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Caso nº 00035 – OMERTÁ (CERRADO)

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En estos cinco años y medio, la Sociedad del Misterio ha tenido clientes de todo tipo. La policía suele recurrir a nosotros con bastante frecuencia, pero también hemos ayudado a una joven desconsolada por la muerte de su hermano, a un sacristán injustamente acusado de asesinato, incluso a una actriz porno amenazada de muerte. Nunca hemos hecho distinción: si alguien nos necesita, allí estamos.

Aún así, creo que nunca imaginamos que llegaríamos a trabajar para un cliente así.

- ? -

Firmé el acuerdo de confidencialidad que tenía frente a mí y pasé la pluma de oro al Profesor Boniatus. Rechacé educadamente el sin duda excelente vino que me ofrecía el anciano mayordomo y, mientras el resto de la Junta Directiva firmaba el documento legal, sostuve la mirada de nuestro nuevo cliente.

Giancarlo Rosano me contemplaba con interés desde el otro lado de su enorme escritorio de caoba, con los dedos entrelazados frente al mentón y una mirada gris y cansada. Oficialmente, el hombre que requería nuestros servicios era un empresario de la construcción, un hombre de negocios que estaba consiguiendo capear con éxito la crisis económica mundial. Junto a él, como una torre, se erguía Antonio Pesci, abogado de la familia y mano derecha de Rosano. Un hombre alto y espigado de mirada astuta y hosca.

Mycroft fue el último de nosotros en firmar. Pese a que no iba a participar de forma activa en el caso, su vinculación con la Sociedad del Misterio hacía que su rúbrica también fuese necesaria. Con calma, empezó a leer el documento.

—Es una mera formalidad, Mycroft —dijo Pesci.

—Me hago cargo, Antonio —respondió Mycroft sin apartar la mirada del contrato.

Finalmente estampó su firma sobre el papel. Acto seguido lo hicieron Pesci y Rosano. Ahora era oficialmente nuestro cliente.

—Son ustedes detectives —dijo Pesci—, así que no les insultaré negando nuestro conflictivo pasado. A cambio, ustedes no nos insultarán negando nuestro presente.

—Nos debemos a los hechos, señor Pesci —respondí—. Las pruebas demuestran que la familia Rosano aún tiene una buena relación con los Sidone, aunque sigue enemistada con los Vitti y los Manetta. Pero a día de hoy, esa parece ser la única conexión del apellido Rosano con el Sindicato.

No es elegante decir “Crimen Organizado” delante de un mafioso, aunque sea uno reformado. Poco elegante y peligroso.

—Usted muestra respeto —musitó Pesci—. Hoy en día eso es algo que cuesta encontrar.

—Nuestro acuerdo es muy sencillo, caballero. Hemos venido aquí porque ustedes necesitan ayuda para esclarecer un misterio y quieren dejar a las autoridades fuera. Como asesores privados, no  estamos obligados a meter a la policía en esto, y mientras no seamos testigos ni partícipes de algo manifiestamente ilegal esta situación no tiene por qué cambiar. Quedando atrás su pasado, como usted bien dice, no tiene por qué darse esta situación, así que ¿por qué no tratarle con el mismo respeto que a cualquier cliente?

Por el rabillo del ojo pude ver que Boniatus estaba inquieto. Y podía entenderlo: la imponente verja de hierro por la que nos habían conducido se había cerrado a nuestras espaldas y no parecía querer volver a abrirse. Estábamos aislados del mundo.

Entonces, cuando Pesci estaba a punto de decir algo, Rosano alzó su mano derecha para detenerlo y tomó la palabra por primera vez.

—Acompáñenme, por favor —dijo levantándose de la silla. Al verlo de pie, nos dimos cuenta de que era mucho más bajo de lo que pudiera parecer… pero aún así seguía teniendo una presencia ominosa y amenazadora.

Precedidos por el mayordomo, que iba abriendo las puertas al paso de su señor, fuimos conducidos por los amplios pasillos hacia la cocina, de ahí a un atrio con suelo de tierra y elegantes columnas romanas, y finalmente al garaje. Se trataba de una monumental cochera que daba acceso directo al exterior. Estaba completamente equipada para el mantenimiento de los tres automóviles que descansaban en el interior: un banco de trabajo, un completo surtido de herramientas, incluso una fuente de piedra para lavarse las manos, con una rejilla de hierro en el suelo que hacía de desagüe. La puerta abatible parecía enormemente pesada, a juzgar por el tamaño del motor que la levantaba.

Uno de los tres vehículos era un Chrysler Imperial Roadster de 1933, un coche clásico y elegante. En el estado en que nos lo mostraron, se trataba de un carísimo colador con ruedas.

—Hace tres días falleció un asociado mío, Giovanni Palmintieri. En su poder tenía cierta información que declaró sensible, y dejó instrucciones de que, si le ocurría algo antes de poder entregármela, mi gente la recogiera y me la trajera aquí. Ayer por la tarde, dos de mis hombres de confianza, Luca Buonarotti y Aldo Bassi, volvían del taller, de recoger el Imperial, y ya que estaban por la zona se encargaron de recoger la bolsa en la que Palmintieri guardaba esa información. Volvieron a la finca y activaron el Protocolo de Seguridad hasta poner dicha bolsa a buen recaudo…  —respiró hondo antes de continuar—. Fueron abatidos a tiros tan pronto como bajaron del coche.

—¿Qué es el Protocolo de Seguridad? —preguntó Parmacenda.

—Todos los accesos a la finca cerrados —aclaró Pesci—. Nadie puede entrar ni salir sin mi autorización expresa. Lo han experimentado al entrar.

—Luego el asesino debió entrar antes de que se implantara ese protocolo. ¿Cómo salió?

El silencio de Rosano nos hizo comprender la situación: con el protocolo de seguridad implantado, el asesino no había podido salir. Estaba en la finca con nosotros.

—¿La bolsa? —preguntó Mycroft.

—Desaparecida.

—¿El arma? —inquirió Celdelnord.

Nuevamente, Rosano se mostró incómodo.

—Es una Tommy del 28 —explicó Pesci.

—Vaya —exclamó Nicolás—. Eso a día de hoy es casi una pieza de museo. Quiero decir, incluso si hablamos dentro de los parámetros del cr… del Sindicato, ¿quién tiene un arma así hoy en día?

—Yo —admitió Rosano—. Adquirí una hace dos semanas, para mi colección. Había sido autentificada como el arma que Elliot Ness usó en una de sus redadas contra los soldados de Capone. Estaba en mi sala de trofeos. Se encontró tirada en el suelo junto al coche, justo ahí.

No pude contener un silbido de admiración. ¡El arma de Elliot Ness!

—¿No estaba inutilizada?

—¿Compraría usted la Giocconda original para cortarle la sonrisa? ¿El David original para hacerle añicos la cabeza? No se puede inutilizar el arte.

—Sigue sin ser legal.

—La Peacemaker de Wyatt Earp. La Luger de Göring. Incluso las Astra de ese Caudillo que tuvieron ustedes. Cuando se justifica el valor histórico de un arma, cuando está documentado que dicha arma perteneció a una figura de relevancia en la Historia, no se la inutiliza. Este arma está documentada, tengo los papeles del FBI que cerfitican que ha estado en un almacén de pruebas.

—¿De quién sospechan? —pregunté directamente.

—Hemos registrado la casa a fondo y no hay nadie más que los que normalmente están aquí. Tiene que ser uno de los míos.

—Omertá —musitó entonces Boniatus.

—¿Perdón? —dije.

—La Ley del Silencio —explicó—. La prohibición categórica de la cooperación con las autoridades estatales o el empleo de sus servicios, incluso cuando uno ha sido víctima de un crimen. Por eso han acudido a nosotros, y por eso el acuerdo de confidencialidad. Piensan que uno de los suyos es un chacal de una de las familias rivales.

—Estoy fuera de ese juego —explicó Rosano—. Pero si es eso lo que ha pasado, si esto es obra de los Vitti o de los Manetta… No, meter a la policía en esto sólo sería complicar las cosas. ¿Pueden resolverlo ustedes?

—Tendremos que hablar con toda la gente de la casa —dijo Parmacenda.

—Contándome a mí, somos nueve.

—Aquí nos vendría bien Zalaya —musitó.

—Sí, pero mientras no termine su investigación no puede regresar al país, ya lo sabes —expliqué.

—Necesitaré pleno acceso a la hacienda —argumentó Boniatus.

—Yo al coche y al arma en todo momento, y posiblemente a más objetos que encuentre mi compañero—agregó Celdelnord.

—Concedido.

—Yo necesitaré saber todo cuanto sea posible sobre su familia —solicitó Nicolás.

—Le proporcionaré toda la información que necesite —terció Pesci.

—Podemos resolver este caso, señor Rosano —dije—. El asesino ya ha cometido su primer error: ha atacado cuando no podía entrar ni salir nadie. Pero debo hacerle una pregunta, y necesito una respuesta totalmente franca.

—Adelante.

—Cuando encontremos al asesino, ¿qué hará usted?

El silencio que siguió a aquella pregunta heló la sangre en las venas de los presentes. Rosano me taladró con la mirada.

—Si cree que puede insultar al señor Rosano en su propia casa… —objetó Pesci.

—No es mi intención —me apresuré a explicar—; pero si la policía se queda fuera de esto, necesitamos saber cuáles son sus planes, dado que según los términos de nuestro acuerdo no vamos a ser cómplices de nada ilegal.

—Su deber, señor Ryder, es encontrar a un asesino —respondió Rosano—. Cumpla usted con su deber, y yo cumpliré con el mío. ¿Va a cumplir con ese acuerdo que tan diligentemente acaba de esgrimir contra mí, o tendré que buscar a alguien que sí lo haga?

Agaché la cabeza, oculté mi mirada bajo el ala del sombrero. Habíamos firmado. Nos había enseñado lo ocurrido. Nos había revelado que sospechaba de su propia familia. Ahora ya no había vuelta atrás.

—Soy un hombre de palabra, señor Rosano —concluí—. En esta casa hay un asesino, y la Sociedad del Misterio dará con él.

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Caso nº 00031: LA CAJA DE PANDORA (CERRADO)

Admitámoslo, hay asesinos fáciles. Normalmente, cuando el crimen tiene un motivo, es fácil encontrar al culpable entre aquellos que conocían a la víctima. Una coartada que no encaja, una mentira que contrasta con los hechos, y la historia del asesino se derrumba.

Por desgracia no siempre es tan sencillo. A veces el asesino no tiene nada personal contra la víctima. A veces, lo único que se necesita para matar a alguien es cobrar por un trabajo bien hecho.

La víctima, Emilio Pelayo, aún estaba en su cama. Sería fácil tomarle por dormido, de no ser por el agujero de bala en la frente y la sangre que empapaba las sábanas.

—Esto es un trabajo profesional —apuntó Arjona levantando la sábana con una mano enguantada—. Un disparo en el pecho y otro en la frente. Una ejecución.
—¿Un sicario?
—Tiene toda la pinta.
—No lo entiendo.
—Sí, yo tampoco. Esto es… Yo creo que no sería capaz de matar a nadie por dinero, me cuesta entender que…
—No, si lo que digo es que no entiendo quién demonios contrataría a un asesino profesional para cargarse a un estudiante universitario.

Resultaba raro, admitámoslo. Cuando uno investiga un asesinato profesional, no espera que el escenario sea un piso cutre de estudiantes. Emilio era un estudiante de primer año de informática. Tenía diecinueve años, le faltaban dos meses para los veinte. Acababa de mudarse a la ciudad, justo a tiempo para empezar los estudios. No parecía el típico objetivo de un asesino a sueldo.

El crimen se cometió en mitad de la noche. Sus compañeros de piso estaban en casa, así que naturalmente se convirtieron en personas muy pero que muy interesantes para la policía. Pero hacía ya un rato que se habían aferrado a la historia de que ninguno de ellos vio ni oyó nada y de ahí no salían, así que decidí concentrarme en la escena. La víctima no vivía con excesivos lujos, ni siquiera llegué a ver un ordenador. Parecía totalmente dedicado a sus estudios. Aunque en una estantería se veían algunas fotos del difunto al volante de un lujoso deportivo, o vestido muy elegante y festejando con gente aparentemente rica.

—¿Opinión? —preguntó Arjona.
—Bueno —dijo Irene incorporándose—, tendré que hacer una autopsia completa, ya te lo imaginarás, pero yo fijaría la hora de la muerte entre las dos y las tres de la madrugada. Por el tamaño de la herida, yo descartaría los calibres más convencionales. Eso refuerza vuestra teoría del sicario, pero tendría que estudiar el cuerpo a fondo para poder asegurar nada.

Entonces tuve una idea.

—¿Cómo se llama el detective que está interrogando a los chavales? —pregunté.
—¿Qué? Ehm… Vidal, Pablo Vidal.
—Vale, gracias. ¡Vidal! ¿Puede venir un momento?

El detective Vidal, un hombre compacto (bajito pero fuerte), plegó su bloc de notas y se acercó a nosotros.

—Sí, dígame.
—¿Qué opina usted de este escenario del crimen?

Y Vidal me respondió. Pero no le presté ni la menor atención. Porque lo que realmente me interesaba era que los compañeros de piso de la víctima dejasen de tener a un policía al lado. Con la oreja puesta en su conversación más que en el detective que contestaba diligentemente a mis preguntas, escuché lo siguiente:

—¿Y ahora qué?
—Supongo que ya está. Nos hemos librado.
—¿Tú estás tonto? Viernes por la tarde, la Caja de Pandora, mañana, ¿recuerdas?
—Emilio iba de farol, seguro.
—Yo no me la quiero jugar. Si no era un farol, Emilio la ha palmado y nosotros estamos jodidos.
—Sí, sin duda muy interesante —interrumpí a Vidal, y me giré de pronto hacia los chavales—. ¡Buenas tardes! Jack Ryder, de la Sociedad del Misterio. ¿Me lo contáis o preferís que me lo invente?
—¿Qué? —balbució el primero, el de la camiseta desgastada de Mortadelo—. ¿De qué habla?
—¿Nadie?
—Oiga, ya le hemos dicho a ese detective que nosotros no vimos ni oímos nada —replicó el segundo, metiendo las manos en los bolsillos de su remendado pantalón vaquero.
—Que me lo invente yo, ¿no?

El tercero no dijo nada. Se limitó a bajar la vista hacia sus sucias y ajadas zapatillas deportivas.

—Muy bien. Voy a decir Pandora Tomorrow. Vuestro compañero os tenía amenazados. Y si él no hacía algo para evitarlo, mañana mismo lo que quiera que tenía contra vosotros saldrá a la luz. ¿Voy bien?
—¿Es un gamer? —exclamó uno de los chicos boquiabierto.
—Vale, hablaré —proclamó de pronto el que había estado en silencio hasta entonces.
—¡Isma! —protestó el otro.
—Tú mismo lo has dicho, acabará por salir a la luz. Y si nos callamos van a pensar que fuimos nosotros. ¿Ya qué más nos da?

- ? -

—La cosa es así —explicó Ismael Gómez (veintidós años, estudiante de medicina)—. Estamos aquí porque nuestros padres nos lo pagan. Piensan que nos dedicamos únicamente a estudiar, pero nadie puede pasarse la vida estudiando sin despejarse de vez en cuando. Así que salimos de fiesta, incluso una vez hicimos una fiesta aquí, pero ellos no lo saben.
—Hasta ahí no veo nada raro.
—Ya, pero Emilio nos sacó fotos.
—¿Y qué?
—Que el muy capullo nos amenazó con mandárselas a nuestros padres si no hacíamos lo que él quería —terció Guillermo Cebrián (veintiún años, estudiante de comunicación audiovisual).
—¿Y eso era…?
—Compartir piso con él —aportó Enrique Fuentes (veintitrés años, estudiante de biblioteconomía)—. Si no tenía compañeros, no podía permitirse el alquiler, así que nos tenía aquí contra nuestra voluntad.
—Pero sólo estabais de fiesta. Vuestros padres lo comprenderían.
—El muy cabrón pensaba decirles que nos habíamos ido de putas.
—¿Os habíais ido de putas?
—¡No! —respondieron los tres al unísono.
—Pero tonteamos con algunas chicas, y de eso son las fotos —explicó el primero—. Y aquí daba igual lo que nosotros supiéramos: si les decía a nuestros padres que las fotos eran de nosotros con putas, ya nos podíamos ir despidiendo de la carrera.
—Además se dedicó a sacar fotos en distintos momentos de la noche —puntualizó el segundo—. Como cada vez había gente nueva, pensaba decir que montamos más de una fiesta.
—Y tooodas con putas —redondeó el tercero.
—Entiendo. ¿Y la Caja de Pandora?
—No sabemos cómo pensaba hacerlo —explicó Cebrián—, pero nos dijo que, a menos que él lo evitara, nuestras fotos aparecerían publicadas en Internet el viernes a las seis de la tarde.
—Todas las semanas lo mismo. Yo creo que tenía un cómplice —añadió Gómez.
—Entiendo. Estabais todos aquí cuando ocurrió todo, ¿verdad?
—Sí, así es.
—¿Estabais dormidos ya?
—No, la verdad es que no.
—¿Y cómo lo hicisteis para no enteraros de que estaban asesinando a vuestro compañero?

Pausa. En sus ojos pude ver que ellos tampoco lo entendían.

—Bueno, yo estaba en mi cuarto —explicó Cebrián—. Y tenía los auriculares puestos.
—¿Y vosotros?
—Nosotros estábamos en el salón… —comenzó a decir Gómez, y entonces se le encendió la bombilla—. Anda, coño.
—¿Qué?
—Gears of War 2. Estábamos viciados al Gears of War 2, jugando online con otro pavo, y berreándole por el micro. Partida de despedida antes de irnos de puente.
—¿Nadie vio ni oyó nada?
—Mire, yo a las dos y media o así —comentó Cebrián —estuve en su cuarto. Antes de eso había estado viendo a estos dos jugar, y luego me retiré, pero me pasé por su cuarto primero a pedirle una cosa. Me lo encontré ya dormido… y me pareció que había alguien con él.
—¿Qué?
—No, pero resultó ser ropa. ¿No les ha pasado nunca? ¿Eh? ¿Qué ven un montón de ropa en la silla por la noche y se creen que es un asesino?

Tomé nota (de hecho apunté un “manda cojones”) y me aparté para hablar con Arjona.

—¿Cómo has sabido lo del chantaje? —me preguntó.
—Pandora Tomorrow es un videojuego. Si el terrorista al que tienes que atrapar no llama todos los días a un número y da una clave, se libera un virus mortal. La frase “La Caja de Pandora, mañana”, sumado a lo de que ahora que la víctima había muerto ellos estaban jodidos…
—O sea que estos tres tenían algo contra la víctima.
—Sin duda alguna.
—Bien. Podemos llevárnoslos para interrogarlos, vamos a pillar al cabrón que…
—No han sido ellos.
—¡Oh, venga, no me jodas! ¡A ti te gusta marearme!
—Vamos, Arjona, no eres tonto y lo sabes. Ellos sabían lo del blog, no les interesaba matarlo. Y aunque se les hubieran cruzado los cables… Mírales. Ropa vieja, videojuegos viejos. Están aquí con lo que les dan sus padres, y eso les da para vivir pero no para pagarse todos los caprichos que les gustaría, tanto menos para pagar a un profesional.
—Vale, ¿y entonces qué sugieres?
—Primero, averiguar cómo entró y salió de aquí un asesino sin ser visto. Y aparte de eso… mira sus fotos. Un cochazo, fiestas de lujo. No son las fotos de alguien que necesita ayuda para pagar el alquiler. ¿Qué nos hace pensar que sólo chantajeaba a estos tres?
—Si tu teoría del Pandora Tomorrow es correcta, dentro de veinticuatro horas debería salir la información de todas sus víctimas en Internet. Ahí sabremos si tienes razón, y si no pillamos al autor material, al menos sí que podríamos averiguar quién le pagó.
—Sí, es un sistema.
—¿Pero?
—Pero si hay más víctimas de chantaje y los descubrimos cuando sus secretos ya han sido expuestos, no estarán muy habladores… Si en veinticuatro horas no tenemos nada, trabajaremos así; pero si descubrimos antes cómo pensaba hacerlo el chantajista y lo impedimos, tendremos una nueva lista de sospechosos que de pronto nos deberán una.

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Caso nº 00025: UN EQUIPAJE INESPERADO (CERRADO)

La habitación de paredes blancas se encontraba en un silencio sólo interrumpido por los rítmicos pitidos de un electrocardiógrafo. Ni nuestro nuevo cliente ni yo nos atrevíamos a articular palabra alguna. La pequeña niña de cinco años que descansaba en aquella cama llevaba ya más de una semana sin despertar.

Rodolfo Dantés, el abogado de la familia de la niña, me pidió que saliéramos al pasillo para hablar. Pude apreciar que estaba verdaderamente afectado por la tragedia.

—No debió pasar. Simón… mi cliente… se desvive por la pequeña Andrea. Estoy seguro de que él conducía con todo el cuidado del mundo.
—Los accidentes ocurren, señor Dantés. ¿Cómo fue?
—Simón metió a la niña en el coche cuando ya estaba dormida. Quería darle una sorpresa, la llevaba a Port Aventura. La niña duerme como un tronco, así que se habría despertado ya allí.
—Bonito detalle. ¿Qué ocurrió entonces?
—Un camión se salió de su carril. Simón intentó esquivarlo, perdió el control del coche y volcaron.
—Entiendo. Pero los accidentes no entran en nuestra jurisdicción, señor Dantés… usted nos ha llamado por otra cosa, ¿no es así?

El letrado suspiró y sacó una fotografía de su maletín. Se aseguró de que no hubiese gente cerca antes de mostrármela.

—La ambulancia llegó relativamente pronto, recogió a mi cliente y a su hija y los llevó al hospital, donde fueron debidamente atendidos. El problema vino cuando la grúa recogió el coche… y encontraron esto en el maletero.

Cogí la foto de su mano y se me heló la sangre en las venas. En toda esta historia, sinceramente, no me encajaba esa pieza… pero ahí estaba: un hombre joven, de unos treinta y pocos años, muerto por una herida de bala en la cabeza.

—Imposible que esto ocurriera durante el accidente.
—En cuanto Simón despertó, la policía le comunicó que estaba detenido como principal sospechoso del asesinato. Y no puedo culparlos, es comprensible que sospechen del propietario de la escena del crimen… pero mi cliente no pudo hacerlo, estoy seguro.
—Usted es un abogado competente —dije, demostrando que me había documentado sobre él antes de acceder a verlo—. Seguro que podrá demostrar su inocencia…
—No lo entiende. Simón es hijo único, huérfano y viudo. Andrea sólo le tiene a él. Cuando despierte del coma necesita tener a su padre cerca… y sólo Dios sabe cuánto podría alargarse el juicio antes de que pueda exonerarlo. Necesito ayuda externa, señor Ryder.

—¿Opinión? —pregunté.

Estaba de vuelta en la oficina, acompañado por nuestro cliente y por Zalaya. El abogado sostenía entre sus manos nerviosas una taza de mi mejor té de cacao, coco y vainilla.

—Habría que llamar a Boniatus —comentó Zalaya—. No querrá perderse esto…
—El profesor se ha ganado unas vacaciones, y se merece disfrutar de ellas sin interrupción. Además, dentro de lo malo, en este caso en concreto su departamento quizás iba a tener muy poco trabajo.
—Hm, cierto, es una ECM, no lo había pensado.
—¿ECM? —preguntó el abogado.
—Escena del Crimen Móvil —explicó Zalaya.
—Exacto. Sabemos dónde se encontró el cadáver, pero no dónde lo mataron. En estas fotos no se aprecia que haya apenas sangre en el maletero, y las heridas de bala en la cabeza tienen la mala costumbre de sangrar.
—¿Y entonces? ¿No tienen con qué trabajar?
—Yo no he dicho eso, pero necesitaría saber dónde buscar. Podemos empezar por el coche, pero ayudaría tener alguna idea aproximada de dónde más ha estado y de quién ha tenido acceso a él.
—Si me disculpan, voy a llamar a mi pasante para que me consiga esa lista —terció el abogado.
—Por supuesto. ¿Tú cómo lo ves, Zalaya?
—Coincido, necesitamos saber quién ha usado o tenido a mano ese coche. Pero no creo que debamos descartar que realmente el señor… ¿Cómo ha dicho que se llama su cliente?
—Simón Cañizares— replicó Dantés cubriendo el teléfono, y volvió a su llamada.
—Simón Cañizares. Que el señor Simón Cañizares estuviese deliberadamente trasladando un cadáver en su maletero hacia Port Aventura.
—A estas alturas yo ya no descarto nada —apunté—, pero ¿quién lleva un muerto al parque de atracciones con su hija de cinco años en el coche?
—Yo no, desde luego. Pero no digo que sea lógico, sino que no deja de ser posible. Acuérdate del Exiliado y de lo inocente que parecía.
—Hay una complicación añadida… he hablado con Irene, ha conseguido echarle un ojo al informe de la autopsia. Y hay algo que no termina de encajar… El cuerpo se ha empezado a descomponer a lo bestia durante el traslado. A día de hoy es imposible determinar exactamente cuándo se cometió el crimen.
—¿Cómo ha ocurrido eso? —inquirió Zalaya.
—Lo está investigando para nosotros, pero lo que sí que es cierto es que nos echa por tierra cualquier intento de cronología. Sabemos que ese cadáver se introdujo en ese maletero antes del accidente, pero no sabemos cuándo ni en qué momento lo mataron.
—¿Lo que quiere decir?
—Que aunque sepamos quién accedió cuándo al coche, no podremos relacionar eso con la fecha de la muerte. Necesitaremos algo más para descubrir quién lo hizo.

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Caso nº 00022: EL ASESINO ASESINADO (CERRADO)

—Sammy el Hurón —musité—. Quién iba a decir que acabaría así.

El flash de la cámara de Boniatus iluminó por un segundo el cadáver que yacía a mis pies. Samuel Preciados, alias “Sammy el Hurón”. Asesino a sueldo, de los más caros. Especializado en lo que él mismo llamaba “trabajos de limpieza”: la eliminación de cualquier rastro dejado atrás en un crimen… incluyendo al criminal.

Causa de la muerte, herida de bala en la cabeza. No dejaba de ser irónico.

—Gracias por venir tan rápido —me dijo el subinspector Roberto Alterio—. Esta semana estamos algo cortos de personal.
—Es lógico, con la mitad de Homicidios en el Congreso de Criminología. ¿Quién ha quedado al mando del departamento?
—Mendoza.
—Pues gracias a ti por llamarnos, Roberto.
—A mandar. Mendoza puede decir lo que quiera, pero en el departamento no hay nadie que se lo crea.
—Ya, pues si la gente se lo creyera un poquito menos quizás no nos habrían retirado la invitación al Congreso —gruñí entre dientes—. ¿Quién lo encontró?
—Un vecino oyó el disparo y nos llamó. Luego oyó un portazo, pero cuando salió a mirar ya no había nadie. Los demás vecinos de la planta confirman esta versión.
—Zalaya, ve a ver si puedes sacarle algo más a los vecinos —dije a nuestro jefe de departamento de testimonios y declaraciones —. Esto va a ser jodido, Roberto. El Hurón tenía enemigos en todo el submundo criminal. La lista de sospechosos va a ser interminable.
—Lo sé. Por eso os he llamado, si conozco bien a Mendoza cerrará el caso a la primera de cambio, por falta de pruebas, y encima se chuleará de que no podía pasarle a un cerdo que se lo mereciera más. Prefiero que lo veáis vosotros primero… y si hay que cerrarlo, al menos sabré que se ha hecho todo lo posible.
—Arjona escoge bien a su equipo, Roberto. ¿Profesor?
—Piso franco —opinó Boniatus—. Casi sin amueblar, sólo cosas de trabajo. No sacaba mucho la basura, pero sólo hay una bolsa llena y una segunda recién empezada… Se instaló hace poco. Las vistas no son gran cosa, una fachada da al supermercado y la otra a la fachada del edificio de al lado. Habría que asegurarse, pero dudo que escogiera el piso por la ubicación. Con la reputación del Hurón, no creo que su objetivo esté por esta zona.
—A ver si podemos averiguarlo pronto. ¿Qué tenemos del portátil?
—Los datos están encriptados, me llevará un ratillo —replicó uno de los técnicos de Jnum.

La víctima presentaba orificios de entrada y salida. La bala le atravesó la cabeza, así que debió acabar en alguna parte. Pregunté a Boniatus a ese respecto.

—Junto a la ventana —me indicó—. Necesitaremos algo más de equipo para determinar la trayectoria y calcular el punto de origen, me temo.
—¿Roberto?
—Haré lo que pueda, pero no podré pedir un equipo hasta que Mendoza haya sido informado… así que a partir de ahí depende de él.
—¿Y crees que estará dispuesto?
—Pues no sé yo, Jack. Entre tú y yo… está un poco de mala leche porque Arjona ha ido al Congreso de Criminología y él no.
—¿Cómo era aquello que decías antes? ¿Eso de “no podía pasarle a un cerdo que se lo mereciera más”?

Hubo algunas sonrisas de asentimiento entre mis jefes de departamento. Para mi sorpresa, también se nos unieron algunos de los uniformados personados en la escena.

—Jack, tenemos un problema —avisó el técnico de Jnum.

Me aproximé al ordenador. En pantalla aparecía un correo electrónico.

—¿Qué tenemos?
—El trabajo para el que fue contratado el Hurón. Una limpieza. No tenemos el nombre ni la descripción de su objetivo, me temo… Hay comunicaciones anteriores que no han dejado rastro, o al menos aquí se menciona una, quizás ahí hubiera más datos. Pero sabemos que su presa iba a ser otro asesino, que el Hurón no debía eliminarlo hasta que hubiera terminado su trabajo… y tenemos el momento y el lugar. Y no te va a gustar.

El cursor seleccionó una frase del correo para hacerla más visible.

—Oh, no.
—Sabemos que el Hurón no terminará su trabajo —explicó Jnum—. Pero eso nos sigue dejando con el primer asesinato. No sabemos quién y no sabemos a quién, pero van a matar a alguien este domingo a medianoche… durante la cena de clausura de las Primeras Jornadas Internacionales de Criminología y Derecho Penal.

Sopesé esta información. Un asesino sin rostro, una víctima sin nombre, y menos de cinco días para impedir el crimen… y si actuábamos antes de tiempo, si interveníamos sin saber tras quién debíamos ir, podíamos alertar al asesino de nuestra investigación.

—Deja que Boniatus termine de procesar la escena, danos diez minutos de ventaja y avisa a la central de lo que tenemos aquí —pedí a Alterio—. Os cedemos este caso, sabemos que Mendoza no nos querrá intentando resolver este asesinato y no nos vamos a meter; pero haremos todo lo que esté en nuestra mano para evitar el segundo crimen.

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Caso nº 00018: MUERTE EN DIRECTO (CERRADO)

»Buenas noches, damas y caballeros, bienvenidos una noche más a “Simón Dice”. Hoy tendremos un programa muy especial, con la presencia de dos grandes personalidades enfrentadas: el controvertido documentalista Javier Rodríguez, autor de la polémica cinta que ustedes pueden ver en cines, “Atraque a mano armada”, como parte atacante; y el empresario naviero Eddy Puccio, propietario de cinco puertos deportivos en nuestro país, como parte ofendida. Creo que coincidirán conmigo en que hoy el debate va a ser de los buenos.

»Pero no es esa la única razón por la que digo que el programa de hoy va a ser especial. Antes de comenzar, me gustaría tener con ustedes una pequeña confesión.

»Recientemente, he sido víctima de serias amenazas si continuaba con el programa como hasta ahora. Al parecer, alguien se ha sentido tan ofendido con alguno de mis anteriores debates, que ha pensado que se imponían medidas desesperadas… no les mentiré, damas y caballeros: las amenazas eran de muerte.

»La cadena me pidió que me tomara en serio las amenazas. Y si he de ser sincero, estos últimos días yo mismo me planteé hacerles caso. Honestamente, estuve a punto de no presentarme hoy, de disculparme con mis dos invitados de la noche y de hacer que emitieran un especial con los mejores momentos de “Simón Dice”. Y sí, lo confieso, pensaba mantenerlo en secreto, no quería que nadie lo supiera, más que los ejecutivos de la cadena y yo.

»Pero entonces pensé: ¿de qué tengo que esconderme? Sé que este programa siempre ha sido polémico, sé que suelo escoger los temas de debate más controvertidos, y siempre he sabido que no a todo el mundo le gustará lo que hago. Pero sigo teniendo un público fiel, un público al que no le asusta escuchar la verdad, al que no le asusta que se le contradiga. Un público que, incluso en mis momentos más oscuros, me ha mostrado siempre su apoyo. ¿Y acaso no me debo yo a ese público?

»Así que aquí me tienen, damas y caballeros. Desafiante y provocador como siempre. Si alguien quiere matarme, si esas amenazas no eran palabras vacías… que vengan, si se atreven.

»Bien, no quiero que se nos vaya toda la noche con este tema, el debate de hoy es muy interesante, así que vamos a comenzar…

Un relámpago iluminó las oficinas de la Sociedad del Misterio mientras en el video se cortaba la emisión. Un corte que había tenido lugar un segundo demasiado tarde.

—Esas fueron las últimas palabras de Simón Yagüe —expliqué parando la reproducción—. Seguro que alguno de vosotros lo vio la semana pasada. Justo después de esas palabras, alguien entre el público le disparó en toda la cara, en directo para todo el país.
—Ahora la policía ha acudido a nosotros —apuntó Boniatus—. Según parece, han llegado a un callejón sin salida. Después de una semana interrogando a espectadores, no parecen tener nada sólido.
—El caso está frío, pero tiene que quedar algo que la policía haya pasado por alto. Esto es lo que tenemos: el arma del crimen estaba en un cubo de basura. No se han encontrado huellas. O el asesino usaba guantes, o sabe bien cómo limpiar un arma. La pistola estaba registrada a nombre de la víctima, así que cabe suponer que tenía enemigos. Balística ha determinado que el disparo se efectuó desde la entrada del plató, en medio de las gradas. Se ha interrogado a los espectadores que tenían asientos contiguos a esa zona, pero todos estaban mirando a Yagüe así que nadie vio nada. La policía nos prestará las pruebas que les pidamos, siempre y cuando las devolvamos en un plazo de veinticuatro horas.
—Dado que creemos que el propio Yagüe era consciente de tener enemigos —aportó Zalaya—, voy a ir al estudio a hablar con todos los miembros del equipo. Quizás alguien sepa algo, o quizás incluso encontremos a alguien con motivos para matarlo.
—Voy contigo —dijo Boniatus—. Quiero echarle un vistazo al estudio, tanto a la escena del crimen como a los camerinos, los pasillos, todo.
—Yo estudiaré las pruebas que nos pase la policía —terció Jnum—. Boniatus, ya sabes, si encuentras algo…
—De acuerdo. A los dos que vais a salir, id con cuidado que con este temporal la carretera no es muy segura… ¿se puede saber de qué te ríes, Ceres?
—No, de nada, Jack.
—Muy bien, mientras nuestros jefes de departamento nos elaboran sus informes, quiero que los demás nos dediquemos a trabajar con lo que tenemos. Estudiemos el video. No vamos a ver al asesino, eso creo que está bastante claro; pero podría haber alguna pista en las palabras de Yagüe, y no quiero que se nos escape. Tendré el DVD en mi despacho durante toda la investigación, si alguien quiere volverlo a ver no tenéis más que pasaros a preguntar.

»Ah, y una cosa más… Sabéis que me da cosa plantearos un misterio mientras algunos de vosotros estáis de exámenes, así que participad sólo cuando tengáis tiempo. Podéis venir a mi despacho y pedirme un resumen de lo que os hayáis perdido para no perder el hilo.

»¿Todo claro? Muy bien, vamos allá. El asesino tiene que haber cometido un error, y nosotros lo vamos a encontrar.

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Caso nº 00008: RÉQUIEM POR UN PAYASO (CERRADO)

Los que estéis más al tanto del panorama cultural ya habréis leído la noticia del fallecimiento del tenor Jorge Brezo, con tan solo 28 años. Era una joven promesa de la ópera, que había pasado de papeles de relleno al rol del barón Duophal en La Traviata y de ahí a Canio en I Pagliacci, su primer papel protagonista y sin duda el más dramático y sentido de todos. Su agente y sus compañeros de reparto se han mostrado desolados, como podréis leer en las siguientes declaraciones en prensa:

Juan Nicolaides (52 años, soltero, agente artístico del difunto): Se lo advertí. Le advertía que se implicaba demasiado con su personaje… Si eso no le mató, desde luego lo intentó. En las últimas semanas había llegado a tener hasta pesadillas. Aún no puedo creer que al final haya acabado así. Y en su mejor momento. La crítica aplaudió su Duophal, pero ¿su Canio? ¡Su Canio le iba a convertir en una leyenda! Conservaba todo el dramatismo, pero ¡qué amenazante! Hemos perdido a uno de los grandes, créanme.

Violeta Sanpedro (27 años, soltera, Nedda en I Pagliacci): No me lo creo. Sencillamente no me lo creo. No puede haber pasado. La noche anterior habíamos estado de cañas los tres, con Armi. Una noche de las buenas, de las que al final Armi y yo le tuvimos que llevar a su casa y todo. No me entiendan mal, Jorge apenas bebía salvo cuando teníamos algo que celebrar, y su Canio estaba cosechando tantos éxitos que esa noche salimos a festejarlo. Se le veía tan normal… No me puedo creer que haya pasado esto. No se lo merecía.

Armando Mazas (38 años, soltero, Beppe en I Pagliacci): Jorge era un genio. Era brillante, en serio. Con todos los años que llevaba yo ya en este mundillo, creo que no había visto a nadie tan joven llegar tan alto. ¡Canio antes de los treinta! El sueño de todo tenor. Sé que el espectáculo debe continuar… pero no va a ser nada fácil. Y por favor, dejen estar el tema de las drogas. Jorge no se drogaba, no tomaba nada que no le hubiera prescrito el médico, y esa noche me dijo que ni siquiera iba a necesitar su medicación. Un poco de respeto por un difunto, por el amor de Dios.

Falleció hace ya una semana en circunstancias aún por determinar: la autopsia ha encontrado somníferos en su cuerpo y en su dormitorio, pero las pruebas para determinar si se trataba o no de una sobredosis han resultado inconcluyentes. La prensa rosa y la amarilla, naturalmente, ya han apuntado a una no probada drogadicción, así como a un posible suicidio. Ya sabéis cómo son estos casos: la mayoría de las veces es imposible demostrar nada, pero a este tipo de revistas parece darle igual. Con todo, la versión oficial es que se trató de una muerte accidental.

Y ahí debió quedar la cosa. Pero cuando Virginia Brezo (30 años, casada, hermana del fallecido) quiso dar sepultura a su hermano, el padre Benito Piña (63 años, párroco, obviamente soltero) se negó en redondo, argumentando que “si Jorge resultaba haberse suicidado, habría cometido un pecado mortal y no podría ser enterrado en Suelo Sagrado”. Las súplicas de Virginia, feligresa de la parroquia del padre Piña desde pequeña al igual que su hermano, no sirvieron de nada.

Así que la señora Brezo solicitó nuevas pruebas. Según el forense que lleva el caso de Jorge Brezo, estas nuevas pruebas tardarán entre diez días y dos semanas, y aún no hay garantías de que vayan a dar mejores resultados. Pero ante la preocupación de la hermana, el forense habló del caso con una colega suya, nuestra buena amiga Irene Watson… y ella le habló de nosotros.

Reconozco que no acepté este caso con demasiada convicción. Conozco los detalles de la investigación. Es un callejón sin salida. Incluso si se confirmara la sobredosis, sería demasiado difícil determinar si fue accidental o voluntaria. Con todo, y como andábamos algo escasos de trabajo, decidí que bien podíamos echar un vistazo, sólo por si veíamos algo que a la policía se le hubiera escapado.

Esa misma noche, Boniatus y yo acudimos al apartamento del difunto. Un trabajo rápido: estudiar el lugar en el que se encontró el cuerpo, intentar aprender algo de cómo vivía Jorge Brezo, posibles motivos de suicidio, algún otro problema de salud que se les hubiera pasado por alto.

—¿Qué sabemos por ahora? —preguntó el Profesor.
—La mujer de la limpieza llamó un par de veces a la puerta antes de abrir con su llave, como hacía siempre. Encontró el cuerpo de Brezo tendido en la cama y se sorprendió, pero pensó que estaba durmiendo y le dejó a lo suyo mientras limpiaba el resto de la casa. Cuando intentó despertarle para limpiar el dormitorio, descubrió que ya era tarde. Tenemos fotografías de la escena, las traigo aquí, pero he preferido que lo veas in situ.
—¿Se ha interrogado a la mujer de la limpieza?
—Claro, pero ¿qué esperabas que descubrieran? No hay indicios de que sea algo más que un accidente o un suicidio.
—No sé, sólo pensaba que, si fuera un asesinato, sería muy conveniente para el asesino que alguien limpiara la casa antes de descubrir el cuerpo.
—Tienes mono de asesinatos, ¿eh? —comenté con media sonrisa.
—Bueno, es que el último caso fue un secuestro, y claro…
—¡Pero si tuvimos hasta caja de porno y todo!
—Eso sí te lo tengo que recono…

Rápidamente le hice una seña para que guardase silencio. No tardó en comprender lo que ocurría: al otro lado del rellano, la puerta del apartamento de Brezo estaba entreabierta.

Moviéndonos en silencio, con los cinco sentidos alerta, nos acercamos a la puerta del apartamento y nos pegamos a la pared. Desde el interior nos venía el ruido de cajones abriéndose y cerrándose, alguien revolviendo objetos. La leve luz de una linterna barría el apartamento. Oímos lo que nos pareció un suspiro de alivio. Al parecer no éramos los únicos que pensábamos que podíamos encontrar algo en ese lugar.

Desenfundé mi arma, hice una señal a Boniatus para que estuviera preparado y me dispuse a abrir cuidadosamente la puerta. Pero entonces se oyó el ruido de cristales rotos y unos pasos corriendo en dirección a la ventana. ¡Sabía que estábamos allí! Derribé la puerta de una patada e irrumpimos en el revuelto apartamento de lujo. Pero el intruso ya había salido por la ventana, el sonido de sus pisadas le situaba en la escalera de incendios.

—Quédate aquí —sugerí.
—Puedes necesitar ayuda…
—¡Quédate aquí y asegúrate de que no entre nadie más! —insistí—. Sea lo que sea que estuvieran buscando, no nos interesa que vuelvan a por ello.

Sin esperar respuesta, sabiendo que el tiempo apremiaba, salí a la escalera de incendios. Era rápido, había que concedérselo: para cuando puse el pie en el primer escalón, ya estaba en la calle. Corrí todo cuanto pude, le perseguí por entre el tráfico. Me llamó la atención que vestía ropa excesivamente colorida. También observé que corría agachado. Mi móvil vibraba en mi bolsillo, pero en ese momento tenía cosas más importantes que hacer.

Finalmente entró en un callejón. Pero cuando doblé la esquina, me encontré cara a cara con el cañón de una pistola. Sabía que no me daría tiempo a apuntarle con la mía antes de que disparase… Error de principiante. Al menos ahora estaba seguro: mi presa, la persona que me estaba apuntando a la cabeza, iba vestida de bufón y llevaba la cara pintada.

Retrocedió un par de pasos sin dejar de apuntarme. No dijo una palabra, pero yo ya creía estar bastante seguro de que no tenía intención de disparar si no era necesario. Decidí arriesgarme y levanté mi propia arma… el disparo del bufón me agujereó el sombrero. Cerré los ojos por impulso. Para cuando los volví a abrir, el bufón había desaparecido. Traté de dar con él, pero parecía haber desaparecido a la salida del callejón. Pregunté a los viandantes, rebusqué por los portales y finalmente di con una tapa de alcantarilla abierta. Pero el rastro ya se había enfriado. Había perdido al tirador.

Con un gruñido de frustración, me saqué el móvil del bolsillo y descolgué.

Jack, soy Irene— saludó la voz de nuestra buena amiga al otro lado de la línea—. Tengo novedades del laboratorio forense. Una dosis monstruosamente elevada de secobarbital.
—¿Secobarbital? ¿Barbitúricos?
Sí, ya sabes que se utilizan para el tratamiento del insomnio, y se sabía que el tenor lo padecía. También ha sido la causa de la muerte de más de una celebridad, como Marilyn Monroe o Charles Boyer. Una forma muy glamourosa de morir, si me perdonas el comentario. Siento haberte metido en esto, Jack, me temo que al final va a ser un suicidio.
—Ya, pues ¿sabes qué? Yo lo dudo bastante.

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Caso nº 00005: LA ESCENA Y EL CRIMEN (CERRADO)

Como bien sabéis, la Sociedad del Misterio se define como una “consultoría criminalística”. Nosotros no somos la ley, no tenemos ningún tipo de autoridad, pero asesoramos al Cuerpo de Policía y a particulares siempre que haya un misterio por resolver.

Esto ha llevado a alguna que otra situación extraña, como la que nos ocupa. Hace algo más de un mes, cuando aún estábamos en mitad del caso del Asesinato del Doctor Watson, recibí por correo convencional una carta de Gabriel Rojas, guionista especializado en el cine de intriga. Se había adentrado de lleno en un nuevo proyecto, y quería saber si podríamos asesorarle para garantizar que la escena del asesinato que daría origen a toda la trama. Ocupados como estábamos resolviendo un caso, y más siendo yo uno de los principales sospechosos, no pude responderle en su momento.

Después de resolver ese misterio, recibí una segunda carta del guionista. Insistía en que quería que esta historia fuese perfecta y que estaba deseando trabajar con nosotros en este proyecto. Con gran amabilidad le respondí que la Sociedad del Misterio se encarga de asesorar en crímenes reales, y que aunque le agradecíamos la confianza depositada en nosotros nos iba a ser imposible ayudarle.

Con todo, no dejó de insistir. Decidí hacer algo de investigación por mi cuenta. Gabriel Rojas fue un buen guionista de misterio (no excepcional, pero bueno) hasta sus dos últimos trabajos. Esas dos películas fueron auténticos fracasos de crítica y taquilla. Desde entonces, y hasta la primera carta que recibimos, Gabriel Rojas pasó cinco años sin trabajar. Durante toda su carrera había formado equipo con el guionista Federico Aquino, su mejor amigo, pero tras su último fracaso no se les volvió a ver juntos. Según se ha sabido, Rojas consideraba a Aquino el responsable de sus últimos fracasos… algo a lo que el propio Aquino prefería no dar importancia. “Trabajemos por separado, de acuerdo”, ha dicho en más de una entrevista, “y cuando cada uno haya estrenado un guión ya se verá de quién era la culpa”. Rojas se volvió huraño, encerrado en su oficina día sí día también. Sólo su secretaria, Susana Montero, le veía con regularidad, y nadie que la conozca se explica cómo le ha seguido soportando cada día.

Y de pronto, hace tres meses, contactó con el director con el que más veces había trabajado, Leopoldo Romero, y le dijo que estaba preparando una nueva historia. Que sería la mejor historia de misterio que nadie hubiera leído jamás. Que nadie sería capaz de adivinar el final. Y que quería que la dirigiera él, que quería volver a trabajar con él en equipo, con sólo dos condiciones: nadie podría ver ni una página del guión sin su consentimiento (y eso incluía al director), y Federico Aquino quedaría fuera del proyecto. Desde entonces, ese proyecto cinematográfico ha sido el mayor de los secretos de la industria.

Recibimos su penúltima carta la semana pasada. Nos ofrecía una primicia exclusiva: el derecho a leer la página del guión en la que se relataba la escena del asesinato. Su intención era remitirnos esa página en breve, cuando se hubiera asegurado de que todo estaba bien escrito, y nos desafiaba a descubrir al asesino sólo con esa página. También decía que, si nos interesaba lo que pudiéramos leer, esperaba que le recompensásemos concediéndole por fin esa sesión de asesoramiento.

Esta última semana he estado terriblemente ocupado entre el seminario de criminología que he estado impartiendo y el congreso de nuevas técnicas de investigación criminalística al que fui como ponente (terriblemente mal organizado, se me han quitado las ganas de repetir). Pero cuando anoche por fin logré tener un momento libre, decidí acercarme por la oficina de Rojas para explicarle personalmente que no ofrecíamos ese tipo de servicios y pedirle amablemente que no se tomase la molestia de desvelar parte de la trama de su nuevo guión.

Imaginad mi sorpresa cuando, al llegar a la dirección del remitente, me encuentro con tres coches patrulla.

Nuestra aliada del laboratorio forense, Irene “Watson” Garzón, me dio la bienvenida a la que había resultado ser una escena del crimen. No podía explicarse cómo había llegado allí tan rápido ni quién me había avisado esta vez, pero se alegraba de ver que esta vez estábamos en el juego desde el principio. En la recepción de la oficina, la secretaria temblaba y lloraba. Ella había sido quien encontró el cadáver. Declaró que se sentía maltratada y humillada por él todos los días, pero que jamás le habría deseado algo como esto.

El cuerpo de Gabriel Rojas yacía inerte en el centro de la habitación. Herida de bala, orificio de entrada a escasos milímetros del esternón. Bajo su escritorio, del interior de una caja de cartón volcada aparecían esparcidas una serie de fotos pornográficas tomadas con cámara espía, en las que todas las caras habían sido recortadas. La caja fuerte había sido abierta y vaciada. Toda la sala había sido rociada con keroseno, especialmente las fotografías. La puerta de entrada había sido arrancada de sus goznes y todavía no había aparecido; pero frente al umbral, en el interior de la oficina, se encontró una navaja de barbero abierta, que la secretaria identificó como una propiedad del difunto.

No me cabía duda de que el asesino había sido interrumpido. Pero ¿cómo encajaban la puerta y la navaja de barbero en toda esta historia?

Tomé mis correspondientes notas y aconsejé a la policía que empezase por identificar a las personas de las fotografías. Cuando me aseguré de que tenía todo lo que podía conseguir hasta que el laboratorio forense obtuviera nuevos resultados, volví a nuestras oficinas a pensar en el caso.

Esta mañana he recibido nueva información. Una curiosa marca de nacimiento ha servido para identificar al hombre de las fotografías como Leopoldo Romero, el director. La mujer aún sigue sin identificar. Sabemos que las dos últimas películas que la víctima escribiera para Romero fueron sendos fracasos y que esto repercutió negativamente en la reputación del director. Por lo que podríamos tener, en principio, a un sospechoso bastante plausible.

Pero antes de que pudiera reflexionar sobre este giro de los acontecimientos, recibí por correo la última misiva de Gabriel Rojas. Esbocé una amarga sonrisa por la renombrada eficiencia de Correos, y abrí el sobre como última deferencia al difunto. En su interior, tal y como había prometido, se encontraba una copia de la página de guión que relataba el asesinato de su nueva película.

El cuerpo aparecía tendido en el centro de su habitación, con un agujero de bala. Bajo la mesa había una caja con fotos comprometidas, a todas se les habían cortado las cabezas. La caja fuerte abierta y vacía. La escena estaba completamente bañada en keroseno. Con las únicas excepciones de la puerta y la navaja de barbero, Gabriel Rojas había escrito su propio asesinato.

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