos…
—Como hemos acordado hace un momento, sería un error teorizar sin pruebas. No sabemos si ambos robos están relacionados, y mientras no lo sepamos no veo que exista ningún motivo por el que dicha información deba ser revelada. Mi negocio se dedica a la imagen, señor Ryder. Muchos de mis clientes dependen de mi discreción.

Contuve mi impulso de responder. Ashmoor tenía razón, no podía basar mis argumentos en que resolver su robo esclarecería el nuestro, pero no por ello dejaba de ser una vía de investigación. Necesitábamos averiguar si existía una conexión. ¿Hasta qué punto podíamos prescindir de esa información?

—Le propongo algo —dije entonces—. Echaremos un vistazo al lugar del robo. Hablaremos con su gente, incluso con usted mismo, para recopilar toda la información posible. Investigaremos este robo, y si encontramos algo que lo relacione con el nuestro, usted compartirá algo más de información con nosotros. De esta forma no tendrá que revelar nada si no es estrictamente necesario.
—Hm, no es una mala opción —meditó Ashmoor—. Huelga decir que, en el caso de que dicha información deba revelarse, esperaré de ustedes la discreción de unos profesionales.
—Naturalmente.

En fin. No eran las condiciones óptimas, pero sabía que Carlos Ashmoor colaboraría con nosotros tanto como sinceramente pensase que podía. Además, era la única pista que teníamos para dar con “Martínez”.

—¡Bien! ¿Por dónde empezamos?

39 comentarios

Archivado bajo Carlos Ashmoor, Maratón del Misterio, Martínez, mentira, robo

MARATÓN DEL MISTERIO – Intermedio 1 –

Ya era tarde y el señor Martínez (si es que ese era su nombre) no se presentaba. Poco a poco, los investigadores de la Sociedad del Misterio dejaban que el cansancio pudiese con la curiosidad y se retiraban, instándome a avisarles si había alguna novedad en el caso. Al final, ya sólo quedábamos los jefes de departamento y yo.

A punto estábamos de darnos por vencidos cuando nuestro esperado visitante finalmente apareció. Se presentó con la misma mirada de desconfianza que la primera vez. Tomó asiento sin ser invitado y esperó un par de prudenciales segundos antes de preguntar.

—¿Cuándo pueden empezar con mi caso?

Zalaya carraspeó.

—Bueno, verá, señor Martínez… Esta es la situación. Somos una consultoría privada, lo que significa que nos reservamos el derecho a escoger a nuestros clientes. Y aunque su caso nos resulta francamente interesante, bueno… Existe una serie de impedimentos que deberían ser arreglados antes de…
—¿De qué está hablando? —inquirió Martínez con una mirada de desesperación.
—Iré directo al grano. Nos ha mentido. Sabemos por su reloj que su último destino no ha sido Canarias. Sabemos por su miedo que no es escultor. Sabemos por su historia que no huyó del país cuando nos dijo. Sabemos por su trabajo que no se dedicaba a la falsificación. Incluso sabemos por sus guantes que no es Eduardo Martínez. Estaremos encantados de ayudarle con su problema, pero primero usted tendrá que confiar en nosotros.
—¿Qué?
—Ya me ha oído. Si quiere que resolvamos su caso, tiene que ser sincero con nosotros. No podemos trabajar si no sabemos cuánta de la información que tenemos es veraz.

Martínez se levantó de la silla hecho un basilisco. Boniatus y yo nos tensamos en el acto, dispuestos a impedir cualquier tipo de agresión. Pero no hizo falta: nuestro visitante se contuvo en el último momento, como si hubiera decidido que eso no iba a servir de nada.

Como una exhalación, salió del despacho dando un nuevo portazo. Se habían convertido ya en su especialidad.

—¿Me he pasado? —preguntó Zalaya.
—¡Deja de preguntar eso! Le has puesto las cosas claras, simplemente. Si quiere nuestros servicios, que acepte nuestras condiciones.
—Si es que ya le vale, jefe… Yo en estos casos me pregunto qué pretende la gente. Engañarnos no, nos lo ha puesto muy fácil, así que ¿qué?
—¿No te has quedado con ganas de saber a quién quería que investigáramos? —pregunté.
—La verdad es que sí. Pero bueno, si se lo piensa ya volverá y nos contará la verdad para que podamos empezar a…
—Algo va mal —interrumpió Boniatus.
—¿Qué?
—Ha tardado más de lo normal en dar el segundo portazo.

Y sin decir más, salió corriendo del despacho. Zalaya y yo nos miramos y le seguimos a toda prisa. Pero antes de que diéramos con él…

—¡Agente caído!

Guiándonos por su voz, recorrimos la sala común, pasando entre las mesas de los investigadores, hasta llegar a la entrada del almacén de pruebas. Y allí estaba: el agente Rabbit, el guardián de nuestro almacén, tumbado en el suelo sin conocimiento.

—¿Cómo está?
—Saldrá de esta. Jack, ese tío ha cogido la llave del almacén.

Me fijé en la puerta de nuestro almacén de pruebas, a la espalda del Profesor Boniatus. La llave estaba aún en la cerradura, y la puerta abierta de par en par.

Relevé a Boniatus: si teníamos una escena del crimen, él era el mejor para investigarla. Mandé a Zalaya a perseguir a nuestro visitante, y verifiqué que el agente Rabbit no había sufrido daños irreparables. Después me uní a Boniatus en el almacén.

—¿Qué falta?
—Poca cosa, Jack. Martínez no parece haber tocado mucho. Tendría que echar un vistazo más a fondo, pero así a primera vista… diría que sólo falta esto.

Señaló hacia un estante donde yacía una caja vacía. Identifiqué inmediatamente el contenedor y, por tanto, el contenido desaparecido. Martínez había robado la revista que Carlos Ashmoor nos regaló tras el caso Ruby.

—Termina de revisar la escena. Yo voy a llamarlos a todos. De momento no vamos a aceptar más casos.
—¿Qué? ¿La Sociedad del Misterio cierra sus puertas?
—Sólo al público, profesor. Alguien nos ha mentido y robado en nuestras propias narices. Ahora mismo, nuestro cliente somos nosotros. Si vamos a darle caza al ladrón, será mejor que volquemos todos nuestros esfuerzos.
—¡Jack! —me llamó mientras me dirigía hacia el teléfono—. Oye, entiendo que el robo de una revista guarra en nuestras oficinas es motivo de indignación, pero ¿no crees que lo estás sacando un poco de quicio?

En ese momento no supe verlo con claridad. Pero cuando recuerdo la sonrisa que esbocé entonces, comprendo ahora que se trataba de la emoción de la caza.

—Esa caja estaba guardada al fondo del almacén. Si Martínez no ha tocado nada más es que ha ido a tiro hecho a por ella. ¿Sabía lo que buscaba? Esto se ha convertido en una Maratón del Misterio y el pistoletazo de salida ya ha sonado. ¿Cuánta ventaja más quieres dejar que nos lleve nuestro ladrón?

35 comentarios

Archivado bajo Maratón del Misterio, mentira, robo, una caja de porno