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Apéndice al caso nº 00026: CORRESPONDENCIA OCULTA

Las mañanas empezaban a ser frías. Arjona lo notó al cruzar la puerta de la comisaría para volver a ver el exterior. Pero no se podía decir que le importase mucho. Sintió el aire frío en su rostro, respiró hondo, desentumeció sus articulaciones… y sintió de pronto el cañón de un arma en su nuca.

—¿Creías que te ibas a librar tan fácilmente? —susurró una voz a las espaldas.

En un acto reflejo, Arjona se giró, agarrando el brazo de su asaltante y desviando el cañón. Entonces fue cuando se encontró con mi sonrisa burlona: acababa de ser encañonado con una grapadora.

—Estamos en paz —sonreí.
—¡Jack! —me saludó él con alegría, y me dio un abrazo de buena gana.
—Ahora en serio, ¿cómo has llegado a inspector si eres capaz de creerte que alguien te iba a apuntar con un arma en la puerta de comisaría?
—¿Y yo qué sé? Si hay gente como tú, puede haber asesinos tan gilipollas, ¿o no?

—¿Alguna idea de quién lo hizo? —preguntó.

Yo conducía y Arjona bebía café. Había echado de menos el café, tanto que no se lo pude negar, pero como se le ocurriese volcarlo sobre mi tapicería le iba a volver a encerrar.

—Nada de momento. Sabemos que no fuiste tú. Sabemos que fueron dos personas. Uno de ellos resultó herido en el forcejeo, y el otro tenía conocimientos de cirugía.
—¿Nada más?
—Mendoza les conocía. Hemos sugerido a la policía, a través de tu abogado, que investigue en esa línea.
—Puede que sea una vía muerta. Está más que comprobado que no sabíamos tanto de Mendoza como nos gustaba pensar.
—Ya.
—¿Viste sus papeles, por cierto?
—Qué va, todavía no me he puesto…
—¡Imperdonable! Menos mal que traigo una copia. ¿Te leo?
—Cuenta, cuenta.
—A ver qué te parece. Veinticuatro de Septiembre, 2007: Sigfrido Cornejo, asesor de imagen. Sus clientes eran renombrados criminales, su trabajo había servido de tapadera para muchos. Muerto en un tiroteo.
—¿El asesinato de un criminal?
—Pero espera, espera. Treinta y uno de Diciembre, 2007: Alberto Huesca, ayudante del fiscal, con fama de incorruptible. Su cadáver no apareció hasta el siete de Enero de 2008… partido en dos.
—¿Un criminal y un fiscal?
—¡Y la lista sigue! Veintiséis de Febrero, 2008: Salvador Manero, jefe criminal menor. Intentaba escalar en los bajos fondos a base de ordenar asesinatos. Le echaron de la carretera. Veinticuatro de Junio del mismo año: Raquel Dámaso, abogada, dirigió una operación crucial contra el crimen organizado. Hicieron volar su casa en pedazos. Diecisiete de Septiembre, mismo año: Miguel Huertas, inspector de policía, división de crimen organizado. Corrupto hasta las trancas, había asesinado a varios testigos y entregado a otros a la mafia. Disparo en la frente. Dieciséis de febrero, 2009: Cornelia Urquijo, jueza, especializada en casos de corrupción. Coche bomba. ¿Ves un patrón?
—Cada vez un lado distinto de la ley. Pero con los datos que me das, sería arriesgado suponer que las víctimas tenían algo más en común.
—Los dos abogados trabajaban juntos, pero ya está.
—¿Crees que siempre encubría al mismo asesino?
—No lo sé, Jack… No sé qué pensar.

Asentí, guardándome para mí lo que podía notar con facilidad: que Arjona me ocultaba algo.

—¿Te pasarás por la Sociedad? —pregunté, el motor de mi coche ronroneando en punto muerto junto al piso de Arjona—. Al equipo le hará ilusión ver que estás bien.
—Claro. Pero dame algo de tiempo para estirar las piernas en mi propia casa. Mañana me paso por allí sin falta.
—Tengo tu promesa.
—Y yo la tuya de que, cuando llegue, no estarán todos esperándome en plan pelotón de fusilamiento.
—¡Yo jamás he prometido tal cosa! —repliqué.

Hubo un instante de silencio. Sabía cuál era el tema que Arjona estaba intentando no sacar… y sabía que se nos estaban agotando todos los demás.

—No se lo has dado aún, ¿verdad? —preguntó finalmente.
—No me pareció apropiado.
—Jack…
—No pasa nada. Habrá otra oportunidad.
—Claro que pasa. Era tu gran sorpresa, Jack. Te morías de ganas.
—Habrá otras ocasiones, Arjona, no te preocupes.
—Ahora me siento culpable.
—Y una mierda —sentencié—. Hemos estado dos semanas trabajando a piñón sólo para demostrar que eras inocente, no vas a empezar a sentirte culpable ahora.
—Sabes a qué me refiero. ¿Qué va a pasar con la sorpresa?

Sopesé mis palabras. No, no había ninguna forma de decirlo que no hiciera que Arjona se sintiera peor.

Opté por la franqueza:

—Se pospone —dije—. Indefinidamente.
—En fin —suspiró Arjona—. Oye, no he querido decirte esto antes porque, bueno, ya sabemos cómo son estas cosas y en realidad siempre marean la perdiz más de lo que ayudan. Pero mi abogado encontró algo más entre los papeles de Mendoza.
—¿Qué es?
—Algo que ya le hemos pasado a Asuntos Internos, como comprenderás. Me habría gustado daros la exclusiva, pero no creo que fuese una buena idea. No creo que lo resuelva todo, ni mucho menos, pero…

Sacó un sobre arrugado del bolsillo interior de su chaqueta y me lo ofreció.

—Feliz cumpleaños —dijo—. A ver si podéis sacar algo en claro.

Abrí el sobre. En su interior había una fotocopia de una carta mecanografiada. Naturalmente Arjona había tenido que entregar el original a A. I., pero aún así podía reconocer el estilo:

“Estimado Longshanks;

Sin duda, en respuesta a tu atenta misiva previa, demandando retribuciones por tu silencio, siempre apreciado, en ese papel sudado y colmado de miedo, debo plegarme a ese deseo metálico tuyo.

Mañana en la sobremesa, un Jinete y Serafín acudirán con lo pactado.
Espero que la cantidad se la adecuada y que con ese sello de la confianza, roto ahora, no volvamos a tener contacto. Pues lo que tú sabes, lo sé yo y al acecho está A. I.

Recuerda a San Martín, y no penes.

A. K.”

—Esto… Esto es…
—Como de costumbre, Jack, esto no es nada. No sabemos qué o quién es A. K. en realidad, y aunque parece lógico asumir que la carta iba dirigida a Mendoza no sabemos si Longshanks es él o no. Esto es una pista incompleta que parece apuntar a que vuestro viejo amigo hacía tratos con Mendoza… pero nada más que eso.
—¿Y qué dice A. I.?
—Nada de momento. Ya sabes lo reservados que son, y más hablando con polis. Pero A. I. no son ninguna autoridad en el tema A. K. Vosotros lo sois. Así que pensé que querríais tener el dato.

Se bajó del coche y se despidió de mí con un firme apretón de manos. Me agradeció nuevamente el trabajo que habíamos hecho por sacarlo de allí y, sin mirar atrás, entró en su casa.

Yo tardé unos minutos en volver a poner el coche en marcha. La sombra de A. K. había vuelto a cernirse sobre nosotros… y esta vez había salpicado a Arjona. Y lo peor: como de costumbre, no podíamos demostrar nada.

Esto tenía que terminar. A. K. debía ser desenmascarado.

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Interludio: CONSPIRACIÓN Y PARANOIA

Dejando atrás nuestra cafetería preferida, el inspector Arjona y yo dimos por concluida nuestra pequeña reunión de conspiradores. El contenido de dicha reunión no será divulgado… pero al menos ahora sabéis que existió tal encuentro.

—Cuento contigo entonces, ¿verdad? —pregunté.
—Por poco tiempo que tenga, es vuestro, Jack —dijo Arjona—. ¿Crees que les gustará la sorpresa?
—Espero que sí, no ha sido barata precisamente.
—Bueno, tenías algo ahorrado nada más que para esto, ¿o no?
—Eso desde luego. Y si Mycroft no me llega a dar el empujón, probablemente ni lo intentaba.
—Oye, ojalá salga todo bien —me dijo de pronto—. Todo este asunto, los preparativos y tal, la verdad es que te están afectando demasiado.
—Ya, bueno… Si sólo fuera eso.

Arjona se detuvo y me agarró del brazo.

—¿Qué es lo que no me cuentas, Jack?
—Víctor… Últimamente he estado…
—Ahí está Jack Ryder el entrometido—balbució una voz a mis espaldas.

Me giré para encararme con mi visitante. Pero antes de que mis ojos lo tuvieran a la vista, mi nariz ya había identificado esa marca de whisky. Tenía que ser él.

—Buenas tardes, inspector Mendoza —saludé con elegancia.
—Ryder el metomentodo —escupió Mendoza tambaleándose hacia mí.
—¿Disculpe?
—¡Ryder el correveidile del santurrón de Víctor Arjona! —estalló.
—Evaristo, estás borracho —terció Arjona conciliador—. Vete a tu casa…
—Estos amiguitos tuyos, Arjona, no son nada bueno, ¿te enteras? —protestó Mendoza apuntándome con un dedo acusador—. ¿Es que no ves lo que hacen?
—Nos ayudan a resolver casos, Evaristo.
—La policía ya sabe quién lo hizo, cómo y por qué. ¡Y entonces llega Ryder y su guardería de detectives, se inventan otra versión de los hechos y nos hacen quedar a nosotros como idiotas!
—Inspector, creo que… —traté de intervenir.
—¡Tú te callas o te detengo por obstrucción a la justicia, gilipollas! —bramó abalanzándose hacia mí.
—Vale, ya está bien, Evaristo —sentenció Arjona metiéndose entre los dos—. Te vas a venir conmigo…

En ese momento, y con una fuerza inesperada para todos… Mendoza tumbó a Arjona de un puñetazo.

—¡Tú a mí no me pones la mano encima! —gritó—. Te crees que estás a salvo porque tienes a tu amiguito Ryder cubriéndote las espaldas; pero el día que yo hable, niñato, van a rodar cabezas. ¿Me oyes? ¡El día que yo hable va a temblar la comisaría!

Arjona no respondió. Como tampoco lo hice yo. Mendoza nos miró primero a uno y luego al otro, con gesto perdido, y finalmente se alejó trastabillando de allí.

Tendí la mano a mi amigo y le ayudé a levantarse. Durante un instante ninguno dijo nada. Arjona estaba visiblemente humillado. Pero a mí me preocupaba otro asunto:

—¿Estaba… estaba tragándose las lágrimas? —pregunté.
—Mendoza siempre ha sido un problema —se lamentó Arjona—. Ya has visto cómo venía. Voy a tener que hablar con el comisario sobre él.

Convinimos un par de últimos detalles sobre la sorpresa del aniversario y nos despedimos. Aún teníamos mucho trabajo por delante y muy poco tiempo. Pero no pude evitar irme preocupado por Arjona… y por las enigmáticas palabras de Mendoza.

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Interludio: EL PRIMER DUELO

Damas, caballeros…

… sé que he tardado en volver por aquí, y sé que os prometí sorpresas. En parte, me temo, el retraso se ha debido precisamente a dos de esas sorpresas… que están tardando más de lo previsto en estar listas, por lo que he decidido dejarlas aparte y volver a la actividad antes de que nos durmamos todos.

Sin embargo, como habréis leído, he dicho “dos de esas sorpresas”; lo que sugiere que hay más de dos.

Y una de ellas es la que podéis ver asomándose por el título de este post.

Como muchos de vosotros ya sabéis, todo investigador de la Sociedad del Misterio que logra resolver tres casos entra a formar parte de la junta directiva de la Sociedad, haciéndose (si lo desea) con un departamento, participando activamente en la investigación preliminar y teniendo el derecho de publicar y dirigir sus propios casos. Así fue como nuestros ilustres Profesor Boniatus, Jnum y Zalaya lograron llegar a donde están ahora.

Pues bien, tenemos entre manos una situación algo… digamos “inusual”. Ya que, en estos momentos, son dos los investigadores que se encuentran a un solo caso del ascenso. Dos detectives con dos casos cerrados cada uno, dos miembros de la Sociedad disputándose el puesto.

Esta situación sin precedentes requiere medidas nunca antes utilizadas. Por explicarlo en pocas palabras… vamos a tener un Duelo de Detectives. Un caso policial antiguo, cabos sueltos que nunca llegaron a atarse, que nuestros dos investigadores en contienda tendrán que resolver ellos solos. El vencedor se alzará con el ascenso. El perdedor tendrá que esperar a su próxima oportunidad.

¿Dónde os deja eso a los demás?

Bueno, como ya he dicho, en este próximo caso sólo podrán participar los dos contendientes. Arjona ya me ha hablado de otro caso al que lleva unos días dándole vueltas, así que en cuanto se resuelva el duelo saltaremos todos a la palestra. Pero mientras tanto… quiero conocer vuestras opiniones del caso, pero de una forma un poco diferente. Podréis seguir la investigación de nuestros dos contendientes, sacar vuestras propias deducciones sobre el caso… y votar por quien creáis que está más cerca de la solución. En todo momento podréis cambiar vuestros votos, según el cariz que tome la investigación.

Esta es sólo una de las sorpresas que os tengo reservadas. En los próximos días haré una breve presentación de cada uno de los contrincantes. Después de eso, y antes de que termine esta semana… comenzará el duelo.

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