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ESPECIAL HALLOWEEN – El Club de Medianoche

El viento gélido arrastra aún el eco de las campanadas de la medianoche. Doce lúgubres tañidos que descienden desde lo alto del campanario, reptan por toda la ciudad ahogando el ruido del tráfico y flotan hasta penetrar en lo más alto de un moderno edificio de oficinas, hasta la mismísima planta trece.

La pálida luz de la luna dibuja con trazos negros la sombra de las persianas por toda la oficina. Los cristales vibran con el viento, tiemblan, truenan.

Sólo tengo la ayuda de una vieja linterna, cuya luz trémula consigue a duras penas arrancar detalles a las tinieblas. El frío de la noche atraviesa mi gastada gabardina y se agarra con furia a mis huesos.

Es festivo. Es medianoche. Las oficinas de la Sociedad del Misterio deberían estar desiertas. Pero un detective no puede ignorar a sus sentidos, y los míos me decían que las cosas no eran como debían ser.

Pies arrastrándose en la oscuridad. Miradas que se clavan en mi nuca para desaparecer cuando las busco. Susurros, jadeos, voces ahogadas en el silencio. Jirones de sombra arrancados de las tinieblas que se mueven furtivamente a mi alrededor.

Sé que debería estar solo. Pero no lo estoy. Estoy rodeado. No los veo, pero sé que están ahí.

Me siento. Respiro hondo. Coloco estratégicamente la linterna bajo mi barbilla, y pronuncio las palabras:

—Queda inaugurada la primera sesión del Club de Medianoche de la Sociedad del Misterio. Durante los próximos siete días no vamos a trabajar. No vamos a investigar ningún caso. Vamos a sentarnos en la oscuridad, y vamos a contar historias de miedo.

No hay respuesta. Una duda recorre mi columna vertebral y se agarra a mi cerebro: ¿y si no están ahí? ¿Y si mis sentidos me han engañado?

¿Y si no? ¿Y si hay algo ahí, pero no lo que yo creo que hay?

Es entonces cuando, lentamente, una a una, las linternas de los investigadores de la Sociedad del Misterio que me acechaban en las sombras se van encendiendo bajo sus rostros, semblantes fantasmagóricos que aparecen de pronto entre las sombras. Cinco velas, una por cada jefe de departamento, se encienden en el centro de la habitación, y ahora la luz es la suficiente para poder ver que estamos todos sentados en círculo.

Sonrío.

—Bien. ¿Quién empieza?

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ESPECIAL HALLOWEEN – Caso nº 00032: LA MALDICIÓN DE LA BRUJA (CERRADO)

La Maldición de la Bruja - Especial Halloween

La lluvia golpeaba ferozmente los cristales de las ventanas de la Sociedad del Misterio. El viento azotaba los árboles más altos de la calle, cuyas ramas parecían querer entrar y ponerse a cubierto. Un relámpago esporádico proyectó la silueta de la huella dactilar que nos anunciaba en la ventana sobre mi escritorio, e hizo que nuestro visitante ahogase un grito sobresaltado.

El botón del hervidor de agua de mi despacho recuperó su posición inicial. Introduje una bolsita de té de vainilla en una taza y la regué con agua hirviendo. Clientes tan aterrados como el que teníamos ante nosotros eran, quizás, el único tipo de personas a las que no recomendaría jamás el café del Profesor Boniatus.

—Bien, señor Pedraza —comencé—, recibimos su correo. Pero nos gustaría que nos volviera a explicar su historia en persona.

—¿Por qué? —preguntó nuestro aterrado visitante.

Pensé detenidamente en mis próximas palabras.

—La impresión personal del implicado siempre nos cuenta una parte de la historia —respondí.

Me sentí fatal por mentir a Severiano Pedraza (cincuenta y dos años, conservador del Museo Sonia Smith), pero sabía que “porque no nos creemos una palabra de lo que nos ha dicho” no era lo mejor que podía responder.

—Está bien —respondió tratando de serenarse—. Está bien. Pero lo que voy a contarles debe quedar entre nosotros. ¿Me entienden? No debe ser hecho público.

—No podemos comprometernos a nada hasta conocer el caso.

Aquello no le hizo gracia, pero sabía que no le quedaba alternativa. No si quería nuestra ayuda. Suspiró.

—Como saben, soy el conservador del Museo Sonia Smith. Con suerte no lo seré por mucho más tiempo… El caso es que a nuestro museo ha llegado un artefacto, un… un ídolo pagano del siglo XVIII. No sé si han leído algo en la prensa…

—El Ídolo Perdido de Niggurash —apuntó Nicolás—. Una reliquia de los Autos de Fe Inquisitoriales. Pero hasta donde he leído, aún no se ha confirmado su autenticidad.

—Yo creo que es auténtico, señores. Aún no han terminado con todas las pruebas, y sinceramente, es posible que nunca se terminen. Porque el ídolo de… El ídolo pagano está… ¡Está maldito!

Se hizo un silencio tenso en mi despacho. Seis personas, y nadie decía nada. Tan sólo el rítmico golpeteo de la lluvia sobre la ventana se empeñaba en romper ese silencio. Quizás un trueno habría ayudado un poco, pero ni eso.

—Mire… —dije para romper el hielo—, no es que no le creamos, ¿de acuerdo? Pero somos detectives, no espiritistas.

—Aunque a veces el nombre de la agencia llame a engaños —apuntó Zalaya, recordando el caso anterior.

—Trabajamos con hechos. Y en todos mis años de experiencia, aún no he encontrado ninguna maldición que se pueda demostrar. Entiendo que existen leyendas sobre ese ídolo, pero…

—¡Usted no lo entiende! —bramó Pedraza—. ¡Ya han muerto dos personas!

El retumbar del trueno que siguió a esas palabras sirvió como grave acompañamiento para nuestro repentino aumento de interés.

—Continúe.

Pedraza tragó saliva.

—Dos meses después de recibir el ídolo y formarse un grupo de estudio a su alrededor, recién instalado en su pedestal de la sala de conservación, supimos que un estudiante de Civilizaciones y Cultura Proto-céltica, Mariano Ugarte, se había colado en el laboratorio para estudiarlo en profundidad fuera de su turno. Después de aquello le sobrevino una fiebre feroz y empezó a sufrir alucinaciones. Dos días más tarde había muerto.

—¿Qué dijeron los médicos? —preguntó Celdelnord.

—Fallo respiratorio. Padecía una afección respiratoria desde hacía años.

—Entonces puede tratarse de una casualidad…

—Eso quise pensar yo… hasta que encontramos el segundo cadáver.

»Roberto Cantó de Entrambosmares. Ya habíamos tenido más de un encontronazo con él. Era un enfermo mental peligroso, había intentado colarse en nuestro museo más de una vez para  intentar destruir antiguas reliquias de valor incalculable sólo porque, según él, estaban malditas. Suponemos que eso fue lo que pasó esta vez. No tengo ni idea de cuándo se nos coló, pero cuando le encontramos, llevaba cerca de una semana muerto. Se había escondido en el almacén, no habíamos necesitado entrar hasta hace dos días, así que nadie lo había visto. Fue… Dios, no puedo ni explicarlo. Juzguen ustedes mismos.

Arrojó sobre mi mesa una fotografía sin siquiera atreverse a mirarla. En ella, el cadáver de un hombre de mediana edad yaciendo en un charco de excrementos. La cabeza abierta por brutales golpes, al parecer contra la pared. Las cuencas de los ojos vaciadas. Sangre en sus manos.

—¿Cree que se lo hizo él mismo?

—Encontramos un diario. Registró sus últimos momentos. Lo hizo él mismo.

—Señor Pedraza, investigaremos si es lo que desea; pero tiene usted dos cadáveres entre manos… La policía debe ser informada de esto.

—No lo entienden. Acudo a ustedes porque el alcalde me ha pedido que esta investigación se lleve a cabo por cauces paralelos a la policía. No quiere que tengamos aquí un escándalo.

—Zalaya, llama al alcalde y compruébalo —dije, y me volví de nuevo hacia nuestro visitante mientras el Jefe de Departamento de Declaraciones y Testimonios salía del despacho—. ¿Por qué el alcalde querría echar tierra sobre dos muertes?

—Bueno… Su Señoría ha contribuido muchas veces con el museo. Esta historia podría salpicarle. Además, quiere asegurarse de que no exista fraude alguno en toda esta historia.

—¿Fraude?

—Recuerdo haber leído algo —señaló Boniatus—. Este no es el primer ídolo de Niggurash que recibe el museo, ¿verdad?

—Así es, y ahora se ha revelado que el primero era falso. Si este segundo también lo fuera, imaginen las repercusiones.

—Dos personas han muerto. ¿En serio le preocupan las repercusiones?

Pedraza no supo qué contestar. Por suerte, Zalaya le evitó tener que responder al entrar de nuevo en mi despacho con el auricular en la mano. El alcalde quería hablar conmigo personalmente.

- ? -

Una hora más tarde, mis Jefes de Departamento y yo nos encontrábamos en el interior de la sala de conservación del Museo Sonia Smith. El señor Pedraza nos esperaba en la puerta… no se atrevía a entrar en la misma sala que el ídolo.

Ante nuestros ojos, sobre un pedestal negro laboriosamente ornamentado con una intrincada cenefa de relieves y hendiduras, descansaba el Ídolo Perdido de Niggurash. Se trataba de una estatuilla de unos treinta centímetros de alto tallada en piedra, que representaba a un hombre acuclillado que se abrazaba las piernas terminadas en pezuñas hendidas. La cabeza de la estatua parecía la de una cabra, con la salvedad de que tenía tres cuernos en lugar de dos. La enroscada cornamenta casi parecía una corona oscura y desvencijada. Bajo la pronunciada frente de la imagen, dos rubíes que hacían las veces de ojos brillaban al reflejo de las luces de la sala.

—Me lo imaginaba más grande —observó Boniatus.

—Habría dado más miedo, sí —respondí—. Celdelnord, procede.

La Jefa de Departamento de Pruebas Físicas se caló dos guantes de látex, abrió su maletín en la mesa más cercana y levantó con sumo cuidado el ídolo. Por un momento, cruzamos los dedos.

—Tiene un peso inusual para su tamaño —opinó Celdelnord.

—¿Alguien ha oído algo? —inquirió Nicolás.

—Ahí arriba hay un ambientador —observó Boniatus—. De los que rocían cada cierto tiempo.

—Te diría que empezaras a procesar esta escena, Profesor, pero creo que con todos aquí no vamos a hacer más que estorbarte.

—No pasa nada, puedo ir a ver dónde se encontró el segundo cadáver, si el señor Pedraza me acompaña…

—Hazlo. Te avisaremos si encontramos algo aquí.

Boniatus salió de la habitación y pidió a un reticente Severiano Pedraza que le guiase hasta el almacén. Celdelnord depositó cuidadosamente el ídolo sobre la mesa y comenzó a examinarlo.

—¿Tienes algo?

—Como he dicho, no pesa lo que debería.

—¿Pesa de más?

—Un poquito de menos, diría yo.

—Mierda, se me olvidaba… Zalaya, ve a buscar al Profesor y al señor Pedraza. Pídele a Pedraza una lista de los demás miembros del grupo de estudio, vas a tener que hablar con ellos.

—Hecho —respondió Zalaya, y corrió hacia fuera.

—¡Ajá! —exclamó Celdelnord, y se escuchó un ligero chasquido.

Me giré hacia el ídolo, para descubrir con asombro que sus piernas flexionadas ocultaban un compartimento secreto. El ídolo estaba hueco, y en su interior…

—¿Qué es eso? —pregunté.

—Ahora mismo nada —respondió Celdelnord con resignación—. Fue un mecanismo de alguna clase, eso está claro, pero está roto. Tendría que estudiarlo más detenidamente…

—A ver lo que puedes hacer. Nicolás, ¿tienes algo sobre mecanismos ocultos en estatuillas en el Siglo XVIII?

—Bueno, jefe, acabo de empezar, no se puede decir que tenga una base de datos monumental ahora mismo…

—Tienes razón. Busca a ver si encuentras algo, por favor. Y sobre el propio Niggurash, ya que estamos.

—Voy a ello —replicó el Jefe de Departamento de Documentación y Conexiones antes de salir.

Volví a girarme hacia el ídolo de Niggurash. Encontré a Celdelnord empapando un bastoncillo de algodón en un líquido y frotándolo con el interior del mecanismo, para luego proceder a rasparlo.

—¿Algo?

—Quizás, no prometo nada. Tengo que analizarlo.

—Adelante.

—Aquí no, Jack. Esto requiere un laboratorio en condiciones, no un maletín.

—Muy bien, termina con el ídolo y ve a tu laboratorio a seguir allí.

Quince minutos después Celdelnord estaba cerrando su maletín y saliendo por la puerta. Me disponía a seguirla, cuando Boniatus y Pedraza reaparecieron.

—Voy a tener que volver allí más tarde, Jack —dijo el Profesor—. Cuando venga a procesar esta sala me pasaré de nuevo por el almacén.

—¿Quiere explicarme por qué me ha pedido su ayudante una lista de los miembros del grupo de estudio del ídolo? —preguntó Pedraza visiblemente molesto.

Dediqué al conservador una sonrisa amable y franca. Aún hablábamos cada uno desde un lado de la puerta, y sabía que mientras no le diese una respuesta él no me iba a dejar salir.

—Jefe de Departamento —le corregí—. Y respondiendo a su pregunta… Nuestro trabajo es encontrar al culpable, señor Pedraza. Para eso tenemos que hablar con la gente…

—¿Es una broma? ¡Ya sabemos lo que está pasando! ¡El ídolo lleva maldito desde hace trescientos años!

—No lo pongo en duda, señor Pedraza. Pero las maldiciones no se echan solas. Tanto si se trata de una maldición como si no, lo que está claro es que alguien lo está orquestando todo. ¿Quiere que no muera nadie más? Entonces tenemos que descubrir quién está detrás de todo esto.

Aparté educadamente al conservador de mi camino y salí de la sala de conservación. El caso era interesante, sin lugar a dudas; pero tratar con una mente tan cerrada como la de Pedraza me estaba dando dolor de cabeza.

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ESPECIAL HALLOWEEN – Un breve relato de terror

Una ráfaga de viento frío se enroscó lentamente en la alta cruz que culminaba del pináculo, un oscuro exponente del gótico flamígero encerchada en un negro breoso. Los remanentes de la lluvia se deslizaban lentamente hacia las gárgolas en las que pendían jirones de niebla como legañas etéreas. Un rayo blanqueó el cielo por un instante, y la ráfaga de viento llevó noticias de un cielo nublado que ocultaba los oscuros deseos palpitantes de un dios malévolo.

La misma ráfaga de viento descendió por la granítica fachada, acariciando levemente la vidriera del viejo rosetón. Bajó como una sierpe etérea y se paseó por los recovecos de un recoleto cementerio de lápidas torcidas y recuerdos tristes, enredaderas secas como huesos limpios y añosos emergidos de la profundidad telúrica.

Fluctuó el jirón de aire hasta estrellarse en una escalinata que en un lateral tenía una vieja rendija que había visto tiempos mejores, cuando los embellecedores y hasta las rejillas eran de dorado bronce. Ahora solo restaba una pátina vieja de oscuridad y banal olvido que daba acceso a las turbinas de aire. Serpenteó lentamente, perdiendo fuerza por el conducto. Subió y descendió golpeando tuberías antiguas de soldadura de estaño hasta llegar al distribuidor, bajo los múltiples cadáveres que atesoraban en las viejas salas. Salió reconvertida y con más grados, cambiando el aroma de lluvia por el del aire calefactado. Fue al descender por una rejilla a varios metros del suelo cuando se posó lentamente alrededor de unos ojos vaciados de sus cuencas, que aun retenían en lo profundo de la retina la imagen terrible de unos dedos acercándose a ellos, impresos por los gritos de agonía mientras las uñas se clavaban y el brusco tirón precedía a la oscuridad. Los restos del aire que empezó en las nubes lluviosas cayó hasta el rostro surcado por arañazos y la pestilencia de un cuerpo que se enfriaba, rodeado de glifos extraños grabados con la sangre de los mordiscos infligidos a un antebrazo tumefacto. Símbolos que no había visto el hombre salvo en los recovecos de las esquinas del saber, perdidos hace siglos en las ciudades europeas donde el saber era premiado con la tortura y la muerte.

Ahora el lugar yacía en silencio, con guardando los secretos en sus cajas y en el silencio vigilante de estatuas mudas que guardan en su interior los horrores de hombres y demonios, amenazando con hablar a aquel que sepa interpretar sus rostros hieráticos, arrancarle esos arcanos que enmudecen en mármol bronce y granito, oro y lapislázuli, rubíes brillantes que son ojos fulgurantes y el abrazo frío de la roca.

Es en ese silencio que se estrella contra los sigilos aun sin solucionar cuando truenan las antiguas palabras que presiden una de las estelas de piedra en caracteres olvidados de la entrada del lugar: “Pues no hay Misterio sin Solución… y a veces la Vida es el precio”

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