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MIENTRAS TANTO EN EL MUNDO: Un asesinato de 1000 años al descubierto

Que el crimen no es algo nuevo es cosa conocida, y la Historia de la Humanidad es buen testigo de ello. Sin embargo el que os traemos hoy es uno de esos crímenes cometidos tiempo ha, y que de pronto saltan a la palestra, con poco más que unos huesos y una historia muda que apenas los forenses y antropólogos pueden relatar con base en esos despojos.

El presente caso nos remite a 160km de Dublín, donde una fuerte tormenta, un árbol fue arrancado de raíz. Cuál no sería la sorpresa de los vecinos cuando, al mirar en el socavón, se encontraron la escena de un crimen. Un cadáver, los huesos, apenas, que confirmaron los antropólogos que se trataba de un varón, joven, muerto a cuchilladas en el pecho.

Un crimen sin esclarecer (tampoco es que tengamos registros criminales de la época), pero que nos revelan un crimen a todas luces sin resolución, donde la víctima fue enterrada y olvidada. Alguien la echaría de menos. Y las puñaladas fueron muchas. Se defendió (hay huellas de ello en los huesos), y fue dejado en ese lugar, donde años después crecería un alto y fuerte árbol.

crimen del árbol

Podríamos decir que casos así se pueden contar por miles, pero en este caso, aunque ya no tengamos acceso a la posible resolución del caso, no deja de ser notorio que siempre resulta, al final, igual: un cadáver, un crimen, un escenario, y un intento de ocultarlo o disimularlo… Un crimen que no podremos resolver, más que haciendo elucubraciones en días nublados como este mientras tomamos café mirando la ciudad.

Dejamos aquí el artículo original. Cada cual saque sus conclusiones. ¿Alguna teoría? Abajo encontraréis el enlace.

Crimen de raíz

¡Un saludo a todos!

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Archivado bajo arma blanca, asesinato, Homicidio, Mientras tanto en el mundo, Mycroft

Caso nº 00035 – OMERTÁ (CERRADO)

omerta-cerrado

En estos cinco años y medio, la Sociedad del Misterio ha tenido clientes de todo tipo. La policía suele recurrir a nosotros con bastante frecuencia, pero también hemos ayudado a una joven desconsolada por la muerte de su hermano, a un sacristán injustamente acusado de asesinato, incluso a una actriz porno amenazada de muerte. Nunca hemos hecho distinción: si alguien nos necesita, allí estamos.

Aún así, creo que nunca imaginamos que llegaríamos a trabajar para un cliente así.

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Firmé el acuerdo de confidencialidad que tenía frente a mí y pasé la pluma de oro al Profesor Boniatus. Rechacé educadamente el sin duda excelente vino que me ofrecía el anciano mayordomo y, mientras el resto de la Junta Directiva firmaba el documento legal, sostuve la mirada de nuestro nuevo cliente.

Giancarlo Rosano me contemplaba con interés desde el otro lado de su enorme escritorio de caoba, con los dedos entrelazados frente al mentón y una mirada gris y cansada. Oficialmente, el hombre que requería nuestros servicios era un empresario de la construcción, un hombre de negocios que estaba consiguiendo capear con éxito la crisis económica mundial. Junto a él, como una torre, se erguía Antonio Pesci, abogado de la familia y mano derecha de Rosano. Un hombre alto y espigado de mirada astuta y hosca.

Mycroft fue el último de nosotros en firmar. Pese a que no iba a participar de forma activa en el caso, su vinculación con la Sociedad del Misterio hacía que su rúbrica también fuese necesaria. Con calma, empezó a leer el documento.

—Es una mera formalidad, Mycroft —dijo Pesci.

—Me hago cargo, Antonio —respondió Mycroft sin apartar la mirada del contrato.

Finalmente estampó su firma sobre el papel. Acto seguido lo hicieron Pesci y Rosano. Ahora era oficialmente nuestro cliente.

—Son ustedes detectives —dijo Pesci—, así que no les insultaré negando nuestro conflictivo pasado. A cambio, ustedes no nos insultarán negando nuestro presente.

—Nos debemos a los hechos, señor Pesci —respondí—. Las pruebas demuestran que la familia Rosano aún tiene una buena relación con los Sidone, aunque sigue enemistada con los Vitti y los Manetta. Pero a día de hoy, esa parece ser la única conexión del apellido Rosano con el Sindicato.

No es elegante decir “Crimen Organizado” delante de un mafioso, aunque sea uno reformado. Poco elegante y peligroso.

—Usted muestra respeto —musitó Pesci—. Hoy en día eso es algo que cuesta encontrar.

—Nuestro acuerdo es muy sencillo, caballero. Hemos venido aquí porque ustedes necesitan ayuda para esclarecer un misterio y quieren dejar a las autoridades fuera. Como asesores privados, no  estamos obligados a meter a la policía en esto, y mientras no seamos testigos ni partícipes de algo manifiestamente ilegal esta situación no tiene por qué cambiar. Quedando atrás su pasado, como usted bien dice, no tiene por qué darse esta situación, así que ¿por qué no tratarle con el mismo respeto que a cualquier cliente?

Por el rabillo del ojo pude ver que Boniatus estaba inquieto. Y podía entenderlo: la imponente verja de hierro por la que nos habían conducido se había cerrado a nuestras espaldas y no parecía querer volver a abrirse. Estábamos aislados del mundo.

Entonces, cuando Pesci estaba a punto de decir algo, Rosano alzó su mano derecha para detenerlo y tomó la palabra por primera vez.

—Acompáñenme, por favor —dijo levantándose de la silla. Al verlo de pie, nos dimos cuenta de que era mucho más bajo de lo que pudiera parecer… pero aún así seguía teniendo una presencia ominosa y amenazadora.

Precedidos por el mayordomo, que iba abriendo las puertas al paso de su señor, fuimos conducidos por los amplios pasillos hacia la cocina, de ahí a un atrio con suelo de tierra y elegantes columnas romanas, y finalmente al garaje. Se trataba de una monumental cochera que daba acceso directo al exterior. Estaba completamente equipada para el mantenimiento de los tres automóviles que descansaban en el interior: un banco de trabajo, un completo surtido de herramientas, incluso una fuente de piedra para lavarse las manos, con una rejilla de hierro en el suelo que hacía de desagüe. La puerta abatible parecía enormemente pesada, a juzgar por el tamaño del motor que la levantaba.

Uno de los tres vehículos era un Chrysler Imperial Roadster de 1933, un coche clásico y elegante. En el estado en que nos lo mostraron, se trataba de un carísimo colador con ruedas.

—Hace tres días falleció un asociado mío, Giovanni Palmintieri. En su poder tenía cierta información que declaró sensible, y dejó instrucciones de que, si le ocurría algo antes de poder entregármela, mi gente la recogiera y me la trajera aquí. Ayer por la tarde, dos de mis hombres de confianza, Luca Buonarotti y Aldo Bassi, volvían del taller, de recoger el Imperial, y ya que estaban por la zona se encargaron de recoger la bolsa en la que Palmintieri guardaba esa información. Volvieron a la finca y activaron el Protocolo de Seguridad hasta poner dicha bolsa a buen recaudo…  —respiró hondo antes de continuar—. Fueron abatidos a tiros tan pronto como bajaron del coche.

—¿Qué es el Protocolo de Seguridad? —preguntó Parmacenda.

—Todos los accesos a la finca cerrados —aclaró Pesci—. Nadie puede entrar ni salir sin mi autorización expresa. Lo han experimentado al entrar.

—Luego el asesino debió entrar antes de que se implantara ese protocolo. ¿Cómo salió?

El silencio de Rosano nos hizo comprender la situación: con el protocolo de seguridad implantado, el asesino no había podido salir. Estaba en la finca con nosotros.

—¿La bolsa? —preguntó Mycroft.

—Desaparecida.

—¿El arma? —inquirió Celdelnord.

Nuevamente, Rosano se mostró incómodo.

—Es una Tommy del 28 —explicó Pesci.

—Vaya —exclamó Nicolás—. Eso a día de hoy es casi una pieza de museo. Quiero decir, incluso si hablamos dentro de los parámetros del cr… del Sindicato, ¿quién tiene un arma así hoy en día?

—Yo —admitió Rosano—. Adquirí una hace dos semanas, para mi colección. Había sido autentificada como el arma que Elliot Ness usó en una de sus redadas contra los soldados de Capone. Estaba en mi sala de trofeos. Se encontró tirada en el suelo junto al coche, justo ahí.

No pude contener un silbido de admiración. ¡El arma de Elliot Ness!

—¿No estaba inutilizada?

—¿Compraría usted la Giocconda original para cortarle la sonrisa? ¿El David original para hacerle añicos la cabeza? No se puede inutilizar el arte.

—Sigue sin ser legal.

—La Peacemaker de Wyatt Earp. La Luger de Göring. Incluso las Astra de ese Caudillo que tuvieron ustedes. Cuando se justifica el valor histórico de un arma, cuando está documentado que dicha arma perteneció a una figura de relevancia en la Historia, no se la inutiliza. Este arma está documentada, tengo los papeles del FBI que cerfitican que ha estado en un almacén de pruebas.

—¿De quién sospechan? —pregunté directamente.

—Hemos registrado la casa a fondo y no hay nadie más que los que normalmente están aquí. Tiene que ser uno de los míos.

—Omertá —musitó entonces Boniatus.

—¿Perdón? —dije.

—La Ley del Silencio —explicó—. La prohibición categórica de la cooperación con las autoridades estatales o el empleo de sus servicios, incluso cuando uno ha sido víctima de un crimen. Por eso han acudido a nosotros, y por eso el acuerdo de confidencialidad. Piensan que uno de los suyos es un chacal de una de las familias rivales.

—Estoy fuera de ese juego —explicó Rosano—. Pero si es eso lo que ha pasado, si esto es obra de los Vitti o de los Manetta… No, meter a la policía en esto sólo sería complicar las cosas. ¿Pueden resolverlo ustedes?

—Tendremos que hablar con toda la gente de la casa —dijo Parmacenda.

—Contándome a mí, somos nueve.

—Aquí nos vendría bien Zalaya —musitó.

—Sí, pero mientras no termine su investigación no puede regresar al país, ya lo sabes —expliqué.

—Necesitaré pleno acceso a la hacienda —argumentó Boniatus.

—Yo al coche y al arma en todo momento, y posiblemente a más objetos que encuentre mi compañero—agregó Celdelnord.

—Concedido.

—Yo necesitaré saber todo cuanto sea posible sobre su familia —solicitó Nicolás.

—Le proporcionaré toda la información que necesite —terció Pesci.

—Podemos resolver este caso, señor Rosano —dije—. El asesino ya ha cometido su primer error: ha atacado cuando no podía entrar ni salir nadie. Pero debo hacerle una pregunta, y necesito una respuesta totalmente franca.

—Adelante.

—Cuando encontremos al asesino, ¿qué hará usted?

El silencio que siguió a aquella pregunta heló la sangre en las venas de los presentes. Rosano me taladró con la mirada.

—Si cree que puede insultar al señor Rosano en su propia casa… —objetó Pesci.

—No es mi intención —me apresuré a explicar—; pero si la policía se queda fuera de esto, necesitamos saber cuáles son sus planes, dado que según los términos de nuestro acuerdo no vamos a ser cómplices de nada ilegal.

—Su deber, señor Ryder, es encontrar a un asesino —respondió Rosano—. Cumpla usted con su deber, y yo cumpliré con el mío. ¿Va a cumplir con ese acuerdo que tan diligentemente acaba de esgrimir contra mí, o tendré que buscar a alguien que sí lo haga?

Agaché la cabeza, oculté mi mirada bajo el ala del sombrero. Habíamos firmado. Nos había enseñado lo ocurrido. Nos había revelado que sospechaba de su propia familia. Ahora ya no había vuelta atrás.

—Soy un hombre de palabra, señor Rosano —concluí—. En esta casa hay un asesino, y la Sociedad del Misterio dará con él.

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Caso nº 00034 – PESADILLA DESPUÉS DE NAVIDAD (CERRADO)

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Uno de los trucos más habituales para un detective consiste en buscar incoherencias visibles. Ya sabéis, cosas que están donde no deberían o viceversa. Fijarse en estos pequeños detalles agiliza bastante el trabajo de investigación, así que es de lo primero en que un detective suele entrenarse.

Nuestro próximo caso comienza precisamente con una incoherencia visible. Algo fuera de lugar y a plena vista. Se trata de una de las aventuras más insólitas en las que la Sociedad del Misterio ha tenido el privilegio de participar.

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—Mes y medio—protestó Arjona entrando en mi despacho—. Los vecinos tardaron mes y medio más de la cuenta en fijarse en esto.

—No sé lo que habrá ocurrido esta vez —respondí a modo de saludo—, pero me arriesgaré a decir que podrías montar un departamento de crímenes raros en comisaría.

—Llevo tiempo pensándolo, creo que lo llamaré “Crímenes que Parecen Coña” —replicó mientras tomaba asiento—. Vale, esta foto se tomó hace una semana en la urbanización Las Lagunas.

Sacó una foto de una carpeta y la dejó sobre mi escritorio. Parecía el típico Papá Noel de adorno que la gente cuelga de sus balcones como si estuviera escalando para entrar por la ventana, aunque quizás un poco demasiado grande.

—Hace una semana… Pero eso significa que esto llevaba estando ahí colgado todo Enero y la mitad de Febrero.

—Exacto. Pues no se dieron cuenta de que eso no debería estar ahí.

—A ver, Arjona, tú y yo estamos entrenados para ver estas cosas, ellos son vecinos de una urbanización…

—La señora Mari Ángeles —sentenció tajantemente.

—Cierto.

Como esta referencia puede ser bastante oscura, interrumpo un momento el informe para hacer una aclaración. La señora Mari Ángeles es la vecina de Arjona, una mujer mayor de unos ochenta años con artritis reumática y un leve principio de demencia senil, que ha hecho del cotilleo un arte. Si en el bloque de Arjona se fuese a cometer un delito, la señora Mari Ángeles ya se habría fijado en todas las pistas dos semanas antes de que se empezase a planear y le habría pasado a Arjona una lista de todos los vecinos sospechosos, indicando específicamente cuáles son los que “siempre saludaban”. Un ejemplo perfecto de que hay pocas fuentes de información más valiosas que los cotillas.

—Vale, centrémonos. ¿Estaba ahí desde Navidades?

—Sí.

—Entonces los vecinos pensaron que al inquilino de esa casa debía haberle pasado algo e indagaron, ¿no?

—Y tenían razón —replicó soltando sobe mi mesa una segunda fotografía.
El mismo Papá Noel. Lo habían bajado al suelo cortando la cuerda. La cara estaba deshidratada, descompuesta y, al parecer, mordida por algún tipo de pequeño animal, pero era definitivamente humana.

—Óscar Herrero —dijo—. Cuarenta y un años. Broker. Heredó esta casa cuando sus padres murieron en un accidente de coche, la comparte con su hermano gemelo. Todas las personas con las que hemos hablado coinciden en que Herrero era un mal bicho: agresivo, maleducado, borde, putero, tirano…

—Lo tenía todo, desde luego. ¿Causa de la muerte?

—Estrangulado.

—¿Fecha de la muerte?

—Irene aún no está segura. Había una plaga de ratas en el vecindario, estuvieron fumigando y desratizando, por eso los vecinos estaban fuera, y las ratas han hecho un pequeño estropicio con el cuerpo… Pero fue en algún momento de la última semana de 2012, probablemente entre el veintiséis y el veintinueve.

—Durante Navidades, qué propio.

—El vecino que lo encontró, Manuel Portillo, llamó corriendo a la policía en cuanto se dio cuenta de que esto no era un simple adorno navideño. Naturalmente ha puesto a parir a Herrero, como todos, pero le preocupaba más que sus hijos no se enterasen de lo que había pasado… Padre soltero con la custodia, no quiere joderla, ya me entiendes.

—Ya veo. ¿Algún sospechoso?

—Uno, y con casi todas las papeletas.

—¿Oh?

—Emmeran Studza. Rumano, cincuenta años, proxeneta. Llevábamos años detrás de él por su red de trata de blancas. Sabemos que Óscar Herrero desfiguró a una de sus chicas, y que Studza le había amenazado varias veces. Se le ha visto por el vecindario poco antes del asesinato. Oportunidad y motivo, y al parecer la cuerda se sacó de la casa de la víctima así que también tenía el medio.

—Suena prometedor. ¿Cuándo crees que podréis detenerle?

—Ese es el problema… Ya está detenido.

Fue a estas alturas cuando Arjona consiguió captar mi atención.

—Explícate.

—Lo arrestaron por un altercado el veintisiete de Diciembre. Lleva desde entonces en los calabozos, en detención preventiva mientras intentamos cogerlo por todo lo demás. Pero claro… No sabemos cuándo, exactamente, murió Óscar Herrero. Lo que significa que, a menos que hayamos atrapado a un asesino por un golpe de suerte, le hemos dado una coartada perfecta.

—¿Y el propio Studza qué dice?

—Nada.

—¿Nada?

—Ni confirma ni desmiente. No parece tener ningún interés en negar el crimen, se diría que le gusta que pensemos que ha sido él, pero no piensa admitirlo.

—Vale, podemos hacerlo, no te preocupes. Necesitaré todo lo que tengáis sobre la víctima para Nicolás, y posiblemente Parmacenda tenga que hablar con ese hermano con el que comparte casa y con el vecino que encontró el cuerpo. Celdelnord querrá echarle un vistazo, como poco, a la cuerda y el disfraz de Papá Noel, y claro, a lo que encuentre el Profesor en la casa cuando la visite…

—Espera, espera, ¿con el hermano y con el vecino sólo? ¿No vais a hablar con Studza?

—Llegaríamos de nuevas después de una semana de interrogatorios por vuestra parte, no, nos torearía como le diera la gana. Studza es vuestro, deja que nosotros sigamos los demás cabos.

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CASO RELÁMPAGO – Caso nº 00033: EL SÉPTIMO INVITADO (CERRADO)

El Séptimo Invitado - Caso Relámpago

El inspector Arjona cerró la puerta de mi despacho tras de sí. Sus ojos delataban no menos de dos noches sin dormir. Se llevaba con frecuencia la mano al pecho, como comprobando que algo siguiera en el bolsillo de su camisa.

—Estás hecho polvo, Víctor, ¿estás bien? —le pregunté.

—No, no estoy bien —respondió—. Estaba intentando no acudir a vosotros, Jack, pero se nos echa el tiempo encima y necesito una respuesta…

—Una contrarreloj, entiendo.

—No, no, olvídate de tus contrarreloj. Esto es un caso relámpago, Jack, tenemos veinticuatro horas.

Esas palabras captaron mi interés. Me incorporé en mi butaca y entrelacé los dedos frente a mis labios.

—Se puede hacer, mi equipo ya lo ha demostrado más de una vez. ¿Qué tienes?

—Te aviso que este caso quita el sueño…

—Ya traigo insomnio de casa, cuéntame.

—Está bien. Hace un par de días, unos jóvenes habían ido al campo de excursión. Aún no habían terminado de montar el campamento, cuando se encontraron con un par de manos amputadas a medio enterrar.

»No había rastro del resto del cuerpo, pero Irene pudo hacer algo con las manos. Por las huellas determinó la identidad, el Doctor Baltasar Caballero Montenegro, y tras un completo análisis determinó que la amputación había sido post-mortem.

»Su familia llevaba ya dos días sin saber nada del doctor Caballero. Pero estaba registrado en Latitude, así que pudimos determinar la última ubicación en la que se había conectado: la vieja mansión de su familia materna, en la colina. A una hora de camino de donde se encontraron las manos. Una casona abandonada desde hace cuatro décadas.

»Naturalmente nos presentamos en esa casa de inmediato. La encontramos vacía, pero en la entrada había una cesta sobre un pedestal. En la cesta, siete móviles, uno de ellos el del doctor Caballero. En el comedor, una mesa puesta con siete platos vacíos, con sus correspondientes cubiertos y copas. Todo apuntaba a que allí se había celebrado una fiesta. En la chimenea del despacho encontramos lo que faltaba del cuerpo del doctor Caballero, descuartizado y parcialmente quemado. Aún no se ha podido dictaminar la causa exacta de la muerte.

—¿Los demás móviles?

—Veo que me sigues. Los móviles estaban descargados, pero mediante las tarjetas SIM pudimos identificar a sus propietarios. Y ahora es cuando empieza lo escalofriante.

»Los seis propietarios estaban todos en el mismo sitio: el ala psiquiátrica del Hospital Nuestra Señora de la Candelaria. Los habían encontrado deambulando por el bosque, desorientados, desnudos, con claras lagunas de memoria. Recuerdan vagamente haber estado en aquella fiesta, y recuerdan haber conocido al Doctor. Pero lo demás lo tienen todo borroso. Les han diagnosticado a todos estrés post-traumático: han presenciado algo demasiado perturbador y sus mentes, como mecanismo de defensa, han bloqueado esos recuerdos. En otras palabras: recuerdan retazos del resto de la velada, pero han bloqueado el asesinato.

—Y creéis que uno de ellos es el asesino.

—Estamos convencidos. No se han encontrado indicios de la presencia de nadie más en la casa.

—Entendido. ¿Has hablado ya con ellos?

—Sí, ha costado horrores sacarles algo en claro, te he traído las transcripciones.

—¿Habéis averiguado al menos dónde lo mataron?

—Creemos que en la propia casa, pero no hemos conseguido encontrar nada concluyente. Hay rastros de sangre de la víctima por todas las habitaciones. Como las víctimas iban desnudas, no sabemos si había sangre en la ropa de alguna de ellas.

—¿Indicios de drogas en las copas o los platos?

—Cóctel de alucinógenos en cada copa.

—¿En los sospechosos?

—Todos lo ingirieron.

—Bien. ¿Y por qué tenemos sólo veinticuatro horas?

Arjona suspiró.

—Burocracia, Jack. Ninguno de ellos presenta ningún problema físico, y en el hospital no pueden seguir cediéndoles la cama más tiempo. A medianoche los soltarán.

—Lo que significa que un asesino saldrá en libertad.

—Y nadie sabrá quién es.

—Has hecho bien en traerme este caso. Llamo ahora mismo a los Jefes de Departamento…

—No hay tiempo, Jack —me interrumpió—. No podemos investigar a todos los sospechosos, volver a hablar con ellos, ni siquiera examinar el escenario y lo que haya en él. Se nos echa el caso encima.

—Entiendo. Entonces dame esas transcripciones, y me interesarían los planos de la casa para contrastar. Probablemente la gente estará de vacaciones con sus familias, pero a ver qué podemos hacer.

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ESPECIAL HALLOWEEN – Caso nº 00032: LA MALDICIÓN DE LA BRUJA (CERRADO)

La Maldición de la Bruja - Especial Halloween

La lluvia golpeaba ferozmente los cristales de las ventanas de la Sociedad del Misterio. El viento azotaba los árboles más altos de la calle, cuyas ramas parecían querer entrar y ponerse a cubierto. Un relámpago esporádico proyectó la silueta de la huella dactilar que nos anunciaba en la ventana sobre mi escritorio, e hizo que nuestro visitante ahogase un grito sobresaltado.

El botón del hervidor de agua de mi despacho recuperó su posición inicial. Introduje una bolsita de té de vainilla en una taza y la regué con agua hirviendo. Clientes tan aterrados como el que teníamos ante nosotros eran, quizás, el único tipo de personas a las que no recomendaría jamás el café del Profesor Boniatus.

—Bien, señor Pedraza —comencé—, recibimos su correo. Pero nos gustaría que nos volviera a explicar su historia en persona.

—¿Por qué? —preguntó nuestro aterrado visitante.

Pensé detenidamente en mis próximas palabras.

—La impresión personal del implicado siempre nos cuenta una parte de la historia —respondí.

Me sentí fatal por mentir a Severiano Pedraza (cincuenta y dos años, conservador del Museo Sonia Smith), pero sabía que “porque no nos creemos una palabra de lo que nos ha dicho” no era lo mejor que podía responder.

—Está bien —respondió tratando de serenarse—. Está bien. Pero lo que voy a contarles debe quedar entre nosotros. ¿Me entienden? No debe ser hecho público.

—No podemos comprometernos a nada hasta conocer el caso.

Aquello no le hizo gracia, pero sabía que no le quedaba alternativa. No si quería nuestra ayuda. Suspiró.

—Como saben, soy el conservador del Museo Sonia Smith. Con suerte no lo seré por mucho más tiempo… El caso es que a nuestro museo ha llegado un artefacto, un… un ídolo pagano del siglo XVIII. No sé si han leído algo en la prensa…

—El Ídolo Perdido de Niggurash —apuntó Nicolás—. Una reliquia de los Autos de Fe Inquisitoriales. Pero hasta donde he leído, aún no se ha confirmado su autenticidad.

—Yo creo que es auténtico, señores. Aún no han terminado con todas las pruebas, y sinceramente, es posible que nunca se terminen. Porque el ídolo de… El ídolo pagano está… ¡Está maldito!

Se hizo un silencio tenso en mi despacho. Seis personas, y nadie decía nada. Tan sólo el rítmico golpeteo de la lluvia sobre la ventana se empeñaba en romper ese silencio. Quizás un trueno habría ayudado un poco, pero ni eso.

—Mire… —dije para romper el hielo—, no es que no le creamos, ¿de acuerdo? Pero somos detectives, no espiritistas.

—Aunque a veces el nombre de la agencia llame a engaños —apuntó Zalaya, recordando el caso anterior.

—Trabajamos con hechos. Y en todos mis años de experiencia, aún no he encontrado ninguna maldición que se pueda demostrar. Entiendo que existen leyendas sobre ese ídolo, pero…

—¡Usted no lo entiende! —bramó Pedraza—. ¡Ya han muerto dos personas!

El retumbar del trueno que siguió a esas palabras sirvió como grave acompañamiento para nuestro repentino aumento de interés.

—Continúe.

Pedraza tragó saliva.

—Dos meses después de recibir el ídolo y formarse un grupo de estudio a su alrededor, recién instalado en su pedestal de la sala de conservación, supimos que un estudiante de Civilizaciones y Cultura Proto-céltica, Mariano Ugarte, se había colado en el laboratorio para estudiarlo en profundidad fuera de su turno. Después de aquello le sobrevino una fiebre feroz y empezó a sufrir alucinaciones. Dos días más tarde había muerto.

—¿Qué dijeron los médicos? —preguntó Celdelnord.

—Fallo respiratorio. Padecía una afección respiratoria desde hacía años.

—Entonces puede tratarse de una casualidad…

—Eso quise pensar yo… hasta que encontramos el segundo cadáver.

»Roberto Cantó de Entrambosmares. Ya habíamos tenido más de un encontronazo con él. Era un enfermo mental peligroso, había intentado colarse en nuestro museo más de una vez para  intentar destruir antiguas reliquias de valor incalculable sólo porque, según él, estaban malditas. Suponemos que eso fue lo que pasó esta vez. No tengo ni idea de cuándo se nos coló, pero cuando le encontramos, llevaba cerca de una semana muerto. Se había escondido en el almacén, no habíamos necesitado entrar hasta hace dos días, así que nadie lo había visto. Fue… Dios, no puedo ni explicarlo. Juzguen ustedes mismos.

Arrojó sobre mi mesa una fotografía sin siquiera atreverse a mirarla. En ella, el cadáver de un hombre de mediana edad yaciendo en un charco de excrementos. La cabeza abierta por brutales golpes, al parecer contra la pared. Las cuencas de los ojos vaciadas. Sangre en sus manos.

—¿Cree que se lo hizo él mismo?

—Encontramos un diario. Registró sus últimos momentos. Lo hizo él mismo.

—Señor Pedraza, investigaremos si es lo que desea; pero tiene usted dos cadáveres entre manos… La policía debe ser informada de esto.

—No lo entienden. Acudo a ustedes porque el alcalde me ha pedido que esta investigación se lleve a cabo por cauces paralelos a la policía. No quiere que tengamos aquí un escándalo.

—Zalaya, llama al alcalde y compruébalo —dije, y me volví de nuevo hacia nuestro visitante mientras el Jefe de Departamento de Declaraciones y Testimonios salía del despacho—. ¿Por qué el alcalde querría echar tierra sobre dos muertes?

—Bueno… Su Señoría ha contribuido muchas veces con el museo. Esta historia podría salpicarle. Además, quiere asegurarse de que no exista fraude alguno en toda esta historia.

—¿Fraude?

—Recuerdo haber leído algo —señaló Boniatus—. Este no es el primer ídolo de Niggurash que recibe el museo, ¿verdad?

—Así es, y ahora se ha revelado que el primero era falso. Si este segundo también lo fuera, imaginen las repercusiones.

—Dos personas han muerto. ¿En serio le preocupan las repercusiones?

Pedraza no supo qué contestar. Por suerte, Zalaya le evitó tener que responder al entrar de nuevo en mi despacho con el auricular en la mano. El alcalde quería hablar conmigo personalmente.

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Una hora más tarde, mis Jefes de Departamento y yo nos encontrábamos en el interior de la sala de conservación del Museo Sonia Smith. El señor Pedraza nos esperaba en la puerta… no se atrevía a entrar en la misma sala que el ídolo.

Ante nuestros ojos, sobre un pedestal negro laboriosamente ornamentado con una intrincada cenefa de relieves y hendiduras, descansaba el Ídolo Perdido de Niggurash. Se trataba de una estatuilla de unos treinta centímetros de alto tallada en piedra, que representaba a un hombre acuclillado que se abrazaba las piernas terminadas en pezuñas hendidas. La cabeza de la estatua parecía la de una cabra, con la salvedad de que tenía tres cuernos en lugar de dos. La enroscada cornamenta casi parecía una corona oscura y desvencijada. Bajo la pronunciada frente de la imagen, dos rubíes que hacían las veces de ojos brillaban al reflejo de las luces de la sala.

—Me lo imaginaba más grande —observó Boniatus.

—Habría dado más miedo, sí —respondí—. Celdelnord, procede.

La Jefa de Departamento de Pruebas Físicas se caló dos guantes de látex, abrió su maletín en la mesa más cercana y levantó con sumo cuidado el ídolo. Por un momento, cruzamos los dedos.

—Tiene un peso inusual para su tamaño —opinó Celdelnord.

—¿Alguien ha oído algo? —inquirió Nicolás.

—Ahí arriba hay un ambientador —observó Boniatus—. De los que rocían cada cierto tiempo.

—Te diría que empezaras a procesar esta escena, Profesor, pero creo que con todos aquí no vamos a hacer más que estorbarte.

—No pasa nada, puedo ir a ver dónde se encontró el segundo cadáver, si el señor Pedraza me acompaña…

—Hazlo. Te avisaremos si encontramos algo aquí.

Boniatus salió de la habitación y pidió a un reticente Severiano Pedraza que le guiase hasta el almacén. Celdelnord depositó cuidadosamente el ídolo sobre la mesa y comenzó a examinarlo.

—¿Tienes algo?

—Como he dicho, no pesa lo que debería.

—¿Pesa de más?

—Un poquito de menos, diría yo.

—Mierda, se me olvidaba… Zalaya, ve a buscar al Profesor y al señor Pedraza. Pídele a Pedraza una lista de los demás miembros del grupo de estudio, vas a tener que hablar con ellos.

—Hecho —respondió Zalaya, y corrió hacia fuera.

—¡Ajá! —exclamó Celdelnord, y se escuchó un ligero chasquido.

Me giré hacia el ídolo, para descubrir con asombro que sus piernas flexionadas ocultaban un compartimento secreto. El ídolo estaba hueco, y en su interior…

—¿Qué es eso? —pregunté.

—Ahora mismo nada —respondió Celdelnord con resignación—. Fue un mecanismo de alguna clase, eso está claro, pero está roto. Tendría que estudiarlo más detenidamente…

—A ver lo que puedes hacer. Nicolás, ¿tienes algo sobre mecanismos ocultos en estatuillas en el Siglo XVIII?

—Bueno, jefe, acabo de empezar, no se puede decir que tenga una base de datos monumental ahora mismo…

—Tienes razón. Busca a ver si encuentras algo, por favor. Y sobre el propio Niggurash, ya que estamos.

—Voy a ello —replicó el Jefe de Departamento de Documentación y Conexiones antes de salir.

Volví a girarme hacia el ídolo de Niggurash. Encontré a Celdelnord empapando un bastoncillo de algodón en un líquido y frotándolo con el interior del mecanismo, para luego proceder a rasparlo.

—¿Algo?

—Quizás, no prometo nada. Tengo que analizarlo.

—Adelante.

—Aquí no, Jack. Esto requiere un laboratorio en condiciones, no un maletín.

—Muy bien, termina con el ídolo y ve a tu laboratorio a seguir allí.

Quince minutos después Celdelnord estaba cerrando su maletín y saliendo por la puerta. Me disponía a seguirla, cuando Boniatus y Pedraza reaparecieron.

—Voy a tener que volver allí más tarde, Jack —dijo el Profesor—. Cuando venga a procesar esta sala me pasaré de nuevo por el almacén.

—¿Quiere explicarme por qué me ha pedido su ayudante una lista de los miembros del grupo de estudio del ídolo? —preguntó Pedraza visiblemente molesto.

Dediqué al conservador una sonrisa amable y franca. Aún hablábamos cada uno desde un lado de la puerta, y sabía que mientras no le diese una respuesta él no me iba a dejar salir.

—Jefe de Departamento —le corregí—. Y respondiendo a su pregunta… Nuestro trabajo es encontrar al culpable, señor Pedraza. Para eso tenemos que hablar con la gente…

—¿Es una broma? ¡Ya sabemos lo que está pasando! ¡El ídolo lleva maldito desde hace trescientos años!

—No lo pongo en duda, señor Pedraza. Pero las maldiciones no se echan solas. Tanto si se trata de una maldición como si no, lo que está claro es que alguien lo está orquestando todo. ¿Quiere que no muera nadie más? Entonces tenemos que descubrir quién está detrás de todo esto.

Aparté educadamente al conservador de mi camino y salí de la sala de conservación. El caso era interesante, sin lugar a dudas; pero tratar con una mente tan cerrada como la de Pedraza me estaba dando dolor de cabeza.

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Caso nº 00031: LA CAJA DE PANDORA (CERRADO)

Admitámoslo, hay asesinos fáciles. Normalmente, cuando el crimen tiene un motivo, es fácil encontrar al culpable entre aquellos que conocían a la víctima. Una coartada que no encaja, una mentira que contrasta con los hechos, y la historia del asesino se derrumba.

Por desgracia no siempre es tan sencillo. A veces el asesino no tiene nada personal contra la víctima. A veces, lo único que se necesita para matar a alguien es cobrar por un trabajo bien hecho.

La víctima, Emilio Pelayo, aún estaba en su cama. Sería fácil tomarle por dormido, de no ser por el agujero de bala en la frente y la sangre que empapaba las sábanas.

—Esto es un trabajo profesional —apuntó Arjona levantando la sábana con una mano enguantada—. Un disparo en el pecho y otro en la frente. Una ejecución.
—¿Un sicario?
—Tiene toda la pinta.
—No lo entiendo.
—Sí, yo tampoco. Esto es… Yo creo que no sería capaz de matar a nadie por dinero, me cuesta entender que…
—No, si lo que digo es que no entiendo quién demonios contrataría a un asesino profesional para cargarse a un estudiante universitario.

Resultaba raro, admitámoslo. Cuando uno investiga un asesinato profesional, no espera que el escenario sea un piso cutre de estudiantes. Emilio era un estudiante de primer año de informática. Tenía diecinueve años, le faltaban dos meses para los veinte. Acababa de mudarse a la ciudad, justo a tiempo para empezar los estudios. No parecía el típico objetivo de un asesino a sueldo.

El crimen se cometió en mitad de la noche. Sus compañeros de piso estaban en casa, así que naturalmente se convirtieron en personas muy pero que muy interesantes para la policía. Pero hacía ya un rato que se habían aferrado a la historia de que ninguno de ellos vio ni oyó nada y de ahí no salían, así que decidí concentrarme en la escena. La víctima no vivía con excesivos lujos, ni siquiera llegué a ver un ordenador. Parecía totalmente dedicado a sus estudios. Aunque en una estantería se veían algunas fotos del difunto al volante de un lujoso deportivo, o vestido muy elegante y festejando con gente aparentemente rica.

—¿Opinión? —preguntó Arjona.
—Bueno —dijo Irene incorporándose—, tendré que hacer una autopsia completa, ya te lo imaginarás, pero yo fijaría la hora de la muerte entre las dos y las tres de la madrugada. Por el tamaño de la herida, yo descartaría los calibres más convencionales. Eso refuerza vuestra teoría del sicario, pero tendría que estudiar el cuerpo a fondo para poder asegurar nada.

Entonces tuve una idea.

—¿Cómo se llama el detective que está interrogando a los chavales? —pregunté.
—¿Qué? Ehm… Vidal, Pablo Vidal.
—Vale, gracias. ¡Vidal! ¿Puede venir un momento?

El detective Vidal, un hombre compacto (bajito pero fuerte), plegó su bloc de notas y se acercó a nosotros.

—Sí, dígame.
—¿Qué opina usted de este escenario del crimen?

Y Vidal me respondió. Pero no le presté ni la menor atención. Porque lo que realmente me interesaba era que los compañeros de piso de la víctima dejasen de tener a un policía al lado. Con la oreja puesta en su conversación más que en el detective que contestaba diligentemente a mis preguntas, escuché lo siguiente:

—¿Y ahora qué?
—Supongo que ya está. Nos hemos librado.
—¿Tú estás tonto? Viernes por la tarde, la Caja de Pandora, mañana, ¿recuerdas?
—Emilio iba de farol, seguro.
—Yo no me la quiero jugar. Si no era un farol, Emilio la ha palmado y nosotros estamos jodidos.
—Sí, sin duda muy interesante —interrumpí a Vidal, y me giré de pronto hacia los chavales—. ¡Buenas tardes! Jack Ryder, de la Sociedad del Misterio. ¿Me lo contáis o preferís que me lo invente?
—¿Qué? —balbució el primero, el de la camiseta desgastada de Mortadelo—. ¿De qué habla?
—¿Nadie?
—Oiga, ya le hemos dicho a ese detective que nosotros no vimos ni oímos nada —replicó el segundo, metiendo las manos en los bolsillos de su remendado pantalón vaquero.
—Que me lo invente yo, ¿no?

El tercero no dijo nada. Se limitó a bajar la vista hacia sus sucias y ajadas zapatillas deportivas.

—Muy bien. Voy a decir Pandora Tomorrow. Vuestro compañero os tenía amenazados. Y si él no hacía algo para evitarlo, mañana mismo lo que quiera que tenía contra vosotros saldrá a la luz. ¿Voy bien?
—¿Es un gamer? —exclamó uno de los chicos boquiabierto.
—Vale, hablaré —proclamó de pronto el que había estado en silencio hasta entonces.
—¡Isma! —protestó el otro.
—Tú mismo lo has dicho, acabará por salir a la luz. Y si nos callamos van a pensar que fuimos nosotros. ¿Ya qué más nos da?

- ? -

—La cosa es así —explicó Ismael Gómez (veintidós años, estudiante de medicina)—. Estamos aquí porque nuestros padres nos lo pagan. Piensan que nos dedicamos únicamente a estudiar, pero nadie puede pasarse la vida estudiando sin despejarse de vez en cuando. Así que salimos de fiesta, incluso una vez hicimos una fiesta aquí, pero ellos no lo saben.
—Hasta ahí no veo nada raro.
—Ya, pero Emilio nos sacó fotos.
—¿Y qué?
—Que el muy capullo nos amenazó con mandárselas a nuestros padres si no hacíamos lo que él quería —terció Guillermo Cebrián (veintiún años, estudiante de comunicación audiovisual).
—¿Y eso era…?
—Compartir piso con él —aportó Enrique Fuentes (veintitrés años, estudiante de biblioteconomía)—. Si no tenía compañeros, no podía permitirse el alquiler, así que nos tenía aquí contra nuestra voluntad.
—Pero sólo estabais de fiesta. Vuestros padres lo comprenderían.
—El muy cabrón pensaba decirles que nos habíamos ido de putas.
—¿Os habíais ido de putas?
—¡No! —respondieron los tres al unísono.
—Pero tonteamos con algunas chicas, y de eso son las fotos —explicó el primero—. Y aquí daba igual lo que nosotros supiéramos: si les decía a nuestros padres que las fotos eran de nosotros con putas, ya nos podíamos ir despidiendo de la carrera.
—Además se dedicó a sacar fotos en distintos momentos de la noche —puntualizó el segundo—. Como cada vez había gente nueva, pensaba decir que montamos más de una fiesta.
—Y tooodas con putas —redondeó el tercero.
—Entiendo. ¿Y la Caja de Pandora?
—No sabemos cómo pensaba hacerlo —explicó Cebrián—, pero nos dijo que, a menos que él lo evitara, nuestras fotos aparecerían publicadas en Internet el viernes a las seis de la tarde.
—Todas las semanas lo mismo. Yo creo que tenía un cómplice —añadió Gómez.
—Entiendo. Estabais todos aquí cuando ocurrió todo, ¿verdad?
—Sí, así es.
—¿Estabais dormidos ya?
—No, la verdad es que no.
—¿Y cómo lo hicisteis para no enteraros de que estaban asesinando a vuestro compañero?

Pausa. En sus ojos pude ver que ellos tampoco lo entendían.

—Bueno, yo estaba en mi cuarto —explicó Cebrián—. Y tenía los auriculares puestos.
—¿Y vosotros?
—Nosotros estábamos en el salón… —comenzó a decir Gómez, y entonces se le encendió la bombilla—. Anda, coño.
—¿Qué?
—Gears of War 2. Estábamos viciados al Gears of War 2, jugando online con otro pavo, y berreándole por el micro. Partida de despedida antes de irnos de puente.
—¿Nadie vio ni oyó nada?
—Mire, yo a las dos y media o así —comentó Cebrián —estuve en su cuarto. Antes de eso había estado viendo a estos dos jugar, y luego me retiré, pero me pasé por su cuarto primero a pedirle una cosa. Me lo encontré ya dormido… y me pareció que había alguien con él.
—¿Qué?
—No, pero resultó ser ropa. ¿No les ha pasado nunca? ¿Eh? ¿Qué ven un montón de ropa en la silla por la noche y se creen que es un asesino?

Tomé nota (de hecho apunté un “manda cojones”) y me aparté para hablar con Arjona.

—¿Cómo has sabido lo del chantaje? —me preguntó.
—Pandora Tomorrow es un videojuego. Si el terrorista al que tienes que atrapar no llama todos los días a un número y da una clave, se libera un virus mortal. La frase “La Caja de Pandora, mañana”, sumado a lo de que ahora que la víctima había muerto ellos estaban jodidos…
—O sea que estos tres tenían algo contra la víctima.
—Sin duda alguna.
—Bien. Podemos llevárnoslos para interrogarlos, vamos a pillar al cabrón que…
—No han sido ellos.
—¡Oh, venga, no me jodas! ¡A ti te gusta marearme!
—Vamos, Arjona, no eres tonto y lo sabes. Ellos sabían lo del blog, no les interesaba matarlo. Y aunque se les hubieran cruzado los cables… Mírales. Ropa vieja, videojuegos viejos. Están aquí con lo que les dan sus padres, y eso les da para vivir pero no para pagarse todos los caprichos que les gustaría, tanto menos para pagar a un profesional.
—Vale, ¿y entonces qué sugieres?
—Primero, averiguar cómo entró y salió de aquí un asesino sin ser visto. Y aparte de eso… mira sus fotos. Un cochazo, fiestas de lujo. No son las fotos de alguien que necesita ayuda para pagar el alquiler. ¿Qué nos hace pensar que sólo chantajeaba a estos tres?
—Si tu teoría del Pandora Tomorrow es correcta, dentro de veinticuatro horas debería salir la información de todas sus víctimas en Internet. Ahí sabremos si tienes razón, y si no pillamos al autor material, al menos sí que podríamos averiguar quién le pagó.
—Sí, es un sistema.
—¿Pero?
—Pero si hay más víctimas de chantaje y los descubrimos cuando sus secretos ya han sido expuestos, no estarán muy habladores… Si en veinticuatro horas no tenemos nada, trabajaremos así; pero si descubrimos antes cómo pensaba hacerlo el chantajista y lo impedimos, tendremos una nueva lista de sospechosos que de pronto nos deberán una.

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Caso nº 00026: LA LENGUA DEL MUERTO (CERRADO)

—Algo va mal —musité—. Arjona ya debería haber llamado.

Y salí de la oficina sin dar más explicaciones. Para que la sorpresa funcionase necesitábamos a Arjona, ¿dónde se había metido?

Fui a buscarlo a la comisaría, pero hacía horas que no le veían. Cambié de rumbo y conduje hacia su casa, pero por el camino encontré su coche aparcado frente a un edificio de apartamentos. Intrigado me bajé para ver si estaba cerca, y vi que el portal del edificio estaba abierto y que en el primer piso se oían pasos. Subí con curiosidad las escaleras.

Allí estaba Arjona. Totalmente lívido. Y del apartamento abierto del que salía, emanaba el inconfundible hedor de la muerte.

Entonces me vio.

—No —sentenció—. No, Jack, ni se te ocurra. Fuera. No quiero ni verte por aquí.
—¿Qué? ¡Pero…!
—Ya me has oído. Lárgate ahora mismo, ni se te ocurra asomarte ahí dentro.

Traté de asimilar lo que estaba ocurriendo. Pero mi cerebro se puso en modo automático y trató de identificar alguna pista, algo que me condujera a saber qué estaba ocurriendo. El apartamento estaba muy oscuro para distinguir nada desde el exterior. Nada en la puerta que sugiriese quién era el inquilino, salvo un considerable número de pestillos y cierres de seguridad.

La pistola en la cara me devolvió a la realidad. A la realidad más surrealista que jamás he vivido. Mi amigo Arjona me estaba apuntando con su arma.

—Último aviso, Jack. Tú no vas a meterte en esto.

Sin mediar palabra, retrocedí un par de pasos antes de darme la vuelta y bajar. De reojo busqué en los buzones de la entrada el apartamento en cuestión; la etiqueta con el nombre del inquilino había sido arrancada, pero quedaban la primera y la última letra: una E y una A.

Había pasado una hora. Una hora encerrado en mi despacho, esperando una explicación de mi amigo y contacto en la policía y negándome a dar una explicación a mi equipo. Estaba siendo el peor aniversario de nuestra historia.

Entonces sonó el teléfono. Debo confesar que me decepcionó un poco leer el nombre de Irene en la pantalla.

—Jack, tienes que hacer algo— me dijo—. Es Arjona.
—Lo sé, pero no quiere mi ayuda.
—¿Y eso qué más da? ¡Es tu amigo! ¡Tienes que intervenir, le guste o no!
—Mira, Irene, Arjona y yo no tenemos ningún contrato ni nada. Si él quiere meterse sólo en un caso está en su derecho. Las formas ya son otra cuestión.
—¿Meterse en un caso? ¿Pero qué dices?
—¿No es eso?

Se hizo un silencio tenso. Irene acababa de comprender que todavía no sabía lo que había ocurrido. Y yo acababa de comprender que el motivo por el que no lo sabía había dejado de importar.

—Cuéntamelo. No omitas detalles.
—Mendoza —dijo—. Esta tarde ha aparecido muerto en su casa. Con la boca cosida. Y ahora mismo, Arjona es el principal sospechoso. Hay testigos que le vieron discutir con Mendoza, y oyeron a la víctima decir “El día que yo hable…”
—“… rodarán cabezas”, sí, estaba allí. Pero es imposible que haya sido Arjona.
—Yo pienso lo mismo, no encaja con él para nada. Pero hay algo más.
—¿De qué se trata?
—He podido echarle un ojo al cuerpo. Cuando le han descosido la boca, han descubierto que a Mendoza le habían extirpado la lengua… y que en su lugar habían puesto la lengua de un cerdo.
—¿Qué?
—Como lo oyes. Hasta el esófago llegaba, una lengua de cerdo de 25 centímetros.
—Necesitaré el informe de la autopsia… mierda, Zalaya está en Londres consultando al gran maestro, en cuanto vuelva le quiero hablando con Arjona. ¿Cuándo crees que podrá la policía dejar pasar a Boniatus a la escena del crimen?

Un nuevo silencio tenso. Esta vez sabía a qué tipo de frase precedía.

—¿Qué no me has contado?
—Arjona podrá explicártelo mejor si conseguís hablar con él. Pero según parece, Mendoza iba a por vosotros. Estaba reuniendo pruebas, documentos, consultando precedentes legales. Intentaba desmontar la Sociedad del Misterio.
—¿Y qué? No podía tener nada contra nosotros.
—Yo sólo sé lo que Mendoza dejó caer en comisaría. Pero cuando la policía registró su casa y sus papeles, no encontraron nada sobre vosotros.
—¿Lo que quiere decir?

Irene suspiró.

—Si no encontró nada es lógico que no lo tuviera. Pero si realmente encontró algo, o si al menos tomó notas de sus investigaciones, y esas notas no aparecen… significa que vosotros tenéis un móvil.

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