Archivo mensual: septiembre 2009

Segundo Aniversario – Caso nº 00023: UNA DUDA DESDE EL PASADO (CERRADO)

Sentado a la mesa de la cafetería del aeropuerto, en compañía de dos de mis jefes de departamento, no dejaba de consultar el reloj una y otra vez. Podría decirse que estaba impaciente por volver a ver a mi viejo amigo y colaborador… pero lo cierto es que me intrigaba su llamada. Hacía ya casi una década que no recurría a mí. ¿En qué podía estar trabajando?

Las puertas de la zona de recogida de equipajes se abrieron para dejar pasar a una marabunta de viajeros. Pero él se destacaba sobre el resto. Sus dos metros de estatura, su considerable envergadura, su cabello gris ondulado y sus inseparables gabardina negra y bufanda roja. Se detuvo en la misma puerta, dio un rápido vistazo a su alrededor, identificó el letrero de la cafetería y prosiguió su avance. Llevaba un periódico doblado en una mano y un maletín en la otra. El sol de la mañana filtrándose por los grandes ventanales de la terminal arrancaba destellos de la cadena de su reloj.

Cuando llegó a nuestra mesa me estrechó la mano con firmeza y me dijo que se alegraba mucho de volver a verme. Pero sólo sus labios sonreían. Algo le preocupaba, y mucho.

—¿Sería posible que hablásemos a solas, Jack? —preguntó en un impecable castellano sin acento.
—El Profesor Boniatus y Zalaya son de confianza, están entre la élite de la Sociedad del Misterio. Caballeros, creo que ya habréis oído hablar del inspector O’Halloran, de la INTERPOL.

O’Halloran saludó educadamente a mis compañeros, pero se le seguía viendo incómodo con su presencia. No obstante, éste era un punto en el que yo no pensaba ceder: si la Sociedad del Misterio iba a involucrarse en un caso de INTERPOL, quería que mis jefes de departamento conocieran los detalles de primera mano.

El inspector soltó el periódico sobre la mesa. Lo primero que me llamó la atención fue que no era del día… sino de una semana atrás. La noticia de portada hablaba del asesinato de una mujer de la localidad, Leyre Úbeda (48 años, soltera, profesora de secundaria) en lo que parecía haber sido un crimen pasional. Siete puñaladas. La policía aún no nos había pedido nuestra colaboración, pero sí, reconocí la noticia, y así se lo dije a O’Halloran.

—Conoces lo que pedimos a la policía que dejase que se hiciera público, Jack —replicó—. Este caso se nos echa encima y necesito tu punto de vista, así que voy a revelar información confidencial. Confío en que todos los aquí presentes seremos unos caballeros y esto no saldrá de aquí.

Tan pronto como los tres dimos nuestra palabra, O’Halloran abrió su maletín y extrajo unas cuantas fotos. Cuando me pasó la primera supe inmediatamente lo que habría en las demás.

—Herida en forma de estrella —comentó Boniatus al recibir la primera foto de manos de Zalaya—. Pequeño diámetro. En la herida del cuello se aprecia una marca circular… como si al clavarse el arma hasta el fondo la empuñadura hubiese golpeado la piel. ¿Un destornillador, tal vez?
—Espera, espera, esta herida no encaja —musitó Zalaya con la segunda foto ante sus ojos—. Todas las heridas están causadas por encima de la ropa, sin contar claro la del cuello. Así que ¿por qué está desabrochado el penúltimo botón de la blusa?
—Porque ahí es donde les practica la incisión para llegar al estómago —murmuré mecánicamente. La tercera foto, tal y como me temía, mostraba la incisión a la que había hecho referencia.
—Ya te puedes imaginar el contenido del estómago entonces, ¿no, Jack? —preguntó O’Halloran.

Inspiré hondo antes de coger la cuarta foto. Aquello, que a ojos de un observador neófito podría y debería resultar ridículo, hizo que un escalofrío me recorriera la columna vertebral. El único dato que siempre se había mantenido oculto a la prensa. El pequeño patito de goma quirúrgicamente introducido en el estómago de las víctimas.

—Ruby —dije en un hilo de voz.

Ocho años atrás, el doctor Juan “Watson” Garzón encontró un patito de goma en el estómago de una víctima de asesinato. No había sido ingerido de forma natural. La incisión en el vientre se había practicado post-mortem. La muerte fue causada por una puñalada en el corazón con un destornillador de estrella, acompañada por seis heridas más de igual factura.

Antes de que pudiésemos investigar más, el inspector O’Halloran reclamó el cuerpo en nombre de INTERPOL. El comisario Regordán indicó que el asesinato se había cometido en su jurisdicción, y que si no había una buena razón para entregarlo no lo haría. El súbdito británico explicó entonces que se trataba de la undécima víctima del apodado por la prensa “Asesino del Destornillador”, y conocido dentro de INTERPOL como “Ruby” por el patito de goma que era su firma (y del que, obviamente, la prensa nunca supo nada). Ruby había cometido asesinatos en Texas, Nevada, Nueva York, México, Argentina, Francia, Escocia e Inglaterra; una víctima por estado (salvo en Texas y en Escocia, que cayeron dos), antes de llegar a nuestra ciudad.

Tras una ardua negociación, Regordán consiguió firmar una colaboración entre ambos departamentos. Pero O’Halloran sospechaba que Ruby huía del país en cuanto olía a un agente de la ley. Por eso en Texas asesinó a dos personas… la primera víctima tardó en aparecer, pero para cuando se hicieron públicas las dos muertes el asesino desapareció para resurgir en Nevada. En Escocia, de hecho, la segunda víctima fue un policía.

Si queríamos averiguar algo antes de que desapareciera, necesitaríamos a alguien que pudiese trabajar de incógnito. Y casualmente, había un joven estudiante sin rango alguno en la policía, con un buen dominio del inglés, a quien el forense jefe recomendó sin dudarlo.

Así fue como obtuve el alias de Jack Ryder, que utilicé para aquella operación encubierta y que retomé cuando fundé la Sociedad del Misterio. Así fue como, haciéndome pasar por periodista, logré seguir la pista del asesor forense y ciudadano americano Peter D. Gordon, a quien se había visto hablando con la última víctima en más de una ocasión, y de quien conseguimos averiguar que había estado trabajando en todas las ciudades en las que actuó Ruby, justo en las fechas señaladas.

Gracias a nuestra colaboración, Peter D. Gordon fue arrestado, extraditado, juzgado… y condenado a muerte. Su abogado ha recurrido la sentencia desde entonces, pero tras el último intento el juez dictó que el acusado sería llevado a la silla eléctrica el tres de Octubre.

—¿Crees que tenemos al hombre equivocado? —pregunté.
—Conoces los datos del caso mejor que nadie, Jack —replicó O’Halloran—. Los estuviste estudiando durante meses incluso después de la detención. Si tú me dices que el hombre que los americanos tienen en el corredor de la muerte es Ruby, no necesitaré más.

Suspiré.

—Matheson me metió el miedo en el cuerpo. Por eso seguí estudiando el caso. Y entonces llegué a la conclusión que ya conocemos: que las pruebas estaban blindadas, que Gordon tenía que ser Ruby. Pero eso no quita que el abogado tenga razón… si nos equivocamos, el culpable seguirá suelto y habremos causado la muerte de un inocente.
—¿Sí o no, Jack? ¿Tenemos a Ruby entre rejas, o no?
—Este trabajo me ha enseñado a asegurarme de todo antes de poder afirmar nada, O’Halloran, y menos aún algo tan serio como esto. Hace ocho años estaba convencido. Pero quiero repasarlo para estar seguro.

O’Halloran se derrumbó en su asiento. Pero su mirada desde el principio me decía que iba a hacerlo de todas formas. Si el hombre al que teníamos entre rejas era efectivamente Ruby, entonces es que había un segundo asesino; si no, es que el auténtico asesino seguía suelto. De cualquiera de las dos maneras, teníamos a un homicida que cazar.

—Podemos ayudar, pero necesitaré meter al equipo en esto.
—Regordán me ha dicho que me puedo fiar de vosotros. ¿Qué necesitáis?
—Acceso a la última escena del crimen. Quiero que Boniatus la estudie desde cero, sin influencia de los casos anteriores.
—Se puede conseguir.
—Una entrevista con Nuria Copano y otra con Carlos Ashmoor. Necesito que Zalaya conozca a los implicados.
—Con Ashmoor no creo que haya problemas. Copano puede estar algo menos dispuesta.
—Y los informes de los crímenes originales. Quiero repasarlos con calma, ahora que tengo algo más de experiencia.
—Sin problemas. Pero piensa que tenemos un límite de tiempo…
—Normalmente trabajamos con un margen de dos semanas. Justo el tiempo que tenemos antes de que Gordon sea ejecutado. Podemos hacerlo, O’Halloran. Puedes confiar en mí.

Intercambiamos algunas palabras más y nos separamos. O’Halloran debía volver a comisaría a ver si había nueva información, y nosotros teníamos que ponernos manos a la obra. Pero creo que intuyó que, en parte, le había mentido.

Claro que haríamos el trabajo. Pero ¿cómo podía decirle que confiase en mí… si yo mismo no estaba seguro de haber condenado al hombre correcto?

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Segundo Aniversario – Apéndice al caso nº 00022: EL REGALO DE ARJONA

El mensaje de Arjona era claro: el día, la hora y el canal, acompañados únicamente de las palabras “Feliz cumpleaños”. Así que ahí estábamos todos, pendientes del televisor, con las luces apagadas y las persianas bajadas, con palomitas preparadas y una bañera de grog burbujeando por si acaso. Pero creo que, en el fondo, nadie se terminaba de esperar esto:

»Desde siempre —anunciaba un locutor en off—, el ser humano se ha visto fascinado por esos personajes inteligentes y observadores, capaces de adivinar hasta el más mínimo detalle con solo un vistazo, que ponen su talento al servicio de los demás. Desde clásicos como Sherlock Holmes, Jane Marple, Hercules Poirot o Joseph Rouletabille, hasta figuras más contemporáneas como Jessica Fletcher, el Teniente Colombo, Gil Grissom o incluso el doctor Gregory House —las imágenes de todos ellos desfilaron por la pantalla—. Disfrutamos de sus aventuras de ficción, nos sorprendemos con la aplastante lógica de sus razonamientos y la espectacularidad de sus conclusiones, saboreamos sus historias con el amargo regusto de saber que es difícil encontrarlas en la vida real.

»Pero tal vez no resulta tan difícil. Sólo hay que saber investigar

.

La ya reconocible imagen del Palacio de Congresos nos dio la primera pista de lo que estaba por venir.

»Un congreso internacional de criminalistas. Uno de los asistentes es un asesino, otro será su víctima, y nadie sabe quién matará a quién ni cómo. El reloj corre en contra de la víctima desconocida, le quedan cinco días de vida. Y sin embargo, tres días antes de que se cometa el asesinato, el criminal es descubierto y arrestado. ¿Cómo pudo ocurrir?

»—Yo hice el arresto, sí, y la investigación desde dentro —anuncia Arjona ante las cámaras—; pero sería injusto atribuirme todo el mérito. Recibimos ayuda externa, la inestimable colaboración de una agencia de detectives consultores con los que hemos trabajado ya en muchas ocasiones… Me refiero, por supuesto, a la Sociedad del Misterio.

Y en ese momento aparece en pantalla la huella dactilar con su interrogante entre sus surcos que es nuestro emblema, y sobreimpreso el título del reportaje:

LA SOCIEDAD DEL MISTERIO
EL JUEGO HA EMPEZADO

»Una agencia de detectives consultores —prosigue el locutor ante un plano de nuestro edificio—. Una academia de investigación criminalística. Un centro donde se reúnen todos aquellos que creen que se puede utilizar el cerebro para hacer de este mundo un lugar más seguro. Pero ¿qué es en realidad la Sociedad del Misterio?

»Hace hoy dos años, el investigador jefe Jack Ryder, antiguo colaborador de la Policía —Dios, no me puedo creer que hayan cogido esa foto mía—, fundó la Sociedad del Misterio. El objetivo era muy simple: poner a disposición del público toda la información de un caso a la que se pudiera acceder, para contar con la colaboración ciudadana y desentrañar misterios sin resolver. Siempre dispuestos a ayudar a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, la Sociedad del Misterio abre sus puertas a todo aquél que quiera contribuir a una investigación. Y de momento, se puede decir, están ofreciendo unos resultados más que considerables.

»Más de una veintena de casos resueltos dan fe de la calidad de su trabajo. Asesinos descubiertos y cazados, algunos robos desentrañados, dos secuestrados rescatados, incluso una estafa relacionada con un robo perpetrado hace más de cincuenta años. Criminales desenmascarados gracias a pequeños detalles como la falta de sangre en el cuerpo, un salmón descongelado o, como en este último caso, la alergia de un invitado. Mentes brillantes, razonamientos deductivos, y todo ello puesto al servicio de la comunidad.

»Y siguen creciendo. Cuando la Sociedad del Misterio abrió sus puertas, apenas contaría con una docena de investigadores. A día de hoy ya se han creado tres departamentos de investigación, dirigidos por tres investigadores que han probado ya de sobra su valía: el Profesor Boniatus, el investigador Jnum, y el investigador Zalaya. Además, gracias a las nuevas tecnologías se recibe la participación de investigadores de todo el mundo —Un mapa del mundo iluminado con las visitas que recibe la Sociedad—. Desde España hasta Argentina, pasando por México, Canadá, Estados Unidos, Francia, Alemania, Suecia o Rumanía, la Sociedad del Misterio reúne a los mejores investigadores independientes para resolver las grandes interrogantes de nuestra sociedad.

»Pero ¿qué opina la policía, la fuerza oficial designada para proteger y servir, de la aparición de este fenómeno?

»INSPECTOR VÍCTOR ARJONA
Homicidios

—No es una competición. Nuestro trabajo consiste en garantizar la seguridad de la gente. La Sociedad del Misterio nos ayuda a alcanzar ese objetivo.
—Entonces, ¿no cree usted que entorpezcan sus investigaciones?
—Siempre han respetado mucho el papel de la policía. No intentan pisarnos el terreno, de hecho cuando algo es competencia nuestra nos lo sugieren, en lugar de intentar investigarlo ellos por su cuenta.

»INSPECTOR EVARISTO MENDOZA
Homicidios

—Son unos aficionados. ¿Dejaría usted que le operase del corazón un friki de las series de médicos? Mire, no digo que no hayan tenido suerte y acertado alguna que otra vez; pero por lo general, deberían apartarse y dejar el trabajo de investigación en manos más capacitadas… en nuestras manos, sin ir más lejos.
—Sin embargo, hace poco usted cerró la investigación por la muerte de un asesino a sueldo, y ellos vieron que había algo más en el caso y lograron evitar un segundo asesinato. ¿Qué dice a eso?
—Se acabaron las preguntas.

La Sociedad estalla en risas. Uno a uno, Mendoza, acabamos de empatar.

»Por supuesto no todo han sido triunfos en el currículum de la Sociedad del Misterio. En dos ocasiones hasta la fecha, el investigador jefe Ryder o la Sociedad al completo se han visto convertidos en sospechosos de asesinato… y han logrado demostrar siempre su inocencia con pruebas concluyentes. La segunda de estas ocasiones, que los despertó con la aparición del cuerpo sin vida del doctor Carlos Duarte en sus propias oficinas —la foto de la orla de Carlos Duarte—, es uno de los pocos casos que aún continúan sin resolver. Se sabe quién no lo hizo… pero sólo eso.

»Sin embargo, sería un error ignorar las estadísticas. A día de hoy, la Sociedad del Misterio ha logrado resolver un aplastante noventa y uno por ciento de sus casos. Misterios en los que las últimas palabras de un alemán moribundo parecían incriminar al humilde sacristán de una iglesia de barrio. Enigmas en los que una mano cortada desafía a los detectives a encontrar el resto del cuerpo. Intrigas en las que ancestrales tomos orientales se ven inexplicablemente transmutados en cajas de porno. Todos ellos resueltos, siempre en un máximo de catorce días.

»A veces sólo hace falta saber observar. Estudiantes, ingenieros, artistas, maestros. Tándemes formados por madres e hijos, por parejas sentimentales, demostrando lo útil del trabajo en equipo. Muchas veces la colaboración ciudadana ha ayudado a detener a criminales buscados por la Justicia… y ahora, gracias a la Sociedad del Misterio, sabemos que cualquiera con una mente lo bastante ágil puede descubrir al asesino.

Mientras los títulos de crédito desfilan por la pantalla, mostrándonos los nombres de los periodistas que nos sustituyeron en el Congreso, me repantigo en mi asiento y disfruto de los vítores de mi equipo. Dos años de impecable trabajo de investigación han recibido la recompensa que se merecían. “Bien hecho, damas y caballeros”, pienso para mí, cuando de pronto suena el teléfono.

—Ryder, dígame… —digo tratando de hacerme oír entre el jaleo de la celebración—. ¿Quién? ¡Ah, coño, qué de tiempo! Nada, que nos pillas aquí celebrando nuestro segundo cumpleaños… ¿qué? ¿Mañana? Sí, claro que te puedo ir a buscar, pero… ¿cómo? Oye, te noto… no sé, ¿va todo bien? Sí, sí, por supuesto, cuenta conmigo… ¿a qué hora llega tu avión? Vale, pues allí estaré. ¡Oh, y buen viaje!

Cuelgo. Hacía tiempo que no oía esa voz, y no hará mucho que me quedé con las ganas de reencontrarme con él. Pero estaba serio, preocupado. Podía notarlo en su voz. Incluso casi diría que había algo que le asustaba.

En fin. Es un error teorizar sin pruebas. Al día siguiente nos encontraríamos y me contaría cuál era el problema. Hasta entonces, teníamos una fiesta que celebrar.

Probablemente fue cuando teníamos las luces apagadas. O quizás después, mientras todos estábamos demasiado distraídos con la fiesta como para notarlo. Pero a la mañana siguiente, encontraríamos un pedazo de papel pisoteado demasiadas veces, con sólo dos palabras mecanografiadas: “Feliz Aniversario”.

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