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MIENTRAS TANTO EN EL MUNDO: Por un puñado de bytes.

Horas. a veces días, y hasta semanas, si no más. El mundo de los MMORPG, juegos de rol masivos multijugador en línea, da para mucho, mucho tiempo de entretenimiento. Claro que todo ese entretenimiento representa una inversión en ocio y esfuerzo, en inteligencia volcada para averiguar pistas y misterios (si no los buscas en una guía, claro; y aun así son un esfuerzo, a veces).

Se conoce a gente, se hacen grupos, se fundan pequeñas comunidades y sentimientos de pertenencia.
Además, cunado uno consigue algo legendario, un arma, una armadura, el subidón de autoestima es enorme y te puedes llegar a sentir realizado.

Hoy, en nuestra sección de Mientras Tanto en el Mundo, traemos un crimen originado en una de estas plataformas de juego. Concretamente en Legends of Mir 3.

Fue allá en 2005, cunado dos jugadores chinos tuvieron un altercado: uno de ellos, Qiu Chengwei prestó un arma legendaria a un amigo suyo de juego Zhu Caoyuan, el temido Sable Dragón. El amigo Zhu no tuvo otra que la feliz ocurrencia de vender dicha arma por algo menos de 500 dólares, para gran disgusto del primero, Qiu, que inmediatamente acudió a las autoridades.
Una autoridad en Derecho explicó a posteriori que “las armas y armaduras de videojuegos no están sujetas a las leyes, por lo que no hay delito en los hechos acontecidos”. Por lo tanto, Qiu Chengwei, de 41 años, acudió a ver a su amigo y lo apuñaló varias veces.

Espada Dragón LoM3?

Si al menos fuera bonita…

La policía, obviamente, detuvo al homicida que se declaró culpable, por lo que ahora cumple cadena perpetua según nuestras últimas noticias actualizadas (y eso que en China dispensan la pena de muerte  con bastante facilidad…). La noticia trascendió a los periódicos y llegó hasta nuestras oficinas en el China Daily.

Lo cierto es que cada vez ocurren crímenes con más asiduidad con raíces en algunos juegos de esta índole, derivado del uso y la interacción, por supuesto, no por los juegos en sí. A veces aprovechando huecos legales y otras fallos en los propios juegos como las violaciones en cadena en Second Life, que acabaron de rematar la popularidad del juego.

¿Conocéis algún caso parecido?

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MIENTRAS TANTO EN EL MUNDO: Un asesinato de 1000 años al descubierto

Que el crimen no es algo nuevo es cosa conocida, y la Historia de la Humanidad es buen testigo de ello. Sin embargo el que os traemos hoy es uno de esos crímenes cometidos tiempo ha, y que de pronto saltan a la palestra, con poco más que unos huesos y una historia muda que apenas los forenses y antropólogos pueden relatar con base en esos despojos.

El presente caso nos remite a 160km de Dublín, donde una fuerte tormenta, un árbol fue arrancado de raíz. Cuál no sería la sorpresa de los vecinos cuando, al mirar en el socavón, se encontraron la escena de un crimen. Un cadáver, los huesos, apenas, que confirmaron los antropólogos que se trataba de un varón, joven, muerto a cuchilladas en el pecho.

Un crimen sin esclarecer (tampoco es que tengamos registros criminales de la época), pero que nos revelan un crimen a todas luces sin resolución, donde la víctima fue enterrada y olvidada. Alguien la echaría de menos. Y las puñaladas fueron muchas. Se defendió (hay huellas de ello en los huesos), y fue dejado en ese lugar, donde años después crecería un alto y fuerte árbol.

crimen del árbol

Podríamos decir que casos así se pueden contar por miles, pero en este caso, aunque ya no tengamos acceso a la posible resolución del caso, no deja de ser notorio que siempre resulta, al final, igual: un cadáver, un crimen, un escenario, y un intento de ocultarlo o disimularlo… Un crimen que no podremos resolver, más que haciendo elucubraciones en días nublados como este mientras tomamos café mirando la ciudad.

Dejamos aquí el artículo original. Cada cual saque sus conclusiones. ¿Alguna teoría? Abajo encontraréis el enlace.

Crimen de raíz

¡Un saludo a todos!

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Primer Duelo de Investigadores – Caso nº 00024: EL SECRETO DE LOS CAPARRÓS (CERRADO)

—Quizás no sea nada —advertí abriendo el dossier—. Pero con los datos que tengo, desde luego a mí también me da la impresión de que aquí hay algo que falla. No sé si conoceréis el caso de los hermanos Caparrós.

En mi despacho se celebraba una reunión a puerta cerrada. De pie, a mi lado, el inspector Raúl Escobar, de Homicidios, con semblante inquieto; frente a mí, cada uno sentado en una silla, Celdelnord y el Doctor Rasudoque; y sobre mi escritorio, un caso policial cerrado hacía dos meses.

—Iván y Andrés Caparrós —dije mostrando sus fotografías—. Ladrones de casas, detenidos media docena de veces. Un equipo inseparable, si pillaban a uno el otro se entregaba, en la cárcel siempre se apoyaban el uno al otro contra los internos más violentos. Y de pronto, el veinticuatro de noviembre… Andrés mata a Iván y se entrega a la policía.
—Tuvieron una discusión —explicó el inspector Escobar—. Según Andrés, le pudo la codicia y quiso llevarse una tajada mayor del botín de su último robo. Como su hermano no cedía, perdió el control y le apuñaló con un cuchillo de cocina. Después se dio cuenta de lo que había hecho y se sentó a esperarnos en la escalera, con el arma del crimen en sus manos y la sangre de su hermano en su camisa. Confesó, nos explicó cómo ocurrió todo, nos pidió un momento para coger sus efectos personales, y luego nos acompañó sin resistencia al calabozo. A los agentes que vinieron conmigo y a mí nos dejó atónitos lo sereno que estaba.
—Las pruebas eran claras. Un típico caso de habitación cerrada, no había más forma de entrar ni salir que la puerta principal, y tenemos un video que demuestra que nadie la cruzó salvo Andrés desde el momento del crimen hasta la llegada de la policía. La pelea descrita cuadra con la que escuchó el vecino de los Caparrós y con lo que nos cuenta la escena del crimen. La trayectoria de la salpicadura se correspondía con la posición de los dos hermanos. La salpicadura de sangre en la ropa de Andrés, las huellas en el cuchillo, todo sugiere que el caso está cerrado correctamente: Andrés acuchilló a Iván.
—Suena bastante claro —opinó Celdelnord—. ¿Dónde está el problema?

Escobar vaciló un segundo.

—No puedo demostrar nada —explicó—, de momento es sólo una intuición. Pero los Caparrós nunca han sido asesinos. Ni siquiera tienen antecedentes por violencia. Una vez, incluso, el propietario de una casa en la que robaron fue asesinado… y ellos confesaron el robo sólo para poder testificar contra el asesino.
—¿Le ha comentado eso a sus superiores? —preguntó Rasudoque.
—Dicen que para todo hay una primera vez. Y supongo que no deja de ser posible… pero matar a tu hermano a cuchilladas sin antecedentes no es muy común.
—Bueno, no sólo hablamos de hermanos sino de cómplices —apuntó Celdelnord—. ¿Tenemos alguna prueba ambigua?
—Creo que no —confesó Escobar—. Aparte de las pruebas forenses que ya he mencionado… el vecino de los Caparrós es estudiante de imagen y sonido, y justo en el momento de la pelea estaba haciendo pruebas con su cámara. No tenemos video del asesinato, pero gritaron mucho y las paredes de esos apartamentos son casi de papel… tenemos la discusión grabada.
—Necesitaremos copias —asintió Rasudoque—. ¿Podemos acceder al escenario?
—La escena ya está desprecintada y limpiada, me temo. Hace dos meses del crimen, y el cuerpo está convencido de tener al culpable entre rejas. Os puedo pasar las fotos, si queréis. Revisamos la escena a fondo.
—¿Modus Operandi?
—Tenían un coche, un León del 99, que utilizaban para vigilar las casas que iban a robar. Estudiaban a los propietarios, sus costumbres, sus movimientos, sus horarios. Y el día del robo, aparecían a pie, sin el vehículo que los vecinos pudieran haber visto los días atrás; entraban con un par de mochilas, robaban los objetos de valor que pudieran llevar consigo, y salían sin ser vistos. Como salían a pie, si alguien los veía no llamaban la atención.
—¿Y podremos hablar con el sospechoso? —preguntaron los dos a la vez.
—Eso puede ser complicado —intervine—. Andrés está siendo un preso modelo: educado, respetuoso, tranquilo, trabajador… nunca se mete en peleas. Está siendo incluso puntual. Con semejante comportamiento, el alcaide está encantado de concederle su única petición… que, por desgracia, es no recibir visitas. No, si queremos hacerle salir de su celda tendremos que captar su atención, y para eso necesitaremos algo sólido con lo que trabajar.
—Pero no hay nada sólido, ¿verdad, Jack? —preguntó Celdelnord—. Las pruebas son claras, nadie más pudo hacerlo, y tenemos incluso la confesión del asesino. No tenemos nada con lo que trabajar, ¿o me equivoco?
—Todo apunta en esa dirección, sí. Pero cuando Escobar me comentó el caso, me hice inmediatamente esta pregunta: ¿a cuánto ascendía su último botín?
—Su último robo fue un fiasco —explicó Escobar—. Sólo pudieron llevarse una vajilla bastante estropeada antes de que los propietarios aparecieran por casa. Pudieron escapar por los pelos.
—¿Qué demuestra eso? —inquirió Rasudoque—. Aquí mi rival lo ha dicho bien claro, las pruebas apuntan a que Andrés Caparrós mató a su hermano.
—Pero no demuestran el móvil —apostillé—. Para eso sólo tenemos la confesión del sospechoso. Y no me cuadra que alguien que siente adoración por su hermano, que se entrega para no dejarlo solo en prisión, lo apuñale por unos platos viejos… Andrés Caparrós oculta algo, y quiero saber qué es.

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Segundo Aniversario – Caso nº 00023: UNA DUDA DESDE EL PASADO (CERRADO)

Sentado a la mesa de la cafetería del aeropuerto, en compañía de dos de mis jefes de departamento, no dejaba de consultar el reloj una y otra vez. Podría decirse que estaba impaciente por volver a ver a mi viejo amigo y colaborador… pero lo cierto es que me intrigaba su llamada. Hacía ya casi una década que no recurría a mí. ¿En qué podía estar trabajando?

Las puertas de la zona de recogida de equipajes se abrieron para dejar pasar a una marabunta de viajeros. Pero él se destacaba sobre el resto. Sus dos metros de estatura, su considerable envergadura, su cabello gris ondulado y sus inseparables gabardina negra y bufanda roja. Se detuvo en la misma puerta, dio un rápido vistazo a su alrededor, identificó el letrero de la cafetería y prosiguió su avance. Llevaba un periódico doblado en una mano y un maletín en la otra. El sol de la mañana filtrándose por los grandes ventanales de la terminal arrancaba destellos de la cadena de su reloj.

Cuando llegó a nuestra mesa me estrechó la mano con firmeza y me dijo que se alegraba mucho de volver a verme. Pero sólo sus labios sonreían. Algo le preocupaba, y mucho.

—¿Sería posible que hablásemos a solas, Jack? —preguntó en un impecable castellano sin acento.
—El Profesor Boniatus y Zalaya son de confianza, están entre la élite de la Sociedad del Misterio. Caballeros, creo que ya habréis oído hablar del inspector O’Halloran, de la INTERPOL.

O’Halloran saludó educadamente a mis compañeros, pero se le seguía viendo incómodo con su presencia. No obstante, éste era un punto en el que yo no pensaba ceder: si la Sociedad del Misterio iba a involucrarse en un caso de INTERPOL, quería que mis jefes de departamento conocieran los detalles de primera mano.

El inspector soltó el periódico sobre la mesa. Lo primero que me llamó la atención fue que no era del día… sino de una semana atrás. La noticia de portada hablaba del asesinato de una mujer de la localidad, Leyre Úbeda (48 años, soltera, profesora de secundaria) en lo que parecía haber sido un crimen pasional. Siete puñaladas. La policía aún no nos había pedido nuestra colaboración, pero sí, reconocí la noticia, y así se lo dije a O’Halloran.

—Conoces lo que pedimos a la policía que dejase que se hiciera público, Jack —replicó—. Este caso se nos echa encima y necesito tu punto de vista, así que voy a revelar información confidencial. Confío en que todos los aquí presentes seremos unos caballeros y esto no saldrá de aquí.

Tan pronto como los tres dimos nuestra palabra, O’Halloran abrió su maletín y extrajo unas cuantas fotos. Cuando me pasó la primera supe inmediatamente lo que habría en las demás.

—Herida en forma de estrella —comentó Boniatus al recibir la primera foto de manos de Zalaya—. Pequeño diámetro. En la herida del cuello se aprecia una marca circular… como si al clavarse el arma hasta el fondo la empuñadura hubiese golpeado la piel. ¿Un destornillador, tal vez?
—Espera, espera, esta herida no encaja —musitó Zalaya con la segunda foto ante sus ojos—. Todas las heridas están causadas por encima de la ropa, sin contar claro la del cuello. Así que ¿por qué está desabrochado el penúltimo botón de la blusa?
—Porque ahí es donde les practica la incisión para llegar al estómago —murmuré mecánicamente. La tercera foto, tal y como me temía, mostraba la incisión a la que había hecho referencia.
—Ya te puedes imaginar el contenido del estómago entonces, ¿no, Jack? —preguntó O’Halloran.

Inspiré hondo antes de coger la cuarta foto. Aquello, que a ojos de un observador neófito podría y debería resultar ridículo, hizo que un escalofrío me recorriera la columna vertebral. El único dato que siempre se había mantenido oculto a la prensa. El pequeño patito de goma quirúrgicamente introducido en el estómago de las víctimas.

—Ruby —dije en un hilo de voz.

Ocho años atrás, el doctor Juan “Watson” Garzón encontró un patito de goma en el estómago de una víctima de asesinato. No había sido ingerido de forma natural. La incisión en el vientre se había practicado post-mortem. La muerte fue causada por una puñalada en el corazón con un destornillador de estrella, acompañada por seis heridas más de igual factura.

Antes de que pudiésemos investigar más, el inspector O’Halloran reclamó el cuerpo en nombre de INTERPOL. El comisario Regordán indicó que el asesinato se había cometido en su jurisdicción, y que si no había una buena razón para entregarlo no lo haría. El súbdito británico explicó entonces que se trataba de la undécima víctima del apodado por la prensa “Asesino del Destornillador”, y conocido dentro de INTERPOL como “Ruby” por el patito de goma que era su firma (y del que, obviamente, la prensa nunca supo nada). Ruby había cometido asesinatos en Texas, Nevada, Nueva York, México, Argentina, Francia, Escocia e Inglaterra; una víctima por estado (salvo en Texas y en Escocia, que cayeron dos), antes de llegar a nuestra ciudad.

Tras una ardua negociación, Regordán consiguió firmar una colaboración entre ambos departamentos. Pero O’Halloran sospechaba que Ruby huía del país en cuanto olía a un agente de la ley. Por eso en Texas asesinó a dos personas… la primera víctima tardó en aparecer, pero para cuando se hicieron públicas las dos muertes el asesino desapareció para resurgir en Nevada. En Escocia, de hecho, la segunda víctima fue un policía.

Si queríamos averiguar algo antes de que desapareciera, necesitaríamos a alguien que pudiese trabajar de incógnito. Y casualmente, había un joven estudiante sin rango alguno en la policía, con un buen dominio del inglés, a quien el forense jefe recomendó sin dudarlo.

Así fue como obtuve el alias de Jack Ryder, que utilicé para aquella operación encubierta y que retomé cuando fundé la Sociedad del Misterio. Así fue como, haciéndome pasar por periodista, logré seguir la pista del asesor forense y ciudadano americano Peter D. Gordon, a quien se había visto hablando con la última víctima en más de una ocasión, y de quien conseguimos averiguar que había estado trabajando en todas las ciudades en las que actuó Ruby, justo en las fechas señaladas.

Gracias a nuestra colaboración, Peter D. Gordon fue arrestado, extraditado, juzgado… y condenado a muerte. Su abogado ha recurrido la sentencia desde entonces, pero tras el último intento el juez dictó que el acusado sería llevado a la silla eléctrica el tres de Octubre.

—¿Crees que tenemos al hombre equivocado? —pregunté.
—Conoces los datos del caso mejor que nadie, Jack —replicó O’Halloran—. Los estuviste estudiando durante meses incluso después de la detención. Si tú me dices que el hombre que los americanos tienen en el corredor de la muerte es Ruby, no necesitaré más.

Suspiré.

—Matheson me metió el miedo en el cuerpo. Por eso seguí estudiando el caso. Y entonces llegué a la conclusión que ya conocemos: que las pruebas estaban blindadas, que Gordon tenía que ser Ruby. Pero eso no quita que el abogado tenga razón… si nos equivocamos, el culpable seguirá suelto y habremos causado la muerte de un inocente.
—¿Sí o no, Jack? ¿Tenemos a Ruby entre rejas, o no?
—Este trabajo me ha enseñado a asegurarme de todo antes de poder afirmar nada, O’Halloran, y menos aún algo tan serio como esto. Hace ocho años estaba convencido. Pero quiero repasarlo para estar seguro.

O’Halloran se derrumbó en su asiento. Pero su mirada desde el principio me decía que iba a hacerlo de todas formas. Si el hombre al que teníamos entre rejas era efectivamente Ruby, entonces es que había un segundo asesino; si no, es que el auténtico asesino seguía suelto. De cualquiera de las dos maneras, teníamos a un homicida que cazar.

—Podemos ayudar, pero necesitaré meter al equipo en esto.
—Regordán me ha dicho que me puedo fiar de vosotros. ¿Qué necesitáis?
—Acceso a la última escena del crimen. Quiero que Boniatus la estudie desde cero, sin influencia de los casos anteriores.
—Se puede conseguir.
—Una entrevista con Nuria Copano y otra con Carlos Ashmoor. Necesito que Zalaya conozca a los implicados.
—Con Ashmoor no creo que haya problemas. Copano puede estar algo menos dispuesta.
—Y los informes de los crímenes originales. Quiero repasarlos con calma, ahora que tengo algo más de experiencia.
—Sin problemas. Pero piensa que tenemos un límite de tiempo…
—Normalmente trabajamos con un margen de dos semanas. Justo el tiempo que tenemos antes de que Gordon sea ejecutado. Podemos hacerlo, O’Halloran. Puedes confiar en mí.

Intercambiamos algunas palabras más y nos separamos. O’Halloran debía volver a comisaría a ver si había nueva información, y nosotros teníamos que ponernos manos a la obra. Pero creo que intuyó que, en parte, le había mentido.

Claro que haríamos el trabajo. Pero ¿cómo podía decirle que confiase en mí… si yo mismo no estaba seguro de haber condenado al hombre correcto?

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Caso nº 00017: ESCALERA AL CIELO (Segunda parte) (CERRADO)

Johann Radenauer era un hombre muy conocido y renombrado en determinados círculos, aunque menos cuanto más nos alejábamos de su Dusseldorf natal. Aunque su reputación había llegado al extremo de lo dudoso en varias ocasiones, y aunque se le conocía por sus pocos escrúpulos en sus métodos y a la hora de escoger clientes, seguía siendo considerado uno de los mejores detectives privados del mundo, y sin lugar a dudas el más caro de Alemania. El hecho de que ahora descansase en el depósito de cadáveres de nuestra ciudad no hacía sino complicar lo que prometía ser un caso sencillo.

En el momento de su muerte llevaba casos para tres clientes distintos, ninguno de ellos español. Por desgracia, y aunque los nombres de sus clientes eran conocidos, en su oficina no quedaba constancia alguna de la naturaleza de sus investigaciones. Según había informado su secretario, Radenauer solía tomar notas de sus progresos en una libreta de la que nunca se separaba, y no era hasta que el caso estaba cerrado que pasaba estos datos a su ordenador. Al parecer ya había sufrido el ataque de un hacker una vez y no había vuelto a confiar en las máquinas durante una investigación en curso.

La policía alemana estaba investigando a los clientes, intentando averiguar cuál era el motivo de sus tratos con Radenauer. Pero todos sus clientes eran hombres ricos y poderosos, con ejércitos de abogados dispuestos a litigar hasta la muerte para defender su privacidad. Dos de ellos estaban bajo sospecha de serias actividades criminales, pero la policía llevaba siguiéndoles el rastro durante años sin conseguir encontrar nada sólido. No, si queríamos descubrir quién le había asesinado tendríamos que trabajar desde el final en lugar de confiar en el principio.

Hasta ahora trabajábamos para el injustamente detenido padre Froilán, y nuestro cometido era demostrar su inocencia. Pero ahora era el propio inspector Garcete quien nos pedía ayuda. Ahora, todos nuestros esfuerzos estaban puestos en cazar al asesino.

El padre Piña esbozó una media sonrisa cuando me recibió en la iglesia. Supongo que para él aquello debía ser como su oportunidad para enfrentarse a Satanás en un combate de boxeo. Por fin el investigador jefe en persona. Me apresuré a dejarle claro que colaborábamos con la policía y que nuestra única intención era desenmascarar al asesino que había mancillado su parroquia.
Huelga decir que eso no le hizo mostrarse más cooperativo.

—Si el asesino fuese alguno de los pecadores de mi rebaño, tenga por seguro que yo lo descubriría y lo entregaría —protestó—. Su presencia aquí sólo sirve para perturbar una vez más la paz de la casa de Dios.
—El cuerpo apareció en la escalinata de su parroquia, padre Piña —repliqué, haciendo un esfuerzo sobrehumano para no decir su apellido en plural—. Es normal que la investigación tenga que pasar por aquí. Y las pruebas, como ya sabrá, apuntan a que alguien trató de escapar pasando por encima de su gallinero.
—¿Y el otro investigador? —dijo con una mueca de desprecio—. El profesor algo, no me acuerdo, se comía pero no me acuerdo de lo que era…
—Siguiendo otra pista, padre. Como verá, no todo nuestro trabajo implica molestarle a usted. ¿Dónde está el padre Froilán? Tenemos algunas preguntas que hacerle.
—No ha tenido suerte. Acaba de salir a visitar a una familia de feligreses enfermos.
—Zalaya, nos vendría bien su testimonio —dije a nuestro nuevo jefe de departamento—. A ver si todavía lo alcanzas. Tomaré nota de todo lo que se hable y te lo pasaré en la oficina.

Con un gesto de despedida, Zalaya salió a la caza del sacristán. Piña y yo nos quedamos a solas.

—¿Qué tal ha salido el mercadillo? —pregunté, para tratar de limar asperezas.
—Todo vendido, hemos obtenido una buena recaudación —replicó con un gesto de incomodidad al ver a la policía ir al patio trasero y volver con tablas en las manos—. Al final la mitad de las pertenencias han vuelto a sus legítimos dueños, que han pagado para recuperarlas… pero en fin, supongo que el padre Froilán acertó, que de esta forma el rebaño se mostraría más dispuesto a hacer donaciones.

Anoté lo dicho, tal y como le había prometido a Zalaya, incluyendo el detalle de que Piña hubiera tenido cuidado de no decir “El padre Froilán tenía razón”.

—¿Qué saben del asesinato? —preguntó finalmente sin tapujos.
—No puedo responder a su pregunta.
—¿Quieren mi ayuda o no?
—Queremos su cooperación, padre Piña. Pero no podemos compartir con usted información confidencial de una investigación en curso. Seguro que un hombre de su posición lo comprenderá.

Sabíamos cosas nuevas, por supuesto. Sabíamos que el arma homicida, un cuchillo de hoja ancha y plana, había perdido la punta en el interior del cuerpo. Sabíamos que la víctima había llegado a España cuatro días antes de su muerte. Pero no íbamos a compartir esa información, y menos con Piña… porque también sabíamos que Radenauer había alquilado un apartamento con vistas a la iglesia. Un apartamento desde el que vigilaba a alguien que frecuentaba San Conrado. Un apartamento que Boniatus se estaba encargando de peinar.

—Está bien —gruñó con un gesto de disconformidad—. ¿Qué debo hacer para que se vayan pronto de aquí?
—Proporcionarnos una lista de sus feligreses y de las personas que ayudaban en la iglesia, poniendo especial hincapié en quién estuvo aquí en los siete días anteriores al asesinato; permitirnos entrar y tomar lo que necesitemos para nuestra investigación, sabiendo que le devolveremos todo aquello que no sea una prueba del caso; y ayudaría que estuviera dispuesto a hacer una declaración.
—¿Qué quiere saber?
—Dice que no conocía a la víctima. ¿Aún lo piensa?
—Naturalmente, si no lo conocí en vida mucho menos ahora.
—¿No oyó nada en el momento del crimen?
—Mi despacho está lejos de la puerta principal. Aparte de que no oigo demasiado bien.
—¿Qué estuvo haciendo en su despacho aquella noche?
—Preparar mi sermón del día siguiente.
—¿Podría demostrarlo?
—¡Soy un hombre de Dios, por todos los santos! —tronó perdiendo la paciencia—. ¡No tengo que demostrar mi inocencia ante semejante atrocidad!
—Sin embargo tampoco veía necesario demostrar que su sacristán era culpable —respondí, y me arrepentí en el mismo momento en que lo dije.
—El padre Froilán carece de disciplina, y tengo serias dudas sobre su vocación.
—¿Basadas en qué?
—¡En su excesiva indulgencia hacia el pecado! ¡Si por ese hombre fuera, en el Reino de los Cielos entraría cualquiera!

Anoté todo esto y decidí no explotar más esta vía. Estaba claro que aquél era un tema en el que el padre Piña no atendería a razones.

—Le confeccionaré esa lista, ya que así me lo pide —gruñó—. Y la policía puede retirar de mi iglesia lo que necesite, si me prometen que luego nos será devuelto. Ahora, detective, buenas tardes y disculpe.

Se dio la vuelta y volvió a ocuparse de vigilar que la policía no causaba ningún estropicio irreparable. No íbamos a sacar nada más de él… aunque en realidad tampoco podía decir que esperase sacarle tanto.

Di una vuelta por San Conrado. No espero llegar al nivel de Boniatus en su propio campo, sólo intentaba encontrar rastros de sangre medianamente evidentes, medianamente ocultos. Por supuesto no tuve suerte. Sabíamos que el asesino apuñaló a Radenauer en la escalinata, entró en la iglesia y escapó por el gallinero. Pero no teníamos nada más. Ni un arma, ni ADN, ni un rastro de sangre. Habíamos hecho nuevos descubrimientos… pero seguíamos estando en el mismo punto.

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Caso nº 00016: ESCALERA AL CIELO (Primera parte) (CERRADO)

Hay algunas cosas a las que, seamos sinceros, aún no estamos muy acostumbrados. Nos ofertamos como consultoría criminalística tanto para fuentes oficiales como para particulares; pero lo cierto es que, hasta el momento, casi todos nuestros casos nos han llegado por medio de la policía. Solemos ayudar a esclarecer misterios, pero no nos pasa muy a menudo que sea el principal sospechoso quien acude a nosotros. Y desde luego, nunca antes hemos mantenido una reunión con nuestro cliente en los calabozos de la comisaría.

Pero lo de este caso, sin lugar a dudas, ha superado todas mis expectativas. Porque reunir todo lo arriba mencionado, todavía me lo podría haber visto venir. Pero cuando vi al sospechoso, supe que acabábamos de batir un record.

—No se levante, por favor, Padre Froilán— le dije.

El padre Froilán Prieto permaneció sentado en su camastro, con gesto apesadumbrado. Aunque me pareció que mi llegada le había animado un poco.

—No sabía a quién acudir —confesó el sacerdote—. El padre párroco me ha hablado de ustedes en muchas ocasiones, aunque debo reconocer que no en términos muy elogiosos, y supongo que cuando me he dado cuenta de mi situación he pensado en ustedes.
—En su llamada no aclaraba nada. ¿Quiere contarme qué ha ocurrido exactamente?
—Verá, ese es el problema, yo mismo no lo termino de entender.
—Cuénteme lo que sepa, y por favor procure no omitir nada.
—Está bien. Todo empezó ayer por la noche. Debe usted saber que ejerzo de sacristán en la parroquia de San Conrado, en la que también desempeño algunas tareas manuales. Se me da bien la carpintería y me defiendo un poco con la fontanería. Mejor que al padre párroco por lo menos.

»Le cuento esto para ponerle en antecedentes. Anoche, tras terminar el servicio, el padre párroco me pidió que fuese a arreglar el gallinero… Tenemos un pequeño gallinero en el patio trasero de la iglesia, y hace un par de días se rompió el techo; uno de los chiquillos que vienen a catequesis quiso hacerse el gracioso y le dio por emprenderla a patadas, y las maderas cedieron. El caso, como le digo, es que a petición del padre párroco estuve una hora, de ocho a nueve, reemplazando tablas y liándome a martillazos. No sé si servirá de algo, pero me clavé un par de astillas que lo demuestran.

»Pues bien. Cuando terminé de reparar el gallinero, volví a la sacristía y descubrí que la policía me estaba esperando. ¡Y me acusaban de haber cometido un asesinato!

—¿Un asesinato? ¿Cuándo?
—¡Eso es lo raro! Según dicen, el crimen acababa de tener lugar. ¡Yo había estado haciendo reparaciones, por el amor de Dios!
—¿Quién es la víctima?
—¡No lo sé! Me han enseñado un retrato del pobre hombre en la mesa de autopsias, pero no le había visto en mi vida. ¿Por qué iba a matar a un completo desconocido?
—Está bien, serénese. ¿Les ha contado usted su coartada?
—¡Por supuesto que sí! Pero dicen que, si no había nadie viendo cómo reparaba el gallinero, mi coartada no es sólida.
—Aún así parece un poco traído por los pelos. Quizás usted no tenía una coartada irrefutable, pero las cosas como son… yo tampoco la tenía, anoche estaba solo en mi despacho entre las ocho y las nueve. Y como yo, seguro que media ciudad. ¿Le han detenido sólo por no tener coartada?

El Padre Froilán suspiró abatido.

—Al parecer, la víctima dijo mi nombre justo antes de morir. Y dado que murió en las escaleras de la parroquia, han sumado dos y dos y han decidido que soy culpable.

¡Incriminado ni más ni menos que por las últimas palabras de la víctima! Aquella prueba iba a ser difícil de refutar.

—Tiene que creerme, detective, yo no he hecho nada malo… sería incapaz de hacer daño a una mosca…
—Padre, quiero dejarle una cosa clara, ¿de acuerdo? Porque no me gustaría generar falsas esperanzas. Podemos aceptar su caso, podemos investigar, podemos intentar encontrar todas las pruebas posibles y, si está en nuestra mano, podemos exculparle. Pero nos debemos a los hechos. Quiero que tenga claro que sólo podremos ayudarle si los hechos le dan la razón. ¿Lo comprende?
—Lo comprendo.
—Bien. Pida que le traigan papel y lápiz. Si recuerda algo más, lo que sea, apúntelo inmediatamente y pregunte por el inspector Arjona, él nos lo hará llegar.

Me despedí del sacristán y salí de su celda. Inmediatamente, pregunté quién llevaba el caso y quién había encontrado el cuerpo. La investigación corría a cargo del inspector Garcete, que estaba en la escena del crimen; en cuanto a quién encontró el cuerpo… ahí tuve algo más de suerte.

—Sí, fui yo —dijo la agente Victoria Robles (24 años, soltera)—. Mi turno había terminado y volvía a casa, cuando vi a aquel anciano tendido sobre los escalones de la iglesia.
—Necesitaría todos los datos de lo que ocurrió en ese momento, si es tan amable.
—Como quiera, pero ya tenemos al asesino entre rejas. Todas las pruebas le apuntan a él.
—Luego volveremos a lo de las pruebas, si no le importa. Me gustaría que siguiéramos esta historia en orden.
—Muy bien. Al principio pensé que se trataba de un borracho, con la cara tan colorada y tal, pero cuando vi el reguero de sangre que bajaba los escalones corrí hacia él para ayudarle. Ya iba de paisano, así que me identifiqué como policía y traté de tranquilizarle. Llamé a una ambulancia y pedí refuerzos. Luego le expliqué que la ayuda estaba en camino. Llevaba guantes, ya hace frío, así que me permití tratar de incorporar al pobre hombre, y así fue como le vi la puñalada en el costado. Traté de cortar la hemorragia. Se me quedó mirando, con esos ojos claros y vidriosos, con pánico. Le pregunté quién le había hecho eso, y entonces, casi ahogándose, me dijo claramente el nombre “Froilán”… y murió.
—Y sospechó del Padre Froilán por la ubicación del cuerpo.
—Las pruebas, como le digo, me dan la razón. Tenemos las huellas del sacerdote en los botones de la chaqueta de la víctima, y se ha demostrado que su coartada era falsa y, si me lo permite, algo desesperada.
—¿Lo dice sólo porque no había testigos?
—Lo digo porque el gallinero que jura haber estado arreglando sigue roto, señor Ryder.
—¿Ha dado el sospechoso alguna explicación a sus huellas en la chaqueta?
—Sigue empeñado en que jamás había visto a ese hombre.

Apunté esos datos. Esto no iba muy bien.

—De acuerdo. ¿Qué sabemos de la víctima?
—Nada.
—¿Cómo que nada?
—Ese es el punto más oscuro de la investigación. No sabemos quién es. Nadie en el barrio lo reconoce. No llevaba identificación. Y sus huellas no constan en nuestros registros.
—Eso es raro, ¿no le parece?
—Sigue siendo un cadáver, y sigue habiendo incriminado al cura. Entiendo que intenta hacer su trabajo, detective, pero no se mate investigando. Ese hombre es culpable, la víctima le ha acusado justo antes de morir.
—No me entienda mal, agente Robles. No dudo de su palabra. Pero los caminos del Señor son inescrutables, ¿no?

———

—Así que ya lo veis —dije a mis jefes de departamento de nuevo en las oficinas de la Sociedad del Misterio—. Tenemos caso nuevo, y hay demasiados puntos oscuros como para pensar que ya esté todo resuelto.
—¿Entonces vamos tras el auténtico asesino? —tanteó Boniatus.
—No tan deprisa. El padre Froilán nos ha contratado para demostrar su inocencia.
—Pero buscaremos al asesino, ¿no? —quiso saber Jnum.
—Quizás ya lo tengamos, aún es pronto para saber si la policía se ha equivocado o no. Así que nos centraremos en la tarea para la que hemos sido contratados. El padre Froilán tiene tres cosas en su contra: sus huellas en la chaqueta, su falta de coartada, y las últimas palabras de la víctima. Si conseguimos desmontar al menos dos de esas tres, quizás podamos hacer que la policía considere reabrir la investigación.
—¿Y cómo lo hacemos? Parecen bastante concluyentes…
—Nos lo repartiremos. Boniatus, te quiero en la parroquia de San Conrado; averigua qué estuvo haciendo el padre Froilán en el momento del crimen y por qué basa su coartada en algo que no parece haber hecho. Jnum, la policía te dará acceso a las pruebas, empieza por la chaqueta; comprueba si esas huellas llegaron allí de forma natural o si las han podido poner, encuentra una explicación. Yo me quedo con las últimas palabras de la víctima. Encontrad lo que podáis. Pero procurad no ir con ninguna idea preconcebida, no sabemos si nuestro cliente es en realidad el asesino.

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Caso nº 00015: EL ÚLTIMO NÚMERO DEL GRAN LIPARI (CERRADO)

Las luces del Palacio de la Magia se encendieron durante el entreacto. El público, fascinado por el espectáculo, mostraba un enorme alivio al poder por fin comentarlo en voz alta. Sin lugar a dudas, El Gran Lipari estaba causando sensación.

Víctor Arjona era todo un ejemplo del efecto que el mago ejercía en su público. Aquella era la quinta vez que asistía al espectáculo. Y esta vez se había traído refuerzos… dos filas completas del patio de butacas ocupadas por la Sociedad del Misterio en pleno.

—Reconozco que es bueno —concedí—. Le he pillado ya un par de distracciones, pero por lo general las camufla bastante bien.
—Pues espérate a ver el truco del escapismo. ¡Yo todavía no tengo ni idea de cómo lo hace!
—Cuenta.
—Ni hablar, prefiero que lo veas tú mismo.
—Oh, vamos, llevas todo el espectáculo comentándome los casos sobre la marcha, ¿pretendes que me crea que…?
—Hay una apuesta de por medio, Jack. No pienso dejarte jugar con ventaja.
—Interesante comentario, viniendo de alguien que ya ha visto el truco cuatro veces.

A punto estuvo de contestarme, pero las luces volvieron a apagarse. El patio de butacas volvió a sumirse en un silencio casi ceremonial cuando El Gran Lipari reapareció en el escenario en un anillo de fuego, sus facciones duras dramáticamente iluminadas.

—Lo que están a punto de ver es un truco —sentenció con voz campanuda mientras el fuego del anillo perdía intensidad—. Una ilusión. No es real. En apariencia voy a desaparecer de mi confinamiento y a reaparecer en libertad, pero en realidad todo forma parte de una elaborada estratagema visual. Y sin embargo, aunque lo reconozco abiertamente ante todos ustedes, estoy dispuesto a apostar a que nadie podrá descubrir jamás cómo lo he hecho. Es más: como esta es la última semana que voy a representar este truco, voy a subir las apuestas… daría un millón de euros a quien lograse resolver el misterio, si eso fuera posible.

Cuando el fuego se hubo extinguido por completo, en el rostro del Gran Lipari aparecía una sonrisa de superioridad. Buena estrategia, pensé. Nada mejor que decir al público “Soy más inteligente que vosotros” para que acepten inconscientemente el desafío.

Lo siguiente que pensé fue “Voy a descubrir tu truco y te lo voy a estampar en los morros, chulo de mierda”.

—Mi encantadora ayudante Melanie me ayudará a poner el truco en marcha. Presten todos atención, por favor, porque cualquier mínimo detalle podría ser la clave para descubrir mi secreto.

Melanie, una exuberante rubia oxigenada que encajaba a la perfección en el perfil de “encantadora ayudante”, regresó al escenario contoneándose y sonriendo como un anuncio andante y portando en sus manos una camisa de fuerza. El mago extendió sus brazos con gesto sombrío y los introdujo por las mangas. Luego se dejó atar con firmeza por la chica.

—¿Querría alguien subir al escenario a comprobar que estoy bien sujeto? Señalaría a alguno de ustedes, pero me temo que tendrán que presentarse voluntarios…

Algunas risas. Diligentemente, y antes de que nadie (y sobre todo Arjona) pudiese levantar su mano, Jnum se puso en pie y saltó sobre el escenario.

—¿Le conozco de algo? —preguntó el mago. Jnum negó con la cabeza—. ¿Querría decirnos a qué se dedica?
—Dirijo el departamento de procesamiento de pruebas físicas de la Sociedad del Misterio —anunció con orgullo.
—¡Un investigador profesional! ¡Y especializado en pruebas físicas! No podía pedir un testimonio más fiable. ¿Diría usted que las correas están bien sujetas?
—Ésta está algo floja.
—Vaya por Dios. ¿Le importaría apretarla bien para que me resulte imposible escapar? Así, gracias. ¿Mejor?
—Las correas sí. Aunque veo por aquí una costura suelta que…
—No se corte, si no se fía podemos cambiar la camisa si hace falta, tengo de sobra.
—¿Quiere no distraerme mientras trabajo?

El público estalló en risas mientras Jnum examinaba la camisa palmo a palmo. Lipari no perdió la compostura en ningún momento.

—¿Su veredicto? —preguntó cuando Jnum se dio finalmente por satisfecho.
—La camisa está hecha a medida. No se trata de una prenda homologada de las de uso regular en centros psiquiátricos, ha sido confeccionada expresamente para usted. Tiene algunos errores de diseño, pero parece segura. El correaje es bueno, resistente y en los lugares adecuados, no restringe la movilidad de las piernas y se podría sacar por el cuello si tuviera las mangas sueltas, pero eso parece poco probable. Las correas son inaccesibles desde el interior, la tela es gruesa y no permite desgarrones. Aunque todavía podría salir corriendo.
—Impresionante. ¿Le importaría que le citáramos en próximas representaciones?
—A mí me va bien.

Jnum volvió a su asiento entre aplausos (en su mayoría por nuestra parte). Lipari se situó en el centro del escenario.

—Como se ha dicho, aún podría salir corriendo. Y más de un escapista ha sido capaz de burlar la seguridad de una camisa de fuerza. Pero ¿cómo se puede forcejear con gruesas mangas y recias correas… cuando no hay espacio para la movilidad?

Dicho esto, del techo descendieron cuatro paredes de grueso cristal que Melanie hizo encajar entre sí encerrando al Gran Lipari. La cabina resultante también había sido diseñada a medida del mago: sus codos comprimidos en torno a su pecho tocaban las paredes de cristal, su espalda estaba apoyada contra la pared posterior y sus brazos contra la anterior. Estaba completamente encerrado.

—Denme treinta segundos y habré escapado —sentenció sin mover más músculos que los necesarios para hablar—. Luego tendrán una hora para descubrir cómo lo hice.

Sobre la cabina cayó un pesado telón, y frente a él, un enorme reloj que pendía del techo se hizo visible y comenzó a correr con un sonoro tictac. La chica, Melanie, entró dos segundos entre las cortinas y luego volvió a salir.

—Eso es nuevo —musitó Arjona.
—¿Nunca antes se había metido ahí?
—No, normalmente espera fuera poniendo cara de que le interesa mucho el reloj.

Transcurridos los treinta segundos, las cortinas volvieron a alzarse automáticamente en medio de un nuevo anillo de fuego. Las llamas delanteras se extinguieron, dejando la cabina a la vista del público. Efectivamente, El Gran Lipari había desaparecido dejando la camisa de fuerza en el suelo tras de sí.

Pero durante veinte segundos, no ocurrió nada más.

—Esto sí que es raro —musitó Arjona—. Normalmente, a estas alturas Lipari ya habría reaparecido ahí, a la entrada de la sala, en la otra punta.

Un hombre se levantó de entre el público y caminó hacia la puerta de entrada, al principio con tranquilidad, luego cada vez más agitado. Cuando cruzó el umbral, oímos un grito de terror.

Arjona y yo fuimos los primeros en levantarnos. Así que fuimos de los primeros en encontrar, fuera de la sala, el cadáver degollado del Gran Lipari. La escena era grotesca, el rostro de horror de ese hombre, su impecable frac arrugado y sus piernas rotas y desencajadas.

Con el teatro acordonado, con la policía tomando declaración a los testigos, la velada adoptó un nuevo y lúgubre tono. Arjona, que hasta el momento se había mostrado ilusionado como un crío, contemplaba abatido el lugar donde se había encontrado el cuerpo del mago. Su último acto de desaparición, con una trágica reaparición.

Al fondo, el ingeniero, la costurera, el tramoyista y la encantadora ayudante estaban declarando ante cuatro agentes uniformados. El equipo de Lipari al completo. Pude escuchar parte de las declaraciones:

MELANIE ROCA, 25 años, soltera, encantadora ayudante: No puedo creerme que Francisco esté… ese es su verdadero nombre, Francisco Lopera. El Gran Lipari es su nombre artístico, ¿saben…? ¿Cómo dice? No, Melanie es mi nombre. Puede consultarlo, Melanie Roca es oficialmente mi nombre de verdad. No me puedo creer que esté muerto. Era… era una gran persona. Llevaba nuev… siete, siete años ya trabajando con él. Y este número era sin duda el mejor que había hecho.

ÁLVARO MEMBRIVE, 53 años, casado, ingeniero: Fui yo quien encontró el cuerpo, sí. Me gusta ver el espectáculo desde el patio de butacas, para ver si se nota algo, y cuando vi que Lipari no reaparecía me preocupé. Mi trabajo con El Gran Lipari consistía en diseñar sus trucos. Así de simple. El número del escapista fue idea mía… no, preferiría no revelarlo, es mi mejor obra. En cualquier caso es extremadamente complicado, no bastaría con una simple explicación, y Lipari firmó un acuerdo de confidencialidad que protege mi obra, así que si no es con una orden preferiría que no supieran en qué consiste.

ROSALÍA CASAUZ, 46 años, casada, diseñadora: Yo me encargaba de diseñar el vestuario para El Gran Lipari y para Melanie. Es un trabajo bastante sufrido, la verdad, porque tienes que preparar la ropa para esconder elementos de atrezzo y demás… ¿Cómo? Sí, claro que teníamos camisas de fuerza trucadas, diseño mío. Pero si le echa un vistazo a la camisa de la cabina verá que es cien por cien auténtica, sin trampa ni cartón. Lipari no quería ser tan obvio.

ENRIQUE MARTOS, 22 años, soltero, tramoyista: ¿Qué quiere que le diga? Me paso la representación entre bambalinas. Soy el encargado de operar los telones, anillos de fuego y demás elementos del escenario, y todo eso se hace desde el sótano. Hace ocho años que trabajo… bueno, que trabajaba con Lipari. Para mí era casi como un padre… aquí somos todos familia, por así decirlo.

—¿Cómo crees que lo haría? —comenté.
—Supongo que eso ya da igual.
—Jnum dice que la camisa quizás no era tan robusta como dijo, que aquella costura floja podría…
—Jack, déjalo. Lipari ha muerto, dudo mucho que la apuesta siga en pie. No tengo tiempo para ponerme a intentar adivinar cómo hacía su truco.
—Pues deberías.
—¿Ah, sí? Estamos investigando un asesinato, ¿se puede saber por qué debería seguir jugando?
—Lipari desapareció vivo y reapareció muerto. Ninguno de nosotros sabemos dónde estuvo durante ese minuto, pero allá donde estuviera, su asesino tuvo que estar con él.

Arjona levantó la mirada sorprendido. Los cuatro miembros del equipo de Lipari seguían tomando declaración.

—¿Crees que ha sido uno de ellos? —preguntó.
—Apostaría un millón de euros.

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