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ESPECIAL HALLOWEEN – Caso nº 00032: LA MALDICIÓN DE LA BRUJA (CERRADO)

La Maldición de la Bruja - Especial Halloween

La lluvia golpeaba ferozmente los cristales de las ventanas de la Sociedad del Misterio. El viento azotaba los árboles más altos de la calle, cuyas ramas parecían querer entrar y ponerse a cubierto. Un relámpago esporádico proyectó la silueta de la huella dactilar que nos anunciaba en la ventana sobre mi escritorio, e hizo que nuestro visitante ahogase un grito sobresaltado.

El botón del hervidor de agua de mi despacho recuperó su posición inicial. Introduje una bolsita de té de vainilla en una taza y la regué con agua hirviendo. Clientes tan aterrados como el que teníamos ante nosotros eran, quizás, el único tipo de personas a las que no recomendaría jamás el café del Profesor Boniatus.

—Bien, señor Pedraza —comencé—, recibimos su correo. Pero nos gustaría que nos volviera a explicar su historia en persona.

—¿Por qué? —preguntó nuestro aterrado visitante.

Pensé detenidamente en mis próximas palabras.

—La impresión personal del implicado siempre nos cuenta una parte de la historia —respondí.

Me sentí fatal por mentir a Severiano Pedraza (cincuenta y dos años, conservador del Museo Sonia Smith), pero sabía que “porque no nos creemos una palabra de lo que nos ha dicho” no era lo mejor que podía responder.

—Está bien —respondió tratando de serenarse—. Está bien. Pero lo que voy a contarles debe quedar entre nosotros. ¿Me entienden? No debe ser hecho público.

—No podemos comprometernos a nada hasta conocer el caso.

Aquello no le hizo gracia, pero sabía que no le quedaba alternativa. No si quería nuestra ayuda. Suspiró.

—Como saben, soy el conservador del Museo Sonia Smith. Con suerte no lo seré por mucho más tiempo… El caso es que a nuestro museo ha llegado un artefacto, un… un ídolo pagano del siglo XVIII. No sé si han leído algo en la prensa…

—El Ídolo Perdido de Niggurash —apuntó Nicolás—. Una reliquia de los Autos de Fe Inquisitoriales. Pero hasta donde he leído, aún no se ha confirmado su autenticidad.

—Yo creo que es auténtico, señores. Aún no han terminado con todas las pruebas, y sinceramente, es posible que nunca se terminen. Porque el ídolo de… El ídolo pagano está… ¡Está maldito!

Se hizo un silencio tenso en mi despacho. Seis personas, y nadie decía nada. Tan sólo el rítmico golpeteo de la lluvia sobre la ventana se empeñaba en romper ese silencio. Quizás un trueno habría ayudado un poco, pero ni eso.

—Mire… —dije para romper el hielo—, no es que no le creamos, ¿de acuerdo? Pero somos detectives, no espiritistas.

—Aunque a veces el nombre de la agencia llame a engaños —apuntó Zalaya, recordando el caso anterior.

—Trabajamos con hechos. Y en todos mis años de experiencia, aún no he encontrado ninguna maldición que se pueda demostrar. Entiendo que existen leyendas sobre ese ídolo, pero…

—¡Usted no lo entiende! —bramó Pedraza—. ¡Ya han muerto dos personas!

El retumbar del trueno que siguió a esas palabras sirvió como grave acompañamiento para nuestro repentino aumento de interés.

—Continúe.

Pedraza tragó saliva.

—Dos meses después de recibir el ídolo y formarse un grupo de estudio a su alrededor, recién instalado en su pedestal de la sala de conservación, supimos que un estudiante de Civilizaciones y Cultura Proto-céltica, Mariano Ugarte, se había colado en el laboratorio para estudiarlo en profundidad fuera de su turno. Después de aquello le sobrevino una fiebre feroz y empezó a sufrir alucinaciones. Dos días más tarde había muerto.

—¿Qué dijeron los médicos? —preguntó Celdelnord.

—Fallo respiratorio. Padecía una afección respiratoria desde hacía años.

—Entonces puede tratarse de una casualidad…

—Eso quise pensar yo… hasta que encontramos el segundo cadáver.

»Roberto Cantó de Entrambosmares. Ya habíamos tenido más de un encontronazo con él. Era un enfermo mental peligroso, había intentado colarse en nuestro museo más de una vez para  intentar destruir antiguas reliquias de valor incalculable sólo porque, según él, estaban malditas. Suponemos que eso fue lo que pasó esta vez. No tengo ni idea de cuándo se nos coló, pero cuando le encontramos, llevaba cerca de una semana muerto. Se había escondido en el almacén, no habíamos necesitado entrar hasta hace dos días, así que nadie lo había visto. Fue… Dios, no puedo ni explicarlo. Juzguen ustedes mismos.

Arrojó sobre mi mesa una fotografía sin siquiera atreverse a mirarla. En ella, el cadáver de un hombre de mediana edad yaciendo en un charco de excrementos. La cabeza abierta por brutales golpes, al parecer contra la pared. Las cuencas de los ojos vaciadas. Sangre en sus manos.

—¿Cree que se lo hizo él mismo?

—Encontramos un diario. Registró sus últimos momentos. Lo hizo él mismo.

—Señor Pedraza, investigaremos si es lo que desea; pero tiene usted dos cadáveres entre manos… La policía debe ser informada de esto.

—No lo entienden. Acudo a ustedes porque el alcalde me ha pedido que esta investigación se lleve a cabo por cauces paralelos a la policía. No quiere que tengamos aquí un escándalo.

—Zalaya, llama al alcalde y compruébalo —dije, y me volví de nuevo hacia nuestro visitante mientras el Jefe de Departamento de Declaraciones y Testimonios salía del despacho—. ¿Por qué el alcalde querría echar tierra sobre dos muertes?

—Bueno… Su Señoría ha contribuido muchas veces con el museo. Esta historia podría salpicarle. Además, quiere asegurarse de que no exista fraude alguno en toda esta historia.

—¿Fraude?

—Recuerdo haber leído algo —señaló Boniatus—. Este no es el primer ídolo de Niggurash que recibe el museo, ¿verdad?

—Así es, y ahora se ha revelado que el primero era falso. Si este segundo también lo fuera, imaginen las repercusiones.

—Dos personas han muerto. ¿En serio le preocupan las repercusiones?

Pedraza no supo qué contestar. Por suerte, Zalaya le evitó tener que responder al entrar de nuevo en mi despacho con el auricular en la mano. El alcalde quería hablar conmigo personalmente.

- ? -

Una hora más tarde, mis Jefes de Departamento y yo nos encontrábamos en el interior de la sala de conservación del Museo Sonia Smith. El señor Pedraza nos esperaba en la puerta… no se atrevía a entrar en la misma sala que el ídolo.

Ante nuestros ojos, sobre un pedestal negro laboriosamente ornamentado con una intrincada cenefa de relieves y hendiduras, descansaba el Ídolo Perdido de Niggurash. Se trataba de una estatuilla de unos treinta centímetros de alto tallada en piedra, que representaba a un hombre acuclillado que se abrazaba las piernas terminadas en pezuñas hendidas. La cabeza de la estatua parecía la de una cabra, con la salvedad de que tenía tres cuernos en lugar de dos. La enroscada cornamenta casi parecía una corona oscura y desvencijada. Bajo la pronunciada frente de la imagen, dos rubíes que hacían las veces de ojos brillaban al reflejo de las luces de la sala.

—Me lo imaginaba más grande —observó Boniatus.

—Habría dado más miedo, sí —respondí—. Celdelnord, procede.

La Jefa de Departamento de Pruebas Físicas se caló dos guantes de látex, abrió su maletín en la mesa más cercana y levantó con sumo cuidado el ídolo. Por un momento, cruzamos los dedos.

—Tiene un peso inusual para su tamaño —opinó Celdelnord.

—¿Alguien ha oído algo? —inquirió Nicolás.

—Ahí arriba hay un ambientador —observó Boniatus—. De los que rocían cada cierto tiempo.

—Te diría que empezaras a procesar esta escena, Profesor, pero creo que con todos aquí no vamos a hacer más que estorbarte.

—No pasa nada, puedo ir a ver dónde se encontró el segundo cadáver, si el señor Pedraza me acompaña…

—Hazlo. Te avisaremos si encontramos algo aquí.

Boniatus salió de la habitación y pidió a un reticente Severiano Pedraza que le guiase hasta el almacén. Celdelnord depositó cuidadosamente el ídolo sobre la mesa y comenzó a examinarlo.

—¿Tienes algo?

—Como he dicho, no pesa lo que debería.

—¿Pesa de más?

—Un poquito de menos, diría yo.

—Mierda, se me olvidaba… Zalaya, ve a buscar al Profesor y al señor Pedraza. Pídele a Pedraza una lista de los demás miembros del grupo de estudio, vas a tener que hablar con ellos.

—Hecho —respondió Zalaya, y corrió hacia fuera.

—¡Ajá! —exclamó Celdelnord, y se escuchó un ligero chasquido.

Me giré hacia el ídolo, para descubrir con asombro que sus piernas flexionadas ocultaban un compartimento secreto. El ídolo estaba hueco, y en su interior…

—¿Qué es eso? —pregunté.

—Ahora mismo nada —respondió Celdelnord con resignación—. Fue un mecanismo de alguna clase, eso está claro, pero está roto. Tendría que estudiarlo más detenidamente…

—A ver lo que puedes hacer. Nicolás, ¿tienes algo sobre mecanismos ocultos en estatuillas en el Siglo XVIII?

—Bueno, jefe, acabo de empezar, no se puede decir que tenga una base de datos monumental ahora mismo…

—Tienes razón. Busca a ver si encuentras algo, por favor. Y sobre el propio Niggurash, ya que estamos.

—Voy a ello —replicó el Jefe de Departamento de Documentación y Conexiones antes de salir.

Volví a girarme hacia el ídolo de Niggurash. Encontré a Celdelnord empapando un bastoncillo de algodón en un líquido y frotándolo con el interior del mecanismo, para luego proceder a rasparlo.

—¿Algo?

—Quizás, no prometo nada. Tengo que analizarlo.

—Adelante.

—Aquí no, Jack. Esto requiere un laboratorio en condiciones, no un maletín.

—Muy bien, termina con el ídolo y ve a tu laboratorio a seguir allí.

Quince minutos después Celdelnord estaba cerrando su maletín y saliendo por la puerta. Me disponía a seguirla, cuando Boniatus y Pedraza reaparecieron.

—Voy a tener que volver allí más tarde, Jack —dijo el Profesor—. Cuando venga a procesar esta sala me pasaré de nuevo por el almacén.

—¿Quiere explicarme por qué me ha pedido su ayudante una lista de los miembros del grupo de estudio del ídolo? —preguntó Pedraza visiblemente molesto.

Dediqué al conservador una sonrisa amable y franca. Aún hablábamos cada uno desde un lado de la puerta, y sabía que mientras no le diese una respuesta él no me iba a dejar salir.

—Jefe de Departamento —le corregí—. Y respondiendo a su pregunta… Nuestro trabajo es encontrar al culpable, señor Pedraza. Para eso tenemos que hablar con la gente…

—¿Es una broma? ¡Ya sabemos lo que está pasando! ¡El ídolo lleva maldito desde hace trescientos años!

—No lo pongo en duda, señor Pedraza. Pero las maldiciones no se echan solas. Tanto si se trata de una maldición como si no, lo que está claro es que alguien lo está orquestando todo. ¿Quiere que no muera nadie más? Entonces tenemos que descubrir quién está detrás de todo esto.

Aparté educadamente al conservador de mi camino y salí de la sala de conservación. El caso era interesante, sin lugar a dudas; pero tratar con una mente tan cerrada como la de Pedraza me estaba dando dolor de cabeza.

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Caso nº 00025: UN EQUIPAJE INESPERADO (CERRADO)

La habitación de paredes blancas se encontraba en un silencio sólo interrumpido por los rítmicos pitidos de un electrocardiógrafo. Ni nuestro nuevo cliente ni yo nos atrevíamos a articular palabra alguna. La pequeña niña de cinco años que descansaba en aquella cama llevaba ya más de una semana sin despertar.

Rodolfo Dantés, el abogado de la familia de la niña, me pidió que saliéramos al pasillo para hablar. Pude apreciar que estaba verdaderamente afectado por la tragedia.

—No debió pasar. Simón… mi cliente… se desvive por la pequeña Andrea. Estoy seguro de que él conducía con todo el cuidado del mundo.
—Los accidentes ocurren, señor Dantés. ¿Cómo fue?
—Simón metió a la niña en el coche cuando ya estaba dormida. Quería darle una sorpresa, la llevaba a Port Aventura. La niña duerme como un tronco, así que se habría despertado ya allí.
—Bonito detalle. ¿Qué ocurrió entonces?
—Un camión se salió de su carril. Simón intentó esquivarlo, perdió el control del coche y volcaron.
—Entiendo. Pero los accidentes no entran en nuestra jurisdicción, señor Dantés… usted nos ha llamado por otra cosa, ¿no es así?

El letrado suspiró y sacó una fotografía de su maletín. Se aseguró de que no hubiese gente cerca antes de mostrármela.

—La ambulancia llegó relativamente pronto, recogió a mi cliente y a su hija y los llevó al hospital, donde fueron debidamente atendidos. El problema vino cuando la grúa recogió el coche… y encontraron esto en el maletero.

Cogí la foto de su mano y se me heló la sangre en las venas. En toda esta historia, sinceramente, no me encajaba esa pieza… pero ahí estaba: un hombre joven, de unos treinta y pocos años, muerto por una herida de bala en la cabeza.

—Imposible que esto ocurriera durante el accidente.
—En cuanto Simón despertó, la policía le comunicó que estaba detenido como principal sospechoso del asesinato. Y no puedo culparlos, es comprensible que sospechen del propietario de la escena del crimen… pero mi cliente no pudo hacerlo, estoy seguro.
—Usted es un abogado competente —dije, demostrando que me había documentado sobre él antes de acceder a verlo—. Seguro que podrá demostrar su inocencia…
—No lo entiende. Simón es hijo único, huérfano y viudo. Andrea sólo le tiene a él. Cuando despierte del coma necesita tener a su padre cerca… y sólo Dios sabe cuánto podría alargarse el juicio antes de que pueda exonerarlo. Necesito ayuda externa, señor Ryder.

—¿Opinión? —pregunté.

Estaba de vuelta en la oficina, acompañado por nuestro cliente y por Zalaya. El abogado sostenía entre sus manos nerviosas una taza de mi mejor té de cacao, coco y vainilla.

—Habría que llamar a Boniatus —comentó Zalaya—. No querrá perderse esto…
—El profesor se ha ganado unas vacaciones, y se merece disfrutar de ellas sin interrupción. Además, dentro de lo malo, en este caso en concreto su departamento quizás iba a tener muy poco trabajo.
—Hm, cierto, es una ECM, no lo había pensado.
—¿ECM? —preguntó el abogado.
—Escena del Crimen Móvil —explicó Zalaya.
—Exacto. Sabemos dónde se encontró el cadáver, pero no dónde lo mataron. En estas fotos no se aprecia que haya apenas sangre en el maletero, y las heridas de bala en la cabeza tienen la mala costumbre de sangrar.
—¿Y entonces? ¿No tienen con qué trabajar?
—Yo no he dicho eso, pero necesitaría saber dónde buscar. Podemos empezar por el coche, pero ayudaría tener alguna idea aproximada de dónde más ha estado y de quién ha tenido acceso a él.
—Si me disculpan, voy a llamar a mi pasante para que me consiga esa lista —terció el abogado.
—Por supuesto. ¿Tú cómo lo ves, Zalaya?
—Coincido, necesitamos saber quién ha usado o tenido a mano ese coche. Pero no creo que debamos descartar que realmente el señor… ¿Cómo ha dicho que se llama su cliente?
—Simón Cañizares— replicó Dantés cubriendo el teléfono, y volvió a su llamada.
—Simón Cañizares. Que el señor Simón Cañizares estuviese deliberadamente trasladando un cadáver en su maletero hacia Port Aventura.
—A estas alturas yo ya no descarto nada —apunté—, pero ¿quién lleva un muerto al parque de atracciones con su hija de cinco años en el coche?
—Yo no, desde luego. Pero no digo que sea lógico, sino que no deja de ser posible. Acuérdate del Exiliado y de lo inocente que parecía.
—Hay una complicación añadida… he hablado con Irene, ha conseguido echarle un ojo al informe de la autopsia. Y hay algo que no termina de encajar… El cuerpo se ha empezado a descomponer a lo bestia durante el traslado. A día de hoy es imposible determinar exactamente cuándo se cometió el crimen.
—¿Cómo ha ocurrido eso? —inquirió Zalaya.
—Lo está investigando para nosotros, pero lo que sí que es cierto es que nos echa por tierra cualquier intento de cronología. Sabemos que ese cadáver se introdujo en ese maletero antes del accidente, pero no sabemos cuándo ni en qué momento lo mataron.
—¿Lo que quiere decir?
—Que aunque sepamos quién accedió cuándo al coche, no podremos relacionar eso con la fecha de la muerte. Necesitaremos algo más para descubrir quién lo hizo.

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Interludio: LAS REDES DEL MISTERIO

—¡Sabes de sobra que eso es imposible! —protestaba al teléfono cuando se abrió la puerta de mi despacho—. ¡Necesito más tiempo!

Levanté la mirada del escritorio y vi a Zalaya en la puerta. Y aunque era imposible que estuviese oyendo la voz al otro lado del teléfono… en cierto modo, sabía que estaba siguiendo la conversación.

—Ya hablaremos —dije, y colgué.
—¿Interrumpo? —preguntó Zalaya.
—Dejémoslo en que me salvas la vida un rato. ¿Qué pasa, Zalaya?

Mi jefe de departamento de Declaraciones y Testimonios tomó asiento frente a mi escritorio. Dedicó un rápido escrutinio a mi despacho, bastante más rápido de lo que esperaba, bastante menos discreto de lo que pensaba él.

—Jack, seré sincero. Nos tienes algo preocupados.
—¿Por?
—Hace meses que no aceptamos ningún caso.
—Hace meses que la policía no nos ha necesitado —dije con un cierto deje de rencor en mi voz, lo bastante obvio como para verme obligado a rectificar—. Mira, Arjona no se ha encontrado con demasiadas dificultades últimamente, y cuando ha surgido algo, según me dicen, Mendoza ha metido la mano para mantenernos lejos. No aceptamos casos porque no nos llegan.
—El caso es que, últimamente, tampoco se te ve por aquí con demasiada frecuencia…
—Tengo… tengo cosas de las que ocuparme.
—Ya, lo he visto —dijo depositando sobre mi escritorio una captura de pantalla impresa.

Eché un vistazo.

—¿Y?
—¿Quién es Mycroft y por qué dirige nuestra página de Facebook?

Suspiré. Entonces algo en la pantalla de mi ordenador captó mi atención.

—Cuando fundé la Sociedad del Misterio —dije con aire distraído mientras hacía clic—, intenté reclutar a Watson. Me dijo que estaba demasiado ocupado por entonces. Un mes después le vi morir.
—Lo recuerdo.
—Lo recuerdas pero no lo sabes. Porque Watson no fue el único caso. Mycroft es un viejo amigo, lo bastante inteligente como para formar parte de la Sociedad y lo bastante ocupado como para quedarse fuera. Hace tiempo que quiero reclutarlo y siempre ha tenido que rechazar mi oferta.
—¿Qué ha cambiado ahora?
—Facebook. Cuando Mycroft supo que íbamos a abrirnos una página, me dijo que ese era un trabajo para el que sí que se veía lo bastante disponible.
—¿Y cómo es que te ha dado ahora por el Facebook? ¿Y pretendes que me crea que una página de Facebook que ni siquiera diriges tú es lo que te ha mantenido tan ocupado?

No respondí. Mis ojos bailaban rápidamente por la pantalla, al principio entrecerrados con interés, cada vez más encendidos.

—¿Jack?

Hice clic en un punto concreto de la pantalla, y comencé a escribir a toda velocidad.

—El Profesor ya está de vacaciones, ¿verdad? —pregunté.
—Jack, ¿me estás escuchando?
—La Sociedad del Misterio no es una agencia de detectives, Zalaya. Es una comunidad. Un punto de encuentro para mentes inquietas, para personas que quieren hacer algo productivo con su cerebro y ayudar a la comunidad. Facebook es una de las redes sociales más grandes del mundo, así que se ajusta perfectamente a nuestras necesidades. Llevo más de un año pensando en esto, y Mycroft me ha dado el empujón que me faltaba. A tu segunda pregunta diré “No”, y de momento es todo lo que voy a decir. Y necesito saber si Boniatus está operativo o no y, sobre todo, cuánto café ha dejado preparado para emergencias.
—¿A qué diablos viene…? —comenzó a protestar Zalaya, pero entonces lo comprendió.
—Así es, muchacho —asentí con media sonrisa.
—¿Para cuándo? —quiso saber.
—Bueno, el fin de semana le viene fatal, así que… para el lunes.
—¿Oficial o particular?
—Particular esta vez. A ver si nos sale mejor que lo del Exiliado.
—¿Lo anunciamos ya al equipo?

Me levanté con una sonrisa de oreja a oreja.

—Voy a colgarlo ahora mismo en el tablón —proclamé—. Nuestra gente se merece saber que el próximo lunes tenemos un caso.

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Caso nº 00021: EL TESORO DEL EXILIADO (CERRADO)

Gervasio Peláez no podía tener menos de noventa años, y parecía estar más cerca del siglo. Sus ojos enmarcados en arrugas no eran capaces de ver más allá de su nariz, la cual goteaba constantemente. Su cuerpo, menguado con los años, no dejaba de temblar como una hoja. Le llevó casi dos minutos llegar desde la entrada de mi despacho hasta el asiento que se le ofrecía. Cuando finalmente consiguió sentarse, se quitó el raído sombrero con el que se tocaba y lo depositó sobre sus rodillas, descubriendo un rostro tostado por el sol pero marcado por cicatrices de toda una vida.

El tipo de persona, pensé, que aún enviaría cartas manuscritas a día de hoy. Y el tipo de persona que pediría ayuda para escribir una carta.

—En su carta decía que quería contratar nuestros servicios —dije para iniciar la conversación.
—Ustedes son detectives, ¿no es así? —titubeó con voz vacilante, pero con una firme determinación en sus ojos casi ciegos.
—Así es. Hemos resuelto ya un par de docenas de casos, asesinatos principalmente pero también robos y secuestros, e incluso un caso de amenazas…
—Necesito que me ayuden a buscar un tesoro.

Pausa dramática.

—Un tesoro —repetí.
—Me ha entendido mal. No estoy loco, joven. No es que tenga un mapa del tesoro perdido del pirata Barbanegra, si es lo que cree.
—No tengo datos suficientes aún para creer nada, señor Peláez. ¿Quiere contarme su historia?

Al saber que aún no estaba siendo juzgado, suavizó el gesto y comenzó.

—Mi padre, que Dios lo tenga en su gloria, era constructor. Estaba bastante bien situado, tenía algunos cuantos contratos para gente de confianza del mismísimo Alfonso XIII, por lo que nunca nos faltó de nada mientras él vivía. Pero cuando empezó todo lo del Expediente Picasso, se empezó a obsesionar con atesorar todo lo que teníamos. Así que escondió la fortuna familiar en algún lugar de nuestra casa, pero nunca nos dijo ni a mi madre ni a mí dónde la guardó. Recuerdo que siempre la llamaba “El salvavidas”.

»Murió durante el golpe de estado de Primo de Rivera, por lo que mi madre y yo quedamos solos, arruinados y frustrados. Sabíamos que teníamos bastante dinero, pero no teníamos ni idea de dónde estaba. Madre murió poco después, por enfermedad, teniendo yo trece años. Así que me quedé completamente solo…
—Disculpe la interrupción —intervine—… ¿cómo pudo esconderlo todo en algún lugar de la casa familiar sin que ni usted ni su madre vieran nada?
—Madre y yo solíamos ir a visitar a mi abuela, en paz descanse. Padre solía quedarse en casa. Supongo que lo haría en una de esas escapadas.

»De cualquier manera, de algo tenía que vivir. Así que tuve que dejar la casa y empecé a trabajar como mozo de cuadras. Pero al estallar la Guerra Civil, se supo que mi amo había colaborado con los comunistas y tuvimos que irnos todos al exilio, primero a Francia y de ahí a México. Ahí es donde he pasado los siguientes sesenta y siete años de mi vida.

»¡Y no es que me queje! Allí pude desarrollar mis actividades artísticas. Me he estado ganando bien la vida en Latinoamérica, hasta que me empezó a fallar la vista. Me retiré, olvidado ya el tesoro de mi padre y decidido a vivir mis últimos años de vida con tranquilidad y tirando de lo que había podido ganar como pintor.

»Entonces fue cuando encontré esto —dijo, sacando lentamente un sobre del bolsillo interior de su chaqueta—. Estaba entre las viejas pertenencias de mi padre, lo que me pude llevar conmigo. Es una especie de acertijo… no sabía lo que podía ser hasta que leí la última palabra.
—“Salvavidas” —leí—. Instrucciones dejadas por su padre para recordar dónde escondió el tesoro.
—Exactamente —replicó con un guiño—. Suponiendo que se trataría de eso, cogí el primer vuelo a España para comprobarlo. Pero yo ya no estoy para resolver adivinanzas, y mucho menos para poner la casa patas arriba buscando pistas. Mi memoria no es lo que era, y mis ojos ni le cuento.
—Por eso quiere contratarnos. Necesita ojos y cerebros extra.
—La fortuna es bastante grande, joven. Comprenderá que no tengo una cifra exacta. Pero si me ayudasen a encontrarla, les recompensaría con un veinte por ciento.
—Si me permite la curiosidad… ¿exactamente en qué consiste dicho tesoro?
—Dinero, joyas, y algunas obras de arte.

Carraspeé.

—¿Y qué… ejém… qué tipo de obras de arte?
—Jarrones, estatuillas, esas cosas.

Suspiré aliviado. Me preocupaba que don Gervasio entendiese como “Obras de Arte” lo que nosotros entendíamos como “almacén de pruebas, estanterías uno a treinta y ocho por ahora”.

—Es un poco arriesgado suponer que el tesoro sigue ahí después de más de medio siglo, si me permite el comentario…
—Tengo algunos ahorros. Si el tesoro no aparece, igualmente les pagaré por sus servicios. Pero sé que la vieja casa de mi familia sigue en pie, así que… estoy seguro de que el tesoro sigue donde mi padre lo dejó.
—Señor Peláez, tiene que entender unas cuantas cosas. En primer lugar, nosotros podemos encontrar lo que busca… si sigue estando ahí. Pero quizás le resultaría más fácil, rápido y económico derribar la casa y buscar entre los escombros. Si su padre era constructor, no me extrañaría que hubiera escondido el tesoro dentro de los tabiques.
—Oh, no, no, hay obras de arte en ese tesoro. No me gustaría dañarlas. A la casa claro que le tengo cariño, pero he vivido fuera de ella demasiados años como para ponerme sentimental.
—Y en segundo lugar, en la Sociedad del Misterio tenemos una política: si en dos semanas no hemos encontrado nada, consideraremos que el rastro se ha enfriado y que las posibilidades de éxito se reducen. Eso quiere decir que, si para entonces no tenemos resultados, cerraremos la investigación.
—Si eso ocurre… a menos que encuentre otra solución, haré caso de su sugerencia y derribaré los tabiques. Pero primero quiero intentarlo con las instrucciones de mi padre.

Las instrucciones. Sostuve el papel entre mis dedos, enguantados para no dejar huellas. Desde luego parecía una especie de acertijo demasiado largo… necesitaría saber cómo era la casa para encontrarle algo de sentido:

Empiezo mirando a mi ángel fijamente a los ojos. Un ángel siempre protege lo más sagrado, y me recuerdo que es eso lo que estoy haciendo. Desde ahí retrocedo seis pasos, giro tres cuartos de hora y avanzo hasta llegar a las escaleras. Al otro lado de las mismas, el pasado me recuerda que se me hace tarde, así que sigo caminando. Dejo que mi estómago me guíe, pero las paredes me oprimen así que huyo de ellas. Sin dejar de caminar en línea recta, pronto echo de menos las paredes, así que sin girarme vuelvo a ellas. Y desde aquí, donde guardo aquello que mi mujer y mi hijo nunca deben encontrar, escribo estas palabras en honor al salvavidas.

—Bien, creo que mi compañero el investigador Zalaya estará encantado de tomarle declaración. El Profesor Boniatus, que es ese amable caballero que vigila la cafetera como si le fuera la vida en ello, necesitará conocer la dirección de la casa. Y ya que lo menciono, ¿le apetece un café?

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Caso nº 00016: ESCALERA AL CIELO (Primera parte) (CERRADO)

Hay algunas cosas a las que, seamos sinceros, aún no estamos muy acostumbrados. Nos ofertamos como consultoría criminalística tanto para fuentes oficiales como para particulares; pero lo cierto es que, hasta el momento, casi todos nuestros casos nos han llegado por medio de la policía. Solemos ayudar a esclarecer misterios, pero no nos pasa muy a menudo que sea el principal sospechoso quien acude a nosotros. Y desde luego, nunca antes hemos mantenido una reunión con nuestro cliente en los calabozos de la comisaría.

Pero lo de este caso, sin lugar a dudas, ha superado todas mis expectativas. Porque reunir todo lo arriba mencionado, todavía me lo podría haber visto venir. Pero cuando vi al sospechoso, supe que acabábamos de batir un record.

—No se levante, por favor, Padre Froilán— le dije.

El padre Froilán Prieto permaneció sentado en su camastro, con gesto apesadumbrado. Aunque me pareció que mi llegada le había animado un poco.

—No sabía a quién acudir —confesó el sacerdote—. El padre párroco me ha hablado de ustedes en muchas ocasiones, aunque debo reconocer que no en términos muy elogiosos, y supongo que cuando me he dado cuenta de mi situación he pensado en ustedes.
—En su llamada no aclaraba nada. ¿Quiere contarme qué ha ocurrido exactamente?
—Verá, ese es el problema, yo mismo no lo termino de entender.
—Cuénteme lo que sepa, y por favor procure no omitir nada.
—Está bien. Todo empezó ayer por la noche. Debe usted saber que ejerzo de sacristán en la parroquia de San Conrado, en la que también desempeño algunas tareas manuales. Se me da bien la carpintería y me defiendo un poco con la fontanería. Mejor que al padre párroco por lo menos.

»Le cuento esto para ponerle en antecedentes. Anoche, tras terminar el servicio, el padre párroco me pidió que fuese a arreglar el gallinero… Tenemos un pequeño gallinero en el patio trasero de la iglesia, y hace un par de días se rompió el techo; uno de los chiquillos que vienen a catequesis quiso hacerse el gracioso y le dio por emprenderla a patadas, y las maderas cedieron. El caso, como le digo, es que a petición del padre párroco estuve una hora, de ocho a nueve, reemplazando tablas y liándome a martillazos. No sé si servirá de algo, pero me clavé un par de astillas que lo demuestran.

»Pues bien. Cuando terminé de reparar el gallinero, volví a la sacristía y descubrí que la policía me estaba esperando. ¡Y me acusaban de haber cometido un asesinato!

—¿Un asesinato? ¿Cuándo?
—¡Eso es lo raro! Según dicen, el crimen acababa de tener lugar. ¡Yo había estado haciendo reparaciones, por el amor de Dios!
—¿Quién es la víctima?
—¡No lo sé! Me han enseñado un retrato del pobre hombre en la mesa de autopsias, pero no le había visto en mi vida. ¿Por qué iba a matar a un completo desconocido?
—Está bien, serénese. ¿Les ha contado usted su coartada?
—¡Por supuesto que sí! Pero dicen que, si no había nadie viendo cómo reparaba el gallinero, mi coartada no es sólida.
—Aún así parece un poco traído por los pelos. Quizás usted no tenía una coartada irrefutable, pero las cosas como son… yo tampoco la tenía, anoche estaba solo en mi despacho entre las ocho y las nueve. Y como yo, seguro que media ciudad. ¿Le han detenido sólo por no tener coartada?

El Padre Froilán suspiró abatido.

—Al parecer, la víctima dijo mi nombre justo antes de morir. Y dado que murió en las escaleras de la parroquia, han sumado dos y dos y han decidido que soy culpable.

¡Incriminado ni más ni menos que por las últimas palabras de la víctima! Aquella prueba iba a ser difícil de refutar.

—Tiene que creerme, detective, yo no he hecho nada malo… sería incapaz de hacer daño a una mosca…
—Padre, quiero dejarle una cosa clara, ¿de acuerdo? Porque no me gustaría generar falsas esperanzas. Podemos aceptar su caso, podemos investigar, podemos intentar encontrar todas las pruebas posibles y, si está en nuestra mano, podemos exculparle. Pero nos debemos a los hechos. Quiero que tenga claro que sólo podremos ayudarle si los hechos le dan la razón. ¿Lo comprende?
—Lo comprendo.
—Bien. Pida que le traigan papel y lápiz. Si recuerda algo más, lo que sea, apúntelo inmediatamente y pregunte por el inspector Arjona, él nos lo hará llegar.

Me despedí del sacristán y salí de su celda. Inmediatamente, pregunté quién llevaba el caso y quién había encontrado el cuerpo. La investigación corría a cargo del inspector Garcete, que estaba en la escena del crimen; en cuanto a quién encontró el cuerpo… ahí tuve algo más de suerte.

—Sí, fui yo —dijo la agente Victoria Robles (24 años, soltera)—. Mi turno había terminado y volvía a casa, cuando vi a aquel anciano tendido sobre los escalones de la iglesia.
—Necesitaría todos los datos de lo que ocurrió en ese momento, si es tan amable.
—Como quiera, pero ya tenemos al asesino entre rejas. Todas las pruebas le apuntan a él.
—Luego volveremos a lo de las pruebas, si no le importa. Me gustaría que siguiéramos esta historia en orden.
—Muy bien. Al principio pensé que se trataba de un borracho, con la cara tan colorada y tal, pero cuando vi el reguero de sangre que bajaba los escalones corrí hacia él para ayudarle. Ya iba de paisano, así que me identifiqué como policía y traté de tranquilizarle. Llamé a una ambulancia y pedí refuerzos. Luego le expliqué que la ayuda estaba en camino. Llevaba guantes, ya hace frío, así que me permití tratar de incorporar al pobre hombre, y así fue como le vi la puñalada en el costado. Traté de cortar la hemorragia. Se me quedó mirando, con esos ojos claros y vidriosos, con pánico. Le pregunté quién le había hecho eso, y entonces, casi ahogándose, me dijo claramente el nombre “Froilán”… y murió.
—Y sospechó del Padre Froilán por la ubicación del cuerpo.
—Las pruebas, como le digo, me dan la razón. Tenemos las huellas del sacerdote en los botones de la chaqueta de la víctima, y se ha demostrado que su coartada era falsa y, si me lo permite, algo desesperada.
—¿Lo dice sólo porque no había testigos?
—Lo digo porque el gallinero que jura haber estado arreglando sigue roto, señor Ryder.
—¿Ha dado el sospechoso alguna explicación a sus huellas en la chaqueta?
—Sigue empeñado en que jamás había visto a ese hombre.

Apunté esos datos. Esto no iba muy bien.

—De acuerdo. ¿Qué sabemos de la víctima?
—Nada.
—¿Cómo que nada?
—Ese es el punto más oscuro de la investigación. No sabemos quién es. Nadie en el barrio lo reconoce. No llevaba identificación. Y sus huellas no constan en nuestros registros.
—Eso es raro, ¿no le parece?
—Sigue siendo un cadáver, y sigue habiendo incriminado al cura. Entiendo que intenta hacer su trabajo, detective, pero no se mate investigando. Ese hombre es culpable, la víctima le ha acusado justo antes de morir.
—No me entienda mal, agente Robles. No dudo de su palabra. Pero los caminos del Señor son inescrutables, ¿no?

———

—Así que ya lo veis —dije a mis jefes de departamento de nuevo en las oficinas de la Sociedad del Misterio—. Tenemos caso nuevo, y hay demasiados puntos oscuros como para pensar que ya esté todo resuelto.
—¿Entonces vamos tras el auténtico asesino? —tanteó Boniatus.
—No tan deprisa. El padre Froilán nos ha contratado para demostrar su inocencia.
—Pero buscaremos al asesino, ¿no? —quiso saber Jnum.
—Quizás ya lo tengamos, aún es pronto para saber si la policía se ha equivocado o no. Así que nos centraremos en la tarea para la que hemos sido contratados. El padre Froilán tiene tres cosas en su contra: sus huellas en la chaqueta, su falta de coartada, y las últimas palabras de la víctima. Si conseguimos desmontar al menos dos de esas tres, quizás podamos hacer que la policía considere reabrir la investigación.
—¿Y cómo lo hacemos? Parecen bastante concluyentes…
—Nos lo repartiremos. Boniatus, te quiero en la parroquia de San Conrado; averigua qué estuvo haciendo el padre Froilán en el momento del crimen y por qué basa su coartada en algo que no parece haber hecho. Jnum, la policía te dará acceso a las pruebas, empieza por la chaqueta; comprueba si esas huellas llegaron allí de forma natural o si las han podido poner, encuentra una explicación. Yo me quedo con las últimas palabras de la víctima. Encontrad lo que podáis. Pero procurad no ir con ninguna idea preconcebida, no sabemos si nuestro cliente es en realidad el asesino.

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