Archivo mensual: octubre 2008

Caso nº 00015: EL ÚLTIMO NÚMERO DEL GRAN LIPARI (CERRADO)

Las luces del Palacio de la Magia se encendieron durante el entreacto. El público, fascinado por el espectáculo, mostraba un enorme alivio al poder por fin comentarlo en voz alta. Sin lugar a dudas, El Gran Lipari estaba causando sensación.

Víctor Arjona era todo un ejemplo del efecto que el mago ejercía en su público. Aquella era la quinta vez que asistía al espectáculo. Y esta vez se había traído refuerzos… dos filas completas del patio de butacas ocupadas por la Sociedad del Misterio en pleno.

—Reconozco que es bueno —concedí—. Le he pillado ya un par de distracciones, pero por lo general las camufla bastante bien.
—Pues espérate a ver el truco del escapismo. ¡Yo todavía no tengo ni idea de cómo lo hace!
—Cuenta.
—Ni hablar, prefiero que lo veas tú mismo.
—Oh, vamos, llevas todo el espectáculo comentándome los casos sobre la marcha, ¿pretendes que me crea que…?
—Hay una apuesta de por medio, Jack. No pienso dejarte jugar con ventaja.
—Interesante comentario, viniendo de alguien que ya ha visto el truco cuatro veces.

A punto estuvo de contestarme, pero las luces volvieron a apagarse. El patio de butacas volvió a sumirse en un silencio casi ceremonial cuando El Gran Lipari reapareció en el escenario en un anillo de fuego, sus facciones duras dramáticamente iluminadas.

—Lo que están a punto de ver es un truco —sentenció con voz campanuda mientras el fuego del anillo perdía intensidad—. Una ilusión. No es real. En apariencia voy a desaparecer de mi confinamiento y a reaparecer en libertad, pero en realidad todo forma parte de una elaborada estratagema visual. Y sin embargo, aunque lo reconozco abiertamente ante todos ustedes, estoy dispuesto a apostar a que nadie podrá descubrir jamás cómo lo he hecho. Es más: como esta es la última semana que voy a representar este truco, voy a subir las apuestas… daría un millón de euros a quien lograse resolver el misterio, si eso fuera posible.

Cuando el fuego se hubo extinguido por completo, en el rostro del Gran Lipari aparecía una sonrisa de superioridad. Buena estrategia, pensé. Nada mejor que decir al público “Soy más inteligente que vosotros” para que acepten inconscientemente el desafío.

Lo siguiente que pensé fue “Voy a descubrir tu truco y te lo voy a estampar en los morros, chulo de mierda”.

—Mi encantadora ayudante Melanie me ayudará a poner el truco en marcha. Presten todos atención, por favor, porque cualquier mínimo detalle podría ser la clave para descubrir mi secreto.

Melanie, una exuberante rubia oxigenada que encajaba a la perfección en el perfil de “encantadora ayudante”, regresó al escenario contoneándose y sonriendo como un anuncio andante y portando en sus manos una camisa de fuerza. El mago extendió sus brazos con gesto sombrío y los introdujo por las mangas. Luego se dejó atar con firmeza por la chica.

—¿Querría alguien subir al escenario a comprobar que estoy bien sujeto? Señalaría a alguno de ustedes, pero me temo que tendrán que presentarse voluntarios…

Algunas risas. Diligentemente, y antes de que nadie (y sobre todo Arjona) pudiese levantar su mano, Jnum se puso en pie y saltó sobre el escenario.

—¿Le conozco de algo? —preguntó el mago. Jnum negó con la cabeza—. ¿Querría decirnos a qué se dedica?
—Dirijo el departamento de procesamiento de pruebas físicas de la Sociedad del Misterio —anunció con orgullo.
—¡Un investigador profesional! ¡Y especializado en pruebas físicas! No podía pedir un testimonio más fiable. ¿Diría usted que las correas están bien sujetas?
—Ésta está algo floja.
—Vaya por Dios. ¿Le importaría apretarla bien para que me resulte imposible escapar? Así, gracias. ¿Mejor?
—Las correas sí. Aunque veo por aquí una costura suelta que…
—No se corte, si no se fía podemos cambiar la camisa si hace falta, tengo de sobra.
—¿Quiere no distraerme mientras trabajo?

El público estalló en risas mientras Jnum examinaba la camisa palmo a palmo. Lipari no perdió la compostura en ningún momento.

—¿Su veredicto? —preguntó cuando Jnum se dio finalmente por satisfecho.
—La camisa está hecha a medida. No se trata de una prenda homologada de las de uso regular en centros psiquiátricos, ha sido confeccionada expresamente para usted. Tiene algunos errores de diseño, pero parece segura. El correaje es bueno, resistente y en los lugares adecuados, no restringe la movilidad de las piernas y se podría sacar por el cuello si tuviera las mangas sueltas, pero eso parece poco probable. Las correas son inaccesibles desde el interior, la tela es gruesa y no permite desgarrones. Aunque todavía podría salir corriendo.
—Impresionante. ¿Le importaría que le citáramos en próximas representaciones?
—A mí me va bien.

Jnum volvió a su asiento entre aplausos (en su mayoría por nuestra parte). Lipari se situó en el centro del escenario.

—Como se ha dicho, aún podría salir corriendo. Y más de un escapista ha sido capaz de burlar la seguridad de una camisa de fuerza. Pero ¿cómo se puede forcejear con gruesas mangas y recias correas… cuando no hay espacio para la movilidad?

Dicho esto, del techo descendieron cuatro paredes de grueso cristal que Melanie hizo encajar entre sí encerrando al Gran Lipari. La cabina resultante también había sido diseñada a medida del mago: sus codos comprimidos en torno a su pecho tocaban las paredes de cristal, su espalda estaba apoyada contra la pared posterior y sus brazos contra la anterior. Estaba completamente encerrado.

—Denme treinta segundos y habré escapado —sentenció sin mover más músculos que los necesarios para hablar—. Luego tendrán una hora para descubrir cómo lo hice.

Sobre la cabina cayó un pesado telón, y frente a él, un enorme reloj que pendía del techo se hizo visible y comenzó a correr con un sonoro tictac. La chica, Melanie, entró dos segundos entre las cortinas y luego volvió a salir.

—Eso es nuevo —musitó Arjona.
—¿Nunca antes se había metido ahí?
—No, normalmente espera fuera poniendo cara de que le interesa mucho el reloj.

Transcurridos los treinta segundos, las cortinas volvieron a alzarse automáticamente en medio de un nuevo anillo de fuego. Las llamas delanteras se extinguieron, dejando la cabina a la vista del público. Efectivamente, El Gran Lipari había desaparecido dejando la camisa de fuerza en el suelo tras de sí.

Pero durante veinte segundos, no ocurrió nada más.

—Esto sí que es raro —musitó Arjona—. Normalmente, a estas alturas Lipari ya habría reaparecido ahí, a la entrada de la sala, en la otra punta.

Un hombre se levantó de entre el público y caminó hacia la puerta de entrada, al principio con tranquilidad, luego cada vez más agitado. Cuando cruzó el umbral, oímos un grito de terror.

Arjona y yo fuimos los primeros en levantarnos. Así que fuimos de los primeros en encontrar, fuera de la sala, el cadáver degollado del Gran Lipari. La escena era grotesca, el rostro de horror de ese hombre, su impecable frac arrugado y sus piernas rotas y desencajadas.

Con el teatro acordonado, con la policía tomando declaración a los testigos, la velada adoptó un nuevo y lúgubre tono. Arjona, que hasta el momento se había mostrado ilusionado como un crío, contemplaba abatido el lugar donde se había encontrado el cuerpo del mago. Su último acto de desaparición, con una trágica reaparición.

Al fondo, el ingeniero, la costurera, el tramoyista y la encantadora ayudante estaban declarando ante cuatro agentes uniformados. El equipo de Lipari al completo. Pude escuchar parte de las declaraciones:

MELANIE ROCA, 25 años, soltera, encantadora ayudante: No puedo creerme que Francisco esté… ese es su verdadero nombre, Francisco Lopera. El Gran Lipari es su nombre artístico, ¿saben…? ¿Cómo dice? No, Melanie es mi nombre. Puede consultarlo, Melanie Roca es oficialmente mi nombre de verdad. No me puedo creer que esté muerto. Era… era una gran persona. Llevaba nuev… siete, siete años ya trabajando con él. Y este número era sin duda el mejor que había hecho.

ÁLVARO MEMBRIVE, 53 años, casado, ingeniero: Fui yo quien encontró el cuerpo, sí. Me gusta ver el espectáculo desde el patio de butacas, para ver si se nota algo, y cuando vi que Lipari no reaparecía me preocupé. Mi trabajo con El Gran Lipari consistía en diseñar sus trucos. Así de simple. El número del escapista fue idea mía… no, preferiría no revelarlo, es mi mejor obra. En cualquier caso es extremadamente complicado, no bastaría con una simple explicación, y Lipari firmó un acuerdo de confidencialidad que protege mi obra, así que si no es con una orden preferiría que no supieran en qué consiste.

ROSALÍA CASAUZ, 46 años, casada, diseñadora: Yo me encargaba de diseñar el vestuario para El Gran Lipari y para Melanie. Es un trabajo bastante sufrido, la verdad, porque tienes que preparar la ropa para esconder elementos de atrezzo y demás… ¿Cómo? Sí, claro que teníamos camisas de fuerza trucadas, diseño mío. Pero si le echa un vistazo a la camisa de la cabina verá que es cien por cien auténtica, sin trampa ni cartón. Lipari no quería ser tan obvio.

ENRIQUE MARTOS, 22 años, soltero, tramoyista: ¿Qué quiere que le diga? Me paso la representación entre bambalinas. Soy el encargado de operar los telones, anillos de fuego y demás elementos del escenario, y todo eso se hace desde el sótano. Hace ocho años que trabajo… bueno, que trabajaba con Lipari. Para mí era casi como un padre… aquí somos todos familia, por así decirlo.

—¿Cómo crees que lo haría? —comenté.
—Supongo que eso ya da igual.
—Jnum dice que la camisa quizás no era tan robusta como dijo, que aquella costura floja podría…
—Jack, déjalo. Lipari ha muerto, dudo mucho que la apuesta siga en pie. No tengo tiempo para ponerme a intentar adivinar cómo hacía su truco.
—Pues deberías.
—¿Ah, sí? Estamos investigando un asesinato, ¿se puede saber por qué debería seguir jugando?
—Lipari desapareció vivo y reapareció muerto. Ninguno de nosotros sabemos dónde estuvo durante ese minuto, pero allá donde estuviera, su asesino tuvo que estar con él.

Arjona levantó la mirada sorprendido. Los cuatro miembros del equipo de Lipari seguían tomando declaración.

—¿Crees que ha sido uno de ellos? —preguntó.
—Apostaría un millón de euros.

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Apéndice: ¡VAMOS A VER AL MAGO!

Saludos, equipo.

Os comento que hemos tenido problemas para conseguir entradas para el mago. El espectáculo de magia del Gran Lipari está causando sensación, y el desafío de adivinar cómo hace su número de escapismo atrae a las masas como un imán. Además, Lipari se apuesta dinero a que nadie logrará resolver el truco, y por lo visto cada semana sube la cuantía del premio… como entenderéis, es un éxito de taquilla.

Imaginad mi sorpresa cuando descubrí que uno de los que llevan semanas comprando sus entradas antes que nosotros es el inspector Víctor Arjona. Se ve que el pobre está empeñado en resolver el truco, pero por más que lo intenta se encuentra siempre con que las pruebas contradicen sus teorías. Las cuales, naturalmente, se niega a compartir.

Esta vez ha decidido que quiere ponernos a prueba. Dice que, si él no lo ha sacado todavía, duda que podamos nosotros, así que ha movido algunos hilos. ¡Y tenemos entradas para la semana que viene!

Las dos primeras filas son nuestras. Os quiero muy atentos, tomando notas a cada pequeño detalle, diseccionando el número de escapismo del Gran Lipari paso por paso. Como le ganemos la apuesta a Lipari, ¡nos vamos todos a cenar para celebrarlo y con lo que sobre nos montamos una oficina más grande!

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