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Caso nº 00031: LA CAJA DE PANDORA (CERRADO)

Admitámoslo, hay asesinos fáciles. Normalmente, cuando el crimen tiene un motivo, es fácil encontrar al culpable entre aquellos que conocían a la víctima. Una coartada que no encaja, una mentira que contrasta con los hechos, y la historia del asesino se derrumba.

Por desgracia no siempre es tan sencillo. A veces el asesino no tiene nada personal contra la víctima. A veces, lo único que se necesita para matar a alguien es cobrar por un trabajo bien hecho.

La víctima, Emilio Pelayo, aún estaba en su cama. Sería fácil tomarle por dormido, de no ser por el agujero de bala en la frente y la sangre que empapaba las sábanas.

—Esto es un trabajo profesional —apuntó Arjona levantando la sábana con una mano enguantada—. Un disparo en el pecho y otro en la frente. Una ejecución.
—¿Un sicario?
—Tiene toda la pinta.
—No lo entiendo.
—Sí, yo tampoco. Esto es… Yo creo que no sería capaz de matar a nadie por dinero, me cuesta entender que…
—No, si lo que digo es que no entiendo quién demonios contrataría a un asesino profesional para cargarse a un estudiante universitario.

Resultaba raro, admitámoslo. Cuando uno investiga un asesinato profesional, no espera que el escenario sea un piso cutre de estudiantes. Emilio era un estudiante de primer año de informática. Tenía diecinueve años, le faltaban dos meses para los veinte. Acababa de mudarse a la ciudad, justo a tiempo para empezar los estudios. No parecía el típico objetivo de un asesino a sueldo.

El crimen se cometió en mitad de la noche. Sus compañeros de piso estaban en casa, así que naturalmente se convirtieron en personas muy pero que muy interesantes para la policía. Pero hacía ya un rato que se habían aferrado a la historia de que ninguno de ellos vio ni oyó nada y de ahí no salían, así que decidí concentrarme en la escena. La víctima no vivía con excesivos lujos, ni siquiera llegué a ver un ordenador. Parecía totalmente dedicado a sus estudios. Aunque en una estantería se veían algunas fotos del difunto al volante de un lujoso deportivo, o vestido muy elegante y festejando con gente aparentemente rica.

—¿Opinión? —preguntó Arjona.
—Bueno —dijo Irene incorporándose—, tendré que hacer una autopsia completa, ya te lo imaginarás, pero yo fijaría la hora de la muerte entre las dos y las tres de la madrugada. Por el tamaño de la herida, yo descartaría los calibres más convencionales. Eso refuerza vuestra teoría del sicario, pero tendría que estudiar el cuerpo a fondo para poder asegurar nada.

Entonces tuve una idea.

—¿Cómo se llama el detective que está interrogando a los chavales? —pregunté.
—¿Qué? Ehm… Vidal, Pablo Vidal.
—Vale, gracias. ¡Vidal! ¿Puede venir un momento?

El detective Vidal, un hombre compacto (bajito pero fuerte), plegó su bloc de notas y se acercó a nosotros.

—Sí, dígame.
—¿Qué opina usted de este escenario del crimen?

Y Vidal me respondió. Pero no le presté ni la menor atención. Porque lo que realmente me interesaba era que los compañeros de piso de la víctima dejasen de tener a un policía al lado. Con la oreja puesta en su conversación más que en el detective que contestaba diligentemente a mis preguntas, escuché lo siguiente:

—¿Y ahora qué?
—Supongo que ya está. Nos hemos librado.
—¿Tú estás tonto? Viernes por la tarde, la Caja de Pandora, mañana, ¿recuerdas?
—Emilio iba de farol, seguro.
—Yo no me la quiero jugar. Si no era un farol, Emilio la ha palmado y nosotros estamos jodidos.
—Sí, sin duda muy interesante —interrumpí a Vidal, y me giré de pronto hacia los chavales—. ¡Buenas tardes! Jack Ryder, de la Sociedad del Misterio. ¿Me lo contáis o preferís que me lo invente?
—¿Qué? —balbució el primero, el de la camiseta desgastada de Mortadelo—. ¿De qué habla?
—¿Nadie?
—Oiga, ya le hemos dicho a ese detective que nosotros no vimos ni oímos nada —replicó el segundo, metiendo las manos en los bolsillos de su remendado pantalón vaquero.
—Que me lo invente yo, ¿no?

El tercero no dijo nada. Se limitó a bajar la vista hacia sus sucias y ajadas zapatillas deportivas.

—Muy bien. Voy a decir Pandora Tomorrow. Vuestro compañero os tenía amenazados. Y si él no hacía algo para evitarlo, mañana mismo lo que quiera que tenía contra vosotros saldrá a la luz. ¿Voy bien?
—¿Es un gamer? —exclamó uno de los chicos boquiabierto.
—Vale, hablaré —proclamó de pronto el que había estado en silencio hasta entonces.
—¡Isma! —protestó el otro.
—Tú mismo lo has dicho, acabará por salir a la luz. Y si nos callamos van a pensar que fuimos nosotros. ¿Ya qué más nos da?

- ? -

—La cosa es así —explicó Ismael Gómez (veintidós años, estudiante de medicina)—. Estamos aquí porque nuestros padres nos lo pagan. Piensan que nos dedicamos únicamente a estudiar, pero nadie puede pasarse la vida estudiando sin despejarse de vez en cuando. Así que salimos de fiesta, incluso una vez hicimos una fiesta aquí, pero ellos no lo saben.
—Hasta ahí no veo nada raro.
—Ya, pero Emilio nos sacó fotos.
—¿Y qué?
—Que el muy capullo nos amenazó con mandárselas a nuestros padres si no hacíamos lo que él quería —terció Guillermo Cebrián (veintiún años, estudiante de comunicación audiovisual).
—¿Y eso era…?
—Compartir piso con él —aportó Enrique Fuentes (veintitrés años, estudiante de biblioteconomía)—. Si no tenía compañeros, no podía permitirse el alquiler, así que nos tenía aquí contra nuestra voluntad.
—Pero sólo estabais de fiesta. Vuestros padres lo comprenderían.
—El muy cabrón pensaba decirles que nos habíamos ido de putas.
—¿Os habíais ido de putas?
—¡No! —respondieron los tres al unísono.
—Pero tonteamos con algunas chicas, y de eso son las fotos —explicó el primero—. Y aquí daba igual lo que nosotros supiéramos: si les decía a nuestros padres que las fotos eran de nosotros con putas, ya nos podíamos ir despidiendo de la carrera.
—Además se dedicó a sacar fotos en distintos momentos de la noche —puntualizó el segundo—. Como cada vez había gente nueva, pensaba decir que montamos más de una fiesta.
—Y tooodas con putas —redondeó el tercero.
—Entiendo. ¿Y la Caja de Pandora?
—No sabemos cómo pensaba hacerlo —explicó Cebrián—, pero nos dijo que, a menos que él lo evitara, nuestras fotos aparecerían publicadas en Internet el viernes a las seis de la tarde.
—Todas las semanas lo mismo. Yo creo que tenía un cómplice —añadió Gómez.
—Entiendo. Estabais todos aquí cuando ocurrió todo, ¿verdad?
—Sí, así es.
—¿Estabais dormidos ya?
—No, la verdad es que no.
—¿Y cómo lo hicisteis para no enteraros de que estaban asesinando a vuestro compañero?

Pausa. En sus ojos pude ver que ellos tampoco lo entendían.

—Bueno, yo estaba en mi cuarto —explicó Cebrián—. Y tenía los auriculares puestos.
—¿Y vosotros?
—Nosotros estábamos en el salón… —comenzó a decir Gómez, y entonces se le encendió la bombilla—. Anda, coño.
—¿Qué?
—Gears of War 2. Estábamos viciados al Gears of War 2, jugando online con otro pavo, y berreándole por el micro. Partida de despedida antes de irnos de puente.
—¿Nadie vio ni oyó nada?
—Mire, yo a las dos y media o así —comentó Cebrián —estuve en su cuarto. Antes de eso había estado viendo a estos dos jugar, y luego me retiré, pero me pasé por su cuarto primero a pedirle una cosa. Me lo encontré ya dormido… y me pareció que había alguien con él.
—¿Qué?
—No, pero resultó ser ropa. ¿No les ha pasado nunca? ¿Eh? ¿Qué ven un montón de ropa en la silla por la noche y se creen que es un asesino?

Tomé nota (de hecho apunté un “manda cojones”) y me aparté para hablar con Arjona.

—¿Cómo has sabido lo del chantaje? —me preguntó.
—Pandora Tomorrow es un videojuego. Si el terrorista al que tienes que atrapar no llama todos los días a un número y da una clave, se libera un virus mortal. La frase “La Caja de Pandora, mañana”, sumado a lo de que ahora que la víctima había muerto ellos estaban jodidos…
—O sea que estos tres tenían algo contra la víctima.
—Sin duda alguna.
—Bien. Podemos llevárnoslos para interrogarlos, vamos a pillar al cabrón que…
—No han sido ellos.
—¡Oh, venga, no me jodas! ¡A ti te gusta marearme!
—Vamos, Arjona, no eres tonto y lo sabes. Ellos sabían lo del blog, no les interesaba matarlo. Y aunque se les hubieran cruzado los cables… Mírales. Ropa vieja, videojuegos viejos. Están aquí con lo que les dan sus padres, y eso les da para vivir pero no para pagarse todos los caprichos que les gustaría, tanto menos para pagar a un profesional.
—Vale, ¿y entonces qué sugieres?
—Primero, averiguar cómo entró y salió de aquí un asesino sin ser visto. Y aparte de eso… mira sus fotos. Un cochazo, fiestas de lujo. No son las fotos de alguien que necesita ayuda para pagar el alquiler. ¿Qué nos hace pensar que sólo chantajeaba a estos tres?
—Si tu teoría del Pandora Tomorrow es correcta, dentro de veinticuatro horas debería salir la información de todas sus víctimas en Internet. Ahí sabremos si tienes razón, y si no pillamos al autor material, al menos sí que podríamos averiguar quién le pagó.
—Sí, es un sistema.
—¿Pero?
—Pero si hay más víctimas de chantaje y los descubrimos cuando sus secretos ya han sido expuestos, no estarán muy habladores… Si en veinticuatro horas no tenemos nada, trabajaremos así; pero si descubrimos antes cómo pensaba hacerlo el chantajista y lo impedimos, tendremos una nueva lista de sospechosos que de pronto nos deberán una.

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LA ACADEMIA DEL MISTERIO – Lección 00003: Verdades ocultas

Bienvenidos una vez más a la Academia del Misterio. Lo sé, lo sé, después de las vacaciones de Navidad siempre es un engorro volver a clase, pero tengo la esperanza de que la lección de hoy os resulte, cuanto menos, curiosa.

Hoy hablaremos de las verdades ocultas. De buenas a primeras puede parecer que no os estoy contando nada nuevo. A fin de cuentas, esto es la Sociedad del Misterio; siempre hay alguien intentando ocultar la verdad por algún motivo, y siempre es esa verdad la que tenemos que encontrar. Para ello, como bien sabéis, nos dedicamos a buscar las incoherencias en los hechos y las declaraciones, para de esa forma dar con una solución a nuestras interrogantes.

El problema, no obstante, viene cuando las respuestas que obtenemos no parecen coincidir con nuestras preguntas.

¿Cuántas veces una prueba nos ha llevado a lo que parecía ser un callejón sin salida? ¿Y cuántas veces la verdad estaba oculta precisamente en la falta de soluciones? El primer paso en una buena investigación es trabajar con las pruebas de que se disponen y ponerlas todas en relación con los hechos; pero a veces, cuando este camino no da el resultado que esperamos, hay que ver las pruebas que no encajan por sí solas, en su propio contexto, para dar finalmente con el dato que se nos oculta.

Nuevamente, todo consiste en encontrar la incoherencia. Pero ya no sólo hablamos de incoherencias en hechos y declaraciones, de un dato útil que no encaja con lo demás; hablamos de datos que sabemos que deberían ser útiles, pero que sin embargo no parecen conducir a nada. A veces, algo que parece un detalle trivial por su falta de utilidad aparente resulta ser la clave. Valga como ejemplo holmesiano, que sabéis que siempre debe haber uno, el caso de Estrella de Plata.

Os pongo en situación: el caballo campeón de los establos del coronel Ross ha desaparecido poco antes de la siguiente carrera de la Copa Wessex, en la que era favorito, y su entrenador ha sido asesinado. La noche de la desaparición, un hombre se presentó en el establo con la intención de obtener, mediante sobornos, información sobre los caballos para jugar con ventaja en las carreras. El mozo de cuadras lo ahuyentó soltándole al feroz perro guardián e informó al entrenador, quien quedó bastante afectado; cuatro horas después, el entrenador se vistió y dijo que iba a ver si los caballos estaban bien. Seis horas después, no había rastro alguno de ninguno de los dos, y los dos mozos de cuadras que dormían en el establo no habían visto ni oído nada que los sobresaltase (uno de ellos, al que intentaron sobornar, había sido drogado). Poco después se encontró el cuerpo del entrenador, y ni rastro del caballo.

Os ahorraré más detalles, los que no hayáis leido ese caso aún podéis disfrutarlo, pero nos interesa el comentario que hace Holmes al coronel Ross tras varios interrogatorios e indagaciones:

-¿Existe algún otro detalle acerca del cual desearía usted llamar mi atención?
-Sí, acerca del incidente curioso del perro aquella noche.
-El perro no intervino para nada.
-Ese es precisamente el incidente curioso -dijo como comentario Sherlock Holmes.

Habéis visto que del perro sólo se menciona que el mozo de cuadras lo azuzó contra el apostador. No se ha dicho absolutamente nada más, así que se podría decir que se trata de un callejón sin salida. Sin embargo Holmes se da cuenta de lo que significa ese silencio: un feroz perro guardián, alerta ante la llegada de cualquier extraño… ¿no ladró cuando alguien se llevó a Estrella de Plata? Eso significaba que el ladrón tenía que ser alguien de la casa… y no diré más, si queréis saber quién fue os recomiendo que disfrutéis de la lectura de este relato.

Nuestro ejemplo más reciente lo hemos tenido en este último caso, en el que el ADN encontrado en el cuchillo había sido dispuesto únicamente para despistarnos. Un callejón sin salida, una contaminación de muestras de personas desconocidas y no implicadas en el caso. Por sí mismo ese ADN no nos servía de nada, no nos conduciría hasta el asesino; pero si pensamos en que quien “limpiara” el cuchillo en un aseo público tendría por lógica que haber entrado en uno de su mismo sexo, la verdad empieza a salir a la luz. Como veis, a veces tenemos más datos de los que creemos tener. Un silencio, una negación, una pista falsa oculta la verdadera solución.

Supongo que no está de más que nos entrenemos un poco a encontrar en los callejones sin salida una posible solución. Para lo cual viene estupendamente el siguiente ejercicio práctico. Esta vez debo decir que podéis encontrar este ejercicio por internet, igual que lo he hecho yo… así que sed honestos y no lo hagáis. Normalmente no me gusta recurrir a acertijos ya existentes, al menos no sin modificarlos, pero este me parece demasiado bueno y demasiado adecuado a nuestra lección como para dejarlo pasar. Si queréis un callejón sin salida del que poder salir, no creo que encontréis uno mejor que éste… los que no lo conozcáis intentadlo, que os juro que tiene solución:

Una mujer es 21 años mayor que su hijo. Dentro de 6 años, el niño será 5 veces menor que ella.

¿DÓNDE ESTÁ EL PADRE?

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