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MARATÓN DEL MISTERIO – Etapa 3 – Caso nº 00029: EL LADRÓN DESAPARECIDO (CLAUSURADO)

El amanecer traía consigo un viento helado que se agarraba a nuestros huesos en un abrazo cruel. La mañana se había despertado triste y lluviosa, como si el sol hubiera decidido que no merecíamos verle hoy.

Pese a todo, sabíamos que el recibimiento que nos esperaba iba a ser mucho, muchísimo más frío.

Jack, Zalaya y yo respiramos hondo al unísono, sin ensayarlo, preparándonos para lo que estaba por venir, y avanzamos hacia la escalinata de entrada. Una escalinata que, por suerte o por desgracia, conocíamos demasiado bien.

—¡No! —tronó una voz desde lo alto—. ¡Ni hablar! ¡Me niego en redondo! ¡Ustedes no pueden entrar aquí!

—¿De verdad tenemos que hacer esto? —pregunte con un hilillo de voz.

—Es la única pista que tenemos para encontrar a Martínez —respondió Jack entre dientes.

Suspire. Tenía razón. Martínez robó algo de nuestras oficinas y algo de las de Carlos Ashmoor. La única relación entre ambas víctimas era el caso Ruby… y la información robada a Ashmoor hacía referencia a una fundación pro-vida dispuesta a reabrir ese caso una vez más. Cada robo nos había conducido hasta el siguiente escenario, era lo único que teníamos.

La gran putada es que el promotor de dicha fundación no era otro que el padre Benito Piña.

El sacerdote descendió las escaleras de la Parroquia de San Conrado hecho un basilisco, su calva cabeza encendida en un tono rojo brillante y perlada de un sudor impropio para el clima que estábamos padeciendo. Detrás de él, asomándose atropelladamente por la puerta de la iglesia, su sacristán, el Padre Froilán, hacía tímidos amagos de detener al párroco. Pero incluso habiendo tratado pocas veces con él, nosotros ya habíamos aprendido que nada ni nadie detenía al Padre Piña.

—¡La última vez que les dejé entrar, pusieron mi parroquia patas arriba! ¡Detuvieron a una de mis feligresas! ¡Desbarataron todo mi mercadillo benéfico!

—Su feligresa era una asesina, padre, como bien recordará.

—¡La vez anterior, defendieron la blasfemia y la indecencia más indefendibles!

—Tratábamos de impedir un asesinato. Que éste fuese a producirse durante el rodaje de una película porno era irrelevante.

—¡Y la vez anterior a esa, cuestionaron mi buen juicio a la hora de dar o no sepultura a un suicida, por el amor de Dios!

—No fue su juicio lo que se puso en duda, sino la causa de la muerte.

—¡Son ustedes el mal encarnado! ¡Son personas non-gratas en esta Casa de Dios!

—Padre, debo protestar —terció el padre Froilán—. Usted mismo lo ha dicho, ésta es la Casa de Dios. No nos corresponde a nosotros cerrarle a nadie sus puertas.

—¿Pero qué se ha creído? ¡Esta es mi parroquia! ¡Estos hombres son unos sucios degenerados y entrometidos! ¡Y usted ya no es digno de mi confianza, se lo recuerdo!

—Mateo, siete uno —replicó el sacristán visiblemente hastiado del comportamiento del párroco.

Sorprendentemente, estas palabras consiguieron lo que nadie creía posible: callar a Benito Piña.

—Les ruego disculpen esta escena —se excusó el Padre Froilán—. ¿A qué debemos esta visita?

Saliendo del estupor que aún tenía atrapados a Zalaya y a Jack, recobre la compostura y avance un paso.

—Sí, perdone, no queremos molestar, pero estamos investigando una serie de robos y el nombre de la Fundación Pro-Vida San Conrado ha salido a relucir durante nuestra investigación.

—¿Somos sospechosos? —preguntó el párroco.

—Oh, no, sabemos quién fue el ladrón. Sólo intentamos seguirle la pista, y parece que ese hombre estaba especialmente interesado en la fundación que dirige el Padre Piña.

—Es una fundación legítima —puntualizó el párroco—. Defendemos el divino derecho de todo ser humano a la vida. La pena de muerte es una abominación a los ojos de Dios.

—No cuestionamos eso. ¿Pero tienen algún enemigo?

Los sacerdotes intercambiaron una mirada algo confusa.

—¿Quién iba a tener algo contra nosotros? —preguntó el sacristán.

—¡Somos hombres de Dios! —añadió el párroco—. ¡No hacemos daño a nadie!

—Con el debido respeto, quisieron negar la sepultura a una víctima de asesinato tomándolo por un suicida.

—¿Ve? —protestó Piña a su sacristán—. ¿Qué dice su Mateo ahora, eh?

—“Te lo advertí”, creo, ¿por?

El padre Piña contuvo sus palabras una vez más. Se volvió nuevamente hacia nosotros.

—Está bien. Pueden preguntar lo que quieran, y pueden echar un vistazo. Pero esto sigue siendo una Iglesia, aquí sigue viniendo gente a rezar, y no toleraré que perturben la paz de esta parroquia. Así que adelante; pero espero que se den prisa en comprender que no tenemos nada que ver con su investigación.

—Cinco días, padre, es lo único que necesitamos —dije—. Mi compañero Zalaya se encargará de hacerles algunas preguntas, y si no tienen inconveniente, el jefe Ryder echará un vistazo por su parroquia.

—Cinco días —repitió Piña—. Ni uno más.

Estreche la mano del padre Piña para dar el acuerdo por cerrado y nos apartamos de los sacerdotes para deliberar.

—¿Podrás encargarte? —Pregunto Jack.

—No es el primer caso que dirijo, y tenemos al padre Froilán en nuestro bando. No será tan difícil. ¿Tú tendrás algún problema con la escena?

—La única dificultad estará en qué considere Piña que es “perturbar la paz de la parroquia”. Pero tranquilo, sabré arreglármelas.

—Recordad el SMS —puntualizó Zalaya—. No estamos buscando sólo pistas del paradero de Martínez… también tenemos que averiguar quién nos mandó ese mensaje y qué quería decir.

—Cada cosa a su tiempo, pero sí, deberíamos estar pendientes. ¿Todos listos?

—Listo —replicó Zalaya.

—Listo —Asentí.

—Muy bien. Profesor, el caso es tuyo.

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Caso nº 00017: ESCALERA AL CIELO (Segunda parte) (CERRADO)

Johann Radenauer era un hombre muy conocido y renombrado en determinados círculos, aunque menos cuanto más nos alejábamos de su Dusseldorf natal. Aunque su reputación había llegado al extremo de lo dudoso en varias ocasiones, y aunque se le conocía por sus pocos escrúpulos en sus métodos y a la hora de escoger clientes, seguía siendo considerado uno de los mejores detectives privados del mundo, y sin lugar a dudas el más caro de Alemania. El hecho de que ahora descansase en el depósito de cadáveres de nuestra ciudad no hacía sino complicar lo que prometía ser un caso sencillo.

En el momento de su muerte llevaba casos para tres clientes distintos, ninguno de ellos español. Por desgracia, y aunque los nombres de sus clientes eran conocidos, en su oficina no quedaba constancia alguna de la naturaleza de sus investigaciones. Según había informado su secretario, Radenauer solía tomar notas de sus progresos en una libreta de la que nunca se separaba, y no era hasta que el caso estaba cerrado que pasaba estos datos a su ordenador. Al parecer ya había sufrido el ataque de un hacker una vez y no había vuelto a confiar en las máquinas durante una investigación en curso.

La policía alemana estaba investigando a los clientes, intentando averiguar cuál era el motivo de sus tratos con Radenauer. Pero todos sus clientes eran hombres ricos y poderosos, con ejércitos de abogados dispuestos a litigar hasta la muerte para defender su privacidad. Dos de ellos estaban bajo sospecha de serias actividades criminales, pero la policía llevaba siguiéndoles el rastro durante años sin conseguir encontrar nada sólido. No, si queríamos descubrir quién le había asesinado tendríamos que trabajar desde el final en lugar de confiar en el principio.

Hasta ahora trabajábamos para el injustamente detenido padre Froilán, y nuestro cometido era demostrar su inocencia. Pero ahora era el propio inspector Garcete quien nos pedía ayuda. Ahora, todos nuestros esfuerzos estaban puestos en cazar al asesino.

El padre Piña esbozó una media sonrisa cuando me recibió en la iglesia. Supongo que para él aquello debía ser como su oportunidad para enfrentarse a Satanás en un combate de boxeo. Por fin el investigador jefe en persona. Me apresuré a dejarle claro que colaborábamos con la policía y que nuestra única intención era desenmascarar al asesino que había mancillado su parroquia.
Huelga decir que eso no le hizo mostrarse más cooperativo.

—Si el asesino fuese alguno de los pecadores de mi rebaño, tenga por seguro que yo lo descubriría y lo entregaría —protestó—. Su presencia aquí sólo sirve para perturbar una vez más la paz de la casa de Dios.
—El cuerpo apareció en la escalinata de su parroquia, padre Piña —repliqué, haciendo un esfuerzo sobrehumano para no decir su apellido en plural—. Es normal que la investigación tenga que pasar por aquí. Y las pruebas, como ya sabrá, apuntan a que alguien trató de escapar pasando por encima de su gallinero.
—¿Y el otro investigador? —dijo con una mueca de desprecio—. El profesor algo, no me acuerdo, se comía pero no me acuerdo de lo que era…
—Siguiendo otra pista, padre. Como verá, no todo nuestro trabajo implica molestarle a usted. ¿Dónde está el padre Froilán? Tenemos algunas preguntas que hacerle.
—No ha tenido suerte. Acaba de salir a visitar a una familia de feligreses enfermos.
—Zalaya, nos vendría bien su testimonio —dije a nuestro nuevo jefe de departamento—. A ver si todavía lo alcanzas. Tomaré nota de todo lo que se hable y te lo pasaré en la oficina.

Con un gesto de despedida, Zalaya salió a la caza del sacristán. Piña y yo nos quedamos a solas.

—¿Qué tal ha salido el mercadillo? —pregunté, para tratar de limar asperezas.
—Todo vendido, hemos obtenido una buena recaudación —replicó con un gesto de incomodidad al ver a la policía ir al patio trasero y volver con tablas en las manos—. Al final la mitad de las pertenencias han vuelto a sus legítimos dueños, que han pagado para recuperarlas… pero en fin, supongo que el padre Froilán acertó, que de esta forma el rebaño se mostraría más dispuesto a hacer donaciones.

Anoté lo dicho, tal y como le había prometido a Zalaya, incluyendo el detalle de que Piña hubiera tenido cuidado de no decir “El padre Froilán tenía razón”.

—¿Qué saben del asesinato? —preguntó finalmente sin tapujos.
—No puedo responder a su pregunta.
—¿Quieren mi ayuda o no?
—Queremos su cooperación, padre Piña. Pero no podemos compartir con usted información confidencial de una investigación en curso. Seguro que un hombre de su posición lo comprenderá.

Sabíamos cosas nuevas, por supuesto. Sabíamos que el arma homicida, un cuchillo de hoja ancha y plana, había perdido la punta en el interior del cuerpo. Sabíamos que la víctima había llegado a España cuatro días antes de su muerte. Pero no íbamos a compartir esa información, y menos con Piña… porque también sabíamos que Radenauer había alquilado un apartamento con vistas a la iglesia. Un apartamento desde el que vigilaba a alguien que frecuentaba San Conrado. Un apartamento que Boniatus se estaba encargando de peinar.

—Está bien —gruñó con un gesto de disconformidad—. ¿Qué debo hacer para que se vayan pronto de aquí?
—Proporcionarnos una lista de sus feligreses y de las personas que ayudaban en la iglesia, poniendo especial hincapié en quién estuvo aquí en los siete días anteriores al asesinato; permitirnos entrar y tomar lo que necesitemos para nuestra investigación, sabiendo que le devolveremos todo aquello que no sea una prueba del caso; y ayudaría que estuviera dispuesto a hacer una declaración.
—¿Qué quiere saber?
—Dice que no conocía a la víctima. ¿Aún lo piensa?
—Naturalmente, si no lo conocí en vida mucho menos ahora.
—¿No oyó nada en el momento del crimen?
—Mi despacho está lejos de la puerta principal. Aparte de que no oigo demasiado bien.
—¿Qué estuvo haciendo en su despacho aquella noche?
—Preparar mi sermón del día siguiente.
—¿Podría demostrarlo?
—¡Soy un hombre de Dios, por todos los santos! —tronó perdiendo la paciencia—. ¡No tengo que demostrar mi inocencia ante semejante atrocidad!
—Sin embargo tampoco veía necesario demostrar que su sacristán era culpable —respondí, y me arrepentí en el mismo momento en que lo dije.
—El padre Froilán carece de disciplina, y tengo serias dudas sobre su vocación.
—¿Basadas en qué?
—¡En su excesiva indulgencia hacia el pecado! ¡Si por ese hombre fuera, en el Reino de los Cielos entraría cualquiera!

Anoté todo esto y decidí no explotar más esta vía. Estaba claro que aquél era un tema en el que el padre Piña no atendería a razones.

—Le confeccionaré esa lista, ya que así me lo pide —gruñó—. Y la policía puede retirar de mi iglesia lo que necesite, si me prometen que luego nos será devuelto. Ahora, detective, buenas tardes y disculpe.

Se dio la vuelta y volvió a ocuparse de vigilar que la policía no causaba ningún estropicio irreparable. No íbamos a sacar nada más de él… aunque en realidad tampoco podía decir que esperase sacarle tanto.

Di una vuelta por San Conrado. No espero llegar al nivel de Boniatus en su propio campo, sólo intentaba encontrar rastros de sangre medianamente evidentes, medianamente ocultos. Por supuesto no tuve suerte. Sabíamos que el asesino apuñaló a Radenauer en la escalinata, entró en la iglesia y escapó por el gallinero. Pero no teníamos nada más. Ni un arma, ni ADN, ni un rastro de sangre. Habíamos hecho nuevos descubrimientos… pero seguíamos estando en el mismo punto.

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Caso nº 00016: ESCALERA AL CIELO (Primera parte) (CERRADO)

Hay algunas cosas a las que, seamos sinceros, aún no estamos muy acostumbrados. Nos ofertamos como consultoría criminalística tanto para fuentes oficiales como para particulares; pero lo cierto es que, hasta el momento, casi todos nuestros casos nos han llegado por medio de la policía. Solemos ayudar a esclarecer misterios, pero no nos pasa muy a menudo que sea el principal sospechoso quien acude a nosotros. Y desde luego, nunca antes hemos mantenido una reunión con nuestro cliente en los calabozos de la comisaría.

Pero lo de este caso, sin lugar a dudas, ha superado todas mis expectativas. Porque reunir todo lo arriba mencionado, todavía me lo podría haber visto venir. Pero cuando vi al sospechoso, supe que acabábamos de batir un record.

—No se levante, por favor, Padre Froilán— le dije.

El padre Froilán Prieto permaneció sentado en su camastro, con gesto apesadumbrado. Aunque me pareció que mi llegada le había animado un poco.

—No sabía a quién acudir —confesó el sacerdote—. El padre párroco me ha hablado de ustedes en muchas ocasiones, aunque debo reconocer que no en términos muy elogiosos, y supongo que cuando me he dado cuenta de mi situación he pensado en ustedes.
—En su llamada no aclaraba nada. ¿Quiere contarme qué ha ocurrido exactamente?
—Verá, ese es el problema, yo mismo no lo termino de entender.
—Cuénteme lo que sepa, y por favor procure no omitir nada.
—Está bien. Todo empezó ayer por la noche. Debe usted saber que ejerzo de sacristán en la parroquia de San Conrado, en la que también desempeño algunas tareas manuales. Se me da bien la carpintería y me defiendo un poco con la fontanería. Mejor que al padre párroco por lo menos.

»Le cuento esto para ponerle en antecedentes. Anoche, tras terminar el servicio, el padre párroco me pidió que fuese a arreglar el gallinero… Tenemos un pequeño gallinero en el patio trasero de la iglesia, y hace un par de días se rompió el techo; uno de los chiquillos que vienen a catequesis quiso hacerse el gracioso y le dio por emprenderla a patadas, y las maderas cedieron. El caso, como le digo, es que a petición del padre párroco estuve una hora, de ocho a nueve, reemplazando tablas y liándome a martillazos. No sé si servirá de algo, pero me clavé un par de astillas que lo demuestran.

»Pues bien. Cuando terminé de reparar el gallinero, volví a la sacristía y descubrí que la policía me estaba esperando. ¡Y me acusaban de haber cometido un asesinato!

—¿Un asesinato? ¿Cuándo?
—¡Eso es lo raro! Según dicen, el crimen acababa de tener lugar. ¡Yo había estado haciendo reparaciones, por el amor de Dios!
—¿Quién es la víctima?
—¡No lo sé! Me han enseñado un retrato del pobre hombre en la mesa de autopsias, pero no le había visto en mi vida. ¿Por qué iba a matar a un completo desconocido?
—Está bien, serénese. ¿Les ha contado usted su coartada?
—¡Por supuesto que sí! Pero dicen que, si no había nadie viendo cómo reparaba el gallinero, mi coartada no es sólida.
—Aún así parece un poco traído por los pelos. Quizás usted no tenía una coartada irrefutable, pero las cosas como son… yo tampoco la tenía, anoche estaba solo en mi despacho entre las ocho y las nueve. Y como yo, seguro que media ciudad. ¿Le han detenido sólo por no tener coartada?

El Padre Froilán suspiró abatido.

—Al parecer, la víctima dijo mi nombre justo antes de morir. Y dado que murió en las escaleras de la parroquia, han sumado dos y dos y han decidido que soy culpable.

¡Incriminado ni más ni menos que por las últimas palabras de la víctima! Aquella prueba iba a ser difícil de refutar.

—Tiene que creerme, detective, yo no he hecho nada malo… sería incapaz de hacer daño a una mosca…
—Padre, quiero dejarle una cosa clara, ¿de acuerdo? Porque no me gustaría generar falsas esperanzas. Podemos aceptar su caso, podemos investigar, podemos intentar encontrar todas las pruebas posibles y, si está en nuestra mano, podemos exculparle. Pero nos debemos a los hechos. Quiero que tenga claro que sólo podremos ayudarle si los hechos le dan la razón. ¿Lo comprende?
—Lo comprendo.
—Bien. Pida que le traigan papel y lápiz. Si recuerda algo más, lo que sea, apúntelo inmediatamente y pregunte por el inspector Arjona, él nos lo hará llegar.

Me despedí del sacristán y salí de su celda. Inmediatamente, pregunté quién llevaba el caso y quién había encontrado el cuerpo. La investigación corría a cargo del inspector Garcete, que estaba en la escena del crimen; en cuanto a quién encontró el cuerpo… ahí tuve algo más de suerte.

—Sí, fui yo —dijo la agente Victoria Robles (24 años, soltera)—. Mi turno había terminado y volvía a casa, cuando vi a aquel anciano tendido sobre los escalones de la iglesia.
—Necesitaría todos los datos de lo que ocurrió en ese momento, si es tan amable.
—Como quiera, pero ya tenemos al asesino entre rejas. Todas las pruebas le apuntan a él.
—Luego volveremos a lo de las pruebas, si no le importa. Me gustaría que siguiéramos esta historia en orden.
—Muy bien. Al principio pensé que se trataba de un borracho, con la cara tan colorada y tal, pero cuando vi el reguero de sangre que bajaba los escalones corrí hacia él para ayudarle. Ya iba de paisano, así que me identifiqué como policía y traté de tranquilizarle. Llamé a una ambulancia y pedí refuerzos. Luego le expliqué que la ayuda estaba en camino. Llevaba guantes, ya hace frío, así que me permití tratar de incorporar al pobre hombre, y así fue como le vi la puñalada en el costado. Traté de cortar la hemorragia. Se me quedó mirando, con esos ojos claros y vidriosos, con pánico. Le pregunté quién le había hecho eso, y entonces, casi ahogándose, me dijo claramente el nombre “Froilán”… y murió.
—Y sospechó del Padre Froilán por la ubicación del cuerpo.
—Las pruebas, como le digo, me dan la razón. Tenemos las huellas del sacerdote en los botones de la chaqueta de la víctima, y se ha demostrado que su coartada era falsa y, si me lo permite, algo desesperada.
—¿Lo dice sólo porque no había testigos?
—Lo digo porque el gallinero que jura haber estado arreglando sigue roto, señor Ryder.
—¿Ha dado el sospechoso alguna explicación a sus huellas en la chaqueta?
—Sigue empeñado en que jamás había visto a ese hombre.

Apunté esos datos. Esto no iba muy bien.

—De acuerdo. ¿Qué sabemos de la víctima?
—Nada.
—¿Cómo que nada?
—Ese es el punto más oscuro de la investigación. No sabemos quién es. Nadie en el barrio lo reconoce. No llevaba identificación. Y sus huellas no constan en nuestros registros.
—Eso es raro, ¿no le parece?
—Sigue siendo un cadáver, y sigue habiendo incriminado al cura. Entiendo que intenta hacer su trabajo, detective, pero no se mate investigando. Ese hombre es culpable, la víctima le ha acusado justo antes de morir.
—No me entienda mal, agente Robles. No dudo de su palabra. Pero los caminos del Señor son inescrutables, ¿no?

———

—Así que ya lo veis —dije a mis jefes de departamento de nuevo en las oficinas de la Sociedad del Misterio—. Tenemos caso nuevo, y hay demasiados puntos oscuros como para pensar que ya esté todo resuelto.
—¿Entonces vamos tras el auténtico asesino? —tanteó Boniatus.
—No tan deprisa. El padre Froilán nos ha contratado para demostrar su inocencia.
—Pero buscaremos al asesino, ¿no? —quiso saber Jnum.
—Quizás ya lo tengamos, aún es pronto para saber si la policía se ha equivocado o no. Así que nos centraremos en la tarea para la que hemos sido contratados. El padre Froilán tiene tres cosas en su contra: sus huellas en la chaqueta, su falta de coartada, y las últimas palabras de la víctima. Si conseguimos desmontar al menos dos de esas tres, quizás podamos hacer que la policía considere reabrir la investigación.
—¿Y cómo lo hacemos? Parecen bastante concluyentes…
—Nos lo repartiremos. Boniatus, te quiero en la parroquia de San Conrado; averigua qué estuvo haciendo el padre Froilán en el momento del crimen y por qué basa su coartada en algo que no parece haber hecho. Jnum, la policía te dará acceso a las pruebas, empieza por la chaqueta; comprueba si esas huellas llegaron allí de forma natural o si las han podido poner, encuentra una explicación. Yo me quedo con las últimas palabras de la víctima. Encontrad lo que podáis. Pero procurad no ir con ninguna idea preconcebida, no sabemos si nuestro cliente es en realidad el asesino.

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