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ESPECIAL HALLOWEEN – Caso nº 00032: LA MALDICIÓN DE LA BRUJA (CERRADO)

La Maldición de la Bruja - Especial Halloween

La lluvia golpeaba ferozmente los cristales de las ventanas de la Sociedad del Misterio. El viento azotaba los árboles más altos de la calle, cuyas ramas parecían querer entrar y ponerse a cubierto. Un relámpago esporádico proyectó la silueta de la huella dactilar que nos anunciaba en la ventana sobre mi escritorio, e hizo que nuestro visitante ahogase un grito sobresaltado.

El botón del hervidor de agua de mi despacho recuperó su posición inicial. Introduje una bolsita de té de vainilla en una taza y la regué con agua hirviendo. Clientes tan aterrados como el que teníamos ante nosotros eran, quizás, el único tipo de personas a las que no recomendaría jamás el café del Profesor Boniatus.

—Bien, señor Pedraza —comencé—, recibimos su correo. Pero nos gustaría que nos volviera a explicar su historia en persona.

—¿Por qué? —preguntó nuestro aterrado visitante.

Pensé detenidamente en mis próximas palabras.

—La impresión personal del implicado siempre nos cuenta una parte de la historia —respondí.

Me sentí fatal por mentir a Severiano Pedraza (cincuenta y dos años, conservador del Museo Sonia Smith), pero sabía que “porque no nos creemos una palabra de lo que nos ha dicho” no era lo mejor que podía responder.

—Está bien —respondió tratando de serenarse—. Está bien. Pero lo que voy a contarles debe quedar entre nosotros. ¿Me entienden? No debe ser hecho público.

—No podemos comprometernos a nada hasta conocer el caso.

Aquello no le hizo gracia, pero sabía que no le quedaba alternativa. No si quería nuestra ayuda. Suspiró.

—Como saben, soy el conservador del Museo Sonia Smith. Con suerte no lo seré por mucho más tiempo… El caso es que a nuestro museo ha llegado un artefacto, un… un ídolo pagano del siglo XVIII. No sé si han leído algo en la prensa…

—El Ídolo Perdido de Niggurash —apuntó Nicolás—. Una reliquia de los Autos de Fe Inquisitoriales. Pero hasta donde he leído, aún no se ha confirmado su autenticidad.

—Yo creo que es auténtico, señores. Aún no han terminado con todas las pruebas, y sinceramente, es posible que nunca se terminen. Porque el ídolo de… El ídolo pagano está… ¡Está maldito!

Se hizo un silencio tenso en mi despacho. Seis personas, y nadie decía nada. Tan sólo el rítmico golpeteo de la lluvia sobre la ventana se empeñaba en romper ese silencio. Quizás un trueno habría ayudado un poco, pero ni eso.

—Mire… —dije para romper el hielo—, no es que no le creamos, ¿de acuerdo? Pero somos detectives, no espiritistas.

—Aunque a veces el nombre de la agencia llame a engaños —apuntó Zalaya, recordando el caso anterior.

—Trabajamos con hechos. Y en todos mis años de experiencia, aún no he encontrado ninguna maldición que se pueda demostrar. Entiendo que existen leyendas sobre ese ídolo, pero…

—¡Usted no lo entiende! —bramó Pedraza—. ¡Ya han muerto dos personas!

El retumbar del trueno que siguió a esas palabras sirvió como grave acompañamiento para nuestro repentino aumento de interés.

—Continúe.

Pedraza tragó saliva.

—Dos meses después de recibir el ídolo y formarse un grupo de estudio a su alrededor, recién instalado en su pedestal de la sala de conservación, supimos que un estudiante de Civilizaciones y Cultura Proto-céltica, Mariano Ugarte, se había colado en el laboratorio para estudiarlo en profundidad fuera de su turno. Después de aquello le sobrevino una fiebre feroz y empezó a sufrir alucinaciones. Dos días más tarde había muerto.

—¿Qué dijeron los médicos? —preguntó Celdelnord.

—Fallo respiratorio. Padecía una afección respiratoria desde hacía años.

—Entonces puede tratarse de una casualidad…

—Eso quise pensar yo… hasta que encontramos el segundo cadáver.

»Roberto Cantó de Entrambosmares. Ya habíamos tenido más de un encontronazo con él. Era un enfermo mental peligroso, había intentado colarse en nuestro museo más de una vez para  intentar destruir antiguas reliquias de valor incalculable sólo porque, según él, estaban malditas. Suponemos que eso fue lo que pasó esta vez. No tengo ni idea de cuándo se nos coló, pero cuando le encontramos, llevaba cerca de una semana muerto. Se había escondido en el almacén, no habíamos necesitado entrar hasta hace dos días, así que nadie lo había visto. Fue… Dios, no puedo ni explicarlo. Juzguen ustedes mismos.

Arrojó sobre mi mesa una fotografía sin siquiera atreverse a mirarla. En ella, el cadáver de un hombre de mediana edad yaciendo en un charco de excrementos. La cabeza abierta por brutales golpes, al parecer contra la pared. Las cuencas de los ojos vaciadas. Sangre en sus manos.

—¿Cree que se lo hizo él mismo?

—Encontramos un diario. Registró sus últimos momentos. Lo hizo él mismo.

—Señor Pedraza, investigaremos si es lo que desea; pero tiene usted dos cadáveres entre manos… La policía debe ser informada de esto.

—No lo entienden. Acudo a ustedes porque el alcalde me ha pedido que esta investigación se lleve a cabo por cauces paralelos a la policía. No quiere que tengamos aquí un escándalo.

—Zalaya, llama al alcalde y compruébalo —dije, y me volví de nuevo hacia nuestro visitante mientras el Jefe de Departamento de Declaraciones y Testimonios salía del despacho—. ¿Por qué el alcalde querría echar tierra sobre dos muertes?

—Bueno… Su Señoría ha contribuido muchas veces con el museo. Esta historia podría salpicarle. Además, quiere asegurarse de que no exista fraude alguno en toda esta historia.

—¿Fraude?

—Recuerdo haber leído algo —señaló Boniatus—. Este no es el primer ídolo de Niggurash que recibe el museo, ¿verdad?

—Así es, y ahora se ha revelado que el primero era falso. Si este segundo también lo fuera, imaginen las repercusiones.

—Dos personas han muerto. ¿En serio le preocupan las repercusiones?

Pedraza no supo qué contestar. Por suerte, Zalaya le evitó tener que responder al entrar de nuevo en mi despacho con el auricular en la mano. El alcalde quería hablar conmigo personalmente.

- ? -

Una hora más tarde, mis Jefes de Departamento y yo nos encontrábamos en el interior de la sala de conservación del Museo Sonia Smith. El señor Pedraza nos esperaba en la puerta… no se atrevía a entrar en la misma sala que el ídolo.

Ante nuestros ojos, sobre un pedestal negro laboriosamente ornamentado con una intrincada cenefa de relieves y hendiduras, descansaba el Ídolo Perdido de Niggurash. Se trataba de una estatuilla de unos treinta centímetros de alto tallada en piedra, que representaba a un hombre acuclillado que se abrazaba las piernas terminadas en pezuñas hendidas. La cabeza de la estatua parecía la de una cabra, con la salvedad de que tenía tres cuernos en lugar de dos. La enroscada cornamenta casi parecía una corona oscura y desvencijada. Bajo la pronunciada frente de la imagen, dos rubíes que hacían las veces de ojos brillaban al reflejo de las luces de la sala.

—Me lo imaginaba más grande —observó Boniatus.

—Habría dado más miedo, sí —respondí—. Celdelnord, procede.

La Jefa de Departamento de Pruebas Físicas se caló dos guantes de látex, abrió su maletín en la mesa más cercana y levantó con sumo cuidado el ídolo. Por un momento, cruzamos los dedos.

—Tiene un peso inusual para su tamaño —opinó Celdelnord.

—¿Alguien ha oído algo? —inquirió Nicolás.

—Ahí arriba hay un ambientador —observó Boniatus—. De los que rocían cada cierto tiempo.

—Te diría que empezaras a procesar esta escena, Profesor, pero creo que con todos aquí no vamos a hacer más que estorbarte.

—No pasa nada, puedo ir a ver dónde se encontró el segundo cadáver, si el señor Pedraza me acompaña…

—Hazlo. Te avisaremos si encontramos algo aquí.

Boniatus salió de la habitación y pidió a un reticente Severiano Pedraza que le guiase hasta el almacén. Celdelnord depositó cuidadosamente el ídolo sobre la mesa y comenzó a examinarlo.

—¿Tienes algo?

—Como he dicho, no pesa lo que debería.

—¿Pesa de más?

—Un poquito de menos, diría yo.

—Mierda, se me olvidaba… Zalaya, ve a buscar al Profesor y al señor Pedraza. Pídele a Pedraza una lista de los demás miembros del grupo de estudio, vas a tener que hablar con ellos.

—Hecho —respondió Zalaya, y corrió hacia fuera.

—¡Ajá! —exclamó Celdelnord, y se escuchó un ligero chasquido.

Me giré hacia el ídolo, para descubrir con asombro que sus piernas flexionadas ocultaban un compartimento secreto. El ídolo estaba hueco, y en su interior…

—¿Qué es eso? —pregunté.

—Ahora mismo nada —respondió Celdelnord con resignación—. Fue un mecanismo de alguna clase, eso está claro, pero está roto. Tendría que estudiarlo más detenidamente…

—A ver lo que puedes hacer. Nicolás, ¿tienes algo sobre mecanismos ocultos en estatuillas en el Siglo XVIII?

—Bueno, jefe, acabo de empezar, no se puede decir que tenga una base de datos monumental ahora mismo…

—Tienes razón. Busca a ver si encuentras algo, por favor. Y sobre el propio Niggurash, ya que estamos.

—Voy a ello —replicó el Jefe de Departamento de Documentación y Conexiones antes de salir.

Volví a girarme hacia el ídolo de Niggurash. Encontré a Celdelnord empapando un bastoncillo de algodón en un líquido y frotándolo con el interior del mecanismo, para luego proceder a rasparlo.

—¿Algo?

—Quizás, no prometo nada. Tengo que analizarlo.

—Adelante.

—Aquí no, Jack. Esto requiere un laboratorio en condiciones, no un maletín.

—Muy bien, termina con el ídolo y ve a tu laboratorio a seguir allí.

Quince minutos después Celdelnord estaba cerrando su maletín y saliendo por la puerta. Me disponía a seguirla, cuando Boniatus y Pedraza reaparecieron.

—Voy a tener que volver allí más tarde, Jack —dijo el Profesor—. Cuando venga a procesar esta sala me pasaré de nuevo por el almacén.

—¿Quiere explicarme por qué me ha pedido su ayudante una lista de los miembros del grupo de estudio del ídolo? —preguntó Pedraza visiblemente molesto.

Dediqué al conservador una sonrisa amable y franca. Aún hablábamos cada uno desde un lado de la puerta, y sabía que mientras no le diese una respuesta él no me iba a dejar salir.

—Jefe de Departamento —le corregí—. Y respondiendo a su pregunta… Nuestro trabajo es encontrar al culpable, señor Pedraza. Para eso tenemos que hablar con la gente…

—¿Es una broma? ¡Ya sabemos lo que está pasando! ¡El ídolo lleva maldito desde hace trescientos años!

—No lo pongo en duda, señor Pedraza. Pero las maldiciones no se echan solas. Tanto si se trata de una maldición como si no, lo que está claro es que alguien lo está orquestando todo. ¿Quiere que no muera nadie más? Entonces tenemos que descubrir quién está detrás de todo esto.

Aparté educadamente al conservador de mi camino y salí de la sala de conservación. El caso era interesante, sin lugar a dudas; pero tratar con una mente tan cerrada como la de Pedraza me estaba dando dolor de cabeza.

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Segundo Aniversario – Caso nº 00023: UNA DUDA DESDE EL PASADO (CERRADO)

Sentado a la mesa de la cafetería del aeropuerto, en compañía de dos de mis jefes de departamento, no dejaba de consultar el reloj una y otra vez. Podría decirse que estaba impaciente por volver a ver a mi viejo amigo y colaborador… pero lo cierto es que me intrigaba su llamada. Hacía ya casi una década que no recurría a mí. ¿En qué podía estar trabajando?

Las puertas de la zona de recogida de equipajes se abrieron para dejar pasar a una marabunta de viajeros. Pero él se destacaba sobre el resto. Sus dos metros de estatura, su considerable envergadura, su cabello gris ondulado y sus inseparables gabardina negra y bufanda roja. Se detuvo en la misma puerta, dio un rápido vistazo a su alrededor, identificó el letrero de la cafetería y prosiguió su avance. Llevaba un periódico doblado en una mano y un maletín en la otra. El sol de la mañana filtrándose por los grandes ventanales de la terminal arrancaba destellos de la cadena de su reloj.

Cuando llegó a nuestra mesa me estrechó la mano con firmeza y me dijo que se alegraba mucho de volver a verme. Pero sólo sus labios sonreían. Algo le preocupaba, y mucho.

—¿Sería posible que hablásemos a solas, Jack? —preguntó en un impecable castellano sin acento.
—El Profesor Boniatus y Zalaya son de confianza, están entre la élite de la Sociedad del Misterio. Caballeros, creo que ya habréis oído hablar del inspector O’Halloran, de la INTERPOL.

O’Halloran saludó educadamente a mis compañeros, pero se le seguía viendo incómodo con su presencia. No obstante, éste era un punto en el que yo no pensaba ceder: si la Sociedad del Misterio iba a involucrarse en un caso de INTERPOL, quería que mis jefes de departamento conocieran los detalles de primera mano.

El inspector soltó el periódico sobre la mesa. Lo primero que me llamó la atención fue que no era del día… sino de una semana atrás. La noticia de portada hablaba del asesinato de una mujer de la localidad, Leyre Úbeda (48 años, soltera, profesora de secundaria) en lo que parecía haber sido un crimen pasional. Siete puñaladas. La policía aún no nos había pedido nuestra colaboración, pero sí, reconocí la noticia, y así se lo dije a O’Halloran.

—Conoces lo que pedimos a la policía que dejase que se hiciera público, Jack —replicó—. Este caso se nos echa encima y necesito tu punto de vista, así que voy a revelar información confidencial. Confío en que todos los aquí presentes seremos unos caballeros y esto no saldrá de aquí.

Tan pronto como los tres dimos nuestra palabra, O’Halloran abrió su maletín y extrajo unas cuantas fotos. Cuando me pasó la primera supe inmediatamente lo que habría en las demás.

—Herida en forma de estrella —comentó Boniatus al recibir la primera foto de manos de Zalaya—. Pequeño diámetro. En la herida del cuello se aprecia una marca circular… como si al clavarse el arma hasta el fondo la empuñadura hubiese golpeado la piel. ¿Un destornillador, tal vez?
—Espera, espera, esta herida no encaja —musitó Zalaya con la segunda foto ante sus ojos—. Todas las heridas están causadas por encima de la ropa, sin contar claro la del cuello. Así que ¿por qué está desabrochado el penúltimo botón de la blusa?
—Porque ahí es donde les practica la incisión para llegar al estómago —murmuré mecánicamente. La tercera foto, tal y como me temía, mostraba la incisión a la que había hecho referencia.
—Ya te puedes imaginar el contenido del estómago entonces, ¿no, Jack? —preguntó O’Halloran.

Inspiré hondo antes de coger la cuarta foto. Aquello, que a ojos de un observador neófito podría y debería resultar ridículo, hizo que un escalofrío me recorriera la columna vertebral. El único dato que siempre se había mantenido oculto a la prensa. El pequeño patito de goma quirúrgicamente introducido en el estómago de las víctimas.

—Ruby —dije en un hilo de voz.

Ocho años atrás, el doctor Juan “Watson” Garzón encontró un patito de goma en el estómago de una víctima de asesinato. No había sido ingerido de forma natural. La incisión en el vientre se había practicado post-mortem. La muerte fue causada por una puñalada en el corazón con un destornillador de estrella, acompañada por seis heridas más de igual factura.

Antes de que pudiésemos investigar más, el inspector O’Halloran reclamó el cuerpo en nombre de INTERPOL. El comisario Regordán indicó que el asesinato se había cometido en su jurisdicción, y que si no había una buena razón para entregarlo no lo haría. El súbdito británico explicó entonces que se trataba de la undécima víctima del apodado por la prensa “Asesino del Destornillador”, y conocido dentro de INTERPOL como “Ruby” por el patito de goma que era su firma (y del que, obviamente, la prensa nunca supo nada). Ruby había cometido asesinatos en Texas, Nevada, Nueva York, México, Argentina, Francia, Escocia e Inglaterra; una víctima por estado (salvo en Texas y en Escocia, que cayeron dos), antes de llegar a nuestra ciudad.

Tras una ardua negociación, Regordán consiguió firmar una colaboración entre ambos departamentos. Pero O’Halloran sospechaba que Ruby huía del país en cuanto olía a un agente de la ley. Por eso en Texas asesinó a dos personas… la primera víctima tardó en aparecer, pero para cuando se hicieron públicas las dos muertes el asesino desapareció para resurgir en Nevada. En Escocia, de hecho, la segunda víctima fue un policía.

Si queríamos averiguar algo antes de que desapareciera, necesitaríamos a alguien que pudiese trabajar de incógnito. Y casualmente, había un joven estudiante sin rango alguno en la policía, con un buen dominio del inglés, a quien el forense jefe recomendó sin dudarlo.

Así fue como obtuve el alias de Jack Ryder, que utilicé para aquella operación encubierta y que retomé cuando fundé la Sociedad del Misterio. Así fue como, haciéndome pasar por periodista, logré seguir la pista del asesor forense y ciudadano americano Peter D. Gordon, a quien se había visto hablando con la última víctima en más de una ocasión, y de quien conseguimos averiguar que había estado trabajando en todas las ciudades en las que actuó Ruby, justo en las fechas señaladas.

Gracias a nuestra colaboración, Peter D. Gordon fue arrestado, extraditado, juzgado… y condenado a muerte. Su abogado ha recurrido la sentencia desde entonces, pero tras el último intento el juez dictó que el acusado sería llevado a la silla eléctrica el tres de Octubre.

—¿Crees que tenemos al hombre equivocado? —pregunté.
—Conoces los datos del caso mejor que nadie, Jack —replicó O’Halloran—. Los estuviste estudiando durante meses incluso después de la detención. Si tú me dices que el hombre que los americanos tienen en el corredor de la muerte es Ruby, no necesitaré más.

Suspiré.

—Matheson me metió el miedo en el cuerpo. Por eso seguí estudiando el caso. Y entonces llegué a la conclusión que ya conocemos: que las pruebas estaban blindadas, que Gordon tenía que ser Ruby. Pero eso no quita que el abogado tenga razón… si nos equivocamos, el culpable seguirá suelto y habremos causado la muerte de un inocente.
—¿Sí o no, Jack? ¿Tenemos a Ruby entre rejas, o no?
—Este trabajo me ha enseñado a asegurarme de todo antes de poder afirmar nada, O’Halloran, y menos aún algo tan serio como esto. Hace ocho años estaba convencido. Pero quiero repasarlo para estar seguro.

O’Halloran se derrumbó en su asiento. Pero su mirada desde el principio me decía que iba a hacerlo de todas formas. Si el hombre al que teníamos entre rejas era efectivamente Ruby, entonces es que había un segundo asesino; si no, es que el auténtico asesino seguía suelto. De cualquiera de las dos maneras, teníamos a un homicida que cazar.

—Podemos ayudar, pero necesitaré meter al equipo en esto.
—Regordán me ha dicho que me puedo fiar de vosotros. ¿Qué necesitáis?
—Acceso a la última escena del crimen. Quiero que Boniatus la estudie desde cero, sin influencia de los casos anteriores.
—Se puede conseguir.
—Una entrevista con Nuria Copano y otra con Carlos Ashmoor. Necesito que Zalaya conozca a los implicados.
—Con Ashmoor no creo que haya problemas. Copano puede estar algo menos dispuesta.
—Y los informes de los crímenes originales. Quiero repasarlos con calma, ahora que tengo algo más de experiencia.
—Sin problemas. Pero piensa que tenemos un límite de tiempo…
—Normalmente trabajamos con un margen de dos semanas. Justo el tiempo que tenemos antes de que Gordon sea ejecutado. Podemos hacerlo, O’Halloran. Puedes confiar en mí.

Intercambiamos algunas palabras más y nos separamos. O’Halloran debía volver a comisaría a ver si había nueva información, y nosotros teníamos que ponernos manos a la obra. Pero creo que intuyó que, en parte, le había mentido.

Claro que haríamos el trabajo. Pero ¿cómo podía decirle que confiase en mí… si yo mismo no estaba seguro de haber condenado al hombre correcto?

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LOS ARCHIVOS SECRETOS DEL DOCTOR WATSON. Archivo Nº 003: El patrón oculto

Damas, caballeros, de momento tenemos una temporada tranquila. Parece que con el calor a los criminales les da perrera salir de casa, o algo así… pero lo cierto es que no nos ha entrado ningún caso nuevo todavía.

Pero no desesperéis, estamos preparados para esa contingencia. Creo que es un buen momento para sacar a la luz un nuevo Archivo Secreto del Doctor Watson. Los veteranos del lugar recordaréis que estos documentos, presentados aquí a modo de ejercicio práctico, son el testimonio que dejó mi difunto amigo y mentor, el doctor Juan “Watson” Garzón, de su último caso. Un caso de corrupción policial que decidió investigar por su cuenta, un caso que llegó a resolver pero que murió antes de poder cerrar. En la columna de la izquierda podéis consultar los dos archivos anteriores, si queréis poneros al día. Y quizás os interese… porque en este informe van a hacer su aparición un par de viejos conocidos. Uno de ellos es del primer Archivo Watson; pero al segundo lo hemos conocido en persona.

Bien, vamos allá. Como ya sabéis, el procedimiento es el siguiente: durante una semana, podréis ver la conclusión sacada por Watson pero me guardaré el párrafo en el que explica cómo llega a ella. Durante ese tiempo, activaré la moderación de conjeturas para que, aunque todas me lleguen, nadie pueda ver las de los demás. Cada día os avisaré de qué conjeturas se han recibido, y dentro de siete días… podréis verlas todas publicadas junto con la solución.

¿Listos?

ARCHIVO Nº 003: EL PATRÓN OCULTO
por el doctor Juan Garzón

El patrón parecía evidente. El asesinato de Fermín Bueno y la difamación de Ramón Varela lo indicaban con bastante claridad: alguien de dentro del cuerpo estaba eliminando a otros policías. Pero me faltaba el móvil. ¿Por qué un chico de azul mata a otro? ¿Qué podía tener nadie del cuerpo contra esos dos hombres?

Me enfrentaba a un problema bastante complejo, sin embargo: ¿cómo investigar? Los expedientes de las víctimas y los informes de las autopsias apenas podrían revelar nada acerca del motivo. La única opción era el interrogatorio… pero no sabía quién estaba detrás de todo esto, no podía arriesgarme a descubrir el objeto de mi investigación demasiado pronto. No, si quería indagar sobre este asunto necesitaba encontrar primero un buen pretexto.

Solicité consultar los expedientes de ambos agentes, con el pretexto de que había pequeñas inconsistencias en sus autopsias, nada serio, pero que quería verificar. Necesitaba encontrar conexiones entre ambas víctimas, algo que fuese evidente que no tuviera nada que ver con sus muertes, pero que justificase una investigación por mi parte. Busqué enfrentamientos con otros compañeros. Busqué posibles denuncias a Asuntos Internos. Busqué decomisos irregulares. Busqué indicios de corrupción. Pero no logré dar con absolutamente nada.

Fuera cual fuese el motivo, no había pasado por los registros. Nadie parecía poder tener nada en contra de Fermín Bueno o de Ramón Varela. Salvo algunas pequeñas irregularidades completamente pasables, se diría que los difuntos eran los policías menos problemáticos de la central.

Tres golpes en mi puerta me sobresaltaron. Pero llevo muchos años en el departamento como para perder la compostura en estas situaciones. Con un ademán de mi mano indiqué, sin mirar a quien esperaba al otro lado del cristal de la puerta, que esperase un momento. Guardé cuidadosamente los expedientes, asegurándome de que no quedase ningún nombre a la vista, y entonces invité a mi visitante a pasar.

El hombre que atravesó la puerta resultó no ser otro que el agente Gabriel Hernando, ex-compañero de la primera víctima. Con quien no había vuelto a hablar desde el juicio. Sabía que Hernando estaba furioso conmigo por no haber insistido todo lo posible para que encarcelasen a Carlos Bordes Ferrón por el asesinato del agente Bueno; pero creo que en el fondo era él quien me había estado esquivando a mí todo este tiempo. Suponía que ya iba siendo hora de asumir las consecuencias de mis acciones.

Pero la tarde aún me reservaba más sorpresas. Hernando se sentó frente a mí y, tras un incómodo silencio, acabó por pedirme perdón por su actitud. Claro que le indignó que yo no hiciera más por encarcelar al asesino de su compañero y amigo… pero, y aunque le costó casi un mes de reflexión, había acabado por ver la misma incoherencia que yo. Bordes no podía ser la mano detrás de la muerte de Fermín Bueno. Y de pronto le había preocupado estarse volcando en encerrar al hombre equivocado. Quería saber qué pensaba yo, de quién sospechaba, y si podía ayudarme en algo.

Escuché sus observaciones con gran interés. Pero no le dije que yo pensaba lo mismo. ¿Cómo saber que podía confiar en él? Quizás intentaba averiguar lo que yo había descubierto para saber si me había convertido en una amenaza. Me limité a decirle que le mantendría informado si averiguaba algo… cosa que pensaba hacer. Para bien o para mal, Hernando había contactado conmigo. Si era una artimaña podía utilizarla en mi beneficio, y si no lo era quizás había encontrado un aliado.

De cualquier manera, no estaba preparado para confiar en él. Pero no podía negar que esto me había dado una idea.

Consulté de nuevo los expedientes de ambas víctimas. Pero esta vez no buscaba nada sobre ellos… sino sobre sus entornos. Quería saber con quiénes habían trabajado. En qué misiones habían estado. Había intentado averiguar si ellos fueron acusados a Asuntos Internos, pero ¿y si fue al revés? ¿Y si estos dos policías, tan aparentemente incorruptibles, se convirtieron en el obstáculo de otros un poco más corruptibles? O aún más… ¿y si simplemente pasaron por donde no debían?

Encontré por fin un par de puntos en común. El agente Hernández, había sido el último compañero de Varela, y participó en la operación de captura de Carlos Bordes; y una redada a un laboratorio ilegal, hacía sólo tres meses, en la que ambos habían tomado parte (Varela sólo en el aspecto administrativo).

Analicé ambos puntos en común. Hernández no era tan honrado como las víctimas, pero tampoco parecía un mal poli. Al menos, según su expediente. Había algo que no me cuadraba, según su dirección vivía en uno de los mejores barrios de la ciudad, pero su sueldo no debería permitírselo. ¿Quizás se sacaba un sobresueldo? No obstante, su expediente aún no recogía nada sospechoso. Durante la captura de Bordes su actuación fue ejemplar. Nada relevante desde entonces, salvo que se había presentado un par de veces al examen para inspector.

La redada había perjudicado a un narco de los importantes, Emilio Moragas. Ese laboratorio era uno de sus principales; pero además, uno de los técnicos detenidos habló más de la cuenta y vinculó directamente el laboratorio con Moragas. En el momento de escribir estas líneas, la fiscalía ya está preparando su acusación, y parece bastante blindada. Lo que significa que todos los implicados con aquella redada, nuestras dos víctimas incluidas, se habían ganado un poderoso enemigo. Un enemigo tan poderoso, que podría perfectamente tener contactos en el departamento.

Después de estudiar detenidamente ambos casos, opté por quedarme con el tema de las drogas. Era muy visible, por lo que a nadie le extrañaría que yo lo investigara. Era un tema de actualidad, lo que implicaba que no me pedirían que pospusiera mis indagaciones. Y lo que es más importante… era claramente una pista falsa. Lo que me permitía investigar el auténtico rastro, el agente Hernández, sin levantar las sospechas de los responsables…

[…]

¿CÓMO SUPO WATSON QUE LA PISTA DE MORAGAS ERA FALSA?

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MIENTRAS TANTO EN EL MUNDO: La Asesina Fantasma

Como bien sabéis, en la entrada de la Sociedad del Misterio tenemos una placa con las Reglas del Investigador. Las dos primeras son citas holmesianas bastante reconocibles. La tercera, más contemporánea, es una frase célebre del criminalista Gil Grissom (de Las Vegas, Nevada) que enuncia que, mientras que las personas mienten, las pruebas no lo hacen.

¿Es esto verdad en todos los casos? Más aún, en el caso de que las pruebas nos estén diciendo la verdad… ¿sabremos interpretar realmente lo que nos dicen?

He tenido noticias recientes de una investigación criminal en Alemania que, creo, servirá para ilustrar este supuesto a la perfección. Así que, si me lo permitís, me gustaría dar inicio a una nueva sección, a la que llamaremos “Mientras tanto en el mundo”, y en la que tendrán cabida las historias detectivescas que aparezcan en los medios y que puedan resultar interesantes.

Comenzaré, por tanto, con el caso de la Asesina Fantasma.

Se trata de una investigación que ha mantenido a Alemania en vilo durante años. Nada se sabía de esta asesina, salvo que su ADN había sido hallado no en una ni en dos, sino en treinta y nueve escenas del crimen aparentemente inconexas. Ninguna relación entre las víctimas. Nunca el mismo Modus Operandi. La mujer a la que perseguían no parecía tener ningún motivo para cometer todos esos crímenes. Sin embargo, todo apuntaba a que el rastro que estaban buscando (que no persiguiendo) era el de la asesina en serie más prolífica e impredecible de la historia de Alemania.

Cientos de agentes de policía, agrupados en seis comités especiales, agotaron sin éxito todas las vías de investigación que se les ocurrían. Llegaron a ofrecer una recompensa de trescientos mil euros por la captura de la Asesina Fantasma. Pero la falta de coherencia entre los crímenes, así como la imposibilidad de encontrar ningún indicio de la identidad de la culpable, empezaba a hacer flotar entre los investigadores la sombra de una duda: ¿y si no existía una Asesina Fantasma?

Esa conclusión desafiaba las pruebas encontradas. Pero supongo, me falta el dato de cómo ocurrió, que fue eso lo que llevó a los avances que finalmente han tenido lugar esta semana pasada. Y es que, en un vertiginoso giro de los acontecimientos, la policía ha logrado finalmente establecer la identidad de su sospechosa principal.

Damas, caballeros… el ADN encontrado en esas treinta y nueve escenas del crimen pertenece a una trabajadora de la fábrica que hace los bastoncillos de algodón que utilizan los de la científica para tomar muestras de ADN de las escenas del crimen. Lo que significa que en realidad no lo habían encontrado en ninguno de esos casos: se lo habían llevado ellos mismos al lugar.

¿Mintieron las pruebas? Bueno, técnicamente no. El ADN que la policía analizó Pero a veces, sólo a veces, una prueba que dice la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, puede llegar a resultar inesperadamente engañosa.

Supongo que a veces hay que pensar que, si te tocas en cualquier parte del cuerpo y te duele, es posible que tengas el dedo roto.

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Los Archivos de la Sociedad del Misterio: Casos 00001 a 00010.

Bien, equipo, lo hemos conseguido. La Sociedad del Misterio ha logrado resolver sus primeros diez casos. Robos, secuestros y, en su mayoría, asesinatos. Durante todo este tiempo hemos ido ganando renombre, algunos de vosotros habéis subido puestos en esta Sociedad, e incluso hemos llegado a ser tan importantes que nos hemos ganado un enemigo. Pero quizás algunos de vosotros os preguntéis en qué hemos ayudado, en qué hemos hecho cambiar las cosas.

Por eso he creído que os interesaría echarle un vistazo a esto. Durante estos diez últimos trabajos he estado haciendo un seguimiento de todas las personas implicadas. ¿Queréis saber qué ha sido de ellos?

Caso nº 00001: La Mano del Muerto

David Jiménez fue hallado culpable por el cargo de asesinato. Entró en prisión, pero pronto cometió dos intentos fallidos de suicidio. Su abogado recurrió la condena alegando enajenación mental. Actualmente está interno en el centro psiquiátrico El Arca. Si me lo preguntáis, diría que de la expresión “intentos fallidos de suicidio” nuestro buen David se volcó más en lo “fallido” que en lo demás. Su madre, enferma desde hacía tiempo y muy afectada por haber perdido a dos hijos, fue hospitalizada hace dos semanas; los médicos no le dan mucho tiempo de vida. Cecilia Ordóñez, ex-pareja sentimental de la víctima, había abandonado la ciudad para volver a casa de sus padres; pero cuando ha sabido del delicado estado de la anciana, volvió para hacerle compañía en el hospital. No hablan de Andrés; ninguna quiere hacerle daño a la otra. He sabido que, con ayuda de sus padres, Cecilia ha decidido empezar a estudiar Bellas Artes.

Caso nº 00002: El Asesinato del Doctor Watson

“Isabel Alterio”, la asesina a sueldo contratada para matar a Watson, cumple condena en una prisión de máxima seguridad; sin embargo debió conseguir un buen trato, porque a pesar de estar cumpliendo la condena íntegra tiene todos los privilegios imaginables. No así los policías corruptos que la contrataron. Ahora alguno de ellos dice que obedecían órdenes, y que por un buen acuerdo está dispuesto a revelar de quién provenían. Ninguno de los demás suelta prenda, pero tampoco parece importarles… la fiscalía no está muy convencida de que haya nada de verdad tras esa historia. En cuanto a la familia Watson, les está costando pero os alegrará saber que están saliendo adelante. Jaime ha pintado una serie de retratos de sus padres, basándose en viejas fotografías, y los expone ahora mismo en Nueva York; María ha decidido vender la casa, pero se la ha vendido a unos viejos amigos de la familia a los que visita con frecuencia, así que aún mantiene sus raíces; por supuesto ya sabéis cómo le va a Irene; y Samuel, el mayordomo, logró encontrar trabajo al servicio de un magnate del mundo editorial.

Caso nº 00003: Asesinatos Anticipados

Ernesto Núñez y Míriam Esquivel, los dos asesinos, cumplen sendas condenas por asesinato y conspiración para cometer asesinato en dos centros penitenciarios separados. El juez consideró que el riesgo de fuga era elevado, por lo que dictó sentencia sin fianza.

Caso nº 00004: La caza del Zorro

Diego Banderas, el asesino de Víctor García, cumple actualmente condena por asesinato. A día de hoy, sólo se arrepiente de haberse dejado coger con tanta facilidad. Simón Jimeno reunió el valor necesario y llamó a su antigua novia, Elena, a la que García había seducido en la fiesta de graduación. Pero como todos sabemos cuál es el cotilleo que realmente nos interesa… Antonio Vega y Patricia Mármol (la Catwoman de la fiesta) se estuvieron viendo durante dos semanas, antes de descubrir que se estaban poniendo los cuernos el uno al otro desde el principio. Ahora se habla de planes de boda.

Caso nº 00005: La escena y el crimen

Federico Aquino sigue escribiendo desde la cárcel. Especializado como estaba en crear personajes de criminales, para él la prisión es una especie de “oportunidad de oro”. Leopoldo Romero ya había decidido rodar el guión póstumo de Gabriel Rojas incluso antes de leerlo, a modo de homenaje. Cuando finalmente lo tuvo en sus manos, no se arrepintió de su decisión. La fecha de estreno está prevista para Diciembre de este año. En cuanto a Susana Montero, la secretaria, consiguió trabajo en la empresa de su novio. Hace dos meses cogió vacaciones y se fue de viaje. Desde entonces le tengo perdida la pista.

Caso nº 00006: El Faisán de Oro

Lo poco que sabemos del asesino es lo mismo que sabíamos hasta ahora. A. K. sigue burlándonos cada vez que nos lo encontramos. Ahora sabemos que fue un candidato a miembro del club, que se identificó como Edward Pierce, quien habló al presidente, Gerónimo Sáez de Vidal, de la Sociedad del Misterio seis días después del robo. La excusa fue la pasión de Sáez de Vidal por la literatura detectivesca. Edward Pierce es el nombre (probablemente falso) de la mente maestra que organizó el Gran Robo del Tren… así que creo que podemos adivinar quién era realmente ese candidato. Sáez de Vidal apenas recuerda nada de su cara, sólo que tenía una mirada penetrante y aguda. En cuanto al registro del barco de Quintanilla, por las marcas en el polvo sabemos que han desaparecido tres objetos de tamaño mediano, aunque no podemos saber qué tres objetos eran.

Caso nº 00007: Cinco días para morir

Ágata Castro sigue viva gracias a nosotros, pero también gracias a un enorme equipo médico. Su doctor le da poco tiempo de vida, esta vez por causas naturales. La enfermera, Berta Pocino, sigue cuidando de ella. Sus servicios los paga Ofelia Salazar, nuera de la víctima. Aída Cubero, la nieta, visita a su abuela todas las semanas y se asegura de que no le falte de nada. Nadie le ha contado nada de su secuestro, ni por qué su hijo, Héctor Cubero (actualmente cumpliendo condena por detención ilegal) no va ya nunca a visitarla. La buena mujer es feliz en su ignorancia.

Caso nº 00008: Réquiem por un payaso

Primero lo primero: os alegrará saber que el cuerpo de Jorge Brezo descansa ya finalmente en suelo sagrado gracias a nuestros descubrimientos. Su hermana Virginia nos da las gracias de todo corazón. En cuanto al resto de los implicados… Armando Mazas cumple condena por el asesinato de su compañero de escena. Su abogado está intentando recurrir su condena alegando enajenación mental. A la fiscalía le parece un poquito tarde para probar con ese farol. Violeta Sanpedro ha reforzado su amistad con Virginia Brezo, se han estado apoyando mutuamente; actualmente ensaya para su próxima ópera, Salomé, de Richard Strauss. Juan Nicolaides ha decidido dar un giro a su carrera y ha empezado a escribir una ópera por su cuenta. Y en cuanto a la participación de A. K. en este misterio… todavía no se ha determinado cómo supo nuestro viejo archienemigo que Mazas cometería el asesinato.

Caso nº 00009: Las tres muertes de Gonzalo Estrada

Águeda Benítez, la única víctima superviviente de Gonzalo Estrada, sufrió una recaída cuando supo que su hermano Pablo había sido detenido por asesinato; pero los cuidados médicos del Centro Arca para enfermos mentales la han ayudado a reponerse. Pablo sabe cuánto sufre su hermana, pero también piensa que ha hecho lo único que podía hacer para protegerla. Bernardo Ceballos opina lo mismo, aunque a día de hoy ha recapacitado sobre sus acciones y piensa que dejar escapar a un asesino sólo porque él mismo odiase a la víctima podría no haber sido una idea tan buena… ha comprendido que entonces no sabía si el asesino tenía intención de volver a matar. De quien apenas se ha vuelto a saber es de Alejandro Ruiz. Sigue vivo, pero ha cerrado la tienda y apenas sale de casa; según se rumorea, está pensando mudarse de barrio. Tal parece que su jugada de “decir que lo hice yo y convertirme así en el héroe de mis vecinos” le ha salido un poco al revés, y ahora es el hazmerreír del vecindario.

Caso nº 00010: El caso del tomo transformado

Simón Olazábal, el restaurador, aún está esperando al juicio, así que su abogado está preparando la mejor defensa que pueda fabricar. La fiscalía me ha pedido que participe como testigo, así que los que habéis participado en este caso estad atentos porque podría necesitar la colaboración de alguno de vosotros. El director del museo intenta limpiar su buen nombre tras el escándalo, pero por ahora no le va demasiado bien. Ahora que el director está demasiado ocupado con sus propios problemas, el becario, Casimiro Pino, y la secretaria, Nuria Osasuna, se han visto libres de la censura y han empezado una relación seria. Elías Monje, el vigilante nocturno, podría ser degradado por haber permitido el robo, pero personalmente no creo que le acabe pasando nada.

Ahí tenéis. La Historia de la Sociedad del Misterio hasta ahora. Como podéis ver, no hemos pasado precisamente inadvertidos… vuestro buen trabajo ha dejado su huella.

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Caso nº 00003: ASESINATOS ANTICIPADOS (CERRADO)

Tenemos un nuevo caso, equipo, y mucho me temo que éste puede habernos llegado algo tarde. Ya hay dos víctimas mortales. La única ventaja es que sabemos quién será la tercera.

Esta es la situación. Hace hoy exactamente dos semanas, el lunes 22 de Octubre, mientras investigábamos el Caso del Asesinato del Doctor Watson, la policía recibió una llamada de alguien que quería denunciar un asesinato. Dio el nombre de la víctima (Estela Muñoz, veintisiete años, soltera, azafata) y el lugar donde se había encontrado el cuerpo (el domicilio de la víctima). El denunciante, un varón, colgó antes de identificarse. La policía lo atribuyó al nerviosismo.

Inmediatamente acudieron a la supuesta escena del crimen. Imaginad su sorpresa cuando, al llegar a la dirección que se les había dado, encuentran a Estela Muñoz con vida, recién salida de la ducha, envuelta en una toalla.

Al principio pensaron que se había tratado de algún tipo de error, que quizás la dirección estaba mal, y basándose en esa suposición se dedicaron a visitar a los vecinos, puerta por puerta, por si acaso el crimen había sido cometido en el mismo edificio pero en otra casa. Tardaron quizás más de lo necesario en darse cuenta de que, aunque la dirección pudiera estar mal, el nombre se correspondía.

La señorita Muñoz trató de quitarle hierro al asunto. Parecía estar más extrañada que asustada. Explicó que acababa de volver del gimnasio, que durante un par de horas no había estado en casa y que lo único que se le ocurría era que algún vecino no la viera por casa y pensase algo raro. La policía se disculpó por las molestias y se retiró.

Al día siguiente, el 23 de Octubre, Estela Muñoz apareció muerta en su casa. Herida de bala en la cabeza. Hora estimada de la muerte: las nueve y cuarto de la noche, la misma hora a la que la policía la visitó el día anterior. Nuevamente recién salida de la ducha.

Una semana más tarde, el martes 30 de Octubre, la policía recibió una nueva llamada denunciando un asesinato. Esta vez la víctima era un varón (Pedro Elorriaga, treinta y ocho años, abogado, casado). El cuerpo “había sido encontrado”, presuntamente, en los lavabos del club nocturno “La jungla” a las once de la noche.

La policía, prevenida tras el fracaso anterior, envió una unidad al domicilio de Pedro Elorriaga, otra al club nocturno en cuestión. Como era de esperar, encontraron a Elorriaga vivo y ningún cadáver en el club. Elorriaga acababa de volver de un viaje de trabajo y había parado a recoger a su mujer en el trabajo, con lo que nuevamente no se encontraba en casa en el momento de la llamada.

Esta vez se quedaron vigilando la casa. Elorriaga recibió instrucciones precisas: si por cualquier motivo tenía que salir de casa, avisaría a la policía para que le siguieran. Y efectivamente, esa misma noche avisó diciendo que había recibido una llamada urgente de un cliente y que tendría que salir a reunirse con él. Dio la dirección del cliente y anunció que tardaría unos minutos en salir, ya que la llamada le había pillado en la ducha y estaba aún sin vestir.

A los diez minutos, tal y como se esperaba, su coche salió del garaje. La policía lo siguió, pero lo perdieron en el tráfico. Aunque el coche volvió a aparecer, y efectivamente en la dirección a la que había dicho que iría, Elorriaga ya no estaba. Rápidamente enviaron hombres al club nocturno… y allí encontraron el cadáver, esta vez degollado. El camarero que lo encontró no podía dejar de hablar del escalofriante contraste: vestido con un impecable traje de Armani, y envuelto en bolsas de basura.

Se ha verificado que, efectivamente, Elorriaga recibió una llamada de un cliente suyo, Ernesto Núñez (35 años, constructor, viudo), quien está intentando llevar a su socio a juicio por un presunto caso de corrupción urbanística del que intenta desvincularse. Se le ha interrogado, sólo por si acaso, pero no tenemos gran cosa: llamó a su abogado desde el coche, camino de su oficina, y acordó que le esperaría allí. La oficina en cuestión estaba en plena mudanza, así que quizás no era el lugar más cómodo para reunirse con él, pero sí el más discreto. He aquí unos fragmentos de su declaración:

“¿Que si yo habría querido…? ¡No! Oigan, entiendo que tengan que considerarme sospechoso, pero yo le necesitaba con vida para el juicio, ¿por qué iba a matarlo? ¿Se les ocurre algún motivo?”

“La mudanza, sí… No se crean que me voy muy lejos, me quedo en este mismo edificio, sólo estoy trasladando mi oficina. Verán, sé que puede sonar poco profesional, pero… he perdido a mi esposa recientemente, y esta oficina me traía muchos recuerdos de ella. Por favor, no me pregunten por qué.”

En realidad no hizo falta preguntar. La policía encontró, en el cajón inferior de un archivador, una caja con una enorme colección de fotografías porno amateur en las que aparecían él y su mujer. Al menos, quisieron pensar que se trataba de él y su mujer (las personas de las fotografías llevaban máscaras, y nadie se atrevió a preguntar).

Hacia estas alturas fue cuando conseguimos cerrar el Caso del Asesinato del Doctor Watson, así que cuando la policía recibió una tercera llamada, acudieron directamente a nosotros. Han localizado el origen de las tres llamadas, pero en cada caso fue una cabina pública distinta. Esta vez no hay miramientos: la policía ha puesto a la nueva futura víctima bajo vigilancia permanente, con dos hombres dentro de la casa y otros dos en el exterior. Presumiblemente, el cuerpo de esta nueva víctima aparecerá en su lugar de trabajo, así que allí también hay hombres vigilando.

La nueva futura víctima es la viuda de Elorriaga, Miriam Esquivel. Treinta y tres años, recepcionista de un gimnasio. Estaba muy afectada porque, en el momento que su marido salía de casa, ella había salido a sacar la basura, por lo que ni siquiera pudo despedirse de él antes de su muerte. Os podéis imaginar en qué estado se encuentra ahora que sabe que es la siguiente.

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Caso nº 00002: EL ASESINATO DEL DOCTOR WATSON (CERRADO)

Ante todo quiero daros a todos las gracias por venir, especialmente habiendo sido avisados con tan poca antelación. Pero supongo que comprenderéis que la situación es lo bastante seria como para requerir vuestra presencia.

Creo que convendría que os pusiera en antecedentes. La Sociedad del Misterio acaba de empezar a actuar, como ya sabéis, pero gran parte del equipo (yo mismo incluido) ya hemos trabajado antes como investigadores en distintas áreas. Por eso decidimos crear esta sociedad, para ayudar a esclarecer todos los misterios que la policía no consigue resolver por sí misma, o incluso para asesorar a particulares como detectives privados.

Me siento muy orgulloso de mi equipo de investigadores. Pero para mí, estaría incompleto sin la participación de uno de mis más viejos amigos: el doctor en medicina forense Juan “Watson” Garzón.

Watson, como le llamábamos cariñosamente, fue quien me introdujo en el mundo de la investigación criminal. El forense más despierto que jamás he visto. Fue su insistencia la que impidió que la policía cerrase algunos casos antes de tiempo. Un forofo de la literatura detectivesca, cuando trabajábamos juntos teníamos la costumbre de desafiarnos con frases memorables de Sherlock Holmes, a ver si éramos capaces de adivinar a qué caso pertenecían. Para mí fue mucho más que un maestro.

Cuando decidimos crear la Sociedad del Misterio, naturalmente Watson fue uno de los primeros a los que llamé. Imaginad mi sorpresa cuando me dijo que se había retirado. Fue una pena porque por ahora dependemos del departamento forense de la policía, pero a nivel personal me supuso una terrible decepción.

A pesar de ello no volví a pensar en esta historia. Hasta que, durante la investigación del caso de la Mano del Muerto, recibí una llamada de su hijo. Jaime Garzón, cuarenta y cinco años, pintor. Me informaba de que se acercaba el cumpleaños del viejo Watson, y que la familia quería darle una fiesta sorpresa. Tenían muchas ganas de que yo pudiese unirme a ellos. Le dije que tendría que darme unos días, hasta que cerrásemos el caso actual, y que aún así no podría garantizarle nada porque no sabía si surgiría algún nuevo caso.

Volví a llamarle tan pronto como cerramos nuestro primer caso. Le noté algo preocupado. Finalmente logré que me contase lo que pasaba.

-Es ese maldito caso, Jack –me dijo-. El caso que no fue capaz de cerrar. Sabes que fue por eso por lo que se retiró, ¿no?
-No quise preguntar –respondí-, pero ya me calculaba que había tenido que hacer falta algo realmente frustrante para que alguien como tu padre se retirase del juego.
-El problema es que no le bastó con retirarse. Cada día ha estado algo más huraño, algo más obsesionado. Y como sigue sin conseguir avanzar, cada día que pasa se deprime más. Está fatal, Jack. Por eso queremos montarle algo para su cumpleaños, y por eso sería genial que pudieras venir.

¿Cómo podía negarme? Dejé bien claro que el trabajo podía reclamarme a última hora y que no sabía si podría ir con seguridad, pero me comprometí a asistir a la fiesta si no surgía ninguna complicación. Me moría de ganas de ver a mi viejo amigo, y quién sabe… pensé que quizás, si le ayudaba (o le ayudábamos) a cerrar su caso, tal vez recuperase los ánimos y se uniera al equipo.

El sábado 22 de Septiembre llegué a la casa de mi viejo amigo y maestro. Lo primero que hice fue soltar un silbido de admiración.

Watson siempre había sido muy ahorrador. Y según parece, la jubilación le permitió invertir el dinero en lo que siempre había querido: una pequeña mansión en la montaña, aislada del ruido de la ciudad, donde poder retirarse a pensar… o pasar el tiempo con sus familiares y amigos sin miedo a molestar a los vecinos.

La ex-mujer de mi amigo fue quien me recibió a la entrada. María Morales, sesenta y tres años, maestra de primaria. Siempre me costó trabajo creerme la historia del divorcio de María y Watson. Según ellos contaban, llegó un momento en el que María comprendió que seguía queriendo a su marido, pero que no podía soportar el trabajo que él desempeñaba. Sea como sea, jamás he conocido pareja de divorciados mejor avenida. Se siguieron viendo con frecuencia, salían juntos a cenar, y aún acudían juntos a todos los eventos sociales. Uno no sabía si habían olvidado que hubieran estado casados y sólo recordaban que eran buenos amigos de toda la vida, o si lo que habían olvidado era que ya no estaban casados.

No me sorprendió demasiado descubrir que el ayudante del doctor Watson, Samuel Viñas, ahora compartía techo con él como su mayordomo. Samuel (treinta y nueve) había sido un delincuente juvenil al que se le fue un robo de las manos. La investigación de Watson ayudó a la policía a dar con la pista del joven homicida involuntario, pero mi viejo colega fue capaz de ver que el muchacho había cometido un error que le perseguiría durante años, quizás durante toda su vida. No vio en sus ojos a un asesino. Así que, tan pronto como Viñas salió en libertad, recibió una inesperada oferta de trabajo de Watson. Pese a que como ayudante era pésimo, Watson nunca desistió y lo cuidó como a un hijo, empeñado como estaba en enderezarlo. Verle de frac, con pulcros guantes blancos y un delantal a rayas, me convenció de que al final mi amigo había conseguido su objetivo.

Jaime me saludó efusivamente cuando lo encontré en el salón. Pude ver un destello de esperanza en sus ojos.

-¡El viejo Jack! Me alegra que hayas podido venir, amigo.
-Yo también. ¿No está tu padre por aquí?
-No, y gracias a Dios. ¿Qué clase de fiesta sorpresa podríamos organizarle con él en casa?
-La misma que le estáis organizando sin él, Jaime –respondí con media sonrisa-. Parece que no conozcas a tu padre; está clarísimo que ya ha tenido que encontrar como mínimo media docena de pistas de lo que estáis planeando.
-Eso esperamos –terció María-. Nos hemos esforzado mucho en dejarle pistas falsas.

Me reí de buena gana. Desde luego no creía que ese truco pudiera engañar al viejo Watson, pero en el fondo sabía que yo habría intentado lo mismo.

El resto de los invitados llegaron durante la siguiente hora. Se trataba de Irene Garzón, la hija de mi amigo (cuarenta y tres años, forense como su padre); Pablo Morales, sobrino y ahijado de Watson (treinta y siete años, cocinero); e Isabel Alterio, novia de Jaime desde hacía un par de meses (treinta y dos años, cantante en un piano-bar).

Mi curiosidad se impuso a mi corrección, así que lo primero que hice cuando conocí a esta última fue preguntar por la diferencia de edad entre Isabel y Jaime. Eso sí, al menos tuve la delicadeza de esperar a que saliera de la habitación y preguntar a María.

-Bueno, entendemos que no es como si se hubiera liado con una adolescente –respondió-, pero no sé, creo que a Juan no le gusta. No quiere hablar del tema, así que no te puedo dar más datos.
-¿Cuándo le han gustado a Papá alguno de nuestros novios, mamá? –intervino Irene con la suficiente discreción como para que la conversación siguiese quedando entre nosotros.
-¡No seas así! Ramón le caía bien.
-Todo un éxito, me ligo a un imbécil y a papá le cae bien –replicó ella con una sonrisa.

Aunque sabíamos que nuestro homenajeado tardaría aún en llegar, habíamos optado por celebrar la fiesta en el estudio, una habitación sin ventanas para evitar que Watson viese la luz encendida al llegar. Habíamos asignado a Samuel la tarea de avisarnos por radio tan pronto como viese el coche acercarse a la casa, para tener tiempo de ocultarnos. Hasta entonces, decidimos ponernos cómodos.

Me acerqué a Pablo, junto al mueble-bar que mi amigo tenía en su estudio. Me llamó la atención que el mueble bar tuviese una cerradura de combinación, pero Watson siempre había sido bastante excéntrico para algunas cosas. A Pablo se le veía levemente incómodo. Procuré que mi pregunta al respecto sonase más a preocupado interés que a interrogatorio.

-No es nada, señor Ryder –me dijo-. En serio, no es nada.
-¿Está seguro?
-Bueno, sí, es algo, pero no quiero hablar del tema.
-Lo comprendo, disculpe si le he ofendido…
-No se preocupe, entiendo que es usted curioso por naturaleza. Usted es detective privado, ¿no?
-Algo así.
-Hagamos una cosa. Intente deducir qué es lo que me preocupa. Si lo acierta, estoy dispuesto a contarle todos los detalles.
-No lo veo apropiado…
-Venga, hombre, seguro que se le ocurre algo.
-A ver, claro que se me ocurre algo, pero sigo pensando que no soy quién para decirle que esa mala racha financiera ya pasará, y que entiendo su frustración pero que a veces los artistas como su primo pasan por buenas etapas, lo que no significa que eso vaya a durar para siempre. Así que podría decirle que no se sienta inferior, que usted tiene un trabajo mucho más estable que Jaime y que, por lo tanto, su situación económica se normalizará pronto. Pero como ya le digo, no creo que yo sea quién para ahondar en esos temas.

Y me alejé con una sonrisa, dejando a un perplejo Pablo a mis espaldas. Quizás, pensé en ese momento, si en algún momento decidiera dejar de considerar el trabajo de investigación como un espectáculo de circo, podría llegar a explicarle que no sólo resultaba evidente cómo miraba su traje y el de su primo (de una excelente calidad) alternativamente y con una mirada de frustración, sino que su tía María ya me había hablado del pequeño escollo financiero en el que estaba. Pero por el momento, con eso tendría bastante información.

En ese momento recibimos el aviso por radio. Nuestro invitado de honor estaba llegando a la casa. A una orden de María, todos corrimos a buscar un escondite apropiado. Ella permaneció junto a la puerta para apagar las luces, ya que conocía la casa mejor que nadie y podía encontrar un buen escondite a oscuras. Corrí a ocultarme tras el sofá que estaba en el centro de la habitación. Jaime escogió un aparador, al lado de la misma puerta, como parapeto. Irene se escondió tras el sillón, junto al sofá. Pablo era un hombre de baja estatura, así que la planta de interior al otro lado de la puerta era un escondite bastante aceptable si íbamos a estar a oscuras. Isabel se deslizó hábilmente debajo del escritorio, al fondo de la habitación; buen escondite, pensé, ya que éste tenía un tablero de madera en la parte frontal.

María apagó las luces. De oídas, pude saber que caminaba en dirección el escritorio; pero dado que ella ya sabía que ese escondite estaba ocupado, sólo puedo suponer que planeaba ocultarse tras la librería de al lado.

Aguardamos unos minutos en el más absoluto silencio, hasta que finalmente oímos los pasos del doctor Watson aproximarse a la puerta. A partir de ahí, sólo debíamos esperar a que él encendiera las luces para salir de nuestros escondites gritando “¡Sorpresa!”. No podía adivinar lo que ocurrió a continuación.

La puerta se abrió. Desde mi escondite apenas podía distinguir la silueta de mi viejo amigo recortándose sobre las luces del pasillo. Entró y cerró la puerta tras de sí. Después de eso pudimos oírle trastabillar una vez, tantear la pared varias veces, emitir un extraño suspiro, volver a tantear la pared (esta vez con más fuerza) y, finalmente, desplomarse. Sentí a María pasar a mi lado como una exhalación, corriendo hacia el interruptor de la luz.

Cuando las luces se encendieron, todos salimos de nuestros escondites. El doctor Juan “Watson” Garzón yacía moribundo en la misma puerta de su estudio, con una daga clavada en su espalda. María gritó horrorizada y se desmayó junto a él.

Nadie sabía qué decir ni qué hacer. Yo mismo me encontré superado por el shock. Tardé un par de segundos en reaccionar.

-Atiéndela a ella –dije a Jaime.
-¡Pero…!
-¡Atiéndela a ella!

Sin quitar ojo de encima a su padre, Jaime corrió a reanimar a su madre. Yo traté de procesar mentalmente la escena. Todos habíamos salido de nuestros correspondientes escondites; quienquiera que fuese, tuvo tiempo de volver a su sitio. Pero no debió tener demasiado tiempo para llegar hasta la puerta y cometer la agresión desde que Watson entró.

-Jack… -gimió de pronto mi amigo.

Corrí hacia el cuerpo agonizante del doctor Watson y lo sostuve entre mis brazos. Error, como comprendí más tarde, porque ahora mis huellas estaban en el cuerpo.

-Dime, Watson.
-“Debería… haber entrado… en el bar más cercano” –recitó con voz temblorosa-. “Ese es… el centro… de todos los cotilleos…”

Quise decirle que ahorrase fuerzas. Quise decirle que intentase darnos alguna pista sobre su agresor. Pero instintivamente acabé por seguirle el juego, aquel viejo juego de las frases memorables que hacía años que no retomábamos. Y quizás fue porque él había escogido, probablemente a sabiendas, una de mis frases favoritas.

-“La Aventura de la Ciclista Solitaria” –le dije.
-No- respondió con una última sonrisa y un gesto que bien pudo ser un guiño.

Y fue en ese momento, mientras mi viejo amigo y mentor moría en mis brazos, mientras Isabel se apresuraba a buscar un teléfono para llamar a la policía y a una ambulancia que llegaría demasiado tarde, cuando comprendí la horrible verdad. No fue hasta entonces, cuando mi cerebro volvió a entrar en modo investigador, que me di cuenta del auténtico problema de este caso.

Los seis invitados éramos sospechosos; todos estábamos en la escena del crimen cuando se cometió el asesinato. Y ninguno de los seis teníamos coartada: en el momento del crimen, ninguno podía ver lo que hacían los demás, y por tanto ninguno de nosotros teníamos testigos.

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