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ESPECIAL HALLOWEEN – Caso nº 00032: LA MALDICIÓN DE LA BRUJA (CERRADO)

La Maldición de la Bruja - Especial Halloween

La lluvia golpeaba ferozmente los cristales de las ventanas de la Sociedad del Misterio. El viento azotaba los árboles más altos de la calle, cuyas ramas parecían querer entrar y ponerse a cubierto. Un relámpago esporádico proyectó la silueta de la huella dactilar que nos anunciaba en la ventana sobre mi escritorio, e hizo que nuestro visitante ahogase un grito sobresaltado.

El botón del hervidor de agua de mi despacho recuperó su posición inicial. Introduje una bolsita de té de vainilla en una taza y la regué con agua hirviendo. Clientes tan aterrados como el que teníamos ante nosotros eran, quizás, el único tipo de personas a las que no recomendaría jamás el café del Profesor Boniatus.

—Bien, señor Pedraza —comencé—, recibimos su correo. Pero nos gustaría que nos volviera a explicar su historia en persona.

—¿Por qué? —preguntó nuestro aterrado visitante.

Pensé detenidamente en mis próximas palabras.

—La impresión personal del implicado siempre nos cuenta una parte de la historia —respondí.

Me sentí fatal por mentir a Severiano Pedraza (cincuenta y dos años, conservador del Museo Sonia Smith), pero sabía que “porque no nos creemos una palabra de lo que nos ha dicho” no era lo mejor que podía responder.

—Está bien —respondió tratando de serenarse—. Está bien. Pero lo que voy a contarles debe quedar entre nosotros. ¿Me entienden? No debe ser hecho público.

—No podemos comprometernos a nada hasta conocer el caso.

Aquello no le hizo gracia, pero sabía que no le quedaba alternativa. No si quería nuestra ayuda. Suspiró.

—Como saben, soy el conservador del Museo Sonia Smith. Con suerte no lo seré por mucho más tiempo… El caso es que a nuestro museo ha llegado un artefacto, un… un ídolo pagano del siglo XVIII. No sé si han leído algo en la prensa…

—El Ídolo Perdido de Niggurash —apuntó Nicolás—. Una reliquia de los Autos de Fe Inquisitoriales. Pero hasta donde he leído, aún no se ha confirmado su autenticidad.

—Yo creo que es auténtico, señores. Aún no han terminado con todas las pruebas, y sinceramente, es posible que nunca se terminen. Porque el ídolo de… El ídolo pagano está… ¡Está maldito!

Se hizo un silencio tenso en mi despacho. Seis personas, y nadie decía nada. Tan sólo el rítmico golpeteo de la lluvia sobre la ventana se empeñaba en romper ese silencio. Quizás un trueno habría ayudado un poco, pero ni eso.

—Mire… —dije para romper el hielo—, no es que no le creamos, ¿de acuerdo? Pero somos detectives, no espiritistas.

—Aunque a veces el nombre de la agencia llame a engaños —apuntó Zalaya, recordando el caso anterior.

—Trabajamos con hechos. Y en todos mis años de experiencia, aún no he encontrado ninguna maldición que se pueda demostrar. Entiendo que existen leyendas sobre ese ídolo, pero…

—¡Usted no lo entiende! —bramó Pedraza—. ¡Ya han muerto dos personas!

El retumbar del trueno que siguió a esas palabras sirvió como grave acompañamiento para nuestro repentino aumento de interés.

—Continúe.

Pedraza tragó saliva.

—Dos meses después de recibir el ídolo y formarse un grupo de estudio a su alrededor, recién instalado en su pedestal de la sala de conservación, supimos que un estudiante de Civilizaciones y Cultura Proto-céltica, Mariano Ugarte, se había colado en el laboratorio para estudiarlo en profundidad fuera de su turno. Después de aquello le sobrevino una fiebre feroz y empezó a sufrir alucinaciones. Dos días más tarde había muerto.

—¿Qué dijeron los médicos? —preguntó Celdelnord.

—Fallo respiratorio. Padecía una afección respiratoria desde hacía años.

—Entonces puede tratarse de una casualidad…

—Eso quise pensar yo… hasta que encontramos el segundo cadáver.

»Roberto Cantó de Entrambosmares. Ya habíamos tenido más de un encontronazo con él. Era un enfermo mental peligroso, había intentado colarse en nuestro museo más de una vez para  intentar destruir antiguas reliquias de valor incalculable sólo porque, según él, estaban malditas. Suponemos que eso fue lo que pasó esta vez. No tengo ni idea de cuándo se nos coló, pero cuando le encontramos, llevaba cerca de una semana muerto. Se había escondido en el almacén, no habíamos necesitado entrar hasta hace dos días, así que nadie lo había visto. Fue… Dios, no puedo ni explicarlo. Juzguen ustedes mismos.

Arrojó sobre mi mesa una fotografía sin siquiera atreverse a mirarla. En ella, el cadáver de un hombre de mediana edad yaciendo en un charco de excrementos. La cabeza abierta por brutales golpes, al parecer contra la pared. Las cuencas de los ojos vaciadas. Sangre en sus manos.

—¿Cree que se lo hizo él mismo?

—Encontramos un diario. Registró sus últimos momentos. Lo hizo él mismo.

—Señor Pedraza, investigaremos si es lo que desea; pero tiene usted dos cadáveres entre manos… La policía debe ser informada de esto.

—No lo entienden. Acudo a ustedes porque el alcalde me ha pedido que esta investigación se lleve a cabo por cauces paralelos a la policía. No quiere que tengamos aquí un escándalo.

—Zalaya, llama al alcalde y compruébalo —dije, y me volví de nuevo hacia nuestro visitante mientras el Jefe de Departamento de Declaraciones y Testimonios salía del despacho—. ¿Por qué el alcalde querría echar tierra sobre dos muertes?

—Bueno… Su Señoría ha contribuido muchas veces con el museo. Esta historia podría salpicarle. Además, quiere asegurarse de que no exista fraude alguno en toda esta historia.

—¿Fraude?

—Recuerdo haber leído algo —señaló Boniatus—. Este no es el primer ídolo de Niggurash que recibe el museo, ¿verdad?

—Así es, y ahora se ha revelado que el primero era falso. Si este segundo también lo fuera, imaginen las repercusiones.

—Dos personas han muerto. ¿En serio le preocupan las repercusiones?

Pedraza no supo qué contestar. Por suerte, Zalaya le evitó tener que responder al entrar de nuevo en mi despacho con el auricular en la mano. El alcalde quería hablar conmigo personalmente.

- ? -

Una hora más tarde, mis Jefes de Departamento y yo nos encontrábamos en el interior de la sala de conservación del Museo Sonia Smith. El señor Pedraza nos esperaba en la puerta… no se atrevía a entrar en la misma sala que el ídolo.

Ante nuestros ojos, sobre un pedestal negro laboriosamente ornamentado con una intrincada cenefa de relieves y hendiduras, descansaba el Ídolo Perdido de Niggurash. Se trataba de una estatuilla de unos treinta centímetros de alto tallada en piedra, que representaba a un hombre acuclillado que se abrazaba las piernas terminadas en pezuñas hendidas. La cabeza de la estatua parecía la de una cabra, con la salvedad de que tenía tres cuernos en lugar de dos. La enroscada cornamenta casi parecía una corona oscura y desvencijada. Bajo la pronunciada frente de la imagen, dos rubíes que hacían las veces de ojos brillaban al reflejo de las luces de la sala.

—Me lo imaginaba más grande —observó Boniatus.

—Habría dado más miedo, sí —respondí—. Celdelnord, procede.

La Jefa de Departamento de Pruebas Físicas se caló dos guantes de látex, abrió su maletín en la mesa más cercana y levantó con sumo cuidado el ídolo. Por un momento, cruzamos los dedos.

—Tiene un peso inusual para su tamaño —opinó Celdelnord.

—¿Alguien ha oído algo? —inquirió Nicolás.

—Ahí arriba hay un ambientador —observó Boniatus—. De los que rocían cada cierto tiempo.

—Te diría que empezaras a procesar esta escena, Profesor, pero creo que con todos aquí no vamos a hacer más que estorbarte.

—No pasa nada, puedo ir a ver dónde se encontró el segundo cadáver, si el señor Pedraza me acompaña…

—Hazlo. Te avisaremos si encontramos algo aquí.

Boniatus salió de la habitación y pidió a un reticente Severiano Pedraza que le guiase hasta el almacén. Celdelnord depositó cuidadosamente el ídolo sobre la mesa y comenzó a examinarlo.

—¿Tienes algo?

—Como he dicho, no pesa lo que debería.

—¿Pesa de más?

—Un poquito de menos, diría yo.

—Mierda, se me olvidaba… Zalaya, ve a buscar al Profesor y al señor Pedraza. Pídele a Pedraza una lista de los demás miembros del grupo de estudio, vas a tener que hablar con ellos.

—Hecho —respondió Zalaya, y corrió hacia fuera.

—¡Ajá! —exclamó Celdelnord, y se escuchó un ligero chasquido.

Me giré hacia el ídolo, para descubrir con asombro que sus piernas flexionadas ocultaban un compartimento secreto. El ídolo estaba hueco, y en su interior…

—¿Qué es eso? —pregunté.

—Ahora mismo nada —respondió Celdelnord con resignación—. Fue un mecanismo de alguna clase, eso está claro, pero está roto. Tendría que estudiarlo más detenidamente…

—A ver lo que puedes hacer. Nicolás, ¿tienes algo sobre mecanismos ocultos en estatuillas en el Siglo XVIII?

—Bueno, jefe, acabo de empezar, no se puede decir que tenga una base de datos monumental ahora mismo…

—Tienes razón. Busca a ver si encuentras algo, por favor. Y sobre el propio Niggurash, ya que estamos.

—Voy a ello —replicó el Jefe de Departamento de Documentación y Conexiones antes de salir.

Volví a girarme hacia el ídolo de Niggurash. Encontré a Celdelnord empapando un bastoncillo de algodón en un líquido y frotándolo con el interior del mecanismo, para luego proceder a rasparlo.

—¿Algo?

—Quizás, no prometo nada. Tengo que analizarlo.

—Adelante.

—Aquí no, Jack. Esto requiere un laboratorio en condiciones, no un maletín.

—Muy bien, termina con el ídolo y ve a tu laboratorio a seguir allí.

Quince minutos después Celdelnord estaba cerrando su maletín y saliendo por la puerta. Me disponía a seguirla, cuando Boniatus y Pedraza reaparecieron.

—Voy a tener que volver allí más tarde, Jack —dijo el Profesor—. Cuando venga a procesar esta sala me pasaré de nuevo por el almacén.

—¿Quiere explicarme por qué me ha pedido su ayudante una lista de los miembros del grupo de estudio del ídolo? —preguntó Pedraza visiblemente molesto.

Dediqué al conservador una sonrisa amable y franca. Aún hablábamos cada uno desde un lado de la puerta, y sabía que mientras no le diese una respuesta él no me iba a dejar salir.

—Jefe de Departamento —le corregí—. Y respondiendo a su pregunta… Nuestro trabajo es encontrar al culpable, señor Pedraza. Para eso tenemos que hablar con la gente…

—¿Es una broma? ¡Ya sabemos lo que está pasando! ¡El ídolo lleva maldito desde hace trescientos años!

—No lo pongo en duda, señor Pedraza. Pero las maldiciones no se echan solas. Tanto si se trata de una maldición como si no, lo que está claro es que alguien lo está orquestando todo. ¿Quiere que no muera nadie más? Entonces tenemos que descubrir quién está detrás de todo esto.

Aparté educadamente al conservador de mi camino y salí de la sala de conservación. El caso era interesante, sin lugar a dudas; pero tratar con una mente tan cerrada como la de Pedraza me estaba dando dolor de cabeza.

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Caso nº 00020: EL RUFIÁN, LA FURCIA Y LA ESTANTERÍA (CERRADO)

Debo reconocer que en un principio no pensaba aceptar este caso. Cuando recibí la llamada de Arjona, estaba revisando por quinta vez que lo llevaba todo en la maleta y preparándome para un viaje de veinte días. Y el hecho de que mi viejo amigo se negase a proporcionarme datos, lejos de picar mi curiosidad (como habría hecho en cualquier otra situación), no estaba logrando otra cosa que irritarme. Sin embargo, siempre he sabido leer entre líneas, y cuando me dijo “Te juro que este caso está hecho para la Sociedad del Misterio” supe que algo de interés debía tener.
Aunque confieso que no me esperaba que tuviera tanto.

—Tenías razón —musité mientras contemplaba el rótulo del establecimiento—. Este caso nos estaba llamando a gritos.

Con una sonrisa de medio lado (de esas capaces de berrear “Te lo dije” desde la otra punta de la habitación sin despegar los labios), Arjona me dio una palmada en el hombro y me invitó a entrar en el sex-shop “La Caja del Porno”.

El lugar se encontraba patas arriba. El escaparate roto, la lencería por los suelos, consoladores y más consoladores de muy diversas formas, colores y (sobre todo) tamaños rodando por las baldosas. La alarma, según me comentó Arjona, había saltado a las tres de la madrugada con la rotura del cristal, pero cuando la policía llegó el asaltante (o los asaltantes) ya se habían dado a la fuga. No sin antes, eso sí, arramblar con todo el mobiliario.

—El dueño, Daniel Inclán —indicó señalando a un hombre de gesto compungido y agitado que hablaba con un par de agentes—. Le sacamos de la cama a las tres de la madrugada cuando saltó la alarma.
—¿Sospechosos?
—Yolanda Ferrán y Chema Pascual. Prostituta y su chulo, drogadictos los dos, de lo mejorcito del barrio. Al parecer ya habían robado alguna cosilla por aquí, y el dueño dice que se la tenían jurada porque él siempre les echaba. Las grabaciones de seguridad los muestran entrando en la tienda, pero sólo es unos segundos porque inmediatamente Pascual se carga la cámara. Ya les estamos buscando para interrogarlos.
—¿Ha notado si falta algo? ¿Dinero de la caja? ¿Género?
—Eso es lo más extraño. Hasta donde ha podido terminar del inventario, no falta nada. Pero claro, paró en cuanto abrió la puerta del almacén, como comprenderás…

Un agente uniformado nos franqueó el paso a la trastienda. La puerta no podía abrirse del todo, porque topaba con un par de voluminosas cajas al otro lado. Pero al cruzar el umbral, la estantería volcada quedaba directamente a la vista.

De debajo de ella, entre las cajas volcadas de pornografía y artículos eróticos, sobresalían una mano y parte de una cabeza.

—Israel Delgado, el socio del dueño —me informó Arjona—. Socio capitalista, por lo general no pisaba la tienda salvo para tratar alguna cuestión monetaria. Al parecer, y según Inclán, a Delgado no le hacía demasiada gracia este negocio… pero lo consideraba rentable, así que invertía en él.
—¿Asesinato? —pregunté.
—De momento lo trataremos como homicidio, pero aún no sé más. Hay señales de pelea, ¿ves?, así que es fácil deducir que había alguien más implicado y cabe suponer que la estantería cayó en el forcejeo. Pero de momento no lo hemos podido confirmar. Pudo haber sido un accidente aislado.
—Mmmhm. ¿Cómo crees que ocurrió?
—Supongo que Delgado vio el escaparate roto, entró para intentar detener al ladrón (o ladrones), pelearon y se cayó la estantería. O se la tiraron, aún no lo tengo claro.
—Debe haber sido un mal golpe —dije golpeándola con el nudillo—. La estantería es robusta, pero no sé yo si podría matar a un hombre. Aunque bueno, no soy forense. ¿Irene lleva el caso?
—No, ¿no te lo dijo? Se ha ido a pasar la Semana Santa con su madre. Está Fábrega sustituyéndola.
—Uff, Fábrega. Malo, esto va a frenar mucho la investigación. No me entiendas mal —agregué, viendo la expresión en el rostro de Arjona—, Fábrega es un gran experto forense y respeto, incluso admiro, su conocimiento y su sabiduría; pero no tiene pulso para hacer bien una autopsia y sus ojos ya no son lo que eran. Va a tardar en tener la autopsia completa, que lo sepas.
—Eso suena a interés, Jack —me dijo con una sonrisa—. ¿Cuento contigo en el caso?
—Lo siento, me encantaría, pero mi vuelo sale dentro de —consulté mi reloj— tres horas y media, y ya sabes que hay que facturar con tiempo. Tengo los billetes, tengo la reserva del hotel, tengo las entradas para el teatro, y lo más importante, tengo a mi señora esperándome al otro lado, así que me temo que esto es inapelable.
—¿¿¿Qué??? —exclamó Arjona—. Pero… pero… ¡Porno!
—Lo sé, viejo amigo, lo sé, y no creas que no me interesa este caso. Sata y yo intentaremos mantenernos en contacto, si podemos, para saber cómo evoluciona la investigación.
—¡Venga ya! ¡Un homicidio, una puta, cajas de porno por todas partes! ¡La víctima muerta por la estantería del porno! ¡No puedes decirme que te vas sin siquiera compartir una opinión conmigo!
—Arjona, amigo mío, claro que te voy a dar una opinión. Dices que fueron dos personas quienes entraron aquí, y las señales de pelea muestran que hubo, efectivamente, dos personas; si contamos entre esas dos a la víctima, nos sobra uno. Yo estudiaría bien esa versión de los hechos antes de darla por buena.
—No puedes irte, Jack, tío. ¡Esto es un trabajo para la Sociedad del Misterio!
—Exacto —repliqué sacando mi móvil—. Lo único que digo es que yo me tengo que ir. Pero Zalaya está de guardia, y ya que algún día le tiene que tocar dirigir su primera investigación… estoy seguro de que le encantará que sea esta.

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Caso nº 00006: EL FAISÁN DE ORO (CERRADO PROVISIONALMENTE)

A veces el trabajo de investigador resulta frustrante. Todos hemos trabajado con casos en los que no parecía haber ninguna prueba, pero en ocasiones ni siquiera hay un punto de partida.

El Departamento de Policía tiene un caso de asesinato entre manos. Varón, más de sesenta años. Causa de la muerte: traumatismo craneal contundente. Fue golpeado hasta la muerte, desnudado y abandonado en el campo a primeros de año. Unos adolescentes que habían ido a acampar bajo las estrellas lo encontraron el pasado día 4.

Hasta ahí todo parecía normal. El problema es que no hay manera de identificar a la víctima. Sus huellas no figuran en ninguna base de datos. No había documentación alguna. Nadie ha reclamado el cuerpo. Nadie ha denunciado una desaparición en los últimos días. Por si fuera poco, Irene (la cual os desea un feliz año nuevo desde su posición en el laboratorio forense, por cierto) nos informa de que no hay forma de deducir qué objeto se utilizó como arma del crimen: base rectangular, aproximadamente el tamaño de un folio, pero ninguna marca identificativa. No hay huellas sobre el cuerpo, no hay piel bajo sus uñas, el ADN encontrado era animal. Considerando la causa de la muerte y que el cuerpo se encontró en medio del campo, podemos descartar que un animal lo matase. Se sabe que el cuerpo fue trasladado, porque la hierba que se encontró en sus encías no se corresponde con la del lugar en el que fue encontrado. Pero de momento no se sabe dónde se cometió el crimen.

Sintiéndome impotente ante este caso, presenté mis disculpas a Irene y acudí a la cita de trabajo que tenía en el exclusivo club de caballeros “El Faisán de Oro”. Tiene su sede en un lujoso local a las afueras de la ciudad, con un amplio comedor con capacidad para treinta personas (el número de socios), una sala de lectura con chimenea (la más frecuentada en esta época), auditorio, sala de trofeos, bodega, pistas de pádel y piscina climatizada. Sólo hay dos formas de entrar en este club: siendo asquerosamente rico, o siendo familiar de un socio.

Gerónimo Sáez de Vidal (78 años, presidente del club) nos llamó esta mañana para encargarnos un caso de robo. Sería poco honesto negar que me sentía un poco decepcionado de investigar un robo teniendo un asesinato tan intrigante a la vista. Pero el trabajo es el trabajo. Cuando el señor Sáez de Vidal me recibió, se disculpó por el ruido de las máquinas (estaban arreglando una de las pistas de pádel), me hizo pasar rápidamente a la sala de lectura (donde, decía, el estruendo era menor) y cerró la puerta tras de sí.

Miré a mi alrededor. Hacía frío, ya lo había notado al entrar pero ahora que nos quedábamos quietos se hacía bastante más insufrible. Había manchas oscuras en las molduras de las paredes. Se habían afanado en limpiarlas, pero siempre quedan restos. Hollín, me arriesgaría a aventurar. Quizás ese club era algo menos elegante y algo más decadente de lo que siempre hacían ver.

—Gracias por venir con tanta rapidez —me dijo—. Se trata de un caso extremadamente grave, y no quería llamar a la policía.
—¿Sería tan amable de explicarme por qué? —dije con cierta desgana.
—Bueno, porque estoy convencido de que el ladrón es un miembro de este club. No pudo ser de otra forma, el robo ocurrió durante nuestra cena de Nochevieja. He estado haciendo mis indagaciones por mi cuenta… yo también soy aficionado a la investigación, ¿sabe? Pero no he conseguido nada. Y por eso acudo a ustedes, que como sector privado podrán evitar un escándalo para nuestro club.
—Entiendo. Bien, ¿qué les ha sido sustraído?
—Nuestro emblema y orgullo, señor Ryder —se lamentó—. La escultura del faisán de oro que da nombre a nuestro club.

Noté que un escalofrío le recorría el cuerpo.

—Bien, empecemos por lo básico. De todos los miembros de su club, ¿cuántos abandonaron la sede entre la noche del robo y este momento?
—Prácticamente todos. Debe entender que muchos de nuestros socios viajan por el mundo, y sólo vienen al club para las ocasiones especiales.
—Eso significa que, si realmente fue uno de ellos, probablemente su estatua ya haya sido fundida y vendida como nuevas piezas. Es consciente de ello, ¿verdad?

Casi pareció que le acababa de comunicar la muerte de un ser querido.

—Ellos no lo harían… sería deshonrar el buen nombre de este club.
—Señor Sáez de Vidal, les está acusando de robo. Si tiene usted razón, y ahora mismo no tengo pruebas que lo indiquen, cabría pensar que el ladrón no tiene en muy alta estima el buen nombre del club.

—Tiene razón, supongo que tiene razón —musitó—. Debe haber sido alguno de los más jóvenes, nuestras nuevas adquisiciones… Gustavo Hormigo, probablemente; entró aquí ocupando la plaza de su difunto hermano, y nunca me ha parecido que encaje del todo en este club. O Simón Montenegro, que creo que sólo está en el club por las cacerías anuales.
—Entenderá que no debemos descartar a ningún sospechoso. Supongo que tendrá un archivo con los datos de todos los socios, ¿no?
—Naturalmente… Le agradecería que esta investigación se llevara de la forma más discreta posible.
—Por supuesto.
—Sin la intervención de la policía, quiero decir. Tenemos una reputación, ya sabe.
—Por supuesto.

Sáez de Vidal me hizo entrega de un abultado archivador de acordeón. En el interior estaban, por orden alfabético, los expedientes de todos los miembros del club. Les eché un vistazo por encima, dispuesto a estudiarlos con más detenimiento en la oficina.

Entonces algo me llamó la atención. Inmediatamente saqué uno de los expedientes del archivador y se lo mostré a Sáez de Vidal.

—Supongamos, por poner un ejemplo, que yo le preguntara por este socio…
—Arturo Quintanilla —respondió—. El Aventurero, le llamamos. Vendió todas sus pertenencias hace tres años, salvo su barco, y desde entonces se dedica a viajar por el mundo… Oh, cielos, ¿cree que fue él?
—Un poco pronto para creerlo, de momento sólo estoy tanteando, pero ya que utilizamos esta hipótesis de trabajo… ¿diría usted que el señor Quintanilla tenía enemigos en este club?
—Ni en este club ni fuera, que yo sepa. Es un hombre muy generoso. Vive de su herencia, pero siempre saca algo del dinero que hizo con la venta de sus pertenencias para donaciones. Y aquí nos encantan sus historias.
—Entiendo… ¿Cuándo le vio por última vez?
—Pues… la noche de fin de año, sin duda, vino para la cena anual. Pero se fue de los primeros.
—¿Y no ha vuelto?
—Ya le digo que no tiene un domicilio, ni siquiera le queda familia. Vive en su barco. Después de aquella noche, tenía previsto viajar a Egipto.
—Entiendo. Bien, me pondré con su caso de inmediato. Procure no contar al resto de los socios sus sospechas, podría hacer peligrar la investigación.
—¿Mantendrá a la policía al margen?
—No puedo prometerle nada. Haré lo que pueda.

Salí de la sede del club con los expedientes de los socios bajo el brazo. Tan pronto como entré en mi coche, saqué el expediente de Quintanilla y marqué un número en mi móvil.

—¿Irene? Soy Jack. Creo que acabo de identificar a tu cadáver.

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