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MIENTRAS TANTO EN EL MUNDO: Especial Misterios sin resolver I

Era una mañana atemperada, algo fresca para la fecha. Las olas rompían no muy allá, a  unos metros, mientras las gaviotas lanzaban sus lastimeros quejidos volando bajo, cuando no dando vueltas por la arena dorada de Adelaida, Australia. Varias casas blancas e impertérritas se agolpaban más arriba, y los cangrejos ya correteaban poco a poco acercándose cada vez más al bulto que estaba allí tendido, al pie de una pasarela de madera.
Nunca se supo su nombre. El de ese varón, caucásico, vestido con corte inglés y varios enigmas en sí mismo, desde el contenido de su portafolios a las misteriosas letras escritas en un papel, transcritas del árabe, y ocultas en un bolsillo secreto. Además de tener un misterioso grupo de letras, puede que un código, puede que delirios de un condenado a muerte, y una causa de la muerte poco clara.
Quién era y por qué apareció allí muerto, es algo que sólo queda entre él y las arenas de la playa de Adelaida, Australia. Lo demás, es un misterio, uno de esos que dejan margen más que suficiente a la imaginación y a la especulación. Las pruebas… no fueron suficientes ni contundentes, y el examen forense tampoco dio resultados significativos, sino más bien confusos.

La mañana del 1 de Diciembre de 1948, apareció el cadáver de un hombre blanco, de apariencia “británica” según los testimonios de la época. El hombre nunca fue identificado. La causa de la muerte, confusa: tenía muestras de congestión en el cerebro, esófago, estómago y destrucción parcial de los lóbulos del hígado, mientras que su bazo mostraba tener el triple tamaño del normal.
No se encontraron mas que pistas falsas sobre su identidad en marcas de lavandería, en varios sitios de su ropa.

Lo más extraño, después del práctico desconocimiento de su identidad fue el “Taman Shud”, letras aparecidas en un papel dentro de un bolsillo secreto de su pantalón, y que son el cierre y final de la obra Rubaiyat del célebre Omar Khayyam, una obra que exhorta a apreciar y disfrutar la vida en toda su extensión. A esto hay que sumar también las misteriosas palabras encontradas en un papel manuscrito aparentemente sin significado. Pudiera ser un código, o quizás letras sin sentido, pero hasta ahora no ha podido desvelarse significado alguno.

El caso Taman Shud

Identificaciones falsas, más de 250, pistas que no conducían a ningún lado y el misterio envolviendo hechos tan extraños como que llevara cigarrillos de una marca cara dentro de un paquete de una marca barata. ¿Un mensaje? ¿La cercanía a un hogar para niños discapacitados a apenas unos metros tenía algo que ver? O la proximidad de un emplazamiento que más tarde se supo como secreto del gobierno Australiano relacionado con lo nuclear.

Sospechas de espionaje en plena Guerra Fría, diversas teoría a cual más enrevesada (de espía y robo de códigos de misiles a historias de amor en una playa de Australia.

Ya no lo sabremos, seguramente, pero, desde luego, da para especular y teorizar más allá de las pruebas y de las teorías extrañas.

¿Qué opináis… ?

Dejamos un enlace al completo artículo de Wikipedia.

Saludos a todos…

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MIENTRAS TANTO EN EL MUNDO: La Asesina Fantasma

Como bien sabéis, en la entrada de la Sociedad del Misterio tenemos una placa con las Reglas del Investigador. Las dos primeras son citas holmesianas bastante reconocibles. La tercera, más contemporánea, es una frase célebre del criminalista Gil Grissom (de Las Vegas, Nevada) que enuncia que, mientras que las personas mienten, las pruebas no lo hacen.

¿Es esto verdad en todos los casos? Más aún, en el caso de que las pruebas nos estén diciendo la verdad… ¿sabremos interpretar realmente lo que nos dicen?

He tenido noticias recientes de una investigación criminal en Alemania que, creo, servirá para ilustrar este supuesto a la perfección. Así que, si me lo permitís, me gustaría dar inicio a una nueva sección, a la que llamaremos “Mientras tanto en el mundo”, y en la que tendrán cabida las historias detectivescas que aparezcan en los medios y que puedan resultar interesantes.

Comenzaré, por tanto, con el caso de la Asesina Fantasma.

Se trata de una investigación que ha mantenido a Alemania en vilo durante años. Nada se sabía de esta asesina, salvo que su ADN había sido hallado no en una ni en dos, sino en treinta y nueve escenas del crimen aparentemente inconexas. Ninguna relación entre las víctimas. Nunca el mismo Modus Operandi. La mujer a la que perseguían no parecía tener ningún motivo para cometer todos esos crímenes. Sin embargo, todo apuntaba a que el rastro que estaban buscando (que no persiguiendo) era el de la asesina en serie más prolífica e impredecible de la historia de Alemania.

Cientos de agentes de policía, agrupados en seis comités especiales, agotaron sin éxito todas las vías de investigación que se les ocurrían. Llegaron a ofrecer una recompensa de trescientos mil euros por la captura de la Asesina Fantasma. Pero la falta de coherencia entre los crímenes, así como la imposibilidad de encontrar ningún indicio de la identidad de la culpable, empezaba a hacer flotar entre los investigadores la sombra de una duda: ¿y si no existía una Asesina Fantasma?

Esa conclusión desafiaba las pruebas encontradas. Pero supongo, me falta el dato de cómo ocurrió, que fue eso lo que llevó a los avances que finalmente han tenido lugar esta semana pasada. Y es que, en un vertiginoso giro de los acontecimientos, la policía ha logrado finalmente establecer la identidad de su sospechosa principal.

Damas, caballeros… el ADN encontrado en esas treinta y nueve escenas del crimen pertenece a una trabajadora de la fábrica que hace los bastoncillos de algodón que utilizan los de la científica para tomar muestras de ADN de las escenas del crimen. Lo que significa que en realidad no lo habían encontrado en ninguno de esos casos: se lo habían llevado ellos mismos al lugar.

¿Mintieron las pruebas? Bueno, técnicamente no. El ADN que la policía analizó Pero a veces, sólo a veces, una prueba que dice la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, puede llegar a resultar inesperadamente engañosa.

Supongo que a veces hay que pensar que, si te tocas en cualquier parte del cuerpo y te duele, es posible que tengas el dedo roto.

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Caso nº 00005: LA ESCENA Y EL CRIMEN (CERRADO)

Como bien sabéis, la Sociedad del Misterio se define como una “consultoría criminalística”. Nosotros no somos la ley, no tenemos ningún tipo de autoridad, pero asesoramos al Cuerpo de Policía y a particulares siempre que haya un misterio por resolver.

Esto ha llevado a alguna que otra situación extraña, como la que nos ocupa. Hace algo más de un mes, cuando aún estábamos en mitad del caso del Asesinato del Doctor Watson, recibí por correo convencional una carta de Gabriel Rojas, guionista especializado en el cine de intriga. Se había adentrado de lleno en un nuevo proyecto, y quería saber si podríamos asesorarle para garantizar que la escena del asesinato que daría origen a toda la trama. Ocupados como estábamos resolviendo un caso, y más siendo yo uno de los principales sospechosos, no pude responderle en su momento.

Después de resolver ese misterio, recibí una segunda carta del guionista. Insistía en que quería que esta historia fuese perfecta y que estaba deseando trabajar con nosotros en este proyecto. Con gran amabilidad le respondí que la Sociedad del Misterio se encarga de asesorar en crímenes reales, y que aunque le agradecíamos la confianza depositada en nosotros nos iba a ser imposible ayudarle.

Con todo, no dejó de insistir. Decidí hacer algo de investigación por mi cuenta. Gabriel Rojas fue un buen guionista de misterio (no excepcional, pero bueno) hasta sus dos últimos trabajos. Esas dos películas fueron auténticos fracasos de crítica y taquilla. Desde entonces, y hasta la primera carta que recibimos, Gabriel Rojas pasó cinco años sin trabajar. Durante toda su carrera había formado equipo con el guionista Federico Aquino, su mejor amigo, pero tras su último fracaso no se les volvió a ver juntos. Según se ha sabido, Rojas consideraba a Aquino el responsable de sus últimos fracasos… algo a lo que el propio Aquino prefería no dar importancia. “Trabajemos por separado, de acuerdo”, ha dicho en más de una entrevista, “y cuando cada uno haya estrenado un guión ya se verá de quién era la culpa”. Rojas se volvió huraño, encerrado en su oficina día sí día también. Sólo su secretaria, Susana Montero, le veía con regularidad, y nadie que la conozca se explica cómo le ha seguido soportando cada día.

Y de pronto, hace tres meses, contactó con el director con el que más veces había trabajado, Leopoldo Romero, y le dijo que estaba preparando una nueva historia. Que sería la mejor historia de misterio que nadie hubiera leído jamás. Que nadie sería capaz de adivinar el final. Y que quería que la dirigiera él, que quería volver a trabajar con él en equipo, con sólo dos condiciones: nadie podría ver ni una página del guión sin su consentimiento (y eso incluía al director), y Federico Aquino quedaría fuera del proyecto. Desde entonces, ese proyecto cinematográfico ha sido el mayor de los secretos de la industria.

Recibimos su penúltima carta la semana pasada. Nos ofrecía una primicia exclusiva: el derecho a leer la página del guión en la que se relataba la escena del asesinato. Su intención era remitirnos esa página en breve, cuando se hubiera asegurado de que todo estaba bien escrito, y nos desafiaba a descubrir al asesino sólo con esa página. También decía que, si nos interesaba lo que pudiéramos leer, esperaba que le recompensásemos concediéndole por fin esa sesión de asesoramiento.

Esta última semana he estado terriblemente ocupado entre el seminario de criminología que he estado impartiendo y el congreso de nuevas técnicas de investigación criminalística al que fui como ponente (terriblemente mal organizado, se me han quitado las ganas de repetir). Pero cuando anoche por fin logré tener un momento libre, decidí acercarme por la oficina de Rojas para explicarle personalmente que no ofrecíamos ese tipo de servicios y pedirle amablemente que no se tomase la molestia de desvelar parte de la trama de su nuevo guión.

Imaginad mi sorpresa cuando, al llegar a la dirección del remitente, me encuentro con tres coches patrulla.

Nuestra aliada del laboratorio forense, Irene “Watson” Garzón, me dio la bienvenida a la que había resultado ser una escena del crimen. No podía explicarse cómo había llegado allí tan rápido ni quién me había avisado esta vez, pero se alegraba de ver que esta vez estábamos en el juego desde el principio. En la recepción de la oficina, la secretaria temblaba y lloraba. Ella había sido quien encontró el cadáver. Declaró que se sentía maltratada y humillada por él todos los días, pero que jamás le habría deseado algo como esto.

El cuerpo de Gabriel Rojas yacía inerte en el centro de la habitación. Herida de bala, orificio de entrada a escasos milímetros del esternón. Bajo su escritorio, del interior de una caja de cartón volcada aparecían esparcidas una serie de fotos pornográficas tomadas con cámara espía, en las que todas las caras habían sido recortadas. La caja fuerte había sido abierta y vaciada. Toda la sala había sido rociada con keroseno, especialmente las fotografías. La puerta de entrada había sido arrancada de sus goznes y todavía no había aparecido; pero frente al umbral, en el interior de la oficina, se encontró una navaja de barbero abierta, que la secretaria identificó como una propiedad del difunto.

No me cabía duda de que el asesino había sido interrumpido. Pero ¿cómo encajaban la puerta y la navaja de barbero en toda esta historia?

Tomé mis correspondientes notas y aconsejé a la policía que empezase por identificar a las personas de las fotografías. Cuando me aseguré de que tenía todo lo que podía conseguir hasta que el laboratorio forense obtuviera nuevos resultados, volví a nuestras oficinas a pensar en el caso.

Esta mañana he recibido nueva información. Una curiosa marca de nacimiento ha servido para identificar al hombre de las fotografías como Leopoldo Romero, el director. La mujer aún sigue sin identificar. Sabemos que las dos últimas películas que la víctima escribiera para Romero fueron sendos fracasos y que esto repercutió negativamente en la reputación del director. Por lo que podríamos tener, en principio, a un sospechoso bastante plausible.

Pero antes de que pudiera reflexionar sobre este giro de los acontecimientos, recibí por correo la última misiva de Gabriel Rojas. Esbocé una amarga sonrisa por la renombrada eficiencia de Correos, y abrí el sobre como última deferencia al difunto. En su interior, tal y como había prometido, se encontraba una copia de la página de guión que relataba el asesinato de su nueva película.

El cuerpo aparecía tendido en el centro de su habitación, con un agujero de bala. Bajo la mesa había una caja con fotos comprometidas, a todas se les habían cortado las cabezas. La caja fuerte abierta y vacía. La escena estaba completamente bañada en keroseno. Con las únicas excepciones de la puerta y la navaja de barbero, Gabriel Rojas había escrito su propio asesinato.

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