Archivo mensual: diciembre 2007

Caso nº 00005: LA ESCENA Y EL CRIMEN (CERRADO)

Como bien sabéis, la Sociedad del Misterio se define como una “consultoría criminalística”. Nosotros no somos la ley, no tenemos ningún tipo de autoridad, pero asesoramos al Cuerpo de Policía y a particulares siempre que haya un misterio por resolver.

Esto ha llevado a alguna que otra situación extraña, como la que nos ocupa. Hace algo más de un mes, cuando aún estábamos en mitad del caso del Asesinato del Doctor Watson, recibí por correo convencional una carta de Gabriel Rojas, guionista especializado en el cine de intriga. Se había adentrado de lleno en un nuevo proyecto, y quería saber si podríamos asesorarle para garantizar que la escena del asesinato que daría origen a toda la trama. Ocupados como estábamos resolviendo un caso, y más siendo yo uno de los principales sospechosos, no pude responderle en su momento.

Después de resolver ese misterio, recibí una segunda carta del guionista. Insistía en que quería que esta historia fuese perfecta y que estaba deseando trabajar con nosotros en este proyecto. Con gran amabilidad le respondí que la Sociedad del Misterio se encarga de asesorar en crímenes reales, y que aunque le agradecíamos la confianza depositada en nosotros nos iba a ser imposible ayudarle.

Con todo, no dejó de insistir. Decidí hacer algo de investigación por mi cuenta. Gabriel Rojas fue un buen guionista de misterio (no excepcional, pero bueno) hasta sus dos últimos trabajos. Esas dos películas fueron auténticos fracasos de crítica y taquilla. Desde entonces, y hasta la primera carta que recibimos, Gabriel Rojas pasó cinco años sin trabajar. Durante toda su carrera había formado equipo con el guionista Federico Aquino, su mejor amigo, pero tras su último fracaso no se les volvió a ver juntos. Según se ha sabido, Rojas consideraba a Aquino el responsable de sus últimos fracasos… algo a lo que el propio Aquino prefería no dar importancia. “Trabajemos por separado, de acuerdo”, ha dicho en más de una entrevista, “y cuando cada uno haya estrenado un guión ya se verá de quién era la culpa”. Rojas se volvió huraño, encerrado en su oficina día sí día también. Sólo su secretaria, Susana Montero, le veía con regularidad, y nadie que la conozca se explica cómo le ha seguido soportando cada día.

Y de pronto, hace tres meses, contactó con el director con el que más veces había trabajado, Leopoldo Romero, y le dijo que estaba preparando una nueva historia. Que sería la mejor historia de misterio que nadie hubiera leído jamás. Que nadie sería capaz de adivinar el final. Y que quería que la dirigiera él, que quería volver a trabajar con él en equipo, con sólo dos condiciones: nadie podría ver ni una página del guión sin su consentimiento (y eso incluía al director), y Federico Aquino quedaría fuera del proyecto. Desde entonces, ese proyecto cinematográfico ha sido el mayor de los secretos de la industria.

Recibimos su penúltima carta la semana pasada. Nos ofrecía una primicia exclusiva: el derecho a leer la página del guión en la que se relataba la escena del asesinato. Su intención era remitirnos esa página en breve, cuando se hubiera asegurado de que todo estaba bien escrito, y nos desafiaba a descubrir al asesino sólo con esa página. También decía que, si nos interesaba lo que pudiéramos leer, esperaba que le recompensásemos concediéndole por fin esa sesión de asesoramiento.

Esta última semana he estado terriblemente ocupado entre el seminario de criminología que he estado impartiendo y el congreso de nuevas técnicas de investigación criminalística al que fui como ponente (terriblemente mal organizado, se me han quitado las ganas de repetir). Pero cuando anoche por fin logré tener un momento libre, decidí acercarme por la oficina de Rojas para explicarle personalmente que no ofrecíamos ese tipo de servicios y pedirle amablemente que no se tomase la molestia de desvelar parte de la trama de su nuevo guión.

Imaginad mi sorpresa cuando, al llegar a la dirección del remitente, me encuentro con tres coches patrulla.

Nuestra aliada del laboratorio forense, Irene “Watson” Garzón, me dio la bienvenida a la que había resultado ser una escena del crimen. No podía explicarse cómo había llegado allí tan rápido ni quién me había avisado esta vez, pero se alegraba de ver que esta vez estábamos en el juego desde el principio. En la recepción de la oficina, la secretaria temblaba y lloraba. Ella había sido quien encontró el cadáver. Declaró que se sentía maltratada y humillada por él todos los días, pero que jamás le habría deseado algo como esto.

El cuerpo de Gabriel Rojas yacía inerte en el centro de la habitación. Herida de bala, orificio de entrada a escasos milímetros del esternón. Bajo su escritorio, del interior de una caja de cartón volcada aparecían esparcidas una serie de fotos pornográficas tomadas con cámara espía, en las que todas las caras habían sido recortadas. La caja fuerte había sido abierta y vaciada. Toda la sala había sido rociada con keroseno, especialmente las fotografías. La puerta de entrada había sido arrancada de sus goznes y todavía no había aparecido; pero frente al umbral, en el interior de la oficina, se encontró una navaja de barbero abierta, que la secretaria identificó como una propiedad del difunto.

No me cabía duda de que el asesino había sido interrumpido. Pero ¿cómo encajaban la puerta y la navaja de barbero en toda esta historia?

Tomé mis correspondientes notas y aconsejé a la policía que empezase por identificar a las personas de las fotografías. Cuando me aseguré de que tenía todo lo que podía conseguir hasta que el laboratorio forense obtuviera nuevos resultados, volví a nuestras oficinas a pensar en el caso.

Esta mañana he recibido nueva información. Una curiosa marca de nacimiento ha servido para identificar al hombre de las fotografías como Leopoldo Romero, el director. La mujer aún sigue sin identificar. Sabemos que las dos últimas películas que la víctima escribiera para Romero fueron sendos fracasos y que esto repercutió negativamente en la reputación del director. Por lo que podríamos tener, en principio, a un sospechoso bastante plausible.

Pero antes de que pudiera reflexionar sobre este giro de los acontecimientos, recibí por correo la última misiva de Gabriel Rojas. Esbocé una amarga sonrisa por la renombrada eficiencia de Correos, y abrí el sobre como última deferencia al difunto. En su interior, tal y como había prometido, se encontraba una copia de la página de guión que relataba el asesinato de su nueva película.

El cuerpo aparecía tendido en el centro de su habitación, con un agujero de bala. Bajo la mesa había una caja con fotos comprometidas, a todas se les habían cortado las cabezas. La caja fuerte abierta y vacía. La escena estaba completamente bañada en keroseno. Con las únicas excepciones de la puerta y la navaja de barbero, Gabriel Rojas había escrito su propio asesinato.

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