Femenino y Criminal. Capítulo 1

Femenino y criminal.

Primera parte: Pioneras abriendo camino. 1920-1999.

Hay meses que tienen un color especial. Es el caso del mes de Marzo que cada año se tiñe de lila para significar la lucha de la mujer en pos de una igualdad que está muy lejos de llegar. Cierto es que se ha avanzado mucho en derechos, sobre todo en el primer mundo, pero no es menos cierto que hay lugares donde todavía ser mujer es ser un ciudadano de segunda o tercera, eso sí se las considera ciudadanos. También es cierto que en nuestro primer mundo todavía nos falta mucho para alcanzar, por ejemplo, la igualdad salarial.

Pero no es menos cierto que la mujer ha ido ganando terreno en círculos tradicionalmente considerados masculinos. Sectores como las fuerzas del orden, el ejército o la judicatura, dónde la mujer se ha abierto camino, a pesar de tenerlo todo en contra. Porque ¿qué hay menos “femenino” que ser militar o guardia civil? Las mujeres hemos sido consideradas como “el sexo débil”, tratadas como seres frágiles que debían ser protegidos de la sordidez y la dureza de la vida. Como si fuéramos damiselas esperando que el príncipe azul salvase su mundo de unicornios y arco iris.

Y ahora os preguntaréis ¿y esto que tiene que ver con La Sociedad del Misterio? Y yo os respondo que tiene mucho que ver. Porque hace 100 años una mujer publicó su primera novela, la primera novela policíaca escrita por una mujer. Esa mujer era Agatha Christie y aunque su primer protagonista era masculino, fue pionera y abrió camino para otras escritoras en un género considerado masculino. No nos engañemos, que el 1920 hubiera protagonizado una mujer una novela detectivesca sería pura ciencia ficción. El papel de la mujer en esos tiempos en el género era la de femme fatale (la rubia malvada que era la perdición del héroe/protagonista) o la de víctima inocente que debe ser salvada. Pero aún así, Agatha Christie no tardó demasiado para darle protagonismo a una mujer a la hora de protagonizar y resolver sus misterios. Jane Marple hizo su primera aparición en 1930, en la novela Muerte en la Vicaría. Y no es una “detective” al uso. Jane es una adorable ancianita que teje crochet y que apenas ha salido de su pequeño Saint Mary Mead. Dotada con una inteligencia y un poder de observación digna de Sherlock Holmes, y con el convencimiento de que la maldad humana es igual en todas partes, ya sea una ciudad cosmopolita como su pequeño pueblo, Jane Marple se convierte en el azote de los malhechores a lo largo de 13 novelas y varios relatos cortos.

 

 Agatha Christie abrió camino a otras escritoras como Daphne du Maurier, que en 1938 escribió la novela Rebeca. Rebeca fue llevada a la gran pantalla por Alfred Hitchcock, el director también llevo a la pantalla uno de los relatos de la autora, convertido en la película Los Pájaros.

 

Otra de esas pioneras fue Patricia Highsmith, cuya primera novela fue Extraños en un tren, publicada en 1950 y llevada al cine por Alfred Hitchcock. En 1955 crearía el personaje más famoso de su bibliografía: Tom Ripley. Al Talento de Mr. Ripley le seguirían 5 novelas más.

 

Otra de las “damas negras” que abrieron camino a la mayoría de autoras actuales es Ruth Rendell. Fue una de las escritoras más prolíficas de la literatura de misterio británica. Además de la gran cantidad de novelas y cuentos publicados, su producción destaca por la gran calidad literaria de sus obras que la hicieron merecedora de premios como la Daga de Plata de la Crime Writers Association en 1987, la Daga de Oro en cuatro ocasiones (1976, 1986, 1987 y 1991), la Daga de Diamantes por sus aportaciones al género, el National Book Award en 1980, tres premios Edgar Allan Poe y el premio literario del Sunday Times en 1990.

Su primera novela publicada fue From Doon with Death en 1964 en la que aparece por primera vez uno de sus personajes más populares, el inspector Wexford. Rendell tiene 20 novelas publicadas de lo que se conoce como las “Wexford novels”, todas ellas ambientadas en la localidad inglesa de Kingsmarkham, la última de ellas End in Tears (2006). Aparte de la serie Wexford, escribió más de 30 novelas negras y numerosos cuentos de misterio.

 

Mención especial merece la que, quizás, sea la mayor best seller dentro de las escritoras de misterio y suspense, la estadounidense Mary Higgins Clark. Hasta 2018 de  sus obras se habían vendido la friolera de más de cien millones de copias sólo en EE.UU. Su primera novela (Dónde están los niños) lleva 75 reimpresiones. Prácticamente todas sus novelas siguen en imprenta. Todo un hito, da vértigo solo pensarlo.

 

Autoras contemporáneas son P.D.James o Sue Grafton. Ésta última es famosa por su “Alfabeto del crimen”. Una serie de 25 novelas protagonizadas por la detective Kinsey Millhone. Desgraciadamente la escritora falleció en diciembre de 2017,  antes de poder escribir la última novela de la serie, la que correspondía a la letra Z. Con ella hemos llegado a los años 80 y a la segunda mujer detective protagonista de una novela negra.

— ¿La segunda? — se pregunta el lector, intrigado. — ¡Claro, la primera es Jane Marple!

—Lo siento querido lector, pero no… aunque es un personaje de la Dama del Misterio (no podía ser de otra manera) no se trata de la sagaz señorita Marple pues a pesar de resolver más de 13 misterios nunca ejerció de detective, como mucho asesoró a la policía en la resolución de los casos, a pesar de la policía, claro, que la veía como la amable y frágil ancianita que aparentaba ser en lugar de la sagaz e inteligente investigadora que siempre fue. La primera detective protagonista fue Tuppence Beresford (de soltera Cowley) cuya primera aparición es en la novela “El enigmático Sr. Brown” de 1922. Aunque en realidad es coprotagonista, junto a Tommy Beresford, su amigo de la infancia y con quién se casaría y protagonizaría 6 novelas. En la segunda, “Matrimonio de sabuesos”  acaban de casarse y montar una agencia de detectives. También fueron agentes del servicio secreto británico. Supongo que en los años 20 a lo máximo que podía aspirar una mujer era a coprotagonizar una novela de detectives con su esposo para no ser demasiado transgresora.

 

¿Os habéis dado cuenta? Es aparecer cualquier novela o personaje de la Gran Dama y me pongo a divagar y a explayarme en el tema.

Pero sí, tuvieron que pasar muchas décadas para que las mujeres detectives tomaran el protagonismo del género.

 

Entre las pioneras dejadme que cite a una escritora sueca. Maj Sjöwall, que junto a su esposo Per Wahlöö fueron los pioneros del “nordic noir” a finales de los 60 y principios de los 70 con una serie de 10 novelas protagonizadas por el inspector Martin Beck.

 

Otras escritoras de la época son:

  • Patricia Cornwell y su serie de novelas protagonizada por la doctora forense Kay Scarpeta, cuya primera novela se publicaba en 1990.
  • Val McDermid, escritora escocesa, autora de una de las novelas cuyo final más me ha sorprendido de todas las que he leído. ¿Su título? “Lugar de Ejecución”
  • Donna Leon. Escritora americana afincada en Venecia, ciudad escenario de sus novelas protagonizadas por el comisario Brunetti, de la Questura. Serie de la que se han publicado 29 novelas… y las he leído todas.
  • Anne Holt. Una de las escritoras más exitosas de Escandinavia. Pionera en la lucha lgtbi, pues su protagonista además de mujer y detective de policía es lesbiana.
  • Anne Perry. La historia de esta escritora es muy interesante. Nacida como Juliet Marion Hulme, en Londres en 1938. En 1954, cuando tenía quince años, fue condenada junto con su mejor amiga Pauline Parker por el asesinato de la madre de esta última en el conocido como Caso Parker-Hulme ocurrido en junio de ese año en Nueva Zelanda. Este suceso sirvió de base a la película Criaturas celestiales (1994) del director Peter Jackson. Tras su puesta en libertad, Juliet cambió su nombre por el de “Anne Perry”, usando el apellido de su padrastro. Su primera novela, El verdugo de la calle Cater, fue publicada con este seudónimo en 1979. Muchas de sus obras están protagonizadas por ciertos personajes recurrentes, principalmente Thomas Pitt, que se dio a conocer en su primera novela, y el investigador privado amnésico William Monk, que apareció por primera vez en su novela de 1990 El rostro de un extraño. En 2003 había publicado 47 novelas y algunas colecciones de relatos. Su cuento Héroes, que apareció por vez primera en la antología Crimen y obsesión de 1999, ganó el premio Edgar a la mejor narración corta.

 

Por último, en este bloque dedicado a las escritoras del siglo pasado, quiero terminar con una escritora que no sabría dónde situarla: Lindsey Davis. Es la autora de la serie de novelas ambientadas en la Roma del emperador Vespasiano. Aquí es dónde el lector se está preguntando si me he vuelto loca, pues está claro que esa escritora escribe novela histórica. Pues bien, querido lector… Si especifico que el protagonista se dedica a la tan denostada profesión de informante (detective privado) la cosa cambia, ¿verdad?

Marco Didio Falco es un detective privado en la Roma del año 70 d.c. Con todos los tópicos y típicos de los detectives privados, pero además tiene una ambientación histórica más que fidedigna, una sutil ironía, mucho humor y un toque de romanticismo te queda una serie de novelas inclasificables y divertidas a la par que instructivas. Tengo que reconocer que aprendí mucho más sobre el imperio romano con estas novelas que en clase de historia… y me divertí lo que no está escrito. La saga de novelas de Didio Falco la componen 20 novelas en las cuales seguimos las aventuras del protagonista y su numerosa y complicada familia, tanto la propia como la política, que también tiene miga. Sus títulos son:

  • La Plata de Britania
  • La Estatua de bronce.
  • La Venus de cobre.
  • La Mano de hierro de Marte.
  • El Oro de Poseidón.
  • Último acto en Palmira.
  • Tiempo para escapar.
  • Una conjura en Hispania.
  • Tres manos en la fuente.
  • ¡A los leones!
  • Una virgen de más.
  • Oda a un banquero.
  • Un cadáver en los baños.
  • El mito de Júpiter.
  • Los Fiscales.
  • En busca de Infamia.
  • Ver Delfos y morir.
  • Las Saturnales,
  • Alejandría.
  • Némesis.

 

Tras Némesis, Helena Justina, su esposa y compañera en todos esos años le pide que cuelgue la lupa y se dedique a ser subastador, el negocio familiar heredado de su progenitor, más lucrativo y mucho más tranquilo. Así puede disfrutar de su bien ganado rango ecuestre.

Tras jubilarse cede el testigo a su hija mayor: Flavia Albia. Una nueva Falco investigando y una nueva serie de la que ya lleva publicadas 6 novelas en castellano, en inglés hay publicadas tres novelas que todavía no han visto la luz en el idioma de Cervantes.

  • Los Idus de Marzo.
  • El enemigo en casa.
  • Mater familias.
  • El cementerio de las Hespérides.
  • El falso Nerón.
  • La caja de Pandora.
  • A capitol Death.
  • The grove of the Caesars.
  • A comedy of terrors. (1/04/2021)

Como se puede ver, llevamos un más que evidente retraso en la traducción… al final voy a tener que leerlas en inglés…

 

 ¿Se nota que me gusta mucho esta escritora? Casi tanto como Agatha Christie, autora con la que le encuentro bastante paralelismo. Muchas de las novelas de Christie están ambientadas en lugares históricos, como Siria, Egipto o Mesopotamia. Además de ambientar “la venganza de Nofret” en el antiguo Egipto (una gran novela).

 

No sé como lo he hecho, pero al final he acabado esta primera parte como la empecé… ¡con la Dama del misterio!  Si quería que esta entrada me quedara redonda, está claro que lo he conseguido.

 

En próximos capítulos veremos a las escritoras que abrieron camino a la novela negra en España. Porque aunque tardamos un poco más que nuestras colegas inglesas o americanas (está claro que todo nos llega con un considerable retraso) al final unas cuantas mujeres sentaron las bases sobres las que se asentaron la novela negra patria.

 

Lo empecé como una única entrada en la que pretendía hablar de las Damas negras (pasadas y presentes) y de las mejores protagonistas femeninas del género y, ante la enormidad de la tarea que me había propuesto, he tenido que dividirlo en capítulos para que quede más comprensible. Pero seguro que incluso así, me dejaré a muchas en el tintero.

Por eso querido lector, siéntete libre de aportar todo lo que creas que es necesario aportar y que no está presente. No olvidemos que La Sociedad del Misterio es, ante todo, colaborativa.

Off-topic: Misteriosa Navidad.

Hay días en que el universo parece querer conspirar con algún fin que se te escapa. ¿Conspira a tu favor o en tu contra? No lo sé, uno de esos escritores súper ventas en libros de autoayuda diría que el universo siempre conspira a tu favor pero yo no estaba tan segura de eso. Fuera a favor o no, esa mañana era uno de esos días. Ginger, mi gatita, estaba más cariñosa de lo habitual en ella, que no es que lo sea demasiado todo sea dicho. No es arisca, eso tampoco, simplemente le gusta hacer su vida, ir a su bola. Algo que a mí ya me va bien, yo también soy así. Si al final va a ser cierto eso de que las mascotas se acaban pareciendo a sus dueños. Aunque en este caso no había dueño y mascota, pues no sabría decir quien adoptó a quien. Simplemente la encontré en mi puerta, creí que se habría perdido y le ofrecí refugio pensando que alguien la reclamaría, pero no, nadie lo hizo. Debí caerle bien, porque sigue conmigo. De hecho se ha convertido en la relación más larga que he tenido con otro ser vivo.

Como iba diciendo antes de empezar a divagar, hoy todo era como un cartel luminoso que me llevaba en una dirección, aunque no caía en cual.

De camino al trabajo, al pasar por la cafetería híper mega pija, todos los oficinistas llevaban una extraña y poco habitual sonrisa en sus caras, además de la consabida huevera con los cafés, hoy en vasos de colores rojos y verdes. Juraría que incluso el ejecutivo con el que me cruzo cada mañana (cruzarse es un decir cuando, literalmente me arrolla cada día) hasta se ha disculpado con una sonrisa. Y su sempiterna corbata gris marengo brilla por su ausencia, sustituida por una más alegre y festiva.

¿Alegre y festiva? Pero, ¿en qué mundo vivo últimamente? ¿Es posible que ya estemos en diciembre? Sí, va a ser eso, es lo único que explica todas las evidencias que he ido observando. Supongo que he estado tan absorbida por mi nueva situación que no he prestado la atención que debía al calendario. Algo que debe ser general en la oficina, pues nadie ha hecho referencia a las fechas festivas que se avecinan. Habrá que decorar las oficinas, organizar la habitual cena navideña de la junta directiva, preparar el sorteo del amigo invisible… ¡¡Por cosas así es por lo que le sugerí al jefe que necesitábamos un departamento de organización de fiestas fin de caso y eventos!! Incluso llegue a postular al cargo. Pero el gran jefe me dijo que a Escenario del Crimen y que si quería organizar eventos lo hiciera en mi tiempo libre. Justamente de lo que voy algo escasa estos días. Sólo de pensarlo empiezo a hiperventilar. Mi día se evapora entre elaborar algunos informes que llevo atrasados y comprobar que el maletín que utilizo para procesar los escenarios este siempre repuesto y no le falta nada que pueda necesitar ya que nunca sabes en qué momento un muerto te va a complicar el día. Además, me había inscrito en un seminario sobre perfiles criminales y análisis de conducta que impartía el Dr. Spencer Reid, del F.B.I. Por suerte es on line, por desgracia, la diferencia horaria con Quántico hacía que mi, ya de por sí, persistente insomnio no mejorara, precisamente.

Y por si fuera poco me había comprometido, como cada año, en la preparación del calendario que, por motivos benéficos, sacaba el cuerpo de Bomberos de la ciudad. Ejercía de estilista y de ayudante de la fotógrafa, una de las mejores que he conocido y que, casualmente, es la señora del jefe Ryder. Cada año superan con creces el reto y colgábamos el cartel de agotado en un abrir y cerrar de ojos. Y cada año hacían muy felices a familias desfavorecidas, que gracias a los cuerpos de infarto de algunos bomberos, podrían tener unas fiestas algo menos grises y tristes. Llegué a sugerir en la última reunión de la junta directiva, que podríamos sacar nosotros nuestro propio calendario benéfico, pero… me temo que mis compañeros no estuvieron demasiado por la labor. Lo entiendo, las comparaciones siempre son odiosas, pero lo serían más en este caso. Yo los aprecio mucho, a mis colegas y compañeros, pero no encontrarías tabletas de chocolate en sus cuerpos… Son sus mentes su mejor arma. Y esas no salen en las fotos…

Tenía que aceptar que quizás estaba empezando a morder más de lo que podía tragar. Había llegado el momento de pedir ayuda, de delegar tareas.

Al entrar en la oficina me sorprende no encontrar al agente Rabbit en su puesto. Justo hoy que le traía unas galletas especiadas, sus favoritas. No le doy importancia, posiblemente esté en el almacén clasificando pruebas nuevas. Le dejo las galletas encima de la mesa, cruzando los dedos para que no se las coma todas a la vez y tengamos que volver a llevarlo a urgencias, como la última vez que la ya no tan pequeña Baby Boniatus pasó por aquí.

Me dirijo a mi despacho, pero veo que Jack ya está en el suyo y cambio de idea, necesito comentarle algunas ideas locas que se me han ocurrido.

-Jack, ¿tienes un momento o estás muy liado? –pregunto, sabiendo que estará muy ocupado, como siempre, pero que me dedicará el tiempo que sea necesario.

-¡Buenos días, Jengibre! No más ocupado de lo habitual, pero tranquila, pasa y siéntate. –le oigo decir desde detrás de la montaña de papeles que se acumulan encima de su mesa. -¿Un té? –me ofrece al observar que no llevo mi habitual café en las manos.

-Te lo agradezco, pero ahora mismo no podría tomar nada. –Declino amablemente su ofrecimiento, me gusta el té casi tanto como el café aunque no muchos lo saben –Seré  breve. ¿Te has dado cuenta de que ya estamos en diciembre? Porque yo acabo de ser consciente de ello, y de todo lo que implica. Tenemos unas oficinas que decorar, una cena de empresa por organizar, eso sin contar que no hemos hablado de cómo vamos a organizar este año el amigo invisible. –empiezo a hiperventilar otra vez mientras voy relatando al jefe todo lo que hay que hacer y que está por hacer.

-Respira hondo, Jengibre. –dice él mientras no sé de dónde saca una bolsa de papel y me la acerca. –Toma y respira hondo. ¿Llevas el inhalador a mano o tenemos que avisar a la ambulancia?

Respirando profundamente dentro de la bolsa consigo recuperarme lo suficiente para sacar el inhalador que siempre llevo en el bolso, aunque también los tengo repartidos por la oficina, es lo que tiene ser asmática. Dos inhalaciones y vuelvo a respirar con normalidad.

-No te preocupes, encontraremos la manera, siempre lo hacemos, ¿no?

Sé que intenta tranquilizarme, pero no lo consigue. Es verdad, siempre lo conseguimos, si cuenta como decoración navideña tres triste bolas colgando de esmirriados espumillones. No necesito que la oficina se parezca a las calles de Vigo, quiero algo un poco más festivo y bonito de lo habitual. Pero no puedo hacerlo sola, quizás el agente Rabbit pueda echarme una mano.

Veo que sigue sin aparecer por su mesa, las galletas siguen allí, sin tocar. Eso es un poco raro, pero últimamente todos estamos tan ocupados, que seguramente él también tenga mil frentes abiertos.

Ya en mi despacho, más tranquila pero con la respiración algo agitada todavía, voy repasando mentalmente quién podría ayudarme. Sé que Zalaya ha pedido unos días por asuntos propios y el Profesor sigue en excedencia. Estaba pensando en él cuando me suena el móvil y, como si me hubiera leído el pensamiento, se trata de él. Pero no, no es su voz la que escucho al coger la llamada, sino la de su hija, nuestra doble B. Me llama para recordarme que el viernes por la tarde tiene el recital de villancicos, también para amenazarme con tormentos particularmente retorcidos y dolorosos si se me ocurre perdérmelo. Esta niña, tan pequeña y ya toda una mente criminal… Al colgar, no puedo evitar sonreír por primera vez en lo que va de mañana.

Sigo con mi ronda de consultas. Nicolás no ha aparecido por la oficina todavía, creo recordar que algo había comentado de una visita a cierto archivo polvoriento, buscando no sé qué sobre unas investigaciones que está siguiendo. A Parmacenda le he visto entrar en su despacho, coger su maletín y su gabardina y salir a la carrera hacia dónde quiera que fuera. Parecía tener prisa, así que o era muy urgente o llegaba tarde. Podría aventurarme a adivinar el motivo de tanta prisa, pero estaba dejando lo de teorizar sin pruebas.

Por suerte, Rasudoque sí estaba en su laboratorio, y no parecía demasiado ocupado, o no más de lo habitual en él. Así que llené dos mugs con café recién hecho, de mi mezcla favorita, la que tomaba cuando quería que todo saliera bien (la había bautizado como Félix Felices) y me dirigí hacia el departamento de Pruebas físicas.

Con las manos ocupadas no podía abrir la puerta, pero por suerte Rasudoque la abrió en cuanto llegue a ella.

-Buenos días, Jengibre. Ese olor a café recién hecho te precede. –me saludó cortés, cogiendo una de las tazas e invitándome a pasar a su despacho.

Me ha hecho reír, yo gastándome un dineral en un perfume exclusivo y resulta que el olor que me precede es el del café…  Aunque pensando en los olores a los que me tengo que enfrentar en mis escenarios, oler a café no es lo peor a lo que puedo oler…

-¿Qué te trae por aquí? –pregunta Rasudoque, pero como de pasada, como si no quisiera ser descortés.

-¿Has mirado el calendario últimamente, Doctor? –pregunto aunque sé que la respuesta será negativa. Él y yo habíamos llegado a la junta directiva con un mes de diferencia, así que los dos estábamos muy liados poniéndonos al día en nuestros respectivos departamentos. Además era más que evidente que no era su mejor momento en su vida personal.

-No demasiado, la verdad. ¿Me he perdido algo? –dice mientras se pone a buscar algo, no sé qué.

-Nada, no te preocupes. No es nada importante. –le miento, está más agobiado que yo. No es justo que le pida ayuda. Buscaré otra manera.

-Jengibre, nos conocemos lo suficiente para saber que no has venido hasta aquí con uno de tus mejores cafés sólo para charlar del calendario. ¿Vas a decirme que te pasa o tengo que ponerme a analizarte como si fueras una muestra de ADN? –Me dice él, acercándose a mí y mirándome a los ojos.

Es lo que tiene trabajar con los mejores investigadores de la ciudad, que no puedes esconderles nada. Así que le confieso que es navidad, que hay un montón de cosas por hacer y que no puedo con todo yo sola. Pero que no se preocupe, que encontraré la solución, que su vida ya es bastante complicada para meterle en más líos. Mientras le explico todo esto noto como empiezo a hiperventilar otra vez y unas lágrimas atrevidas empiezan a caer.

Rasudoque coge su teléfono y hace una llamada. No sé a quién ha recurrido, no escucho la conversación (no soy una cotilla) pero cuando vuelve, me ofrece un pañuelo y me dice que ya está solucionado. Por lo menos uno de los problemas. Que el jefe Barrientos nos manda una dotación de nuestros amigos bomberos para que me ayuden en lo que sea que necesite que hagan.

Bueno, la verdad es que se me ocurren muchas cosas, pero algunas no se pueden realizar en las oficinas… No, no penséis mal. Me refiero a que hay que ir a buscar un abeto y adornos. Entre otras cosas.

A los cinco minutos, las inconfundibles sirenas nos anuncian que han llegado los bomberos. No sé que les habrá dicho su jefe, pero está claro que se lo han tomado en serio. Sólo espero que no irrumpan en las oficinas como si de un incendio se tratara. Así que para prevenir posibles destrozos, cojo mi abrigo y mi bolso, no sin antes agradecer a mi compañero la ayuda prestada.

 

Por suerte por las mañanas el mercadillo navideño no suele estar demasiado concurrido, porque vaya si llamábamos la atención. Creo que unos turistas japoneses se pusieron a hacernos fotos sin parar. Yo ya no sabía dónde meterme, pero ellos encantados de la vida, la verdad. Hasta consiguieron que la dependienta de uno de los puestecitos me hiciera un buen descuento. Conseguí todo lo necesario lo más rápido posible para volver cuanto antes a la oficina y que me ayudaran a dejar la oficina decorada  antes de que tuvieran que volver a sus ocupaciones habituales. Cosa que hicieron con una rapidez pasmosa. ¡Qué coordinación! Sólo tenía que indicar dónde iba cada adorno y ellos se encargaban de todo lo demás. En un periquete la oficina parecía otra, más bonita y glamorosa. ¡¡Que haríamos sin nuestros amigos los bomberos!!! ¡¡¡Qué manera de subirme el “espíritu navideño”!!! Tanto que me he puesto a cantar All I want for Christmas a grito pelao. No sé si se han dado por aludidos, supongo que deben estar acostumbrados a ser objeto de deseo colectivo. Pero tienen que volver al parque, navidad suele ser una época complicada también para ellos, con tantas luces, velas y adornos, raro es el día que un cortocircuito no les complica el turno. Así que los despido asegurándoles que están en la lista de los chicos buenos de Santa Claus (vale, y en la mía también, pero eso me lo guardo para mí). 

Pero hay una cosa que me escama, en todo el tiempo que hemos estado liados con la decoración navideña, el agente Rabbit ha brillado por su ausencia. Y sobre su mesa seguían las galletas tal y como las dejé a primera hora de la mañana. Y eso era muy, muy raro. Estaba empezando a preocuparme. No es habitual en él. Quizás se ha sentido intimidado por la presencia de los bomberos en las oficinas, o quizás haya decidido vigilar el almacén del por… digo de pruebas por si acaso se nos colaba alguno de los nuevos reclutas con la excusa de decorar a fondo toda la oficina y desaparecía uno de nuestros activos más preciados. ¡El agente Rabbit se toma muy en serio su labor de guardián de nuestro almacén!

 

                                                                -?-

Pero han pasado horas y nadie lo ha visto en todo el día. He preguntado a todos los compañeros, y nadie lo ha visto desde ayer tarde. Rasudoque me confirma que lo dejó en su cubículo repasando material del archivo. La verdad, no pensaba indagar qué tipo de material, en este caso prefería teorizar sin pruebas (y no me equivocaría). Desde entonces no se sabe nada de él.

Convenzo a Rasudoque para que revise las cámaras de vigilancia mientras yo cojo mi maletín y proceso el escena… quiero decir, el cubículo donde suele pernoctar el agente desaparecido.

He procesado escenarios menos desagradables que ese cubículo, pero por suerte ya estaba empezando a curtirme en la no tan agradable tarea de recopilar pruebas y había aprendido un truco para evitar los malos olores que surgían de la madriguera de Rabbit. Siempre llevaba en mi bolso un tarro de vicks vaporub, no sólo por su eficacia, también me traía buenos recuerdos de uno de los casos en los que había participado. Todo parece en orden, si eso es posible en un antro tan desordenado. La gabardina y el sombrero siguen allí. Con las temperaturas tan bajas que hemos tenido estos días es imposible que hubiera salido sin ellos. No encuentro evidencias de sangre ni fibras extrañas. Los pelos que hay por todo el lugar son del agente Rabbit. Nada me lleva a sospechar que alguien más estuviera allí. Lo único que llama mi atención es un rastro de migas que se aleja del lugar… me recuerda demasiado a uno de los cuentos infantiles que más han poblado mis pesadillas: la casita de chocolate.

Sigo el rastro, que se adentra en el almacén de pruebas. Aunque conforme avanzo se me hace difícil distinguir las migas de galleta que ha ido dejando nuestro guardián del resto de suciedad del almacén. Cuando lo encuentre pienso tener una buena charla con él sobre su idea de la higiene en general y en su puesto de trabajo en particular. Este año de regalo del invisible le cae una buena fregona, su cubo correspondiente y un lote de lejías. El rastro me lleva a un callejón sin salida. Literalmente. He llegado hasta un espejo que ni siquiera sabía que estuviera allí. Creo que es la vez que más me he adentrado en ese condenado almacén. Y creo que es la única vez en la que no he empezado a hiperventilar por culpa del polvo que se acumula en él, y menos mal porque con las prisas no he cogido el inhalador. El rastro de galletas muere allí. O había acabado de comerse las galletas, o el agente Rabbit se había vaporizado. Observo el espejo con atención. El marco es de madera de pino, natural y sin barnizar. Observo unas pequeñas marcas, como si alguien se hubiera agarrado a él con fuerza y le hubieran arrastrado. Pero no es una puerta, es un espejo sólido. Palpo cada centímetro del marco por si hay algún tipo de resorte y se trata de un pasadizo secreto que desconocíamos, pero no, el espejo sigue fijo en su lugar. Dicen que si descartas todo lo posible, lo queda por improbable que parezca es la solución. Y sólo me quedaba el espejo. Parece antiguo, la superficie reflectante está un poco desconchada en algunos rincones. Limpio y brillante como una patena. ¿Limpio y brillante? ¿En un almacén donde la limpieza “brilla” por su ausencia? Lo observo con mucha atención y no se ve ni una sola huella, ni una mancha, nada. Sólo mi reflejo. Menos mal, casi he temido no verme reflejada en él, no descartaría un pariente transilvano que explicara mi afición por las morcillas de cebolla,  todo tipo de embutido negro y mi odio visceral a todo lo que lleve ajo. Pero no parece que refleje nada anormal. Pero mi vista está últimamente muy entrenada para ver lo que los demás no son conscientes de ver y aunque el reflejo parece ser el que correspondería a la posición e inclinación del espejo, hay una mínima variación. ¿Desde cuándo un espejo tiene reflejo propio? No sé porqué se me ocurre hacer una estupidez como ir a coger uno de los legajos “fantasma”. Pero cuando espero golpearme la mano con el cristal, ésta lo atraviesa limpiamente como si en lugar de algo sólido, el espejo estuviera hecho de un fluido viscoso y denso, algo parecido al mercurio.

No me lo pienso o sé que me arrepentiré. Me adentro en el otro lado del espejo. Me siento como Alicia buscando al conejo blanco o mejor, como Neo después de tomarse la pastilla roja, pero no hay vuelta atrás. Así que para infundirme valor me digo: ¡Adelante, siempre adelante!

El lugar podría ser mellizo de nuestro almacén solo que con antiguos legajos en las estanterías en lugar de nuestro valioso y apreciado porno, también está más limpio, lo que me facilita poder seguir el rastro de migas que sigue dejando nuestro querido Jack Rabbit. Lo que me lleva a preguntarme cuántas galletas ha conseguido agenciarse. Me temo lo peor, tanto azúcar procesado no puede ser bueno para él. Aparto los malos presentimientos, no van a ayudarme a encontrarlo antes.

A pesar del rastro que va dejando, algo en ese lugar extraño me tiene desorientada. Será su distribución, completamente diferente de la de nuestro almacén, o simplemente que el sentido de la orientación no es uno de mis superpoderes. Creo que el móvil tiene una aplicación que sirve de brújula, pero ni siquiera puedo abrirla, el móvil hace un fundido a negro y no hay manera de resucitarlo. Una decisión muy inteligente, Jengibre, me regaño a mí misma. En lugar de avisar a mis compañeros, me he metido por un espejo sin decir nada a nadie ni dejar ni una mísera pista.

Ahora no solo tengo que encontrar al agente Rabbit también he de encontrar como salir de donde quiera que nos hayamos metido. Respiro hondo para tranquilizarme y no empezar a hiperventilar. El lugar en sí es más un laberinto que un almacén. Un laberinto de pasillos y estantes sin orden ni concierto. Sin ventanas y sin apenas ventilación por el olor cerrado y a polvo de siglos. Casi creo que Nicolás aparecerá tras cualquiera de esas estanterías con un pesado legajo en las manos. A él seguro que le encantaba este lugar. La iluminación es muy tenue y proviene de lamparillas votivas con alguna sustancia de aspecto oleoso que no puedo identificar. Tiene un olor como dulzón, extraño. No sé qué me pasa, generalmente mi olfato es finísimo, pero me siento como embotada, una pesadez me invade y se me cierran los párpados. Lo último que escucho antes de perder la consciencia es una especie de salmodia monocorde y repetitiva.

 

                                                                                     —?—

-Jengibre. Jengibre despierta.

Escucho una voz que me llama, creo que es Parmacenda, pero no estoy segura. Me duele la cabeza y mis ojos se niegan a abrirse. Siento unos toquecitos en mi hombro y la voz vuelve a llamarme. Pero sigo como atontada. Por suerte el aire trae un aroma muy especial y conocido, un olor capaz de resucitar a un muerto. Lo reconocería en cualquier dimensión temporal en que estuviera. ¡¡¡Café!!! Y no uno cualquiera, se trata de la mezcla especial del Profesor Boniatus, esa que tomábamos tras las fiestas fin de caso. Esté dónde esté no puede ser tan malo si hay café de Boniatus.

-Chicos, no os preocupéis. –La voz de Boniatus es tan inconfundible como el aroma de su café. –Jengibre va a despertar en tres, dos y u…

Esta vez mis ojos me obedecen y se abren. Estoy en mi despacho y a mí alrededor está toda la junta directiva al completo. Me siento muy confundida. Lo último que recuerdo es un laberinto antiguo y tétrico al que llegue siguiendo el rastro de Jack Rabbit.

-Esto… ¡¡¡el agente Rabbit ha desaparecido!!! He intentado seguir su rastro, pero al atravesar el espejo, en el laberinto… las lámparas deben tener algún tipo de narcótico porque perdí el conocimiento. Pero no tenemos tiempo que perder, creo que ha comido más galletas de las que debería y puede estar en peligro.

-Respira, Jengibre. –Jack se acerca con uno de mis inhaladores. Últimamente estoy escuchando mucho esa frase. –El agente Rabbit está bien. No te preocupes por él. Ahora me preocupas más tú. ¿No crees que estés abarcando demasiadas cosas? ¿Cuándo fue la última vez que dormiste más de 4 horas? ¡Te has quedado dormida de tal manera que temíamos que te hubieras convertido en la Bella Durmiente! Y que quieres que te diga, quizás sí que una siestecita de 100 años te habría venido de perlas para recuperarte, pero que quieres que te diga, no puedo prescindir tanto tiempo de tu departamento. Estaba a punto de llamar a los bomberos, pero ha llegado Boniatus y ese café milagroso suyo. Así que bébete el café antes de que se enfríe. Te esperamos fuera.

Le hago caso y me tomo el café antes de que se enfríe. Siento la cafeína correr por mis venas despejando la niebla que sumía mi cabeza. Empiezo a recordarlo todo. Sobre mi mesa está abierto el ejemplar de “Alicia a través del espejo” de Lewis Carroll que compré para regalar a mi sobrina. Debí quedarme dormida y mi imaginación hizo el resto. Junto a él abierta por la página del día de hoy está mi agenda. En ella un único apunte, nuestra comida de Navidad.

Pero aunque el café hace milagros con las nieblas de mi cabeza, no hace lo mismo con mis huesos que tras una noche de pesadilla están anquilosados. Por no hablar del look arrugado y descuidado que tengo ahora mismo. Debería ir a casa a cambiarme pero no hay tiempo. Por suerte recuerdo que siempre tengo algo de ropa en el despacho. Tendrá que servir.

Pero antes quiero comprobar una cosa. Busco mi maletín, ese en el que guardo todo lo que necesito para mis escenarios. Pero no lo encuentro. No aparece por ningún sitio. Ayer estaba en el estante donde siempre lo dejo. No sé por qué, pero sé dónde está. Así que me dirijo al almacén de pruebas, donde un rastro de migas de galleta me lleva hasta un espejo que ni siquiera recordaba que estuviera allá. Junto a él encuentro mi maletín, abierto como si estuviera procesando un escenario. Pero, si todo ha sido un sueño ¿cómo ha llegado allí mi maletín?

Off-topic: Poirot cumple 100 años.

Es curiosa la forma en la que funciona nuestra mente. Todos tenemos metas, nos marcamos objetivos que queremos conseguir. No importa el motivo que tengamos para ello, eso cuando hay un motivo pues la inmensa mayoría de las veces ni si quiera somos conscientes de tenerlo. A veces ni siquiera sabemos por qué nos marcamos esa meta y no otra. Casi siempre sólo nos centramos en alcanzarla. Como si ese fuera el fin único de nuestra existencia. Casi nunca pensamos en qué pasará cuando lo hayamos logrado. Que suele ser cuando realmente empieza a complicarse la cosa, el momento en que suele desaparecer el suelo bajo tus pies.

Eso es lo que me había pasado a mí. Desde que crucé el umbral de las “viejas” oficinas  de La Sociedad del Misterio, un poco cortada y con un millón de grillos en mi estómago, mi objetivo (además de organizar las fiestas fin de caso más locas y surrealistas y estrechar lazos con el cuerpo de Bomberos) siempre fue cerrar tres casos y conseguir la preciada y soñada jefatura de departamento. Pero nunca pensé en qué pasaría cuando la hubiera alcanzado… y ¡¡¡mira que he tenido tiempo para pensarlo bien!!! He tardado tanto en lograrlo que parece un contrasentido no haber trazado un plan de contingencia para cuando llegara mi tan ansiado ascenso.

Así que ahora me encuentro un poco descolocada. Por un lado vacía, con la sensación de fin de ciclo. Por otro lado un incipiente y paralizador pánico escénico, acongojada ante el reto y temiendo no estar a la altura.

Todo eso gira en mi mente mientras intento mantenerme ocupada. Para ello nada como trasladar mis cosas y redecorar mi espacio en el despacho que compartiré con el Profesor Boniatus. Nada como desembalar cajas y cajas para mantener tu mente en blanco.

En eso estoy cuando tropiezo con uno de los kits de recogida de pruebas nuevos que he pedido por Ali Exprés. Consigo evitar la caída pero la caja que llevo en las manos traza una parábola perfecta, esparciendo su contenido por todo el despacho. Libros en su mayor parte, casi todos ellos de mí preciada colección de novelas de Agatha Christie.

Recojo el que tengo más cercano, El Misterioso caso de Styles. Mi viejo y querido ejemplar de la Editorial Molino. Lo abro con cuidado, con reverencia, como si de un incunable se tratara. Paso sus páginas y una fecha llama mi atención… 1920, la fecha de su primera publicación. ¡¡De eso hace ahora 100 años!!

Mi mente empieza a girar a más revoluciones de las que lo suele hacer habitualmente. Una efemérides así debe ser celebrada como merece.

El Misterioso caso de Styles es el primer libro que se publicó de Agatha Christie. También es el primer caso de Hércules Poirot, el excéntrico detective belga, con su baja estatura, su cabeza de huevo y un impresionante bigote que es su mayor orgullo. Pomposo y de modales remilgados. Venera la simetría, la limpieza, las comodidades, la calefacción central y la línea recta. Ordenado y metódico, Poirot impresiona a todos con la utilización de sus  “pequeñas células grises” para resolver los casos más complicados. Bueno quizás no impresione a todos, me temo que, por lo menos no a nuestro querido inspector jefe. Nadie es perfecto… ni siquiera Hércules Poirot.

Poirot protagonizó 41 novelas. La última de ellas es Telón. Publicada en 1975 pero escrita en los años 40, es el último caso de Poirot. Literalmente, pues muere en el transcurso de la novela. En ella un Poirot  envejecido y muy enfermo del corazón vuelve a la mansión de Styles, lugar donde se desarrolla su primera novela, para atrapar al asesino “perfecto”. 

La popularidad del personaje fue tanta que es el único personaje de ficción del que se ha publicado un obituario en el New York Times. Fue el 6 de agosto de 1975.

“Hercule Poirot Is Dead; Famed Belgian Detective; Hercule Poirot, the Detective, Dies” (“Hercules Poirot está muerto; afamado detective belga”; Hércules Poirot, el detective, muere”)

Hacia 1930, Agatha Christie encontró a Poirot “insufrible” y, hacia 1960, sintió que era “detestable, ampuloso, pesado, egocéntrico”. Sin embargo, el público lo amaba. Yo misma había caído bajo su influencia desde que era una niña. Lo que no deja de ser curioso pues nunca he sido ni metódica ni ordenada. Donde él es orden yo soy puro caos. Pero gracias a él mis pequeñas células grises son menos grises.

Soy consciente de que La Sociedad del Misterio es fundamentalmente holmesiana. Pero creo que la Dama del misterio ha contado con algunos fieles entre las filas de nuestros investigadores. Recuerdo a algunos: Lilly Christie, Hércules Poirot o J.Marple entre otros.

Casi sin ser consciente de ello empiezo a organizar la celebración de este aniversario como si de una fiesta fin de caso se tratase… Veo que hay cosas que no han cambiado. Quizás tenga que empezar a dejar de teorizar sin pruebas, a veces los grandes sueños exigen grandes sacrificios. Pero, renunciar a una buena fiesta… ¡¡¡eso jamás!!!

Pero necesito vuestra colaboración. Voy a pediros un pequeño reto. Uno facilito, que todavía llevo la L cosida en la gabardina (aunque sea de Burberry’s). Me gustaría que hagáis un pequeño ejercicio de memoria, porque seguro que todos tenemos alguna novela de Agatha Christie que nos ha marcado tanto para bien como para mal, que como las meigas “haberlos, hay los” y no quiero mirar a nadie…

Cómo el movimiento se demuestra andando, empezaré compartiendo la mía. Para mí es muy difícil quedarme sólo con una novela de la Dama, por dos motivos. Primero porque soy dual, es decir si se me plantea una elección nunca elegiré sólo una. Está demostrado científicamente, soy incapaz. El segundo motivo es obvio, para una fan absoluta elegir tan sólo una (o dos) novela de alguien con una bibliografía tan prolífica es casi imposible. No diré que todas sus novelas sean candidatas al Nobel, algunas son bastante normalitas. Pero hay un buen puñado de novelas inolvidables. Haré un sobre esfuerzo para cumplir con las normas que yo misma he impuesto y elegiré solo una.

Siempre he dicho que amé el género policial y la novela negra gracias a Muerte en las nubes. Pero me he dado cuenta de que la edición que tengo no cuadra con la fecha en la que me regalaron la primera novela de Poirot. Tenía 8 años, recién cumplidos pues se trataba de un regalo de cumpleaños, así que tuvo que ser Poirot investiga o Los trabajos de Hércules. Uno de esos libros que recopila varios casos cortos. Pero si hay algo relativo (además del tiempo) es la memoria humana. No sé porqué en mi mente a quedado ligado Muerte en las nubes con la primera novela leída. Supongo que debe ser porque fue la primera novela con un solo caso que leí. No lo sé. Ni siquiera es la mejor de Poirot. Por no decir que ni siquiera estaría en mi top 5 de novelas favoritas de Christie. Pero estoy segura que si mi memoria se convirtiera en un queso emmenthal, lo último que olvidaría sería esa novela.

La novela transcurre en un avión, el Prometheus en el que Poirot viaja desde París hasta Croydon. Un rato antes de aterrizar, uno de los pasajeros, Madame Giselle – una prestamista – aparece muerta. En un principio se cree que la causa de su muerte es la picadura de una avispa, pero Poirot descubre la causa real: un pequeño dardo envenenado, aparentemente disparado desde una cerbatana. Giselle ha sido asesinada. Y hasta ahí puedo leer… El asesino tiene que estar entre los pasajeros del avión, pero ¿cómo logró el asesino disparar la cerbatana sin que los demás pasajeros lo vieran? ¿Queréis resolver el misterio? Pues ya sabéis, Muerte en las nubes es vuestro libro…

Un último dato curioso sobre la novela. Agatha Christie aparece en la serie Doctor Who, en el séptimo episodio de la 4ª temporada titulado El unicornio y la avispa. Con David Tennant como el décimo Doctor ( y mi favorito).

¿Os animáis, compañeros?

CASO RELÁMPAGO ESPECIAL HALLOWEEN – Caso nº 00039: AUTOPISTA AL INFIERNO (CERRADO)

El miedo es algo muy subjetivo. No a todo el mundo le asusta lo mismo. Algunos temen a lo desconocido, a lo que escapa a nuestra comprensión; otros dicen, quizás no sin razón, que el infierno son los demás, y temen a quien tienen más cerca. Lo comprobamos hace algunos años, cuando nos vimos expuestos al ídolo maldito de Niggurash y cada uno de nosotros vivimos una experiencia diferente.

Pero somos humanos. Nos debemos los unos a los otros. Y la función de la Sociedad del Misterio es ayudar a arrojar luz sobre aquellos asuntos demasiado oscuros para ser entendidos. Nuestra misma razón de ser es cuidar de otras personas.

En casa, Sata dice que estoy muerto por dentro, porque las películas de terror rara vez me provocan ningún tipo de reacción. Pero sí hay algo que a mí me asusta, algo que realmente se me agarra al corazón.

Hablo del miedo de un inocente. Del pánico de una víctima. Y de la idea de no llegar a tiempo para salvarla.

Ésta no es una historia de Halloween al uso. No habla de monstruos, de espíritus ni de prácticas prohibidas. No se cuenta con una linterna bajo la barbilla, esperando al momento cumbre para gritar “Porque la muerta soy yo”.

Pero sucedió una noche de Halloween. Y os puedo asegurar que a mí me quita el sueño.

Aparco precipitadamente mi coche por detrás de la comisaría. La inspectora Sandiego me espera allí, visiblemente alterada. Su mensaje había sido muy poco claro, sólo decía “Creo que necesitamos ayuda. Ven rápido”.

—Bárbara —saludo—. He venido en cuanto he podido. ¿De qué se trata?

—Lo siento, Jack, no… No sé si he hecho bien en llamarte.

—Confidencialidad garantizada, tienes mi palabra de que no nos meteremos donde no podamos. Cuéntame lo que puedas.

Bárbara inspira profundamente.

—Cuatro chicas salían de una fiesta en la discoteca Pump Queen. Una de ellas, Jessica Ferrer, de dieciocho años, se encontraba mal y había pedido un Uber, y sus amigas se quedaron con ella a esperar. Al poco rato, paró un coche y el conductor la llamó por su nombre. Ella se subió y se fue, y sus amigas aprovecharon para fumar antes de volver a entrar en la discoteca. Entonces, diez minutos después, llegó el Uber.

—¿Qué?

—No saben a qué coche se ha subido. Nadie ha tomado la matrícula. El conductor del Uber ha venido con las chicas en cuanto le han explicado la situación para denunciar el posible secuestro. Estamos revisando las cámaras de tráfico, de seguridad, de los cajeros, todo, pero de momento sin resultado.

—¿Nada?

—Ni siquiera tenemos imágenes del momento en que la víctima se sube al coche. Vemos salir a las cuatro chicas de la discoteca, pero salen del plano antes de que llegue el coche.

—¿Las chicas no han identificado el vehículo en las grabaciones de seguridad?

—No lo tienen nada claro, cada una dice un coche distinto. Mira, ni siquiera es mi caso y sólo han pasado dos horas desde el incidente, ya sé que es pronto para pedir refuerzos, pero cuanto más tiempo pase…

—… más se enfría el rastro y menos esperanzas hay de encontrarla sana y salva, lo entiendo. No sé cuánto me puedo meter estando la policía ya en ello, pero ¿qué necesitas?

—No lo sé, Jack. ¿Qué harías tú en este caso?

Qué haría yo.

Yo haría lo que la policía ya está haciendo. Buscar alguna imagen del vehículo, identificarlo, seguirle la pista con las cámaras de tráfico. Y entonces, organizar un operativo y rescatar a la víctima cuanto antes.

Pero eso ya se está haciendo. Y no está dando resultados.

Eso me desquicia. ¿Por qué no está dando resultados?

Miro a Bárbara a los ojos. Está aterrada. Ella es de homicidios, no es su caso. Pero a veces, aunque nadie te haya invitado, sencillamente no puedes dejarlo correr.

—No sé qué puedo ofrecer que no tengáis ya, pero estamos a vuestra disposición. Pásame las grabaciones que tengáis. Todo lo que hayáis podido conseguir. Incluyendo los testimonios del conductor del Uber y las tres amigas.

Las campanas de la iglesia de San Conrado anuncian las doce de la noche del día de difuntos. Llevo una hora revisando vídeos a dos pantallas, escuchando los testimonios mientras reviso una y otra vez las grabaciones de las cámaras de seguridad.

Cristina Paniagua, diecinueve años. Familia rica, los Paniagua poseen un pequeño imperio textil, ella está matriculada en Empresariales y aprobando a golpe de talonario. “Jessi no tiene aguante, llevaba dos copas y ya estaba pedo. Pidió un Uber y la salimos a acompañar. Entonces tuvo que potar. Nos la llevamos al callejón de atrás para que el segurata no nos dijera nada y allí esperamos al Uber. Al rato llegó el coche, creo que era un Toyota negro, bajó la ventanilla y dijo ‘¿Jessica Ferrer?’. La dejamos en el coche y se fue, es lo último que supimos. Luego, estábamos fumando en la puerta antes de volver a entrar y apareció el verdadero Uber… Todavía tiemblo de pensarlo”.

Ningún Toyota negro en cámaras. Busco coches oscuros. Abro un catálogo de Toyota para buscar modelos que se puedan parecer. En pantalla, el guardia de la entrada corta el paso a una pareja de jóvenes, ella disfrazada de calabaza inexplicablemente sugerente, él de Joker con camiseta hawaiana y calcetines blancos. No descarto esto último como motivo de la expulsión.

Leyre Cobos, dieciocho años. Estudiante aplicada, compañera de clase de Cristina, sus profesores la consideran una joven promesa. “No sé si voy a poder ayudarle, estoy un poco mareada con todo lo que ha pasado. Sé que Jessi se encontraba mal, se ve que le sentó mal la bebida, así que le pedimos un Uber y salimos a esperar. Nos la llevamos al callejón de atrás porque tenía que vomitar. Luego llegó el coche… Creo que era un Ford, un modelo de los caros, no sé, no entiendo de coches. Sé que era oscuro. Entró en el callejón y la llamo por su nombre, el chofer era un hombre de unos cuarenta, Jessi no parecía que lo conociera de nada, pero como se sabía su nombre y sabía dónde encontrarla todas dimos por hecho que era el Uber… Todavía no me creo lo que ha pasado”.

Busco los modelos más lujosos de Ford. Tampoco veo ningún coche de esas características. En pantalla, las chicas salen por la puerta. La víctima está visiblemente mareada, sus amigas la escoltan hacia el callejón.

Carla Pacheco, dieciocho años. Modelo, dejó los estudios para volcarse en su sueño. Mejor amiga de Jessica desde los doce años. “Por favor dígame que van a encontrar a Jessica… Sí, claro, todo lo que les pueda decir. Estábamos de fiesta y a ella le sentó algo mal. Pidió un Uber y salimos con ella para que le diera el aire y para esperar al coche. Como tardaba en llegar y ella necesitaba vomitar, nos la llevamos al callejón de atrás. Allí la recogió el coche… No, no sé qué coche era, creo que un Mercedes pero no me fijé bien. El conductor tenía acento, no sé si árabe o algo por el estilo, lo noté cuando la llamó Jessica. Después de irse nos quedamos un rato en la puerta, fumando. Al rato paró un coche, se asomó por la ventanilla el chofer y preguntó si alguna de nosotras era Jessica Ferrer. ¡Le juro que entré en pánico!

Busco Mercedes en las grabaciones. Sólo uno, pero es inequívocamente rojo, y no reduce la marcha al acercarse al callejón. Improbable, pero apunto la matrícula. En pantalla, el segurata corre y hace aspavientos hacia una enorme caja de cartón de un televisor aparcada junto a los contenedores. El Joker y la Calabaza salen de detrás de la caja recolocándose los disfraces y se marchan menos avergonzados de lo que habría cabido esperar. Las tres chicas regresan, ya sin su amiga.

Israel Granado, treinta y siete años, chofer de Uber. Tres años en la empresa, siempre valoraciones de cuatro y cinco estrellas, sus pasajeros dicen de él que es amable, atento y servicial, su vehículo es un Tesla. “En noches como ésta siempre salen muchos servicios, aunque suelen ser más tarde. Las instrucciones eran claras: recoger a Jessica Ferrer en la puerta de la Pump Queen. Cuando llegué, intenté contactar con ella por mensaje, como hago siempre. Al no contestar, localicé un grupo de chicas en la puerta y pregunté si alguna era Jessica. Entonces se asustaron. Me dijeron que ya la había recogido un Uber allí mismo hacía cinco minutos. Les enseñé mis credenciales y la orden de trabajo, y ahí ya entraron en pánico. Les pedí que me lo explicaran todo. Me dijeron que el chofer sabía el nombre de la chica, y obviamente también sabía dónde encontrarla, y que por eso asumieron que era la persona correcta. Di aviso a mis superiores, les dije que subieran y me las traje aquí. Tengo dos hijas, inspector, y la menor es de la edad de esa chica. Si puedo hacer algo para ayudar, dígamelo”.

En pantalla, se ve llegar el Tesla de Fernández. Se detiene en la puerta, por la ventanilla se ve al conductor manipulando un teléfono. Como un minuto después, se acerca a las tres chicas, que están efectivamente fumando cerca de la puerta. El resto de la escena coincide con la narración: el nerviosismo de las chicas, el conductor mostrando sus credenciales por la ventana, el pánico, las chicas subiendo al Tesla.

Todo encaja con sus historias. Lo tenemos todo, salvo el secuestro. Y no consigo encontrar un vehículo que coincida con las descripciones de las chicas acercándose al lugar. He revisado horas de metraje buscando vehículos que reduzcan la marcha al acercarse al callejón. Tres horas antes de los hechos, un Toyota Prius azul para, el conductor se asoma por la ventanilla para (parece) pedir indicaciones al segurata de turno, y reanuda la marcha. Dos horas y cuarto antes de los hechos, una furgoneta blanca reduce la velocidad y sale de plano. Una hora y tres cuartos antes, un Seat Panda de los 80 con una pegatina con un mensaje cristiano se detiene frente a la discoteca, aparentemente para proferir algún tipo de insulto a la gente que acude a la fiesta, y se marcha. A la hora de los acontecimientos, sin embargo… nada.

Busco bucles temporales. Personas que desaparezcan o aparezcan de golpe. Cambios de iluminación entre fotogramas. Cualquier indicativo de que los vídeos han sido manipulados. No encuentro nada de lo que busco. Si ha habido manipulación, nos enfrentamos a un profesional.

En una desaparición, las primeras veinticuatro horas son cruciales. Jessica Ferrer puede estar en un gravísimo peligro. Y apenas tenemos nada con lo que trabajar.

Confío en vosotros. Salvemos a esa chica.

CONTRARRELOJ – Caso nº 00038: EL TESTIGO QUE VINO DEL FUTURO (CERRADO)

Aunque no solemos estar presentes en esta etapa, la mayoría de nuestros casos han comenzado del mismo modo: con un testigo que se presenta en comisaría y pronuncia las palabras “He venido a denunciar un crimen”.

Lo que suceda a continuación dependerá de lo complejo de la historia que nos cuente este testigo. A veces, la historia es tan sencilla que la policía sólo tiene que ir a casa del culpable y llamar a la puerta. Otras veces hay que indagar un poco, desenterrar lo que el criminal no quiere que descubramos. En ocasiones, cuando la historia se vuelve demasiado rara, la policía acude a nosotros.

Sin duda, los más veteranos de por aquí recordaréis al inspector Víctor Arjona, del departamento de Homicidios. Nuestro mayor aliado dentro del cuerpo de policía hasta la fecha es un inspector con un sentido del humor particularmente ácido. Sabe como nadie reconocer qué casos están hechos para nosotros.

Ésta es la historia de un caso que no debería haber llegado a nuestras manos… de no ser por un pequeño detalle.

- ? -

—Así que el inspector Arjona tiene un caso para nosotros —comenté con una sonrisa—. ¿Y cómo no ha venido él mismo en persona, inspectora Sandiego?

—Bárbara, por favor —me corrigió la inspectora—. Víctor me ha hablado tanto de vosotros que ya es como si os conociera.

A mí también me habían hablado de ella. Bárbara Sandiego, treinta y cinco años, una inspectora entusiasta y muy perspicaz. Arjona fue su primer compañero cuando salió de la academia. No le costó darse cuenta del potencial que mostraba esta mujer.

—Quería haber venido él, créeme —prosiguió—. Ahora mismo anda metido en una operación bastante grande con otros departamentos. Pero cuando vio de qué iba este caso, me dijo “Por Dios llévaselo a Jack y hazle foto a su cara”.

—No será para tanto.

Bárbara sacó un pendrive de su bolsillo.

—Es la grabación de un interrogatorio. Creo que querrás sentarte.

Visto con perspectiva, no debería haber dedicado a Bárbara esa sonrisa de socarrón. Yo aún no había visto la grabación, era pronto para juzgar. Y debería haber sospechado cuando, mientras introducía el pendrive, observé de reojo que Bárbara también sonreía.

Reproduje el video. En pantalla, en una sala de interrogatorios, un hombre cerca de la cincuentena sentado frente al inspector Padilla.

—Bien, señor Mosquera, dice usted que ha presenciado un asesinato.

—Así es.

—¿Cuándo se ha producido?

—Ayer. Día dos de Octubre.

Miré la fecha sobreimpresa en la grabación. Domingo 13 de Septiembre.

—¿Ha dicho…?

—Espera.

—Ayer. Dos de Octubre.

—Eso he dicho.

—Señor Mosquera, creo que está usted un poco confundido…

—¡No me tome por loco! —protesta el testigo—. ¡Sé lo que vi! ¡Han querido que parezca un accidente, pero ha sido un asesinato! ¡Le han abierto la cabeza con un martillo!

—¿A quién?

—¡No lo sé! ¡No sé quién era! Pero sé que tenía cincuenta y dos años.

—Cincuenta y dos años.

—¡Eso he dicho!

—Y le han matado a martillazos haciéndolo parecer un accidente.

—¡Que sí!

—Ayer mismo, el dos de Octubre.

—¡Sí!

—Señor Mosquera, estamos a trece de Septiembre.

En la grabación se hace el silencio. A mí sólo me faltaban las palomitas.

Es una broma.

—Si es una broma ha empezado usted.

—Joder.

—¿Quiere usted cambiar su versión?

El señor Mosquera medita unos segundos.

Ahora lo entiendo todo.

—Muy bien, si quiere usted explicármelo…

—He vuelto atrás en el tiempo para poder impedirlo.

Tuve que poner la pausa, justo en el momento en que el inspector Padilla se derrumba sobre la mesa devorado por la frustración.

—Vale, teníais razón, queremos este caso. ¿Quién es el testigo?

—Emeterio Mosquera, cuarenta y siete años. No sabemos nada más sobre él.

Volví a pulsar play.

Ha viajado usted en el tiempo.

—¡Es la única explicación!

—O bien se ha confundido de fecha —tantea Padilla, intentando poner algo de sensatez sobre la mesa.

No, la fecha es correcta, estoy seguro. Falleció ayer, día dos de Octubre, a la edad de cincuenta y dos años en un trágico accidente. Sólo que claro, para usted no es ayer y no fue un accidente.

—Oiga, señor Mosquera, écheme una mano, no puedo ayudarle si no me da usted nada con lo que trabajar. No sabe quién es el asesino, no sabe quién es la víctima y, por lo que me dice, la muerte aún no ha tenido lugar. ¡Algo sabrá!

—¡Es que ellos no quieren que se sepa!

—¿¿Ellos quiénes??

—¡Es todo una cadena! ¡¡Todo!! La oscuridad, la enfermedad, la inundación, ¡todo ha ocurrido para poner a la víctima debajo del martillo! ¡Y nadie se ha dado cuenta!

—¿Pero qué coño dice? —chilla el inspector desesperado.

—¿No lo ve? Primero la oscuridad, para robarle a la víctima su identidad. Luego la enfermedad, que le abre la puerta a los espías. Luego la inundación… ¡La inundación lo destruye todo y hay que ir en bus! ¡No queda otra! Y luego… ¡Luego lloverán martillos! ¡Eso es lo que pasará si no lo evitamos! Yo salí de trabajar y lo vi todo, y luego… Claro, por eso luego estaba entre los dos pinos, no entendía cómo había llegado ahí si yo nunca salgo por ahí, pero si he viajado en el tiempo…

—Señor Mosquera, muchísimas gracias por su cooperación. Enseguida vendrá un compañero a pedirle que sople en un tubito, muchísimas gracias…

La grabación continúa con el señor Mosquera gritando señales apocalípticas, sometiéndose (no sin presentar batalla) a la prueba de la alcoholemia y, por último y al haber dado negativo, siendo escoltado hacia la salida por agentes muy preocupados por su salud mental.

Dejé escapar un silbido de admiración.

—¿Y qué pa… —me deslumbró el flash de la cámara. 

Bárbara bajó el móvil de mi cara con una sonrisa de disculpa. 

—Enviar a… Víctor. Ya, perdona, ¿decías?

—¿Y qué pasó después?

—Esto es del día trece. El dieciocho, el señor Mosquera volvió a comisaría gritando que tenía razón, que ya había empezado y que la muerte de esa pobre persona indeterminada de cincuenta y dos años pesaría sobre nuestras conciencias. Naturalmente, le volvieron a echar.

—¿Pero?

Bárbara sacó un recorte de periódico. Dieciocho de Septiembre. Un apagón en un parque industrial había hecho peligrar los sistemas informáticos de numerosas grandes empresas. Y con ellos, la información contenida en sus servidores.

—La oscuridad —musité.

—Para robarle su identidad. Cinco días después, el veinticuatro, volvimos a tener al señor Mosquera de visita, insistiendo en que había vuelto a suceder. Y ese día…

Segundo recorte de periódico. Una intoxicación alimentaria en la cafetería Firefly, dos docenas de enfermos.

La enfermedad. Esto empezaba a ponerme los pelos de punta.

—Le enseñé esto al capitán Belmonte, y decidió que debíamos empezar a tomarnos a Mosquera en serio. Pero no como a él le habría gustado. Se le consideró sospechoso de provocar la intoxicación alimentaria y se le detuvo de forma preventiva.

—Sí, entiendo que yo habría tomado la misma medida.

—Ya. Pero entonces, el día veintiséis…

Tercer recorte de periódico. Una avería en las tuberías había inundado los parkings de tres edificios causando graves daños materiales.

—La inundación.

—Mosquera estaba en el calabozo cuando pasó esto. Es imposible que sea él.

—Podría haberlo dejado preparado.

—Podría. Pero tanto si es él como si no… El dos de Octubre es dentro de cinco días. Creo que alguien debería investigarlo. No hemos podido retener a Mosquera más tiempo sin tener nada sólido con lo que acusarle de nada, así que le hemos soltado y, por supuesto, le hemos perdido la pista. El capitán Belmonte no cree que esto sea nada más que los desvaríos de un loco, y supone que su paso por el calabozo le habrá hecho recapacitar. He intentado que me autorice a investigarlo, pero a mí tampoco me toma en serio. Hablé con Víctor y me dijo que viniera.

Medité sobre esta situación. Sí, todo apuntaba a que el señor Mosquera sabía lo que iba a suceder con antelación, y sí, eso significaría que había una vida en juego. Pero ¿la vida de quién?

—No sabemos dónde trabajaba el señor Mosquera, ¿verdad?

—No ha soltado prenda.

—¿Ni dónde vive? ¿Familiares en la ciudad? ¿Nada?

—No hemos tenido esa suerte.

—Piensa, Bárbara. Tiene que haber algo que recuerdes de él. Barro en sus zapatos, suciedad en las uñas, manchas en la piel, cualquier cosa que nos ayude a rastrearle.

Bárbara cerró los ojos e intentó recordar. Y entonces…

—Jack, tu té y el café de la inspectora —dijo Sata.nasdra soltando dos tazas sobre mi escritorio—. ¿Qué tal es el caso?

—¡Café! —exclamó de pronto Bárbara—. Cuando Mosquera vino por primera vez, su abrigo olía muchísimo a café.

—No sé si eso nos sirve de…

—¿Su abrigo o toda su ropa? —interrumpió Sata.nasdra.

—¿Qué? No… No, se quitó el abrigo para el interrogatorio. Su ropa no olía a café.

—Es barista —sentenció Sata.nasdra—. Lleva uniforme en el trabajo, su ropa está guardada en una taquilla y no coge olor, pero los abrigos ocupan demasiado para las taquillas. Si lo deja colgado en una percha, absorbe los olores del café.

—¡Joder, es buena! —exclamó Bárbara.

—Es la mujer del jefe por algo—respondí con una sonrisa—. Vale, necesitamos una lista de las cafeterías de la ciudad. No es mucho, prácticamente no es nada, pero podría haber una vida en juego.

—¿Pero de qué va el caso?

Respiré hondo.

—Convoca a la junta y os lo cuento. Que os vais a reír.

Media hora después ya habíamos trazado un plan de acción. No era el mejor, no era nuestra estrategia habitual, pero este caso tampoco encajaba en lo que solíamos resolver. Teníamos poco tiempo y ninguna pista con la que trabajar, salvo los desvaríos de un loco y la probabilidad de que trabajase en una cafetería.

He recopilado un listado bastante exhaustivo. No bajaba de las diez páginas, así que hicimos una criba descartando todas las cafeterías de barrio en las que no fuese obligatorio el uniforme. En pleno auge de las coffee-shops, esto tampoco acotaba demasiado la búsqueda. Pero de entre todas las comisarías de la ciudad, ¿por qué Mosquera había acudido a la de Bárbara? Parecía lógico suponer que, si has presenciado un crimen, vas a acudir a la comisaría más cercana. 

Esto ha reducido la lista a cinco cafeterías: la Copacabana, céntrica y bien situada, con una amplia terraza famosa por sus sombrillas de colores; la Bella Verona, situada en el parque tecnológico Campanario, con unas magníficas vistas a la arboleda que hay a la entrada; la Firefly, junto al centro comercial Castillo, la parada perfecta tras hacer la compra; la Soul, un paraíso hipster escondido en una callejuela poco transitada, muy pocas mesas, el escondite perfecto; y la Ardenza, cerca del colegio Heriberto Pozos, donde los padres se toman un café entre la hora de dejar a los niños y la de entrar a trabajar.

Sabíamos que podíamos estar persiguiendo quimeras. Pero si Mosquera decía la verdad (o al menos, si algo de lo que decía estaba basado en hechos reales), teníamos sólo cinco días para impedir un asesinato. Lo único que teníamos era un testimonio imposible, y dado que se estaba haciendo realidad, teníamos que averiguar cómo podía estar pasando. Así que debíamos reconstruir los pasos del testigo, empezar por el “Yo salí de trabajar y lo vi todo”, y averiguar qué sabía realmente el testigo y cómo.

El Profesor Boniatus está de baja, así que yo mismo me encargaré de analizar la escena del crimen. Pero para eso necesito saber dónde ir. Tengo el coche en marcha y a la espera que me deis una ubicación. Hasta que no sepamos dónde mandarme no podré trabajar, y hasta que no sepamos si hay algo en ese escenario no podremos continuar. Así que… ¿dónde queréis que vaya?

DECIMOTERCER ANIVERSARIO: La Sociedad del Misterio contra el número 13

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Damas, caballeros…

… os preguntaréis qué ha pasado aquí.

Sentaos. Que os lo explico.

Hoy hace trece años que la Sociedad del Misterio abrió sus puertas. Trece años ya desde que salté de la cama a medianoche, me senté ante el teclado y publiqué “La Mano del Muerto”, aún sin tener ni idea de si lo que acababa de hacer tendría alguna aceptación.

No me lo esperaba, lo reconozco.

Hoy va y se nos ocurre cumplir trece años. No cualquier cifra, no; cumplimos los infames trece… en 2020.

Cuadrados, los tenemos.

Empezamos nuestro decimotercer año de vida con nuestra nueva temporada recién estrenada, y hemos pensado “Año nuevo, imagen nueva”. Hemos vuelto para quedarnos, esto no ha sido una vuelta a los escenarios para sacar un single y volvernos a retirar, así que ¿por qué no dejar bonita la oficina, ya que pensamos pasar aquí mucho tiempo? Guardaremos con mucho cariño nuestro logo original, pero ya hace tiempo que nos hacía falta un lavado de cara.

El próximo caso está en el horno. Habría sido bonito, incluso adecuado, tenerlo para hoy; como también habría sido precioso que no se me estropeara el ordenador cinco veces en los últimos dos meses. Pero ya dijo Lennon que la vida es lo que te pasa mientras tú estás ocupado haciendo otros planes. Con todo, la maquinaria está en marcha, y si todo sale como es debido, antes de que acabe el mes daremos comienzo al próximo caso. ¡No os despistéis!

Ya que no hay caso, había pensado traeros hoy una lista de efemérides relacionadas con el misterio, pero aparte del nacimiento del autor de novela negra Robert B. Parker en 1932, lo único que he encontrado es la fundación del Tribunal de la Santa Inquisición en 1480. Y sí, todos le tenemos un cierto cariño ya a nuestro Padre Benito Piña, pero no tanto como para celebrar a Torquemada.

Total, que ahí estaba yo preguntándome qué hacer hoy para vosotros, cuando ha tenido lugar este diálogo con Sata.nasdra:

—No encuentro efemérides suficientes para la lista. Como no cuente como efeméride de misterio que abrimos en 2007, ya me dirás.

—¿En 2007?

—Síp.

—Entonces cumplís…

—Trece.

—El número maldito.

—…

—¿Qué?

—Eres un genio, querida.

Por aquí no somos muy supersticiosos, ya lo sabéis. De hecho, toda la junta directiva de la Sociedad del Misterio cayó víctima del ídolo maldito de Niggarush, y aquí nadie descansó hasta demostrar que lo que nos había pasado no tenía nada de sobrenatural. Pero en aras de la curiosidad, cabe preguntarse si, aparte de lo irracional y supersticioso, ha existido algún motivo real para temer al número 13.

Resulta que el 13 de Octubre de 1307, se ordenó el arresto de los Caballeros Templarios, que fueron posteriormente quemados en la hoguera. Casualmente ese día fue viernes, lo que ha dado lugar a muchas teorías sobre si se eligió un Viernes 13 para arrestarlos por su simbología y significado; pero para esas fechas, y aunque el miedo al 13 ya existía, nadie tenía al Viernes 13 por un día particularmente malo. No era peor que un lunes, vaya.

El Apollo 13 tampoco se libró de la maldición. Todos conocemos la historia, todos hemos dicho alguna vez “Houston, tenemos un problema” ante cualquier mínima complicación. Pero la misión no tenía sólo el 13 en su nombre: el cohete despegó a las 13:13:00 desde el complejo 39 (tres veces trece), y aunque el despegue se efectuó el día 11, fue justo el día 13 cuando les explotó el tanque de oxígeno. Aquí podríamos pensar que, efectivamente, el trece fue el número maldito para esta tripulación… pero, tras cuatro angustiosos días, tomaron tierra sanos y salvos. El día 17. Como nuestro aniversario.

No tengo pruebas, pero tampoco dudas, de que Arnold Schönberg, uno de los compositores más importantes del siglo XX junto a Ígor Stravisnky, debió de enfrentarse a más de una burla por culpa de su triscaidecafobia. Tampoco tengo pruebas ni dudas de que, justo antes de fallecer en un día 13 de Julio, su último pensamiento debió ser “¡Ja! ¡Os lo dije!”. Claro que también nació un 13 de Septiembre, así que… Quizás no todo lo que le pasó relacionado a ese número fue negativo.

Y luego está Finlandia. En Finlandia, un Viernes 13 al año (naturalmente el mes va variando), se celebra el Día Nacional del Accidente, un día que se dedica a concienciar a la ciudadanía sobre seguridad vial. Este evento comenzó en 1995, y se eligió esa fecha porque, sí o sí, todos los años hay al menos un Viernes 13. Y si no lo sabíais, ahora mismo estáis pensando en coger un calendario y comprobarlo.

He encontrado muchas curiosidades, pero pocas razones sólidas para temer al número 13. Hasta que se me ocurrió mirar en nuestros propios archivos… y vi que el caso 26, es decir, dos veces 13, fue precisamente “La lengua del muerto”, el caso en el que tanto el inspector Arjona como nosotros fuimos sospechosos de la muerte de Mendoza. Y eso sí que me dio miedo.

Claro que el caso 13 nos llevó al rodaje de una peli porno, así que YO QUÉ SÉ YA.

Lo único que tengo claro, y de esto tengo todas las pruebas que necesito, es que hace trece años salté de la cama para escribir media historia de misterio y ver si alguien quería salir en la otra media; que la gente siguió llegando, jugando y celebrando; que cuando la puerta pareció cerrarse, seguisteis ahí al pie del cañón. Que en un juego que consiste en resolver el caso antes que nadie, no hay mayor placer que reunirnos todos virtualmente y resolver un misterio trabajando en equipo.

Hoy estrenamos nuevo look. Pronto, estrenamos nuevo caso. Y no vamos a cerrar la puerta. Porque hace trece años, no tenía ni idea de que estaríais todos aquí. Porque hoy, esto no seria lo que es sin vosotros.

El juego sigue. Gracias por jugar.

P.D: Que sepáis que mi señora, la ilustre Sata.nasdra, también nació en día 13. Así que tan malo no será el numerito.

Caso nº 00037 – BARBACOA FAMILIAR (CERRADO)

Barbacoa Familiar cerrado

Ya había pasado mucho tiempo desde la última vez que jugué a esto. Demasiado, quizás. Pero, al igual que montar en bicicleta, los engranajes de la mente de un detective nunca olvidan cómo funcionan.
Dejé el sombrero y la gabardina en la percha de la entrada, pedí un té con leche y me senté, directamente, a la mesa de un hombre corpulento de mediana edad, quien me recibió con una mirada de perplejidad.
—Perdón, ¿nos conocemos? —preguntó.
—No, pero creo que hemos venido a eso —respondí—. Usted es el jefe en funciones Rovira, ¿no es así?
La mirada del hombre pasó del asombro a la suspicacia.
—¿Quién diablos es usted y cómo sabe quién soy?
Ah, el turno de preguntas. Dios, cómo echaba de menos el turno de preguntas.
—Su complexión y su forma física denotan una profesión de riesgo. Las cicatrices que asoman por su cuello, y por supuesto el bronceado evidentemente diferenciado entre sus brazos y su rostro, indican de qué profesión estamos hablando, y su edad y el hecho de que no intente ocultar esas marcas dicen “veterano”. Su porte, por otra parte, habla de autoridad, pero por su actitud general se deduce que esta autoridad no es algo a lo que se sienta acostumbrado; fíjese cómo ha empezado la conversación disculpándose, y no ha sido hasta que he mencionado su rango que ha sacado esa autoridad a relucir. Las bolsas bajo sus ojos, la barba de tres días, los seis sobres de azúcar vacíos y los cercos de dos tazas de café que han pasado por esta mesa antes que la que se está tomando ahora, también me dicen que ha pasado unos últimos días muy tensos, probablemente durmiendo poco. A eso añadamos que la esposa del jefe Barrientos me ha citado aquí con el jefe en funciones, alguien de cuyo oficio cabe esperar puntualidad, o sea que ya está aquí. Apliquemos un sencillo proceso de eliminación y determinemos que usted es, de toda la gente de la cafetería, el único que encaja en ese perfil. Supongo que todo esto responde a su primera pregunta, pero para que no se diga que evito contestar… Jack Ryder, investigador jefe de la Sociedad del Misterio.
Tendí mi mano a ese hombre. Él inspiró profundamente antes de responder.
—Ha visto una foto mía —dijo finalmente—. Accedí a venir aquí a petición de Teresa. Pero el asunto que me preocupa es muy serio, y no tengo tiempo para perderlo con fanfarrones que hacen trucos baratos de feria…
—¿Cuánto hace que recibió clases de canto? —pregunté.
—… sólo para demostrar que perdone, ¿cómo dice?
—Cuando ha inspirado no ha subido los hombros. Es un gesto muy característico de las personas que han recibido clases de canto clásico. El asa de su taza está a la derecha, lo que sugiere que es diestro; eso por sí solo no demuestra nada, pero sí que convierte ese callo en su mano izquierda, entre el pulgar y el índice, en un claro indicador de que es usted un jugador de billar habitual. La cicatriz vertical en el dorso de su mano derecha indica que ha pasado un largo tiempo hospitalizado, es donde le insertaron la vía. Calzado de trabajo, pero ropa de paisano, no deja de mirar el reloj, lo que sugiere que no es su día libre: tiene que volver al trabajo pronto, pero no quiere que la gente le identifique por su uniforme. Conclusión: lo que le preocupa es un asunto de trabajo, algo demasiado delicado que no puede esperar y sobre lo que no quiere que la gente sepa nada. Yo no fanfarroneo, señor Rovira, hago mi trabajo. Estoy seguro de que si Teresa ha creído conveniente concertar esta reunión es por una buena razón, y quiero que sepa que me tomo mi trabajo tan en serio como usted se toma su problema.
Esto pareció conformar al jefe Rovira, quien (por fin) aceptó mi apretón de manos.
—¿Tiene esto que ver con el incendio en casa del jefe Barrientos? —inquirí.
—Así que se ha enterado.
—Sin duda alguna, Teresa ya le habrá dicho que el departamento de su marido y mi equipo suelen coincidir con bastante frecuencia. Me enorgullece contar a Sebastián Barrientos entre mis amigos. Pero creía que el incendio había sido un accidente.
—¿Creía?
—Bueno, estamos aquí, ¿no? Algo tiene que saber usted que la opinión pública no conozca.
El jefe en funciones Rovira miró a ambos lados para asegurarse de que nadie nos escuchaba. Di un sorbo a mi té.
—Necesito que entienda que esta situación es muy delicada. Fuera del cuerpo no lo sabe nadie, y dentro del cuerpo no sé en quién puedo confiar, así que le exijo a usted y a sus investigadores la mayor de las discreciones. ¿Ha quedado claro?
—Descuide, jefe Rovira. Tiene mi palabra: la Sociedad del Misterio pondrá todos sus recursos y la mayor discreción para ayudar al Cuerpo de Bomberos.

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Desde mucho tiempo atrás, la relación de la Sociedad del Misterio con el Cuerpo de Bomberos ha sido asombrosamente cordial. Tras el incendio de la vieja residencia de la familia Hormigo, allá por 2008, un caso que resultó esconder mucho más de lo que pudiera intuirse, yo ya había pensado en acercar lazos con el departamento por si necesitábamos asesoramiento en alguna ocasión. Sin embargo, no puedo atribuirme ni una décima parte del mérito de nuestra buena relación con los bomberos: eso habría que agradecérselo, y creo que en el fondo nadie se lo termina de explicar, a las celebraciones post-caso de mis investigadores. Mis planes no involucraban grandes cantidades de alcohol y resacas de índole internacional, pero no puedo negar que el objetivo se cumplió: a la tercera fiesta, el jefe Sebastián Barrientos y yo ya habíamos hecho buenas migas, e incluso establecido un protocolo para evitar que las resacas post-caso llegasen a un “punto de no retorno”.
Naturalmente, cuando la vivienda del jefe Barrientos se incendió la noche del domingo anterior, su esposa Teresa me llamó preocupada. A fin de cuentas, un amigo es un amigo. Ella se encontraba fuera de casa visitando a su hermana enferma, pero su esposo no tuvo tanta suerte. En aquel momento se encontraba en la UCI, con quemaduras severas por todo el cuerpo, a la espera de que despertara.
La versión oficial de los hechos era que el incendio se había debido a un accidente. Mi instinto me decía otra cosa, pero a falta de pruebas, no pensaba expresarlo en voz alta ante su reemplazo, el jefe en funciones Enrique Rovira.
Aún no, al menos.
Del bolsillo del abrigo que descansaba en el respaldo de su silla, Rovira sacó unas cuantas fotografías y me las entregó. Todas ellas fotografías de incendios. Lo que parecía ser un edificio grande de aspecto institucional, quizás un colegio o un hospital, difícil de decir a estas alturas; una fábrica con maquinaria medio carbonizada.
—Estos son los incendios que hemos apagado en el último mes —explicó—. Afortunadamente, todos sin víctimas. ¿Sabe con cuánta frecuencia nos enfrentamos a incendios tan grandes en esta ciudad?
—No.
—Rara vez llega a uno cada mes. Dos en dos semanas no es para nada algo normal.
—¿Cree que han sido provocados?
—Eso está más que demostrado, sí. El Jefe Barrientos llegó más lejos que yo.
—Explíquese.
—Barrientos piensa no sólo que los incendios han sido provocados, sino que están relacionados entre sí.
—¿Ya ha encontrado esa relación?
—Aún no, que sepamos. El sábado pasado, como todos los años, celebramos una barbacoa en el parque para los bomberos y sus familias, y allí nos comentó sus sospechas. Nos dijo que aún no había descubierto la conexión, pero que estaba convencido de que tenía que haber alguna. Y que una vez que la descubriéramos… Si hay un pirómano en serie suelto en la ciudad, la policía debería saberlo. Barrientos quería tener algo sólido para darles, para que puedan adelantarse al próximo incendio.
—Espere un momento. ¿El sábado?
Una ligerísima sonrisa se dibujó en los labios del jefe Rovira.
—Eso he dicho.
—Ahora entiendo por qué me ha pedido la máxima discreción. ¿Está seguro de esto?
—Desde luego que no. Pero ¿puedo permitirme dejarlo correr?
—Pero si sus sospechas son ciertas…
—El sábado, el jefe Barrientos dijo, delante de los hombres de su Parque de Bomberos, que andaba tras la pista de un pirómano en serie. El domingo, la casa del jefe de bomberos se incendia “por accidente”. Soy el primero que quiere equivocarse, detective, pero si uno de los hombres que acaban de poner bajo mi mando es un pirómano tengo que saberlo.
En el silencio que siguió a aquellas palabras, traté de interpretar la mirada en los ojos del jefe en funciones Rovira. Su voz era fría, directa, incluso seca; pero en sus ojos se leía la preocupación, el miedo. Su trabajo salvaba vidas. ¿Cómo podía hacerlo si no sabía en quién podía confiar?
—Pondré a mi equipo a ello de inmediato. ¿Algún sospechoso?
—Barrientos tenía tres sospechosos: Banderas, Ferraz y Lobato.
—Empezaremos por ahí. Necesitaré acceso a los edificios incendiados.
—Lo arreglaré.
—Bien. ¿Ha puesto vigilancia al Jefe Barrientos?
—¿Cómo podría hacerlo sin levantar sospechas?
—Veremos qué podemos hacer al respecto.
—Estoy abierto a cualquier idea, pero mis hombres no deben saberlo…
—Normalmente estaría de acuerdo con usted, jefe, pero creo que en este caso será inevitable.
El rostro del jefe Rovira se endureció.
—No pienso poner la vida del jefe Barrientos como cebo.
—Por eso mismo lo digo. Sus hombres nos conocen, jefe Rovira. ¿Qué cree que pasará cuando empecemos a investigar? Si el pirómano es uno de ellos, nuestra implicación acabará llegando a su conocimiento tarde o temprano; alertaremos al culpable y le obligaremos a actuar, lo que pondría al jefe Barrientos en peligro y nos arriesgaríamos a hacerle huir. Pero si todos lo saben… Se vigilarán entre ellos. Los inocentes no permitirán que uno de los suyos vaya por ahí cometiendo incendios. El culpable tendrá tantos ojos sobre su espalda que no podrá hacer ningún movimiento sospechoso sin arriesgarse a que le descubran. Paralizaremos al pirómano y ganaremos tiempo para dar con él.
—Ya veo lo que vale su palabra, detective —tronó levantándose de su silla—. Esto es un asunto demasiado serio y no voy a arriesgar la vida del jefe Barrientos jugando a policías y ladrones con usted.
—Reconsidérelo, jefe Rovira…
—No sé qué diablos vio el jefe Barrientos en ustedes —concluyó, y estampando sobre la mesa el importe de sus tres cafés se marchó.

- ? -

Esa misma noche, después del trabajo, acudí con la Junta Directiva al Noir, la cafetería frente a nuestras oficinas. No podía sacarme el caso de la cabeza, y tenía que hablarlo con alguien; y si mi fe en mis investigadores siempre había sido incuestionable, ninguno se había ganado tanta confianza como los Jefes de Departamento.
—¿Un bombero? —comentó Boniatus sorbiendo su café.
—Es pronto para saberlo, pero… Es demasiada casualidad.
—¿Y qué vamos a hacer? —quiso saber Zalaya.
—Aún lo estoy pensando. No podemos dejar este asunto sin investigar, pero si no tenemos la aprobación del jefe en funciones… Posiblemente no se nos permita entrar en las escenas del crimen ni acceso a las pruebas físicas. Incluso dudo que nos vayan a dejar hablar con los sospechosos.
—Sospechosos —musitó Celdelnord—. Qué raro se me hace, hablando de los bomberos.
—A ti y a todos —coincidió Nicolás.
—¿Y si aceptamos las condiciones de Rovira? —planteó Nicolás.
—Es lo primero que hice. Volví a llamarle y le dije que lo haríamos a su manera. Pero ya no se fía de mi palabra.
—Porque no nos conoce —expuso Boniatus—. El jefe Barrientos ya te habría dado luz verde…
—Sí, pero el jefe Barrientos no está —le interrumpí—. Y tendremos suerte si vuelve a estar pronto…
En ese momento mi teléfono empezó a sonar. El número del jefe Rovira en pantalla. Pedí silencio y descolgué.
—Ryder.
—Ha habido otro incendio —dijo Rovira con voz cansada—. He ordenado que se restrinjan las visitas al hospital al jefe Barrientos, y he dado el día libre a Banderas, Ferraz y Lobato para que puedan hablar con ellos sin llamar la atención del resto. Es todo lo que puedo darle, detective. Si cree que puede parar esto, hágalo. Sólo espero que sepa lo que hace.

Llamada a las armas

Damas y caballeros.

Nunca pensamos que llegaría este día. Pero ha llegado. El planeta se encuentra en una situación muy difícil, de sobra conocida por todos, y por primera vez, tenemos la oportunidad de salvar el mundo haciendo algo tan difícil como quedarnos en casa.

Parece fácil. Pero ya llevamos un tiempo y todos sabemos que no siempre lo es.

Y sin embargo…

Muchos son los que están ofreciendo al mundo contenidos gratuitos para ayudar a la gente a pasar la cuarentena, a combatir el aburrimiento, a hacer algo productivo. Escritores, actores, músicos, fabricantes de videojuegos, webs de formación… Todo el que tiene algo que ofrecer se está volcando para que a todos nos resulte más llevadero.

Y nosotros tenemos algo. Algo que nadie más tiene. Algo que podemos hacer desde casa, sin movernos. Algo que nos ayuda a ejercitar el intelecto, a relacionarnos con personas de todas partes del mundo, a crear, a divertirnos y (por qué no decirlo) a irnos de fiesta sin salir de nuestros salones.

Nunca creí que diría esto en serio, pero… hoy, más que nunca, el mundo necesita a la Sociedad del Misterio.

Así que volvemos. Volvemos con todo lo que tenemos, volvemos con la artillería pesada. Volvemos con la temporada completa que os prometí. El primer caso ya está en el horno y estará listo en unos días, así que desempolvad los sombreros, afilad los lápices y agudizad los ingenios, porque antes de que os deis cuenta EL JUEGO VOLVERÁ A EMPEZAR.

El Rincón Literario: Susurros de Cementerio

Damas y caballeros.

Estáis esperando un misterio. Os he prometido una temporada completa. Y desde aquí os digo que esa temporada sigue en pie, aunque todavía tardará un poco en salir. No voy a mentiros: he estado ocupado, quizás demasiado ocupado, y ha llegado la hora de que sepáis en qué.

Hace muy poco, la noche de Halloween de este año para ser exactos, que he conseguido por fin publicar mi primer libro: Susurros de Cementerio.

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Se trata de una antología ilustrada de cuentos de terror escritos exactamente en doscientas palabras cada uno (título incluido), en la que me propongo explorar algunos de los mitos más clásicos del terror, leyendas urbanas, creepypastas, y darles una vuelta de tuerca. Incluso, y esto es un reto personal así que ya me diréis si lo he conseguido, me he propuesto escribir historias de terror que giren en torno a objetos, conceptos, situaciones, tan cotidianas que a nadie se le pudiera ocurrir que dieran miedo. A continuación, os incluyo la sinopsis.

Una niña sin miedo a los demonios. Un niño asustado de la oscuridad. Una pitonisa que ve más de lo que cree. Un escritor desesperado por curar a su esposa. Una mujer maltratada que quiere cambiarlo todo. Un solitario que decide celebrar su cumpleaños.

En SUSURROS DE CEMENTERIO, Javier Martínez se propone contarnos cien historias capaces de quitarnos el sueño usando exactamente doscientas palabras. Sorprendentes e insólitas reinvenciones de monstruos clásicos y leyendas urbanas se dan la mano en esta antología ilustrada de microcuentos de terror.

Los muertos tienen historias que contar. ¿Podrás escuchar con atención todos los susurros de cementerio?

Podéis encontrarlo en Amazon, disponible para Kindle. Pero también podéis encargarlo en edición impresa por sólo 5,92€ y, si todo funciona como Amazon ha prometido, al comprar la edición en papel podréis descargar la edición digital completamente gratis.

Sé que habéis entrado aquí buscando un misterio. Y sé que, aunque os guste esta noticia, aunque os alegre saber que lo que me tenía distraído ya se ha terminado, aunque tengáis curiosidad por leer este libro, tendríais derecho a pensar “Esto no tiene nada que ver con nosotros”. No quiero que penséis eso, y menos aún teniendo en cuenta que, si vosotros no hubieseis mantenido mi vena literaria en activo, probablemente este proyecto nunca habría visto la luz. Así que permitidme que os regale un pequeño misterio:

En este libro hay más de una referencia a La Sociedad del Misterio. ¿Podréis encontrarlas todas?

Mientras tanto en el mundo: Carmen la del pincho

Reproducimos aquí la noticia del periódico ABC edición Sevilla, en la que se presenta a Carmen la del pincho, una mujer digna de ser miembro de la Sociedad del Misterio por méritos propios.

Ante una escena de asesinato que le encomendaron despejar, en el parque María Luisa, de Sevilla, antes de contaminar o destruir el escenario, dada su gran afición a las series de investigación criminal, se dedicó a colectar pruebas que, más adelante, ayudaron a esclarecer el crimen.

Y ahí lo dejo… solo para que podáis disfrutar el artículo entero.

Carmen, limpiadora del parque de María Luisa de Sevilla cuya intervención fue clave en el caso
Carmen, limpiadora del parque de María Luisa de Sevilla cuya intervención fue clave en el caso – EFE/MANUEL RUS
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EFEabcdesevillaSevilla – 24/04/2016 a las 21:02:11h. – Act. a las 21:04:52h.Guardado en:

El 24 de febrero fue encontrada en un parque de Sevilla una mujer muerta aparentemente por suicidio y se ordenó recoger la basura del entorno, perouna limpiadora con vocación de forense sospechó de un homicidio y recogió con minuciosidad la prueba que permitió detener al presunto asesino.

«Carmen la del pincho», como quiere que le llamen porque desde hace 28 años usa un palo con un pincho para recoger la basura del Parque de María Luisa, se puso una bolsa de plástico a modo de guante para recoger ocho pañuelos de papel y los «salva slip» con sangre que había detrás del banco en el que se encontró a la mujer, de 31 años.

Los restos que recogió los depositó en una bolsa de plástico independiente«para no contaminar las pruebas», y esa bolsa «con un nudo» la metió en otra mayor que es la que emplea habitualmente en su trabajo, según ha relatado a Efe.

La gran bolsa la dejó en la zona de Los Lotos del parque junto a la basura de otros trabajadores, desde donde se llevaron a un contenedor de basura amarillo.

Cuando la autopsia determinó que la mujer no murió por los fármacos que ingirió con intención de suicidarse, lo que no habría logrado porque la dosis no era mortal, sino por una violación brutal, la Policía Científica pidió recuperar todos los restos hallados junto al cadáver para analizarlos.

Entonces recibió una llamada de su capataz y ella le dijo, sin ningún género de duda, dónde estaban los restos que retiró junto al cadáver, en cuyo bolso la Policía encontró una nota de suicidio y por lo que en principio se pensó en esa posibilidad como causa de la muerte.

«Como soy muy aficionada al CSI, puse los restos en una bolsa aparte para no contaminar las pruebas, y me llamó la atención que la Policía no las recogiera antes, porque también había restos de sangre por el banco», según ha explicado la mujer en referencia a la serie de televisión que se emite desde el año 2000 sobre un grupo de científicos forenses.

Su actuación, finalmente, ha sido clave para poder detener, trece días después de localizar al cadáver, a F.M.S., un hombre de 46 años acusado por la Policía de homicidio y abusos sexuales.

Fuentes judiciales han destacado su minuciosidad porque en esos pañuelos con sangre se encontraron las únicas pruebas que vinculan al detenido con el homicidio, lo que le ha valido incluso la felicitación de la fiscal encargada del caso.

Si los hubiera puesto junto al resto de la basura, habría sido muy difícil establecer esa conexión, primero por la dificultad para encontrarlos y después por la posible contaminación.

En los pañuelos, tras los análisis científicos, se encontraron restos de la piel del acusado, que pudo ser localizado porque su ADN coincidió con las muestras que la Policía había obtenido cuando fue denunciado por malos tratos por su actual pareja, denuncia que luego retiró.

«Estoy orgullosa de lo que hice», enfatiza la mujer en el lugar en el que se encontró a la víctima, la glorieta Juanita Reina, donde días después de la muerte de la joven se le hizo un homenaje y donde el marido de la limpiadora, que considera «muy bonito» su trabajo, plantó en su honor tres «Justicia», una planta con flores blancas.

La víctima tenía 31 años y se llamaba Sara, el mismo nombre y casi la misma edad que una hija de la limpiadora, que está acostumbrada a ver numerosas relaciones homosexuales y de prostitución en el parque, hasta el punto de que algunos de los habituales de la zona le dijeron que el detenido es «un mirón de tarde», distinto a los que pululan durante su jornada laboral matinal.

El último susto que tuvo Carmen ocurrió durante la semana pasada, cuando se celebró la Feria de Abril. Una mañana, un hombre le avisó de que había una persona que no se movía y ella pensó: «igual que la pobre muchacha».

Cuando se acercó al hombre, le dio levemente con el palo en el pie, tras lo cual reaccionó y le dijo que estaba durmiendo. «Menos mal», dijo, y siguió recogiendo basura con su pincho, en muchas ocasiones condones junto a un parque infantil en la que se citan los homosexuales, en la zona conocida como Los Rosales porque hace años hubo allí numerosas rosas.”

Noticia original en: http://www.abc.es/espana/20150705/abci-crimen-historia-tres-ninas-201507041609.html