Archivo mensual: mayo 2009

Caso nº 00021: EL TESORO DEL EXILIADO (CERRADO)

Gervasio Peláez no podía tener menos de noventa años, y parecía estar más cerca del siglo. Sus ojos enmarcados en arrugas no eran capaces de ver más allá de su nariz, la cual goteaba constantemente. Su cuerpo, menguado con los años, no dejaba de temblar como una hoja. Le llevó casi dos minutos llegar desde la entrada de mi despacho hasta el asiento que se le ofrecía. Cuando finalmente consiguió sentarse, se quitó el raído sombrero con el que se tocaba y lo depositó sobre sus rodillas, descubriendo un rostro tostado por el sol pero marcado por cicatrices de toda una vida.

El tipo de persona, pensé, que aún enviaría cartas manuscritas a día de hoy. Y el tipo de persona que pediría ayuda para escribir una carta.

—En su carta decía que quería contratar nuestros servicios —dije para iniciar la conversación.
—Ustedes son detectives, ¿no es así? —titubeó con voz vacilante, pero con una firme determinación en sus ojos casi ciegos.
—Así es. Hemos resuelto ya un par de docenas de casos, asesinatos principalmente pero también robos y secuestros, e incluso un caso de amenazas…
—Necesito que me ayuden a buscar un tesoro.

Pausa dramática.

—Un tesoro —repetí.
—Me ha entendido mal. No estoy loco, joven. No es que tenga un mapa del tesoro perdido del pirata Barbanegra, si es lo que cree.
—No tengo datos suficientes aún para creer nada, señor Peláez. ¿Quiere contarme su historia?

Al saber que aún no estaba siendo juzgado, suavizó el gesto y comenzó.

—Mi padre, que Dios lo tenga en su gloria, era constructor. Estaba bastante bien situado, tenía algunos cuantos contratos para gente de confianza del mismísimo Alfonso XIII, por lo que nunca nos faltó de nada mientras él vivía. Pero cuando empezó todo lo del Expediente Picasso, se empezó a obsesionar con atesorar todo lo que teníamos. Así que escondió la fortuna familiar en algún lugar de nuestra casa, pero nunca nos dijo ni a mi madre ni a mí dónde la guardó. Recuerdo que siempre la llamaba “El salvavidas”.

»Murió durante el golpe de estado de Primo de Rivera, por lo que mi madre y yo quedamos solos, arruinados y frustrados. Sabíamos que teníamos bastante dinero, pero no teníamos ni idea de dónde estaba. Madre murió poco después, por enfermedad, teniendo yo trece años. Así que me quedé completamente solo…
—Disculpe la interrupción —intervine—… ¿cómo pudo esconderlo todo en algún lugar de la casa familiar sin que ni usted ni su madre vieran nada?
—Madre y yo solíamos ir a visitar a mi abuela, en paz descanse. Padre solía quedarse en casa. Supongo que lo haría en una de esas escapadas.

»De cualquier manera, de algo tenía que vivir. Así que tuve que dejar la casa y empecé a trabajar como mozo de cuadras. Pero al estallar la Guerra Civil, se supo que mi amo había colaborado con los comunistas y tuvimos que irnos todos al exilio, primero a Francia y de ahí a México. Ahí es donde he pasado los siguientes sesenta y siete años de mi vida.

»¡Y no es que me queje! Allí pude desarrollar mis actividades artísticas. Me he estado ganando bien la vida en Latinoamérica, hasta que me empezó a fallar la vista. Me retiré, olvidado ya el tesoro de mi padre y decidido a vivir mis últimos años de vida con tranquilidad y tirando de lo que había podido ganar como pintor.

»Entonces fue cuando encontré esto —dijo, sacando lentamente un sobre del bolsillo interior de su chaqueta—. Estaba entre las viejas pertenencias de mi padre, lo que me pude llevar conmigo. Es una especie de acertijo… no sabía lo que podía ser hasta que leí la última palabra.
—“Salvavidas” —leí—. Instrucciones dejadas por su padre para recordar dónde escondió el tesoro.
—Exactamente —replicó con un guiño—. Suponiendo que se trataría de eso, cogí el primer vuelo a España para comprobarlo. Pero yo ya no estoy para resolver adivinanzas, y mucho menos para poner la casa patas arriba buscando pistas. Mi memoria no es lo que era, y mis ojos ni le cuento.
—Por eso quiere contratarnos. Necesita ojos y cerebros extra.
—La fortuna es bastante grande, joven. Comprenderá que no tengo una cifra exacta. Pero si me ayudasen a encontrarla, les recompensaría con un veinte por ciento.
—Si me permite la curiosidad… ¿exactamente en qué consiste dicho tesoro?
—Dinero, joyas, y algunas obras de arte.

Carraspeé.

—¿Y qué… ejém… qué tipo de obras de arte?
—Jarrones, estatuillas, esas cosas.

Suspiré aliviado. Me preocupaba que don Gervasio entendiese como “Obras de Arte” lo que nosotros entendíamos como “almacén de pruebas, estanterías uno a treinta y ocho por ahora”.

—Es un poco arriesgado suponer que el tesoro sigue ahí después de más de medio siglo, si me permite el comentario…
—Tengo algunos ahorros. Si el tesoro no aparece, igualmente les pagaré por sus servicios. Pero sé que la vieja casa de mi familia sigue en pie, así que… estoy seguro de que el tesoro sigue donde mi padre lo dejó.
—Señor Peláez, tiene que entender unas cuantas cosas. En primer lugar, nosotros podemos encontrar lo que busca… si sigue estando ahí. Pero quizás le resultaría más fácil, rápido y económico derribar la casa y buscar entre los escombros. Si su padre era constructor, no me extrañaría que hubiera escondido el tesoro dentro de los tabiques.
—Oh, no, no, hay obras de arte en ese tesoro. No me gustaría dañarlas. A la casa claro que le tengo cariño, pero he vivido fuera de ella demasiados años como para ponerme sentimental.
—Y en segundo lugar, en la Sociedad del Misterio tenemos una política: si en dos semanas no hemos encontrado nada, consideraremos que el rastro se ha enfriado y que las posibilidades de éxito se reducen. Eso quiere decir que, si para entonces no tenemos resultados, cerraremos la investigación.
—Si eso ocurre… a menos que encuentre otra solución, haré caso de su sugerencia y derribaré los tabiques. Pero primero quiero intentarlo con las instrucciones de mi padre.

Las instrucciones. Sostuve el papel entre mis dedos, enguantados para no dejar huellas. Desde luego parecía una especie de acertijo demasiado largo… necesitaría saber cómo era la casa para encontrarle algo de sentido:

Empiezo mirando a mi ángel fijamente a los ojos. Un ángel siempre protege lo más sagrado, y me recuerdo que es eso lo que estoy haciendo. Desde ahí retrocedo seis pasos, giro tres cuartos de hora y avanzo hasta llegar a las escaleras. Al otro lado de las mismas, el pasado me recuerda que se me hace tarde, así que sigo caminando. Dejo que mi estómago me guíe, pero las paredes me oprimen así que huyo de ellas. Sin dejar de caminar en línea recta, pronto echo de menos las paredes, así que sin girarme vuelvo a ellas. Y desde aquí, donde guardo aquello que mi mujer y mi hijo nunca deben encontrar, escribo estas palabras en honor al salvavidas.

—Bien, creo que mi compañero el investigador Zalaya estará encantado de tomarle declaración. El Profesor Boniatus, que es ese amable caballero que vigila la cafetera como si le fuera la vida en ello, necesitará conocer la dirección de la casa. Y ya que lo menciono, ¿le apetece un café?

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LA ACADEMIA DEL MISTERIO – Lección 00004: Pruebas ambiguas

Bienvenidos una vez más a la Academia del Misterio. En la lección de hoy, vamos a hablar de algo que nos podemos encontrar en más de una ocasión: ambigüedad en las pruebas.

Como siempre os he dicho, nosotros trabajamos con pruebas, con hechos, con todo aquello que el culpable deja atrás a sabiendas o no. El trabajo del investigador consiste en recopilar esos hechos, atar los cabos y deducir a qué nos lleva todo eso.

El problema es… que muchas veces, las pruebas que tenemos (o al menos las que tenemos a la vista) pueden conducir perfectamente a más de una conclusión diferente. Y mientras no se conozcan más datos, probablemente será imposible descartar ninguna de esas conclusiones. Es por ello que conviene fijarse en todos los detalles que rodean al caso; la mayoría serán irrelevantes casi siempre, pero siempre habrá alguno que desmienta una teoría equivocada, y por tanto ignorar ese detalle sería un error demasiado arriesgado.

Sé que dicho así puede quedar un poco obtuso, así que permitid que os lo exponga, como ya es tradición, con un ejemplo extraído de los casos de Sherlock Holmes. Esta vez voy a extraer un fragmento de diálogo de “La Aventura del Constructor de Norwood”.

Os pongo en antecedentes. Un joven procurador, John Hector MacFarlane, recibe la visita de un viejo constructor retirado, el señor Jonas Oldacre, que le pide que le redacte su testamento partiendo del borrador que le proporciona. Para su sorpresa, MacFarlane descubre que, salvando un par de detalles, Oldacre se lo deja todo en herencia a él. Al parecer, Oldacre es un viejo amigo de sus padres. Le pide que acuda esa noche a su casa en Norwood para llevarle el testamento redactado, revisarlo, firmarlo y sellarlo. El joven se presenta allí esa noche, terminan tarde con el papeleo, se pregunta dónde habrá dejado su bastón la criada que le abrió la puerta y, como ya es noche cerrada, se queda en un hotel y regresa a su casa al día siguiente. Al día siguiente, el periódico cuenta que se ha producido un incendio en el almacén de madera en la parte posterior de la casa, que Oldacre había desaparecido, que su caja de caudales estaba abierta y que se había encontrado el bastón del joven MacFarlane manchado de sangre. El presente fragmento de diálogo, que ilustra a la perfección las múltiples interpretaciones que se pueden extraer de un número incompleto de pruebas, tiene lugar entre el Inspector Lestrade, quien está convencido de la culpabilidad de MacFarlane, y Sherlock Holmes, que no lo ve tan claro.

-¿Que no lo ve claro? Pues si esto no está claro, no sé qué puede estarlo. Tenemos un joven que se entera de repente de que si cierto anciano fallece, él heredará la fortuna. ¿Qué es lo que hace? No le dice nada a nadie v se las arregla, con cualquier pretexto, para visitar a su cliente esa misma noche; espera hasta que se haya acostado la única otra persona de la casa y entonces, en la soledad de la habitación, asesina al viejo, quema el cadáver en la pila de madera y se marcha a dormir a un hotel cercano. Las manchas de sangre encontradas en la habitación y en el bastón son muy ligeras. Es probable que creyera que el crimen no había derramado sangre, y confiara en que si el cuerpo quedaba consumido desaparecerían todas las huellas del método empleado, huellas que por una u otra razón lo señalarían a él. ¿No resulta evidente todo esto?
-Mi buen Lestrade, para mi gusto es un pelín demasiado evidente -dijo Holmes-. La imaginación no figura entre sus grandes cualidades, pero si pudiera por un momento ponerse en el lugar de este joven, ¿habría usted escogido para cometer el crimen precisamente la primera noche después de redactar el testamento? ¿No le habría parecido peligroso establecer una relación tan próxima entre los dos hechos? Y lo que es más: ¿habría usted elegido una ocasión en la que se sabía que estaba usted en la casa, ya que un sirviente le ha abierto la puerta? Y por último: ¿se tomaría usted tantas molestias para hacer desaparecer el cuerpo, dejando al mismo tiempo su bastón para que todos supieran que es usted el asesino? Confiese, Lestrade, todo eso es muy improbable.
-En cuanto al bastón, señor Holmes, usted sabe tan bien como yo que los criminales a veces se ofuscan y hacen cosas que un hombre sereno no haría. Probablemente, le dio miedo entrar otra vez en la habitación. A ver si puede presentarme otra teoría que encaje con los hechos.
-Podría presentarle media docena con toda facilidad -respondió Holmes-. Aquí tiene, por ejemplo, una muy posible, e incluso probable. Se la ofrezco gratis, como regalo. Un vagabundo que pasa por allí los ve a través de la ventana, que sólo tiene la persiana medio bajada. El abogado se marcha. El vagabundo entra. Coge un bastón que encuentra por ahí, mata a Oldacre v se larga después de quemar el cadáver.
-¿Para qué iba el vagabundo a quemar el cadáver?
-¿Y para qué iba a quemarlo McFarlane?
-Para hacer desaparecer alguna prueba.
-Puede que el vagabundo quisiera ocultar el hecho mismo de que se había cometido un asesinato.

Por supuesto, con lo que os he relatado no os resuelvo el misterio. Aún podéis disfrutar de su lectura si todavía no lo habéis hecho. Pero como podéis ver, las mismas pruebas parecen apuntar en más de una dirección posible.

A nosotros mismos nos ha pasado también más de una vez. El Padre Piña lo puede certificar en, al menos, dos ocasiones: el aparente suicidio de Jorge Brezo, que podría haber quedado sin resolver si no hubiéramos encontrado el pescado descongelado en su nevera; y las últimas palabras de un moribundo que parecían acusar al Padre Froilán, y que habrían sido consideradas como tales si la víctima no hubiese sido alemán. Nuestro último caso, sin ir más lejos, tenía todas las papeletas para acabar (como de hecho acabó, aunque fuese por motivos diferentes) con Chema Pascual y Yolanda Ferrán entre rejas. Las cámaras incluso les registraron entrando en el establecimiento. Y sin embargo, ya pudisteis ver lo diferente que fue el resultado.

Por eso es importante estudiar todos los hechos. Algunos serán irrelevantes, normalmente la mayoría de ellos; pero los habrá que le quiten todo el sentido a alguna de las teorías. Ese es el auténtico papel de lo que aquí llamamos “la incoherencia incriminatoria”.

A continuación, y para no perder las sanas costumbres, vamos a comprobar si habéis entendido el concepto. Los más veteranos ya sabéis cómo funciona esto: voy a plantearos un ejercicio práctico y a activar la moderación de comentarios; a partir de ese momento, vosotros disponéis de una semana para publicar vuestras conjeturas. Permancerán ocultas para que, si alguien acierta, los demás aún puedan seguir jugando. Dentro de siete días, sin embargo, sabréis cuál era la solución. Os aviso que el de hoy puede ser algo retorcido… que al final los resolvéis todos muy rápido 😉 ¿Listos?

Dos detectives van dando un paseo por la calle. Junto a ellos pasa una mujer, de algo menos de treinta años, riñendo a un niño de no más de cuatro. La mujer habla en español, pero su acento es claramente francés. Lleva anillo de casada. La mujer está muy bronceada, pero el niño no. Ella se refiere al padre del niño como “Tu padre”, y al niño por su nombre (Luis). El niño no la llama de ninguna forma, ni por su nombre ni “Mamá”, pero la trata con mucha confianza y se ríe cada vez que ella habla. Partiendo de esos datos, el primer detective dice “El idioma natal de ella es el francés, pero el de él es el español. No es su madre, probablemente es su niñera o una amiga de la familia que lo está cuidando”. El segundo, sin embargo, dice “Lleva anillo de casada, el niño es pequeño. El padre es español y están educando al niño en ese idioma”.

¿CUÁL DE LOS DOS ES MÁS PROBABLE QUE TENGA RAZÓN?

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